[231] Correa era conocido del célebre viajero Alviso di Ca Da Mosto.
[232] Probablemente Cabezudo dispuso al poco tiempo la traslación de
Diego á Córdoba, porque al describir el Almirante las angustias que
pasó durante la noche del 14 de Febrero de 1493 dice: «que durante
la tempestad se acordaba sobre todo de los dos hijos _que tenía en
Córdoba al estudio_.» Fernando, sin embargo, sólo contaba entonces
cuatro ó cinco años.
[233] Petr. Mart. Epíst., CCCXI. _Valeoleti_, VII. _Idus Junii_ MDVI.
«Proh rerum humanarum fallax possessio! Redibis, o misera Castella,
redibis ad pristinam confusionem tuam. Nullus Fernandum regem non
deseruit, _præter Federicum Albæ Ducem, ipsius consobrinum_, et
Bernardum Roies Deniæ Marchionem.»
[234] Herrera, Déc. I, lib. VII, cap. 6. «El Duque de Alba era de los
Grandes de Castilla el que más, en aquellos tiempos; _privaba con el
Rey_, y no pudo el Almirante (D. Diego) ligarse á casa del Reino que
tanto le conviniese, _ya que su justicia no le valía_.
[235] Conservado en la _Historia de las Indias_ de Las Casas.
Navarrete, t. II, Doc. CLXIII, pág. 322.
[236] «Los enemigos de Diego Colón, dice Herrera (Déc. I, libro
VII, cap. 12) acudieron á la calumnia para acusarle de que quería
declararse independiente, acusación dirigida antes contra su padre.
Un hombre de guerra, Amador de Lares, que había hecho las campañas
de Italia, les demostró en vano que la construcción que les parecía
ser de una _casa fuerte_ la motivaba el calor del clima.» Acusación
semejante fué dirigida unos tres siglos después contra el joven
virrey de Méjico, el conde Bernardo Gálvez, cuando, con grandes
gastos, construyó el castillejo que corona la colina de Chapoltepec.
[237] Este nombre es el diminutivo de _becerro_. El P. Charlevoix,
jesuíta, no muy crédulo por cierto, coleccionó los cuentos que
circulaban entre los conquistadores acerca de la astucia y la nobleza
de carácter de Becerrillo, al cual llama constantemente, por error,
_Berezillo_ (_Hist. de S. Domingo_, t. I, pág. 281). Después de
cuatro años de hazañas, el famoso perro fué muerto por los caribes en
1514, casi en el momento en que lograba librar de manos del enemigo á
su amo, el valeroso Sancho de Arango (Herrera, Déc. I, lib. VII, cap.
13; lib. X, cap. 10). Es desgraciadamente ciertísimo que Cristóbal
Colón había introducido la abominable costumbre de hacer combatir á
los perros contra los indígenas. Tan pronto como se reunió con su
hermano Bartolomé en Haïti, emprendieron juntos una expedición contra
el rey Manicatex, en la cual llevó veinte _perros corsos_ (_Vida del
Almirante_, cap. 60). Empleaban también estos animales para destrozar
á los llamados culpables (Petr. Mart. _Ocean._, Déc. III, lib. I,
pág. 208).
Los pueblos de Europa renuevan siempre, en las guerras civiles, las
crueldades de los tiempos más bárbaros. En la expedición francesa á
Santo Domingo, en 1802, ocurrieron hechos como el de quemar negros
prisioneros á fuego lento, en medio de una gran población, y el de
valerse de perros de Cuba, que adquirieron triste celebridad por su
empleo para la _caza de hombres_. Esta caza hasta ha sido defendida
en el seno de una asamblea legislativa en Jamaica, con todo el lujo
de una erudición filológica. (Véase mi _Rélat. hist._, t. III,
páginas 453 y 457.)
[238] Mosiur de Gebres, dice ingenuamente Herrera (Déc. II, libro II,
cap. 19), principal consultor de las mercedes del Rey, _no sabía lo
que eran las Indias_.
[239] _Cod. Col. Amer._, pág. LXIII; pero, según un árbol genealógico
examinado por Washington Irving (t. IV, pág. 102), María, la hija del
almirante D. Diego, se casó con Sancho de Córdova. Es, sin embargo,
cierto que la abadesa de un convento de Valladolid pretendía tener
parte en el mayorazgo del difunto. (_Mem. de Turín_, 1805, pág. 190.)
Fundaba acaso sus derechos en la parte debida á otra María, hija del
_tercer Almirante_ y también religiosa profesa.
[240] El primitivo título, según parece, fué el de _Marqués de la
Vega_, tomado de un caserío de Jamaica (isla de Santiago) que tenía
dicho nombre. (Charlevoix, t. I, pág. 477.)
[241] Veragua, Cubagua é Inagua son nombres indios, tomados de
lenguas americanas muy distintas, y tan alterados y viciados, sin
duda, que tienen, al parecer, terminaciones romanas. Para que
no se crea que es error tipográfico, debo decir que al escribir
_Duque de Veraguas_ me atengo á la costumbre vigente en España;
pues esta comarca siempre la nombró Cristóbal Colón en la _Lettera
rarissima_, y su hijo en la _Vida_ de su padre, como también Pedro
Mártir (_Ocean._, págs. 135, 189 y 237) y en las cartas modernas del
_Depósito Hidrográfico_ de Madrid, _Beragua_ ó _Veragua_. Méndez en
su testamento (Nav., t. I, página 315), la llama _Veragoa_.
[242] Carta de Jamaica del 7 de Julio de 1503 (Nav., t. I, página
302): _Vida del Almir._, cap. 95-100. El Río de Belén, llamado por
Méndez en su testamento _Yebra_, pertenece ahora á la provincia del
Panamá, formando casi el límite de las provincias de Panamá y de
Veragua.
El adelantado D. Bartolomé Colón, el mismo que, según Las Casas
(Washington Irving, t. I, pág. 92; t. II, pág. 216), acompañó á Díaz
en el viaje de 1486, y que, al volver de Inglaterra supo, en 1493,
en París, en la corte del rey Carlos VIII (_Vida del Almirante_,
cap. 60), que su hermano había realizado el vasto proyecto, murió en
Haïti como gobernador vitalicio de la isla Mona, en 1514, el mismo
año en que el rey Fernando le propuso ir á colonizar Veragua, porque,
conforme á los privilegios de familia, esta tierra pertenecía á la
_gobernación_ del almirante Diego Colón. (Herrera, Déc. I, lib. X,
cap. 10.)
[243] _Luigi Colombo, persona di vita dissoluta_, dice Spotorno
(_Cod._, pág. LXIII).
[244] Su mujer era hija de Benedicta Lomellini y de Rafael
_Usodimare_ Oliva. (_Cod. Col._, pág. LIV.)
[245] _Vida del Almirante_, cap. 5.º, donde se dice que con su nombre
asustaban á los niños. Es el _archipirata illustre_ de Sabellico. Es
probable que Cristóbal Colón navegase con otro almirante genovés más
antiguo, que, según D. Fernando, era también grande hombre de mar.
Á estos dos almirantes del apellido Colón, anteriores á Cristóbal
Colón, se les tiene por tío y sobrino; pero resulta obscuro y
embrollado todo lo relativo á su historia, á sus parientes, á sus
nombres y á las épocas de sus empresas, íntimamente relacionadas con
la historia de Génova y de la casa de Anjou, desde 1460 á 1485. En
los documentos del pleito de 1583 encuentro que el _Mozo_ se llamaba
Cristóbal y el mayor Francisco, siendo aquél sobrino segundo de
éste. Subiendo más en la genealogía, se llega á Ferrario Colombo,
feudatario de Cuccaro, en el ducado de Montferrato, padre de tres
hijos, á saber: de Enrique, cuyos hijos fueron Nicolás y Lancia,
del almirante Francisco y de Antonio. Esta genealogía presenta, al
parecer, muy lejano á Francisco de la juventud del célebre Cristóbal
Colón. Chauffepié en los suplementos al _Diccionario_ de Bayle,
llama Cristóbal, no á _Colombo el Mozo_, sino al mayor de estos dos
almirantes.
[246] Véase Campi, _Storia di Piacenz_, t. I, pág. 85, y más reciente
el conde Napione, á quienes desagradan mucho las palabras _Janua
cui patria est_, considerando la inscripción en verso interpolada
fraudulentamente (_Mem. di Torino_, 1823, pág. 132). Si, como dice
Las Casas (_Hist. de las Indias_, lib. I, cap. 7) fué D. Bartolomé
en la célebre expedición de Díaz que, antes que Gama, dobló el cabo
de Buena Esperanza, el mapamundi presentado á Enrique VII fué hecho
inmediatamente después de esta expedición. Debo advertir, con este
motivo, que la nota escrita de letra de D. Bartolomé, que termina
con las palabras: «Yo estaba presente», la encontró Las Casas en
las márgenes de un _Tratado_ sobre la Esfera, del cardenal Pedro
de Ailly (Pedro de Aliaco); nueva prueba que puede añadirse á las
presentadas al principio de esta obra, para demostrar la predilección
del Almirante por los escritos del obispo de Cambrai.
[247] El apellido de _Terra Rossa_ pertenece, además, á familias
que ningún parentesco tienen entre sí. Existe una obra curiosísima
relativa á los descubrimientos marítimos atribuídos á los venecianos,
del benedictino Vitale Terra Rossa, _Riflessioni geografiche circa
le terre incognite distese in ossequio perpetuo della Nobiltà
Veneziana_. Padua, 1687.
[248] Presentaré como ejemplo la carta del duque de Medinaceli al
_Gran Cardenal_ de España, escrita cuatro días después de la vuelta
de Cristóbal Colón de su primer viaje. Este Duque, el primero de su
casa, Luis de la Cerda, se alaba (Marzo de 1493) de haber impedido
á _Cristóbal Colomo_ ofrecer su proyecto al Rey de Francia, y de
haberle recomendado al tesorero Alonso de Quintanilla. (Navarrete, t.
II, Doc. XIV.)
En los antiguos registros del Tesoro (_libros de cuentas_) para los
años 1484, 1486, 1488 y 1492, encuéntrase, con ocasión de algunas
pequeñas sumas pagadas al Almirante «á causa de algunos servicios
prestados á Sus Altezas», unas veces Colon y otras _Colomo_,
_extrangero_. Esta última forma del nombre se repite en la orden de
12 de Mayo de 1489, según la cual, el Almirante, en sus viajes á la
corte, debe ser hospedado, pero no alimentado gratis (Navarrete, t.
II, Doc. II y IV); como también en el título de la traducción que
hizo Cozco, en Mayo de 1493, de la carta á Rafael Sánchez.
El historiador Oviedo prefirió más tarde (no tuvo el cargo
de _cronista_ hasta 1538) el nombre de _Colom_ que es el que
generalmente emplea.
Desde la redacción de las _Capitulaciones_ (17 de Abril de 1492),
que, por una coincidencia de apellidos bastante curiosa, fueron
redactadas por Juan de _Coloma_, secretario del Rey, en los
documentos oficiales figura siempre escrito _Cristóbal Colón_.
En latín se encuentra con más frecuencia, desde fines del siglo XV,
_Colonus_ que _Columbus_. Pedro Mártir habla de _un tal Colonus_
(Epist. CXXX.) El papa Alejandro VI, en las Bulas de 3 y 4 de Mayo
de 1493, emplea la expresión Christophorus Colon, sin flexión
gramatical. El obispo Geraldini, en su carta en estilo lapidario,
dirigida á León X, dice: _Colonus Ligur æquinoctialis plagæ
inventor_. Encuentro Columbus en vez de Colonus en Bembo (_Hist.
Venet._, 1551, fol. 83) y en el célebre _Itinerarium Portugalensium
é Lusitania in Indiam_ (ed. 1508, folio LII) que el P. Madrignani ha
calcado de la Colección de viajes de Francazano de Montaboldo.
Yo he seguido la costumbre, bastante rara, pero generalmente adoptada
en Francia, de escribir _Colomb_. Esta costumbre es antiquísima.
El traductor de la _Historia natural_ de Acosta, Roberto Regnaud,
que dedicó su obra al rey Enrique IV, habla siempre de _Cristóbal
Colomb_ (ed. de 1606, pág. 38). Voltaire intentó introducir la forma
más correcta de _Colombo_; pero esta innovación no tuvo éxito. Los
ingleses y los alemanes escriben Colombus; sin embargo, la primera
obra alemana en que se habló del descubrimiento de América, la obra
rara de Jobst Ruchamer, _Unbekanthe landte und ein neine Weldte in
kurz verganger zeyhthe erfunden_, ed. de Nuremberg, 1508, capítulo
84, que posee la Biblioteca Real de Berlín, y que el sabio Camus
(_Mem. sur les collect. de voyages des de Bry et de Thévenot_,
1802, pág. 344) dice no haber podido encontrar en París, llama
constantemente á Cristóbal Colón, en alemán, _Cristoffel Dawber_, es
decir, _Cristóbal Palomo_. Es un modo de _germanizar_ los nombres
extranjeros, traduciéndolos á imitación de lo que se ha hecho largo
tiempo _latinizándolos_ ó _helenizándolos_. El mismo Ruchamer
describe la expedición de Guerra y de _Per_ (Pedro) _Alonso Niño_
(Gómara, fol. 12; Herrera, Dec. I, lib. IV, cap. 5) á la costa de
Coro y Cauchieta, atribuyéndola á _Alonzus Schwarte_ (Ruchamer,
cap. 109-111), que es otra traducción de un nombre, y de un nombre
accidentalmente desfigurado. Ruchamer encontró en el _Itinerarium
Portugalensium_ (cap. 109): _Petrus Alonsus dictus Niger_, en
vez de _Petrus Alfonsus Nignus_ (Niño) como dice Pedro Mártir de
Anghiera (_Oceánica_, Dec. I, libro VIII, pág. 87). La audacia con
que uno de los más grandes nombres de la historia, el de Colón, ha
sido disfrazado, llamándole _Cristoffel Dawber_, da á la antigua
traducción alemana del _Mondo Novo et paesi nuovamente retrovati_ de
Montaboldo (Navarrete, t. III, pág. 187) un aspecto rarísimo.
Cambios análogos á los que el nombre del Almirante ha experimentado
en Italia y en España, donde se encuentra escrito Colon, Colom y
Colomo, se reproducen en otras familias que ninguna pretensión
tienen de descender de Cogoleto ó del Castillo de Cuccaro. Los
Colomb de Borgoña, que antes de la revocación del edicto de Nantes
habían establecido allí grandes fábricas de vidrio, firmaban también
_Colon_, _Colom_ y _Collon_ (Erman y Reclam, _Hist. des refugiés
français en Prusse_, t. V, pág. 205.)
[249] La sentencia decía: «Excluyendo á D. Baltasar Colombo, por
no ser descendiente del mismo Almirante, que sólo llamó á sus
descendientes.» (_Mem. di Torino_, 1823, pág. 123.) Baltasar
pretendía descender de Franceschino Colombo de Cuccaro, y este
Franceschino era, según la hipótesis que confundía á Domingo
Colombo de Cuccaro, muerto en 1456, con Domingo Colombo de Génova,
tío del gran Almirante. Baltasar no era, pues, de la rama directa
descendente. La interpretación de las cláusulas podía parecer
violenta, no consultando más que los documentos impresos hoy, porque
«las hembras no eran llamadas á suceder sino cuando _en el otro cabo
del mundo_ no hubiera pariente del apellido de Colón.» Este punto
litigioso lo expone con mucha claridad el conde Galeani Napione en
las _Mem. di Torino_, 1805, páginas 204-208.
[250] Digo futuro, porque el _título de gracias_ (30 de Abril de
1492) no promete el uso del _Don_ y los títulos de _Almirante_,
_Virrey_ y _Gobernador_ sino cuando fuera logrado el objeto de la
expedición. En la introducción al Diario del primer viaje, que
probablemente sería escrita antes del 3 de Agosto de 1492, se
vanagloria Colón de los favores de los monarcas «que se han dignado
_ennoblecerle_ y le han concedido el tratamiento de _Don_.» Se ve,
sin embargo, en la _cédula Real_ del 20 de Junio de 1492, encontrada
en los archivos de Simancas, que, en aquella época, el grande hombre
era designado únicamente como _nuestro capitán Cristóbal Colón_.
Si, dos meses antes, en las capitulaciones, encuéntrase ya añadido el
_Don_, sólo es en la parte de ellas redactada por Colón mismo, no en
la que redactó el Secretario de Estado.
[251] D.ª Juana de la Torre, hermana de aquel Antonio Torres que
acompañó á Colón en su segundo viaje. La carta cuyo párrafo nos ha
conservado su hijo, no es la _Carta al Ama_, escrita cuando Colón
llegó preso á Sevilla, y que fué encontrada en los archivos del
convento de Santa María de las Cuevas en dicha capital. En esta
última nada se dice del parentesco con los almirantes genoveses.
[252] Y no 12.000, como frecuentemente se ha dicho é impreso. (Véase
_Cod. Col. Amer._, pág. LXV, y _Mem. di Torino_, 1823, página 123.)
[253] Voy á reunir en esta nota los títulos de las principales obras
que tratan de la patria de Cristóbal Colón: Agustín Giustiniani,
_Psalterium hebr. græc. arab. chald._, 1516. Antonio Gallo y
Senarega, en Muratori, _Rer. Ital. script._, tomo XXIII, pág. 243,
y t. XXIV, pág. 535. Barros, _Asia_, Década I, lib. III, cap. 2.
_Jul. Salinerus ad Tac. Anal._, 1602. Pietro Maria Campi, _Istoria
universali di Piacenza_, 1662. Casoni, _Annali della Rep. di Genova_,
1708, pág. 271. Tiraboschi, _Litt. Ital._, t. VI, part. I, pág.
171. _Elogio storico di Crist. Colombo e d’Andrea Doria_, Parma,
1801. Gianfrancesco Galeani Napione di Cocconato, en _Mem. dell’
Acad. di Torino_, 1805, páginas 116-262, y 1823, páginas 73-172.
Franc. Cancellieri, _Not. stor. di Colombo_, 1809. Galeani Napione,
_Patria di Colombo_, Florencia, 1808. Domenico Franzone, _la Vera
patria di Christ. Colombo_, 1814. Serra, Carrega e Piaggio, en
_Mem. dell’ Acad. delle scienze di Genova_, 1814. Marchese Durazzo,
_Elogio di Colombo_, Parma, 1817. Bossi, _Vita de Crist. Columbo_,
1818. Bianchi, _Osserv. sul clima della Liguria maritima_, 1818,
t. I, pág. 143. Spotorno, _Origene e patria di Crist. Colombo_,
1819. Belloro e Vernazza, _Not. della familia di Colombo_, 1812.
Zurla, _Viaggiat. Veneziani_, t. III, pág. 412. Spotorno, _Codice
diplom. Colombo-Americano_, 1823. Navarrete, _Colección de viajes_,
t. I, páginas LXXVII-LXXIX. _Lettera del conte Galeani Napione al
chiar. signore Washington Irving_, 1829. Cuando se hace un estudio
serio de los documentos relativos á la vida de Cristóbal Colón,
hay que dolerse de la incertidumbre que existe en toda la parte de
esta interesante vida anterior al año de 1487. El pesar aumenta al
recordar el minucioso relato que los cronistas hacen de la vida del
perro Becerrillo, ó del elefante Abulabat, que Aarum al Raschyd envió
á Carlomagno.
[254] También sólo una vez se encuentra la firma Xpo. Ferens sin las
siete iniciales. Véase la carta de 25 de Febrero de 1505, en la que
habla de Amerigo Vespucci. La mezcla de letras griegas (X y P) y
latinas es muy común en España, como entre los teólogos el emplear
_Christifer_, _Christiferus_ y _Cristiger_ (Cancellieri, pág. 4) por
San Cristóbal.
[255] Este uso ha influído en las costumbres de la vida ordinaria.
Cuando en la América meridional se habla de Colón, se le designa con
la sola palabra _Almirante_, como en Méjico Cortés y en los Estados
Unidos Lafayette son designados con la palabra _Marqués_. Esta
popular costumbre demuestra la grandeza histórica de los personajes
objeto de ella.
[256] En cuanto al sitio de estos desgraciados puntos, hay errores
en las firmas presentadas en la mayoría de las obras impresas que
repiten la firma enigmática de Colón. Exceptúo las obras de Navarrete
y de Bossi (t. I, figuras 4 y 5).
[257] No usaba el latín aunque, habiendo estudiado en Pavía, _supo
latín y hizo versos_. (Herrera, Déc. I, lib. VI, cap. 15.)
[258] Se ha puesto en duda el conocimiento de la pesantez de los
fluidos elásticos en los escritos de Aristóteles. Sin embargo, el
pasaje (_Meteorológica_, I, 3, pág. 341, 5 Bekk) ἀλλ’ ἀεὶ ὃ, τι ἂν
βαρύνηται μóριον αὐτοῦ (τοῦ ἀέρος), paréceme ser una prueba evidente
de esta verdad.
[259] Aristóteles atribuye el descubrimiento de la isla á los
cartagineses; Diodoro á los fenicios, y lo que refiere acerca de
la construcción del templo de Hércules, en Gades, prueba bien que
en este punto no los confunde con los cartagineses. No nombra á
éstos sino después de hablar de la rivalidad de los tyrrenos.
Según Aristóteles, lo que indujo al Senado cartaginés á prohibir
la colonización fué el temor á que los colonos se hicieran
independientes y perjudicaran con su comercio el de la madre patria.
[260] Letronne en el _Journal des Savans_, Febrero-Mayo 1825, pág.
236.
[261] Si, como lo hace M. Ideler (_Handb. der Chron._, t. I,
página 375), se supone la toma de Troya 1184 años antes de nuestra
era, corresponde la fundación de Gades y de Utica al de 1085; el
restablecimiento de los juegos olímpicos por Iphito al de 888; la
fundación de Cartago al de 878; la de Roma en la primavera de 753,
según Varrón. El mármol de Paros da para la toma de Troya, que, á
pesar de todo, se comprende entre los acontecimientos completamente
históricos, 1208 antes de nuestra era. (Boeckh, _Corp. Inscr._, t.
II, pág. 327.)
[262] Es sensible que, á pesar de las órdenes terminantes del rey
Carlos III, la mayoría de las obras de este historiador hayan
quedado inéditas. Su _Historia natural y general de las Indias,
islas y tierra-firme del mar Océano_ contiene 50 libros y sólo
se han impreso 19. El ingenuo candor de los primeros escritores
_conquistadores_, que no hacían libros con libros, nos indemniza de
su falta de instrucción. «Yo hablo, dice Oviedo, de lo que he visto,
no de lo que he oído; y he presenciado cuatro cosas notables. Estuve,
como paje muchacho, en el sitio de Granada, y vi entrar á nuestros
Reyes vencedores de los moros; también vi en 1493 al Rey, herido en
Barcelona por mano de un asesino, palidecer á causa de la herida; vi
llegar á Cristóbal Colón y presentar los primeros indios; vi echar á
los judíos de Castilla.»
[263] _Ora maritima_, v. 96, 108, 113. (_Poetæ lat. min._, ed.
Wernsd, t. V, parte II, pág. 1.181-1.184). Avieno ignora el nombre
de Cassitérides ó desdeña emplearlo, acudiendo (según asegura) á
fuentes más antiguas. Estos nombres de «Sinus _Oestrymnicus_ é Insulæ
_Oestrymnides_ laxe jacentes» (muy alejadas las unas de las otras,
dispersas en el _mar exterior_), ¿serán de un Periplo de Himilcón,
quien visitó, «durante cuatro meses», las costas Occidentales de
Europa, como Hannón había visitado las de África? Pytheas cree
haber oído nombres parecidos en estas comarcas, al reconocer, según
Eratósthenes (Estrabón lib. I, pág. 112, Alm.; pág. 64, Cas.), un
promontorio de los Ostidamnienos. De estos nombres geográficos,
_islas Oestrymnidas_ del golfo _Oestrymniano_ y del promontorio
_Ostimniano_, que citan autores de tan distinta época, ninguna
mención hacen los clásicos. Estrabón, que aprovecha con este motivo
la ocasión para protestar de nuevo contra las ficciones de Pytheas
comprendió perfectamente que se trataba de localidades cuya posición
es mucho más boreal.
[264] Véase, con motivo de este pasaje de Estrabón y de un texto
de Herodoto citado en la misma página Spohn, _Diss. de Nicephoro
Blemmyda_, 1818, pág. 22, con amargas inculpaciones contra M.
Tzschucke (_Adnotat. ad Melam._, vol. III, pars. I, pág. 95).
[265] Los _antescianos_ ó _antomos_ de Iberia encuéntranse en África
y no en la India. En este mismo sentido Ptolomeo llama la _tierra
opuesta_ una masa continental situada más allá del Ecuador entre
los mismos meridianos. La definición de _antomos_, ἄντωμοι, dada en
la _Astronomía antigua_, de M. Delambre (t. I, pág. LIV), es, pues,
inexacta y está en contradicción directa con las buenas definiciones.
Encuéntranse además confundidos con frecuencia en los autores de la
Edad Media los antípodas con los antichtonios. Estas palabras no son
precisamente sinónimas, como lo prueban, por ejemplo, los pasajes
de Mela, I, 9, 4, y de Plinio, VI, 22-24. Ambos autores, al hablar
de Trapobana ó de la tierra opuesta, donde pudiera tener el Nilo
su fuente transmarina, toman Γῆν ἀντίχθωνα por una tierra de los
Anticianos. Cristóbal Colón no fué ciertamente á los antípodas de
Europa, y, sin embargo, Pedro Mártir de Anghiera tiene noticias de
que van de España «ad occiduos Antipodas» (_Opus. Epistol._, pág.
133).
[266] M. Mannert. En el _Einleit. in die Geog. der Alten_, pág. 74,
dice: «Pytheas fué el primero que tuvo la idea de que, navegando
desde Europa hacía el Oeste, se llegaría á la India, idea que hizo
hallar América á Cristóbal Colón.» Lo que sencillamente refiere
Estrabón es que Eratósthenes, en su valuación del tamaño de la
clamyde se funda en la opinión que tennía Pytheas del intervalo desde
el Borystenes á Thulé. Pronto veremos que es en Posidonio (Estrabón,
lib. II, página 161, Alm.; pág. 102, Cas.) donde se encuentra el
pensamiento de Eratósthenes y no en lo poco que sabernos de Pytheas,
tan injustamente tratado por los que no han podido ó no han querido
comprenderlo.
[267] Conservo la palabra vértebra, empleada hasta ahora por los
traductores de Estrabón. Es, sin embargo, muy probable que en
vez de aludir al esqueleto de los animales vertebrados, quisiera
designar Estrabón una forma circular (anillo) ó superficie convexa ó
cilíndrica, como la que presentan, ó el peso del huso (_verticillus_
en Plinio XXXVII, c. 2, peso muy ligero y de materia parecida al
ámbar), ó las partes cilíndricas del fuste de una columna (Athen.
Deipn., v. pág. 206, donde se encuentra descrito el famoso barco
del Nilo, el Thalamegus, adornado con columnas cuyas partes eran
de distintos colores, parecidas á algunos edificios modernos de
Florencia).
[268] En el notable pasaje que trata del comercio de Thinæ (_Periplus
Marciani Heracl_., pág. 14, y _Arriani Periplus maris Erythr._, pág.
30 Hudson) este puerto está representado como perteneciente al país
de los Sinæ, país separado de la _India extra Gangem_. Tales eran los
conocimientos debidos á más extensa navegación.
[269] Cito con preferencia estas denominaciones de la tierra de los
Antichtonios, que, en siglos posteriores, ha sido idénticamente
aplicada á América. Finis erat orbis ora gallici litoris, nisi
Britannia insula amplitudine nomen _Orbis alterius_ mereatur.
(Dicuil, _De mesura orb. terræ_, p. 50, Walck; pasaje imitado de
Floro III, 10, 16.) acerca de las dificultades con que tropiezan los
habitantes de la tierra austral, Antichtonios, para comunicarse con
los habitantes de nuestro οἰκουμένη, véanse dos párrafos notables en
Cleón, _Cyel. Théor._, t. II (ed. Theop. Schmidt, 1832, págs. 11-12)
y en Geminus, _Elem. Astr._, c. 13. (Pet. Uran., pág. 52.) El primero
añade: «La existencia de esta tierra antichtona (de los Anticianos)
la hemos sabido por consideraciones (teóricas) de física general,
φυσιολογία, no por la experiencia (de hechos históricos).»
[270] Omnis terra quamvis ab Oceano tamquam ingens quædam insula
circumvallatur, habitabilis tamen non undique globea est: cum
utrumque ad solis semitam altius erecta caliginosæ cujusdam nubeculæ
(ut inquit Anthonius Veronensis), speciem præstet, clamydisque
formam præse fert, inquit Strabo in tertio: quoniam duas fibulas
versus arcton habere conspicitur, quæ si coirent clamydis figurarent
speciem. _Cosmographia_, en la _Manuductio in tabulas Ptholomei,
composita per Laur. Corvinum_ Basil., 1496, fol. 10, a.
[271] Du Theil, t. IV, parte I., pág. 295.
[272] Parece que Plinio recordó este pasaje de Séneca, cuando
dijo: «Hæ tot portiones terræ, imo vero, ut _plures tradidere_,
mundi punctus, neque enim est aliud terra in universo. Hæc est
materia gloriæ nostræ; hic exercemus imperia, hic instauramus bella
civilia, etc.» Pero estos filósofos del primer siglo de los Césares,
generalmente estoicos, predicadores también del panteísmo, cuando era
á propósito para la elocuencia de los retóricos (Plinio, II, I, 4,
7), presentan una monotonía de formas en sus tratados de filosofía
moral que sólo han sabido sobrepujar nuestros teólogos.
[273] Por lo frecuente que es confundir al célebre filósofo L.
Annæus Séneca con su padre, M. Annæus, esposo de Helvia, y á quien
erróneamente han sido atribuídas las tragedias, los profesores de
Salamanca, en las famosas polémicas con Cristóbal Colón en 1487, de
que antes hablamos, le objetaban «que la extensión del Océano era
infinita, como lo probaba el filósofo Séneca». En este argumento de
los catedráticos de Salamanca no hay más que un error de persona:
quisieron hablar del retórico M. Annæus Séneca, que vivió en tiempo
de Augusto en Roma, y trata en las _Suasoriæ_ (I, I) esta tesis: ¿Se
embarcará Alejandro en el Océano, estando la India á la extremidad
del mundo, más allá de la cual comienza la noche eterna? Voss
(_Kleine Schriften_, t. II, pág. 241). La frase que emplea Fernando
Colón, en la _Vida del Almirante_ (cap. XI), de que los profesores
se fundaban en la autoridad de Séneca, quien asegura, _por vía de
cuestión_, que en tres años no se llegaría al fin de Levante, denota
las _Suasoriæ_, las ficticias discusiones de los retóricos. En el
texto no se habla de los tres años; se afirma «ultra Oceanum rursus
alia littora, alium nasci orbem, nec usquam naturam rerum desinere
sed simper usde ubi desisse videatur, novam exurgere»; pero el autor
deduce, después de largas y fútiles digresiones, que Alejandro no
debe embarcarse para buscar otro mundo. Idéntica deducción hacía
la Facultad de Salamanca en 1487, procurando, por medio de doctos
argumentos, impedir el descubrimiento de América.
[274] Objiciebant etiam eloquentiæ laudem uni sibi adsiscere et
carmina crebrius factitare, _postquam Neroni amor eorum venisset_.
(Ann., XIV, 52.)
[275] «Oceanus terras velut vinculum circumfluit.» (M. Ann. Séneca,
_Suas._ I, pág. 5, ed. Bip.)
[276] Es perfectamente inútil hacer viajar á Séneca, ni aun como lo
supone Gronovius, desde Egipto á la India. (L. Ann. Sen., _Medea et
Troades_, _ed. Ang. Matthiæ_, 1828, páginas 14, 19, 92).
[277] Ortelii, _Teatr. orbis terr._, 1601 (in art. Nov. Orbis).
[278] Thucydides ait (III, 89), circa Peloponnesiaci belli tempus
(anno sexto) Atalantam insulam aut totam aut certe máxima ex parte
suppresam. Nat. Quæst., VI, 24. Véase también Estrabón, lib. I, pág.
105, Alm; pág. 61, Cas. Esta gran revolución física coincide, con
diferencia de un año, con la tercera erupción del Etna de que hace
mención la historia, después del establecimiento de los griegos en
Sicilia, es decir, desde la primera fundación de Siracusa, Ol. 5, 4,
según la crónica de Paros (Boeckh. _Corp. Inser. Græc._, t. II, pág.
335). Los terremotos del mar Egeo ¿preludiaron la erupción del Etna,
á pesar de la diferencia de los dos sistemas de acción, de igual
manera que hemos visto la relación entre los movimientos subterráneos
de las Azores, la Luisiana y la costa de Caracas? (_Rélat. hist._,
t. II, págs. 4-21.) No Homero, sino Hesiodo conocía el nombre del
Etna, si es cierto que la palabra Αἴτνη estaba realmente en el texto
de Hesiodo y que Eratósthenes no interpretó al poeta (_Teogonia_,
v. 860), por conjeturas. En el reinado de Hierón hubo una erupción
(Ol. 75, 2) grandísima que motivó las descripciones de Píndaro y de
Esquilo. Refiere Diodoro (v. 6) que mucho tiempo antes de la guerra
de Troya, los Sicarios, habitantes primitivos de la parte oriental de
Sicilia, y por tanto, anteriores á los Sículos, se vieron obligados,
por las erupciones del Etna, que duraron muchos años, á refugiarse
en las partes occidentales de la isla. Tucídides llama tercera
erupción á la de la Ol. 88, 3 (lib. III, 116). Es probable que
Hesiodo conociera el Etna por los fenómenos volcánicos anteriores al
establecimiento de las colonias griegas.
[279] Timæus, vol. III, págs. 20-25; Critias, págs. 109-121 (Platón,
t. IX, págs. 287-297; t. X, págs. 39-66, ed. Bip). De estas dos
obras de la vejez de Platón el último diálogo no está terminado
(véase también Estrabón, II, pág. 160, Alm. pág. 102, Cas.); según
testimonio de Posidonio, no de Polibio, como se ha dicho en una
obra llena de exactas investigaciones, Hoff, _Gesch. der natürl.
Verand., der Erdoberfl._, t. I, pág. 169: «Posidonio encuentra más
atinado adoptar la tradición (de los sacerdotes egipcios) que decir
de este país lo que se dijo del atrincheramiento de Homero: quien
lo ha imaginado lo habrá hecho desaparecer.» La muralla que debía
poner á cubierto el campo de los griegos, «probablemente no existió
jamás (Estrabón, XIII, pág. 893, Alm.; pág. 598, Cas.) y no debe su
destrucción, como Aristóteles dice, á la imaginación de Homero»;
Platón figura el país de la Atlántida un país de elefantes en el cual
hasta se encuentran los nombres de las lenguas semíticas, porque un
hermano de Atlas se llama «_Gadeiros_, lo que en griego quiere decir
_Eumelos_», rico en ganados. Sabemos, sin embargo, por un fragmento
de Salustio (_Nunnes ad Melam._, pág. 525), por Plinio (IV, 36),
Dionisio el Periegetes, y sobre todo por Avieno (_Ora mar._, v. 267),
quien se alaba con frecuencia de estas noticias tomadas de Himilcón,
que Gaddir ó Gadeira es una raíz púnica (Punicorum lingua _conseptum_
locum Gaddir vocabant. Poetæ Lat. Mim., t. V, pág. 1212, ed. Wernsd).
[280] Este nombre de Meropis, relacionado con el del titán _Atlas_,
¿aludía á la única de sus hijas, unida á un mortal y que, en las
Pléyades permanecía _velada_ (obscurecida), casi oculta á las miradas
de los hombres? (Apollod., _Bibl._, III, 10, 1, pág. 83, ed. Heyne.)
[281] En el mismo diálogo se dan distintas dimensiones á Atlántida.
(Crit., págs. 108-118.)
[282] Véase Kleine, _Quæst, quædan de Solonis vita et fragmentis_.
Duisb., 1832, pág. 8. Por otra parte, M. Bach (_Solonis Athen.
carmina quæ supersunt_, Bonnæ ad Rhen, 825, páginas 35-56 y 113)
cree que la familia de Platón conservó, no como tradición, sino como
poema, un escrito designado con las palabras λóγος Ατλαντικóς.
[283] Plinio, VI, 31, conoce, además de la gran Atlántida de Solón,
otra isla pequeña de igual nombre, á cinco días de navegación del
Hespérion Ceras (¿Cabo Non? Gosselin, _Rech._, t. I, pág. 145). Esta
última pudiera ser muy bien una de las siete islas de las Ætiópicas
de Marcelo y pertenecer á las Canarias. También M. Heeren reconoce
en la isla «herbarum abundans atque _Saturno_ sacra» de Avieno (_Ora
mar._, v. 165) isla cuyo suelo está trastornado por espantosos
terremotos, mientras la mar inmediata permanece tranquila, el volcán
de Tenerife. _Ideen über Politik_, 1825, II, I, pág. 106.
[284] M. de Sainte-Croix (_Examen des historiens d’Alexandre_, pág.
737) creía sin embargo que en la Gulliveriada de Iambulo había
algún fondo de verdad. Un joven escritor, profundamente versado en
las lenguas y en los alfabetos del Asia meridional y oriental, M.
Jacquet, fijó recientemente la atención (_Nouveau Journal Asiatique_,
t. XIII, pág. 30, t. IX, pág. 508) en este pueblo, «que usaba letras
según los signos indicadores en número de veintisiete, pero según
las figuras que tenían, sólo siete, siendo cada una susceptible
de cuatro modificaciones» como en los alfabetos silábicos indios.
Puede admitirse que en estos _Viajes imaginarios_ mezclábanse á las
fingidas descripciones locales algunos rasgos de costumbres y de
usos que se conocían vagamente por las incoherentes relaciones de
los antiguos navegantes. La mezcla de verdad y de ficción parece que
existió especialmente en la Panchaïa de Evhemero (Gosselin, t. II,
pág. 138).
[285] Letronne, _Idees cosmog._, páginas 8 y 9. M. Heeren (II, I,
páginas 206, 240; II, 2, pág. 438) cree, en vista de la ruta de
las caravanas, indicada por Herodoto, á la parte de allá de los
Garamantes, que la tierra de los Atlantes de Herodoto debía estar
entre el Fezan y el Bornu.
[286] En el texto de Anaxágoras de Clazoménes, conservado por
Simplicio, páginas 89, 93, 110, ed. Schaubach, hay un pasaje bastante
obscuro relativo á otro mundo, que ciertamente no es un mundo
imaginario visto sólo por la inteligencia.
[287] «Phavorini fragmentum ἐν ταῖς παντοδαπαῖς ἱστορίαις apud
Stephanum Byzantinum ad vocem Ὠκεανóς legimus quod ita se habet:
Προσαγορεύουσι δὲ τὴν ἔξω θάλατταν ἐκεῖνου μὲν οἱ πολλοὶ τῶν βαρβάρων
Ὠκεανόν, οἱ δὲ τὴν Ἀσίαν οἰκοῦντες μεγάλην θάλατταν, οἱ δὲ Ἕλληνες
Ἀτλαντικóν πέλαγος. Moneo hunc locum satis gravi momento comprobare
neque _Oceani_ nomen, neque notionem illam maris terram cingentis
_græcæ_ esse originis.» (Sphon de Niceph. Blemm. duob. opusc, geogr.,
1818, pág. 23). Este pasaje muy notable y muy decisivo de Favorino
confirma los motivos históricos y etimológicos, alegados antes, del
origen semítico (fenicio) de la ficción y del nombre de un río Océano
que forma un círculo alrededor de la masa unida de las tierras. Véase
también sobre las raíces _hag_ (ag) y og: Villanueva, _Phenician
Ireland_, 1833, pág. 65, obra cuyo estilo y método distan bastante de
la severidad de una buena crítica filológica. Habitantes de la costa
del mar Egeo, los Helenos conocían, por sus propias navegaciones, el
mar Negro antes que el Océano. De aquí el nombre de _Ponto_ (Πόντος)
dado á la cuenca que parecía más grande, como el nombre de _Poeta_
dado κατ’ ἐξοχήν al mayor de todos, á Homero.» (Estrabón, lib. I,
pág. 39, Alm.; pág. 21, Cas.)
[288] Cujus libri auctoritatem, dice el Cardenal, sancti habuerunt in
reverentia et veritatis sacras per eum confirmarunt.
[289] Lutero lo compara «á las fábulas de Esopo».
[290] Wilford, en el _Asiatic Researches_, t. VIII, pág. 376.
[291] Pitágoras, Parménides y Posidonio no conocían más que cinco
ó seis zonas (Estrabón, lib. II, pág. 105, Alm.; pág. 94, Cas.),
mientras en la India la división es ó en cuatro ó en siete zonas.
[292] Carl, _das Buch Hiob_, 1824, pág. 223.
[293] Sobre la gravedad universal en la superficie de la tierra, del
sol y de la luna; sobre los efectos de la reflexión de los espejos
agrandando ó multiplicando las imágenes; sobre la visibilidad de
la luna en los eclipses totales; sobre las montañas especialmente
luminosas de la luna (podría creerse que en este punto aludía
á Aristarco y á los volcanes que algunos astrónomos modernos
_pretenden_ ver en actividad desde aquí abajo); y sobre la falta de
calor en los rayos lunares.
[294] Después de repetir el pasaje de la _Medea_ de Séneca, citado
con tanta frecuencia desde 1492, el célebre geógrafo añade: «Ego
quoque ejus (Novi Orbis) mentionen fieri á Plutarcho de Facie in orbe
lunæ sub nomine. _Magnæ continentis_ puto.» (Ortelio, _Orb, terrar._,
1570, _art. Nov. Orb._)
[295] Letronne. _Essai sur le mythe d’Atlas._, p. 18.
[296] Estrabón sitúa también al Norte, cerca de los montes _Ripheos_,
una montaña llamada Ogygia.
[297] Gesenius, _Jesaia_, t. II, pág. 324 (véase también Loka-loka,
según Amara-Cosha en el diccionario de Wilson). Esta idea de un Gran
Continente montañoso, situado más allá de la cintura oceánica y
habitado por hombres antes del diluvio, es también de muchos Padres
de la Iglesia, y ha sido expuesta por Cosmas Indicopleustes.
[298] Este interlocutor reaparece en los diálogos _Defectu
Oraculorum_ y de _EI apud Delphos_ con Ammonio, preceptor de Plutarco
y el matemático Menelao. El nombre de Lamprias es también el del hijo
de Plutarco.
[299] En la _Vida de Agrícola_ (cap. 10) atribuye, al contrario,
Tácito estos mismos fenómenos á un _mare pigrum et grave
remigantibus_, á la ausencia de tierras que son llamadas con razón
_causa et materia tempestatum_; porque la desigual distribución de
las superficies opacas (continentales) y diáfanas (oceánicas), es una
de las principales causas del conflicto de las corrientes aéreas y de
las explosiones eléctricas en la atmósfera. El nombre de mar Cronieno
que Plutarco generaliza, no se aplicaba, propiamente hablando,
sino más allá del _promontorium Rubeæ_, que separaba este mar
(Plinio, IV, 13, Ducuil, _de Mens terræ_, VII, pág. 32, Walck) del
_Morimarimarusa_ ó _Morimarusa_, nombre, que, según Philemón, en la
lengua de los cimbrios significa _Mar Muerto_. He aquí dos palabras
que, según las observaciones de M. Bopp, pertenecen al parecer al
sistema de las lenguas indo-germánicas, aunque con menos claridad y
evidencia que _Iabadiu_ (isla de cebada), dos palabras sanskritas,
cuya significación nos conservó Ptolomeo (_Geogr._, libro VII, cap.
2). M. Welcker, en su ingeniosa Memoria sobre el sitio de la tierra
de los Pheacienos, cree que la palabra _Morimarusa_ alude al _pasaje
de los muertos_ en el Océano boreal, que pudo haber tomado Tácito de
un comentario perdido de Plutarco, sobre Hesiodo.
[300] Esta prolongación boreal presenta un nuevo dato de analogía con
la Gran Tierra de los Méropes de Theopompo, desde la cual se hace
directamente, como á tierra próxima, una incursión en la comarca de
los hiperbóreos.
[301] En otro sitio del mismo Tratado de las manchas lunares habla
nuevamente Plutarco de la falsa idea de Estrabón y de la Escuela de
Alejandría, sobre la salida del mar Caspio, que compara con el golfo
Arábigo. Al admitir el mismo error Macrobio, que vivió trescientos
años después que Plutarco, creyóse al menos obligado á mencionar al
mismo tiempo la antigua opinión de Herodoto y del Stagirita: «Caspium
mare unde oriatur (ex Oceano) inveniens: licet non ignorem, esse non
nullus qui ei de Oceano ingressum negent.» (Macrobio, _Comm. in Somn.
Scip._, II, 9).
[302] Estrabón censura severamente el género bastardo que consiste
«en describir el mito en forma de historia, mezclándo, por ignorancia
y como adorno poético, sucesos fingidos, y hechos positivos y
ciertos». Añade, además, que al mismo Theopompo le importaba poco
confesarse culpado de esta mezcla.
[303] Véase el pasaje de Tertuliano, adversas Hermog., c. 25, que ya
hemos citado. _Sileni alius orbis._ Si Theopompo no empleo las mismas
palabras, de Nuevo Mundo, á lo menos llama á Meropis ἐκείνην (γῆν)
τὴν ἔξω τούτου τοῦ κόσμου.
[304] Véase _Epítome de la Biblioteca Oriental y Occidental_, por el
licenciado Antonio León. Madrid, 1623, pág. 68. Otra edición de las
_Oceánicas_ se publicó en Basilea en 1523.
[305] Es el Conde de _Büren_, que los escritores franceses y
españoles escriben _Beure_, _Bure_ ó _Bures_, como el nombre de
Guillermo de Croy, señor de Chevres, está escrito _Xebres_, _Gevres_
ó _Crouy Chievres_. Estos dos personajes, en unión del erudito
Adriano, hijo de un fabricante de tapices (Floris Boyens, de
Utrecht), estuvieron encargados de la educación de Carlos V.
[306] Unam ex insulis exiliisse in altum, partemque illius varatam
aïunt pelago, montemque obruisse oppidum celebre nomine Villaregale,
neque ultra vestigium apparuisse (Petr. Martyr, _Opus Epist._, pág.
447.) Linschoten no alcanza más que al terremoto de 1570 en las
Azores (Hoff, _Geschichte der Erdoberfläche_, t. II, pág. 286). La
relación de los movimientos en las Azores, Mauritania, Granada,
Almería y las Alpujarras en 1522, es muy notable. Véase mi _Rélat.
historique_, t. II, págs. 4 y 19.
[307] Petr. Mart., _Opus Epist._, 1670, pág. 310 (Carta 562 dirigida
á León X el 26 de Diciembre de 1515).
[308] _L.c._, pág. 437 (Ep. 757). In Castellæ regnis, ubi ætatis
meæ vim omnem consumpsi, ubique mihi ex nobis orbibus ab Hispanis
repertis vivendi apud posteros est præbita materia, etc.
[309] Las _Décadas_ indican la primera partida de Cristóbal Colón del
puerto de Palos (una de las épocas más memorables de la historia de
los descubrimientos) _circiter ad calendas, Sept. 1492_, en vez del 3
de Agosto.
[310] _Opus Epist._, núm. 130, Christophorus _quidam_ Colonus! La
celebridad ya adquirida y la larga vida del más popular de los
prosistas griegos no le impidió sufrir el _nescio quis Plutarchus_ de
Aulo Gelio (Noct. Alt., XI, 16).
[311] Las citas de Tucídides, de Platón, Estacio, Hygin, Juvenco y
Fortunato, pertenecen á D. Fernando Colón, hijo del Almirante, como
se advierte con toda claridad en la discusión sobre la Atlántida y
las islas Hespérides, que Cristóbal Colón creyó formaban parte de
la India á causa de un pasaje mal interpretado de Solino (_Vida del
Alm._, c. 9). La erudición clásica de D. Fernando Colón, ó más bien,
su afición á recoger libros, demuéstralo la biblioteca que logró
formar, biblioteca que Bossi atribuye erróneamente á Cristóbal Colón
y que todavía se conserva en Sevilla.
[312] Colón le cita en el _Libro de las Profecías_, folio 13.
[313] Cristóbal Colón le nombra en su carta á los Monarcas, fechada
en la isla de Haïti en 1498: _San Isidro, y Beda, y Strabo, y el
Maestro de la Historia escolástica, y San Ambrosio, y Scoto y todos
las santos teólogos conciertan que el Paraíso terrenal es en el
Oriente....._» (Es la disertación en que el Almirante procura probar
que el Orinoco ó el Guarapiche son los ríos del Paraíso). Colón llama
algunas veces Extrabón al célebre geógrafo de Amasia.
[314] La viva imaginación del Almirante le hace ver lo que su
memoria le recuerda de una lectura variada y asidua. «La gente de
que escribe Papa Pío, según el sitio y señas, se ha hallado; mas no
los caballos, pretales y frenos de oro; ni es maravilla, porque allí
las tierras de la costa de la mar no requieren, salvo pescadores, ni
yo me detuve, porque andaba aprisa.» _Carta de Colón á los Monarcas
españoles_, escrita en Jamaica el 7 de Julio de 1503 (Navarrete, t.
I, págs. 299 y 307.) El señor Bossi cree que el Almirante alude, no
á la _Descripción de Asia_, de la que se publicó una segunda edición
en París en 1534, sino á la _Cosmographia seu Hist. rerum ubique
gestarum locorumque descriptio_ del papa Pío II.