PATRIA Y FAMILIA DE COLÓN.

He estudiado detenidamente las largas y á veces fastidiosas

disertaciones que han visto la luz desde principios del siglo actual, en

que un distinguido sabio de Turín, el conde Napione, convencido de la

legitimidad de los derechos de los antiguos feudatarios del castillo de

Cuccaro, en el ducado de Montferrato, renovó la controversia acerca del

lugar donde nació el Almirante. Esta discusión, que terminó creyendo

tener cuantos habían intervenido en ella la razón de su parte, fué

provechosa por lo mucho que aclaró la historia de Colón, y por los datos

aducidos respecto á los antiguos mapas y descripciones de América. Por

lo demás, se advierte en la polémica la acritud y pasión que inspira el

patriotismo provincial y municipal en los pueblos que no tienen un

centro de vida política.

El ducado de Montferrato, considerado como parte de la antigua Liguria,

está hoy unido al territorio de Génova; pero hasta ahora el involuntario

sacrificio de su independencia no ha hecho á los genoveses tan

indiferentes como se esperaba á las pretensiones de los piamonteses

acerca de la persona del Almirante y de su verdadera patria (_Memoria

della Reale Academia di Torino_, 1823, t. XXVII, pág. 75). Más de diez y

ocho pueblos se disputan la gloria de haber sido cuna de Cristóbal

Colón, y son: Génova, Cogoleto (nombre cambiado en Cogoreto, Cucchereto,

Cugureo Cogoreo, Cucureo de Herrera y Cugurgo de Puffendorf), Bugiasco,

Finale, Quinto y Nervi (en la ribera de Génova), Saona, Palestrella y

Arbizoli (cerca de Saona), Cosseria (entre Millessimo y Carcere), el

valle de Oneglia, Castello di Cuccaro (entre Alejandría y Casale), la

ciudad de Placencîa y Pradello (en el Val de Nura del Piacentino).

El número de estos lugares aumentó progresivamente con la fama del

héroe, porque sus contemporáneos, Pedro Mártir de Anghiera, el cura de

los Palacios, Geraldini, Pedro Coppo de Isola[220], el obispo

Giustiniani, el canciller Antonio Gallo y Senerega, le han llamado

unánimemente genovés.

La institución del mayorazgo, documento fechado en 22 de Febrero de

1498, y de cuya autenticidad, como antes he dicho, nadie duda en España,

prueba que la palabra _genovés_, aplicada á Colón, no puede tomarse en

el sentido extenso de _liguriano_, que podría designar lo mismo al

nacido en Génova que al natural de Cuccaro. Este documento de 1498 dice

literalmente: «La dicha ciudad de Génova, de donde yo salí y donde yo

nací.» Además, en la respuesta latino-italiana, igualmente auténtica,

que el magistrado de Génova (_Magistrato di S. Giorgio_) escribió el 8

de Diciembre de 1502 á Colón, con motivo de sus patrióticas promesas,

transmitidas por el embajador genovés Nicolás Oderigo, cuando volvió á

España, llámase con frecuencia á la ciudad de Génova _originaria patria

de Vostra Claritudine_, y á Colón _amantissimus concivis_ (_Cod. col.

amer._, pág. 329; Navarrete, t. II, pág. 283).

Á menos de suponer en Fernando Colón motivos para guardar premeditado

silencio, es difícil explicar la ignorancia que afecta acerca del

origen de su padre, pues sólo cita á Génova como uno de los seis puntos

á los cuales se concedía en su época el honor de haber sido la patria

del Almirante. ¿Cómo es posible creer que el padre hubiera dejado á los

hijos en esta incertidumbre? ¿Por qué evita el hijo con tanta prudencia

decidir la cuestión, ó decir al menos cuál es la opinión que le parece

más probable?

La _Vida del Almirante_, escrita en español por Fernando Colón, se

publicó por primera vez, traducida al italiano en 1571, treinta y un año

después de la muerte del autor. Cítanse en ella, con el título de

_Crónica_, los _Annales de Génova_, que fueron impresos en 1535, y que

el conde Priocca niega fueran quemados por orden del Senado (véase

Cancellieri, pág. 139). Esta cita prueba que Fernando Colón terminó su

obra siendo ya viejo, y si tal prueba, presentada por el caballero

Napione (_Mem. della Acad. di Torino_, 1805, págs. 148 y 240), no parece

convincente, podría corroborarla con la condición de que en el último

capítulo se trata de la muerte del Inca Atahualpa, que fué estrangulado

en 1533. Ahora bien: cuarenta años después del descubrimiento del Nuevo

Mundo, la gloria de Cristóbal Colón estaba tan divulgada, que en todos

los puntos de la Liguria donde vivían personas del mismo apellido

empezaron las pretensiones genealógicas. Algunas de estas pretensiones

debían halagar la vanidad de Fernando y de Diego Colón, y de los hijos

de éste, que habiendo llegado á gran posición nobiliaria en un país

donde el comercio y las artes industriales no eran tan honrados como en

Génova, aprovechábanse sin duda de la incertidumbre reinante sobre la

posición social de sus parientes y el lugar del nacimiento de Cristóbal

Colón.

En el primer capítulo de la _Historia del Almirante_ hay una mezcla

hipócrita de orgullo y de filosofía que oculta mal el deseo en su autor

de dejar adivinar lo que no se atreve á decir abiertamente. Empieza

diciendo que se le pide en vano probar que su padre desciende de una

familia ilustre, la cual, por mala fortuna, había llegado á la última

estrechez; y que tampoco mencionará como ascendiente aquel Colón que

Tácito dice en el libro XII llevó preso á Roma al rey Mitrídates, y

obtuvo por ello los honores consulares; ni á los dos almirantes de este

apellido, tío y sobrino, que recorrieron victoriosamente (el uno desde

1462 á 1476, y el otro hasta 1485) los mares del Archipiélago y de

Portugal[221]. Hoy las buenas ediciones de los _Anales_ de Tácito (XII,

21) dicen: _Traditus post hoc Mithridates, vectusque Romam per Junium

Cilonem procuratorem Ponti. Consularia insignia Ciloni, Aquilæ prætoria

decernuntur_; pero en algunos manuscritos se lee, en efecto: _Romam

vectus per Junium Colonem_, lección contraria á un pasaje de Dión Casio

(LX, 33).

Después de este rasgo de erudición, D. Fernando expone cómo la

Providencia quiso que todo fuera misterioso en el origen de su padre;

dice que algunos, como para obscurecer la fama del Almirante, suponen

que fué de Cugureo ó de Bugiasco, lugarcillos pequeños cerca de Génova;

otros, que quieren exaltarle más, dicen que era de Saona; otros,

genovés, y algunos también, _saltando más sobre el viento_, le hacen

natural de Placencia, donde hay personas muy honradas de su familia y

sepulturas con armas y epitafios de los Colombos. «Pasando yo por

Cugureo, añade (era en 1530, según el _Memorial_[222] presentado en el

pleito contra el conde de Gélvez), no sabiendo la residencia y

ocupaciones de nuestros antepasados, procuré informarme de dos hermanos

Colombos que eran los más ricos de aquel castillo y se decía eran algo

parientes suyos; pero porque el más mozo pasaba ya de cien años, no

supieron darme noticia de esto, ni creo que por esta ocasión nos quede

menos gloria de proceder de su sangre, pues tengo por mejor que tengamos

toda la gloria de la persona del Almirante, que andar inquiriendo si su

padre fué mercader ó cazador de volatería[223], puesto que de personas

de semejantes ejercicios hay mil cada día en todos lugares, cuya memoria

entre los propios vecinos y parientes perece al tercero día.»

La frase _castillo de Cugureo_ que emplea D. Fernando pudiera hacer

creer que ha querido referirse al _castillo de Cuccaro_, confundiendo

ambos nombres; pero antes cita á Cugureo en el número de los lugarcillos

próximos á Génova, y esta cita puede aplicarse á Cogoleto ó Cugureo,

pero no á Cuccaro, situado más alla de Alejandría. Además, un autor del

siglo XVI, Gambara (_De navigatione Christ. Columbi_, Romæ, 1585),

nombra á ese mismo Cugurero «_Castrum_ in territorio Genuensi».

Terminaré citando un viajero moderno[224] que dice, hablando de

Cogoleto: «Este lugar no ha renunciado al honor de haber visto nacer á

Colón, á pesar de la multitud de investigaciones y disertaciones según

las cuales el grande hombre resulta, al parecer, que nació en Génova. En

Cogoleto, hasta tienen la pretensión de enseñar su casa, especie de

cabaña á orillas del mar, que encontré convenientemente ocupada por un

guardacostas, y en la cual se lee, á continuación de otras inscripciones

lamentables, este hermoso verso improvisado por M. Galiuffi:

«Unus erat mundus; Duo sint, ait site; fuere.

En la Casa-Ayuntamiento de Cogoleto[225] hay un retrato antiguo, sin

duda poco parecido».

Lo que caracteriza los primeros capítulos de la obra de Fernando Colón

es la prudente reserva con que deja indecisas todas las cuestiones,

contentándose con designar (cap. V) á los genoveses establecidos en

Lisboa con la frase de _gentes de la nación del Almirante_. Afirma

vagamente que sus antepasados estuvieron siempre ocupados en el comercio

marítimo, y «aunque contento y orgulloso de ser _hijo de semejante

padre, de famoso nombre por el valor y los claros é insignes hechos

suyos_», rechaza como injurioso el aserto de una «ocupación manual y

mecánica» que el obispo Giustiniani atribuye á los padres de Cristóbal

Colón.

Pronto veremos que, según los últimos documentos encontrados en Génova,

el Obispo no cometió más falta que la de ser indiscreto. Después de

elogiar al padre por haberse casado en Lisboa con D.ª Felipa Muñiz

Perestrello, _dama noble é ilustre_, después de elevarse tanto por los

favores de la reina Isabel y el matrimonio que había contraído D. Diego

Colón con la sobrina del duque de Alba, no podía convenir á la familia

dar á conocer al padre de Colón como «fabricante de paños». Añadiremos

también que la indecisión absoluta de Fernando Colón[226] sobre el

problema del lugar del nacimiento de su padre anula por completo las

sospechas que ha expuesto Campi, autor de una _Storia di Piacenza_

(1662), acerca de las falsificaciones oficiales que habrá sufrido el

texto italiano de la _Vida del Almirante_[227].

Cuando el conde Napione, después de haber estudiado las piezas del

pleito de sucesión de Diego Colón, muerto en 1578, intentó establecer

con mucha sagacidad que la familia del Almirante descendía de los

feudatarios del castillo de Cuccaro en el Ducado de Monferrato, y que

hasta el mismo Almirante había nacido en dicho castillo, la Academia de

Génova encargó en 1812 á tres de sus miembros, Jerónimo Serra, Francisco

Carrega y Domingo Piaggio, examinar todos los documentos y reunir otros

nuevos. El concienzudo trabajo de estos tres académicos, como el de

Bossi y Spotorno, ha confirmado la antigua opinión del origen genovés,

opinión que el Almirante consignó claramente en la _institución del

mayorazgo_ hecha en 22 de Febrero de 1493, y que también había parecido

la más probable á los historiadores Muratori, Tiraboschi, Muñoz y

Navarrete.

El Almirante era el hijo mayor de Domingo Colón y de Susana

Fontanarossa. Además de dos hermanos menores, Bartolomé y Santiago,

llamado en España Diego, tuvo también una hermana casada con un

choricero (_pizzicagnolo_) que se llamaba Santiago Bavarello. El padre

de Cristóbal Colón vivía aún dos años después del gran descubrimiento

hecho por el hijo, y era tejedor de paños, como lo atestigua su

intervención en un testamento hecho ante notario en 1494, que ha llegado

á nosotros, en el cual figuraba como testigo y donde se lee _olim textor

pannorum_, después de su nombre (_Codice Col. Amer._ p. LXVIII).

También dice Senarega, que es el autor más próximo á esta época:

_Columbi (Christophori Genuensis) fratres Genuæ plebeis parentibus orti

nam pater textor, carminatores filii aliquando fuerunt_ (_Sen. de Rebus

Genuensibus, ap. Murator._, t. XXIV, pág. 534). Domingo, el padre del

Almirante, aunque su nieto Fernando le llama indigente, tenía, sin

embargo, dos casas; una con tienda _extramuros_ en la _contrada di Porta

S. Andrea_, y otra en el _Vicolo di Mulcento_. Esta última le había sido

dada á censo enfitéutico por los frailes benedictinos de San Esteban, y

la poseía, al menos, desde 1456 á 1489. Ignórase en cuál de las dos

casas nació el Almirante; pero es probable que naciera en la del _Vicolo

di Mulcento_, pues hay indicios de que le bautizaron en San Esteban,

aunque no se ha encontrado la partida de bautismo (Bossi, pág. 69).

Domingo había trasladado en 1469 sus telares y comercio de lanas de

Génova á Saona, y, según un documento conservado en los archivos de esta

última ciudad, el más joven de los hermanos del Almirante, Diego, cuya

dulzura de carácter é inclinación al estado eclesiástico elogia Las

Casas (_Hist. de Ind._, lib. III, c. 82), fué colocado á la edad de diez

y seis años por su madre Susana Fontanarossa, el 10 de Septiembre de

1484, como aprendiz en casa de un tejedor de lanas de Saona llamado

Luchino Cadamartori[228]. Además, ya en 1311 estaba inscripto en Génova

un _lanajuolo_ llamado Jacobo Colombo, y los testimonios de la vecindad

de la familia Colombo en dicha ciudad alcanzan hasta 1191. He referido

estos minuciosos detalles para probar que las últimas investigaciones

acerca de la familia del Almirante no han sido infructuosas.

La descendencia masculina del grande hombre se extinguió á los setenta y

dos años después de su muerte. Sabido es que, de sus dos hijos, el menor

y más sabio, Fernando, era ilegítimo, lo que no fué obstáculo, á pesar

de las preocupaciones de la época, que fuera nombrado á los nueve ó diez

años de edad, con su hermano mayor Diego, primero, paje del Infante D.

Juan, y después de la prematura muerte de este Príncipe, paje de la

reina Isabel[229]. Su madre, D.ª Beatriz Enríquez, es la dama de

Córdoba cuyo embarazo tanto contribuyó á detener al Almirante en España

en 1488 y á hacer que _á Castilla y á León_ (y no á Portugal, á Francia

ó Inglaterra) _diera Colón un Nuevo Mundo_[230].

Fernando acompañó á su padre, á la edad de catorce años, en el cuarto

viaje de su descubrimiento, y demostró una energía de carácter y un

valor «dignos de viejo marino». El Almirante nos dejó en su _Lettera

rarissima_ un testimonio conmovedor, cuando describió con los más vivos

colores la tormenta sufrida durante cerca de tres meses en parajes que

son temidos aun hoy día cuando se navega entre Morant Kays, los

Caimanes, los Jardines de la Reina, los bajos Misteriosa y Santanilla y

la costa de Honduras.

Después de vivir Fernando con su hermano Diego en Santo Domingo en 1509,

y de viajar por muchos puntos de Europa, dedicóse, desgraciadamente

demasiado tarde para la frescura de sus recuerdos (acaso desde 1533 á

1535), á escribir la historia de su padre, fundó una biblioteca de

12.000 volúmenes, legada á los padres Dominicos del convento de San

Pablo de Sevilla, y murió sin posteridad en España, á la edad de

cincuenta y tres años (hacia 1541), adoptando el estado eclesiástico al

fin de su vida. Vivió honrosamente, dedicado al estudio en las orillas

del Guadalquivir, rodeado de algunas personas instruídas que había

traído con él de Flandes.

Su hermano mayor Diego, hijo de D.ª Felipa Muñiz, de la familia

placentina de Perestrello, y sobrino de Pedro Correa, gobernador de

Porto Santo[231], nació en esta isla, probablemente entre 1470 y 1474.

Muy joven aún, especialmente á la edad de diez ó doce años, cuando vino

con su padre de Portugal á España, conoció las amarguras de la

indigencia. Era el niño que llevaba á pie Cristóbal Colón al convento de

la Rábida, cerca de Palos, y para el cual pidió un pedazo de pan y agua,

circunstancia que dió á conocer el gran marino al padre Juan Pérez,

guardián del convento, «á quien llamó la atención el acento extranjero

del viajero». Este mismo guardián de los franciscanos procuró á Colón

una módica suma, «para vestirse decentemente y comprar una

_bestezuela_».

Se tiene por cierto que Diego recibió su primera educación en el

convento de la Rábida, porque sabemos, por el pleito con el fisco, que

cuando el Almirante partió en 1492, lo confió á Juan Rodríguez Cabezudo,

habitante de Moguer, y á un eclesiástico, Martín Sánchez[232].

Á muchos escritores modernos ha parecido bien pintar á Diego Colón, sin

duda porque era hijo de un grande hombre, como desprovisto de talento y

de carácter; pero sus contemporáneos formaron de él juicio muy

diferente. Después de hacer el segundo viaje con el Almirante,

permaneció Diego en España para atender á los asuntos litigiosos de su

familia. Muerto su padre, intervino durante veinte años en los intereses

políticos de Santo Domingo, de Jamaica, de Cuba y de Puerto Rico. Supo

consolidar su posición aristocrática en España, casándose en 1508 con

D.ª María de Toledo, hija del _Comendador mayor_ de León y _Cazador

mayor_ de la corte, Hernando de Toledo, y sobrina del duque de Alba,

que era uno de los personajes más poderosos del reino, favorito y

próximo pariente de Fernando el Católico, á quien mostró noble fidelidad

cuando en las controversias entre D. Fernando y el archiduque D. Felipe,

casi todos los grandes se apartaron de aquél, que parecía abandonado de

la fortuna[233]. Este parentesco con la casa de Alba, y la eficaz

protección que tuvo por consecuencia de él[234], fueron más útiles á D.

Diego que el recuerdo de los servicios de Cristóbal Colón.

Después de largas y vanas gestiones, fué reconocido Diego, por el

decreto[235] dado en Arévalo en 9 de Agosto de 1508, _Almirante_ y

_Gobernador de las Indias_; reconocimiento que, según los términos del

decreto, no era definitivo y estipulado, puesto que la corte se

reservaba sus derechos en las cuestiones con el padre.

Llegó Diego el 10 de Julio de 1509 á Haïti, acompañado de la Virreina,

de su hermano Fernando y de sus dos tíos. Las espléndidas fiestas con

que se celebró su llegada en la fortaleza de Santo Domingo fueron

interrumpidas por un destructor huracán. Al año siguiente, las

querellas por los ensayos de la colonización en Jamaica, que corrían á

cargo de Juan de Esquibel, y por la construcción de una casa que reunía,

según decían, todas las condiciones de un fortín destinado á ofrecer

seguridad á un virrey rebelde[236], alarmaron al viejo rey Fernando, y

la isla de Puerto Rico (Borinquen, isla de Carib, isla de San Juan),

dejó de formar parte del gobierno de D. Diego Colón, siendo entregada á

la administración de Ponce de León.

Las vejaciones que sufrían los indígenas ocupados en los _lavaderos de

oro_ ocasionaron una sublevación general, librándose sangrientos

combates en los que el perro Becerrillo[237], célebre por su fuerza y

maravillosa inteligencia, prestó grandes servicios á los españoles.

El almirante D. Diego, persona de costumbres pacíficas, gozaba

generalmente la reputación de favorecer á los indígenas; sin embargo,

amigos imprudentes le comprometieron en una cuestión de frailes que tuvo

mucha resonancia en la corte. Empeñóse en obtener una retractación

pública del P. Antonio Montesinos, monje dominico que, en un sermón

apasionado, defendió noblemente la causa de los indios, acusando á los

colonos acaso con sobrada impetuosidad, de reducir á esclavitud á los

que la religión y la ley declaraban libres. Ocurrió entonces lo que con

frecuencia sucede cuando el poder secular exige lo que la jerarquía

eclesiástica considera ofensivo á su honor y á su independencia. El P.

Montesinos, excitado por el superior de la Orden, pronunció otro sermón

más atrevido que el primero, fiel al sistema de sus correligionarios,

que, como dice Gómara, _querían quitar los indios á los cortesanos y

ausentes_, porque quienes los administraban en su nombre, los

maltrataban.

En esta época (1511) sólo había en Haïti 14.000 indios, cuyo número

disminuía rápidamente, sobre todo por las desatinadas disposiciones de

Rodrigo de Alburquerque, que tenía el peligroso cargo de _Repartidor de

Caciques é Indios por los poderes Reales_.

Causas tan graves y querellas de otra índole indujeron al almirante D.

Diego á pedir su vuelta á España en 1514: el favor tardío concedido á la

Virreina de poder vestir de seda (Herrera, Déc, I. lib. X, cap. 10), y

de ser la única persona exceptuada de las leyes contra el lujo en las

colonias, no podía satisfacerle en una posición tan embarazosa.

Permaneció en España durante seis años, obligado á defender los derechos

de su familia y de su mayorazgo contra el fiscal del Rey en el famoso

pleito (1510-1517), cuyas piezas, recientemente publicadas, han arrojado

tanta luz sobre los primeros descubrimientos de Cristóbal Colón.

Desde la muerte de Fernando el Católico, la monarquía fué gobernada

durante algún tiempo por el partido flamenco, y el señor de Gebres[238]

concedió, como en feudo, los gobiernos de la isla de Cuba y del Yucatán,

considerado entonces como isla, al _Almirante de Flandes_, bajo promesa

de poblar dichas comarcas con personas libres y familias flamencas.

No poco trabajo costó á D. Diego Colón hacer revocar en 1517 una

concesión completamente opuesta á los derechos que pretendía haber

heredado sobre la isla de Cuba y, volviendo á estar en favor por algún

tiempo con Carlos V, fué enviado de nuevo á Haïti (en Noviembre de

1520), recobrando su antiguo gobierno.

La viruela causaba allí horribles estragos desde hacía dos años, y una

sublevación de esclavos negros, que podía llegar á ser muy peligrosa,

por coincidir (en 1522) con la de los indios de Uraca, dió á D. Diego

ocasión de mostrar su claro talento y grande actividad; pero el odio que

le tenía Figueroa, uno de los tres comisarios enviados por el cardenal

Ximénez á Haïti, y las largas cuestiones con la Real Audiencia,

apresuraron su vuelta á España en 1523. Enfermo siguió á la corte

durante dos años á Burgos, á Valladolid, á Madrid y á Toledo, esperando

siempre ser reintegrado en el goce de sus privilegios, y murió el 24 de

Febrero de 1526, sin poder alcanzar á la corte en Sevilla, porque,

durante el viaje, quiso hacer una novena á Nuestra Señora de Guadalupe,

de la cual era tan devoto como el gran almirante Cristóbal Colón.

La virreina María de Toledo quedó con numerosa familia (tres hijas y dos

hijos) en Haïti. La mayor de las hijas, María, fué religiosa en un

convento de Valladolid[239]; la segunda, Juana, se casó con D. Luis de

la Cueva; la tercera, Isabel, con Jorge de Portugal, conde de Gélvez,

perteneciente á una rama de la casa de Braganza, establecida en España.

Los dos hijos de Diego Colón, _segundo Almirante de las Indias_,

llamáronse Luis y Cristóbal. El primero, desde la edad de seis años, fué

reconocido _tercer Almirante de las Indias_, pero sin que este título le

confiriese ningún derecho real. Permaneció en Haïti por lo menos hasta

1533, y como el pleito que su padre comenzó contra el fisco no se

acababa, por consejos de su tío D. Fernando Colón, y encontrándose ya en

España en la corte de Carlos V, hizo un convenio con el Gobierno, que le

valió el título de Capitán general de la Isla Española. Volvió á las

Antillas; pero habiendo pedido permiso su madre la Virreina viuda á

fines del año 1527 (Herrera, Déc. IV, lib. II, cap. 6), para colonizar

la provincia de Veragua, descubierta en Octubre de 1502 por el _primer

Almirante de las Indias_ Cristóbal Colón, hizo cesión al Emperador en

1540 de los derechos de su familia al Virreinato y al diezmo de todos

los productos (_decena parte de cualquier mercaduría_, según dice el

párrafo tercero de la capitulación de 17 de Abril de 1492), á cambio de

los títulos de _Duque de Veraguas_ y de _Marqués de Jamaica_[240], y una

renta anual de 10.000 doblones de oro.

Recordaremos á este propósito que Cristóbal Colón pudo adquirir en 1497

el título de _Duque de la Española_, pero que, por prudencia, no lo

quiso aceptar, como tampoco la dotación de un territorio de 1.250 leguas

cuadradas en Haïti.

La familia del Almirante conservó una predilección especial por la

provincia de Veragua, que pareció á Colón la comarca de la tierra más

abundante en oro, siendo allí donde tuvo la primera noticia de la

existencia de un mar al Oeste.

También Cristóbal Colón y su hermano el adelantado D. Bartolomé habían

fundado en aquella costa, cerca de la desembocadura del Río de Belén y

frente al islote llamado _Escudo de Veragua_, en las tierras del

poderoso _Quibian_ (cacique) _de Veragua_[241], el primer _pueblo de

cristianos_[242] en Tierra Firme, especie de fortín parecido á las

antiguas factorías portuguesas en África, y que tuvieron que abandonar

vergonzosamente, después de una permanencia de cuatro meses, en Abril

de 1503.

Ha sucedido con Veragua como con Darien, Uraba, Cubagua y la costa de

Paria, cuyos nombres conoció toda la Europa civilizada hasta mediados

del siglo XVI. Las primeras tierras que se descubrieron están hoy

olvidadas y casi desiertas.

El _tercer Almirante de las Indias_, D. Luis Colón, primer Duque de

Veraguas, cuyas costumbres no fueron muy dignas de elogio[243],

encontrábase en Génova en 1568, y llevaba el manuscrito de su tío

Fernando, que entregó á dos patricios, Fornari y Marini. No he podido

encontrar la fecha exacta de la muerte de Luis Colón; pero es positivo

que falleció sin dejar hijos legítimos, porque Cristóbal, que figura en

el pleito de 1583, era hijo natural. El mayorazgo y el _almirantazgo de

las Indias_ recayó, pues, en Diego, hijo del Cristóbal Colón, hermano

del _tercer Almirante_, y de Isabel, condesa de Gélvez. Con el _cuarto

Almirante_ D. Diego Colón, segundo _duque de Veraguas_, acaba en 1578

toda la línea masculina y legítima del gran Colón que descubrió el Nuevo

Mundo.

La herencia de una familia ilustre por la gloria de este hombre

extraordinario, emparentada con las casas de Alba y de Braganza, y por

tanto, con Fernando el Católico y Juan I, con las casas Reales de España

y de Portugal, debía excitar no pocas ambiciones y esperanzas. El acta

de _institución_ del mayorazgo (22 de Febrero de 1498) disponía: 1.º,

que cuando terminara la descendencia masculina de Diego y de Fernando,

hijos, y de Bartolomé y Diego, hermanos del _primer Almirante_, el

mayorazgo que contenía los títulos de _Almirante mayor del mar Océano,

Visorrey y Gobernador de las Indias y Tierra Firme_, debía pasar en

herencia á los parientes varones más próximos que tuviesen ellos y sus

abuelos, siempre que llevaran el apellido de Colón; 2.º, que el

mayorazgo no pasaría á las hembras sino cuando _en otro cabo del mundo_

no se encontraran descendientes varones de _linaje verdadero_. Cristóbal

Colón evitó prudentemente decir cuáles eran los parientes de su

_verdadero linaje_ en Italia, no nombrando ni á los Colón de Cogoleto,

ni á los de Placencia, ni á los del castillo de Cuccaro.

El pleito comenzó en 1583, cinco años después de la muerte del _cuarto

Almirante_ D. Diego. Las partes litigantes que disputaban la herencia

eran tres, no contando una comunidad de religiosas de Valladolid, ni á

Cristóbal Colón, hijo natural (_Mem. di Torino_, 1805, página 191) del

_tercer Almirante_ D. Luis Colón.

Un hombre poderoso en España, Jorge de Portugal, conde de Gélvez, esposo

de Isabel Colón, tía del _cuarto Almirante_ D. Diego, que falleció en

1578, litigaba contra Baltasar (_Baldasarre_) Colón, de la familia de

los señores de Cuccaro y de Conzano y contra Bernardo Colón, de

Cogoleto ó Cogoreo. Estos últimos procuraban probar que el famoso

almirante Cristóbal Colón descendía en línea recta de los señores del

castillo de Cuccaro y que estos señores eran la rama de los Colón de

Cogoleto, cerca de Génova y de Pradello en el Placentino. Como los

nombres de Domingo, de Cristóbal y de Bartolomé se repiten con

frecuencia en las distintas familias que llevan el apellido de Colón,

fácil era aprovechar esta circunstancia en favor de las invenciones

genealógicas. Suponíase que Domingo, el padre del _primer Almirante_,

debía ser un tal Domingo, feudatario del castillo de Cuccaro, hermano

de Francisco é hijo de Lancia de Cuccaro. De este Francisco descendía

Baltasar, que pretendía la sucesión en el mayorazgo, porque su cuarto

abuelo paterno, Lancia, era, según decía, abuelo de Cristóbal Colón.

Este Baltasar, que se llamaba cofeudatario de Cuccaro, vivía pobremente

en Génova, aunque estaba emparentado con la familia patricia de los

Lomellini[244].

Bernardo de Cogoleto pretendía descender del _adelantado_ Bartolomé

Colón, hermano del _primer Almirante_, porque su quinto abuelo Nicolás,

hermano de Lancia de Cuccaro, vino á establecerse en Cogoleto á mediados

del siglo XIV y dejó dos hijos, Bartolomé y Cristóbal. En esta

hipótesis, el mayor se llamaba lo mismo que el _Adelantado_, y el menor

como el atrevido marino conocido con el nombre de _Colombo il giovane_

(el Mozo)[245], á quien acompañó largo tiempo Cristóbal Colón en sus

expediciones aventureras y belicosas.

Procurábase probar por el testimonio de un milanés, maese Domingo

Frizzo, y de un monferratino, el _magnífico signor_ Bongioanni

Cornachia, que Cristóbal Colón, nacido en el castillo de Cuccaro, donde

vivía su padre Domingo, hijo de Lancia, se fugó siendo niño con otros

dos hermanos suyos, yendo á Saona con el propósito de embarcarse allí

para no volver más á su patria. Para apreciar este testimonio en su

justo valor, basta recordar que Cornachia decía haber oído este suceso á

su abuelo, que murió á la edad de _ciento veinte años_ (_Mem. di

Torino_, 1823, páginas 158, 164, 168).

Un conde Alberto de Nemours (los documentos de la época dicen _Namors_)

recordaba á los setenta y tres años que, siendo niño, cuando su maestro

le explicaba Virgilio, decía que Eneas se había fugado, como el hijo del

feudatario de Cuccaro, _Domingo_, cuyo hijo descubrió después las Indias

para el Rey de España. Pero estas confusas reminiscencias de viejo nada

valen frente á los hechos bien comprobados. Domingo, el padre del gran

Almirante, vivía aún en 1494, como se sabe por su firma, á la que hay

añadida la frase _olim textor pannorum_; y Domingo, cofeudatario de

Cuccaro y Conzano, había muerto treinta y ocho años antes (_Cod. Colomb.

Amer._, página 68), en 1456. El padre de este último era Lancia di

Cuccaro, mientras el otro Domingo (padre del gran Almirante y casado con

Susana Fontanarossa), era hijo de _Juan Colombo de Quinto_. Existe, en

efecto, un caserío llamado Quinto, al este de Génova. Cerca de allí

está la aldea de Terrarossa, y esta proximidad explica por qué Fernando

Colón dijo en la _Vida del Almirante_, capítulo 10, que «había visto

algunas firmas de su padre antes que adquiriese el Estado (los títulos

concedidos por los monarcas españoles) en esta forma: _Columbus de

Terrarubra_.»

El mapamundi[246] que el hermano del Almirante, D. Bartolomé, presentó

al rey de Inglaterra, Enrique VII, dice así: _Pro pictore, Janua cui

patria est, nomen cui Bartholomæus Columbus de Terra Rubra, opus edidit

istud Londia; die_ 13 Feb. 1488.

Es probable que los padres del Almirante, que, según hemos dicho antes,

poseían dos casas en la ciudad de Génova, tuvieran también en época

anterior algunas fincas rústicas cerca de Quinto[247].

El cambio del apellido italiano Colombo por el de Colón lo hizo, según

asegura su hijo D. Fernando, en España: «conforme á la patria donde fué

á vivir y á empezar su nuevo estado, limó el vocablo para conformarle

con el antiguo y distinguir los que procedieron de él, de los demás que

eran parientes colaterales.» (_Vida del Almirante_, cap. 1.) Muñoz

adoptó esta opinión; pero se tiene por seguro que en tiempos más

antiguos, el pueblo en el ducado de Montferrato llamaba á los

feudatarios de Cuccaro _Colón_ en vez de _Colombo_ (Cancellieri, páginas

127 y 129). Respecto al Almirante, encuéntrasele con frecuencia citado

en los documentos del siglo xv con los nombres de _Colom_[248] y

_Colomo_.

En el pleito que duró desde 1583 hasta 1608, porque excitaba la codicia,

de los abogados españoles y ligurianos, el conde de Gélvez y los

herederos en España no tenían interés alguno en rechazar el parentesco

con la ilustre casa de los feudatarios de Cuccaro. Este parentesco, que

halagaba su vanidad nobiliaria, podía ser reconocido, sin que por ello

tuviera derecho á la herencia Baltasar de Cuccaro. El Consejo de Indias

interpretó la institución de mayorazgo en el sentido de que no debía

pasar á los agnados, sino sólo á la descendencia del Almirante[249]. Si

éste se hubiera fugado, siendo niño, del castillo de Cuccaro, y si

hubiese juzgado cosa fácil probar su parentesco con los feudatarios de

Montferrato, seguramente hiciera valer sus derechos de nobleza cuando se

estableció en España, cuando el título de _Don_ le fué prometido como

futuro[250] precio de su descubrimiento, y, sobre todo, cuando fundó un

mayorazgo; porque era entonces costumbre muy usada mencionar la

ilustración adquirida en otro país cuando se ambicionaba una título de

nobleza en la Península.

Fué preciso que transcurrieran cuatro generaciones para transformar un

tejedor de paños de Génova, Domingo Colón, _textor pannorum_, cuya hija

se había casado con el choricero Bavarello, en un señor feudatario de

los castillos de Cuccaro, Conzano, Rosignano, Lú y Altavilla. Las

genealogías no han faltado nunca á los hombres que se han hecho

célebres; y cualquiera que fuese el noble orgullo y la elevación de

sentimientos del Almirante, como vivía en una nación llena de

preocupaciones caballerescas, hubiera desdeñado el prestigio de los

mitos de la genealogía á no ser por el temor de excitar la atención

hacia lo que él deseaba ocultar á los españoles.

El problema de la patria de Cristóbal Colón contiene además dos puntos

completamente distintos. Aunque, según todas las probabilidades,

Boccacio nació en París, no por ello se le niega la cualidad de

italiano. El nacimiento de Colón en Génova, la vecindad de sus

antepasados, al menos de su padre Domingo y de su abuelo Juan de Quinto

en esta ciudad y en las aldeas inmediatas, no parece ser dudoso, según

las pruebas que hemos presentado.

Familias del mismo apellido pueden no tener ninguna clase de parentesco,

si el apellido es _significativo_, si expresa oficio, ó cargo, ó

producción de la naturaleza. Las armas son entonces frecuentemente

_parlantes_, es decir, jeroglíficos de un nombre, y su identidad fija

hasta cierto punto la identidad de las razas. Los feudatarios de Cuccaro

tienen _palomos_ en sus armas, y casi sorprende ver que los _Colombos_

de Génova han reemplazado (_Cod. Col. Amer._, pág. 88) los _palomos_,

signos de un nombre de familia, por una barra azulada en fondo de oro.

Si no es absolutamente preciso admitir el parentesco de todas las

familias de un mismo apellido de Génova, Cogoleto, Placencia y

Montferrato, hay, sin embargo, por la proximidad de los lugares, alguna

verosimilitud de que este parentesco exista en grado más ó menos lejano.

Fortalece esta creencia un testimonio de Cristóbal Colón relativo al

almirante _Colombo el Mozo_, de Cogoleto, de quien he tenido ocasión de

hablar muchas veces. El fragmento de una carta citada por Fernando Colón

(_Vida del Almirante_, cap. 11) contiene estas notables palabras. «No

soy el primer Almirante de mi familia; pónganme el nombre que quisieren,

que al fin David, rey muy sabio, guardó ovejas, y después fué hecho rey

de Jerusalén; y yo soy siervo de aquel mismo Señor que puso á David en

este estado.»

Esta carta, dirigida al ama ó nodriza del infante don Juan[251], por las

pocas líneas que de ella han llegado á nosotros, parece probar que

Cristóbal Colón se justificaba de algunas censuras «acerca del obscuro

nacimiento del extranjero». Como su hijo D. Fernando dice claramente en

el cap. 5.º de la _Vida del Almirante_, hablando del célebre marino

llamado _Colombo el Mozo_, que era de su familia y apellido; y como

además refiere haber estado en Cugureo (Cogoleto), porque se decía que

los Colombos de este castillo eran algo parientes del Almirante (cap.

2.º), no cabe duda que el fragmento de la carta alude á _Colombo el

Mozo_, natural de Cugureo. Ahora bien; los Colombos de Cuccaro fijaron

su residencia desde 1341 en Cugureo, lo que ignoraba probablemente el

mismo Almirante, y en esta circunstancia se funda el admitir que el

grande hombre, creyéndose tener, por sus antepasados, _algún parentesco_

con la rama de Cugureo, era también, sin saberlo, de la rama de Cuccaro

ó de Montferrato. Estos débiles lazos de parentesco, esta presunción de

descendencia de un tronco común anterior á la mitad del siglo XIV, no

quebrantan en mi concepto la antigua creencia que considera genovés á

Cristóbal Colón.

El fallo que transmitió toda la herencia de D. Diego Colón, _cuarto

almirante_, al marido de su tía Isabel, el conde de Gélvez, fué

publicado el 2 de Septiembre de 1602. Baltasar Colombo de Cuccaro

recibió dos mil doblones de oro[252], suma módica en comparación de los

gastos de un pleito que duró veinticinco años. Gélvez tomó los apellidos

y títulos de _Colón de Portugal y Castro_, _Almirante de las Indias_,

_Adelantado Mayor de ellas_, _Duque de Veragua y de la Vega_, _Marqués

de Xamaica_, _Conde de Gélvez_.

Cuando en tiempo del protectorado de Cromwell, en 1655, tomaron los

ingleses posesión de Jamaica, la familia de Colón pidió al Gobierno una

indemnización por las perdidas rentas de su marquesado. Después de

largas y vanas gestiones, obtuvo Pedro de Portugal en 1671 una

indemnización pecuniaria. La memoria que publicó con este motivo

contiene el elogio del _primer Almirante_ Cristóbal Colón, «al cual hizo

Dios el favor, poco necesario á causa de las grandes cualidades que

poseía, de que descendiera en línea recta de los ilustres feudatarios

del castillo de Cuccaro». Ya no era peligroso reconocer esta genealogía

que, antes de 1602, ponía en litigio la herencia. En 1712 Felipe V

concedió la grandeza de España á la familia del duque de Veragua[253].

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 20 / 42 题