Infortunios de Colón en sus últimos años.
Sólo en los cinco ó seis primeros años que siguieron al descubrimiento
de Guanahaní gozó Colón de alguna dicha. Su estrella palideció en el
verano de 1498, primero por la dolorosa languidez, seguida de una
inflamación á los ojos, que padeció, durante el descubrimiento de las
costas de Paria; después por las persecuciones políticas é injusticia
del Gobierno, de que fué víctima á su vuelta á Haïti á fines de Agosto
de 1498.
No es probable que el clima del _Golfo Triste_ y del promontorio de
Paria tuviera perniciosa influencia en la salud de Colón. He estado en
estos sitios, y puedo afirmar que el cambio de salud de que se quejaba
el Almirante desde su tercer viaje, no puede atribuirse á una
navegación por la costa, durante la cual rara vez hizo expediciones á
las tierras cubiertas de bosques, y donde la temperatura es poco
elevada[194]. La constitución de Colón, debilitada ya por la vida activa
y laboriosa de marino que tuvo casi desde niño, se alteró antes de
llegar á Trinidad.
El Almirante encontró calmas en las cercanías de las islas de Cabo Verde
y al Sur de las mismas, pasando más de veinte días en las Canarias hasta
los 30° ½ de longitud, y escogió, según las ideas sistemáticas[195], una
ruta que le aproximaba hasta el octavo grado del ecuador. Antes de
desembarcar en las islas de Cabo Verde, donde una parte de la
tripulación cayó enferma, tuvo un fuerte ataque de gota en una pierna,
seguido de fiebre[196]. Á estos males unióse en las costas de Paria y en
el Golfo Triste una inflamación á los ojos, que aumentaron las continuas
vigilias.
Llegó Colón á la isla Beata, próxima á Haïti, casi en completo estado de
ceguera, y el médico que iba á bordo de la _carabela capitana_, maese
Bernal, no era á propósito para inspirarle confianza ni proporcionarle
alivio, por ser su enemigo mortal, hombre vengativo, que, como dice el
Almirante en una carta dirigida á su hijo, «mataba con sus remedios á
las gentes y merecía ser descuartizado mil veces»[197].
Los dos años de perturbaciones y angustias pasados en Haïti, desde la
rebelión de Roldán hasta la dictadura de Bobadilla, apresuraron la
progresiva pérdida de sus fuerzas físicas; y la mejor prueba del
maravilloso vigor natural de la constitución del Almirante y del imperio
que su grande alma ejercía en un cuerpo debilitado, es el éxito de su
cuarto viaje, el más largo y peligroso de todos.
De vuelta en Sanlúcar el 7 de Noviembre de 1504, arrastró una vida
miserable, afligida por la inesperada muerte de la reina Isabel[198],
sin confianza en las falaces promesas del Rey, implorando permiso[199]
para montar en mula ensillada y enfrenada, porque sus dolencias no le
permitían viajar por tierra de otro modo. El que había dado á España un
nuevo mundo, sólo pedía un rincón de tierra para morir en él
tranquilamente. (Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. 13.)
Esta serie de persecuciones y contrariedades, que tanto amargaron los
seis últimos años de la vida de Colón, aumentaron en él la
circunspección y la desconfianza que constituían los rasgos más
genoveses de su carácter. El grande hombre decía de sí mismo que su
posición presentaba tres dificultades casi insuperables: estar largo
tiempo ausente de la corte; ser extranjero en el país que quería
servir, y envidiado por el grande éxito de sus empresas.
Oviedo, al describir el carácter del Almirante (_Historia general_, lib.
I, cap. II), le llama: «Bien hablado, _cauto_, de grande ingenio y buen
latino.» Ya he indicado en otro sitio la extraordinaria reserva con que,
desde la primera expedición, comunica al Gobierno los detalles de sus
descubrimientos. Quéjase la Reina, en su carta de 5 de Septiembre de
1493, de que el _libro del Almirante_ (sin duda el Diario de su viaje)
deje en blanco los grados (de latitud) en los que se encuentran situadas
las nuevas tierras y los grados por donde ha pasado para llegar á ellas.
Quiere ella _una carta muy cumplida_, que contenga todos los nombres;
una carta marina, que no será mostrada, si Colón lo exige (_si vos
pareciere que no la debemos mostrar, nos lo escribid_).
En carta de 16 de Agosto de 1494, que contiene los más honrosos
sentimientos de afecto y estimación[200], pide nuevamente la Reina al
Almirante que le escriba cuántas islas ha descubierto, qué nombre ha
dado á cada una de ellas, y á qué distancia se encuentran unas de
otras.
Después del cuarto viaje, se ve precisado á escribir al Papa, que se
quejaba de su largo silencio. Teme que esta carta[201] le perjudique en
el ánimo del Rey, y por tres veces ordena á su hijo que se la muestre al
_señor Camarero_ y al obispo de Palencia, para evitar calumnias y falsos
testimonios. Estas precauciones debían parecerle tanto más
indispensables, cuanto que la imprudente violencia con que había
tratado[202], al partir para el tercer viaje, á un favorito y servidor
de la poderosa casa del obispo de Badajoz, Juan de Fonseca[203], fué sin
duda el motivo principal del cruel tratamiento que le hizo sufrir
Francisco de Bobadilla.
Lo que mejor prueba la elevación de sentimientos y la nobleza del
carácter de Colón, es la mezcla de energía y de bondad que en él
encontramos hasta el fin de una vida en cuyos catorce años de gloria (de
1492 á 1506) únicamente seis ó siete fueron para él felices (desde 1492
á 1499). Si algunas veces le dominaba el abatimiento y se entregaba
melancólicamente á sus místicos ensueños, pronto recobraba la poderosa
voluntad y la claridad de inteligencia, que es fuente de las grandes
acciones.
Diez y siete meses después de la muerte de la reina Isabel, el rey
Felipe I y la reina Juana desembarcaron en la Coruña[204], con no poco
descontento del rey Fernando, que, por venganza, se había casado con la
joven princesa Germana de Foix. Los dos reyes de Aragón y Castilla
tuvieron la primera entrevista en medio de las montañas de Galicia, en
la aldea de _Remesal_, cerca del _pueblo del Río Negro_. Colón sufría
cruel ataque de gota («agravado de gota y otras enfermedades», dice el
hijo), y no pudo ir al encuentro de los nuevos soberanos de Castilla.
Olvidando momentáneamente la melancolía de la reina Juana, que ya
degeneraba en locura, esperaba que la hija de Isabel se acordaría de las
promesas y del afecto de una madre cuyo trono ocupaba. Las Casas (lib.
XI, capítulo 37) nos ha conservado la noble carta que el Almirante dió á
su hermano el Adelantado, para presentarla á los Monarcas durante su
viaje desde la Coruña á Laredo. Este documento sólo precede acaso en
veinte días á la muerte de Colón, y es su última carta: «Yo suplico á
Vuestras Altezas--dice el anciano--tengan por cierto que bien que esta
enfermedad me trabaja así agora sin piedad, que yo las puedo aún servir
de servicio que no se haya visto su igual.»
Colón tenía sesenta y seis años cuando emprendió su cuarto viaje, y
setenta cuando escribió las líneas copiadas. Tal era la energía de
voluntad de este hombre extraordinario, que, confiando en sí mismo, no
creía aún terminada su carrera de vida activa y aventurera cuando sus
males físicos le anunciaban próxima muerte. Tanto el padre como el hijo
dudaban si deberían contar más bien con el favor del rey D. Fernando que
con el del rey D. Felipe. Por una carta de Fernando el Católico á don
Diego Colón, escrita en Noviembre de 1506, se comprende que el Rey no
estaba muy satisfecho de los nuevos monarcas de Castilla. Escribe desde
Nápoles, como si no merecieran censuras iguales actos suyos: «_Hame
pesado_ que allá (en España) no se ha fecho bien con vos.»
Junto á la fuerza de carácter que admiramos en la vida pública de Colón,
hay que citar, respecto á lo poco que sabemos de su vida privada, rasgos
de bondad verdaderamente conmovedores. Las trece cartas encontradas en
los archivos de la casa de Veragua y dirigidas á sus hijos y al P.
Gorricio (de la Cartuja de Sevilla), son, bajo este punto de vista,
notabilísimas. En ellas se ven la noble expresión de su dolor por la
muerte de la reina Isabel, frecuentes exhortaciones de amor fraternal y
una solicitud muy humana por salvar la vida á los condenados. Escuchemos
los consejos que da al Almirante D. Diego: «De tu hermano haz mucha
cuenta; él tiene buen natural y ya deja las mocedades: diez hermanos no
te serian demasiados: nunca yo fallé mayor amigo á diestro y siniestro
que mis hermanos.» La carta es del mes de Diciembre de 1504, y por tanto
posterior á la vuelta del cuarto viaje, en el que Fernando Colón
demostró un valor y una resignación elogiados en la _Carta rarisima_.
Pocos días después, escribe también Colón á su hijo D. Diego: «Ya dije
la razon que hay para templar el gasto. Á tu tío ten el acatamiento que
es razon, y á tu hermano allega, como debe hacer el hermano mayor al
menor: tú no tienes otro, y, loado Nuestro Señor, éste es tal, que bien
te es menester. Él ha salido y sale de muy buen saber. A Carvajal honra,
y á Jerónimo y á Diego Méndez[205]. A todos da mis encomiendas; yo no
les escribo, que no hay de qué.»
La madre de Fernando, una dama noble[206] de Córdoba, á la cual no
estaba unido el Almirante por lazos matrimoniales, vivía aún. Nótase en
la citada correspondencia el exquisito cuidado con que procura mantener
la igualdad entre los dos hermanos, cuidado que dió sus frutos, porque
vemos á Fernando, después de la muerte del Almirante, acompañar en 1509
á su hermano á Haïti. Esta delicadeza de sentimientos en sus relaciones
con la dama de Córdoba, encuéntrase en el testamento del Almirante,
hecho en 25 de Agosto de 1505, pero amplificado y firmado el 19 de Mayo
de 1506, la víspera de su muerte. «Mando á D. Diego que haya
encomendada á Beatriz Enriquez, madre de D. Fernando, mi hijo, que la
provea que pueda vivir honestamente, como persona á quien yo soy en
tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia, porque
esto pesa mucho para mi ánima. La razón dello non es lícito de la
escribir aquí.» El testamento termina con algunos pequeños legados en
metálico, los cuales se habían de dar «en tal forma que no se sepa quién
se los manda dar». Estos legados son de valor desde medio marco de plata
á 100 ducados de oro, y entre los legatarios se cita á un judío que
moraba hacía años á la puerta de la _Judería_ de Lisboa, y comerciantes
con quienes tuvo Colón relaciones en 1482, más de veinticuatro años
antes de su muerte.
El amor paternal de Cristóbal Colón y los cariñosos sentimientos de su
alma están retratados en las ingenuas frases que emplea para describir
sus angustias durante las dos grandes tempestades, el 14 de Febrero de
1493 cerca de las islas Azores y en Agosto de 1502 cerca de Honduras por
el recuerdo de su hijo ausente. «_Es una lástima, _dice_, que me
arrancaba el corazón por las espaldas_»; porque si moría, dejaba en
España un hijo huérfano y privado de toda fortuna.»
He creído deber referir estos detalles de costumbres de la vida privada,
para que, conservando á cada rasgo su primitiva originalidad, arrojen
luz sobre el carácter y la fisonomía individual del grande hombre á cuya
memoria están dedicadas estas páginas.