XII.

Carácter de la primera colonización en América e infundada acusación

de avaricia contra Colón.

Si el descubrimiento de América, dando nuevo temple al carácter

nacional, nos recuerda en cierto modo la vida animada y la salvaje

independencia de la Edad Media; si es cierto que imprime sello de

grandeza á las rápidas y aventureras expediciones que produjeron la

ruina de dos imperios y abrieron al comercio de los pueblos vastas

comarcas, bajo el punto de vista de las costumbres presenta sólo débiles

analogías con la época caballeresca de la Europa cristiana.

No es sólo la exaltación del valor y el espíritu de atrevidas empresas

lo que caracteriza los tiempos de la caballería, sino también el

desinterés, la protección del débil, la lealtad en el cumplimiento de un

voto ó promesa hecha, el entusiasmo de la fe, el poder ó la supremacía

del sentimiento y del interés intelectual sobre los intereses materiales

de la sociedad.

Tal fué el carácter de la caballería en la noble lucha de godos y de

árabes en España; tal era en las expediciones de los cristianos á

Oriente. Conviene también decir que las costumbres caballerescas,

contribuyendo á la elevación de las almas y al desarrollo del

sentimiento poético, no excluían, sin embargo, los actos de ferocidad

que inspira, en ciertos momentos, el ardor de las pasiones odiosas. La

institución de la caballería, depurando y refinando las costumbres en la

alta esfera del orden social, permaneció extraña á las leyes de la

patria, y sólo muy indirectamente influyó en mejorar la suerte de las

clases bajas y más numerosas del pueblo. Fruto de la anarquía feudal en

siglos de opresión y de latrocinio, no ha sobrevivido á las

circunstancias que lo crearon.

La verdadera conquista de la España de los moros termina con la batalla

de las Navas de Tolosa en 1212. En manos de los musulmanes quedaba sólo

el pequeño reino de Granada. Desde entonces empezó un nuevo orden de

cosas en la España dependiente de las dos coronas de Aragón y Castilla.

Las belicosas empresas que ilustraron á fines del siglo XV la

destrucción del último asilo de los moros en la Península, recuerdan sin

duda los antiguos prodigios de la caballería, como manifestación del

valor personal, como generosidad en los combates y también como carencia

de ese sentimiento de humanidad universal que abarca pueblos de

diferente religión y raza. Pero el sitio de Granada y la conquista de

América distan dos siglos y medio del estado social que dió origen á un

sistema de caballería dominante en casi toda la Europa cristiana, y que

suplía la debilidad de la autoridad suprema con la exaltación de la

energía individual. Las virtudes que hacen brillar más esta energía de

carácter son sin duda de todos los tiempos y pueden ser celebradas en la

historia con el nombre de virtudes caballerescas; pero los tiempos de la

verdadera caballería, y, como reflejo suyo, la flor de la poesía

romántica, acaban al terminar el reinado de Fernando III de Castilla y

el de los Hohenstaufen.

El crecimiento de la autoridad monárquica, la extensión del comercio en

la cuenca del Mediterráneo y con las costas de Flandes, la necesidad

generalmente sentida del orden fundado en la ley, disminuyeron la

importancia de las existencias individuales y los desarreglados

esfuerzos de una sola clase, ávida de ejercer un poder independiente. La

caballería terminó al constituirse la nación en cuerpo, invocándose para

la represión de los abusos y para la defensa del débil la acción

protectora del gobierno.

En el reinado de Fernando el Católico y de Isabel fué cuando con mayor

rapidez arraigó el sistema de unidad, de fusión política y de poder

arbitrario, y los escritores modernos que han creído ver en el

sangriento drama de la conquista de América el efecto de un impulso dado

por la caballería de la Edad Media, la consecuencia de un movimiento no

interrumpido, olvidan los cambios efectuados en el orden social de un

país, al entrar en la carrera de los pueblos industriales, y confunden

el estado de la Península cuando el sitio de Granada, con el que tenía

cuando las batallas de Alarcos y de Tolosa.

Los _caballeros de las conquistas_, fríamente inhumanos, que convertían

en vicios los defectos de la caballería, se asemejan más, con corto

número de excepciones, tanto en los combates que entre sí libraban, como

en sus ataques á los príncipes indígenas, á esos _condottieri_ que desde

mediados del siglo XIV arrasaban la desdichada Italia.

La sed del oro de que tanto se ha hablado fué menos funesta á la

población india por los actos de violencia instantánea que provocaba que

por las lentas exacciones á que condujeron primero el trabajo de las

minas y posteriormente[184], entre los años 1513 y 1515, el cultivo de

la caña de azúcar.

La afición á las empresas de industria comercial, que los castellanos

habían adquirido por el contacto con los árabes primero, y después por

sus frecuentes relaciones con los puertos de Italia, convertía á los

nuevos colonos de las islas Antillas en huéspedes tanto más opresores,

cuanto que la falta de conocimientos técnicos y la ignorancia absoluta

de todo principio de régimen colonial ocasionaban un gasto inútil de

tiempo y de fuerzas físicas en los trabajos impuestos á los indios.

Los historiadores españoles que, dejándose llevar de un equivocado

espíritu de patriotismo, acusan á Colón de astucia y doblez, hablan de

su avaricia mercantil como prueba de avidez italiana. Cierto es que el

Almirante, como lo prueba su correspondencia con su hijo D. Diego,

muestra activo y minucioso cuidado por la conservación de su fortuna;

pero esta correspondencia la siguió en los años de 1504 y 1505, en los

cuales, después de la muerte de la reina Isabel, le privó el Gobierno de

sus rentas de Haïti, de los derechos de _tercio_, _ochavo_ y _diezmo_,

inscritos, según dice repetidas veces, en el _libro de sus

privilegios_[185]. Quéjase de los anticipos que había tenido necesidad

de hacer á las personas que le acompañaron en su cuarto y último viaje;

dice que «vive de dinero prestado», y ordena á su hijo que acuda, como

de costumbre, al obispo de Palencia[186] y al señor _Camarero de Su

Alteza_.

Preocupaba mucho á Colón el rango de su familia y el brillo que quería

darle, y su triple dignidad de _almirante de Castilla_, virrey y

gobernador general le obligaba á vida hasta cierto punto fastuosa.

Especialmente por el primero de dichos títulos, gozaba Colón de todos

los privilegios concedidos por el rey Enrique III en 1405 á su tío D.

Alfonso Enríquez, privilegios más honoríficos y lucrativos que los dados

por monarca alguno á un vasallo.

Nacido en el seno de una república donde se veía acumular en poco tiempo

inmensas fortunas por las atrevidas expediciones marítimas á Levante, y

donde tales riquezas eran la base del poder aristocrático en el Estado,

era Colón naturalmente inclinado á desear el dinero como medio de

influencia política y de grandeza. Ya hemos visto antes que no escasea

sus elogios al oro, al cual, conforme á las ideas características de su

tiempo y á su propia manera de ser, atribuía hasta «virtudes

teológicas».

En su institución de mayorazgo (22 de Febrero de 1498, tres meses antes

de su partida para el tercer viaje) vuelve á su proyecto favorito, el de

la conquista del Santo Sepulcro, que debe ser consecuencia próxima de la

conquista de las Antillas, es decir, según él creía, de Ophir y de

Cipango.

Ordena á su hijo D. Diego que emplee sus riquezas «manteniendo en Haïti

cuatro buenos profesores de teología, cuyo número aumentará con el

tiempo, y haciendo construir un hospital y una iglesia bajo la

invocación de Santa María de la Concepción, con un monumento de mármol y

una inscripción[187]; como también depositando en el Banco de San Jorge

de Génova[188] fondos destinados ó á una expedición á Tierra Santa, si

el Gobierno español renunciaba á ella, ó á auxiliar al Papa, si algún

cisma[189] en la Iglesia le amenazara con la pérdida de su rango y de

sus bienes temporales.»

Pero lo que más impulsa al Almirante á desear con ardor el aumento del

producto de este oro, con el cual (por medio de misas á los difuntos,

dichas en bien dotadas capillas) «se sacan las almas del

purgatorio»[190], es una gran mira política. Cuanto más persuadidos

estuvieran los Reyes de que Colón había llegado á los ricos países

limítrofes al Quersoneso de Oro, mayor era la esperanza de éste en que

le proporcionaran los fondos necesarios para extender los

descubrimientos. La ambición y el amor á la gloria le hacían buscar

todos los medios apropiados para herir la imaginación y producir grandes

esperanzas.

El cura de la Villa de los Palacios, Bernáldez, refiere que hospedó en

su casa en 1496 á Cristóbal Colón y al hermano del cacique Caonaboa,

bautizado con el nombre de Diego. Añado que cuando Colón pasaba por

algún pueblo importante, ordenaba al indio ponerse al cuello la

magnífica cadena de oro que había traído de Haïti y que pesaba unos

seiscientos _castellanos_[191]. «Para que se alegrasen Sus Altezas, dice

Colón en la carta al ama del infante D. Juan, y por ello comprendiesen

el negocio, tenía yo apartadas ciertas muestras de este oro, granos muy

gruesos, como huevos[192] de ánsar, de gallina y de pollas, que esperaba

llevar yo mismo á la corte y que el comendador Bobadilla lo ha

impedido.» Hechos directos, á los cuales no se ha prestado bastante

atención, prueban que, si al Almirante preocupaba el engrandecimiento de

su casa, no era por sórdida avaricia. En el colmo de su prestigio en la

corte, entre la segunda y tercera expedición en 1497, los Monarcas

quisieron darle en Haïti una propiedad de cincuenta leguas de largo y

veinticinco de ancho, y con ella además el título de Marqués ó de

Duque. Tuvo la nobleza de rehusar este ofrecimiento, por el temor de

excitar demasiado los celos de sus enemigos y porque el cuidado que

había de exigirle tan gran propiedad le impediría ocuparse del resto de

la isla[193]. En todos sus escritos distingue cuidadosamente el _honor_

y la _hacienda_; los títulos que se le conferían y su propiedad privada;

y en una carta escrita al Rey Católico en 1505, dice:

«Muy humildemente pido á Vuestra Alteza que mande poner á mi hijo (D.

Diego) en mi lugar en la honra y posesion de la gobernacion que yo

estaba, con que toca tanto á mi honra; y en lo otro (en los bienes) haga

Vuestra Alteza como fuere servido, que de todo rescibiré merced.»

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 15 / 42 题