Últimos momentos de Colón.
Hemos acompañado á Colón desde el lugar de su nacimiento y su primera
juventud hasta la triste época de su vida en que, abandonado de la
fortuna, no lo fué de la fuerza de su carácter y del poder de su genio.
He investigado en sus actos y en lo poco que nos queda de sus escritos
cuanto puede contribuir á formar un juicio imparcial, complaciéndome
pintar esta gran figura histórica con sus verdaderas facciones, como
hombre del siglo XV, representante de las antiguas costumbres de la
Liguria y de España, no según las opiniones y los sentimientos
engendrados por la civilización de los tiempos modernos.
Colón concibió, al mismo tiempo que el florentino Pablo Toscanelli, el
atrevido proyecto de llegar á la India por la vía del Oeste,
aventurándose en el _mar Tenebroso_ de los geógrafos árabes. Como marino
hábil é instruído, realizó lo que hasta entonces había sido una estéril
teoría de gabinete y llegó á ser de tal suerte el instrumento
imprevisto, casi involuntario, del descubrimiento del nuevo continente.
Reconoció progresivamente la conexión ó unión mutua de las tierras que
primero parecieron islas dispersas en la inmensidad del Océano, ó
próximas á la costa oriental de Asia; pero murió firmemente persuadido
de haber encontrado un continente en Cuba (al llegar al cabo _Alpha y
Omega_, cabo del _principio y del fin_), en la costa de Paria y en la de
Veragua. Este continente formaba parte, según él, del gran imperio del
_Khataï_, es decir, del imperio mogol de la China septentrional.
Basta por el momento citar una sola frase de la carta de Colón, escrita
en Julio de 1593 al final de su cuarto y último viaje: «Llegué el 13 de
Mayo á la provincia de Mago[207], que está junto á la de _Catayo_. De
Ciguare, en la tierra de Veragua, hay diez jornadas al río Ganges.»
Diez y ocho meses después de este cuarto viaje murió Colón, y en dicho
tiempo no se hizo ningún descubrimiento que le obligara á modificar su
opinión. Desde 1504 á 1508, en que Pinzón y Solís partieron para
recorrer las costas orientales hasta el paralelo de 40° Sur, no hubo
expedición alguna de importancia, porque la que disponían Vespucci y
Juan de la Cosa en 1507 no llegó á realizarse por motivos políticos.
Las ideas de cosmografía sistemática de que el Almirante estaba imbuído
desde su juventud y que principalmente aprendió en los Padres de la
Iglesia y en las obras del cardenal d’Ailly, le impidieron comprender
toda la grandeza de su descubrimiento, y reconocer su verdadero
carácter.
Poseemos una copia hecha por D. Fernando Colón de una carta de su padre
al papa Alejandro VI, en la que dice: «He descubierto y ganado mil
cuatrocientas islas[208] y trescientas treinta y tres leguas de _tierra
firme de Asia_.» Esta carta la escribió el Almirante cuatro años antes
de su muerte. Tal fué la grandeza del descubrimiento, que aquel á quien
se debe no pudo comprenderla, adivinando sólo una pequeña parte de la
gloria inmortal con que la posteridad había de rodear su nombre.
Ya dije antes cuán breve había sido la época dichosa de Colón. En su
larga carrera apenas se cuentan seis ó siete años de felicidad. Vivió
bastante tiempo entre los hombres para saber amargamente lo que la
superioridad tiene de importuno, y cuán difícil es adquirir fama, sin
comprometer y perturbar el reposo.
Las tierras que había descubierto por voluntad divina y milagrosas
inspiraciones llegaron á ser presa de sus enemigos. Las _Nuevas Indias_,
que llama su propiedad, _cosa que era suya_ (_testamento del 19 de Mayo
de 1506_); aquella parte del Asia que se presenta á su imaginación como
una conquista, más grande que Europa y África unidas[209], fueron
inabordables para quien «las había negado á Francia, á Inglaterra y á
Portugal». El anciano veía el fracaso de sus más puras ambiciones; los
indios, á quienes consideraba como «la riqueza de la India»[210],
desaparecían por el exceso del trabajo á que se les obligaba, ó por las
erróneas instituciones coloniales. Las cartas que el Almirante dirige á
su familia y amigos desde el año 1502, reflejan este dolor, y se ve, al
leerlas, lo conmovedora que es la tristeza de un grande hombre, que es
además un hombre virtuoso.
Pero á pesar de los sufrimientos físicos, el reposo le era intolerable.
En medio de las tribulaciones que contristaban su corazón, ideaba nuevos
proyectos, aun sin creer en su ejecución. Una de las grandes miserias de
la vida es llegar á la edad en que quedan los deseos, cuando hace tiempo
que han desaparecido las ilusiones que mantienen la esperanza.
Colón sintió desfallecer sus fuerzas, sin comprender cuán cerca estaba
del término de sus sufrimientos. Ya hemos visto que pocas semanas antes
de su muerte, en la carta al archiduque Felipe y á la reina Juana de
Castilla les dice «tengan por cierto que bien que esta enfermedad me
trabaja asi agora sin piedad, _yo les puedo aún servir_ de servicio que
no se haya visto su igual. Estos revesados tiempos é otras angustias en
que yo he sido puesto contra tanta razón, me han llevado á gran
extremo.»
Esta carta, según mis investigaciones, es de los primeros días del mes
de Mayo de 1506, y la envió á su hermano Bartolomé para que la llevase
á la Coruña, donde los Soberanos habían desembarcado poco antes del 7 de
Mayo, si merecen fe los datos de las cartas de Pedro Mártir de Anghiera.
El 19 puso el Almirante su testamento en manos del Escribano de Cámara
de SS. AA., y el 20 murió, probablemente rodeado de sus dos hijos,
porque en la carta al archiduque Felipe dice que ni él ni su hijo pueden
ir á recibirle.
Dejó ordenado que los grillos que le mandó poner Bobadilla, y que
conservaba como reliquias, y como el precio de los servicios que había
prestado á España, los colocaran en su sepulcro. «_Yo los vi, _dice
Fernando Colón_, siempre en su retrete, y quiso que fuesen enterrados
con él._»
He visitado en la Habana la tumba de Cristóbal Colón y en Méjico la de
Hernán Cortés. Por una coincidencia rara de sucesos, se ha podido
asistir, á fines del siglo último y en épocas muy próximas, á la
traslación de los restos de estos dos grandes hombres. En Méjico, el
duque de Monteleón dedicó á su antepasado Cortés un monumento, levantado
en la capilla nueva del hospital de _Los Naturales_; y en la suntuosa
Catedral que posee la Habana, desde 1796 están las cenizas de Colón,
que, en menos de tres siglos, han sido trasladadas cuatro veces.
Cuando murió Colón en Valladolid, el 20 de Mayo de 1506, fué enterrado
su cuerpo en el convento de San Francisco. En 1513 le llevaron á la
Cartuja de las Cuevas[211] en Sevilla, y desde allí, en 1536, en unión
del cuerpo de su hijo D. Diego[212], á la Capilla Mayor de la catedral
de Santo Domingo, en la isla de Haïti.
Cuando, con arreglo al tratado de paz de Basilea de 1795, fué cedida á
Francia la parte española de esta isla, el duque de Veragua, heredero de
los bienes de Cristóbal Colón, quiso que las cenizas del héroe
descansaran en tierra sometida á España y, á fin de conseguirlo, envió
dos comisarios, los Sres. Oyarzábal y Lacanda, á Santo Domingo, para
tratar con las autoridades que iban á salir de allí. Los comisarios
encontraron poderoso apoyo en los patrióticos sentimientos del almirante
D. Gabriel de Aristizábal, cuya escuadra se había concentrado en
aquellas costas.
La traslación de los restos de Colón se verificó con gran pompa el 20 de
Diciembre de 1795. Dice una relación oficial, que «se abrió[213] una
bóveda que estaba sobre el presbiterio, al lado del Evangelio, pared
principal y peana del altar mayor». En ella se encontraron algunos
pedazos de planchas de plomo, restos de un ataúd, mezclados con _pedazos
de huesos, de canillas y otras varias partes de algún difunto_. El buque
_San Lorenzo_ trasportó estos restos á la Habana, donde, el 19 de Enero
de 1796, hubo otra pompa fúnebre en el puerto, en el muelle de la
_Caballería_, en la plaza de Armas, cerca del Obelisco, donde se celebró
la primera misa cuando la fundación de la ciudad, y en la Catedral.
En el territorio de los Estados Unidos, cuyo descubrimiento marítimo se
debe á Sebastián Cabot, á Corteral, Ponce de León, Ayllón y Verrazano,
hay más de veinte localidades que llevan el nombre de Colombus,
Columbia y Columbiana. Después de fundar la independencia de la América
del Sur, Bolívar enalteció la fama de sus victorias uniendo el gran
nombre de Cristóbal Colón á una república cuya superficie es seis veces
mayor que España; pero estas pruebas tardías de público agradecimiento
recuerdan un género de homenajes prodigados con demasiada frecuencia á
nombres que merecen poco respeto de la posteridad. Que se atraviese el
Nuevo Continente desde Buenos Aires hasta Monterrey, desde la isla de la
Trinidad hasta Panamá, y en ninguna parte se encontrará un monumento
nacional de alguna importancia elevado á Cristóbal Colón. De esta
ingratitud participan también España é Italia[214].
Durante mi permanencia en la Habana he preguntado algunas veces al
almirante Aristizábal si, al abrir la bóveda que contenía los restos de
Colón, se encontraron los grillos que, según dice su hijo, ordenó
colocar en su tumba. El almirante Aristizábal y otras personas que
asistieron á la exhumación, con el más vivo interés, me aseguraron no
haber visto nada que indicara la presencia de hierro oxidado. ¿Los
quitaron en la traslación de Valladolid á Sevilla, ó de Sevilla á Santo
Domingo ó no fué obedecida una orden verbal, cuya ejecución podía
lastimar la susceptibilidad de una Corte que pretendió haber sido
extraña á las violencias ejercidas por Bobadilla, y que exigía
testimonios de afecto de los mismos á quienes secretamente oprimía?
En los testamentos de Colón háblase de la construcción de una capilla en
la Vega de la Concepción de Haïti, destinada á hacer decir diariamente
misas por el descanso de su alma, de la de su mujer y de las de sus
parientes; pero no se designa el sitio de su enterramiento. Fernando
Colón nada dice de la traslación de los restos de su padre á Haïti, lo
cual es una prueba más de que terminó su historia antes de 1536.
Las tres grandes figuras que fijan la atención con vivo interés en la
historia del Nuevo Mundo, antes de la gloria de Washington y de
Franklin, son: Cristóbal Colón, Cortés y Raleigh. Hombres de los siglos
XV y XVI, pertenecientes por su origen á tres naciones distintas, cada
uno de ellos tiene su fisonomía especial: en Colón sobresale la audacia
del navegante lanzado á la carrera de los descubrimientos; Cortés es el
conquistador y profundo político, y Raleigh ejerce una influencia
inmensa en los destinos del género humano, por la colonización de
Virginia. Todos ellos sufrieron grandes adversidades al fin de su vida.
Cortés, después de errar largo tiempo por el mar del Sur, vióse expuesto
como Colón al injurioso olvido de una Corte en que predominaba el
disimulo y la ingratitud.
Más desgraciado que ellos, nacido cinco años después de la muerte del
conquistador de Méjico, preséntasenos Raleigh bajo la influencia de una
civilización y de una depravación de costumbres más modernas. Las
victorias marítimas que ilustraron su siglo, los descubrimientos
geográficos, el establecimiento de colonias cuya latitud favorecía los
mismos cultivos de la metrópoli, son los títulos de gloria de Walter
Raleigh. Mezclado á las sanguinarias intrigas de dos reinados; amigo de
las letras y del geómetra Harriot, vemos á este hombre extraordinario
repartir su tiempo en la prisión de Tower entre el estudio de la
_Historia del Mundo_ que él reconstruye y las operaciones químicas de un
laboratorio[215].
Gran distancia hay entre las composiciones teológicas de Cristóbal Colón
que contiene el _Libro de las profecías_, y las composiciones poéticas y
las grandes miras de hombre de Estado de Raleigh, y si no es producto
del progreso de los tiempos, al menos se debe á la diferencia de épocas,
de costumbres y de opiniones desde 1501 hasta 1618, en que fué
decapitado á los sesenta y seis años de edad el fundador de la memorable
colonia de Roanoke.
Cristóbal Colón, Cortés y Raleigh han probado que el genio sólo reina en
lo porvenir, y que su poder es tardío. Durante algún tiempo excitaron
al más alto grado la admiración de sus contemporáneos; pero la
benevolencia pública les abandonó en su vejez; si se acordaron de ellos
fué para afligirles en su aislamiento. El siglo que les vió nacer no
comprendió los cambios que su acción sucesiva iba á producir en el
estado de los pueblos de Occidente. Lo que influyen estos pueblos en
todos los puntos del globo, donde simultáneamente se hace sentir su
presencia y, por tanto, la preponderancia universal que ejercen, data
sólo del descubrimiento de América y del viaje de Gama. Acontecimientos
ocurridos en el corto período de seis años (1492-1498) han determinado,
por decirlo así, el repartimiento del poder en la tierra. Desde entonces
el poder de la inteligencia, geográficamente limitado, pudo emprender
libre vuelo, encontrando rápido medio de extenderse, de mantener y de
perpetuar su acción.
Las emigraciones de los pueblos, las expediciones guerreras en el
interior de un continente, las comunicaciones por medio de caravanas y
por caminos invariablemente seguidos desde hacía siglos, sólo produjeron
efectos parciales y generalmente menos duraderos. Las expediciones más
lejanas fueron devastadoras, recibiendo el impulso de los que nada
tenían que añadir á los tesoros de la inteligencia ya acumulados.
En cambio los acontecimientos de fines del siglo XV, separados sólo por
un intervalo de seis años, preparáronse largo tiempo durante la Edad
Media, que á su vez había sido fecundada por las ideas de los siglos
anteriores y excitada por los dogmas y los ensueños de la geografía
sistemática de los helenos. Desde esta época la unidad homérica del
Océano hace sentir su feliz influencia en la civilización del género
humano. El elemento móvil que baña todas las costas llega á ser el lazo
moral y político; y los pueblos de Occidente, cuya inteligencia activa
ha creado este lazo y comprendido su importancia, se elevan á una
universalidad de acción que determina la preponderancia del poder en el
globo.
La gloria popular de Cristóbal Colón conservó todo su esplendor hasta el
fin de su tercer viaje, cuando llegó á la tierra firme de Paria.
La cuarta expedición, en que el Almirante desplegó más que en las
anteriores la energía de su carácter y la habilidad de marino, no pudo
producir grande efecto, pues, aunque extendió las primeras nociones
positivas de un mar al Occidente de Veragua, no consiguió su principal
objeto: el descubrimiento de un paso directo, el _secreto del estrecho_.
Dos años antes, Rodrigo de Bastidas (que partió de Cádiz en Octubre de
1500), después de pasar más allá del _Cabo de la Vela_, y de descubrir
las costas de Santa Marta, el Río Sinu y el golfo de Darien, había
llegado en el istmo de Panamá hasta el Puerto de Escribanos y Nombre de
Dios.
La importancia de los descubrimientos, que continuaron rápidamente desde
1497; el viaje de Gama á Calicut, cuyas consecuencias hiciéronse sentir
en seguida en el comercio del mundo; la tardía acumulación de los
metales preciosos de América; los trabajos de Cabral y de Solís; el
descubrimiento del mar del Sur por Balboa, siete años después de la
muerte de Colón, distrajeron el interés público é hicieron olvidar por
largo tiempo al que había dado el impulso á estas maravillosas empresas.
Pedro Mártir de Anghiera, como lo prueban las fechas de muchas de sus
cartas, encontrábase en Valladolid, desde el 10 de Febrero al 26 de
Abril, en el mismo punto donde habitaba entonces su amigo Colón, atacado
de enfermedad mortal, y ni menciona la dolencia, ni da cuenta de la
muerte del grande hombre, cuya noticia debió saber en Astorga ó en la
Coruña. El naufragio del archiduque Felipe, su llegada á La Coruña y las
cuestiones entre yerno y suegro eran, al parecer, lo único que inspiraba
interés á Anghiera.
De igual manera Fracanzio de Montalboddo no conoció hasta 1507 el cuarto
viaje del Almirante, comenzado en 1502, y mucho menos su muerte.
Fracanzio vivía, sin embargo, en Vicenza, y las comunicaciones entre
España é Italia eran, por desgracia, demasiado frecuentes, porque la
Lombardía sufría el yugo de los franceses y las Dos Sicilias el de los
españoles.
Encuentro en la traducción latina cuyo prefacio firmó Madrignano el
1.º de Junio de 1588, «que _hasta dicho día_ Cristóbal Colón y su
hermano[216], libres ya de los grillos, vivían honrados en la corte de
España.»
Este desdeñoso olvido del grande hombre aumentó en la primera mitad del
siglo XVI, cuando la fama ficticia de Vespucci, las empresas de
Cortés[217] y las sanguinarias conquistas de Pizarro absorbieron todo el
interés de la Europa comerciante, sobre todo cuando la acumulación de
la plata, que siguió al descubrimiento de las minas del Potosí (1545) y
de Zacatecas (1548), hizo triplicar el precio del trigo y cambiar
súbitamente todos los valores nominales. Los _conquistadores_ de un
continente tan rico en metales preciosos borraron poco á poco el
recuerdo del que había enseñado el camino. El héroe que á su vuelta del
primer viaje llamaba aún[218] Anghiera «un _tal_ Colón de Liguria», fué
insultado cuarenta años después de su muerte, cuando la importancia de
su descubrimiento brillaba en todo su esplendor, en la célebre obra de
Juan Barros sobre Asia. El gran historiador portugués, dando libre curso
al odio nacional y al pesar de ver cómo llegaban tantos tesoros á manos
de los españoles, le describe como hombre «_fallador é glorioso em
mostrar suas habilidades, é mais fantastico et de imaginaçoes com sua
Ilha Cipango_»[219].
Sólo Italia velaba, al parecer, por la gloria de Cristóbal Colón; y dan
de ello fe la bella prosa latina del cardenal Bembo y las sublimes
octavas de la _Jerusalén libertada_. Bembo consagró casi un libro entero
de su _Historia de Venecia_ á Colón y á su descubrimiento, que llama «la
mayor cosa que en tiempo alguno lograron ejecutar los hombres». Torcuato
Tasso celebra á Colón por boca de la _fatídica Donna, condottiera di
Ubaldo_, «Hércules, vencedor de los monstruos de África y de Iberia, á
pesar de su valor y de su gran alma,
Non osò di tentar l’alto Oceáno
Segnò le mete, e in troppo brevi chiostri
L’ardir ristrinse dell’ingegno umano.
Estos lazos que encadenaron la voluntad del hombre y le detuvieron en su
carrera de aventuras los romperá el nauta de Liguria.»
Tempo verrà che fian d’Ercole i segni
Favola vile ai naviganti industri:
E i mar riposti, or senza nome, e i regni
Ignoti, ancor tra voi saranno illustri.
Un _uom della Liguria_ avrà ardimento
All’incognito corso esporsi in prima;
Nè ’l minaccevol fremito del vento,
Nè l’inospito mar, nè il dubbio clima...
Faran che il generoso, entro ai divieti
D’Abila angusti, l’alta mente accheti.
Tu spiegherai, _Colombo_, a un nuovo polo
Lontane sì le fortunate antenne,
Ch’appena seguirà con gli occhi il volo
La Fama, c’ha mille occhi e mille penne.
Tasso, XV, 25, 30-32.