X.

La esclavitud de los indios.

Acabo de indicar los elementos heterogéneos que han dado fisonomía

propia al reinado de Fernando el Católico. Sería faltar á los deberes de

historiador no poner de manifiesto la influencia ejercida por este

poderoso monarca en los hombres que estaban á su servicio y fiaban en

sus Reales promesas; influencia tanto más activa, cuanto que era

completamente personal.

Los documentos oficiales, especialmente el gran número de _cédulas

Reales_ dirigidas á Colón, nos prueban que la Corte se ocupaba de la

administración colonial hasta en los más pequeños detalles; que nunca le

parecían bastante frecuentes las comunicaciones con las Antillas[146], y

que, para conservar algún favor, era preciso ceder á la insaciable

exigencia del Tesorero de la Corona.

El respeto en el Nuevo Mundo de los derechos naturales del hombre no

podía ser un deber de urgente cumplimiento, ó no podía parecerlo á los

que estaban habituados á la vista de esclavos guanches, moros[147] y

negros, que eran vendidos en los mercados de Sevilla y Lisboa.

Según las opiniones dominantes entonces, la esclavitud no era sólo

consecuencia natural de toda victoria alcanzada sobre los infieles; la

justificaba además un motivo religioso, porque podía privarse de

libertad, para dar en cambio la doctrina del Evangelio y el beneficio de

la fe.

En el primer viaje de Colón, los escrúpulos de conciencia eran aún

bastante delicados, porque el Almirante distingue, conforme al sistema

de moral cristiana que se había formado, entre el derecho adquirido

sobre la persona y la inviolabilidad de las propiedades materiales. «Los

indígenas (dice aun antes de llegar á Cuba, y cito las propias palabras

de su _Diario_) son buenos, y veo que muy presto repiten todo lo que les

dicen, y creo que ligeramente se harán cristianos, que me pareció que

ninguna secta tenían.» «Cuando parta de aquí (esto lo escribe en

Guanahaní el segundo día del descubrimiento de América) _cuento llevar

seis_.» «Para hacer una fortaleza vide un pedazo de tierra, que se hace

como isla, aunque no lo es, el cual se pudiera atajar en dos días por

isla, aunque yo no veo ser necesario, porque esta gente es muy semplice

en armas, como verán Vuestras Altezas de siete que yo hice tomar para

les llevar y deprender nuestra fabla y volvellos, salvo que Vuestras

Altezas, cuando mandaren, puédenlos todos llevar á Castilla ó tenellos

en la misma isla captivos.»

Al llegar á las costas de Cuba encontraron los españoles una gran casa

abandonada, con montones de cuerdas, aparatos de pesca y otros

utensilios. Colón ordenó que no se tocara á nada de lo que fuera

propiedad de los indígenas.

Finalmente, en la enumeración que hace al ministro de Hacienda, D. Luis

Santángel, de las ventajas del primer descubrimiento, cita, al lado de

las riquezas metálicas y vegetales, de la almáciga y el aloe

(_lignaloe_), «_los esclavos cuantos mandaren cargar Sus Altezas é serán

de los idólatras_». El límite de lo que se cree justo é injusto

encuéntrase aquí claramente enunciado: la propiedad de las cosas es

sagrada; pero, con piadosa intención, se puede atacar la libertad

personal: casi es obra meritísima hacerlo cuando la ocasión se presente.

Los primeros indios que Colón quitó á sus familias y presentó á los

Monarcas en la célebre audiencia de Barcelona, fueron devueltos á las

Antillas, después de bautizados. Uno de ellos, al cual se le hizo

figurar como pariente del rey Guacanagari (Muñoz, lib. IV, pár. 22),

recibió el nombre de D. Fernando de Aragón; otro, apadrinado por el

infante D. Juan, el de D. Juan de Castilla. Estos nombres debían

recordar á la posteridad que la unidad reciente de España había

favorecido el gran suceso del descubrimiento.

La bula del papa Alejandro VI (4 de Mayo de 1493) y las instrucciones

que los Soberanos dieron á Colón (29 de Mayo del mismo año), no

justificaban en modo alguno las violencias cometidas por el Almirante en

su segundo viaje. El Papa sólo habla vagamente de los medios que pueden

emplearse para la conversión religiosa. Estos hombres «pacíficos,

desnudos y privados de alimento[148] animal (_nudi_, _incedentes_, _nec

carnibus vescentes_), creyendo en un Dios creador que estaba en el

cielo, parecíanle, como á Colón, de fácil conversión á la fe.» Añade que

lo que más regocija su corazón es ver humillar á las naciones bárbaras.

La _instrucción_ firmada por los dos monarcas respira los sentimientos

de dulzura que indudablemente caracterizaban á la reina Isabel,

ahogados con frecuencia por la autoridad de los teólogos, la astucia de

los inquisidores y las exigencias del Tesorero de la Corona. El

Almirante, conforme á los términos de la _instrucción_, debe tratar á

los indios _amorosamente_, castigar con severidad á quienes les hagan

daño (_que les fan enojo_), establecer relaciones íntimas (_de mucha

conversación_) con ellos y aun _honrarles mucho_. La Reina dice «que las

cosas espirituales no pueden ir bien y mantenerse largo tiempo si se

desatienden las cosas temporales»; y conforme á esta máxima de la

política que era muy familiar á su regio esposo, propone al Papa nombrar

vicario apostólico, en las tierras nuevamente descubiertas, á un

catalán astuto y gran político, Fr. Bernardo Buil ó Boil, monje

benedictino del rico convento de Monserrat, de quien se había valido con

éxito el rey Fernando en las espinosas negociaciones para la restitución

del Rosellón, y que pronto llegó á ser para Colón un vigilante molesto.

Sensible es que las benéficas intenciones de la reina Isabel no se

realizaran. Colón sacrificó los intereses de la humanidad al ardiente

deseo de hacer más lucrativa la posesión de las islas ocupadas por los

blancos, de procurar brazos á los _lavaderos de oro_ y de contentar á

los colonos que, por avaricia ó pereza, reclamaban la esclavitud de los

indios.

Un concurso de desdichadas circunstancias impulsó al Almirante en una

vía de iniquidades y vejaciones que cuidaba justificar con motivos

religiosos. Desde el principio del segundo viaje había visto de cerca

el grupo de las Pequeñas Antillas y la población feroz de los

caribes[149]. El estado de insurrección en que encontró muchas comarcas

de Haïti permitíale, al parecer, gran severidad contra los hombres que

llamaba súbditos rebeldes; finalmente, los terrenos auríferos de Cibao,

cuya extraordinaria importancia conoció entonces, exigían un número de

trabajadores que sólo con la severidad de la fuerza podía reunir.

Al principio, según se indica en el Diario del primer viaje, se trataba

solo de llevarse á los indios para educarlos en España y devolverlos á

sus islas; pero desde fines de 1493, y después de construir la población

llamada _Isabela_, procedió Colón con mayor atrevimiento á los medios de

rigor que había adoptado. Los caribes, y probablemente también los

indígenas de Haïti, considerados en estado de resistencia, fueron

tratados como esclavos. Los doce barcos de Antonio de Torres, que se

hicieron á la vela en el Puerto de Navidad el 2 de Febrero de 1494,

venían llenos de infelices cautivos caribes: familias enteras, mujeres,

niños y niñas, fueron arrebatados á su suelo natal, y entre las

proposiciones que Torres tenía encargo de hacer al Gobierno para mejorar

el estado de la nueva colonia (poseemos estas proposiciones, y la

contestación dada por los Monarcas á cada una de ellas), hay dos

relativas á la nación caribe.

El Almirante empieza insinuando que estos caribes, grandes viajeros, y

de una actividad de espíritu muy superior á la de los naturales de

Haïti, llegarían á ser excelentes misioneros «cuando hubiesen perdido la

costumbre de comer carne humana»; se les instruiría en España,

ocupándose «más de ellos que de los _otros esclavos_».

Á este proyecto de propaganda, en el cual los caribes ó caníbales son

tratados con extraña predilección, sucede el proyecto formal y

verdaderamente terrible de establecer lo que llamamos hoy la _trata de

esclavos_, fundándola en el cambio periódico de mercancías por criaturas

humanas. De la novena proposición del Almirante, dictada á Antonio de

Torres el 30 de Enero de 1494, copiamos lo siguiente: «Direis á Sus

Altezas que el provecho de las almas de los dichos canibales, y aun

destos de acá, ha traído el pensamiento que cuantos más allá se llevasen

sería mejor, y en ello podrían Sus Altezas ser servidos desta manera:

que visto cuanto son acá menester los ganados y bestias de trabajo, para

el sostenimiento de la gente que acá ha de estar y bien de todas estas

islas, Sus Altezas podrán dar licencia é permiso á un número de

carabelas suficiente que vengan acá cada año, y trayan de los dichos

ganados y otros mantenimientos y cosas para poblar el campo y aprovechar

la tierra, y esto en precios razonables á sus costas de los que las

trujeren, _las cuales cosas se les podrían pagar en esclavos de estos

canibales_, gente tan fiera y dispuesta y bien proporcionada y de muy

buen entendimiento, los cuales, quitados de aquella inhumanidad, creemos

que serán mejores _que otros ningunos esclavos_..... Y aun destos

esclavos que se llevaren, Sus Altezas podrían haber sus derechos allá.»

Estas proposiciones no agradaron á la Reina.

En otra expedición que hizo con cuatro barcos el mismo Antonio de

Torres, hermano de la nodriza del infante D. Juan, tuvo Colón la audacia

de enviar de una vez quinientos esclavos caribes para que fueran

vendidos en Sevilla[150]. La expedición, en la cual venía también Diego

Colón, hermano del Almirante, partió de Haïti el 24 de Febrero de 1495.

El Gobierno permitió, por lo pronto, la venta de esclavos caribes,

ordenando al obispo de Badajoz, que desempeñaba el cargo de ministro de

la India, «hacer la venta en Andalucía, porque era allí más lucrativa

que en cualquier otra parte»; pero, cuatro días después, los escrúpulos

religiosos motivaron la revocación de una orden dictada con demasiada

precipitación.

La nueva cédula, de 16 de Abril de 1495, dice así: «El Rey é la Reina:

Reverendo in Cristo Padre Obispo de nuestro Consejo. Por otra letra

nuestra vos hobimos escrito que ficiesedes vender los indios que envió

el Almirante D. Cristóbal Colón en las carabelas que agora vinieron, e

porque Nos querriamos informarnos de letrados, Teologos é Canonistas si

con buena conciencia se pueden vender estos por solo vos ó no; y esto no

se puede facer fasta que veamos las cartas que el Almirante nos escriba

para saber la causa porque los envía acá por cativos, y estas cartas

tiene Torres que non nos las envió; por ende en las ventas que

ficiesedes destos indios sufincad (se afirme) el dinero dellos por

algun breve tiempo, porque en este tiempo nosotros sepamos si los

podemos vender ó no, e non paguen cosa alguna los que los compraren,

pero los que los compraren no sepan cosa desto; y faced á Torres que de

priesa en su venida é que, si se ha de detener algun día allá, que nos

envie las cartas.»

Llama la atención esta delicadeza de sentimientos en una época en que el

Gobierno se permitía las más horribles crueldades y la mayor falta de fe

con los moros y los judíos; cuando el inquisidor Torquemada, de feroz

memoria, sólo desde 1481 á 1498 hizo quemar más de ocho mil ochocientas

personas, sin contar las seis mil quemadas en efigie.

En las tormentas religiosas como en las tormentas políticas, se hace el

mal sistemáticamente, porque se cree justo todo lo hecho conforme á la

ley. La duda moral no comienza sino cuando se presenta una circunstancia

que no parece comprendida en las condiciones de penalidad que la ley ha

definido. Después de ser largo tiempo y concienzudamente cruel, porque

la severidad parecía _legal_, es decir, conforme al fallo dictado por la

violencia y la sinrazón del poder arbitrario, se retrocedía á veces á

sentimientos dulces y humanos. Este retroceso, efecto de la influencia

de algunas almas generosas, del cual en los reinados de Fernando y de

Carlos V hay frecuentes ejemplos, nunca fué muy duradero, porque una

legislación inhumana, engendrada más bien por la codicia que por la

superstición, ahogaba de nuevo la voz de la naturaleza. Desde que la

ley permitió la esclavitud, la moderación y la clemencia fueron

declaradas culpables.

Estas oscilaciones de la opinión en cuanto se relaciona con el estado de

los indios, estas inconsecuencias del poder absoluto admiran á cuantos

estudian seriamente la _conquista_ de América. Las incertidumbres duran,

según se ve, más de cuarenta años, desde la consulta acerca de la

libertad de los indígenas, cuya primera indicación se encuentra en la

carta de la reina Isabel fechada el 16 de Febrero de 1495, hasta la bula

del papa Julio III en 1537.

Mientras el Gobierno titubeaba algunas veces en hacer el mal y en

sancionarlo formalmente, los colonos perseveraban en sus sistemas de

usurpaciones y vejaciones. Discutíase aún en España «sobre los derechos

naturales de los indígenas», y ya América se despoblaba, no tanto por la

_trata_ (la venta de esclavos caribes ó de otros indios considerados

rebeldes) como por la introducción de la servidumbre, de los

_repartimientos de indios_ y de las _encomiendas_.

Cuando la despoblación estaba á punto de consumarse echábase la culpa,

no á la severidad de las leyes y á las frecuentes variaciones que éstas

habían experimentado, sino al carácter individual de los jefes, cuyo

efímero poder no bastaba para poner freno á las usurpaciones de los

colonos.

Algunas veces se manifestaron con valentia opiniones contrarias á este

estado de cosas; pero la razón y el sentimiento debían ceder á la

preponderancia de los intereses materiales. La filantropía no sólo

pareció ridícula é ininteligible á la masa de la nación, sino que la

autoridad la creyó sediciosa y amenazadora al público reposo.

Lo que entonces ocurría en la Península y en el Nuevo Mundo

relativamente á la libertad de los indígenas, tiene completa semejanza

con lo que hemos visto en tiempos más cercanos á nosotros, sea en las

Antillas, durante las persecuciones de los misioneros de la iglesia

protestante por parte de los hacendados; sea en los Estados Unidos y en

Europa, durante las largas cuestiones acerca de la abolición ó

limitaciones de la esclavitud de los negros, de la emancipación de los

siervos y de la mejora general de la clase agrícola. Es el cuadro

triste, monótono y siempre vivo de la lucha de los intereses, de las

pasiones y de las miserias humanas.

La orden que dió la reina Isabel al obispo de Badajoz de hacerle saber

pronto si, conforme á la opinión de los teólogos de España, se podían

vender _en buena conciencia_ los indios enviados por Colón, recuerda los

mismos escrúpulos manifestados en el párrafo 39 del testamento de Hernán

Cortés, depositado en los archivos de su familia, y cuya copia traje yo

á Europa. Este párrafo dice así:

«Item, porque acerca de los esclavos naturales de la dicha Nueva España,

así de guerra como de resgate, ha habido muchas dudas é opiniones sobre

si se han podido tener con buena conciencia, é hasta ahora no está

determinado (el testamento era, sin embargo, del año de 1547), mando á

D. Martín, mi hijo sucesor, é á los que después de él sucediesen en mi

estado, que para averiguar esto hagan todas las diligencias que

convengan al descargo de mi conciencia é suyas.»

Antes de que los teólogos manifestaran su opinión, como exigía la Reina

en la carta que acabamos de citar fechada el 16 de Abril de 1495,

insistió Doña Isabel con el rico negociante florentino Juanoto Berardi,

establecido en Sevilla, amigo de Colón y de Vespucci, á fin de que las

nueve _cabezas_ de indios enviadas por Colón para que aprendieran el

castellano, no fuesen vendidas[151].

Posteriormente, al volver el Almirante de su segundo viaje, embarcó

treinta esclavos, entre los cuales estaba el poderoso cacique Caonabo,

de raza caribe, que murió en la travesía. No conociendo aún la zona

donde reinaban los vientos del Oeste[152], cometió la imprudencia de

permanecer, hasta el meridiano de las Azores, entre los paralelos 20° y

24°. Trató Colón de orientarse por la observación de la declinación

magnética; pero la incredulidad de los pilotos, el temor de que se

prolongara la navegación extraordinariamente y la falta de víveres

aumentaron, hasta el punto de que el 7 de Junio de 1496 concibieron los

marineros el horrible proyecto «de matar los esclavos para comérselos».

El Almirante salvó á los indios, manifestando á los marineros que

aquellos desgraciados indígenas «eran cristianos y prójimos suyos»,

caritativa máxima que no fué óbice para que los vendieran, como ganado,

en Andalucía.

El hermano de Cristóbal Colón, D. Bartolomé, cuya energía de carácter

degeneraba frecuentemente en violencia y rudeza, continuó, como

Adelantado, menospreciando la libertad de los indios. Siempre con el

hipócrita pretexto de la instrucción ó como castigo á la desobediencia,

eran llenados los barcos de esclavos indios. Conforme á los consejos del

Almirante, el Adelantado envió de una vez trescientos en tres barcos de

Pero Alonso Niño, que llegaron al puerto de Cádiz á fines de Octubre de

1496. Asegurada la venta lucrativa de los indios, cometióse la

imprudencia de anunciar el cargamento «como oro en barras», lo cual

causó muy mal efecto en el ánimo de los Monarcas.

El uso de distribuir los indígenas entre los españoles para facilitar el

trabajo de las minas comenzó en el mismo año.

Volvió el Almirante á Haïti después del descubrimiento de Tierra firme

el 30 de Agosto de 1498, y la servidumbre en las _encomiendas_, una de

las principales causas de la despoblación de América, quedó establecida

desde 1499. La rebelión tramada en Xaragua por Francisco Roldán y Adrián

de Moxica; las falaces concesiones, consecuencia de ella, y el

inesperado arribo é intrigas de Ojeda, pusieron al Almirante en trance

por demás difícil.

Para conservar la escasa autoridad que le quedaba, en medio del

conflicto de los partidos, vióse arrastrado sucesivamente á emplear un

gran vigor contra algunos de los culpados y á satisfacer la codicia de

otros, ó con el repartimiento de tierras á guisa de feudos, ó por medio

del vasallaje y el sacrificio de la libertad personal de los indígenas.

Estas donaciones no satisfacían á los colonos[153], y daban ocasión á

los enemigos del Almirante en España para desacreditarle en el ánimo de

la reina Isabel.

El gran número de esclavos embarcados en los mismos buques que traían á

los cómplices de Roldán contrariaba tanto más la filantropía de la

Reina, cuanto que entre ellos venían jóvenes hijas de caciques, víctimas

de la seducción y de la violencia de los _conquistadores_.

La misión del comendador Bobadilla, que aprisionó á Colón, fué

principalmente motivada por estas impresiones; y el hombre execrado por

la posteridad era entre sus contemporáneos objeto de la predilección de

los que acusaban al Almirante de oprimir á los indígenas. Oviedo

califica á Bobadilla «de hombre piadoso y honrado»[154], y Las Casas

asegura que «aun después de muerto, nadie se atrevio á atacar su

probidad y su desinterés».

Tales eran entonces en Granada el estado de la opinión pública y el odio

á lo que se llamaba el régimen tiránico de los _ultramontanos_ de Haïti,

que los parientes de los _conquistadores_ se reunían en el patio de la

Alhambra para gritar cuando pasaba el Rey: «_paga, paga_». «Si acaso mi

hermano y yo, que éramos pajes de la Serenísima Reina, dice Fernando

Colón[155], pasábamos por donde estaban, levantaban el grito hasta los

cielos, diciendo:--Mirad los hijos del Almirante, los mosquitillos de

aquel que ha hallado tierras de vanidad y engaño para sepulcro y miseria

de los hidalgos castellanos.»

Bartolomé de Las Casas, en la curiosa Memoria[156] que por orden del

emperador Carlos V envió en 1543 á la Junta de prelados convocada en

Valladolid para la reforma de los abusos en las Indias occidentales

nuevamente descubiertas, cuenta un hecho referente á esta misma época

tan desastrosa para Cristóbal Colón. «La serenísima y bienaventurada

reina Isabel, dice, digna abuela de V. M., jamás quiso permitir que los

indios tuviesen otros señores sino ella y su esposo el rey Fernando.

Bueno es conocer lo ocurrido en esta capital, en 1499. El Almirante

regaló á cada español de los que habían servido en sus viajes un indio

para su servicio particular. Yo tuve uno para mí[157]. Llegamos con

nuestros esclavos á España; la Reina, que estaba en Granada, lo supo y

manifestó su indignación. «¿Quién ha autorizado, dijo, á mi Almirante

para disponer así de _mis súbditos_?» Mandó entonces publicar una

ordenanza obligando á los que habían traído indios á devolverlos á las

Indias.

La veracidad de esta noticia de Las Casas la prueba una Real _cédula_ de

20 de Junio de 1500, encontrada por Muñoz en los archivos de Sevilla y

dirigida á Pedro de Torres, á quien se entregaron diez y nueve esclavos

que habían sido vendidos en Andalucía, para que los llevara á América

con la expedición del _comendador_ Bobadilla.

Sólo los que comprenden las dificultades y las complicaciones de nuestro

régimen colonial actual, y saben cómo los gobernadores de las islas

encuéntranse sometidos á la doble influencia del sistema _liberal_ de la

madre patria y á las veleidades de opresión y de dominación arbitraria

de los colonos, pueden formarse idea exacta del estado de anarquía que

ocasionaban en Haïti la templanza de los edictos Reales y la continua

lucha con la violencia y rudeza de los conquistadores, con la necesidad

urgente de procurarse brazos para la explotación de las minas ó

_lavaderos_, con el interés que tenían los hermanos Colón, y las demás

autoridades constituídas junto á ellos, de probar por medio del

crecimiento de la exportación del oro la importancia de las tierras

nuevamente descubiertas. Estas luchas y estos tristes resultados los

refleja sobre todo una instrucción que, tres años después de la prisión

del Almirante, vióse obligada á dar la reina Isabel al sucesor de

Bobadilla, el comendador D. Nicolás de Ovando[158]. Laméntase la Reina

de que la resolución, al declarar á los indígenas _libres y no sujetos á

servidumbre_, ha favorecido la pereza y la vagancia; se aflige de que no

puedan los colonos procurarse brazos, ni aun pagando gruesos salarios,

para aumentar la explotación de las minas, y ordena[159] que los

indígenas sean obligados á trabajar; que los colonos puedan pedir á los

caciques un número cualquiera de ellos; que el pago del trabajo forzoso

se ajustará á una tasa fijada por el Gobernador, pero que se tratara á

los indios _como personas libres, como lo son, y no como siervos_.

Á pesar de estas melosas frases, puestas para obtener la firma de la

Reina, la citada Ordenanza abría la puerta á todos los abusos. Hasta

entonces la ley sólo había prescrito una capitación, sólo pedía un

tributo cuyo pago lo indicaba una especie de medalla de latón ó de plomo

que el tributario debía llevar colgada al cuello[160].

Desde el año 1503, la obligación al trabajo, la tasa arbitraria del

precio del jornal, el derecho de trasportar millares de indígenas desde

las partes más lejanas de la isla y de tenerles durante ocho meses[161]

separados de su familia y de su domicilio, llegaron á ser instituciones

legales. El germen de todos los abusos, los _repartimientos_, las

_encomiendas_ y la _mita_[162] estaban en las instrucciones dadas

imprudentemente á Ovando. La falta de víveres y las enfermedades

epidémicas fueron consecuencias inevitables de la acumulación de gran

número de hombres, mal alimentados y extenuados por excesivo trabajo, en

los estrechos valles auríferos.

Manifestóse en la organización de los americanos la singular falta de

flexibilidad que he expresado antes. El estado confuso y tumultuoso de

los asuntos de Haïti no permitió pensar en ninguna de las precauciones

que contribuyen hoy á disminuir la mortalidad entre los negros de los

grandes ingenios. Hay que añadir á los males de la servidumbre personal

y de la movilidad de la población el no poder establecer ninguna de esas

relaciones de familia que entre los pueblos de raza germánica aliviaban

hasta cierto punto, aun en la Edad Media (época tan funesta para la

clase agrícola), la suerte de los siervos unidos á la gleba.

Durante el cuarto y último viaje del Almirante la desesperación

multiplicaba las revueltas, y antes de consumar el esterminio de los

indios de Haïti, Ovando mandó prender ó quemar ochenta y cuatro

caciques. Así lo cuenta en su _testamento histórico_ Diego Méndez, el

valeroso y fiel servidor del Almirante, diciendo fríamente que estas

ejecuciones se hicieron durante siete meses y que tenían por objeto

«pacificar y _allanar_ la provincia de Xaragua».

Una carta de Cristóbal Colón (del 1.º de Diciembre de 1504) á su hijo

don Diego expresa vivamente el horror que las crueldades de Ovando

inspiraron á las almas honradas. «Cosas tan feas, dice el Almirante, con

_crueldad cruda tal_, jamás fué visto»; y añade «que las Indias se

pierden y son abrasadas por todas partes».

El horrible decreto[163] que permitía esclavizar y vender los caribes de

las islas y de la Tierra firme, sirvió de pretexto para perpetuar las

hostilidades. Hasta la erudición etnográfica vino en auxilio de una

atrocidad lucrativa, porque se discutió extensamente acerca de los

matices que distinguen las variedades de la especie humana,

decidiéndose[164] cuáles eran las poblaciones que podían considerarse

caribes ó _caníbales_, condenadas al exterminio ó á la esclavitud, y

cuáles eran _guatiaos_ ó _indios de paz_, antiguos amigos de los

españoles. Nunca sirvió mejor el espíritu de sistema para halagar las

pasiones.

Al mismo tiempo, cada ordenanza que autorizaba una nueva disminución de

la libertad de los indígenas, repetía con artificioso disimulo las

protestas hechas anteriormente en favor de sus derechos inalienables.

Esta confusión de ideas, esta irresolución del poder, que quería,

aumentando sus rentas con el producto de los lavaderos de oro, conservar

en la apariencia una piadosa moderación, produjo el profundo desprecio

de las leyes coloniales.

No es posible, sin embargo, acusar á la reina Isabel de hipocresía; fué

sincera en sus sentimientos de dulzura y de interés por los naturales

del Nuevo Mundo, sentimientos que se encuentran repetidos hasta en su

testamento[165]; pero se equivocaba, como Cristóbal Colón, sobre la

extensión de los derechos concedidos á los blancos y, antes de su

muerte, que sólo precedió á la del Almirante en diez y ocho meses, el

_régimen legal_ de las Nuevas Indias iba ya encaminado al aniquilamiento

de la población indígena[166]. Recompensar los servicios ó las

adulaciones de los cortesanos, haciéndoles donativo de «cierto número de

almas» (_hacer merced de indios_), llegó á ser un acto habitual de

munificencia en el reinado de Fernando el Católico. Permitíanse

expediciones para apoderarse de los habitantes de las pequeñas islas

adyacentes, con especialidad de las islas Bahamas consideradas como

_islas inútiles_[167], y trasladarlos á Haïti ó á Cuba.

Vióse llegar entonces lo que, en nuestros tiempos, ha caracterizado el

principio de las perturbaciones en la América española, cuando las

órdenes monásticas, en vez de hacer causa común contra los obispos ó

contra las autoridades nuevamente instituídas, declaráronse unas

favorables á la independencia, y otras ardientes enemigas de toda

innovación. En distintas localidades hemos visto á la Orden de los

Capuchinos adoptar sistemas políticos diametralmente opuestos, y en los

primeros tiempos de descubrimientos en América hubo idénticas

contradicciones.

Al cardenal Mendoza, á quien sus contemporáneos llamaban el _Gran

Cardenal de España_, se le acusaba de haber aprobado las medidas de

rigor contra los indios[168]. La energía de su carácter le impulsaba con

frecuencia al abuso de un poder que compartía con Fernando é Isabel, y

en el cual, como dice ingeniosamente Pedro Mártir de Anghiera[169],

desempeñaba el principal papel _el tercer rey de las Españas_. Esta

influencia no pudo ser de larga duración, porque el Cardenal murió tres

años después del descubrimiento de América, y, además, la contrarrestó

el célebre arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, que

pertenecía á la Orden de San Jerónimo[170]. Confesor de la reina Isabel

desde 1478, con la cual, durante sus viajes, mantenía correspondencia

que se leyó después con vivo interés[171], la fortificaba en su afecto

hacia los indígenas y en sus inclinaciones de tolerancia religiosa.

Felizmente para los naturales de las Antillas, los primeros religiosos

enviados á estas islas eran de la Orden de San Jerónimo, y el nombre del

ermitaño fray Román Pane fué por largo tiempo célebre entre los

indígenas, cuyo infortunio sabía aliviar. Los franciscanos, de cuya

Orden llevaba algunas veces el Almirante el hábito, por exceso de

devoción (porque no pertenecía á la Congregación), no fueron

enviados[172] á Haïti hasta 1502, y los dominicanos hasta 1510. Los

primeros trabajaban á la vez en la corte contra la libertad de los

indios y contra los derechos que la Santa Sede concedía á los judíos y

á los moros convertidos, y la causa secreta de su persecución al

arzobispo de Granada no era otra que el espíritu de tolerancia y de

moderación de que daba ejemplo este hombre virtuoso. Los segundos,

después de ser por largo tiempo humanos[173] y protectores de los

indígenas, como lo fueron los monjes de San Jerónimo[174], se

convirtieron después en sus más encarnizados enemigos.

Tales fueron los singulares contrastes que presenta la historia de la

primera _conquista_. Sin embargo, para ser justo, preciso es apuntar con

reconocimiento los nobles y animosos esfuerzos que á fines de la Edad

Media, como en los primeros tiempos del cristianismo, hizo el clero en

masa para defender los derechos naturales del hombre. Estos esfuerzos

eran tanto más dignos de elogio, cuanto que estaba empeñada la lucha á

la vez con un poder despótico y con las imperiosas necesidades de la

industria naciente en las colonias. «Desde 1510 hasta 1564, escribe el

Obispo de Chiapa, no se cesa de _predicar en los púlpitos, de sostener

en los colegios y de representar á los monarcas_ que hacer la guerra á

los indios es violar abiertamente la justicia, y que todo el dinero que

las Indias han dado está injustamente adquirido. Los más _sabios

teólogos_ de España, de acuerdo con los _religiosos_ (de San Jerónimo y

de Santo Domingo), han declarado que la conducta observada por los

cristianos en las Indias, y que aun observan, es propia de tiranos y

enemigos de Dios.»

El papa Paulo III expidió dos Breves en que se quejaba «de los que, por

invención de Satanás, pretenden que los indios occidentales y otros

pueblos recientemente descubiertos deben ser reducidos á servidumbre,

como si pudiera desconocerse su carácter de hombres».

«Es una _ley santísima_--dice Francisco López de Gómara, sacerdote

secular, cuya _Historia de las Indias_ está dedicada á Carlos V--la ley

del Emperador que prohibe, bajo las penas más graves, esclavizar á los

indios. _Justo es que los hombres que nacen libres no sean esclavos de

otros hombres._» Estas nobles palabras son debidas á un escritor que,

más imparcial sin duda que Oviedo[175], muéstrase, sin embargo, no poco

descontento de la administración civil de Cristóbal Colón y de su

hermano Bartolomé.

Propio era de este sistema de administración, como de todo sistema

colonial, que los malos gérmenes que encerraba se desarrollasen

rápidamente, casi á espaldas de la madre patria y en oposición con las

humanas leyes que de vez en cuando eran dictadas. En el orden social y

político, lo que es injusto contiene un principio de destrucción, y las

predicciones del ingenioso y satírico Jerónimo Benzoni acerca de la

suerte futura de Haïti y de toda la América colonizada por los blancos,

predicciones hechas en la primera mitad del siglo XVI, se han cumplido

plenamente en nuestros días[176].

Acabo de tratar una materia que no ha sido juzgada hasta ahora con la

independencia de ánimo que exigen los grandes intereses de la humanidad

en todas las épocas de la historia. No se trata ya de acusar amargamente

ó de defender con tímidos distingos á hombres que gozan merecida fama,

sino de propagar una opinión más justa de las circunstancias que

introdujeron y mantuvieron durante largo tiempo, con diferentes

denominaciones, la servidumbre en América; circunstancias que por todas

partes se han manifestado desde la Edad Media hasta nuestros días y que

han producido, cualquiera que fuese el grado de cultura individual de

los supuestos _conquistadores civilizadores_, un resultado igualmente

funesto.

Esta analogía no ha subsistido sólo en los hechos consumados, en los

actos de barbarie ó de larga opresión; preséntase también en los

argumentos encaminados á justificar estos actos, en el rencor contra los

que los refutan, en esas vacilaciones de opinión, en esas dudas que se

fingen sobre la elección entre lo justo y lo injusto para disfrazar

mejor la afición á la servidumbre y á las medidas de rigor.

Oigamos una vez más al amigo de Colón, á Pedro Mártir de Anghiera (_Opus

Epist._, núm. 806, pág. 480). «Acerca de la libertad de los indios,

escribe en 1525 al arzobispo de Calabria, aun no se ha encontrado nada

que convenga. El derecho natural y la religión (_iura naturalia

Pontificiaque_) quieren que todo el género humano sea libre: el derecho

imperial (la política) no opina lo mismo. El uso mismo es

contradictorio, y una larga experiencia enseña que la servidumbre es

necesaria para aquellos que, privados de dueños y tutores, vuelven á su

idolatría y á sus antiguos errores.»

Estas palabras memorables explican que Las Casas exclame, después de

haber tratado á Colón con gran severidad.

«¿Qué podía esperarse de un viejo marino, hombre de guerra, en una época

en que los más sabios y respetables eclesiásticos permanecen inciertos ó

justifican la esclavitud?»

Bien comprendía Colón que, ejerciendo un poder absoluto, en medio de la

lucha de los partidos, la energía de su carácter y su posición política

le arrastraban algunas veces á actos de violencia y de severidad, actos

que no hubiera intentado en Europa y en el seno de una administración

pacífica. Gómara[177], en su sencillo y expresivo estilo, le llama

«hombre de buena estatura y membrudo, cariluengo, bermejo (el hijo de

Colón dice de color encendido), pecoso y enojadizo y crudo, y que sufría

mucho los peligros.» Colón se caracteriza á sí mismo en una carta al

comendador Nicolás de Ovando, de la cual nos ha conservado un

fragmento[178] Las Casas, diciendo: «Yo no soy lisonjero en fabla, antes

soy tenido por áspero.» En el momento funesto y crítico en que, con los

grillos puestos, debe justificarse del castigo impuesto á Moxica, Pedro

Riquelme, Hernando de Guevara y otros rebeldes, dice noblemente en un

escrito hallado en los archivos del duque de Veragua[179]: «Yo debo ser

juzgado como capitán que fué de España á conquistar fasta las Indias, y

no como hombre que gobierna ciudad grande ó pequeña, sometida á régimen

regular, porque he tenido que convertir en vasallos de Su Alteza pueblos

salvajes, belicosos, que viven en montes y selvas.» Este lenguaje tan

serio y elevado recuerda la defensa de Warren Hastings, acusado de

violencias mucho más atroces que las atribuídas á Colón, alabándose de

haber ensanchado, en las circunstancias más difíciles, el imperio

británico de la India.

También se ha invocado esta fuerza de las circunstancias, esta necesidad

de previsión política, para disculpar al Almirante de la pérfida trama

inventada á fin de que cayera Caonabo[180], el rico cacique de la

provincia de Cibao, en manos de los españoles. La instrucción dada á

Mosen Pedro Margarit para atraer al cacique á una celada, es muy

notable, y no se distingue, como observa oportunamente Washington

Irving, por su carácter caballeresco. Después de recomendar á Margarit

que corten las narices y las orejas á los indios que roben, «_porque son

miembros que no podrán esconder_», le ordena que envíe á Caonabo hombres

astutos con regalos, los cuales le digan _que se tiene mucha gana de su

amistad_, halagándole con buenas palabras para que pierda toda

desconfianza, y que, una vez cogido, se le ponga una camisa y un cinto

para asegurar mejor su persona, porque un hombre desnudo se escapa muy

fácilmente[181].

En todos tiempos han acostumbrado las naciones de la Europa latina á

calumniarse mutuamente; los españoles acusan á Colón de «astucia

genovesa», que sabe sacar partido de todo, hasta del fenómeno de un

eclipse de luna[182], y olvidan el carácter artero de Cortés, quien,

apenas desembarcó en la playa de Chalchicuecan, en 1519, aseguraba á su

soberano, en carta fechada en la Rica Villa de Veracruz, que el rico y

poderoso señor Moctezuma debía caer, muerto ó vivo, en sus manos[183].

Tal es la complicación de los destinos humanos, que estas mismas

crueldades que ensangrentaron la conquista de ambas Américas se han

renovado á nuestra vista en tiempos que creíamos caracterizados por

extraordinario progreso de las luces y general templanza en las

costumbres. Un hombre, en la mitad de la carrera de su vida, ha podido

ver el _terror_ en Francia, la expedición inhumana de Santo Domingo, las

reacciones políticas y las guerras civiles continentales en América y

Europa, las matanzas de Chío y de Ipsara y los actos de violencia

producidos recientemente en los Estados Unidos por una legislación atroz

relativa á los esclavos, y el odio de los que querían reformarla.

Las pasiones se han abierto camino con esfuerzo irresistible cuando las

circunstancias han sido idénticas, lo mismo en el siglo XIX que en el

XVI. El poder de las cosas ha cedido al poder de las costumbres. En

ambas épocas, el arrepentimiento siguió á las desgracias públicas; pero,

en nuestros días, y con motivo de los tristes sucesos á que me refiero,

el pesar ha sido más unánime y más públicamente manifestado. La

filosofía, sin obtener victoria, se ha sublevado en favor de la

humanidad, y la violencia de las pasiones ha perdido la antigua

franqueza que excluye el pudor en los autores de atentados y caracteriza

la rápida marcha de la conquista del Nuevo Mundo. La tendencia moderna

es «buscar la libertad por las leyes», el orden por la perfección de las

instituciones; elemento nuevo y saludable del orden social, elemento que

obra lentamente, pero que hará menos frecuente y más difícil la vuelta á

conmociones sangrientas.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 14 / 42 题