IX.

Los escritos de Cristóbal Colón.

Si es tarea agradable describir los trabajos y esfuerzos de un solo

hombre que, al través de los tiempos, cambia poco á poco todas las

formas de la civilización y extiende á la vez, según la diversidad de

razas, la libertad y la esclavitud sobre la tierra, no tiene menos

interés el estudio de los rasgos de un carácter que ha sido origen de

acción tan poderosa y prolongada. Las cartas de Colón, escritas á D.

Luis Santángel, al tesorero Sánchez y, en momentos más críticos, á la

reina Isabel y á la nodriza del infante D. Juan, nos dan más cabal idea

del célebre marino que los fríos extractos de sus Diarios de navegación,

que su hijo D. Fernando y Las Casas nos han conservado.

En las cartas de Colón es donde se ven las huellas de los repentinos

movimientos de su alma ardiente y apasionada; el desorden de ideas que,

efecto de la incoherencia y de la extrema rapidez de sus lecturas,

aumentaba bajo el doble influjo de la desgracia y del misticismo

religioso.

He dicho antes que Colón, al lado de tantos cuidados materiales y

minuciosos que enfrían el alma, conservaba un sentimiento profundo de la

majestad de la naturaleza. La variedad en la forma y fisonomía de los

vegetales, la salvaje abundancia del suelo, las anchas desembocaduras de

los ríos, cuyas umbrosas orillas están llenas de aves pescadoras, son

sucesivamente objeto de ingenuas y animadas descripciones. Cada nueva

tierra que Colón descubre le parece más bella que las que acaba de

describir, y se lamenta de no poder variar las formas del lenguaje para

transmitir al alma de la Reina las deliciosas impresiones que él ha

experimentado al costear á Cuba y las pequeñas islas Lucayas.

En estos cuadros de la naturaleza[134] (¿por qué no dar tal nombre á

trozos descriptivos llenos de encanto y de verdad?) el viejo marino

muestra algunas veces una riqueza de estilo que sabrán apreciar los

iniciados en los secretos de la lengua española, y prefieran el vigor

del colorido á una corrección severa y acompasada.

Procuraré indicar particularmente algunos de los sentimientos poéticos

que encontramos en los escritos de Colón, como en los de los hombres

superiores de todos los siglos, especialmente de aquellos á quienes una

imaginación ardiente ha impulsado á grandes descubrimientos. Bien se

notan estos rasgos de poesía en la carta que el Almirante (á la edad de

sesenta y siete años) escribió á los Monarcas Católicos el 7 de Julio

de 1503, cuando, á su vuelta del cuarto y último viaje, tocó en Jamaica.

El estilo de esta carta, conocida con el nombre de _rarissima_ y

desatendida durante largo tiempo, á pesar de haber sido impresa[135] en

Venecia en 1505, está impregnado de profunda melancolía. El desorden que

la caracteriza expresa bien la agitación de un alma fiera y orgullosa,

herida por larga serie de iniquidades, que ve fracasar sus más caras

esperanzas. Escuchemos al anciano cuando describe la visión nocturna que

dice tuvo, estando al ancla en la costa de Veragua. Enormes avenidas,

causadas por los torrentes que descendían de las montañas, habían puesto

en gran peligro las embarcaciones á la embocadura del río Belén. Acababa

de ser destruído el establecimiento colonial que levantó el hermano del

Almirante. Los castellanos eran atacados por un jefe indígena, el

belicoso _quibian_[136] de una provincia inmediata, y procuraban en vano

buscar refugio á bordo de sus barcos. «Mi hermano y la otra gente toda,

escribe Colón, estaba en un navío que quedó adentro: yo muy solo de

fuera, en tan brava costa, con fuerte fiebre, en tanta fatiga: la

esperanza de escapar era muerta: subí así trabajando lo más alto,

llamando á voz temerosa, llorando y muy aprisa, los maestros de la

guerra de Vuestras Altezas á todos cuatro los vientos, por socorro, mas

nunca me respondieron[137]. Cansado, me adormecí gimiendo: una voz muy

piadosa oí, diciendo: «¡O estulto y tardo á creer y á servir á tu Dios,

Dios de todos! ¿Qué hizo él más por Moysés ó por David su siervo? Desque

nasciste, siempre él tuvo de ti muy grande cargo. Cuando te vido en edad

de que él fué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la

tierra. Las Indias, que son parte del mundo tan ricas, te las dió por

tuyas; tú las repartiste á donde te plugo, y te dió poder para ello. De

los atamientos de la mar oceana, que estaban cerrados con cadenas tan

fuertes, te dió las llaves, y fuiste obedescido en tantas tierras, y de

los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo el más alto pueblo

de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni por David, que de pastor hizo

rey en Judea? Tórnate á él y conoce ya tu yerro: su misericordia es

infinita: tu vejez no impedirá á toda cosa grande: muchas heredades

tiene él grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró á

Isaac. ¿Ni Sahara era moza? Tú llamas por socorro incierto (de los

hombres): responde. ¿Quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios ó

el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios no las quebranta, ni

dice, después de haber recibido el servicio, que su intención no era

ésta y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color á

la fuerza: él va al pie de la letra: todo lo que él promete cumple con

acrescentamiento. ¿Esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fecho

por ti y hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos afanes

y peligros que has pasado sirviendo á otros.» Yo, así amortecido, oí

todo, mas no tuve yo respuesta á palabras tan ciertas, salvo llorar por

mis yerros. Acabó él de hablar, quienquiera que fuese, diciendo: «No

temas: confía; todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol

y no sin causa.» Levantéme cuando pude y, al cabo de nueve días, hizo

bonanza.»

Hay en los períodos que acaban de leerse, y no temo, al decirlo, que se

me acuse de exagerado, grandeza y elevación ideas. Esta descripción de

la _Visión del río de Belén_ es tanto más patética, cuanto que contiene

amargas censuras dirigidas con viril franqueza por un hombre

injustamente perseguido contra poderosos monarcas. La voz celestial

proclama la gloria de Colón. El imperio de la India es suyo; ha podido

disponer de él á su antojo; darlo á Portugal, á Francia ó á Inglaterra,

á quien hubiese reconocido la solidez de su empresa. La imagen del

Océano occidental _encadenado_ durante millares de años hasta el momento

en que la aventurera intrepidez de Colón hizo su acceso libre á todas

las naciones, es tan noble como bella. Puede creerse que no falta alguna

malicia en la _visión_. La voz celestial celebra con preferencia, y

acaso con más energía de la necesaria para agradar á los Reyes Católicos

y á los cortesanos enemigos de Colón, «la estricta fidelidad en el

cumplimiento de las promesas que Dios hace»; y este elogio de la

fidelidad podría parecer más importuno y atrevido al leer en la misma

carta: «Siete años estuve en su Real corte, que á cuantos se fabló de

esta empresa, todos á una dijeron que era burla: agora fasta los sastres

suplican por descubrir..... Perseguido, olvidado, de la Española, de

Paria (de la costa de las Perlas), y de las otras tierras, no me acuerdo

de ellas que yo no llore..... Las gracias y acrescentamiento siempre

fué uso de las dar á quien puso su cuerpo á peligro. No es razón que

quien ha sido tan contrario á esta negociación la gocen y sus hijos. Los

que se fueron de las Indias fuyendo los trabajos y diziendo mal dellas y

de mí, volvieron con cargos..... Después que yo, por voluntad divina,

hube puesto las tierras que acá obedecen á Vuestra Alteza debajo de su

Real y alto señorío, esperando navíos para venir á su alto concepto con

victoria y grandes nuevas del oro, muy seguro y alegre, fuí preso y

echado con dos hermanos en un navío, cargado de fierros, desnudo en

cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado ni vencido por

justicia. ¿Quien creerá que un pobre extranjero se hobiese de alzar en

tal logar contra Vuestra Alteza, sin causa, ni sin brazo de otro

Príncipe y estando solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos

mis fijos en su Real corte? Yo vine á servir de veintiocho años (debió

escribir[138] de cuarenta y ocho años) y agora no tengo cabello en mi

persona que no sea cano, y el cuerpo enfermo, y gastado cuanto me quedó

de aquellos y me fué tomado y vendido y á mis hermanos fasta el sayo,

sin ser oído ni visto, con gran deshonor mío. Es de creer que esto no se

hizo por su Real mandado. La restitución de mi honra y daños y el

castigo en quien lo fizo, fará sonar su Real nobleza; y otro tanto en

quien me robó las perlas y de quien ha fecho daño en ese almirantado.

Grandísima virtud, fama con ejemplo será si hacen esto, y quedará á la

España gloriosa memoria, con la de Vuestras Altezas, de agradecidos y

justos Príncipes. La intención tan sana que yo siempre tuve al servicio

de Vuestras Altezas y la afrenta tan desigual, no da lugar al ánima que

calle, bien que yo quiera: suplico á Vuestras Altezas me perdonen.....

Aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte y

cercado (en la isla de Jamaica) de un cuento de salvajes y llenos de

crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los santos sacramentos

de la santa Iglesia que se olvidará de esta ánima si se aparta acá del

cuerpo. Llore por mi quien tiene caridad, verdad y justicia».

El abandono con que está escrita esta carta; la extraña mezcla de vigor

y debilidad, de orgullo y de conmovedora humildad, nos inician, por

decirlo así, en los secretos y combates interiores de la gran alma de

Colón.

Un hombre original, Diego Méndez, el fiel compañero del Almirante, cuyo

testamento contiene toda la historia del _Viaje á Veragua_, y que en

medio de su pobreza fundó un mayorazgo con algunos libros de Aristóteles

y Erasmo, trajo la carta de Colón á España, donde llegó á fines del año

1503. Once meses después murió la reina Isabel.

En esta época, detenido Colón en Sevilla por sus dolencias, escribió á

su hijo D. Diego «que las Indias se pierden y están con el fuego de mil

partes». Tal es el final de este grande y triste drama, de una vida

constantemente agitada, llena de ilusiones, ofreciendo una gloria

inmensa, sin ninguna felicidad doméstica.

Hemos acompañado á Colón en uno de esos misteriosos caminos del

sentimiento religioso que con tanta frecuencia sigue. En los hombres más

dispuestos á las obras, que á cuidar la pureza de la dicción; entre los

que permanecen extraños á todo artificio propio para producir emociones

por el encanto de la palabra, es en los que con preferencia se nota la

semejanza, indicada ha largo tiempo, entre el carácter y el estilo. La

elocuencia de las almas incultas, que viven en medio de una civilización

avanzada, es como la elocuencia de los tiempos primitivos. Cuando se

observa á los hombres superiores y de bien templado carácter, pero poco

familiarizados con las riquezas del lenguaje que emplean, en uno de esos

momentos de pasión que por su misma violencia se oponen al libre trabajo

del pensamiento, encuéntrase en ellos ese tinte poético del sentimiento

que corresponde á la elocuencia de las primeras edades. Creo que estas

reflexiones bastan para probar que el análisis de los escritos de Colón

no se hace con el propósito de discutir lo que vagamente se llama el

mérito literario de un escritor; trátase de algo más grave y más

histórico: de considerar el estilo como expresión del carácter, como

reflejo de la parte interna del hombre.

Después de la _Visión de Veragua_ presentaré aquí el fragmento de una

carta impregnada también de profunda melancolía y dirigida á D.ª

Juana de la Torre «mujer virtuosa», dice Colón, que había sido nodriza

del infante D. Juan, hijo único de Fernando el Católico y de Isabel,

muerto á los diez y nueve años de edad[139]. Cedo al fácil placer de las

citas, por tratarse de un fragmento donde el estilo presenta singular

mezcla de grandeza y familiaridad.

La carta parece escrita á fines de Noviembre de 1500, cuando, sujeto con

grillos, envió á Colón á Cádiz, Francisco de Bobadilla, comendador de la

orden de Calatraba[140]. «Yo vine, dice en ella Colón, con amor tan

entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido de servicio de que

jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra que decía nuestro Señor

por San Juan en el _Apocalipse_, después de dicho por boca de Isaías, me

hizo dello mensajero, y amostró en cual parte. En todos hobo

incredulidad, y á la Reina mi Señora dió dello el espíritu de

inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera como á cara y

muy amada hija..... Siete años se pasaron en la plática y nueve

ejecutando cosas muy señaladas y dignas de memoria se pasaron en este

tiempo: de todo no se fizo concepto. Llegué yo, y estoy que non ha nadie

tan vil que no piense de ultrajarme. Por virtud se contará en el mundo á

quien puede no consentillo. Si yo robara las Indias y las diera á los

moros, no pudieran en España mostrarme mayor enemiga. ¿Quién creyera tal

á donde hubo siempre tanta nobleza? Yo mucho quisiera despedir del

negocio si fuera honesto para con mi Reina: el esfuerzo de nuestro Señor

y de Su Alteza fizo que yo continuase, y por aliviarle algo de los

enojos en que, á causa de la muerte (del infante D. Juan) estaba, cometí

viaje al nuevo cielo é mundo, que fasta entonces estaba en oculto, y si

no es tenido allí en estima, así como los otros de las Indias, no es

maravilla, porque salió á parecer de my industria. Á San Pedro abrasó el

Espíritu Santo y con él otros doce, y todos combatieron acá, y los

trabajos y fatigas fueron muchos; en fin, de todo llevaron la victoria.

Este viaje de Paria creí que apaciguara algo por las perlas y la fallada

de oro en la Española..... Del oro y perlas ya está abierta la puerta

(su descubrimiento es positivo) y cantidad del todo, piedras preciosas y

especería, y de otras mil cosas se pueden esperar firmemente; y nunca

más mal me viniese como con el nombre de Nuestro Señor le daría el

primer viaje, así como diera la negociación del Arabia feliz hasta la

Meca, como yo escribí á Sus Altezas con Antonio Torres en la respuesta

de la reparticion del mar é tierra con los portugueses, y después

viniera á lo del polo ártico[141], así como lo dije y dí por escripto en

el monesterio de la Mejorada. Las nuevas del oro que yo dije que daría

son que, día de Navidad, estando yo muy afligido, guerreado de los malos

cristianos y de Indios, en términos de dejar todo y escapar si pudiese

la vida (D. Fernando añade: saliendo al mar en una carabela pequeña), me

consoló nuestro Señor milagrosamente y dijo: _es fuerza no desmayes ni

temas_; yo proveeré en todo; los siete años _del término del oro_ no

son pasados.»

Este _término_ ó tiempo fijado del oro; esta mezcla, rara y prosaica en

la apariencia, de la religión y de un interés puramente material, exige

alguna explicación, con más motivo, por ser uno de los rasgos del

carácter de Cristóbal Colón el fácil acomodamiento del misticismo

teológico á las necesidades de una sociedad corrompida, á las exigencias

de una corte siempre exhausta de recursos á causa de las guerras y de

irreflexivas prodigalidades. Ciertamente, Fernando é Isabel declaraban

(Navarrete, t. II, pág. 263) que continuarían la exploración de las

nuevas tierras descubiertas, aunque no ofrecieran más que «rocas y

piedras sin valor, siempre que con la conquista se extendiera la fe».

Este desinterés no fué sincero ni de larga duración.

La carta que Colón dirigió al papa Alejandro VI, en 1502, nos prueba

que, desde la vuelta de su primer viaje, «prometió á los Monarcas que

para conquistar y libertar el Santo Sepulcro, mantendría (con el

producto de sus descubrimientos), durante siete años, cincuenta mil

infantes y cinco mil caballos y un número igual durante otros cinco

años. Colón calculaba entonces el producto anual del oro en ciento

veinte quintales, pero añadía prudentemente «que Satán ha impedido que

sus promesas fuesen mejor cumplidas».

En el Diario del primer viaje hay indicios de estos mismos proyectos de

conquistas en Tierra Santa. «Los que dejo en la isla (Haïti), escribe

Colón el 26 de Diciembre de 1492, reunirán fácilmente un tonel de oro,

que encontraré al volver de Castilla, y antes de tres años se podrá

emprender la conquista de la Casa Santa y de Jerusalén; que así protesté

á Vuestras Altezas que toda la ganancia desta _mi_ empresa se gastase en

la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas se rieron y dijeron que

les placía, y que, sin esto, tenían aquella gana.»

Esta última frase refiérese á la quimérica empresa que germinaba acaso

en el ánimo de Fernando y de Isabel, y que caracteriza la época y el

país donde el triunfo sobre otra raza parecía no tener mérito sino

suprimiendo la creencia enemiga.

En 1489, durante el sitio de Baza, cuya toma aceleraba la destrucción

del pequeño reino de Granada, último refugio del poder árabe, después de

la batalla de las Navas de Tolosa, dos pobres monjes del convento del

Santo Sepulcro presentáronse inesperadamente en el campamento español.

Uno de ellos era el guardián del convento de Jerusalén, fray Antonio

Millán, y traía un mensaje del Sultán de Egipto amenazando con dar

muerte á todos los cristianos de Egipto, de Palestina y de Siria, y

arrasar los Santos Lugares, si los Reyes Católicos no cesaban de

hostilizar á los creyentes del Profeta.

El Rey de Nápoles, á quien se acusaba[142] de ser afecto al Sultán,

aconsejó con empeño ceder á la imperiosa necesidad. La amenaza del

Sultán hizo, al parecer, profunda impresión en el ánimo de la Reina y

en el de Colón. Isabel dotó entonces el convento de Franciscanos, que

tiene la guarda del Santo Sepulcro, con una renta anual de mil ducados

de oro[143]. Colón, por su parte, entrevió la posibilidad de una nueva

tentativa de cruzada, como consecuencia del vencimiento de los moros en

España, y relacionó hábilmente con este proyecto el incentivo de las

riquezas que prometía como resultado de la expedición que le preocupaba

con tanta tenacidad. El dar á su empresa el doble motivo religioso de

convertir los súbditos del Gran Khan, á quienes se suponía ávidos de oir

la predicación de la fe, y de contribuir con las sumas que

proporcionaría la India al Tesoro agotado por la guerra, para librar más

fácilmente á Jerusalén del yugo musulmán, era ennoblecerla.

«La conquista del Santo Sepulcro es tanto más urgente, escribe Colón

doce años después de la toma de Baza, en el fragmento místico del libro

de las _Profecías_, cuanto que todo anuncia, segun los cálculos

exactísimos del cardenal d’Ailly, la conversión próxima de todas las

sectas, la llegada del Antecristo y la destruccion del mundo»[144]. La

época de está destrucción caía, como antes he dicho, entre la muerte de

Descartes y la de Pascal, dos de los filósofos que más han honrado la

inteligencia humana.

Dícese que los hombres superiores dominan su siglo; pero por grande que

sea la influencia que ejercen, sea por la energía y el temple de su

carácter, ó, como Colón, por crear una de esas ideas que cambian el

aspecto de las cosas, los hombres superiores sufren, como los demás, las

condiciones de los tiempos en que viven. Para juzgar equitativamente al

Almirante es preciso no olvidar el imperio que entonces ejercía el

sentimiento del _deber_ de la intolerancia religiosa y la satisfacción

que producía la violencia y el abuso del poder, cuando parecían

justificados por el éxito. Extranjero Colón en España, manteniendo en

las relaciones de la vida privada la reserva y hábil circunspección de

su país natal, no por ello dejó de adoptar en la vida pública las

opiniones y preocupaciones de la corte de Fernando é Isabel. Italiano

convertido en español en la época memorable de la gran lucha con los

moros y del sanguinario triunfo del cristianismo sobre los musulmanes y

los judíos, debió producirle, por la vivacidad y vigor incultos de su

carácter, grandísima impresión un acontecimiento hijo de la fuerza y de

la astucia.

Próxima Italia á ver sucumbir su independencia y su libertad por la

invasión de Carlos VIII, vivía entregada á debates de intereses civiles.

El fervor teológico que caracteriza á Colón no procedía, pues, de

Italia, de este país republicano, comerciante, ávido de riquezas, donde

el célebre marino había pasado su infancia; se lo inspiraron su estancia

en Andalucía y en Granada, sus íntimas relaciones con los monjes del

convento de la Rábida, que fueron sus más queridos y útiles amigos.

Tal era su devoción que, á la vuelta del segundo viaje, en 1496, se le

vió en las calles de Sevilla con hábito de monje de San Francisco. La fe

era para Colón una fuente de variadas inspiraciones; mantenía su audacia

ante el peligro más inminente, y mitigaba el dolor de largos períodos

de adversa fortuna con el encanto de ensueños ascéticos. Pudiera, pues,

su fe llamarse fe de la vida activa, mezclada por extraña manera á todos

los intereses mundanos del siglo; fe que se acomodaba á la ambición y á

la codicia de los cortesanos; fe que justificaba en caso necesario, y

con pretexto de un fin religioso, el empleo del engaño y el abuso del

poder despótico.

Realizada la gran obra de la independencia de la Península con la caída

del último reino de los moros, la creencia religiosa, que se confundía

con la nacionalidad[145], y se mostraba exclusiva é inexorable en su

sistema de propaganda, imprimió carácter de rigor y severidad á la

conquista de América. Apenas hacía cuarenta días que Colón había puesto

el pie en esta nueva tierra, y ya escribe en su Diario: «Y digo que

Vuestras Altezas no deben consentir que aquí trate ni faga pie ningún

extranjero, salvo católicos cristianos, pues esto fué el fin y el

comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de la

Religión cristiana, ni venir á estas partes ninguno que no sea buen

cristiano.» Obrar de otra manera sería oponerse á la voluntad divina,

porque Colón se consideraba elegido por la Providencia para realizar

grandes empresas, «para propagar la fe en las tierras del Gran Khan»,

para procurar, por el descubrimiento de ricas comarcas en Asia, los

fondos necesarios á la conquista del Santo Sepulcro, y ese oro, «que

sirve para todo, hasta para sacar las almas del Purgatorio». «Dios

nuestro Señor,» dice un fragmento de carta dirigida al rey Fernando poco

tiempo antes de su muerte, «milagrosamente me envió acá porque yo

sirviese á Vuestra Alteza; dije milagrosamente, porque fuí á aportar á

Portugal, donde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; él

le atajó la vista, oído y todos los sentidos, que en catorce años no le

pude hacer entender lo que yo dije.»

Estas ideas de apostolado y de inspiraciones divinas que con tanta

frecuencia expone Colón en su lenguaje figurado, corresponden á un siglo

que se refleja en él y al país que llegó á ser su segunda patria. Nótase

en Colón, al lado de la originalidad propia de su carácter, la acción de

las doctrinas dominantes en su época, doctrinas que realizaron, por

medio de leyes inhumanas, la proscripción completa de dos pueblos, el de

los moros y el de los judíos.

Examinando los motivos de esta intolerancia religiosa, se comprende que

el fanatismo de entonces, á pesar de su violencia, no tenía el candor de

un sentimiento exaltado. Mezclado á todos los intereses materiales y á

los vicios de la sociedad, guiábalo, especialmente en los hombres que

ejercían el poder, una sórdida avaricia y las necesidades y dificultades

ocasionadas por una política inquieta y tortuosa, por expediciones

lejanas y por dilapidaciones de la fortuna del Estado. Una gran

complicación de posiciones y deberes impuestos por la Corte tendía á

viciar insensiblemente las almas más generosas. Las personas colocadas

en una esfera elevada, dependiendo del favor del Gobierno, ajustaban sus

actos según la opinión del siglo y los principios que justificaban, al

parecer, la autoridad soberana.

Los crímenes que en la conquista de América, después de la muerte de

Colón, han manchado los anales del género humano, no dependieron tanto

de la rudeza de las costumbres y del ardimiento de las pasiones, como de

los cálculos fríos de la avaricia, de una prudencia recelosa y del

exceso de rigor empleado en todas las épocas con pretexto de asegurar el

poder y de consolidar el edificio social.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 13 / 42 题