Los escritos de Cristóbal Colón.
Si es tarea agradable describir los trabajos y esfuerzos de un solo
hombre que, al través de los tiempos, cambia poco á poco todas las
formas de la civilización y extiende á la vez, según la diversidad de
razas, la libertad y la esclavitud sobre la tierra, no tiene menos
interés el estudio de los rasgos de un carácter que ha sido origen de
acción tan poderosa y prolongada. Las cartas de Colón, escritas á D.
Luis Santángel, al tesorero Sánchez y, en momentos más críticos, á la
reina Isabel y á la nodriza del infante D. Juan, nos dan más cabal idea
del célebre marino que los fríos extractos de sus Diarios de navegación,
que su hijo D. Fernando y Las Casas nos han conservado.
En las cartas de Colón es donde se ven las huellas de los repentinos
movimientos de su alma ardiente y apasionada; el desorden de ideas que,
efecto de la incoherencia y de la extrema rapidez de sus lecturas,
aumentaba bajo el doble influjo de la desgracia y del misticismo
religioso.
He dicho antes que Colón, al lado de tantos cuidados materiales y
minuciosos que enfrían el alma, conservaba un sentimiento profundo de la
majestad de la naturaleza. La variedad en la forma y fisonomía de los
vegetales, la salvaje abundancia del suelo, las anchas desembocaduras de
los ríos, cuyas umbrosas orillas están llenas de aves pescadoras, son
sucesivamente objeto de ingenuas y animadas descripciones. Cada nueva
tierra que Colón descubre le parece más bella que las que acaba de
describir, y se lamenta de no poder variar las formas del lenguaje para
transmitir al alma de la Reina las deliciosas impresiones que él ha
experimentado al costear á Cuba y las pequeñas islas Lucayas.
En estos cuadros de la naturaleza[134] (¿por qué no dar tal nombre á
trozos descriptivos llenos de encanto y de verdad?) el viejo marino
muestra algunas veces una riqueza de estilo que sabrán apreciar los
iniciados en los secretos de la lengua española, y prefieran el vigor
del colorido á una corrección severa y acompasada.
Procuraré indicar particularmente algunos de los sentimientos poéticos
que encontramos en los escritos de Colón, como en los de los hombres
superiores de todos los siglos, especialmente de aquellos á quienes una
imaginación ardiente ha impulsado á grandes descubrimientos. Bien se
notan estos rasgos de poesía en la carta que el Almirante (á la edad de
sesenta y siete años) escribió á los Monarcas Católicos el 7 de Julio
de 1503, cuando, á su vuelta del cuarto y último viaje, tocó en Jamaica.
El estilo de esta carta, conocida con el nombre de _rarissima_ y
desatendida durante largo tiempo, á pesar de haber sido impresa[135] en
Venecia en 1505, está impregnado de profunda melancolía. El desorden que
la caracteriza expresa bien la agitación de un alma fiera y orgullosa,
herida por larga serie de iniquidades, que ve fracasar sus más caras
esperanzas. Escuchemos al anciano cuando describe la visión nocturna que
dice tuvo, estando al ancla en la costa de Veragua. Enormes avenidas,
causadas por los torrentes que descendían de las montañas, habían puesto
en gran peligro las embarcaciones á la embocadura del río Belén. Acababa
de ser destruído el establecimiento colonial que levantó el hermano del
Almirante. Los castellanos eran atacados por un jefe indígena, el
belicoso _quibian_[136] de una provincia inmediata, y procuraban en vano
buscar refugio á bordo de sus barcos. «Mi hermano y la otra gente toda,
escribe Colón, estaba en un navío que quedó adentro: yo muy solo de
fuera, en tan brava costa, con fuerte fiebre, en tanta fatiga: la
esperanza de escapar era muerta: subí así trabajando lo más alto,
llamando á voz temerosa, llorando y muy aprisa, los maestros de la
guerra de Vuestras Altezas á todos cuatro los vientos, por socorro, mas
nunca me respondieron[137]. Cansado, me adormecí gimiendo: una voz muy
piadosa oí, diciendo: «¡O estulto y tardo á creer y á servir á tu Dios,
Dios de todos! ¿Qué hizo él más por Moysés ó por David su siervo? Desque
nasciste, siempre él tuvo de ti muy grande cargo. Cuando te vido en edad
de que él fué contento, maravillosamente hizo sonar tu nombre en la
tierra. Las Indias, que son parte del mundo tan ricas, te las dió por
tuyas; tú las repartiste á donde te plugo, y te dió poder para ello. De
los atamientos de la mar oceana, que estaban cerrados con cadenas tan
fuertes, te dió las llaves, y fuiste obedescido en tantas tierras, y de
los cristianos cobraste tan honrada fama. ¿Qué hizo el más alto pueblo
de Israel cuando le sacó de Egipto? ¿Ni por David, que de pastor hizo
rey en Judea? Tórnate á él y conoce ya tu yerro: su misericordia es
infinita: tu vejez no impedirá á toda cosa grande: muchas heredades
tiene él grandísimas. Abraham pasaba de cien años cuando engendró á
Isaac. ¿Ni Sahara era moza? Tú llamas por socorro incierto (de los
hombres): responde. ¿Quién te ha afligido tanto y tantas veces, Dios ó
el mundo? Los privilegios y promesas que da Dios no las quebranta, ni
dice, después de haber recibido el servicio, que su intención no era
ésta y que se entiende de otra manera, ni da martirios por dar color á
la fuerza: él va al pie de la letra: todo lo que él promete cumple con
acrescentamiento. ¿Esto es uso? Dicho tengo lo que tu Criador ha fecho
por ti y hace con todos. Ahora medio muestra el galardón de estos afanes
y peligros que has pasado sirviendo á otros.» Yo, así amortecido, oí
todo, mas no tuve yo respuesta á palabras tan ciertas, salvo llorar por
mis yerros. Acabó él de hablar, quienquiera que fuese, diciendo: «No
temas: confía; todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol
y no sin causa.» Levantéme cuando pude y, al cabo de nueve días, hizo
bonanza.»
Hay en los períodos que acaban de leerse, y no temo, al decirlo, que se
me acuse de exagerado, grandeza y elevación ideas. Esta descripción de
la _Visión del río de Belén_ es tanto más patética, cuanto que contiene
amargas censuras dirigidas con viril franqueza por un hombre
injustamente perseguido contra poderosos monarcas. La voz celestial
proclama la gloria de Colón. El imperio de la India es suyo; ha podido
disponer de él á su antojo; darlo á Portugal, á Francia ó á Inglaterra,
á quien hubiese reconocido la solidez de su empresa. La imagen del
Océano occidental _encadenado_ durante millares de años hasta el momento
en que la aventurera intrepidez de Colón hizo su acceso libre á todas
las naciones, es tan noble como bella. Puede creerse que no falta alguna
malicia en la _visión_. La voz celestial celebra con preferencia, y
acaso con más energía de la necesaria para agradar á los Reyes Católicos
y á los cortesanos enemigos de Colón, «la estricta fidelidad en el
cumplimiento de las promesas que Dios hace»; y este elogio de la
fidelidad podría parecer más importuno y atrevido al leer en la misma
carta: «Siete años estuve en su Real corte, que á cuantos se fabló de
esta empresa, todos á una dijeron que era burla: agora fasta los sastres
suplican por descubrir..... Perseguido, olvidado, de la Española, de
Paria (de la costa de las Perlas), y de las otras tierras, no me acuerdo
de ellas que yo no llore..... Las gracias y acrescentamiento siempre
fué uso de las dar á quien puso su cuerpo á peligro. No es razón que
quien ha sido tan contrario á esta negociación la gocen y sus hijos. Los
que se fueron de las Indias fuyendo los trabajos y diziendo mal dellas y
de mí, volvieron con cargos..... Después que yo, por voluntad divina,
hube puesto las tierras que acá obedecen á Vuestra Alteza debajo de su
Real y alto señorío, esperando navíos para venir á su alto concepto con
victoria y grandes nuevas del oro, muy seguro y alegre, fuí preso y
echado con dos hermanos en un navío, cargado de fierros, desnudo en
cuerpo, con muy mal tratamiento, sin ser llamado ni vencido por
justicia. ¿Quien creerá que un pobre extranjero se hobiese de alzar en
tal logar contra Vuestra Alteza, sin causa, ni sin brazo de otro
Príncipe y estando solo entre sus vasallos y naturales, y teniendo todos
mis fijos en su Real corte? Yo vine á servir de veintiocho años (debió
escribir[138] de cuarenta y ocho años) y agora no tengo cabello en mi
persona que no sea cano, y el cuerpo enfermo, y gastado cuanto me quedó
de aquellos y me fué tomado y vendido y á mis hermanos fasta el sayo,
sin ser oído ni visto, con gran deshonor mío. Es de creer que esto no se
hizo por su Real mandado. La restitución de mi honra y daños y el
castigo en quien lo fizo, fará sonar su Real nobleza; y otro tanto en
quien me robó las perlas y de quien ha fecho daño en ese almirantado.
Grandísima virtud, fama con ejemplo será si hacen esto, y quedará á la
España gloriosa memoria, con la de Vuestras Altezas, de agradecidos y
justos Príncipes. La intención tan sana que yo siempre tuve al servicio
de Vuestras Altezas y la afrenta tan desigual, no da lugar al ánima que
calle, bien que yo quiera: suplico á Vuestras Altezas me perdonen.....
Aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por la muerte y
cercado (en la isla de Jamaica) de un cuento de salvajes y llenos de
crueldad y enemigos nuestros, y tan apartado de los santos sacramentos
de la santa Iglesia que se olvidará de esta ánima si se aparta acá del
cuerpo. Llore por mi quien tiene caridad, verdad y justicia».
El abandono con que está escrita esta carta; la extraña mezcla de vigor
y debilidad, de orgullo y de conmovedora humildad, nos inician, por
decirlo así, en los secretos y combates interiores de la gran alma de
Colón.
Un hombre original, Diego Méndez, el fiel compañero del Almirante, cuyo
testamento contiene toda la historia del _Viaje á Veragua_, y que en
medio de su pobreza fundó un mayorazgo con algunos libros de Aristóteles
y Erasmo, trajo la carta de Colón á España, donde llegó á fines del año
1503. Once meses después murió la reina Isabel.
En esta época, detenido Colón en Sevilla por sus dolencias, escribió á
su hijo D. Diego «que las Indias se pierden y están con el fuego de mil
partes». Tal es el final de este grande y triste drama, de una vida
constantemente agitada, llena de ilusiones, ofreciendo una gloria
inmensa, sin ninguna felicidad doméstica.
Hemos acompañado á Colón en uno de esos misteriosos caminos del
sentimiento religioso que con tanta frecuencia sigue. En los hombres más
dispuestos á las obras, que á cuidar la pureza de la dicción; entre los
que permanecen extraños á todo artificio propio para producir emociones
por el encanto de la palabra, es en los que con preferencia se nota la
semejanza, indicada ha largo tiempo, entre el carácter y el estilo. La
elocuencia de las almas incultas, que viven en medio de una civilización
avanzada, es como la elocuencia de los tiempos primitivos. Cuando se
observa á los hombres superiores y de bien templado carácter, pero poco
familiarizados con las riquezas del lenguaje que emplean, en uno de esos
momentos de pasión que por su misma violencia se oponen al libre trabajo
del pensamiento, encuéntrase en ellos ese tinte poético del sentimiento
que corresponde á la elocuencia de las primeras edades. Creo que estas
reflexiones bastan para probar que el análisis de los escritos de Colón
no se hace con el propósito de discutir lo que vagamente se llama el
mérito literario de un escritor; trátase de algo más grave y más
histórico: de considerar el estilo como expresión del carácter, como
reflejo de la parte interna del hombre.
Después de la _Visión de Veragua_ presentaré aquí el fragmento de una
carta impregnada también de profunda melancolía y dirigida á D.ª
Juana de la Torre «mujer virtuosa», dice Colón, que había sido nodriza
del infante D. Juan, hijo único de Fernando el Católico y de Isabel,
muerto á los diez y nueve años de edad[139]. Cedo al fácil placer de las
citas, por tratarse de un fragmento donde el estilo presenta singular
mezcla de grandeza y familiaridad.
La carta parece escrita á fines de Noviembre de 1500, cuando, sujeto con
grillos, envió á Colón á Cádiz, Francisco de Bobadilla, comendador de la
orden de Calatraba[140]. «Yo vine, dice en ella Colón, con amor tan
entrañable á servir á estos Príncipes, y he servido de servicio de que
jamás se oyó ni vido. Del nuevo cielo y tierra que decía nuestro Señor
por San Juan en el _Apocalipse_, después de dicho por boca de Isaías, me
hizo dello mensajero, y amostró en cual parte. En todos hobo
incredulidad, y á la Reina mi Señora dió dello el espíritu de
inteligencia y esfuerzo grande, y lo hizo de todo heredera como á cara y
muy amada hija..... Siete años se pasaron en la plática y nueve
ejecutando cosas muy señaladas y dignas de memoria se pasaron en este
tiempo: de todo no se fizo concepto. Llegué yo, y estoy que non ha nadie
tan vil que no piense de ultrajarme. Por virtud se contará en el mundo á
quien puede no consentillo. Si yo robara las Indias y las diera á los
moros, no pudieran en España mostrarme mayor enemiga. ¿Quién creyera tal
á donde hubo siempre tanta nobleza? Yo mucho quisiera despedir del
negocio si fuera honesto para con mi Reina: el esfuerzo de nuestro Señor
y de Su Alteza fizo que yo continuase, y por aliviarle algo de los
enojos en que, á causa de la muerte (del infante D. Juan) estaba, cometí
viaje al nuevo cielo é mundo, que fasta entonces estaba en oculto, y si
no es tenido allí en estima, así como los otros de las Indias, no es
maravilla, porque salió á parecer de my industria. Á San Pedro abrasó el
Espíritu Santo y con él otros doce, y todos combatieron acá, y los
trabajos y fatigas fueron muchos; en fin, de todo llevaron la victoria.
Este viaje de Paria creí que apaciguara algo por las perlas y la fallada
de oro en la Española..... Del oro y perlas ya está abierta la puerta
(su descubrimiento es positivo) y cantidad del todo, piedras preciosas y
especería, y de otras mil cosas se pueden esperar firmemente; y nunca
más mal me viniese como con el nombre de Nuestro Señor le daría el
primer viaje, así como diera la negociación del Arabia feliz hasta la
Meca, como yo escribí á Sus Altezas con Antonio Torres en la respuesta
de la reparticion del mar é tierra con los portugueses, y después
viniera á lo del polo ártico[141], así como lo dije y dí por escripto en
el monesterio de la Mejorada. Las nuevas del oro que yo dije que daría
son que, día de Navidad, estando yo muy afligido, guerreado de los malos
cristianos y de Indios, en términos de dejar todo y escapar si pudiese
la vida (D. Fernando añade: saliendo al mar en una carabela pequeña), me
consoló nuestro Señor milagrosamente y dijo: _es fuerza no desmayes ni
temas_; yo proveeré en todo; los siete años _del término del oro_ no
son pasados.»
Este _término_ ó tiempo fijado del oro; esta mezcla, rara y prosaica en
la apariencia, de la religión y de un interés puramente material, exige
alguna explicación, con más motivo, por ser uno de los rasgos del
carácter de Cristóbal Colón el fácil acomodamiento del misticismo
teológico á las necesidades de una sociedad corrompida, á las exigencias
de una corte siempre exhausta de recursos á causa de las guerras y de
irreflexivas prodigalidades. Ciertamente, Fernando é Isabel declaraban
(Navarrete, t. II, pág. 263) que continuarían la exploración de las
nuevas tierras descubiertas, aunque no ofrecieran más que «rocas y
piedras sin valor, siempre que con la conquista se extendiera la fe».
Este desinterés no fué sincero ni de larga duración.
La carta que Colón dirigió al papa Alejandro VI, en 1502, nos prueba
que, desde la vuelta de su primer viaje, «prometió á los Monarcas que
para conquistar y libertar el Santo Sepulcro, mantendría (con el
producto de sus descubrimientos), durante siete años, cincuenta mil
infantes y cinco mil caballos y un número igual durante otros cinco
años. Colón calculaba entonces el producto anual del oro en ciento
veinte quintales, pero añadía prudentemente «que Satán ha impedido que
sus promesas fuesen mejor cumplidas».
En el Diario del primer viaje hay indicios de estos mismos proyectos de
conquistas en Tierra Santa. «Los que dejo en la isla (Haïti), escribe
Colón el 26 de Diciembre de 1492, reunirán fácilmente un tonel de oro,
que encontraré al volver de Castilla, y antes de tres años se podrá
emprender la conquista de la Casa Santa y de Jerusalén; que así protesté
á Vuestras Altezas que toda la ganancia desta _mi_ empresa se gastase en
la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas se rieron y dijeron que
les placía, y que, sin esto, tenían aquella gana.»
Esta última frase refiérese á la quimérica empresa que germinaba acaso
en el ánimo de Fernando y de Isabel, y que caracteriza la época y el
país donde el triunfo sobre otra raza parecía no tener mérito sino
suprimiendo la creencia enemiga.
En 1489, durante el sitio de Baza, cuya toma aceleraba la destrucción
del pequeño reino de Granada, último refugio del poder árabe, después de
la batalla de las Navas de Tolosa, dos pobres monjes del convento del
Santo Sepulcro presentáronse inesperadamente en el campamento español.
Uno de ellos era el guardián del convento de Jerusalén, fray Antonio
Millán, y traía un mensaje del Sultán de Egipto amenazando con dar
muerte á todos los cristianos de Egipto, de Palestina y de Siria, y
arrasar los Santos Lugares, si los Reyes Católicos no cesaban de
hostilizar á los creyentes del Profeta.
El Rey de Nápoles, á quien se acusaba[142] de ser afecto al Sultán,
aconsejó con empeño ceder á la imperiosa necesidad. La amenaza del
Sultán hizo, al parecer, profunda impresión en el ánimo de la Reina y
en el de Colón. Isabel dotó entonces el convento de Franciscanos, que
tiene la guarda del Santo Sepulcro, con una renta anual de mil ducados
de oro[143]. Colón, por su parte, entrevió la posibilidad de una nueva
tentativa de cruzada, como consecuencia del vencimiento de los moros en
España, y relacionó hábilmente con este proyecto el incentivo de las
riquezas que prometía como resultado de la expedición que le preocupaba
con tanta tenacidad. El dar á su empresa el doble motivo religioso de
convertir los súbditos del Gran Khan, á quienes se suponía ávidos de oir
la predicación de la fe, y de contribuir con las sumas que
proporcionaría la India al Tesoro agotado por la guerra, para librar más
fácilmente á Jerusalén del yugo musulmán, era ennoblecerla.
«La conquista del Santo Sepulcro es tanto más urgente, escribe Colón
doce años después de la toma de Baza, en el fragmento místico del libro
de las _Profecías_, cuanto que todo anuncia, segun los cálculos
exactísimos del cardenal d’Ailly, la conversión próxima de todas las
sectas, la llegada del Antecristo y la destruccion del mundo»[144]. La
época de está destrucción caía, como antes he dicho, entre la muerte de
Descartes y la de Pascal, dos de los filósofos que más han honrado la
inteligencia humana.
Dícese que los hombres superiores dominan su siglo; pero por grande que
sea la influencia que ejercen, sea por la energía y el temple de su
carácter, ó, como Colón, por crear una de esas ideas que cambian el
aspecto de las cosas, los hombres superiores sufren, como los demás, las
condiciones de los tiempos en que viven. Para juzgar equitativamente al
Almirante es preciso no olvidar el imperio que entonces ejercía el
sentimiento del _deber_ de la intolerancia religiosa y la satisfacción
que producía la violencia y el abuso del poder, cuando parecían
justificados por el éxito. Extranjero Colón en España, manteniendo en
las relaciones de la vida privada la reserva y hábil circunspección de
su país natal, no por ello dejó de adoptar en la vida pública las
opiniones y preocupaciones de la corte de Fernando é Isabel. Italiano
convertido en español en la época memorable de la gran lucha con los
moros y del sanguinario triunfo del cristianismo sobre los musulmanes y
los judíos, debió producirle, por la vivacidad y vigor incultos de su
carácter, grandísima impresión un acontecimiento hijo de la fuerza y de
la astucia.
Próxima Italia á ver sucumbir su independencia y su libertad por la
invasión de Carlos VIII, vivía entregada á debates de intereses civiles.
El fervor teológico que caracteriza á Colón no procedía, pues, de
Italia, de este país republicano, comerciante, ávido de riquezas, donde
el célebre marino había pasado su infancia; se lo inspiraron su estancia
en Andalucía y en Granada, sus íntimas relaciones con los monjes del
convento de la Rábida, que fueron sus más queridos y útiles amigos.
Tal era su devoción que, á la vuelta del segundo viaje, en 1496, se le
vió en las calles de Sevilla con hábito de monje de San Francisco. La fe
era para Colón una fuente de variadas inspiraciones; mantenía su audacia
ante el peligro más inminente, y mitigaba el dolor de largos períodos
de adversa fortuna con el encanto de ensueños ascéticos. Pudiera, pues,
su fe llamarse fe de la vida activa, mezclada por extraña manera á todos
los intereses mundanos del siglo; fe que se acomodaba á la ambición y á
la codicia de los cortesanos; fe que justificaba en caso necesario, y
con pretexto de un fin religioso, el empleo del engaño y el abuso del
poder despótico.
Realizada la gran obra de la independencia de la Península con la caída
del último reino de los moros, la creencia religiosa, que se confundía
con la nacionalidad[145], y se mostraba exclusiva é inexorable en su
sistema de propaganda, imprimió carácter de rigor y severidad á la
conquista de América. Apenas hacía cuarenta días que Colón había puesto
el pie en esta nueva tierra, y ya escribe en su Diario: «Y digo que
Vuestras Altezas no deben consentir que aquí trate ni faga pie ningún
extranjero, salvo católicos cristianos, pues esto fué el fin y el
comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de la
Religión cristiana, ni venir á estas partes ninguno que no sea buen
cristiano.» Obrar de otra manera sería oponerse á la voluntad divina,
porque Colón se consideraba elegido por la Providencia para realizar
grandes empresas, «para propagar la fe en las tierras del Gran Khan»,
para procurar, por el descubrimiento de ricas comarcas en Asia, los
fondos necesarios á la conquista del Santo Sepulcro, y ese oro, «que
sirve para todo, hasta para sacar las almas del Purgatorio». «Dios
nuestro Señor,» dice un fragmento de carta dirigida al rey Fernando poco
tiempo antes de su muerte, «milagrosamente me envió acá porque yo
sirviese á Vuestra Alteza; dije milagrosamente, porque fuí á aportar á
Portugal, donde el Rey de allí entendía en el descubrir más que otro; él
le atajó la vista, oído y todos los sentidos, que en catorce años no le
pude hacer entender lo que yo dije.»
Estas ideas de apostolado y de inspiraciones divinas que con tanta
frecuencia expone Colón en su lenguaje figurado, corresponden á un siglo
que se refleja en él y al país que llegó á ser su segunda patria. Nótase
en Colón, al lado de la originalidad propia de su carácter, la acción de
las doctrinas dominantes en su época, doctrinas que realizaron, por
medio de leyes inhumanas, la proscripción completa de dos pueblos, el de
los moros y el de los judíos.
Examinando los motivos de esta intolerancia religiosa, se comprende que
el fanatismo de entonces, á pesar de su violencia, no tenía el candor de
un sentimiento exaltado. Mezclado á todos los intereses materiales y á
los vicios de la sociedad, guiábalo, especialmente en los hombres que
ejercían el poder, una sórdida avaricia y las necesidades y dificultades
ocasionadas por una política inquieta y tortuosa, por expediciones
lejanas y por dilapidaciones de la fortuna del Estado. Una gran
complicación de posiciones y deberes impuestos por la Corte tendía á
viciar insensiblemente las almas más generosas. Las personas colocadas
en una esfera elevada, dependiendo del favor del Gobierno, ajustaban sus
actos según la opinión del siglo y los principios que justificaban, al
parecer, la autoridad soberana.
Los crímenes que en la conquista de América, después de la muerte de
Colón, han manchado los anales del género humano, no dependieron tanto
de la rudeza de las costumbres y del ardimiento de las pasiones, como de
los cálculos fríos de la avaricia, de una prudencia recelosa y del
exceso de rigor empleado en todas las épocas con pretexto de asegurar el
poder y de consolidar el edificio social.