VI.

Configuración de las islas y causas geológicas que influyeron,

al parecer, en esta configuración en el mar de las Antillas. --

Situación del paraíso terrestre según Colón. -- Es el primero que

observa una erupción del volcán de Tenerife.

Colón atribuye la multitud de islas que hay en el Mar de las Antillas y

su configuración uniforme á la dirección y fuerza de la corriente

ecuatorial. «Muy conocido tengo, dice, que las aguas de la mar llevan su

curso de Oriente á Occidente con los cielos, y que allí, en esta

comarca, cuando pasan, llevan más veloce camino, y por esto han comido

tanta parte de la tierra, porque por eso son acá tantas islas y ellas

mismas hacen desto testimonio, porque todas á una mano son largas de

Poniente á Levante, y Norueste á Sueste[68], que es un poco más alto y

bajo, y angostas de Norte á Sur y Nordeste á Sudeste, que son en

contrario de los otros dichos vientos. Verdad es que parece en algunos

lugares que las aguas no hagan este curso (E.-O.); mas esto no es, salvo

particularmente en algunos lugares donde alguna tierra (promontorio) le

está al encuentro y hace parecer que andan diversos caminos.»

Luchando contra las corrientes en la abertura del pequeño golfo de

Paria, reconoció Colón «que la antigua isla de Trinidad y la Tierra de

Gracia (el continente) formaban una masa contínua»; y añade: «Sus

Altezas se persuadirán (de la certeza de esta suposición) en vista de la

_pintura de la tierra_ que les envío.» Este mapa ó _pintura de la

tierra_ llegó á ser un documento importante en el pleito[69] contra D.

Diego Colón.

Si tales ideas sobre la configuración de las islas, considerada como

efecto de la dirección constante de las corrientes pelásgicas, están de

acuerdo con los principios de la geología positiva, en cambio la

hipótesis de la irregularidad de la figura de la tierra y de la

protuberancia (_como teta de mujer ó pezón de pera_) hacia el

promontorio de Paria y el delta del Orinoco, deducida de las falsas

medidas de declinación de la estrella polar, indica en Colón, como antes

hemos dicho, pobreza de conocimientos matemáticos y un extravío de

imaginación que realmente nos sorprende.

Esta suposición «de una gran altura á la que se sube navegando desde las

Azores al Suroeste hacia las bocas del Dragón á la _extremidad de

Oriente_», relaciónase además en el ánimo del Almirante con la

persuasión de que el _Paraíso terrestre_ está situado en aquellos

lugares. He aquí cómo se expresa en la célebre carta á los Monarcas

españoles, fechada en Haïti (Octubre de 1498): «La Sacra Escriptura

testifica que nuestro Señor hizo al Paraíso terrenal y en él puso el

árbol de la vida, y de él sale una fuente de donde resultan en este

mundo cuatro ríos principales: Ganges, en India; Tigris y Eufrates en

(aquí faltan algunas palabras en la copia hecha por el obispo Bartolomé

de las Casas) los cuales apartan la sierra y hacen la Mesopotamia y van

á tener (terminar) en Persia, y el Nilo que nace en Etiopía y va en la

mar en Alejandría.

»Yo no hallo ni jamás he hallado escriptura de latinos ni de griegos que

certificadamente diga el sitio en este mundo del Paraíso terrenal, ni

visto en ningún mapa mundo, salvo, situado con autoridad de argumento.

Algunos le ponían allí donde son las fuentes del Nilo en Etiopía; mas

otros anduvieron todas estas tierras y no hallaron conformidad dello en

la temperancia del cielo en la altura hacia el cielo porque se pudiese

comprender que él era allí, ni que las aguas del diluvio hubiesen

llegado allí, las cuales subieron encima. Algunos gentiles quisieron

decir por argumentos, que él era en las islas Fortunatas, que son las

Canarias..... San Isidoro y Beda y Strabo y el Maestro de la historia

escolástica (sin duda el abate de Reichenau) y San Ambrosio y Scoto, y

todos los santos teólogos conciertan que el Paraíso terrenal es en el

Oriente..... Ya dije lo que yo hallaba de este hemisferio (occidental) y

de la hechura (alude á la protuberancia), y creo que si yo pasara por

debajo de la línea equinocial, que en llegando allí en esto más alto

(del globo) que fallara muy mayor temperancia y diversidad en las

estrellas (en sus distancias polares aparentes) y en las aguas (que allí

serán más dulces); no porque yo crea que allí donde es el altura del

extremo (¿de Oriente?) sea navegable ni agua, ni que se pueda subir allá,

porque creo que allí es el Paraíso terrenal á donde no puede llegar

nadie, salvo por voluntad Divina, y creo que esta tierra que agora

mandaron descubrir Vuestras Altezas sea grandísima y haya otras muchas

en el Austro de que jamás se hobo noticia.

»Yo no tomo que el Paraíso terrenal sea en forma de montaña áspera como

el escribir dello nos amuestra, salvo quel sea en el colmo allí donde

dije la figura del pezón de la pera (Colón compara la protuberancia

parcial, la irregularidad en la figura esférica del globo, unas veces á

la teta de una mujer, y otras al pedículo de una pera), y que poco á

poco, andando hacia allí desde muy lejos se va subiendo á él; y creo que

nadie no podría llegar al colmo como yo dije, y creo que pueda salir de

allí esa agua (de las bocas de la Sierpe y del Drago), bien que sea

lejos y venga á parar allí donde yo vengo, y faga este lago. Grandes

indicios son éstos del Paraíso terrenal (de su proximidad), porque el

sitio es conforme á la opinión de estos santos e sanos teólogos, y

asimismo las señales son muy conformes, que yo jamás leí que tanta

cantidad de agua dulce fuese así adentro é vecina con la salada[70]; y

en ello ayuda asimismo la suavísima temperancia, y si de allí del

Paraíso no sale[71], parece aun mayor maravilla, porque no creo que se

sepa en el mundo de río[72] tan grande y tan fondo.» (Las Casas añade:

_dice verdad_.)

Estas ideas de Colón, tuvieron al parecer, muy poco éxito en España y en

Italia donde empezaba á germinar el escepticismo en materias religiosas.

Pedro Mártir, en sus _Oceánicas_ dedicadas al papa León X, las llama

«fábulas en que no hay para qué detenerse»[73]. Don Fernando Colón en la

_Vida del Almirante_ nada dice de estas conjeturas de su padre.

En mi obra _Cuadros de la Naturaleza_, tomo I, página 160, atribuí

erróneamente las ilusiones de Colón sobre el Paraíso terrestre á la

poética imaginación del navegante, cuando en realidad son reflejo de una

falsa erudición y están relacionadas con un complicado sistema de

cosmología cristiana expuesto por los Padres de la Iglesia, sistema que

daré á conocer insertando á continuación un fragmento de carta que

recibí de mi sabio é ilustre amigo Mr. Letronne. Dice así:

«Me pedís aclaraciones acerca de la posición que los Padres de la

Iglesia asignaron al Paraíso terrenal y sobre las nociones geográficas

que originaron sus ideas en este punto. Respondo á vuestro deseo

enviándoos el extracto de una Memoria que he leído en la Academia de

Inscripciones y Bellas letras durante el año de 1826 y que quedó

inédita, porque la destinaba á formar parte de obra más extensa y no

quise publicarla aparte.

»Las opiniones de los Padres de la Iglesia, en este punto, pueden

reducirse á dos, que son las principales; una sitúa el Paraíso terrenal

en nuestra tierra habitable, y otra lo supone en la _Antichthonia_ ó

tierra opuesta á la habitable.

»I.--Situación del Paraíso al Oriente de la tierra habitable.

»Los que le sitúan en nuestra tierra habitable, suponen que ocupaba _la

parte más Oriental_, fundándose en las palabras del Génesis, versión de

los Setenta: «Dios había plantado hacia Oriente un jardín delicioso»

(_Génesis_, II, 7). Por consecuencia de tal texto, Josefo (_Ant_.

_jud._, I, 1, 3) y los primeros Padres griegos estuvieron de acuerdo en

situar el Paraíso hacia las fuentes del Indo y del Ganges (cf. LUD.

VIVES _ad_ S. AUG., _De Civ. Dei_, t. II, pág. 50). Esta opinión llegó á

ser generalmente admitida durante toda la Edad Media. Se la encuentra en

el anónimo de Ravena (I, 6, pág. 14), y está claramente expresada en el

mapa de Andrés Bianco. Á causa de esta idea tan extendida, al llegar

Colón á la costa de América meridional, creyó haber llegado al Paraíso

terrestre.

»Pero la citada noción presentaba graves dificultades. Según las

palabras terminantes del _Génesis_, dos de los ríos del Paraíso eran el

_Tigris_ y el _Eufrates_, y no cabe comprender nacieran en el lugar de

delicias que se suponía situado en la India. Otro de los ríos, _Gihon_ ó

_Geon_, rodeaba la Etiopía (_Gén._, II, 13), y según Jeremías, el Geon

es el Nilo (II, 28). También los Padres de la Iglesia están de acuerdo

en la identidad de este río con el de Egipto, aunque se veían obligados

á admitir que el _Geon_ era el Indo ó el Ganges.

»Para resolver estas enormes dificultades, recurrióse á la opinión del

curso subterráneo de los ríos, y se imaginó que el Tigris y el Eufrates

nacían en la India, donde estaba el Paraíso terrestre y, ocultándose

bajo tierra, iban por canales invisibles hasta las montañas de Armenia y

Etiopía, donde aparecían de nuevo. Así lo dicen Teodoreto (_in Gén.

Opp_., t. I, pág. 28, B.C.), el anónimo de Ravena (I, 8, página 19), el

autor de un fragmento sobre el Paraíso (ap Salm. _Ex. Pl._, pág. 488,

col. I, B.), y otros escritores.

»Análoga opinión expone Severiano de Gabala, que supone ser el _Phison_

el Danubio (_De Creat. Mundi_, página 267, A.), lo mismo que el

historiador León Diacre (VIII, 1, pág. 80, A. ed. Hase). Este gran río

venía de la India por debajo de tierra, y aparecía por las montañas

célticas, como el Geon por las de Etiopía, después de haber corrido por

debajo del Océano indio, viaje que Philostorgo juzga de fácil

comprensión (_Hist. Eccles._, III, 10). De esta manera se explicaba

también cómo el _Geon_, según la frase de Moisés, _rodeaba la Etiopía_.

»Ahora bien; esta explicación, que nos parece tan rara, debieran

juzgarla muy natural los Padres de la Iglesia, admitiéndola por ser

cómoda solución de una grave dificultad, y porque la idea del curso

subterráneo de los ríos, consagrada en las antiguas tradiciones de

Grecia, penetró en todos los espíritus, viéndose que la admiten, sin

esfuerzo alguno, historiadores y geógrafos en épocas relativamente

recientes.

»Pomponio Mela, por ejemplo, copiando ideas de sus antecesores, admite

que el Nilo nace en la _Antichthonia_, separada de nosotros por el mar,

pasando por debajo del lecho del Océano, y que llega á la alta Etiopía,

bajando desde allí al Egipto (I, 9, 52). Esta opinión no difiere mucho

de la de Philostorgo. Prescindiendo de la supuesta unión del Inacho de

la Acarnania con el de la Elida, del Nilo con el Inopo de Delos y de

otras opiniones locales firmemente creídas, bastará recordar que el

curso del Alpheo á Siracusa, por debajo del mar Jónico, era un hecho

admitido y reconocido por Timeo, quien refiere seriamente que un frasco

arrojado en el Alpheo había salido por la fuente de Aretusa, y por

Pausanias, que no lo dudaba y casi se enfadaría de que se dudara (V, 7,

2). Séneca confirmó también la posibilidad de estos viajes subterráneos:

_non equidem existimo diu te hæsitaturum an credas esse subterraneos

amnes et mare absconditum_, y presenta como prueba el curso del Alpheo

hasta Sicilia: _quid, cum vides Alpheum..... in Achaia mergi, et in

Sicilia rursus, transjecto mari, effundere amænissimum fontem Arethusam_

(_Quæst. nat_., III, 26, 2). No cabe, pues, admirarse de que

Eratósthenes creyera que los pantanos de Rhinocolura estaban formados

por las aguas del Tigris y del Eufrates, que llegaban allí por canales

subterráneos, largos de 6.000 estadios (STRABON, XVI, páginas 741, 742).

Todavía en tiempos de Pausanias y de Philostrato había personas que

creían que el Eufrates, después de ocultarse en los pantanos, reaparecía

con el nombre de Nilo en las montañas de la Etiopía (PAUSANIAS, II, 5,

3; PHILOSTRATO, _Vit. Apoll. Tyan_, I, 14).

»No hay, de seguro, gran distancia entre estas explicaciones y las que

después adoptaron los Santos Padres, porque las nociones de una física

tan rara penetraron más y más en los espíritus cuando hubo que acudir á

ellas para conciliar la posición conocida de los grandes ríos, el

Danubio, el Nilo, el Tigris y el Eufrates, con la atribuída al Paraíso

terrestre, por donde pasaban, lo cual sólo podía ser gracias á dichos

viajes subterráneos.

»Debo añadir que estos cursos de los ríos y su ascensión del seno de

la tierra á las montañas, no debían parecer inverosímiles, según las

ideas que toda la antigüedad se había formado del origen de los ríos,

porque se creía que en las entrañas de la tierra existían inmensos

depósitos de agua, y que ésta salía á la superficie elevada por una

fuerza de ascensión, llamada αἰώρα, análoga á la que impulsa las

materias inflamadas en las erupciones volcánicas (PLATÓN, _Phædon_,

párr. 60). La misma doctrina se advierte en el cuento de un tal

Asclepiodoto, que bajó á una mina abandonada y refirió haber visto

inmensos depósitos de agua, que eran nacimiento de grandes ríos

(SÉNECA, _Quæst. nat._, V, 15, 1). Este cuento expresaba una opinión

admitida, y quien lo inventó sabía bien que encontraría los ánimos

dispuestos á creerlo. De la misma idea se ha valido Virgilio en las

_Geórgicas_, cuando supone que Aristeo vió en el palacio de su madre

las fuentes de los ríos más lejanos, el Phase, el Lyco, el Tíber, el

Teverone, el Hyspanis, el Caico, el Eridan, etc. (_Gerg._, IV, v.

365-372).

»Se ve, pues, que al admitir los Padres de la Iglesia el curso

subterráneo de los ríos, para resolver una gran dificultad, limitábanse

á explicar una noción generalmente aceptada, y que, sin esfuerzo,

satisfacía á sus lectores y auditores.

»II.--Situación del Paraíso en la antichthonia.

»Esta opinión primitiva, por satisfactoria que pudiera parecer, ofrecía,

sin embargo, una dificultad grave, que obligó á algunos á buscar otro

sitio al Paraíso. Si está situado en nuestra tierra habitable, decían,

¿por qué no se ha llegado á él nunca? ¿Cómo es posible que algunos de

los viajeros que van á la Sérica no hayan tenido noticias de él? Tales

preguntas hacía Cosmas (_Top. Christ._, página 147. D.), siendo de

difícil contestación. Muchos resolvían la dificultad diciendo que Dios

no quiso se viera el Paraíso después del diluvio (BOXHORN, _ad Sulp.

Sev._, pág. 7, col. 2); pero esta solución, aunque era cómoda, no

satisfacía á todo el mundo.

»Preciso era, pues, situar el Paraíso en un lugar inaccesible á los

esfuerzos humanos, y supusieron unos que estaba en uno de los puntos más

elevados de la tierra, donde no habían llegado las aguas del diluvio,

opinión de San Ephræm que, al parecer, no desconocía Colón, según las

doctas aclaraciones expuestas en las precedentes páginas. Otros

suponían el Paraíso en una tierra situada al otro lado del Océano Indio,

en una parte opuesta á la India y al país de los Tsinas ó Tsinitza, por

tanto siempre al Oriente, κατ’ ἀνατολάς, según la expresión

literal de la cual no querían apartarse. Esta es la opinión de Cosmas,

no inventada por dicho monje, como tampoco el resto de su sistema

cosmográfico.

»Se hizo, pues, revivir por tal causa la _antichthonia_[74] ó _tierra

opuesta_ de los autores antiguos, situada en la zona austral. Esta

noción, íntimamente relacionada con las de las zonas, las tierras

oceánicas y los antípodas, por motivos muy curiosos, pero impropios del

actual extracto, esta noción, repito, de la _antichthonia_ fué siempre

distinta, al menos desde Platón, de la de las islas más ó menos alejadas

que se suponía esparcidas en el Océano. La gran _tierra meridional_, la

_antichthonia_, propiamente dicha, habitable como la nuestra, de la cual

la separa un océano, la admiten Aristóteles y Eratósthenes; Virgilio, en

_Las Geórgicas_, no ha hecho más que traducir los versos del _Hermes_

del filósofo alejandrino (_Geórg._, I, 233-239), y ésta fué la opinión

de la escuela de Alejandría, á excepción de Hipparco y de sus

partidarios; se la encuentra en el sueño de Scipión, en Manilio, Mela y

Macrobio. Al exponer este último la doctrina aristotélica de que las

dos tierras habitables, situadas una frente á la otra, están separadas

por un océano que ocupa toda la zona tórrida, añadió que dicho océano

está á su vez rodeado por cuatro tierras separadas por anchos canales,

por los cuales llegan á nuestro hemisferio las aguas del mar exterior

(_in Somn. Scip._, II, 5), idea singular que presenta una mezcla de

varias nociones fundadas en el sistema homérico, y aun sospecho que esté

tomada de algún comentador de Homero que haya querido dar una

explicación _sabia_ del río Océano y de sus _fuentes_.

»Tiene el sistema de Macrobio mucha analogía con el de Cosmas en lo

relativo á que el Océano que rodea las dos tierras habitables está á su

vez rodeado por todos lados de tierras desconocidas, y hay entre ellos

otros puntos de semejanza que sería largo referir aquí.

»Pero los que situaban el Paraíso en la _antichthonia_, para explicar

que quedara desconocido despues del diluvio, no hubieran logrado gran

cosa con esta hipótesis si al mismo tiempo no supusieran _innavegable_

el mar que separa dicha tierra de la nuestra. Á esto cuidó de proveer

Cosmas, pero haciéndose también eco de una de las opiniones más antiguas

entre los geógrafos griegos; porque admitida la existencia de tierras

_hiperoceánicas_, preciso era averiguar la causa que impedía á los

navegantes llegar á ellas.

»Cree Voss que los fenicios contribuyeron mucho á vulgarizar esta

opinión, para evitar que los navegantes de otras naciones siguieran

sus huellas. Acaso sea así; pero es lo cierto que la citada opinión

aparece en casi todas las épocas. Sesostris, en sus lejanas

navegaciones, vióse detenido por los escollos y bajos del mar

exterior (HERODOTO, II, 102). Según Píndaro, la mar es innavegable

más allá de las Columnas (III, _Nem. 97_, ibique Disse.); Eurípides

lo dice también en el _Hippolyto_ (v. 744). La expedición de Hannón

hace situar los bajos más allá de Cerné, y la de Pytheas libra

de ellos las costas occidentales de Europa. La idea del mar no

navegable aparece por todos lados. Dionisio de Halicarnaso dice que

los romanos poseen todas las tierras donde se puede entrar y todas

las costas donde _se puede_ navegar (_Ant. Rom._, I, pág. 3; I, 20,

Sylb.). Todos los mares exteriores se consideraban _innavegables_

á cierta distancia de las costas (SUIDAS, v. ἄπλωτα), á causa del

_fucus_ y de los _bajos_ (TATIAN, _ad Græcos_, pág. 76). Agathemeres

y Ptolomeo sitúan también un mar bajo entre el Océano Indio y la

costa septentrional de África. Cleomedes, posterior á ambos, dice que

los antípodas están separados de nosotros por un océano innavegable

poblado de enormes cetáceos (_Cycl. Theor._, I, 2, página 15, Balf.).

»Noción tan extendida entre los sabios del paganismo, no podía menos de

ser adoptada por algunos Santos Padres, que la juzgaban necesaria para

resolver varias dificultades de interpretación. Según Orígenes (_De

Princip. Opp._, I, pág. 81) y Clemente de Alejandría (_Strom._, V, pág.

693), San Clemente de Roma creía «en la existencia de un océano

imposible de cruzar, más allá del cual había otros mundos». Lo mismo

opinaban San Basilio, Tatieno, Constantino de Antioquia, Jornandes, Beda

el Venerable y otros muchos.

»Se ve, pues, que la opinión transmitida por Cosmas, como también la de

muchos Padres de la Iglesia, que he explicado en otro sitio (_Revue de

Deux Mondes_, 1834, Marzo, pág. 601), tenían su raíz en hipótesis

antiquísimas, muy extendidas, casi populares y que debían parecerles

razonables y concluyentes.»

En las explicaciones que preceden traza Mr. Letronne la vía por la cual

llegó á la inteligencia de Colón la idea del sitio del Paraíso

terrestre. La carta dirigida á la reina Isabel (Octubre de 1498), de la

cual he insertado anteriormente algunos párrafos, y un pasaje

notabilísimo del Diario de navegación de 1493, no dejan la menor duda de

que el Almirante seguía la opinión de los Padres de la Iglesia, que

situaban el Paraíso al Oriente de la tierra habitable[75]. No puedo, por

tanto, compartir la opinión de los que creen, quizá á causa de dos citas

de la _Divina Comedia_ que se encuentran en las cartas de Vespucci,

amigo de la familia de Colón, que éste, en sus ilusiones acerca del

sitio del Paraíso, se acordaba, no sólo de San Ambrosio, sino también de

la cosmografía de Dante. Verdad es que Colón dice que algunos describen

el Paraíso terrenal en forma de una montaña áspera, forma que tiene la

montaña del Purgatorio de Dante, cuya cima es el Paraíso de los

bienaventurados; pero en el mismo párrafo de la carta niega Colón esta

configuración, y todo el sistema de cosmografía y de teología del Dante

es diametralmente opuesto á la opinión del marino genovés.

La _Divina Comedia_ supone que antes de la caída de Lucifer, encarcelado

en el centro de la tierra (centro de gravedad ó de atracción, _punto al

qual si traggon d’ogni parte i pesi_, Infierno, XXXIV, 110), nuestro

hemisferio boreal era completamente acuático, habiendo, en cambio, una

gran masa continental en la _antichthonia_, en el hemisferio austral,

diametralmente opuesto al nuestro. Allí fué donde vivieron Adán y Eva;

en este paraíso terrestre de la _antichthonia_ era donde la _prima

gente_ gozaba (Purgatorio, I, 22) de la vista de cuatro bellas

estrellas, _luci sante_, de la cruz del Sur, que las comarcas boreales,

en su triste viudez, jamás pueden contemplar[76]. «Una espantosa

catástrofe cambió la superficie del globo. En nuestro hemisferio surgió

una gran masa continental, cuyo centro era Jerusalén y es hoy el

hemisferio _che la gran secca coverchia_; en la _antichthonia_, al

contrario, sitío del Paraíso terrestre (Purgatorio, XXVIII, 78 y 94),

toda la masa continental quedó sumergida, y el hemisferio austral se

convirtió[77] á su vez en un mar (_per paura di lui, de Lucifer, fe del

mar velo_), y como cono elevado (el Dante casi señala la cavidad que la

masa levantada ha dejado en el interior del globo) surge de las aguas la

montaña, ó mejor dicho, el islote montañoso del Purgatorio, coronado por

el Paraíso de los bienaventurados. Es, además, la _montagna bruna_ hacia

la cual navega Ulises, primero de Este á Oeste, _dietro al sol_, y

después al Sur, «hacia el hemisferio sin habitantes», y sorprende que el

ingenioso comentador Mr. Guinguené[78] reconozca en esta montaña

(Infierno, XXVI, 133) el Pico de Tenerife.

Al nombrar este volcán recordaré que á Cristóbal Colón deben los

geólogos las noticias y fecha exacta de una erupción del Pico de

Tenerife; é insisto en este hecho porque lo olvidaron completamente

hasta ahora los que se han ocupado de la historia de las erupciones del

Pico. Los fuegos de que se habla en el viaje de Hannón son indicios

bastante vagos del fuego volcánico, y pudieron muy bien ser señales para

indicar la proximidad de barcos extranjeros y sospechosos, ó efecto de

la quema de hierbas secas[79].

En diferentes ocasiones he visto en las montañas de la costa de Caracas

estas quemas, que de noche parecen corrientes de lava, ó, como dice

Hannón en lo que de su Diario ha llegado á nosotros, «torrentes de fuego

que descienden por una costa abrasada y se precipitan en el mar».

Además, los címbalos y tambores, cuyo sonido se oye en el sitio del

bosque donde brillan los grandes fuegos (cerca del golfo del _Cuerno del

Poniente_), parecen indicar más bien fiestas pastoriles que las escenas

de devastación propias de las erupciones volcánicas. El pasaje de Avieno

que Mr. Heeren ha aplicado al Pico de Tenerife no fija una localidad

bien determinada, ni alude más que á los frecuentes terremotos y al

entumecimiento del suelo en medio de un mar tranquilo[80]. Las

tradiciones más antiguas de los guanches que se conservan en la isla de

Tenerife alcanzan, según se asegura, al año de 1430; época en que

debieron surgir los collados en el camino de Orotava al puerto.

Veinticinco años después, el célebre viajero Cadamosto[81] expone, según

creo, la primera indicación exacta de la forma piramidal del Pico y de

sus erupciones; porque entre los geógrafos árabes Edrisi, Ebn-al-Uardi y

Bakui no se encuentra mencionada en las islas _Kalidat_ (_Eternas_ ó

_Afortunadas_) sino el mito de estas estatuas, cuya explicación he dado

en el tomo anterior. Cadamosto ha visto el Pico de Tenerife yendo á la

Gomera, y refiere que, con cielo claro, es visible á una distancia de 60

ó 70 leguas de España (hubiera debido decir á 34,3 leguas de 17 ½ al

grado). «_Quod cernatur insula Teneriffæ quæ eximie colitur, à longe, id

efficit acuminatus lapis adamantinus (Cadamosto vió el pilón de azúcar

del Pico en Abril, por tanto cubierto de hielos y de nieves

resplandecientes), instar pyramidis in medio._» Los que han medido la

montaña, añade el navegante veneciano, encontraron que tenía 15 leguas

(!) de altura sobre el nivel del mar. Está (interiormente) siempre

inflamada como el monte Etna, y los cristianos que gimen en esclavitud

en Tenerife han visto de vez en cuando sus fuegos[82].

Cristóbal Colón es el primero que refiere la época fija de una erupción.

En el Diario de su primer viaje dice que, pasando cerca de la isla de

Tenerife para fondear en la Gomera, «vieron salir gran fuego de la

sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta en gran manera». El hijo

de Colón, aficionado á los efectos dramáticos y á presentar el contraste

de la ignorancia de los marineros y de la instrucción del Almirante,

habla de llamas que salían de la montaña, del espanto de la gente y de

las explicaciones que Cristóbal Colón dió, «verificando su discurso con

el monte Etna, de Sicilia». El citado Diario no habla ni del espanto de

los marineros, ni de la argumentación doctrinal acerca de la nateraleza

del fuego volcánico; y Navarrete recuerda que los valerosos marinos de

Palos, Moguer y Huelva estaban habituados desde el siglo XIII á los

efectos de los volcanes de Italia. Añadiré, además, que en las costas de

España y Portugal debían ser conocidos los volcanes de las islas

Canarias, por el deplorable comercio de esclavos guanches vendidos en

los mercados de Sevilla y de Lisboa. Las frases de Cadamosto y de Colón

parécenme demasiado vagas para deducir que las erupciones fuesen en la

misma cima del Pico, del cráter que hay en el _Pilón de Azúcar_, y que

después de haber arrojado lavas de obsidiana, presenta hoy el aspecto de

una _solfatara_. Probablemente lo ocurrido en 1492 fué una de esas

erupciones laterales que el bello mapa de Mr. Buch indica cerca de

Chahorra, Arguajo y otros puntos de la costa Suroeste.

El mismo relato de la navegación de Colón guía, al parecer, al geólogo.

Los barcos estaban á la vista de las islas Canarias el 9 de Agosto, y

tenían que acercarse á tierra, porque el timón de la _Pinta_, por

accidente ó por malicia, se había roto el 6 y el 7 de Agosto. Durante

tres días impidió el viento acercarse á la Gran Canaria. Colón dejó á

Pinzón y la _Pinta_ en aquellos parajes, y dirigió el rumbo, el 12 de

Agosto, á la Gomera, situada al este de la punta meridional de Tenerife,

donde esperaba ver llegar á doña Beatriz de Bobadilla, que estaba en la

Gran Canaria y á quien quería comprar un barco de 40 toneladas, en el

que esta señora había ido de España. Después de esperar en vano dos

días, resolvió Colón ir en busca de doña Beatriz á la Gran Canaria.

Partió de la Gomera el 23 de Agosto, y al dia siguiente, en la noche del

24 al 25 de Agosto de 1492, encontrándose cerca de Tenerife, vió la

erupción.

Resulta de dicha explicación, según observa mi ilustre amigo Mr.

Leopoldo de Buch en carta que me escribe sobre este asunto, que el

Almirante pasó (por el camino más corto) al Sur de Tenerife, y no al

Norte, por donde el viento de Noreste le hubiera impedido avanzar

durante el día; y resulta también que las llamas salían por la parte

Sur. Si la erupción lateral fuera cerca del puerto de Orotava, la mole

del Pico la hubiese ocultado á la vista del Almirante en la dirección

SO.-NE. La denominación genérica de _sierra_[83] que encuentro en el

Diario de la primera navegación, en vez de la palabra _picacho_, que se

aplica más comúnmente á un cono enhiesto, parece designar _la parte

montañosa_ de la isla, y no especialmente el _Pilón de Azúcar_, la

_Pirámide_ ó el _lapis adamantinus_ de Cadamosto[84].

Es accidente raro, pero afortunado, que los navegantes célebres sean

testigos de erupciones volcánicas cuya fecha exacta no se sabría sin la

publicación de sus Diarios de viaje. Colón vió los fuegos de Tenerife el

24 de Agosto de 1492; Sarmiento[85] los de la isla de San Jorge, del

archipiélago de las Azores, entre Tercera y Pico, el 1.º de Junio de

1580.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 10 / 42 题