_Atentado del Zagal contra la vida de Boabdil, y resolucion que
tomó éste á consecuencia._
Apenas habia llegado á la otra parte de la sierra de Elvira el último
escuadron de la caballería cristiana que se retiraba, cuando estalló
la cólera, largo tiempo reprimida, del viejo Muley el Zagal. Resuelto
á exterminar por cualesquiera medios á Boabdil y sus confederados,
revolvió furioso contra ellos: á unos castigó con la confiscacion
de sus bienes, á otros con destierros, á otros con la muerte. Pero
Boabdil se habia vuelto á refugiarse en Velez el blanco, donde,
á la sombra de su protector Fernando, esperaba que la fortuna,
mostrándose mas propicia, le llamase á nuevas empresas. El Zagal
que le miraba como punto de reunion de sus contrarios, y deseaba su
perdicion, se valió, para efectuarla, de los medios mas infames. Le
envió embajadores, brindándole con la paz, por ser asi necesario al
bien de entrambos y á la salvacion del reino; y aun ofreció dejar el
título de Rey y hacerse su vasallo; pero estos mismos embajadores que
traian un mensage tan plausible, venian provistos de yerbas para
envenenarle; y si ésto no se conseguia, tenian órden para acabar con
él abiertamente con sus puñales. Boabdil, advertido secretamente de
esta traicion, se negó á dar audiencia á los embajadores, denunció
á su tio como usurpador y fratricida, y declaró su resolucion de no
ceder en su enemistad contra él, hasta poner su cabeza sobre las
puertas de la Alhambra.
Asi volvió á encenderse la guerra entre los dos Monarcas. Favorecia
el Rey Católico á Boabdil, mandando á todos sus capitanes y alcaides
le ayudasen en sus empresas contra su tio; y don Juan de Benavides,
que mandaba en Loja, hizo varias entradas en nombre de aquel por
tierras de Almería, Baza y Guadix, que reconocian al Zagal. Pero
contra los esfuerzos de Boabdil prevalecian tres males que le
aquejaban: la inconstancia de su pueblo, el odio de su tio, y su
alianza con Fernando. Las ciudades le cerraban las puertas, sus
vasallos le maldecian, y aun los pocos caballeros que hasta ahora
le habian seguido lo iban abandonando. Con la mengua de su fortuna
desfallecian el ánimo y las esperanzas del jóven Rey, y temia quedar
en breve sin un palmo de tierra donde plantar su estandarte, y sin un
partidario que le siguiese.
Tal era el abatimiento en que se hallaba, cuando recibió cartas de su
madre, la magnánima sultana Aixa, afeándole que andubiese rondando
cobardemente los confines de su reino mientras un usurpador estaba
enseñoreado de su capital, y que se valiese de socorros extranjeros,
habiendo en Granada corazones leales, prontos á sacrificarse en su
servicio. “El Albaicin, le decia, solo aguarda que llegues para
abrirte sus puertas: anímate pues á un esfuerzo vigoroso; y sea
el golpe decisivo, para que todo se remedie ó para que se pierda
todo. ¡Reinar ó morir! hé aqui la ley que el honor prescribe á los
Monarcas.”
La falta de resolucion era el defecto principal en la índole
de Boabdil; pero hay ocasiones en que aun los mas indecisos se
determinan, y entonces suelen éstos obrar con una energía que no se
encuentra en caractéres mas resueltos. La exhortacion de la sultana
le despertó como de un letargo. Granada con todos sus atractivos y
delicias, con su Alhambra, sus claras fuentes y floridos jardines,
se representó vivamente á su imaginacion “¡Pátria querida!, exclamó,
¡paraiso de mis padres! ¿por qué culpa se me destierra de tí? ¿y
por qué en mis propios dominios he de vivir peregrino y fugitivo,
mientras un bárbaro usurpador ciñe orgullosamente mi corona? Alá, que
protege al justo, sin duda defenderá mi causa: un solo golpe y todo
será mio.”
Reuniendo á los pocos caballeros de su bando, les dijo: “¿Quién de
vosotros quiere seguir á su Soberano hasta la muerte?” y todos sin
excepcion echaron mano á la cimitarra. “¡Basta, dijo Boabdil, cada
uno se aperciba secretamente á una empresa de gran trabajo y peligro:
si triunfamos, nuestra recompensa es un imperio!”
[Ilustración]