CAPÍTULO XXXVI.

_De la nueva tala que hizo el Rey católico en la vega de Granada,

y de la suerte de los dos hermanos moros._

Desde la muerte sospechosa del Rey viejo Aben Hazen, todo le sucedia

malamente á Muley el Zagal. La fortuna parecia haber abandonado sus

banderas; el crédito que tenia con el pueblo declinaba mas cada dia,

y los ejércitos cristianos, señoreándose por su territorio, tomaban

sus fortalezas, y asolaban la vega, sin que se atreviese él á marchar

á contenerlos por el temor de las novedades que en su ausencia

pudiera intentar el partido contrario del Albaicin.

Pocos dias se pasaban que no llegasen á la capital los infelices

moradores de algun pueblo conquistado, trayendo la poca hacienda que

les quedaba, y lamentando la desolacion de sus hogares. La noticia

de la pérdida de Illora y de Moclin, aterró á los granadinos, que

prorrumpiendo en exclamaciones, decian: “¡El ojo derecho de Granada

se extinguió!, ¡rompióse el escudo de Granada!, ¿quién ahora nos

defenderá del enemigo?” Irritado el pueblo contra los miserables

restos de las guarniciones de estas plazas, viéndolos llegar con

ánimo decaido, sin armas ni banderas, los llenaba de vituperios;

mas ellos respondian: “Hemos peleado mientras tuvimos fuerzas para

pelear, y muros que nos defendiesen: pero el cristiano postró por el

suelo nuestras torres y baluartes, y nunca llegaron los socorros que

esperábamos de Granada.”

Los alcaides de Illora y Moclin eran hermanos, iguales en proezas,

y de los mas valientes entre los caballeros granadinos. Diestros en

los torneos y afortunados en la guerra, habian sido las delicias del

pueblo, que no habia mucho los seguia con aclamaciones. Mas ahora,

con la mudanza de su fortuna, los aplausos de la inconstante plebe

se habian vuelto vituperios; ingratitud que llenó de indignacion á

los alcaides. Teniéndose entonces noticia de que Fernando avanzaba

con una hueste triunfante para asolar la tierra en derredor de la

capital, los dos hermanos, viendo que el Zagal no se movia para salir

á su encuentro, se presentaron al Monarca. “Señor, le dijeron, hemos

defendido vuestras fortalezas hasta quedar casi sepultados en sus

ruinas, y nuestro premio solo ha sido injurias y baldones. Dadnos

ocasion en que podamos mostrar el valor de caballeros: dadnos tropa

para salir contra el enemigo, que ya se acerca, y nuestra sea la

afrenta si no salimos con honor de la batalla.” Accedió el Zagal

á sus deseos, y salieron los hermanos á la cabeza de una fuerza

considerable de peones y caballos. El pueblo, viendo pasar aquellos

estandartes tan conocidos, no dejó de mostrar alguna satisfaccion;

pero los alcaides con semblante severo, siguieron adelante sin darse

por entendidos; porque sabian que los mismos que ahora los aclamaban,

serian los primeros á maldecirlos si volviesen con desgracia.

El ejército de Fernando habia llegado hasta dos leguas de Granada, y

la vanguardia, conducida por el marqués de Cádiz, se hallaba cerca

del Puente de Pinos, paso famoso por donde los Reyes de Castilla

hacian sus entradas en las guerras con los moros; y muy conocido

por los muchos sangrientos combates que alli se habian dado. Aqui

era donde el enemigo esperaba triunfar de los cristianos, á quienes

atacó vigorosamente, saliendo contra la division del marqués de Cádiz

con grandes alaridos y con una furia extraordinaria. Á la entrada

del puente fue donde mas se encendió la pelea; pues unos y otros

sabian la importancia de este paso. El Rey, que estaba mirando el

combate desde una altura donde se habia colocado con el grueso de

su ejército, notó con particularidad las proezas de dos caballeros

moros, iguales en armas y divisas, que mostraban ser gefes entre los

suyos. Éstos eran los dos hermanos, alcaides de Illora y Moclin, los

cuales donde quiera que llegaban difundian el terror y la muerte,

peleando con tal valor, que parecia desesperacion. Fueron contra

ellos el conde de Cabra y don Martin de Córdoba; pero avanzando

indiscretamente, se vieron rodeados por el enemigo, y en el mayor

peligro. Un jóven caballero cristiano, advirtiendo el apuro en que se

hallaban, corrió á socorrerlos, y en él reconoció el Rey á don Juan

de Aragon, conde de Ribagorza, su sobrino. Montado en un soberbio

caballo, y con armas resplandecientes, acudia don Juan á todas

partes; y aunque le mataron el caballo, todavia con la ayuda de sus

gentes sacó de aquel empeño al conde de Cabra, y contuvo al enemigo,

que ya empezaba á envolver á los cristianos.

El Rey, viendo el peligro de sus gentes, hizo avanzar la batalla Real

en su socorro. Á su llegada, cedió el enemigo, y se retiró hácia el

puente. Los dos capitanes moros hicieron los mayores esfuerzos para

reanimar sus soldados; pero solo pudieron conseguir, á fuerza de

ruegos y amenazas, reunir algunos pocos, con los cuales defendieron

el puente con ánimo notable, hasta que todos quedaron muertos en el

sitio: los dos hermanos cayeron con mil heridas, cubriendo con sus

cuerpos el paso que tan animosamente habian defendido.

Instruido el pueblo de Granada del heroismo con que estos dos

guerreros se habian sacrificado por la pátria, concibieron un dolor

profundo; y para perpetuar la memoria de tan esclarecido hecho,

erigieron junto al puente una columna, que por mucho tiempo se llamó

“El sepulcro de los Hermanos.”

El ejército de Fernando, prosiguiendo su marcha, llegó hasta las

mismas puertas de Granada, y derramándose por la vega taló los panes,

viñas y olivares, y destruyó cuanto habia en derredor, convirtiendo

aquel paraiso terrestre en un desierto. Estando los cristianos

ocupados en estas operaciones, habia salido de la ciudad un cuerpo

de caballería de mil y quinientos hombres y algunos batallones de

infantería, los cuales, apostándose en unas huertas cortadas por

muchas acequias, y rodeadas de olivares, esperaban la ocasion de

atacar con ventaja al enemigo. Esta pareció ofrecerse al pasar por

alli el duque del Infantado con sus dos batallas de hombres de armas

y de ginetes, acompañándole don García Osorio, obispo de Jaen, y

Francisco Bobadilla con las gentes de dicha ciudad, Andujar, Úbeda

y Baeza[58]. Los moros que en la guerra usaban mucho de ardides y

estratagemas, viendo el buen órden que llevaban los del duque, no

osaron acometerlos, y dejando pasar de mal talante aquellos lucidos

batallones, salieron contra las últimas escuadras del Obispo.

Despues de escaramuzar con ellas un rato, fingieron los moros huir

y se metieron por una huerta llamada del Rey, donde entraron con

ellos los cristianos, que los perseguian con ciega precipitacion.

Viendo aquellos á sus contrarios comprometidos en las espesuras de

la huerta, soltaron el rio Guadalgenil, para que corriese por una

acequia grande que rodeaba todo aquel circuito, y en un momento

se vieron aquellos caballeros atajados por el agua, y de nuevo

acometidos por el enemigo. En la confusion que se siguió aun los

mas valientes no acertaban á defenderse; muchos se arrojaron al

agua para pasar la acequia, y algunos se ahogaron con sus caballos.

Felizmente el duque del Infantado advirtió á tiempo el peligro de sus

compañeros, y acudiendo á su socorro con la caballería ligera, los

libró de aquel peligro. Los moros, forzados á huir, se alejaron por

el camino de Elvira, persiguiéndolos el Duque hasta cerca de Granada.

[58] Pulgar parte III. c. 62.

Concluida la tala en circuito de la capital, salió de la vega

Fernando con toda su hueste por el puerto de Lope, y se dirigió á

Moclin, para reunirse con la Reina. El gobierno de las plazas recien

conquistadas se confió á don Fadrique de Toledo, despues tan célebre

en Flandes bajo el título de duque de Alba[59]; y terminando asi

felizmente esta campaña, regresaron los Reyes en triunfo á la ciudad

de Córdoba.

[59] El célebre duque de Alba no nació hasta 1508, y seria nieto

del que aqui se cita.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 37 / 50 题