_De la nueva tala que hizo el Rey católico en la vega de Granada,
y de la suerte de los dos hermanos moros._
Desde la muerte sospechosa del Rey viejo Aben Hazen, todo le sucedia
malamente á Muley el Zagal. La fortuna parecia haber abandonado sus
banderas; el crédito que tenia con el pueblo declinaba mas cada dia,
y los ejércitos cristianos, señoreándose por su territorio, tomaban
sus fortalezas, y asolaban la vega, sin que se atreviese él á marchar
á contenerlos por el temor de las novedades que en su ausencia
pudiera intentar el partido contrario del Albaicin.
Pocos dias se pasaban que no llegasen á la capital los infelices
moradores de algun pueblo conquistado, trayendo la poca hacienda que
les quedaba, y lamentando la desolacion de sus hogares. La noticia
de la pérdida de Illora y de Moclin, aterró á los granadinos, que
prorrumpiendo en exclamaciones, decian: “¡El ojo derecho de Granada
se extinguió!, ¡rompióse el escudo de Granada!, ¿quién ahora nos
defenderá del enemigo?” Irritado el pueblo contra los miserables
restos de las guarniciones de estas plazas, viéndolos llegar con
ánimo decaido, sin armas ni banderas, los llenaba de vituperios;
mas ellos respondian: “Hemos peleado mientras tuvimos fuerzas para
pelear, y muros que nos defendiesen: pero el cristiano postró por el
suelo nuestras torres y baluartes, y nunca llegaron los socorros que
esperábamos de Granada.”
Los alcaides de Illora y Moclin eran hermanos, iguales en proezas,
y de los mas valientes entre los caballeros granadinos. Diestros en
los torneos y afortunados en la guerra, habian sido las delicias del
pueblo, que no habia mucho los seguia con aclamaciones. Mas ahora,
con la mudanza de su fortuna, los aplausos de la inconstante plebe
se habian vuelto vituperios; ingratitud que llenó de indignacion á
los alcaides. Teniéndose entonces noticia de que Fernando avanzaba
con una hueste triunfante para asolar la tierra en derredor de la
capital, los dos hermanos, viendo que el Zagal no se movia para salir
á su encuentro, se presentaron al Monarca. “Señor, le dijeron, hemos
defendido vuestras fortalezas hasta quedar casi sepultados en sus
ruinas, y nuestro premio solo ha sido injurias y baldones. Dadnos
ocasion en que podamos mostrar el valor de caballeros: dadnos tropa
para salir contra el enemigo, que ya se acerca, y nuestra sea la
afrenta si no salimos con honor de la batalla.” Accedió el Zagal
á sus deseos, y salieron los hermanos á la cabeza de una fuerza
considerable de peones y caballos. El pueblo, viendo pasar aquellos
estandartes tan conocidos, no dejó de mostrar alguna satisfaccion;
pero los alcaides con semblante severo, siguieron adelante sin darse
por entendidos; porque sabian que los mismos que ahora los aclamaban,
serian los primeros á maldecirlos si volviesen con desgracia.
El ejército de Fernando habia llegado hasta dos leguas de Granada, y
la vanguardia, conducida por el marqués de Cádiz, se hallaba cerca
del Puente de Pinos, paso famoso por donde los Reyes de Castilla
hacian sus entradas en las guerras con los moros; y muy conocido
por los muchos sangrientos combates que alli se habian dado. Aqui
era donde el enemigo esperaba triunfar de los cristianos, á quienes
atacó vigorosamente, saliendo contra la division del marqués de Cádiz
con grandes alaridos y con una furia extraordinaria. Á la entrada
del puente fue donde mas se encendió la pelea; pues unos y otros
sabian la importancia de este paso. El Rey, que estaba mirando el
combate desde una altura donde se habia colocado con el grueso de
su ejército, notó con particularidad las proezas de dos caballeros
moros, iguales en armas y divisas, que mostraban ser gefes entre los
suyos. Éstos eran los dos hermanos, alcaides de Illora y Moclin, los
cuales donde quiera que llegaban difundian el terror y la muerte,
peleando con tal valor, que parecia desesperacion. Fueron contra
ellos el conde de Cabra y don Martin de Córdoba; pero avanzando
indiscretamente, se vieron rodeados por el enemigo, y en el mayor
peligro. Un jóven caballero cristiano, advirtiendo el apuro en que se
hallaban, corrió á socorrerlos, y en él reconoció el Rey á don Juan
de Aragon, conde de Ribagorza, su sobrino. Montado en un soberbio
caballo, y con armas resplandecientes, acudia don Juan á todas
partes; y aunque le mataron el caballo, todavia con la ayuda de sus
gentes sacó de aquel empeño al conde de Cabra, y contuvo al enemigo,
que ya empezaba á envolver á los cristianos.
El Rey, viendo el peligro de sus gentes, hizo avanzar la batalla Real
en su socorro. Á su llegada, cedió el enemigo, y se retiró hácia el
puente. Los dos capitanes moros hicieron los mayores esfuerzos para
reanimar sus soldados; pero solo pudieron conseguir, á fuerza de
ruegos y amenazas, reunir algunos pocos, con los cuales defendieron
el puente con ánimo notable, hasta que todos quedaron muertos en el
sitio: los dos hermanos cayeron con mil heridas, cubriendo con sus
cuerpos el paso que tan animosamente habian defendido.
Instruido el pueblo de Granada del heroismo con que estos dos
guerreros se habian sacrificado por la pátria, concibieron un dolor
profundo; y para perpetuar la memoria de tan esclarecido hecho,
erigieron junto al puente una columna, que por mucho tiempo se llamó
“El sepulcro de los Hermanos.”
El ejército de Fernando, prosiguiendo su marcha, llegó hasta las
mismas puertas de Granada, y derramándose por la vega taló los panes,
viñas y olivares, y destruyó cuanto habia en derredor, convirtiendo
aquel paraiso terrestre en un desierto. Estando los cristianos
ocupados en estas operaciones, habia salido de la ciudad un cuerpo
de caballería de mil y quinientos hombres y algunos batallones de
infantería, los cuales, apostándose en unas huertas cortadas por
muchas acequias, y rodeadas de olivares, esperaban la ocasion de
atacar con ventaja al enemigo. Esta pareció ofrecerse al pasar por
alli el duque del Infantado con sus dos batallas de hombres de armas
y de ginetes, acompañándole don García Osorio, obispo de Jaen, y
Francisco Bobadilla con las gentes de dicha ciudad, Andujar, Úbeda
y Baeza[58]. Los moros que en la guerra usaban mucho de ardides y
estratagemas, viendo el buen órden que llevaban los del duque, no
osaron acometerlos, y dejando pasar de mal talante aquellos lucidos
batallones, salieron contra las últimas escuadras del Obispo.
Despues de escaramuzar con ellas un rato, fingieron los moros huir
y se metieron por una huerta llamada del Rey, donde entraron con
ellos los cristianos, que los perseguian con ciega precipitacion.
Viendo aquellos á sus contrarios comprometidos en las espesuras de
la huerta, soltaron el rio Guadalgenil, para que corriese por una
acequia grande que rodeaba todo aquel circuito, y en un momento
se vieron aquellos caballeros atajados por el agua, y de nuevo
acometidos por el enemigo. En la confusion que se siguió aun los
mas valientes no acertaban á defenderse; muchos se arrojaron al
agua para pasar la acequia, y algunos se ahogaron con sus caballos.
Felizmente el duque del Infantado advirtió á tiempo el peligro de sus
compañeros, y acudiendo á su socorro con la caballería ligera, los
libró de aquel peligro. Los moros, forzados á huir, se alejaron por
el camino de Elvira, persiguiéndolos el Duque hasta cerca de Granada.
[58] Pulgar parte III. c. 62.
Concluida la tala en circuito de la capital, salió de la vega
Fernando con toda su hueste por el puerto de Lope, y se dirigió á
Moclin, para reunirse con la Reina. El gobierno de las plazas recien
conquistadas se confió á don Fadrique de Toledo, despues tan célebre
en Flandes bajo el título de duque de Alba[59]; y terminando asi
felizmente esta campaña, regresaron los Reyes en triunfo á la ciudad
de Córdoba.
[59] El célebre duque de Alba no nació hasta 1508, y seria nieto
del que aqui se cita.
[Ilustración]