_Boabdil vuelve secretamente á Granada y se presenta á sus
parciales._
En manos de Dios (dice un coronista árabe) está el destino de los
príncipes. Él solo da los imperios. Un ginete moro, montado en un
veloz caballo árabe, venia atravesando las montañas que se extienden
entre Granada y la frontera de Murcia. Pasando los valles con
precipitacion, se detenia y miraba cauteloso el camino cuando llegaba
á las alturas. Á poca distancia le seguia un escuadron de caballeros
que no pasaba de cincuenta lanzas. En el primor de sus armas y
arneses mostraban ser guerreros de distincion, y el aire magestuoso
y noble de su gefe parecia denotar un príncipe. El escuadron que asi
describe el coronista árabe era el Rey moro Boabdil y sus fieles
partidarios.
Por espacio de dos noches y un dia caminaron con no poco trabajo y
riesgo por los pasos mas solitarios de las montañas, sin entrar en
las poblaciones. Era la media noche, y la oscuridad y el silencio
prevalecian en derredor, cuando empezaron á bajar de las montañas,
y se acercaron á la ciudad de Granada. Siguiendo cautelosamente
lo largo de la muralla, llegaron cerca de la puerta del Albaicin.
Aqui dejó Boabdil escondidos á los que con él venian, y tomando solo
cuatro ó cinco de ellos, se acercó con resolucion á la puerta, y
llamó con el pomo de su alfange. Acudió la guardia, y preguntó quién
llamaba á una hora tan intempestiva. “El Rey, respondió Boabdil,
abrid presto.” Asi lo hicieron en efecto, y reconociendo los soldados
á la luz de una hacha la persona del jóven Monarca, le admitieron sin
replicar. Habiendo entrado con sus parciales, corrieron éstos á las
casas de los principales moradores del Albaicin, que intimándoles se
armasen en defensa de su Soberano; y al amanecer ya estaba todo el
arrabal sobre las armas, y reunido bajo el estandarte de Boabdil.
Tan feliz éxito tuvo este arrojo; que asi puede llamarse, pues
ningun concierto prévio existia ni inteligencia con los de Granada.
“Asi como los guardas abrieron las puertas del Albaicin, dice un
historiador coetáneo, asi Dios abrió las voluntades de los moros para
que recibiesen á su Rey”[60].
[60] Pulgar.
Por la mañana temprano el Zagal, con la nueva de este suceso, sacudió
el sueño, y reuniendo su guardia, se encaminó espada en mano contra
el Albaicin, esperando sorprender á su sobrino; pero los partidarios
de éste le recibieron con intrepidez, y le obligaron á retroceder á
la plaza de la mezquita mayor. Aqui se encendió de nuevo la pelea, y
se batieron los dos Reyes mano á mano y con furor implacable, como
si quisieran decidir sus pretensiones á la corona por un combate
singular; pero acudiendo muchos de una y de otra parte, fueron
separados, y los del Zagal tuvieron que abandonar la plaza. Todavia
duró algun tiempo por las calles esta lucha cruel, que despues se
renovó en el campo, donde se batieron ambos partidos hasta la tarde.
Á la noche se retiraron unos y otros á sus cuarteles respectivos,
para volver á pelear á la mañana, sin que por muchos dias dejasen
de ensangrentar malamente las calles de la ciudad, hecha víctima de
estas bárbaras disensiones. Atacándose alternativamente, sitiaban á
veces los del Zagal al Albaicin, y á veces haciendo éstos una salida,
rechazaban á sus contrarios, y los encerraban en la Alhambra, en
cuyos encuentros el furor que los animaba no permitia á ninguno de
los dos partidos conceder cuartel á los prisioneros del otro.
Entretanto, Boabdil, hallándose con fuerzas muy inferiores á las de
su rival y temiendo una mudanza en las voluntades de sus parciales,
que los mas eran mercaderes y artesanos, y empezaban á cansarse de
tantos trabajos y escenas tan sangrientas, envió sus mensajeros
á don Fadrique de Toledo, general de las fuerzas cristianas en
la frontera, rogándole con instancia acudiese á su socorro. Don
Fadrique, que tenia órdenes del Rey para favorecer á Boabdil
contra su tio, se puso luego en marcha con una fuerza competente,
y se acercó á Granada; pero temiendo alguna traicion, cuidó de no
comprometerse con ninguno de los dos partidos, y se mantuvo por
de pronto en observacion de sus movimientos. El carácter feroz y
sanguinario de las disensiones que desgarraban á la infeliz Granada,
convenció en breve á don Fadrique que no estaban de inteligencia
aquellos Reyes; y determinando ayudar á Boabdil, le envió un cuerpo
de peones y arcabuceros al mando de Fernan Alvarez de Sotomayor,
alcaide de Colomera. Este socorro, semejante á un tizon arrojado al
fuego, encendió de nuevo las llamas de la guerra civil, que ardió
entre los habitantes moros por espacio de cincuenta dias.
[Ilustración]
ÍNDICE
de los capítulos contenidos en este tomo primero.