CAPÍTULO XXXV.

_Rendicion de Moclin y otros sucesos._

Al rigor de la artillería cristiana habia cedido ya la mayor parte

de los pueblos fronterizos de Granada. El ejército del Rey, acampado

ahora delante de Moclin, se disponia á combatir esta plaza, una de

las mas fuertes de la frontera. Situada sobre un alto cerro por cuya

base pasaba un rio que la protegia por un lado, mientras por otro

le defendia un bosque espeso, se la reputaba como inexpugnable. Sus

altos muros y macizas torres dominaban todas las entradas y pasos de

las montañas inmediatas; y tal era la fuerza de su posicion, que los

moros la llamaban el Escudo de Granada.

Tenia Fernando particular empeño en rendir esta plaza; pues

doscientos años antes un maestre de Calatrava, con todos sus

caballeros, habia sido lanceado por los moros delante de sus puertas,

y recientemente habian hecho una carnicería cruel en las tropas del

conde de Cabra. Sentido el Rey por estas causas, hizo todas las

prevenciones necesarias para un sitio riguroso. En medio del real se

habian puesto dos montones, el uno de harina, y el otro de cebada,

que se llamaban la Alhóndiga Real; se construyeron tres baterías de

gruesa artillería, y se repartieron en diferentes puntos, alrededor

de la villa, las piezas menores y máquinas bélicas con que se

arrojaban los proyectiles.

Los moros, por su parte, proveyeron con igual actividad los medios de

su defensa: abrieron fosos, fortificaron los baluartes, y trasladaron

á Granada las mugeres, viejos y niños.

Estando todo á punto, se rompió el fuego contra la ciudadela y torres

principales con tal vigor y acierto, que en breve reconocieron

aquellos soberbios muros, tenidos por inexpugnables antes de la

invencion de la pólvora, los efectos irresistibles del cañon. No

obstante, los moros se defendieron con resolucion; reparaban las

brechas como mejor podian, y mantenian, dia y noche, un fuego bien

sostenido contra los sitiadores; por manera que no habia momento en

que no se oyese el estruendo de las armas, y se recibiesen daños de

una y otra parte. Los ingenios tiraban, como otras veces, no solo

balas de piedra y hierro, sino tambien pelotas compuestas de materias

combustibles. Una de estas, que subió por el aire como un metéoro,

arrojando llamas y centellas, vino á caer en una torre donde los

moros guardaban la pólvora, y siguiéndose una explosion tremenda,

voló la torre con la gente que estaba en ella, se extremecieron

las casas, muchas vinieron al suelo, y el terror y la confusion se

apoderaron de los habitantes. Los moros, que jamas habian visto una

explosion semejante, atribuyeron la destruccion de su torre á un

milagro; y algunos que habian notado la caida de aquella bola de

fuego, se imaginaban que habia bajado del cielo para castigar su

pertinacia[54].

[54] Marino Siculo. Pulgar, Garibay.

Viendo pues al cielo y la tierra conjurados, al parecer en su daño,

desfallecieron las fuerzas de los moros, y perdiendo de todo punto el

ánimo, entregaron la fortaleza.

La entrada de los Reyes católicos en Moclin fue una procesion

solemne. Delante iba el estandarte de la Cruz; despues venian las

diferentes banderas del ejército, y últimamente los Reyes con gran

séquito de caballeros, y el coro de la capilla Real cantando el

salmo de _Te Deum laudamus_. Pasando en esta forma por las calles

sin que ningun sonido, menos el canto de los coristas, alterase el

silencio que todos guardaban, se oyó de improviso el solemne cántico

de _Benedictus qui venit in nomine Domini_[55], entonado por unas

voces que parecian salir de la tierra. Admirados todos, se detuvo

la procesion. Los acentos que se oian eran los de varios cautivos

cristianos, algunos de ellos sacerdotes, que yacian sepultados en

los subterráneos de la fortaleza. El piadoso corazon de Isabel se

conmovió; y mandando sacar de su encierro á los cautivos, se acabó de

enternecer al mirarlos pálidos, desfallecidos, y extenuados por los

trabajos que habian padecido: estaban medio desnudos, aherrojados, y

con el pelo y barbas tan crecidas, que les llegaban hasta la cintura.

Al punto mandó suministrarles alimentos, y el dinero necesario para

conducirlos á sus casas[56].

[55] Marino Siculo.

[56] Illescas Hist. Pontif. lib. VI. c. 20.

Muchos de estos cautivos eran caballeros, que en la derrota del conde

de Cabra habian sido heridos y hechos prisioneros. Posteriormente

se hallaron otras señales tristes de este desastroso suceso. Al

reconocer el paso donde habia ocurrido, se encontraron entre

las matas y en las quiebras de las peñas los cuerpos de muchos

cristianos, que no pudiendo huir por efecto de sus heridas, y

temiendo caer en manos del enemigo, se habian ocultado en aquellas

breñas, donde perecieron de necesidad[57]. Por órden de la Reina

fueron recogidos piadosamente estos restos, y depositados como

reliquias de mártires en las mezquitas de Moclin, despues de

consagradas al verdadero culto.

[57] Pulgar part. III. cap. 61.

Alcanzada esta nueva conquista, y prosiguiendo en su triunfante

carrera, partió de alli Fernando, con propósito de asolar la vega,

y estender el estrago hasta las mismas puertas de Granada. La Reina

quedó en Moclin consolando á los heridos, fundando instituciones, y

entendiendo en las cosas del gobierno. Por manera que mientras el

victorioso Fernando marchaba delante, la diligente Isabel seguia sus

pasos, de la misma suerte que sigue los del segador el que ata las

haces, y recoge la rica mies que la hoz ha derribado.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 36 / 50 题