_Rendicion de Moclin y otros sucesos._
Al rigor de la artillería cristiana habia cedido ya la mayor parte
de los pueblos fronterizos de Granada. El ejército del Rey, acampado
ahora delante de Moclin, se disponia á combatir esta plaza, una de
las mas fuertes de la frontera. Situada sobre un alto cerro por cuya
base pasaba un rio que la protegia por un lado, mientras por otro
le defendia un bosque espeso, se la reputaba como inexpugnable. Sus
altos muros y macizas torres dominaban todas las entradas y pasos de
las montañas inmediatas; y tal era la fuerza de su posicion, que los
moros la llamaban el Escudo de Granada.
Tenia Fernando particular empeño en rendir esta plaza; pues
doscientos años antes un maestre de Calatrava, con todos sus
caballeros, habia sido lanceado por los moros delante de sus puertas,
y recientemente habian hecho una carnicería cruel en las tropas del
conde de Cabra. Sentido el Rey por estas causas, hizo todas las
prevenciones necesarias para un sitio riguroso. En medio del real se
habian puesto dos montones, el uno de harina, y el otro de cebada,
que se llamaban la Alhóndiga Real; se construyeron tres baterías de
gruesa artillería, y se repartieron en diferentes puntos, alrededor
de la villa, las piezas menores y máquinas bélicas con que se
arrojaban los proyectiles.
Los moros, por su parte, proveyeron con igual actividad los medios de
su defensa: abrieron fosos, fortificaron los baluartes, y trasladaron
á Granada las mugeres, viejos y niños.
Estando todo á punto, se rompió el fuego contra la ciudadela y torres
principales con tal vigor y acierto, que en breve reconocieron
aquellos soberbios muros, tenidos por inexpugnables antes de la
invencion de la pólvora, los efectos irresistibles del cañon. No
obstante, los moros se defendieron con resolucion; reparaban las
brechas como mejor podian, y mantenian, dia y noche, un fuego bien
sostenido contra los sitiadores; por manera que no habia momento en
que no se oyese el estruendo de las armas, y se recibiesen daños de
una y otra parte. Los ingenios tiraban, como otras veces, no solo
balas de piedra y hierro, sino tambien pelotas compuestas de materias
combustibles. Una de estas, que subió por el aire como un metéoro,
arrojando llamas y centellas, vino á caer en una torre donde los
moros guardaban la pólvora, y siguiéndose una explosion tremenda,
voló la torre con la gente que estaba en ella, se extremecieron
las casas, muchas vinieron al suelo, y el terror y la confusion se
apoderaron de los habitantes. Los moros, que jamas habian visto una
explosion semejante, atribuyeron la destruccion de su torre á un
milagro; y algunos que habian notado la caida de aquella bola de
fuego, se imaginaban que habia bajado del cielo para castigar su
pertinacia[54].
[54] Marino Siculo. Pulgar, Garibay.
Viendo pues al cielo y la tierra conjurados, al parecer en su daño,
desfallecieron las fuerzas de los moros, y perdiendo de todo punto el
ánimo, entregaron la fortaleza.
La entrada de los Reyes católicos en Moclin fue una procesion
solemne. Delante iba el estandarte de la Cruz; despues venian las
diferentes banderas del ejército, y últimamente los Reyes con gran
séquito de caballeros, y el coro de la capilla Real cantando el
salmo de _Te Deum laudamus_. Pasando en esta forma por las calles
sin que ningun sonido, menos el canto de los coristas, alterase el
silencio que todos guardaban, se oyó de improviso el solemne cántico
de _Benedictus qui venit in nomine Domini_[55], entonado por unas
voces que parecian salir de la tierra. Admirados todos, se detuvo
la procesion. Los acentos que se oian eran los de varios cautivos
cristianos, algunos de ellos sacerdotes, que yacian sepultados en
los subterráneos de la fortaleza. El piadoso corazon de Isabel se
conmovió; y mandando sacar de su encierro á los cautivos, se acabó de
enternecer al mirarlos pálidos, desfallecidos, y extenuados por los
trabajos que habian padecido: estaban medio desnudos, aherrojados, y
con el pelo y barbas tan crecidas, que les llegaban hasta la cintura.
Al punto mandó suministrarles alimentos, y el dinero necesario para
conducirlos á sus casas[56].
[55] Marino Siculo.
[56] Illescas Hist. Pontif. lib. VI. c. 20.
Muchos de estos cautivos eran caballeros, que en la derrota del conde
de Cabra habian sido heridos y hechos prisioneros. Posteriormente
se hallaron otras señales tristes de este desastroso suceso. Al
reconocer el paso donde habia ocurrido, se encontraron entre
las matas y en las quiebras de las peñas los cuerpos de muchos
cristianos, que no pudiendo huir por efecto de sus heridas, y
temiendo caer en manos del enemigo, se habian ocultado en aquellas
breñas, donde perecieron de necesidad[57]. Por órden de la Reina
fueron recogidos piadosamente estos restos, y depositados como
reliquias de mártires en las mezquitas de Moclin, despues de
consagradas al verdadero culto.
[57] Pulgar part. III. cap. 61.
Alcanzada esta nueva conquista, y prosiguiendo en su triunfante
carrera, partió de alli Fernando, con propósito de asolar la vega,
y estender el estrago hasta las mismas puertas de Granada. La Reina
quedó en Moclin consolando á los heridos, fundando instituciones, y
entendiendo en las cosas del gobierno. Por manera que mientras el
victorioso Fernando marchaba delante, la diligente Isabel seguia sus
pasos, de la misma suerte que sigue los del segador el que ata las
haces, y recoge la rica mies que la hoz ha derribado.
[Ilustración]