CAPÍTULO XXXIV.

_De la llegada de la Reina Isabel al campo de Moclin, y discretos

dichos del Conde inglés._

La guerra de Granada, por mas que los poetas quieran embellecerla

con las flores de su imaginacion, no puede negarse que fue una de

las mas terribles de cuantas se han celebrado bajo el título de

guerras santas. La relacion de los sucesos se reduce principalmente

á una série de empresas árduas por las montañas, de sangrientas

batallas, de saqueos y asolamientos; pero de cuando en cuando, suele

interrumpirse esta narrativa por la descripcion de alguna funcion

real, ó magnífica ceremonia.

Inmediatamente despues de la toma de Loja, habia el Rey escrito á

Isabel solicitando su presencia en el campo, para consultarla sobre

el modo de disponer de los territorios que acababa de conquistar. En

su consecuencia, partió de Córdoba la Reina á principios de junio,

con la Infanta doña Isabel y gran número de damas de su corte. Traia

una comitiva espléndida de caballeros, guardias, pages y criados,

y cuarenta mulas para su servicio y el de las personas que la

acompañaban.

Llegando la comitiva á la Peña de los Enamorados, sobre la orilla del

rio Yeguas, vieron venir al marqués de Cádiz con el adelantado de

Andalucía, y gran séquito de caballeros muy lucidos. La Reina recibió

al Marqués con demostraciones particulares de favor; pues se le

estimaba como al espejo de la caballería, llegando algunos á comparar

sus hechos y proezas con las del inmortal Cid[49]. Con todo este

acompañamiento siguió la Reina su camino por las floridas márgenes

del Jenil hasta llegar á Loja, donde se detuvo para consolar á los

heridos, á quienes socorrió con dineros á proporcion de su clase.

Desde aqui, escoltándola siempre el marqués de Cádiz, se dirigió á

Moclin, cuya plaza estaba ahora sitiada por el Rey, que despues de la

toma de Illora habia trasladado alli sus reales.

[49] Cura de los Palacios.

Estando la Reina cerca del campo, salió á recibirla el duque del

Infantado con un tren magnífico de caballeros bizarramente vestidos.

Salieron tambien los hombres de armas de Sevilla llevando el

estandarte de aquella antigua ciudad, y el prior de san Juan con

los caballeros de su órden. Al llegar la Reina, se pusieron á la

izquierda del camino formados en batalla. Venia Isabel en una mula

castaña y sentada en una silla de andas guarnecida de plata dorada:

sobre las ancas de la mula caia un gualdrapa de terciopelo carmesí

con bordaduras de oro: las falsas-riendas y cabezada eran de seda de

raso, entretalladas con letras de oro y bordadas de lo mismo. Llevaba

la Reina un brial de terciopelo, y debajo una saya de brocado: traia

un manto de escarlata bordado á la morisca, y un sombrero negro

guarnecido de brocado alrededor de la copa y ala.

La Infanta venia en otra mula castaña ricamente enjaezada, y estaba

vestida con un brial de brocado negro, y un manto del mismo color,

guarnecido como el de la Reina.

Al pasar por delante del duque del Infantado y de sus caballeros,

hizo la Reina una reverencia al pendon de Sevilla, y mandó que

lo pasasen á mano derecha. Antes de llegar al campo, salieron á

recibirla todos los batallones del real con banderas desplegadas, las

cuales se abajaban al pasar la Reina en señal de salutacion; y fue

grande la alegría que todos manifestaron con su venida, pues era

mucho el amor que la tenian.

Llegó entonces el Rey montado en un soberbio caballo, y acompañado de

muchos grandes de Castilla. Tenia vestido un jubon de carmesí, con

quijotes de seda de raso amarillo, un sayo de brocado, un sombrero

con plumas, y ceñida una espada morisca muy rica. Los adornos y

atavíos de los grandes que con él venian eran asimismo á maravilla

hermosos y de diversas maneras, asi de guerra como de fiesta.

Fernando é Isabel se trataban mas bien con el respeto que se deben

mútuamente dos soberanos aliados, que con la familiaridad que es

natural entre esposos. Asi es, que antes que se diesen los brazos,

se hicieron cada uno tres profundas cortesías; y quitándose la Reina

el sombrero, quedó con una cófia ó redecilla de seda, el rostro

descubierto. Se acercó entonces el Rey, la abrazó, y la besó en

una mejilla: asimismo abrazó á su hija la Infanta, y despues de

santiguarla la besó en la boca[50].

[50] Cura de los Palacios.

Inmediatamente despues del Rey, se presentó el Conde inglés muy

pomposo y en extraña manera. Venia armado en blanco, y montado á la

guisa en un brioso caballo bayo, cuyos paramentos eran de seda azul

sembrada de estrellitas de oro, y llegaban hasta el suelo. Encima de

las armas traia un ferreruelo á la francesa de brocado negro raso,

y en el brazo un broquelete redondo, ribeteado de oro: el sombrero

era blanco y adornado de muchas plumas. Venian con él cinco pages

vestidos de seda y brocado, y montados en caballos con riquísimos

jaeces: asimismo le acompañaban ciertos gentiles-hombres de su pais

suntuosamente ataviados. Acercándose el Conde, saludó con aire cortés

y caballeresco, primero á la Reina y á la Infanta, y despues al Rey.

La Reina le recibió muy benignamente, alabando su valerosa conducta

en el asalto de Loja; y como le consolase por la pérdida de sus

dientes, respondió el Lord: “que Dios que habia hecho toda aquella

fábrica, quiso abrir alli una ventana para ver mejor lo que pasaba

dentro[51].” Siguió el discreto Lord un rato al lado de la real

familia, cumplimentando á todos con discursos muy corteses, haciendo

corbetas con su caballo, y saltando de una parte á otra con tanta

gracia, que á todos pareció bien; y asi los Reyes como los grandes,

quedaron admirados tanto de la magnificencia de su porte, como de su

destreza en el manejo[52].

[51] Pietro Martyr, Epist. 61.

[52] Cura de los Palacios.

La Reina, reconocida á los servicios de este bizarro inglés, le envió

muchos ricos dones; entre otras cosas doce caballos, una tienda

de campaña magnífica, dos camas de ropa guarnecidas, la una con

paramentos de oro, y mucha ropa blanca[53].

[53] La relacion de este acontecimiento, y de los festejos que se

hicieron á la Reina por su venida al real, se halla con alguna

variedad en el MS. del Cura de los Palacios. El Conde inglés no

vuelve á figurar en esta guerra. De las historias resulta, que en

el discurso de este año regresó á Inglaterra; que despues, pasó á

Francia á la cabeza de 400 voluntarios para auxiliar á Francisco,

duque de Bretaña, contra Luis XI, y que murió en la batalla de

san Alban, entre Bretones y Franceses.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 35 / 50 题