_Toma de Illora._
Prosiguiendo el Rey en su victoriosa carrera, pasó desde Loja á
combatir á Illora, villa fuerte, distante cuatro leguas de la capital
del reino. Estaba esta formidable fortaleza fundada sobre una alta
peña, en medio de un espacioso valle, y por su encumbrado castillo
que señoreaba todo el pais circunvecino, se llamaba el ojo derecho de
Granada. El alcaide de Illora era uno de los mas valientes entre los
capitanes moros: con propósito de defenderse hasta el último extremo,
hizo salir de la villa á todas las mugeres, viejos y niños: barreó
las calles de los arrabales, y taladró las casas, para que pudiesen
comunicar entre sí, abriendo en las paredes troneras para los
arcabuces y ballestas. Llegó el Rey con toda su hueste, y sentando su
real sobre el cerro de la Encinilla, mandó á sus capitanes repartir
las estancias alrededor de la villa en tal forma, que quedase cercada
por todas partes. Para mayor seguridad de los campamentos, y porque
conocia el arrojado carácter del alcaide, los hizo fortificar con
fosos, palizadas y otras defensas; dobló las guardias, y puso
centinelas en unas torres que habia en las alturas inmediatas.
Hechas estas prevenciones, pidió el duque del Infantado se le diese
cargo de principiar el asalto: era su primera campaña, y deseaba
desmentir las insinuaciones del Rey contra aquella tan ataviada
caballería que le acompañaba. Accedió Fernando á sus deseos, mandando
al conde de Cabra hiciese un ataque simultáneo por otra parte, y
ambos caudillos se pusieron en movimiento con su gente respectiva.
Los soldados del Duque mostraban en su lozanía y en el lucimiento de
su rica armadura, no haber probado aun los trabajos de la guerra:
los del Conde se conocia que eran unos veteranos curtidos por la
inclemencia de los elementos, y sus armas, melladas en muchas
partes, indicaban los muchos y duros encuentros en que se habian
hallado. Notando esta diferencia, se sonrojó el jóven Duque. “Ea
caballeros, dijo, que en tiempo estamos de mostrar los corazones
en la pelea, como mostramos las galas en los alardes: arremetamos
contra el enemigo, esperando en Dios que asi como tenemos la honra de
caballeros arreados, alcanzaremos la de hombres esforzados.” Á estas
palabras respondieron los soldados con aclamaciones, y acaudillados
por el Duque movieron adelante, sufriendo terribles descargas de
piedras, balas y saetas; pero ninguna consideracion fue poderosa
á contenerlos, y entraron por fuerza de armas en los arrabales.
Á este mismo tiempo entró tambien en ellos el conde de Cabra por
otra parte, y despues de una larga y sangrienta lucha, lograron los
dos caballeros rechazar á los moros y encerrarlos en la villa. Los
soldados del Duque salieron de esta refriega en menos número, y
cubiertos de sangre, de polvo y de heridas; pero su conducta mereció
al Rey los mayores elogios, y desde aquel dia no se volvió á hacer
mas burla de sus galas y bordados.
Ganados los arrabales, se construyeron tres baterías de ocho piezas
de batir cada una, y se rompió el fuego contra la plaza. El estrago
fue tremendo; pues no eran aquellas defensas para resistir á esta
arma destructora: las casas, las torres, la muralla, todo fue en
breves horas derribado, demolido y arruinado. El hundimiento de los
edificios, el horrible estruendo de los cañones, y la carnicería de
las gentes, llenaron á los moros de terror y espanto, y pidieron
capitulacion. El alcaide, viendo que el pueblo estaba hecho una
ruina, que no habia esperanza de ser socorrido desde Granada, y que
la gente no tenia fuerzas ni voluntad para defenderse, cedió á sus
ruegos, y se dió á partido con harto pesar suyo. Se permitió á los
habitantes salir libremente de la villa con sus efectos, dejando las
armas; y el duque del Infantado con el conde de Cabra, tuvieron el
encargo de escoltarlos hasta el puente de Pinos, distante dos leguas
de Granada.
Ganada Illora, mandó el Rey reparar las torres y muros hasta ponerla
en buen estado de defensa, y nombró por alcaide de la plaza á Gonzalo
de Córdoba, á quien por sus proezas se daba ya el título de gran
capitan.
[Ilustración]