CAPÍTULO XXXII.

_El ejército cristiano se presenta delante de Loja, asedio de esta

plaza, y proezas del Conde inglés._

La marcha del ejército cristiano sobre Loja, sumergió al inconstante

Boabdil en un abismo de dudas y confusiones; y vacilando entre el

juramento prestado á los Soberanos, y su deber para con sus vasallos,

no acertaba á formar resolucion alguna. Al fin, la vista del enemigo,

que coronaba ya la altura de Albohazen, y los clamores del pueblo

que pedia se le llevase á la pelea, determinaron su conducta, y

se dispuso á una vigorosa resistencia. “¡Alá! exclamó Boabdil, tú

que penetras los corazones de los hombres, sabes que he guardado

fidelidad á este Rey cristiano: ofrecí tener la ciudad de Loja como

vasallo suyo; mas él viene contra mí como enemigo: sobre su cabeza

sea la infraccion de lo tratado.”

Armándose apresuradamente, salió Boabdil á la cabeza de su guardia

y de una fuerza de quinientos caballos y cuatro mil infantes, la

flor de su ejército. Con parte de esta tropa, mandó atacar á un

cuerpo de cristianos que todavia andaban derramados y confusos por

las huertas; dirigiéndose él con toda la demas contra la cuesta de

Albohazen, para desalojar de alli al enemigo, antes que tuviese lugar

de fortificarse en un punto tan importante. Puesto á la frente de

sus soldados, se arrojó el Rey al combate con un valor impetuoso que

rayaba en desesperacion. La pelea se trabó con encarnizamiento; y

Boabdil, exponiendo indiscretamente su persona, que por el lucimiento

de sus armas y arreos le hacia ser el blanco de los tiros enemigos,

recibió dos heridas desde el primer encuentro; quedando deudor de

la vida al valor inimitable de sus guardias, que le defendieron y

sacaron del campo cubierto de sangre.

La falta de Boabdil no disminuyó el furor de la contienda. Un

arrogante moro de sombrío y terrible aspecto, montado en un caballo

negro y seguido de una partida de Gomeles, se arrojó á reemplazar al

Rey. Este guerrero era el soberbio Hamet el Zegrí, alcaide de Ronda,

con el remanente de su valerosa guarnicion. Animados por su ejemplo,

redoblaron los moros sus esfuerzos para ganar la cuesta; á la cual

defendia por un lado el marqués de Cádiz, y por otro, don Alonso de

Aguilar, apoyados por el conde de Ureña, que peleando en el mismo

parage donde habia perecido su hermano, el maestre de Calatrava,

sacrificó sendos moros en memoria de este malogrado caudillo.

Diversas veces intentaron los moros subir la cuesta, y otras tantas

fueron rechazados con mucha pérdida, sin que cediese un punto de

su braveza esta contienda, en que los unos pugnaban por ganar una

posicion tan necesaria á la seguridad de la plaza, y los otros por

conservarla porque en ello les iba de su honor. Reforzados los moros

con mas tropa que salió de la ciudad, volvieron con mayor saña al

asalto de la cuesta, y atacaron de nuevo á los cristianos que estaban

en el valle empeñados en las huertas y olivares, para impedir que

concentrasen sus fuerzas. Estos últimos fueron fácilmente arrollados,

y entonces los moros agolpándose al pié de la cuesta, la rodearon

toda con una hueste inmensa.

La situacion del marqués de Cádiz y de sus compañeros, era ya en

extremo peligrosa; pues sobre tener que resistir las repetidas

cargas de una parte de los enemigos, se veian expuestos á un fuego

continuo que otros les hacian desde lejos con arcabuces y ballestas.

En tan crítico momento asomó el Rey Fernando con el grueso del

ejército, y pasó á colocarse sobre una altura que dominaba al

campo de batalla. Á su lado estaba aquel noble inglés, el conde de

Rivers, que ahora por primera vez presenciaba un combate con los

moros, y veia su modo de pelear. La velocidad de los caballos en

su carrera, el ímpetu tumultuoso de la infantería, el estruendo de

las armas, junto con la algazara de los unos y los lelilies de los

otros, excitaron su admiracion; é inflamado su belicoso espíritu

á la vista de esta sangrienta lucha, en que veia mezclados yelmos

cristianos y turbantes moros, pidió al Rey licencia para entrar en

la pelea, pues queria batirse á uso de su tierra. Se la concedió

Fernando, y descabalgando el conde, quedó á pié armado en blanco,

con una espada ceñida y una hacha de armas en las manos; volvióse

á su gente, y despues de hacerles una corta exhortacion, exclamó:

“¡San Jorge por Inglaterra!” y con viril y esforzado corazon se lanzó

delante de todos contra los moros[46]. Los ingleses sostenidos por

un fuerte destacamento de españoles, se metieron por lo mas espeso

y encendido de la pelea, abriéndose paso por entre los moros con

sus hachas de armas, de la misma suerte que en un bosque lo hiciera

un leñador; y entretanto los archeros que los seguian, aprovechando

los claros que dejaban, esparcian el terror y la muerte entre las

filas enemigas con una lluvia de saetas. Los moros confundidos por

tan furioso acometimiento, y desanimados por la pérdida del Zegrí, á

quien sacaron mal herido del campo de batalla, empezaron á cejar,

y se replegaron sobre el puente, acosados por los cristianos que

les obligaron á pasarlo tumultuosamente y á retirarse dentro de los

arrabales. Con ellos entró de tropel el conde de Rivers y la demas

tropa, peleando por las calles y en las casas. Llegando entonces el

Rey con su guardia, hubo de retraerse el enemigo á la ciudad, y se

encerró en sus muros, abandonando los arrabales, que luego fueron

ocupados por los cristianos; debiéndose en gran manera este suceso á

la bizarría de aquel intrépido extrangero[47].

[46] Cura de los Palacios.

[47] Cura de los Palacios, MS.

Acabada la contienda, presentaban aquellas calles un espectáculo

lastimoso, por el gran número de ciudadanos que perecieron en defensa

de sus umbrales. Algunos fueron muertos sin resistencia; y esta

suerte tuvo un pobre tejedor que estaba tejiendo en su casa sin

alterarse por lo que pasaba en aquella hora. Decíale su muger que

huyese á la ciudad si no queria morir; mas él, sin alzar mano del

telar, le respondió: “¿De qué sirve huir? ¿para qué nos guardaremos?

Dígote muger, que aqui permaneceré; porque mas vale morir á hierro

que vivir en hierros.” Con esta resolucion, volvió el moro á sus

tareas; entraron los enemigos, y lo mataron al pié de su telar[48].

Los cristianos por su parte, no dejaron de tener alguna pérdida:

entre los heridos fue uno el Lord inglés, que recibió una pedrada en

la boca que le derribó dos dientes.

[48] Pulgar, parte III. cap. 58.

Hallándose las tropas del Rey en posesion de los arrabales y de la

cuesta de Albohazen, se procedió á estrechar el sitio; se destruyó

el puente por donde los moros salian á combatir el real, y se

echaron sobre el rio, á una y otra parte de la ciudad, otros dos

puentes, para la mas fácil comunicacion de los sitiadores, que

estaban repartidos en tres acampamentos. Dadas estas disposiciones

y distribuida la artillería en los puntos mas convenientes, se

rompió un fuego tremendo contra la plaza, tirando no solo balas

de piedra y hierro, si que tambien unas pellas compuestas de

materias combustibles, que subian por el aire echando de sí llamas

y centellas, é incendiando todo lo que alcanzaban. El ímpetu

irresistible de las lombardas derribaba las torres y las murallas,

haciendo en éstas grandes portillos, por donde se descubria el

interior de la ciudad, y se veia la confusion de sus moradores, el

incendio y hundimiento de los edificios, y el estrago que hacian los

proyectiles. Hicieron los moros los mayores esfuerzos por reparar las

brechas, pero infructuosamente; porque cuantos se exponian á este

trabajo eran arrebatados por los tiros de la artillería, ó quedaban

sepultados en las ruinas. En tal conflicto, salian desesperados

contra los cristianos de los arrabales, y arremetian á ellos con

puñales y terciados, despreciando la muerte y procurando mas bien

destruir que defenderse; pues estaban firmemente persuadidos que

si morian matando á los enemigos de su fé, serian trasladados en

derechura al paraiso.

Por espacio de un dia y dos noches duró esta terrible escena;

pero al fin conociendo los moros la inutilidad de su resistencia,

viendo inhabilitado á su monarca, heridos ó muertos casi todos

los capitanes, y sus defensas reducidas á un monton de escombros,

clamaron por la rendicion; y los mismos que habian comprometido

á Boabdil á la defensa, le obligaron ahora á capitular. Las

condiciones de la entrega se ajustaron con brevedad. La plaza

habia de quedar inmediatamente en poder de Fernando, con todos los

cautivos cristianos que hubiese en ella, saliendo los moradores con

los efectos que pudiesen llevar consigo: á los unos se concederia

paso seguro para Granada, á los otros se permitiria habitar en

Castilla, Aragon ó Valencia; y finalmente, Boabdil haria pleito

homenage al Rey como vasallo, pero no se le habia de hacer cargo

alguno por haber quebrantado sus promesas; obligándose ademas á dejar

el título de Rey de Granada por el de duque de Guadix, si dentro

de seis meses ganaban los cristianos esta plaza. Otorgadas estas

condiciones, salieron de Loja sus defensores, humillados y tristes

por la pérdida de una plaza en que tanto tiempo se habian mantenido

con honor; las mugeres y niños llenaban el aire con sus lamentos,

al verse desterrados de su pátria y hogares; y Boabdil, el Zogoibi,

el verdaderamente desgraciado, saliendo el último, descubria en

su semblante las señales de un profundo abatimiento. La debilidad

ocasionada por sus heridas, y el valor personal que habia desplegado,

inspiraron á los caballeros cristianos cierto interés, que los hizo

condolerse en sus desgracias. Presentándose á Fernando, le hizo el

Monarca moro un humilde acatamiento, y á la hora partió triste y

pesaroso para Priego.

Grande fue la satisfaccion del Rey por la captura de Loja, y grandes

fueron los elogios que con este motivo hizo de los caudillos

principales. Los historiadores recuerdan con particularidad su visita

al Conde inglés. Habiendo ido á verle en su tienda, le consolaba el

Rey por la pérdida de sus dientes, diciéndose se alegrase de que

su valor hubiese sido causa de un efecto que en otros suele ser

producido por el tiempo ó las enfermedades; y que atendido el lugar

y la ocasion en que sufrió esta pérdida, mas le hacia hermoso que

disforme. Á lo que respondió el Conde: “Que daba gracias á Dios y

á la gloriosa Vírgen por la visita que le hacia el mas poderoso Rey

de la cristiandad, y que agradecia la bondad conque le consolaba

por aquella pérdida, aunque no reputaba mucho perder dos dientes en

servicio de aquel que se lo habia dado todo.”

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 33 / 50 题