_Nueva campaña del Rey católico contra los moros, y sitios de Coin
y Cartama._
[Nota al margen: Año 1485.]
Con la experiencia de los efectos producidos en el año anterior
por la artillería de batir, contra las fortalezas de los moros,
determinó el Rey Fernando proveerse de un tren numeroso para la
campaña de 1485, en el discurso de la cual se proponia combatir
algunos de los lugares mas fuertes del enemigo. Á principios de la
primavera se reunió en Córdoba un ejército de nueve mil caballos y
veinte mil infantes; y el dia 5 de abril salió el Rey á campaña.
Se habia acordado en el consejo marchar á poner el campo sobre
Málaga, puerto de mar importante por ser el conducto de los socorros
y mantenimientos que recibia la capital de Granada; pero se creyó
necesario tomar primero las plazas y fortalezas que habia en los
valles de santa María y Cartama, que estaban antes de la ciudad de
Málaga.
El primer lugar que se combatió, fue la villa de Benamaquex, cuyos
moradores se habian sometido el año anterior á los Reyes de Castilla,
y despues se habian rebelado. Indignado el Rey contra ellos por
tan falso proceder, dijo: “Yo haré que el castigo de estos sirva de
escarmiento á otros, para que guarden lealtad por fuerza, cuando
no la guardaren de grado.” Se tomó el lugar por asalto, y ciento
y ocho de sus principales habitantes fueron pasados á cuchillo ó
ahorcados[35]. En el mismo dia pusieron sitio sobre las villas de
Coin y Cartama el marqués de Cádiz y Luis Fernandez Portocarrero,
cada uno con las tropas respectivas de su mando; colocándose el
Rey con lo demas del ejército entre los dos pueblos, para socorrer
á los sitiadores de la una y la otra parte. Á un mismo tiempo
empezó la batería contra las dos plazas: y tal era el estruendo
de las lombardas, que los tiros que se tiraban en el un campo se
oian en el otro. Los moros hicieron varias salidas, y no obstante
que el espantoso tronar de la artillería los tenia confundidos, se
defendieron animosamente.
[35] Pulgar, Garibay, Cura de los Palacios.
Entre tanto los moros de la serranía avisados por las ahumadas
que veian en las montañas, del peligro en que estaban aquellas
dos plazas, se reunieron en bastante número en la villa de Monda,
distante una legua de Coin. Diversas veces intentaron entrar en
esta plaza para defenderla; pero la vigilancia de los sitiadores lo
estorbaba, y siempre fueron rechazados. En tal estado de cosas se
vió entrar un dia en Monda un arrogante moro, capitan de una partida
de atezados africanos á caballo: era Hamet el Zegrí, el soberbio
alcaide de Ronda, á la cabeza de sus Gomeles. Desde la fatal jornada
del Lopera, le habia atormentado el deseo de vengarse y de borrar
aquella afrenta. Presentándose á los guerreros reunidos en Monda,
dijo: “¿Quién de vosotros se compadece de las mugeres y niños de
Coin, amagados por el cautiverio y la muerte? aquel que se mueva á
piedad, sígame; ¡que yo como musulman estoy pronto á morir en defensa
de musulmanes!” Diciendo estas palabras, empuñó una enseña blanca, y
tremolándola sobre su cabeza, se lanzó fuera de la villa, seguido de
sus Gomeles y otros muchos guerreros animados con tan noble ejemplo.
Avisados de las intenciones de Hamet los habitantes de Coin, cuando
vieron venir la enseña blanca, salieron á dar rebato en el campo
cristiano, dejando asi lugar á que efectuasen su entrada en la villa
Hamet y sus Gomeles. Con este refuerzo se animó la guarnicion á una
resistencia vigorosa, dándoles el ejemplo los Gomeles, que como
soldados veteranos tanto mas peleaban cuanto mas eran combatidos.
Al fin se abrió una brecha en la muralla, y Fernando impaciente
porque no se rendia la plaza, mandó al Duque de Nájera y al conde
de Benavente que entrasen con sus tropas. Asimismo envió á decir al
duque de Medinaceli, que enviase sus gentes para ayudar á aquellos
caballeros. Este mandamiento ofendió gravemente el orgullo feudal del
Duque. “Decid al Rey mi señor, respondió con altivez, que yo vine á
servirle con la gente de mi casa; y que si manda vayan mis soldados á
cualquier parte, tengo yo de ir con ellos; pero si he de quedar en el
real, ellos se han de quedar conmigo; porque ni la gente puede servir
bien sin el capitan, ni el capitan sin la gente.”
Entre tanto las tropas destinadas para el asalto, capitaneadas por
Pero Ruiz de Alarcon, avanzaron á la muralla y entraron á viva fuerza
por la brecha. Los moros aterrados por la impetuosidad del ataque, se
retrajeron peleando á la plaza de la villa, y ya Pero Ruiz de Alarcon
se imaginaba haber ganado el lugar, cuando sobrevinieron Hamet y
sus Gomeles, los cuales con grandes alaridos cayeron furiosamente
sobre los cristianos. Éstos acometidos por los Gomeles, y turbados
por las piedras y armas, que les arrojaban desde las ventanas y
azoteas, tuvieron que ceder, y se retiraron por la misma brecha
donde habian entrado. Ruiz de Alarcon, sin volver un paso atrás,
se mantuvo peleando en una de las calles; y como le dijesen los
pocos que estaban con él que se retirase, respondió: “¡no entré
yo en la pelea para salir de ella huyendo!” En breve le rodearon
los moros, huyeron sus compañeros, y él, cubierto de heridas, cayó
muerto peleando con fama de buen caballero[36]. La resistencia de
los habitantes aunque sostenida por el valor de los Gomeles, de nada
sirvió contra la artillería de los cristianos. Á impulso de los tiros
vinieron luego á tierra las murallas; las casas fueron incendiadas
por los combustibles que se echaron dentro de la plaza, y los moros
fueron forzados á capitular. Se concedió á los naturales de la villa
que saliesen con sus efectos, y á los Gomeles con sus armas. Hamet
el Zegrí cabalgó orgulloso por medio del real cristiano, y los
caballeros españoles no pudieron menos de contemplar con admiracion
á este guerrero impertérrito acompañado con sus fieles y valientes
partidarios.
[36] Pulgar, c. 42.
Á la toma de Coin se siguió la de Cartama. La rendicion de estas dos
plazas infundió tal temor en los moros de aquella comarca, que los
habitantes de muchos de los pueblos convecinos abandonaron sus casas,
y huyeron con los bienes que pudieron llevar.
Dejando entonces su campo y artillería cerca de Cartama, partió el
Rey con alguna tropa ligera para reconocer la ciudad de Málaga.
El vigilante Zagal que ya tenia noticia del plan concertado en
el consejo de Córdoba, se habia metido en aquella plaza, habia
reforzado sus defensas, y prevenido á los alcaides de los lugares
de la sierra que le auxiliasen con sus fuerzas. El mismo dia que se
presentó Fernando delante de Málaga, salió el Zagal á su encuentro
con hasta mil hombres de guerra, que mostraban ser la caballería
mas escogida del reino de Granada. Trabóse entre unos y otros una
escaramuza muy reñida por las huertas y olivares inmediatos á la
ciudad: muchos cayeron de entrambas partes, y los cristianos hicieron
anticipadamente experiencia de los trabajos que debia costarles la
conquista de aquella plaza.
Acabada la escaramuza, tuvo el marqués de Cádiz una conferencia
secreta con el Rey. En ella, despues de manifestarle las dificultades
que ofrecia el asedio de Málaga, le comunicó una carta que habia
recibido de un moro de Ronda, llamado Jusef Jerife, que le
participaba hallarse esta plaza casi desamparada y sin medios de
resistir un ataque repentino. El Marqués instó vivamente al Rey que
aprovechase la ocasion que se le presentaba de tomar esta fortaleza,
una de las mas importantes de la frontera, y que en manos de Hamet
el Zegrí era el azote de la Andalucía. Al dar este consejo, animaba
tambien al piadoso Marqués el deseo de romper las cadenas de los
cautivos cristianos, hechos prisioneros en la derrota de la Ajarquía
y que gemian en las profundas mazmorras de Ronda.
El Rey Fernando escuchó con gusto los consejos del Marqués: sabia que
Ronda era una de las llaves del reino de Granada, y deseaba castigar
á sus naturales por el socorro que habian dado á los moros de Coin.
Asi, pues, se abandonó por ahora el sitio de Málaga, y se hicieron
las prevenciones necesarias para marchar con rapidez y secreto contra
Ronda.
[Ilustración]