CAPÍTULO XXV.

_Sitio de Ronda._

Vuelto Hamet el Zegrí á Ronda, despues de la rendicion de Coin, tomó

la nueva de haber marchado el ejército cristiano á poner cerco sobre

Málaga, y recibió las órdenes del Zagal para que le auxiliase con

alguna tropa. Enviando allá parte de su guarnicion, Hamet, á quien

su espíritu fogoso y vengativo no dejaba sosegar, resolvió ejecutar

una nueva expedicion, que borrase la afrenta recibida en la batalla

del Lopera. La situacion de la Andalucía, destituida de tropas,

presentaba la ocasion mas oportuna para una correría por las tierras

de aquel reino; y pues el torrente de la guerra habia ido á inundar

á la vega de Málaga, ningun peligro habia que recelar en Ronda, aun

cuando no fuese tanta la fuerza de sus muros y defensas. Dejando

pues en esta plaza una parte de la guarnicion, se puso Hamet á la

cabeza de sus Gomeles, y bajó como un huracan á desolar las llanuras

de la Andalucía: entró por los estados del duque de Medinasidonia,

y corriendo aquella dilatada campiña y fértiles dehesas, arrebató

ganados, saqueó pueblos, y efectuó su retirada con poca ó ninguna

oposicion; pues aunque las campanas tocaron á rebato, y las hogueras

anunciaron la presencia del enemigo, fue tal la rapidez de sus

movimientos, que no dejó lugar á la persecucion.

Cargado de despojos y ufano por el buen éxito de esta incursion,

seguia Hamet su marcha con direccion á Ronda, cuando al desembocar

de uno de los desfiladeros de la Serranía, llegó á sus oidos el

sonido lúgubre de la artillería cristiana, que tronaba contra Ronda.

Metiendo espuela á su caballo, pasó Hamet adelante; y á medida que

avanzaba, crecia aquel estruendo bélico, retumbando, de cerro en

cerro. Llegó á una altura, tendió la vista, y con el mayor asombro

vió blanquear los campos en derredor de Ronda con las tiendas

de un ejército sitiador. El estandarte real tremolaba en medio

del campamento, indicando la presencia del Monarca, y el bronce

horrísono, vomitando humo y llamas, anunciaba la próxima ruina de las

torres de Ronda.

El ejército real habia logrado venir sobre Ronda de improviso,

estando ausente su alcaide y la mayor parte de la guarnicion; pero

sus habitantes, egercitados en la guerra, se defendian con valor,

confiando ser en breve socorridos por Hamet y sus Gomeles. La

decantada fuerza de aquellos baluartes aprovechó poco contra el

rigor de las lombardas, las cuales, al cuarto dia de romper el fuego,

habian derribado tres torres y una gran parte del muro que cercaba

los arrabales. Con tan buenos principios cobraron mayor esfuerzo los

sitiadores, aproximaron las lombardas, bajando mas la puntería, y se

batió aquella fortaleza con tal vigor, que el peñon en que estaba

fundada se estremecia hasta los cimientos. Los cautivos cristianos,

sepultados en sus calabozos, se complacian de aquel rumor, teniéndolo

por presagio de su cercana libertad.

El pesar que tenia Hamet de ver cercada y combatida aquella plaza,

le inspiró una resolucion desesperada. Exhortando á sus soldados

para que le siguiesen, pasó con la mayor cautela á colocarse con su

gente en una altura inmediata al Real cristiano. Aqui permanecieron

hasta alta noche; y saliendo del monte á tiempo que la mayor parte

del ejército yacía entregada al sueño, acometieron repentinamente por

el lado mas flaco del acampamento, con propósito de abrirse paso con

la espada por medio de los sitiadores, y ganando la ciudad, entrar á

defenderla. Pero la vigilancia con que se guardaba el campo cristiano

frustró esta tentativa; y los moros, rechazados y perseguidos, se

acogieron á la sierra de donde habian salido, defendiéndose de los

cristianos con piedras, dardos y saetas.

Hizo entonces Hamet encender grandes fuegos en las cumbres de las

montañas, y acudieron á su estandarte muchos moros de la Serranía y

algunas tropas de Málaga. Con este refuerzo hizo varias tentativas

para forzar el Real cristiano y entrar en Ronda; pero fueron inútiles

todos sus esfuerzos, y siempre tuvo que recogerse á las asperezas de

la sierra con pérdida de muchos de sus soldados mas valientes.

Entre tanto, los apuros de los sitiados crecian de hora en hora. El

marqués de Cádiz habia logrado apoderarse de los arrabales, y se

hallaba en disposicion de llegar hasta la base misma del escarpado

peñon que sostenia aquella fortaleza. Al pié de este precipicio

brotaba una fuentecilla, á la cual se bajaba desde la ciudad por

una mina cortada en la peña viva. De aqui se surtia de agua el

vecindario, empleándose para sacarla, á los cautivos cristianos,

cuyos cansados pies tenian casi gastados los escalones de la mina. El

marqués de Cádiz, descubriendo este manantial, mandó contraminarlo

al través de la roca sólida. Asi lo ejecutaron sus ingenieros, y

llegando al caño de la fuente, lo cegaron, quitando á la ciudad este

recurso.

Mientras el generoso marqués de Cádiz, animado por la esperanza de

sacar de su cautiverio á sus compañeros de armas, estrechaba el sitio

con el mayor celo, Hamet el Zegrí, mirando desde las alturas la

destruccion de su fortaleza, se golpeaba el pecho, y se abandonaba

á los extremos de una furia impotente. Cada tiro de la artillería

cristiana parecia herirle en el corazon; de dia estaba viendo caer,

una despues de otra, las torres de Ronda, y de noche que ardia la

ciudad como un volcan abrasado. “Tiraban, dice un coronista de

aquel tiempo, no solo piedras de canto, sino grandes pelotas de

hierro, fundidas en moldes, que hacian mucho estrago do quiera que

alcanzaban.” Asimismo arrojaban dentro de la ciudad unas pellas de

cáñamo, confeccionadas de alquitran y pólvora, las cuales cayendo

encendidas sobre las casas, las incendiaban. Grande fue el horror de

los naturales de la ciudad: veian arder sus casas, caer las torres, y

obstruirse las calles con los escombros y con los cadáveres: en tal

confusion y espanto, ni sabian dónde guarecerse, ni cómo defenderse,

ni qué consejo tomar. Las mugeres, atemorizadas por el estrago de las

balas y la voracidad de las llamas, prorrumpian en gritos dolorosos;

y sus lamentos, mezclados con el estruendo de la artillería, se oian

á la otra parte de la sierra, donde estaban los moros de Hamet,

reducidos á ser espectadores de esta escena.

Perdida toda esperanza de que les viniese socorro de fuera, tuvieron

los moros de Ronda que entregarse á partido; y fue bastante

favorable el que les concedió Fernando. Conocia el Rey que la plaza

aun era capaz de alguna resistencia, y deseaba por otra parte relevar

á los suyos del trabajo que tenian peleando con una multitud de

moros, que desde las sierras y lugares ásperos los guerreaban sin

cesar. Se permitió, pues, á los moradores de Ronda salir con sus

efectos para irse á los reinos de África, ó donde quisiesen; y á los

que prefirieron permanecer en España, se les señaló tierras donde

morar, y se les conservó en el egercicio de su ley.

Verificada la rendicion, se despacharon algunos destacamentos para

perseguir á los moros que andaban por aquellas montañas; pero Hamet,

viéndolo todo perdido, no quiso esperar una batalla, que precisamente

habia de ser infructuosa, y se retiró con sus Gomeles pesaroso é

indignado, aunque sin desesperar enteramente de su fortuna.

El primer cuidado del buen marqués de Cádiz, al entrar en Ronda, fue

la emancipacion de sus desgraciados compañeros de armas, que gemian

en las mazmorras. ¡Qué mudados los halló de lo que eran cuando,

llenos de vigor y de confianza, y resplandecientes por el lujo de

sus arreos, salieron de Antequera á correr los infaustos montes

de Málaga! medio desnudos, aherrojados, y con las barbas hasta la

cintura, movian á compasion; y su vista despertó en el ánimo del

marqués de Cádiz recuerdos muy amargos. Entre los cautivos habia

algunos jóvenes de casas ilustres, que con piedad filial se habian

entregado prisioneros en lugar de sus padres. Todos fueron enviados

á Córdoba, donde la piadosa Isabel, compadeciendo sus trabajos, les

suministró ropas, alimentos y dinero, hasta dejarlos en sus casas.

Sus cadenas fueron suspendidas en el exterior de san Juan de los

Reyes de Toledo, donde aun se hallan, para que el cristiano viagero

pueda regocijarse con su vista. Entre los cautivos moros habia una

jóven de extremada hermosura, á quien un jóven español, cautivo en

Ronda, supo comunicar á un mismo tiempo los sentimientos del amor

mas tierno, y el conocimiento de la verdadera fé. Deseando completar

tan buena obra, la pidió por esposa á la Reina, que se la concedió

gustosa, haciéndola bautizar y colmando á entrambos de mercedes.

Asi quedó sujeta á los Soberanos de Castilla la fortaleza de Ronda,

tenida por inexpugnable, asilo de los guerreros mas atrevidos de

Granada, y columna de las esperanzas de los moros. Á su ejemplo se

rindieron Cazarabonela, Marbella y otros muchos pueblos; de forma que

en el discurso de esta expedicion, llegaron á setenta los pueblos que

se arrancaron al dominio de los sectarios de Mahoma.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 26 / 50 题