_Sitio de Ronda._
Vuelto Hamet el Zegrí á Ronda, despues de la rendicion de Coin, tomó
la nueva de haber marchado el ejército cristiano á poner cerco sobre
Málaga, y recibió las órdenes del Zagal para que le auxiliase con
alguna tropa. Enviando allá parte de su guarnicion, Hamet, á quien
su espíritu fogoso y vengativo no dejaba sosegar, resolvió ejecutar
una nueva expedicion, que borrase la afrenta recibida en la batalla
del Lopera. La situacion de la Andalucía, destituida de tropas,
presentaba la ocasion mas oportuna para una correría por las tierras
de aquel reino; y pues el torrente de la guerra habia ido á inundar
á la vega de Málaga, ningun peligro habia que recelar en Ronda, aun
cuando no fuese tanta la fuerza de sus muros y defensas. Dejando
pues en esta plaza una parte de la guarnicion, se puso Hamet á la
cabeza de sus Gomeles, y bajó como un huracan á desolar las llanuras
de la Andalucía: entró por los estados del duque de Medinasidonia,
y corriendo aquella dilatada campiña y fértiles dehesas, arrebató
ganados, saqueó pueblos, y efectuó su retirada con poca ó ninguna
oposicion; pues aunque las campanas tocaron á rebato, y las hogueras
anunciaron la presencia del enemigo, fue tal la rapidez de sus
movimientos, que no dejó lugar á la persecucion.
Cargado de despojos y ufano por el buen éxito de esta incursion,
seguia Hamet su marcha con direccion á Ronda, cuando al desembocar
de uno de los desfiladeros de la Serranía, llegó á sus oidos el
sonido lúgubre de la artillería cristiana, que tronaba contra Ronda.
Metiendo espuela á su caballo, pasó Hamet adelante; y á medida que
avanzaba, crecia aquel estruendo bélico, retumbando, de cerro en
cerro. Llegó á una altura, tendió la vista, y con el mayor asombro
vió blanquear los campos en derredor de Ronda con las tiendas
de un ejército sitiador. El estandarte real tremolaba en medio
del campamento, indicando la presencia del Monarca, y el bronce
horrísono, vomitando humo y llamas, anunciaba la próxima ruina de las
torres de Ronda.
El ejército real habia logrado venir sobre Ronda de improviso,
estando ausente su alcaide y la mayor parte de la guarnicion; pero
sus habitantes, egercitados en la guerra, se defendian con valor,
confiando ser en breve socorridos por Hamet y sus Gomeles. La
decantada fuerza de aquellos baluartes aprovechó poco contra el
rigor de las lombardas, las cuales, al cuarto dia de romper el fuego,
habian derribado tres torres y una gran parte del muro que cercaba
los arrabales. Con tan buenos principios cobraron mayor esfuerzo los
sitiadores, aproximaron las lombardas, bajando mas la puntería, y se
batió aquella fortaleza con tal vigor, que el peñon en que estaba
fundada se estremecia hasta los cimientos. Los cautivos cristianos,
sepultados en sus calabozos, se complacian de aquel rumor, teniéndolo
por presagio de su cercana libertad.
El pesar que tenia Hamet de ver cercada y combatida aquella plaza,
le inspiró una resolucion desesperada. Exhortando á sus soldados
para que le siguiesen, pasó con la mayor cautela á colocarse con su
gente en una altura inmediata al Real cristiano. Aqui permanecieron
hasta alta noche; y saliendo del monte á tiempo que la mayor parte
del ejército yacía entregada al sueño, acometieron repentinamente por
el lado mas flaco del acampamento, con propósito de abrirse paso con
la espada por medio de los sitiadores, y ganando la ciudad, entrar á
defenderla. Pero la vigilancia con que se guardaba el campo cristiano
frustró esta tentativa; y los moros, rechazados y perseguidos, se
acogieron á la sierra de donde habian salido, defendiéndose de los
cristianos con piedras, dardos y saetas.
Hizo entonces Hamet encender grandes fuegos en las cumbres de las
montañas, y acudieron á su estandarte muchos moros de la Serranía y
algunas tropas de Málaga. Con este refuerzo hizo varias tentativas
para forzar el Real cristiano y entrar en Ronda; pero fueron inútiles
todos sus esfuerzos, y siempre tuvo que recogerse á las asperezas de
la sierra con pérdida de muchos de sus soldados mas valientes.
Entre tanto, los apuros de los sitiados crecian de hora en hora. El
marqués de Cádiz habia logrado apoderarse de los arrabales, y se
hallaba en disposicion de llegar hasta la base misma del escarpado
peñon que sostenia aquella fortaleza. Al pié de este precipicio
brotaba una fuentecilla, á la cual se bajaba desde la ciudad por
una mina cortada en la peña viva. De aqui se surtia de agua el
vecindario, empleándose para sacarla, á los cautivos cristianos,
cuyos cansados pies tenian casi gastados los escalones de la mina. El
marqués de Cádiz, descubriendo este manantial, mandó contraminarlo
al través de la roca sólida. Asi lo ejecutaron sus ingenieros, y
llegando al caño de la fuente, lo cegaron, quitando á la ciudad este
recurso.
Mientras el generoso marqués de Cádiz, animado por la esperanza de
sacar de su cautiverio á sus compañeros de armas, estrechaba el sitio
con el mayor celo, Hamet el Zegrí, mirando desde las alturas la
destruccion de su fortaleza, se golpeaba el pecho, y se abandonaba
á los extremos de una furia impotente. Cada tiro de la artillería
cristiana parecia herirle en el corazon; de dia estaba viendo caer,
una despues de otra, las torres de Ronda, y de noche que ardia la
ciudad como un volcan abrasado. “Tiraban, dice un coronista de
aquel tiempo, no solo piedras de canto, sino grandes pelotas de
hierro, fundidas en moldes, que hacian mucho estrago do quiera que
alcanzaban.” Asimismo arrojaban dentro de la ciudad unas pellas de
cáñamo, confeccionadas de alquitran y pólvora, las cuales cayendo
encendidas sobre las casas, las incendiaban. Grande fue el horror de
los naturales de la ciudad: veian arder sus casas, caer las torres, y
obstruirse las calles con los escombros y con los cadáveres: en tal
confusion y espanto, ni sabian dónde guarecerse, ni cómo defenderse,
ni qué consejo tomar. Las mugeres, atemorizadas por el estrago de las
balas y la voracidad de las llamas, prorrumpian en gritos dolorosos;
y sus lamentos, mezclados con el estruendo de la artillería, se oian
á la otra parte de la sierra, donde estaban los moros de Hamet,
reducidos á ser espectadores de esta escena.
Perdida toda esperanza de que les viniese socorro de fuera, tuvieron
los moros de Ronda que entregarse á partido; y fue bastante
favorable el que les concedió Fernando. Conocia el Rey que la plaza
aun era capaz de alguna resistencia, y deseaba por otra parte relevar
á los suyos del trabajo que tenian peleando con una multitud de
moros, que desde las sierras y lugares ásperos los guerreaban sin
cesar. Se permitió, pues, á los moradores de Ronda salir con sus
efectos para irse á los reinos de África, ó donde quisiesen; y á los
que prefirieron permanecer en España, se les señaló tierras donde
morar, y se les conservó en el egercicio de su ley.
Verificada la rendicion, se despacharon algunos destacamentos para
perseguir á los moros que andaban por aquellas montañas; pero Hamet,
viéndolo todo perdido, no quiso esperar una batalla, que precisamente
habia de ser infructuosa, y se retiró con sus Gomeles pesaroso é
indignado, aunque sin desesperar enteramente de su fortuna.
El primer cuidado del buen marqués de Cádiz, al entrar en Ronda, fue
la emancipacion de sus desgraciados compañeros de armas, que gemian
en las mazmorras. ¡Qué mudados los halló de lo que eran cuando,
llenos de vigor y de confianza, y resplandecientes por el lujo de
sus arreos, salieron de Antequera á correr los infaustos montes
de Málaga! medio desnudos, aherrojados, y con las barbas hasta la
cintura, movian á compasion; y su vista despertó en el ánimo del
marqués de Cádiz recuerdos muy amargos. Entre los cautivos habia
algunos jóvenes de casas ilustres, que con piedad filial se habian
entregado prisioneros en lugar de sus padres. Todos fueron enviados
á Córdoba, donde la piadosa Isabel, compadeciendo sus trabajos, les
suministró ropas, alimentos y dinero, hasta dejarlos en sus casas.
Sus cadenas fueron suspendidas en el exterior de san Juan de los
Reyes de Toledo, donde aun se hallan, para que el cristiano viagero
pueda regocijarse con su vista. Entre los cautivos moros habia una
jóven de extremada hermosura, á quien un jóven español, cautivo en
Ronda, supo comunicar á un mismo tiempo los sentimientos del amor
mas tierno, y el conocimiento de la verdadera fé. Deseando completar
tan buena obra, la pidió por esposa á la Reina, que se la concedió
gustosa, haciéndola bautizar y colmando á entrambos de mercedes.
Asi quedó sujeta á los Soberanos de Castilla la fortaleza de Ronda,
tenida por inexpugnable, asilo de los guerreros mas atrevidos de
Granada, y columna de las esperanzas de los moros. Á su ejemplo se
rindieron Cazarabonela, Marbella y otros muchos pueblos; de forma que
en el discurso de esta expedicion, llegaron á setenta los pueblos que
se arrancaron al dominio de los sectarios de Mahoma.
[Ilustración]