_Tentativa del Zagal para sorprender á Boabdil en Almería._
Todo este año, tan desastroso para los moros, permaneció Boabdil,
verdaderamente llamado el Zogoibi, en la ciudad marítima de Almería.
Reducido á una corte mezquina, y conservando apenas el nombre de
Rey, esperaba que la fluctuacion de los eventos, haciendo volver á
su obediencia á aquel inconstante pueblo, le restituyese al trono de
la Alhambra. Su altiva madre, la sultana Aixa, procuró sacarle de
este letargo. “Es de ánimos apocados, le dijo, esperar que vuelva la
rueda de la fortuna; las almas grandes saben asirla y sujetarla á
su voluntad. Sal al campo, acomete empresas, arrostra peligros; asi
podras acaso recobrar el trono de Granada, ó conservar al menos la
sombra de soberanía que te queda.”
Pero Boabdil no tenia la fuerza de alma que era menester para seguir
estos animosos consejos, y en breves dias le sobrevinieron los males
que su madre le tenia pronosticado.
Postrado en cama, y casi ciego, el anciano Muley Aben Hazen, iba
sucumbiendo á la vejez y á los achaques. Su hermano Audalla, por
otro nombre el Zagal, el mismo que habia concurrido á la matanza de
los cristianos en los montes de Málaga, era general en gefe de los
ejércitos moros, y habia llegado insensiblemente á encargarse de casi
todos los cuidados del gobierno. Entre otras cosas proseguia con
tanto celo la guerra del Rey padre contra el hijo, que sospechaban
algunos habia en esto algo mas que simpatía fraternal.
Las desgracias y reveses sufridos últimamente por los moros, habian
herido el amor propio de la nacion: en Almería se indignaban de
la inaccion de Boabdil, y de los tratos que traia con el enemigo;
al paso que en Granada se fomentaban mañosamente estos mismos
sentimientos por los agentes de Audalla. Poco á poco lograron
malquistarle con el pueblo y con la tropa, y formaron una tenebrosa
conjuracion para su ruina. En febrero de 1485, se presentó el Zagal
delante de Almería á la cabeza de un escuadron de caballos. Las
puertas le fueron inmediatamente abiertas por los conjurados, y
entrando con su gente, corrió el Zagal á la ciudadela, donde fue
recibido con aclamaciones por la guarnicion, que mató al alcaide.
Pasando en seguida al Alcázar, recorrió todos sus aposentos en
busca de Boabdil: en uno de ellos halló á la sultana Aixa, con el
jóven Aben Ahagete, hermano menor del Rey, y algunas personas de su
servidumbre. “¿Dónde está el traidor Boabdil?” exclamó el Zagal. “El
traidor y el pérfido lo eres tú, le replicó la intrépida Sultana,
y mi hijo á esta hora confio estará en parte segura, para vengarse
algun dia de tu traicion.” La rabia del Zagal, cuando supo que se
le habia escapado su víctima, llegó al último extremo. En su furor
mató al jóven príncipe Aben Ahagete; y sus secuaces, siguiendo este
ejemplo, sacrificaron á los demas que se hallaban presentes, escepto
á la sultana Aixa, que quedó su prisionera.
Un soldado leal habia prevenido á Boabdil de su peligro, en tiempo
para efectuar su fuga. Saltando en un caballo ligero, partió á
escape, acompañado de algunos parciales, y en medio de aquella
confusion logró salir de la ciudad: ¿pero dónde habia de acudir, si
no habia fortaleza ni castillo que no estuviese contra él? ¿de quién
se habia de fiar, si ya los moros estaban enseñados á detestarle
como traidor y apóstata? En tal estado, no le quedó otra alternativa
que la de refugiarse entre los cristianos, sus enemigos naturales,
y volviendo pesaroso las riendas á su caballo, dirigió los pasos
hácia Córdoba. Hubo de pasar como fugitivo una parte de sus propios
dominios, sin hallarse enteramente seguro hasta pasar la frontera,
y dejar atrás las altas montañas que eran la barrera natural de su
pátria. Entonces fue cuando reconoció toda la humillacion de su
estado: un desertor de su trono; un desecho de su nacion; un Rey
sin reino. En la agonía de su dolor se dió un golpe en el pecho, y
exclamó: “¡en hora fatal nací, y verdad dicen los que me llaman el
desventurado!”
Entró en Córdoba con semblante decaido, y acompañado de solo cuarenta
de sus partidarios. Los Reyes estaban ausentes; pero los señores
de la corte le recibieron con demostraciones afectuosas, y con la
generosidad que distingue á las almas nobles y caballerescas.
Entre tanto, el Zagal puso en Almería un nuevo alcaide, para que
mandase en nombre de su hermano; y habiendo reforzado la guarnicion,
partió para Málaga, donde se esperaba un nuevo ataque de los
cristianos. Expulsado de aquellos dominios el Rey chico, y ciego é
impedido su padre Aben Hazen, era el Zagal virtualmente el Soberano
de Granada. El pueblo, bien hallado con su nuevo ídolo, victoreaba su
nombre y fundaba en él las esperanzas de la nacion.
[Ilustración]