CAPÍTULO XXIII.

_Tentativa del Zagal para sorprender á Boabdil en Almería._

Todo este año, tan desastroso para los moros, permaneció Boabdil,

verdaderamente llamado el Zogoibi, en la ciudad marítima de Almería.

Reducido á una corte mezquina, y conservando apenas el nombre de

Rey, esperaba que la fluctuacion de los eventos, haciendo volver á

su obediencia á aquel inconstante pueblo, le restituyese al trono de

la Alhambra. Su altiva madre, la sultana Aixa, procuró sacarle de

este letargo. “Es de ánimos apocados, le dijo, esperar que vuelva la

rueda de la fortuna; las almas grandes saben asirla y sujetarla á

su voluntad. Sal al campo, acomete empresas, arrostra peligros; asi

podras acaso recobrar el trono de Granada, ó conservar al menos la

sombra de soberanía que te queda.”

Pero Boabdil no tenia la fuerza de alma que era menester para seguir

estos animosos consejos, y en breves dias le sobrevinieron los males

que su madre le tenia pronosticado.

Postrado en cama, y casi ciego, el anciano Muley Aben Hazen, iba

sucumbiendo á la vejez y á los achaques. Su hermano Audalla, por

otro nombre el Zagal, el mismo que habia concurrido á la matanza de

los cristianos en los montes de Málaga, era general en gefe de los

ejércitos moros, y habia llegado insensiblemente á encargarse de casi

todos los cuidados del gobierno. Entre otras cosas proseguia con

tanto celo la guerra del Rey padre contra el hijo, que sospechaban

algunos habia en esto algo mas que simpatía fraternal.

Las desgracias y reveses sufridos últimamente por los moros, habian

herido el amor propio de la nacion: en Almería se indignaban de

la inaccion de Boabdil, y de los tratos que traia con el enemigo;

al paso que en Granada se fomentaban mañosamente estos mismos

sentimientos por los agentes de Audalla. Poco á poco lograron

malquistarle con el pueblo y con la tropa, y formaron una tenebrosa

conjuracion para su ruina. En febrero de 1485, se presentó el Zagal

delante de Almería á la cabeza de un escuadron de caballos. Las

puertas le fueron inmediatamente abiertas por los conjurados, y

entrando con su gente, corrió el Zagal á la ciudadela, donde fue

recibido con aclamaciones por la guarnicion, que mató al alcaide.

Pasando en seguida al Alcázar, recorrió todos sus aposentos en

busca de Boabdil: en uno de ellos halló á la sultana Aixa, con el

jóven Aben Ahagete, hermano menor del Rey, y algunas personas de su

servidumbre. “¿Dónde está el traidor Boabdil?” exclamó el Zagal. “El

traidor y el pérfido lo eres tú, le replicó la intrépida Sultana,

y mi hijo á esta hora confio estará en parte segura, para vengarse

algun dia de tu traicion.” La rabia del Zagal, cuando supo que se

le habia escapado su víctima, llegó al último extremo. En su furor

mató al jóven príncipe Aben Ahagete; y sus secuaces, siguiendo este

ejemplo, sacrificaron á los demas que se hallaban presentes, escepto

á la sultana Aixa, que quedó su prisionera.

Un soldado leal habia prevenido á Boabdil de su peligro, en tiempo

para efectuar su fuga. Saltando en un caballo ligero, partió á

escape, acompañado de algunos parciales, y en medio de aquella

confusion logró salir de la ciudad: ¿pero dónde habia de acudir, si

no habia fortaleza ni castillo que no estuviese contra él? ¿de quién

se habia de fiar, si ya los moros estaban enseñados á detestarle

como traidor y apóstata? En tal estado, no le quedó otra alternativa

que la de refugiarse entre los cristianos, sus enemigos naturales,

y volviendo pesaroso las riendas á su caballo, dirigió los pasos

hácia Córdoba. Hubo de pasar como fugitivo una parte de sus propios

dominios, sin hallarse enteramente seguro hasta pasar la frontera,

y dejar atrás las altas montañas que eran la barrera natural de su

pátria. Entonces fue cuando reconoció toda la humillacion de su

estado: un desertor de su trono; un desecho de su nacion; un Rey

sin reino. En la agonía de su dolor se dió un golpe en el pecho, y

exclamó: “¡en hora fatal nací, y verdad dicen los que me llaman el

desventurado!”

Entró en Córdoba con semblante decaido, y acompañado de solo cuarenta

de sus partidarios. Los Reyes estaban ausentes; pero los señores

de la corte le recibieron con demostraciones afectuosas, y con la

generosidad que distingue á las almas nobles y caballerescas.

Entre tanto, el Zagal puso en Almería un nuevo alcaide, para que

mandase en nombre de su hermano; y habiendo reforzado la guarnicion,

partió para Málaga, donde se esperaba un nuevo ataque de los

cristianos. Expulsado de aquellos dominios el Rey chico, y ciego é

impedido su padre Aben Hazen, era el Zagal virtualmente el Soberano

de Granada. El pueblo, bien hallado con su nuevo ídolo, victoreaba su

nombre y fundaba en él las esperanzas de la nacion.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 24 / 50 题