_De la entrada del ejército cristiano en el territorio de los moros
para talar sus tierras._
[Nota al margen: Año 1484.]
Los caballeros que habian sobrevivido á la matanza de los montes de
Málaga, no obstante haber vengado en diversas ocasiones la muerte de
sus compañeros, aun conservaban altamente en el corazon la memoria de
aquel sangriento suceso: ardian por entrar de nuevo por el territorio
moro, para llevarlo todo á fuego y sangre, y dejar aquellas fértiles
regiones, que habian sido testigos de su desgracia, hechas triste y
espantoso monumento de su venganza.
Sus deseos se cumplieron, y en la primavera de 1484, volvió la
antigua ciudad de Antequera á resonar con el estrépito de las armas.
Muchos de los caballeros que el año anterior se habian reunido alli
para aquella expedicion desastrosa, volvieron á entrar por las mismas
puertas con sus soldados, cubiertos de hierro; no ya con la pompa
y alegría que entonces, y sí con gravedad y silencio, y con ánimos
resueltos. En breve se juntó en aquella plaza una fuerza de seis mil
de á caballo y doce mil de infantería, tropa escogida y compuesta
en parte de los caballeros de las órdenes militares y religiosas, y
de las gentes de la hermandad. Todo cuanto podia ser de necesidad y
provecho al ejército en esta nueva incursion, se le suministró con
prevision diligente. El celo caritativo de la Reina dispuso, que
fuesen con la tropa muchos cirujanos para que curasen á los heridos,
sin llevar precio, pues ella pagaba sus servicios. Asimismo se
previno por órden de Isabel un hospital de campaña, compuesto de seis
tiendas espaciosas, provistas de camas y todo lo necesario para los
heridos y enfermos.
Hechas estas y otras prevenciones, salió de Antequera aquel lucido y
poderoso ejército llevando el órden siguiente. Don Alonso de Aguilar
guiaba la vanguardia, acompañándole el alcaide de los Donceles y
Luis Fernandez Portocarrero, con los capitanes de la hermandad y sus
gentes. La segunda batalla iba al mando del marqués de Cádiz y del
maestre de Santiago, con los caballeros de esta órden y las tropas de
la casa de Ponce de Leon. En el ala derecha de esta batalla mandaba
Gonzalo de Córdoba y en la izquierda Diego Lopez de Ayala. La tercera
batalla venia á las órdenes del duque de Medinasidonia y del conde de
Cabra, que llevaban asimismo las gentes de sus respectivas casas. El
comendador mayor de Alcántara conducia la retaguardia, acompañándole
los caballeros de su órden y los de Jerez, Écija y Carmona.
Tal fue el ejército que salió de Antequera para ejecutar la mas
rigurosa tala, que habia desolado jamas el reino de Granada. Entrando
en el territorio moro por la via de Alora, destruyeron luego todos
los panes, viñas y olivares en contorno de aquella villa: pasaron
adelante por los valles y tierras de Coin, Casarabonela, Almejía
y Cartama, y en diez dias convirtieron aquel pais risueño en un
desierto espantoso. Desde alli á manera de un arroyo de lava ardiente
siguió el ejército su curso lento y destructor por tierras de Pupiana
y Alhendin, y mas allá, hasta la vega de Málaga, abrasando y talando
huertas, olivares y almendrales, sin dejar cosa verde. Los moros
de algunos de estos pueblos procuraron eximir sus tierras de tanto
estrago, ofreciendo poner en libertad á los cristianos que tenian
cautivos: otros salieron animosamente á defender sus propiedades;
pero fueron rechazados con mucha pérdida, y los arrabales de sus
pueblos destruidos y quemados[34]. Á la noche era un espectáculo,
que infundia horror ver como entre columnas de denso humo subian las
devoradoras llamas desde los pueblos y caseríos incendiados.
[34] Pulgar. Crónica, 3 parte, cap. XX.
Llegando á las orillas del mar, halló el ejército muchos barcos, que
le estaban esperando con toda clase de mantenimientos y municiones
que habian traido de Sevilla y de Jerez, para que nada faltase á la
tropa en esta expedicion. Asi pudieron continuar su marcha hasta las
inmediaciones de Málaga, donde fueron atacados vigorosamente por los
moros de aquella ciudad, y un dia entero se pasó en escaramuzas muy
reñidas; pero mientras una parte del ejército peleaba, la otra se
ocupaba en asolar la vega.
Conseguido el objeto de esta expedicion, que no era el de hacer
conquistas, sino solo de debilitar al enemigo, volvieron atrás los
cristianos, dirigiendo su marcha hácia las montañas. Dieron la vuelta
por Coin, Altazaina, Gutero y Alhaurin, talando y arrasando cuanto
hallaron en circuito de estos pueblos, cuyos floridos valles eran la
gloria de aquellas montañas y las delicias de los moros. Al cabo de
cuarenta dias que duró esta tala, volvió el ejército cristiano á los
prados de Antequera.
Á principios de junio tomó el Rey Fernando en persona el mando de
estas tropas, aumentando su fuerza con varias lombardas y otras
piezas de batir, dirigidas por ingenieros alemanes y franceses. Con
esta nueva arma, aseguraba el marqués de Cádiz que se podrian ganar
con poca dificultad todas las fortalezas de los moros; pues siendo
su principal defensa la aspereza y elevacion del terreno, no tenian
las murallas el espesor y fuerza necesaria para resistir el furioso
ímpetu de las balas arrojadas por la pólvora. Asi era la verdad, como
luego se conoció en la suerte que cupo á la villa de Alora. Apenas
se rompió el fuego contra esta fortaleza, cuando se reconocieron los
efectos de estas máquinas terribles: dos torres y una parte de la
muralla fueron derribadas en poco tiempo. Los moros, amedrentados y
confusos por este nuevo género de ataque, no acertaban á defenderse:
el estruendo de la artillería y la ruina de sus casas, tenia á
las mugeres llenas de consternacion; y éstas, pidiendo á voces la
rendicion, obligaron á aquellos á entregarse á los sitiadores. En
efecto el dia 20 de junio quedó esta plaza por el Rey, habiéndose
permitido á los habitantes salir de ella con sus efectos.
Igual suerte tuvo la villa de Setenil, situada sobre un peñasco
escarpado, y tenida por inexpugnable. Diversas veces se habia
combatido esta fortaleza por los Reyes anteriores, que nunca la
pudieron rendir. Aun ahora la artillería estuvo asestada contra sus
muros por algunos dias, sin hacer impresion alguna; pero al fin
el marqués de Cádiz, dirigiendo él mismo los tiros, aportilló las
puertas y abrió una gran brecha en la muralla, obligando á los moros
á rendirse.
Á la toma de Alora y Setenil, se siguió la de otros muchos pueblos,
que sin esperar á ser combatidos, se entregaron á las armas del Rey.
Los moros habian desplegado siempre mucha constancia y valor en la
defensa de sus plazas: eran temibles en sus salidas y escaramuzas; y
en los sitios sabian sufrir el hambre y la sed; pero esta terrible
artillería, que con tanta facilidad daba en tierra con sus murallas,
los tenia llenos de confusion y espanto, pues veian ser en vano toda
resistencia. Admirado el Rey del efecto producido por los cañones,
mandó aumentar su número; y esta arma poderosa fue mas adelante de
gran de influencia en el resultado de la guerra.
La última operacion de este año, tan desastroso para los moros, fue
una incursion que hácia el fin del verano hizo el Rey en la vega
de Granada. En esta ocasion, despues de asolar el pais, quemó dos
pueblos, y destruyó varios molinos que habia á las puertas mismas de
la capital.
El viejo Muley Aben Hazen, contemplaba con dolor y asombro la
devastacion de sus dominios: la adversidad y los achaques habian
postrado aquel espíritu altivo, y suspiraba por la paz. Á fin de
obtenerla, hizo proposiciones al Rey, ofreciendo tener su corona
como tributario de la de Castilla; pero Fernando, que no aspiraba
á menos que á la absoluta conquista de Granada, no quiso entrar en
negociacion alguna. Dejando bien provistas y guarnecidas las plazas
que se habian tomado á los moros, volvió el Rey á Córdoba, donde
entró en triunfo, terminando una série de campañas que le habian
cubierto de gloria.
[Ilustración]