CAPÍTULO XX.

_Empresa del marqués de Cádiz para recobrar á Zahara, y su

resultado._

Los adalides ó espías que el marqués de Cádiz tenia constantemente

á su servicio, no cesaban de rondar las plazas y fortalezas de los

moros, para reconocer su situacion y fuerza, el número de la tropa

que las guarnecia, y la vigilancia ó descuido de los alcaides. De

todo esto daban puntualmente parte á su dueño, el cual por este medio

sabia el estado de defensa en que se hallaban todas las fortalezas de

la frontera, y el momento mas favorable para atacarlas con ventaja.

Ademas de muchos pueblos y villas sobre los cuales egercia un dominio

feudal, tenia el Marqués siempre á su disposicion una fuerza armada

compuesta de sus vasallos, deudos y familiares, que en todo lance ú

ocasion estaban prontos á seguirle, y á morir en su defensa. En las

armerías de sus castillos habia gran provision de corazas, yelmos, y

armas de varias clases, todo á punto de servir; estando ademas llenas

sus caballerizas de caballos fuertes, activos y muy propios para el

servicio de la montaña.

Persuadido el marqués de Cádiz que por efecto de la derrota de los

moros en las orillas del Lopera, estarian los pueblos fronterizos

del enemigo con muy poca defensa, y reducidas á muy corto número

sus guarniciones, por la pérdida de sus alcaides, juzgó ser esta la

ocasion mas oportuna para intentar una nueva empresa. Las noticias

que le daban sus espías, le determinaron á acometer á la fortaleza de

Zahara; la misma que dos años antes habia Muley Aben Hazen arrebatado

á los cristianos, y que á la sazon se hallaba mal guardada y escasa

de mantenimientos.

Habiendo participado sus designios á Luis Fernandez Portocarrero,

y á Juan Almaraz, que mandaba las gentes de la hermandad, juntaron

estos caudillos sus tropas, y el dia 28 de octubre de este año, se

reunieron con el Marqués sobre la ribera del Guadalete, junto á un

desfiladero que conduce á Zahara. Reunidas sus tropas, llegaban

al número de seiscientos caballos y mil quinientos infantes, con

los cuales se pusieron en movimiento contra Zahara en cuanto cerró

la noche. Entrando por el desfiladero, siguieron su marcha con

precaucion y silencio al través de aquellos montes, hasta llegar

junto á los muros de la plaza. Llegaron tan callando, que los

centinelas no sintieron ni una voz, ni una pisada; y la oscuridad

era tanta, que no pudieron distinguir objeto alguno. Venia con el

marqués de Cádiz el famoso escalador Ortega de Prado, que ya se

habia distinguido en la sorpresa de Alhama. Este veterano con diez

hombres prevenidos de escalas, fue á colocarse en el hueco de unas

peñas junto á la muralla: en un barranco, no muy lejos de alli, se

apostaron setenta soldados que debian sostener á los escaladores; y

en una hondonada que distaba poco de la puerta de la plaza, se ocultó

la demas tropa, para esperar el momento de acometer.

Lo que restaba de la noche se pasó guardando todos el mas profundo

silencio: al fin amaneció, y los rayos del sol naciente comenzaron

á dorar los altos picos de la serranía de Ronda. Los soldados de la

guarnicion de Zahara, mirando desde las almenas y viendo la quietud

que reinaba en aquel pais solitario, abandonaron las murallas,

muy lejos de sospechar que no habia peña ni mata que no ocultase

un enemigo. Entonces fue cuando por órden del Marqués salió de la

hondonada un escuadron de caballería ligera, que se presentó delante

de la villa, y corriendo el campo llegó hasta la misma puerta,

provocando á los moros para que saliesen á escaramuzar. Asi lo

hicieron en efecto unos setenta de á caballo y algunos peones de los

que guardaban la muralla, los cuales pensando castigar la osadía

del enemigo, arremetieron á él con valor impetuoso. Huyeron los

cristianos, y corrieron en pos de ellos los moros persiguiéndolos;

pero en esto oyeron á sus espaldas una vocería y tumulto grande,

y volviendo los ojos, ven que se está atacando á la villa, y que

una partida de escaladores va subiendo, espada en mano, por la

muralla: al punto vuelven las riendas á sus caballos y se retiran

con precipitacion hácia el lugar. Saliendo entonces de la hondonada

donde estaban emboscados, trataron el marqués de Cádiz y Portocarrero

de cortarles la retirada; mas no lo pudieron conseguir, y los moros

tuvieron lugar de refugiarse dentro de la plaza.

Mientras Portocarrero combatia la puerta, el Marqués metiendo las

espuelas al caballo, corrió al socorro de los escaladores, los cuales

acometidos por cincuenta moros armados de lanzas y corazas, se veian

en el mayor aprieto, y á pique de ser lanzados de la muralla. En

tan crítico momento llegó el Marqués, que arrojándose del caballo y

animando á sus gentes, subió por una escala con algunos soldados y

atacó vigorosamente al enemigo[30]. Turbados y confusos, desampararon

los moros la muralla, pero siguieron defendiéndose por las calles:

al fin, acosados por los cristianos, se recogieron á la ciudadela,

dejando las puertas y torres de la plaza en poder del enemigo. Los

moros no pudiendo subsistir en la ciudadela por ser muchos y tener

pocos bastimentos, ofrecieron darse á partido, y el Marqués les

concedió el de salir libremente con sus efectos, dejando las armas y

obligándose á pasar á Berbería.

[30] Cura de los Palacios, c. 68.

Asi se volvió á ganar la villa de Zahara para confusion de Muley Aben

Hazen, que de esta manera pagó la pena y perdió el fruto, de aquella

su agresion injusta. Los Reyes de Castilla, agradeciendo esta hazaña

al valiente Ponce de Leon, le concedieron el título de duque de Cádiz

y marqués de Zahara; pero él estimaba en tanto su primer título, que

nunca lo dejó, y firmaba siempre: el marqués duque de Cádiz.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 21 / 50 题