_Del honroso recibimiento que hicieron los Reyes católicos al conde
de Cabra y al alcaide de los Donceles._
Suspendiendo aqui por un momento la marcha de nuestra crónica,
apartémonos, lector discreto, del ruido de las armas, para considerar
la entrada solemne que el conde de Cabra y el alcaide de los
Donceles, hicieron en Córdoba con motivo de la captura del Rey moro
Boabdil.
En esta ciudad, y en el antiguo Alcázar moro que hay en ella,
tenian á la sazon su corte los Soberanos de Castilla. Arreglado el
ceremonial por el cardenal don Pedro de Mendoza, obispo de Toledo, el
buen conde de Cabra, conforme á lo que estaba dispuesto, se presentó
el dia 14 de octubre á las puertas de Córdoba. Salieron á recibirle
el gran cardenal y el duque de Villahermosa, hermano natural del
Rey, con muchos de los grandes y prelados del reino, que le fueron
acompañando hasta palacio, donde entró entre las aclamaciones de un
pueblo numeroso, y obsequiado con el marcial estruendo de cajas,
trompetas y otros instrumentos.
Llegando el Conde á presencia de los Soberanos, que estaban
sentados bajo un dosel magnífico en el salon de audiencia, se
levantó el Rey para recibirle, adelantándose cinco pasos al efecto:
el Conde doblando una rodilla, le besó la mano; pero el Rey para
mas honrarle, y porque no queria tratarle solamente como vasallo,
le abrazó afectuosamente. La Reina entonces se acercó tres pasos
hácia el Conde, y lo recibió con un semblante lleno de bondad y
dulzura, dándole á besar su mano. Volviendo luego los Reyes á ocupar
su asiento en el trono, mandaron al Conde que se sentase en su
presencia. Hízolo éste asi en un escaño cerca del Rey; sentándose
tambien al lado del Conde el duque de Nájera, despues el obispo
de Palencia, luego el conde de Aguilar, el conde de Luna y don
Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon. Al lado de la Reina
tomaron asimismo asiento el gran cardenal de España, el duque de
Villahermosa, el conde de Monterey y los obispos de Jaen y Cuenca,
segun el órden en que van nombrados. La Infanta doña Isabel, por
estar indispuesta, no pudo asistir á esta ceremonia.
Sonando entonces una música festiva, se presentaron veinte damas del
acompañamiento de la Reina, primorosamente ataviadas, y con ellas
otros tantos caballeros jóvenes adornados de magníficos arreos;
los cuales dieron principio á un baile, en que se danzó con toda
la gravedad y compostura características de aquel tiempo, pero con
mucha gracia. Concluido el baile, se levantaron el Rey y la Reina
para retirarse, y habiéndose despedido de la corte con expresiones
las mas benignas, quedó deshecho aquel concurso. El conde de Cabra
pasó entonces en compañía de todos los grandes al palacio del gran
cardenal, donde se le sirvió una cena suntuosa.
El sábado siguiente se le hizo su recibimiento al alcaide de los
Donceles, aunque no con la misma distincion que á su tio el Conde,
por considerarse á éste como el actor principal en aquel hecho tan
famoso. Asi es que el gran cardenal y el duque de Villahermosa, en
vez de salir á la puerta de la ciudad á recibirle, lo verificaron en
palacio, donde le entretuvieron en conversacion, esperando se les
llamase á comparecer en la real presencia.
Habiéndose presentado el alcaide de los Donceles á sus Soberanos, se
levantaron éstos de su asiento, y abrazándolo benignamente, aunque
sin haberse adelantado hácia él, le mandaron que se sentase al lado
del conde de Cabra. La Infanta doña Isabel salió tambien á recibirle,
y tomó su asiento al lado de la Reina. Se volvió á entonar una música
alegre, y se procedió como antes á bailar, saliendo al efecto la
Infanta acompañada de una jóven dama portuguesa. Concluyendo asi la
funcion, despidieron los Reyes al alcaide de los Donceles con mucho
agasajo y cortesía y la corte se retiró.
El domingo siguiente el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles,
fueron convidados á cenar con los Soberanos. Aquella noche concurrió
á la corte toda la grandeza, con vestidos y galas del mayor lujo, y
con el esplendor que distinguia á la nobleza castellana de aquella
época. Antes de cenar hubo baile: el Rey sacó á la Reina, y bailó con
ella: el conde de Cabra tuvo el honor de dar la mano á la Infanta
doña Isabel, y otro tanto hizo el alcaide de los Donceles con la hija
del marqués de Astorga.
Despues del baile, pasaron los Reyes y la corte á la sala de cenar.
Aqui á la vista de todos los presentes, cenaron el conde de Cabra
y el alcaide de los Donceles con el Rey, la Reina y la Infanta. El
marqués de Villena sirvió á la familia real, siendo escanciador del
Rey don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba: en igual calidad
sirvió á la Reina don Alonso de Estúñiga, y á la Infanta don Tello
de Aguilar. Otros caballeros principales y distinguidos sirvieron al
conde de Cabra y al alcaide de los Donceles. Á la una se retiraron
los dos huéspedes, habiéndolos despedido los Reyes con expresiones
muy corteses y benignas[29].
[29] La relacion de este ceremonial tan característico de la
corte de Castilla en aquella época, concuerda en todo lo esencial
con otras que se hallan en Andrés Bernaldez y en otros MSS.
Tales fueron los obsequios y honores que dispensaron los Reyes
católicos á estos dos famosos caballeros. Pero el reconocimiento
de los Soberanos no paró aqui. Pasados muy pocos dias, concedieron
á entrambos cuantiosas rentas, asi perpetuas como vitalicias, y el
título de don para ellos y sus descendientes. Asimismo se les dió
facultad para añadir á sus armas anteriores la cabeza de un moro
coronado, con una cadena de oro al cuello, y que orleasen el escudo
con veinte y dos banderas, en señal de otras tantas que habian ganado
á los moros. Los descendientes de las casas de Cabra y Córdoba traen,
aun hoy dia, estas armas, en memoria de la victoria de Lucena, y de
la captura del Rey chico de Granada.
[Ilustración]