_Boabdil vuelve de su cautiverio._
Por el mes de agosto llegó á Córdoba con una comitiva espléndida
un noble moro Abencerrage, que traia al hijo de Boabdil y á otros
jóvenes de la primera nobleza de Granada, que habian de quedar en
rehenes hasta el cumplimiento de las condiciones del rescate. Viendo
el rey moro á su hijo único á quien dejaba como cautivo en tierra
estraña, se enterneció, y estrechándolo entre sus brazos, dijo: “En
hora menguada nací, y bajo infausta estrella: con razon me llaman el
Zogoibi, ó el desgraciado, pues los males que mi padre me acarrea,
esos mismos ocasiono yo á mi hijo.” Pero sirvió de mucho consuelo
al afligido Boabdil la piedad que usaron los reyes católicos con el
jóven príncipe, pues entregándolo al buen alcaide, Martin de Alarcon,
dieron á éste las mas estrechas órdenes para que le sirviese atento
y obsequioso, y le guardase todas las consideraciones debidas á sus
tiernos años y distinguido nacimiento.
El dia 2 de setiembre se presentó á las puertas de la mansion de
Boabdil una guardia de honor para escoltarlo hasta la frontera de su
reino. Al separarse de su hijo, volvió el Rey á abrazarlo, pero sin
pronunciar palabra, por no descubrir la agitacion de su espíritu.
Montó á caballo, y sin volver atrás el rostro, se apresuró á partir,
temiendo manifestar por entre la estudiada serenidad de Rey la
debilidad de un tierno padre.
Salió Boabdil de Córdoba acompañándole el Rey hasta corta distancia,
donde se separaron, partiendo éste para Guadalupe, y aquel para
Granada. En su tránsito por los pueblos, se le hicieron los honores
correspondientes á una persona real, escoltándole los adelantados
de las Andalucías y generales de la frontera, hasta dejarle en sus
dominios. Saliendo entonces á recibirle los caballeros principales de
su corte, enviados secretamente por la sultana Aixa, para conducirlo
á Granada, se halló otra vez el Rey chico en su propio territorio,
rodeado de guerreros musulmanes, y bajo la salvaguardia de su
mismo real estandarte. Con tan feliz suceso se ensanchó el corazon
oprimido de Boabdil, que ya empezaba á dudar de las predicciones de
los astrólogos. Pero fue de poca duracion su regocijo: en el corto
número de leales caballeros que habian salido á recibirle, echaba de
menos el príncipe á muchos de sus mas obsequiosos servidores: bien
pronto notó una gran mudanza en los ánimos de sus vasallos: su padre
representando el concierto ajustado en Porcuna como una traicion
á la pátria y á la religion, habia logrado desconceptuarle con el
pueblo: muchos de los nobles que estaban á su devocion, persuadidos
que Boabdil trababa de imponerles el yugo de los cristianos, habian
vuelto á reconocer á su padre, y casi todos los pueblos se habian
apartado de su obediencia: de suerte que la sultana Aixa y su partido
apenas se podian mantener en las torres de la Alcazaba.
Tal fue la triste relacion que hicieron á Boabdil sus cortesanos
del estado de sus intereses. Tambien le manifestaron que su regreso
á Granada, para reunirse con aquella pequeña corte que aun le
reconocia, era una empresa de mucha dificultad y peligro, por la
vigilancia con que el viejo Aben Hazen guardaba las puertas y
murallas de la ciudad.
Llegó Boabdil á su capital de noche, y acercándose cautelosamente á
los muros, logró apoderarse de un postigo del arrabal del Albaicin,
cuyos moradores siempre le habian sido favorables. Pasó con rapidez
aquellas calles, y llegó sin oposicion al castillo de la Alcazaba,
donde le recibieron en sus brazos la heróica Aixa su madre, y Moraima
su esposa predilecta. Ésta, en medio de su regocijo por la vuelta
de su marido, no pudo contener las lágrimas al recordar la muerte
del anciano Aliatar, su padre, y la ausencia de su hijo, que quedaba
con los cristianos en rehenes. Aun á Boabdil, humillado por las
desgracias y por las mudanzas que notaba, se le humedecieron los
ojos; pero su madre le inspiró otro ánimo y otros pensamientos. “No
es ocasion esta, dijo, de lágrimas y ternezas: ya solo el cetro y el
trono han de ser el objeto de tus cuidados. Bien hiciste, hijo mio,
de volver con resolucion á tu capital; pero piensa que de tí solo
depende el permanecer en ella como soberano ó como cautivo.”
El Rey viejo Aben Hazen, recogido en una de las torres mas fuertes
de la Alhambra, apenas se habia entregado al descanso de su lecho,
cuando oyó confusamente un mormullo que se levantaba en el cuartel
del Albaicin, que está á la parte opuesta del valle que atraviesa el
Darro. Poco despues llegaron sin aliento á las puertas de palacio
algunos mensageros, esparciendo la alarma de que Boabdil habia
entrado en la ciudad, y se habia apoderado de la Alcazaba. En el
primer arrebato de ira estuvo en poco que Aben Hazen postrase á
sus pies al portador de esta nueva. Convocó inmediatamente á sus
consejeros y capitanes, y exhortándoles á la fidelidad en tan crítico
momento, mandó prevenir lo necesario para que á la mañana siguiente
se entrase por fuerza de armas en el Albaicin.
Entre tanto la sultana Aixa tomó las medidas mas prontas y vigorosas
para fortalecer su partido. Se proclamó á Boabdil por las calles
del Albaicin, se distribuyeron entre el pueblo cuantiosas sumas de
dinero, y á los nobles se prodigaron promesas de honores para cuando
el Rey chico estuviese afirmado sobre el trono de Granada. Estas
disposiciones tan acertadas hicieron el efecto que era consiguiente,
y al amanecer ya estaba todo el Albaicin sobre las armas.
Siguióse en Granada un dia de luto y sangre: todo era horror y
tumulto: las cajas y trompetas resonaban por todas partes: se
suspendieron los negocios, cerráronse las puertas de las casas,
y veíanse discurrir por las calles cuadrillas de gente armada,
aclamando unos á Boabdil, otros á Aben Hazen. Donde quiera que éstas
se encontraban, se batian furiosamente, y cada plaza era un campo
de batalla. Las tropas del Rey viejo, entre las cuales habia muchos
caballeros de gran valor y orgullo, consiguieron echar de las plazas
al populacho, que favorecia á Boabdil: pero éste, barreando las
calles, y fortificándose en las casas, peleó desesperadamente desde
las ventanas y azoteas. Mas de un guerrero de la mejor sangre de
Granada pereció en esta refriega civil con armas villanas y á manos
de plebeyos.
Tan violenta convulsion en el centro de una ciudad, no podia ser muy
duradera. Por intercesion de los alfaquís se efectuó un armisticio,
y Boabdil, fiando poco del inconstante favor del pueblo, se allanó
á dejar una capital en que su autoridad, siempre precaria, solo
podria conservarse á fuerza de sangre y de una lucha continuada.
Pasando á Almería, estableció su corte en aquella ciudad, que estaba
enteramente á su devocion, y que por su riqueza é importancia
rivalizaba con Granada. Pero este pacto, en que se renunciaba á la
grandeza en obsequio de la tranquilidad, fue del todo opuesto á los
consejos de la sultana Aixa; porque para ella no habia mas dueño
legítimo de aquellos dominios que el que residia en Granada, y dijo,
con una sonrisa desdeñosa, que no era digno de llamarse Monarca el
que no era dueño de su capital.
[Ilustración]