_Salida de los moros de Ronda para correr los campos de Utrera, y
batalla del Lopera._
Aunque Muley Aben Hazen, quedaba ya mandando en Granada sin rival,
apoyándole los alfaquís, que habian denunciado á Boabdil como
apóstata, y desgraciado por destino, todavia la inconstancia de
aquel pueblo turbulento, y el número de partidarios que en las
clases inferiores conservaba su hijo, le inspiraban las mas vivas
inquietudes. “¡Alá achbar! exclamó Muley, ¡Dios es grande! pero una
incursion feliz en tierras de cristianos, ha de efectuar mas en mi
servicio que mil textos del Koran, comentados por diez mil alfaquís.”
Estando á la sazon el Rey Fernando ausente de Andalucía, y ocupado
con muchas de sus tropas en una expedicion distante, juzgó Muley Aben
Hazen ser esta la ocasion mas favorable para una correría. Dudoso
estuvo el Rey al nombrar un general que la dirigiese. Aliatar, aquel
rayo de la guerra, ya no existia; pero quedaba otro general de no
menos valor y fortuna, y éste era el veterano y sagaz Bejir, alcaide
de Málaga. El espíritu que animaba á las gentes de su mando favorecia
sobremanera el éxito de la expedicion que se meditaba. Ufanos por
la derrota del ejército cristiano en las sierras de la Ajarquía,
habian llegado á persuadirse que nada podia resistir á su valor.
Muchos de ellos montaban los caballos y llevaban las armas de los
caballeros andaluces que perecieron en aquella jornada desastrosa, y
ensoberbecidos con esta decantada victoria, ardian en deseos de salir
al campo para cobrar nuevos laureles.
Apenas recibió las órdenes del Rey para entrar á sangre y fuego hasta
el centro de Andalucía, se dispuso el viejo Bejir á cumplirlas,
convocando á los alcaides de la frontera y á los guerreros de mas
fama para que se le reuniesen con sus tropas en la ciudad de Ronda,
fronteriza del territorio cristiano.
Ronda, situada en medio de la serranía del mismo nombre, se eleva
sobre un peñasco casi aislado, al cual rodea un hondo valle ó
barranco, por donde corren las aguas cristalinas del Rioverde. Los
moros de esta ciudad eran los mas activos, robustos y guerreros de
aquellas montañas: tan diestros en el uso de las armas, que hasta
los niños disparaban la ballesta con asombroso acierto: adictos á
la rapiña, no cesaban de hacer daño en las fértiles campiñas de
Andalucía: sus casas estaban llenas de despojos cristianos, y no
pocos cautivos suspiraban en sus profundas mazmorras.
El gobernador de esta ciudad guerrera era Hamet el Zeli, llamado
asimismo el Zegrí. Era de la famosa tribu de este nombre, y el
mas altivo y valiente de su linage. Ademas de la guarnicion de
Ronda, tenia á su servicio particular una legion de moros Gomeles,
naturales del África, gente mercenaria, feroz y sin mas ocupacion
que la guerra. Bien equipados, y montados en los ligeros y briosos
caballos que se crian en los pastos de Ronda, era la caballería de
los Gomeles la mejor y mas acreditada entre los moros. Rápidos en sus
movimientos, fieros al embestir, bajaban de las montañas á la llanura
como huracan impetuoso, retirándose con igual presteza sin dar lugar
á la persecucion.
Al llamamiento del Bejir acudieron con prontitud y gusto los moros
de aquella comarca, juntándose dentro de Ronda en número de mil
quinientos caballos y cuatro mil infantes. Los habitantes de la plaza
se regocijaban con anticipacion por los despojos que en breve habian
de acumularse dentro de sus muros. Á todos tenia ocupados el afan de
participar del fruto de aquella empresa. El estruendo de los tambores
y trompetas resonaba en las calles y plazas; y hasta los caballos,
con relinchos y patadas, manifestaban, al parecer, su impaciencia
por salir al campo; al paso que los cautivos cristianos, sintiendo
desde el fondo de sus lóbregos calabozos el rumor de las prevenciones
con que se amenazaba á su pátria, suspiraban y se afligian.
Salieron de Ronda aquellos moros animándose mútuamente con las mas
lisonjeras esperanzas, engalanados muchos de ellos con armaduras
espléndidas, ganadas á los cristianos en el reciente destrozo tan
señalado, y montados en los caballos que tomaron entonces á los
caballeros de Andalucía. El cauto Bejir concertó sus planes con tal
secreto y prontitud, que los pueblos de la frontera cristiana ninguna
sospecha tuvieron de la tempestad que se iba aglomerando contra ellos
mas allá de las montañas. La dilatada serranía de Ronda, interpuesta
como una pantalla, ocultaba los movimientos del enemigo. Siguió el
ejército su marcha con la rapidez que permitia la naturaleza del
pais, guiándole Hamet el Zegrí, que tenia bien conocidos todos los
pasos y salidas de aquellas montañas. Ni golpe de tambor, ni sonido
de trompeta se permitió alterase el silencio que todos guardaban;
y aquella masa armada fue avanzando poco á poco, como nube que
congregándose en la cumbre de una montaña, va á estallar sobre la
llanura.
En vano el general mas prevenido se cree seguro de ser descubierto; y
que las peñas tienen oidos, y los árboles tienen ojos, y los pájaros
lengua, para descubrir los proyectos mas secretos. Andaban á la
sazon discurriendo por aquellos montes seis cristianos Almogávares,
especie de guerrilleros, que se empleaban en asaltar á los moros,
haciéndolos prisioneros, y robando sus ganados. Puestos en acecho
sobre la cumbre de un cerro, esperaban estos seis, como aves de
rapiña, se les presentase en la llanura algun objeto en que saciar su
codicia, cuando vieron desembocar por un valle al ejército moro. Al
abrigo de aquellas espesuras, estuvieron observando con silencio el
número y fuerzas del enemigo, las banderas de los diferentes pueblos
y capitanes, y la direccion que al parecer llevaban en su marcha.
Separándose entonces, partieron cada uno por camino diferente, para
dar la alarma, y avisar á los comandantes de la frontera. Unos fueron
á Écija, donde mandaba don Luis Portocarrero, á quien anunciaron
esta entrada de los moros, y otros dieron aviso de ella en Utrera,
alarmando los pueblos de aquella comarca.
Portocarrero, con la actividad y energía que le caracterizaban,
despachó correos á los alcaides de las fortalezas del contorno, á
Hernan Carrillo, que mandaba algunas gentes de las hermandades, y á
ciertos caballeros de la órden de Alcántara. Reuniendo las tropas
de su capitanía y los dependientes de su casa, fue Portocarrero el
primero que salió al encuentro de los moros. La fuerza que llevaba
era harto escasa; pero todos iban bien apercibidos y perfectamente
montados: estaban hechos á aquellos rebatos, y eran hombres para
quienes bastaba la voz de “¡al arma! ¡á caballo! y ¡al campo!” para
despertar su espíritu guerrero, y animarlos á cualquiera empresa.
La noticia de esta entrada llegó tambien á Jerez, donde la recibió el
marqués de Cádiz. Avisado este valeroso caudillo que el moro habia
pasado la frontera, llevando delante el estandarte de Málaga, se
llenó de gozo por la ocasion que se le presentaba de vengar en los
autores de la cruel matanza de la Ajarquía la muerte de sus hermanos,
acaecida en aquella ocasion calamitosa. Juntando pues apresuradamente
sus vasallos y las gentes de Jerez, partió, respirando venganza, con
trescientos caballos y doscientos infantes.
El veterano Bejir, habiendo atravesado las sierras de Ronda sin que
se hubiese notado su marcha, segun él se persuadia, empezaba á bajar
á las llanuras de Utrera. La vista de esta feraz campiña despertó la
codicia de aquellos feroces Gomeles, y aun sus caballos, empinando
las orejas y olfateando el aire, parecian reconocer el teatro de sus
frecuentes correrías.
Al salir de los montes, dividió el Bejir sus tropas en tres partes:
una, compuesta de peones y de la gente mas flaca, quedó á la entrada
de la sierra, para guardar el paso; otra se puso en emboscada entre
los árboles y matas del rio Lopera; y los demas fueron enviados
delante para correr los campos y robar la tierra. Esta última fuerza
se componia principalmente de la caballería ligera de los fogosos
Gomeles de Ronda, capitaneados por el intrépido alcaide Hamet el
Zegrí, siempre el primero en semejantes ocasiones.
No sospechando que la tierra estaba alerta y en movimiento para venir
á su encuentro, se lanzaron estos africanos por aquellos campos hasta
llegar á dos leguas de Utrera. Aqui se desparramaron por la llanura,
cercando los ganados, y reuniendo los rebaños en grandes manadas,
para llevarlos á la montaña. Estando asi dispersados, salieron de
Utrera, y dieron de improviso sobre ellos, un escuadron de caballos
y un cuerpo de infantería. Los Gomeles, formándose en pelotones,
procuraron defenderse; pero les faltaba su capitan Hamet el Zegrí,
que andaba, como azor, buscando presa por aquellos contornos. No
pudiendo resistir aquel ímpetu, cedieron y huyeron á la emboscada que
estaba en las orillas del Lopera. Al llegar al rio salieron los moros
que estaban en la celada, y volviendo al mismo tiempo el rostro los
fugitivos, embistieron todos juntos á los cristianos. Éstos, aunque
muy inferiores en el número, sostuvieron el choque con firmeza.
Quebradas las lanzas al primer encuentro, echaron mano los unos á las
espadas, los otros á los alfanges, y revueltos entre sí pelearon con
furor. Hamet, abandonando la presa que traia, corrió con algunos de
sus Gomeles al combate; pero en aquel punto sonaron trompetas en otra
direccion, y Portocarrero y sus gentes entrando á galope en el campo
cargaron al enemigo por el flanco.
Los moros, aunque aturdidos por un asalto tan repentino en parte
donde pensaban no habia guardia ni defensa, pelearon un rato con
desesperacion, y resistieron con valor una carga impetuosa que les
hicieron los caballeros de Alcántara en union con los hombres de
armas de la santa hermandad. Al fin, derribado de su caballo el
valiente Bejir, y hecho prisionero, perdieron el ánimo sus tropas,
y se entregaron á la fuga. Al huir, dividieron su fuerza, y tomaron
dos caminos para mejor salvarse. Portocarrero les siguió el alcance
por una parte causándoles mucha pérdida. Esta accion tuvo lugar en
las orillas del Lopera, junto á una fuente llamada de la higuera.
Fueron muertos seiscientos caballeros moros, y muchos mas quedaron
prisioneros. Los despojos fueron de mucha consideracion, y con ellos
volvieron los cristianos á sus casas en triunfo.
El cuerpo mayor del ejército enemigo se retiró por la ribera del
Guadalete en número de mil caballos y una multitud informe de
infantería. Á poco que anduvieron les salió al encuentro el marqués
de Cádiz con las gentes de su casa y los caballeros de Jerez. Estando
ya sobre el enemigo, vieron los cristianos á muchos de los moros
ataviados con las armas de los caballeros que habian perecido en los
montes de Málaga, y aun con las suyas propias que en la misma ocasion
les fue forzoso arrojar para salvarse. Enfurecidos con semejante
afrenta, se lanzaron contra los moros no ya con el ardimiento de
guerreros, sino con la ferocidad de tigres. Á todos animaba un mismo
espíritu, y un deseo igual de lavar aquella mancha en la sangre del
enemigo. El buen marqués de Cádiz, á la vista de un poderoso moro
montado en el mismo caballo de su hermano Beltran, dió un grito de
dolor y rabia, y acometiéndole con furia irresistible, le derribó
del caballo, y dió con él muerto en el suelo. En breve tuvieron los
moros que ceder al valor frenético de sus contrarios, poniéndose en
huida con direccion al desfiladero guardado por la primera batalla
que habia quedado en la sierra. Éstos, como viesen á los suyos
entrar huyendo por aquel estrecho, perseguidos por los cristianos,
creyeron tener encima á toda la Andalucía y participando en su terror
siguieron su ejemplo.
Las tropas del Marqués, habiéndolos perseguido alguna distancia
por aquellos montes, volvieron á las márgenes del Guadalete. Aqui
se detuvieron para descansar y hacer la particion de los despojos.
Entre estos se hallaron muchos ricos coseletes, yelmos y armas:
trofeos ganados por los moros en la derrota de los montes de Málaga.
Muchos fueron reclamados por sus dueños, otros fueron conocidos
como pertenecientes á caballeros que perecieron en aquella jornada.
Hubo tambien caballos ricamente enjaezados, perdidos en la misma
ocasion por los guerreros de Antequera[26]. Asi es que el júbilo de
los vencedores se templó con el triste recuerdo de sus desgraciados
compañeros de armas.
[26] “En el despojo de la batalla se vieron muchas ricas corazas,
é capacetes, é baberas, de las que se habian perdido en el
Axarquía, é otras muchas armas, é algunas fueron conocidas de
sus dueños, que las habian dexado para fuir, é otras fueron
conocidas, que eran muy señaladas, de hombres principales que
habian quedado muertos ó cautivos, é fueron tomados muchos de los
mismos caballos con sus ricas sillas, de los que quedaron en la
Axarquía, é fueron conocidos cuyos eran.” Cura de los Palacios,
c. 67.
Estaba el buen marqués de Cádiz descansando á la sombra de un árbol,
orillas del rio, cuando le trajeron el caballo que habia sido de su
hermano Beltran. Apoyándose sobre el cuello del hermoso bruto, miró
el Marqués tristemente aquella silla do nunca mas se sentaria su
noble dueño. Una congoja mortal agitaba su espíritu, y ocultando el
rostro en la frondosa crin del caballo, exclamó: “¡Ay, hermano mio!”
sin pronunciar mas palabra: tan expresivo es, con ser tan callado, el
sentimiento de un guerrero. Tendiendo luego la vista por el campo,
y viéndolo cubierto de moros muertos, se consoló en medio de la
amargura de su dolor, con la consideracion de que su hermano no habia
quedado sin venganza.
[Ilustración]