_El duque de Medina Sidonia y los caballeros de Andalucía, acuden
al socorro de Alhama._
La situacion peligrosa de los caballeros á quienes Muley Aben Hazen
tenia cercados y encerrados en Alhama, llenó de temor á sus amigos,
y de consternacion á toda la Andalucía. Pero el sentimiento mayor
era el que mostraba la marquesa de Cádiz, esposa del valiente
don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de
su marido, volvió la vista en derredor, buscando algun caballero
poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y
ninguno halló mas á propósito que don Juan de Guzman, duque de Medina
Sidonia. Distinguíase este señor entre todos los grandes de España,
por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en
Andalucía, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que
le reconocian y obedecian como á un soberano. Pero el duque de Medina
Sidonia y el marqués de Cádiz eran á la sazon enemigos declarados.
Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces
habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues
todavia el poder de la corona, no habia podido despojar á aquellos
orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse mútuamente
la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que á cualquiera hubiera
debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de
Medina Sidonia; pero juzgaba esta señora de la condicion del duque
por la nobleza de los sentimientos que á ella misma la animaban.
Apelando, pues, á la generosidad de tan cortés y valiente caballero,
imploró su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni
fue vana su confianza; pues apenas oyó el duque los ruegos de la
esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determinó
ir en persona á socorrerle.
Á este fin hizo circular una órden á todos los alcaides de sus
pueblos y castillos, para que á la mayor brevedad se reunieran
en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas
guarniciones: convocó á los caballeros de Andalucía, representándoles
que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la
caballería española; y á los que le siguiesen como voluntarios,
ofreció paga generosa, armas, caballos y subsistencia.
Asi es que todos aquellos á quienes podian estimular el honor, la
religion, el patriotismo ó la codicia, acudieron al estandarte
del duque, que en breve se halló al frente de cinco mil caballos
y cincuenta mil infantes.[10] Muchos caballeros de nombradía le
acompañaron en esta empresa: entre otros el intrépido don Alonso de
Aguilar, con su hermano don Gonzalo de Córdoba, despues tan célebre
por sus hazañas; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente
con Martin Alonso de Montemayor, y el marqués de Villena; tenido por
la mejor lanza de España. Con tan brillante y numerosa hueste, y
rodeado de todo el aparato de la guerra, salió de Sevilla el duque
de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad
famosa.
[10] Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de
Medina. M. S.
Hallábanse los Reyes en Medina del Campo, donde se estaba celebrando
con un _Te Deum_ el triunfo de la fé por la toma de Alhama, cuando
recibieron el aviso del iminente peligro del valeroso Ponce de Leon
y sus compañeros. En caso tan urgente, y recelando no se perdiese
el fruto de aquella conquista, tomó el Rey caballos al instante,
y dejando órden para que la Reina le siguiese, partió á grandes
jornadas para Andalucía[11], acompañado de don Beltran de la Cueva,
duque de Alburquerque, don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de
Tendilla, y de don Pedro Manriquez, conde de Treviño, con algunos
otros caballeros de distincion y fama. Sin detenerse mas tiempo
que el preciso para mudar caballos, continuó el Rey su carrera
hasta Córdoba: tanta era su impaciencia por ponerse á la cabeza
del ejército del duque. Á su llegada á aquella ciudad, y cuando se
acercaban á la frontera, le hizo el duque de Alburquerque algunas
reflexiones sobre la imprudencia de entrar en pais enemigo con tan
poca precaucion y tan corto acompañamiento, aconsejándole dejase
el socorro de Alhama al cuidado de sus capitanes, sin aventurar
su real persona; “porque los Reyes vuestros predecesores, dijo el
duque, nunca entraron en tierra de moros sino acompañados de un gran
número de gentes de Castilla, y los reyes que tienen las gentes y los
capitanes que vos teneis, basta que envien algunos de ellos á hacer
las guerras.” Y á esto respondió el Rey: “duque, habiendo partido de
la villa de Medina, con propósito de socorrer á aquellos caballeros,
cosa seria por cierto contra mi condicion dejar de continuar mi
camino, no habiendo para ello mas impedimento que el que decís.”[12]
[11] Illescas, Hist. Pontifical.
[12] Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.
Teniendo aviso en Córdoba que el duque de Medina Sidonia estaba
ya muy adentro en el territorio enemigo, prosiguió su marcha sin
descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar
en persona el socorro á los cercados, envió delante un correo
para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada.
Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se
aventuraba el éxito de la empresa, por la gran necesidad en que se
hallaba la guarnicion de Alhama, escribió á su soberano de acuerdo
con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella
ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibió el Rey esta
carta en Ponton del Maestre, y haciéndose cargo de las razones del
duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan
pocos caballeros como le seguian, determinó esperar noticias del
ejército en la ciudad de Antequera.
Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de
Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del
Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoció
que era ya preciso hacer el último esfuerzo, y recobrar á Alhama
por un asalto general y vigoroso, ó abandonarla á los cristianos.
Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros
jóvenes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo
intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la
posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se
dirigieron estos pocos hácia la villa, la mañana del dia siguiente
al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron á
la muralla, que elevándose sobre las peñas en que estaba sentada,
parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron
las escalas, y lograron subir á las almenas sin que nadie lo notase,
porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer á los
cercados, ordenó una zalagarda, y fingió un asalto por otra parte.
Con este ardid llegaron á introducirse en la villa hasta setenta
moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos
empezaba á escalar la muralla un número mayor, cuando advertidos
del peligro corrieron los españoles á las almenas para contener al
enemigo. Trabóse alli una contienda encarnizada, y hombre á hombre
y cuerpo á cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha pérdida
de ambas partes; bien que no tardaron estos últimos en ganar el
ascendiente, pues desprendiéndose las escalas con el peso de la gente
que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron
rodando sus cuerpos de peña en peña hasta la llanura: á los demas que
habian ganado lo alto del muro, los llevaron á cuchillo, y muertos ó
heridos los arrojaron por los adarves. Debióse en gran manera este
buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso
Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este
del marqués de Cádiz.
Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en
persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada
en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en
defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido
muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya á las
puertas para abrirlas al ejército[13]. La muerte iba guiando sus
pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas,
y por los cadáveres de los que inmolaban de camino. Llegaron á una de
las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia
postrados á la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron
alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un
momento mas que tardáran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Viéronse
entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto
forman un círculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el
centro, presentan animosamente los pechos á sus contrarios. De esta
suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion formándose
en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron
contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso
dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia
su número, estrechaban mas y mas el círculo, defendiendo con
inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas,
pereció el último moro abrazado con el asta de su estandarte. Este
estandarte se desplegó en seguida sobre la muralla, y las cabezas de
los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.[14]
[13] Zurita, lib. XX. c. 43.
[14] En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo.
Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.
Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de
sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su
dolor. Para mayor confusion suya, se le avisó que desde las alturas
se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ejército
cristiano, que venia á socorrer á Alhama. Cediendo pues al rigor
de su fortuna, alzó Muley el sitio, movió el campo sin tardanza,
y al tiempo que se oian los últimos acentos de los añafiles del
ejército moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se
vieron desembocar por las montañas las espesas columnas del duque de
Medinasidonia.
Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte á sus
enemigos, y avanzar por otra á sus libertadores, prorrumpieron en
gritos de alegría; pues se les volvia á la vida en el punto mismo en
que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y
todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos.
La escena que pasó entre el duque de Medinasidonia y el marqués de
Cádiz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir á su magnánimo
libertador, se le asomaron al Marqués las lágrimas á los ojos, y
lleno de admiracion y reconocimiento, le estrechó entre sus brazos.
El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le
correspondió con iguales demostraciones, y le ofreció generosamente
para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.
Mientras esto pasaba con los gefes, se suscitó entre la tropa
una contienda sórdida, sobre la particion de los despojos; pues
pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella
victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado.
De las palabras hubieran llegado á las armas, á no intervenir el
duque que decidió la cuestion con su magnanimidad característica,
diciendo á los suyos: “Quédense con los despojos, aquellos á quien
la fortuna se los dió; que nosotros solo hemos tomado las armas por
la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea
éste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro
que serán vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas
de los moros y del reino de Granada.” Aplaudieron los soldados las
razones de su general, apaciguáronse los ánimos, y terminó felizmente
aquel tumulto.
Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado
abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante
esposa del marqués de Cádiz habia prevenido, se retiraron los
veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista á una
parte de las tropas recien venidas, y volvieron á sus casas cargados
de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqués de
Cádiz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron á Antequera,
donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y señales
particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa
del Marqués, cuya esposa, agradecida á la gentileza que habia usado
con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos,
y se honró á tan distinguido huésped con un espléndido banquete.
Cuando partió el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqués
acompañando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos
afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos
dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno
por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino
de Granada, el otro por haber subyugado á su mayor enemigo por un
acto de magnanimidad.
[Ilustración]