CAPÍTULO VI.

_El duque de Medina Sidonia y los caballeros de Andalucía, acuden

al socorro de Alhama._

La situacion peligrosa de los caballeros á quienes Muley Aben Hazen

tenia cercados y encerrados en Alhama, llenó de temor á sus amigos,

y de consternacion á toda la Andalucía. Pero el sentimiento mayor

era el que mostraba la marquesa de Cádiz, esposa del valiente

don Rodrigo Ponce de Leon. Afligida y cuidadosa por la suerte de

su marido, volvió la vista en derredor, buscando algun caballero

poderoso de cuyo favor pudiera valerse en tan riguroso trance; y

ninguno halló mas á propósito que don Juan de Guzman, duque de Medina

Sidonia. Distinguíase este señor entre todos los grandes de España,

por su poder y riquezas; pues eran muy dilatadas sus posesiones en

Andalucía, y comprendian muchos lugares, puertos de mar y villas, que

le reconocian y obedecian como á un soberano. Pero el duque de Medina

Sidonia y el marqués de Cádiz eran á la sazon enemigos declarados.

Existia entre ellos una enemistad hereditaria, que diversas veces

habia sido ocasion de sangrientos choques entre las dos casas; pues

todavia el poder de la corona, no habia podido despojar á aquellos

orgullosos nobles del derecho que ejercian, de hacerse mútuamente

la guerra con sus vasallos. Parecia, pues, que á cualquiera hubiera

debido acudir la marquesa en esta ocasion, primero que al duque de

Medina Sidonia; pero juzgaba esta señora de la condicion del duque

por la nobleza de los sentimientos que á ella misma la animaban.

Apelando, pues, á la generosidad de tan cortés y valiente caballero,

imploró su auxilio en favor de su marido; y no lo hizo en valde, ni

fue vana su confianza; pues apenas oyó el duque los ruegos de la

esposa de su enemigo, cuando olvidando sus resentimientos determinó

ir en persona á socorrerle.

Á este fin hizo circular una órden á todos los alcaides de sus

pueblos y castillos, para que á la mayor brevedad se reunieran

en Sevilla con toda la fuerza disponible de sus respectivas

guarniciones: convocó á los caballeros de Andalucía, representándoles

que se trataba de salvar de manos del comun enemigo la flor de la

caballería española; y á los que le siguiesen como voluntarios,

ofreció paga generosa, armas, caballos y subsistencia.

Asi es que todos aquellos á quienes podian estimular el honor, la

religion, el patriotismo ó la codicia, acudieron al estandarte

del duque, que en breve se halló al frente de cinco mil caballos

y cincuenta mil infantes.[10] Muchos caballeros de nombradía le

acompañaron en esta empresa: entre otros el intrépido don Alonso de

Aguilar, con su hermano don Gonzalo de Córdoba, despues tan célebre

por sus hazañas; don Rodrigo Giron, maestre de Calatrava, juntamente

con Martin Alonso de Montemayor, y el marqués de Villena; tenido por

la mejor lanza de España. Con tan brillante y numerosa hueste, y

rodeado de todo el aparato de la guerra, salió de Sevilla el duque

de Medina Sidonia, llevando consigo el estandarte de aquella ciudad

famosa.

[10] Crónica de los duques de Medina Sidonia, por Pedro de

Medina. M. S.

Hallábanse los Reyes en Medina del Campo, donde se estaba celebrando

con un _Te Deum_ el triunfo de la fé por la toma de Alhama, cuando

recibieron el aviso del iminente peligro del valeroso Ponce de Leon

y sus compañeros. En caso tan urgente, y recelando no se perdiese

el fruto de aquella conquista, tomó el Rey caballos al instante,

y dejando órden para que la Reina le siguiese, partió á grandes

jornadas para Andalucía[11], acompañado de don Beltran de la Cueva,

duque de Alburquerque, don Iñigo Lopez de Mendoza, conde de

Tendilla, y de don Pedro Manriquez, conde de Treviño, con algunos

otros caballeros de distincion y fama. Sin detenerse mas tiempo

que el preciso para mudar caballos, continuó el Rey su carrera

hasta Córdoba: tanta era su impaciencia por ponerse á la cabeza

del ejército del duque. Á su llegada á aquella ciudad, y cuando se

acercaban á la frontera, le hizo el duque de Alburquerque algunas

reflexiones sobre la imprudencia de entrar en pais enemigo con tan

poca precaucion y tan corto acompañamiento, aconsejándole dejase

el socorro de Alhama al cuidado de sus capitanes, sin aventurar

su real persona; “porque los Reyes vuestros predecesores, dijo el

duque, nunca entraron en tierra de moros sino acompañados de un gran

número de gentes de Castilla, y los reyes que tienen las gentes y los

capitanes que vos teneis, basta que envien algunos de ellos á hacer

las guerras.” Y á esto respondió el Rey: “duque, habiendo partido de

la villa de Medina, con propósito de socorrer á aquellos caballeros,

cosa seria por cierto contra mi condicion dejar de continuar mi

camino, no habiendo para ello mas impedimento que el que decís.”[12]

[11] Illescas, Hist. Pontifical.

[12] Pulgar, Crónica, p. 3 c. 3.

Teniendo aviso en Córdoba que el duque de Medina Sidonia estaba

ya muy adentro en el territorio enemigo, prosiguió su marcha sin

descansar en aquella ciudad; y con el ansia que tenia de llevar

en persona el socorro á los cercados, envió delante un correo

para prevenir al duque suspendiese su marcha hasta su llegada.

Pero conociendo este experimentado caudillo que en la tardanza se

aventuraba el éxito de la empresa, por la gran necesidad en que se

hallaba la guarnicion de Alhama, escribió á su soberano de acuerdo

con sus capitanes, que le dispensase de obedecerle en aquella

ocasion, por la premura de las circunstancias. Recibió el Rey esta

carta en Ponton del Maestre, y haciéndose cargo de las razones del

duque, y del riesgo que corria entrando en tierra de moros con tan

pocos caballeros como le seguian, determinó esperar noticias del

ejército en la ciudad de Antequera.

Entre tanto Muley Aben Hazen, noticioso de la salida del duque de

Medina Sidonia con una hueste formidable, y de las disposiciones del

Rey Fernando para venir en persona al socorro de la plaza, conoció

que era ya preciso hacer el último esfuerzo, y recobrar á Alhama

por un asalto general y vigoroso, ó abandonarla á los cristianos.

Sabiendo la intencion del Rey, se le presentaron algunos caballeros

jóvenes, de los mas calificados y valientes de Granada, ofreciendo

intentar una empresa, que de salir bien con ella le aseguraba la

posesion de aquella plaza. Obtenida la licencia del Soberano, se

dirigieron estos pocos hácia la villa, la mañana del dia siguiente

al rayar del alba, y por la parte mas enhiesta y agria, llegaron á

la muralla, que elevándose sobre las peñas en que estaba sentada,

parecia inaccesible al mas atrevido escalador. Empero aqui pusieron

las escalas, y lograron subir á las almenas sin que nadie lo notase,

porque en el intermedio Muley Aben Hazen, para distraer á los

cercados, ordenó una zalagarda, y fingió un asalto por otra parte.

Con este ardid llegaron á introducirse en la villa hasta setenta

moros, antes que se alarmase la guarnicion; y en apoyo de aquellos

empezaba á escalar la muralla un número mayor, cuando advertidos

del peligro corrieron los españoles á las almenas para contener al

enemigo. Trabóse alli una contienda encarnizada, y hombre á hombre

y cuerpo á cuerpo, pelearon moros y cristianos con mucha pérdida

de ambas partes; bien que no tardaron estos últimos en ganar el

ascendiente, pues desprendiéndose las escalas con el peso de la gente

que venia en ellas, dieron consigo los moros en el suelo, y fueron

rodando sus cuerpos de peña en peña hasta la llanura: á los demas que

habian ganado lo alto del muro, los llevaron á cuchillo, y muertos ó

heridos los arrojaron por los adarves. Debióse en gran manera este

buen suceso al esfuerzo y valor del animoso caballero don Alonso

Ponce, y del bizarro escudero Pedro Pinedo, tio aquel, y sobrino este

del marqués de Cádiz.

Libre ya de moros la muralla, partieron estos dos caballeros en

persecucion de los setenta moros que habian efectuado su entrada

en el lugar, y que, por estar ocupada casi toda la guarnicion en

defender aquella parte que Muley amenazaba combatir, habian recorrido

muchas de las calles sin hallar oposicion, y se encaminaban ya á las

puertas para abrirlas al ejército[13]. La muerte iba guiando sus

pasos, y se les podia seguir el rastro por la sangre de sus huellas,

y por los cadáveres de los que inmolaban de camino. Llegaron á una de

las puertas, embistieron la guardia, y ya la fatal cimitarra tenia

postrados á la mayor parte de los soldados de ella, cuando fueron

alcanzados por don Alonso Ponce, con Pinedo y sus camaradas: un

momento mas que tardáran, Alhama quedaba abierta al enemigo. Viéronse

entonces los moros acometidos de frente y por las espaldas: al punto

forman un círculo, y puestos espalda con espalda y la bandera en el

centro, presentan animosamente los pechos á sus contrarios. De esta

suerte pelearon largo tiempo con desesperada resolucion formándose

en derredor un parapeto con los cuerpos de los que mataban. Vinieron

contra ellos nuevas tropas, y crecieron los apuros, mas no por eso

dejaron de batirse, ni pidieron jamas cuartel: conforme se disminuia

su número, estrechaban mas y mas el círculo, defendiendo con

inimitable constancia su bandera, hasta que muertos todos los demas,

pereció el último moro abrazado con el asta de su estandarte. Este

estandarte se desplegó en seguida sobre la muralla, y las cabezas de

los moros muertos fueron arrojadas al campo del enemigo.[14]

[13] Zurita, lib. XX. c. 43.

[14] En premio de su valor, armó el Rey caballero á Pedro Pinedo.

Zúñiga, Anales de Sevilla, lib. XII. an. 1482.

Muley Aben Hazen, viendo frustrada esta tentativa y muertos tantos de

sus mejores caballeros, se mesaba las barbas en los arrebatos de su

dolor. Para mayor confusion suya, se le avisó que desde las alturas

se veia relumbrar las lanzas y ondear los pendones del ejército

cristiano, que venia á socorrer á Alhama. Cediendo pues al rigor

de su fortuna, alzó Muley el sitio, movió el campo sin tardanza,

y al tiempo que se oian los últimos acentos de los añafiles del

ejército moro, que se retiraba de los infaustos muros de Alhama, se

vieron desembocar por las montañas las espesas columnas del duque de

Medinasidonia.

Cuando los cristianos de Alhama vieron retirarse por una parte á sus

enemigos, y avanzar por otra á sus libertadores, prorrumpieron en

gritos de alegría; pues se les volvia á la vida en el punto mismo en

que pensaban ser presa de la muerte, y cuando la hambre, la sed y

todas las privaciones, los tenian reducidos al estado de esqueletos.

La escena que pasó entre el duque de Medinasidonia y el marqués de

Cádiz, fue la mas interesante y tierna. Al recibir á su magnánimo

libertador, se le asomaron al Marqués las lágrimas á los ojos, y

lleno de admiracion y reconocimiento, le estrechó entre sus brazos.

El duque, su contrario antiguo, ahora su amigo mas afectuoso, le

correspondió con iguales demostraciones, y le ofreció generosamente

para en adelante una amistad sincera, y el olvido de sus diferencias.

Mientras esto pasaba con los gefes, se suscitó entre la tropa

una contienda sórdida, sobre la particion de los despojos; pues

pretendian los soldados del duque participar del fruto de aquella

victoria, en premio de su trabajo y del socorro que habian prestado.

De las palabras hubieran llegado á las armas, á no intervenir el

duque que decidió la cuestion con su magnanimidad característica,

diciendo á los suyos: “Quédense con los despojos, aquellos á quien

la fortuna se los dió; que nosotros solo hemos tomado las armas por

la honra, por la religion y por la salud comun. Por de presente sea

éste el premio de nuestro trabajo: para en adelante, yo os aseguro

que serán vuestras, con vuestro valor y esfuerzo, todas las riquezas

de los moros y del reino de Granada.” Aplaudieron los soldados las

razones de su general, apaciguáronse los ánimos, y terminó felizmente

aquel tumulto.

Despues de haber descansado de sus fatigas, y participado

abundantemente de las provisiones que la diligencia de la amante

esposa del marqués de Cádiz habia prevenido, se retiraron los

veteranos de Alhama, dejando en guarnicion de su conquista á una

parte de las tropas recien venidas, y volvieron á sus casas cargados

de un botin precioso. El duque de Medinasidonia y el marqués de

Cádiz, con los caballeros sus allegados, se dirigieron á Antequera,

donde fueron recibidos por el Rey con mucha distincion y señales

particulares de favor. De alli partieron juntos para Marchena, villa

del Marqués, cuya esposa, agradecida á la gentileza que habia usado

con ella el Duque, hizo celebrar su venida con fiestas y regocijos,

y se honró á tan distinguido huésped con un espléndido banquete.

Cuando partió el Duque para su casa en san Lucar, le fue el Marqués

acompañando hasta algunas leguas, y su despedida fue como la de dos

afectos hermanos que se separan. Tal ejemplo dieron al mundo estos

dos ilustres rivales, ganando entrambos la estimacion general; el uno

por haber conquistado la fortaleza mas importante y fuerte del reino

de Granada, el otro por haber subyugado á su mayor enemigo por un

acto de magnanimidad.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 7 / 50 题