_De la sensacion que causó en el pueblo de Granada la toma de
Alhama, y de la salida que hizo el Rey moro para recobrarla._
No tardó en llegar á Granada la infausta noticia de la toma de
Alhama. Trájola un ginete moro, que habia venido corriendo la vega á
rienda suelta, sin aflojar en su carrera hasta llegar á las puertas
de la Alhambra y á la presencia del Monarca. “Los cristianos, dijo,
están en la tierra: vinieron sobre nosotros de improviso, y de noche
escalaron los muros del castillo. Mucho se ha peleado, grande ha sido
la mortandad, pero á mi salida de Alhama, ya la ciudadela quedaba en
poder de los infieles.”
Confuso quedó Aben Hazen con la nueva de este suceso, pareciéndole
que ya el cielo le castigaba por los males que habia causado en
Zahara. No obstante, llegó á persuadirse que esto seria una incursion
pasagera de algunos forrageadores, á quienes seria fácil echar del
castillo y de la tierra, enviando prontamente á Alhama algun socorro.
Con esta confianza, mandó que salieran al punto para socorrer á
aquella plaza mil ginetes, lo mejor de su caballería, los cuales
llegaron á la vista de Alhama la mañana despues del dia de su
rendicion, y cuando ya el pendon cristiano tremolaba sobre sus muros
y baluartes.
Viendo esto los moros, y que salia de la plaza á recibirlos un cuerpo
numeroso de caballería, volvieron las riendas á sus caballos y
tomaron á mas andar el camino de Granada, donde entraron de tropel,
difundiendo con la noticia que traian el dolor y la consternacion.
“Alhama cayó, decian, Alhama cayó: el cristiano se apoderó de sus
fuertes torres: la llave de Granada está en manos del enemigo.”
Al oir estas palabras y acordándose de los males pronosticados por el
Santon, se alarmaron los granadinos, pareciéndoles que habia llegado
ya el cumplimiento de su fatal vaticinio, y en toda la ciudad no
se oia sino quejas y lamentos. “¡Ay de mí, Alhama!” decian; y esta
exclamacion, tantas veces repetida, sirvió de asunto á un romance
que se compuso con este motivo, y se ha conservado hasta nuestros
dias. Conmovido asi el pueblo, se dirigió á la Alhambra, y llegando
algunos á la presencia del Monarca, manifestaron su sentimiento
plañendo y mesándose los cabellos. “Mal haya el dia, le dijeron, en
que encendiste las llamas de la guerra en nuestra tierra. El santo
profeta nos sea testigo ante Alá que nosotros y nuestros hijos somos
inocentes de este hecho. Sobre tu cabeza y sobre la cabeza de tus
descendientes, hasta la fin del mundo, sea el pecado de la desolacion
de Zahara”[8].
[8] Garibay, lib. XL. c. 29.
En vista de la tempestad que le amenazaba, se apresuró Muley Aben
Hazen á poner en tan inesperado mal el remedio que estuviese á
su alcance. Sabia que los captores de Alhama eran pocos, y que
escaseaban de municiones de guerra, de mantenimientos, y de otros
requisitos para resistir un sitio. Haciendo un movimiento rápido, se
lisongeaba de envolverlos con un ejército poderoso, y cortándoles
toda comunicacion, cogerlos prisioneros en la misma fortaleza que
le habian arrebatado. Pensar y obrar, todo era uno con Muley Aben
Hazen. Salió, pues, en persona con tres mil caballos y cincuenta
mil infantes, pero sin llevar consigo artillería ni ninguno de los
demas ingenios que entonces se usaban en los asedios: tanta era la
confianza que tenia en la muchedumbre de sus fuerzas.
Entre tanto caminaba tambien con direccion á Alhama, don Alonso de
Córdoba, señor de la casa de Aguilar, el amigo fiel y compañero de
armas del marqués de Cádiz. Era don Alonso de los primeros entre los
nobles de Castilla, y hermano de don Gonzalo de Córdoba, el mismo que
despues vino á ser tan célebre, y que ganó en la guerra el renombre
de gran capitan; pero entonces constituia don Alonso la gloria y
honor de su linage, pues su hermano era todavia jóven en las armas.
Su valor natural y un espíritu caballeresco que le animaba, le hacian
arrostrar gustoso los peligros de toda empresa honrosa y arriesgada.
Teniendo pues noticia en ocasion que se hallaba ausente, de la
incursion que habia hecho el marqués de Cádiz en el territorio de los
moros, se apresuró á reunirse con él para participar, si por ventura
aun fuese tiempo, en las glorias de esta expedicion; y juntando sus
soldados y vasallos, se puso en marcha para Alhama. Llegado al rio
Yeguas, halló en sus orillas el bagage del ejército del marqués, y
cargando con él, prosiguió su marcha. Hallábase don Alonso á muy
corta distancia de Alhama, cuando al marqués de Cádiz le llegó la
noticia de su venida, y casi al mismo tiempo el aviso que le trageron
sus espías, de que el Rey moro venia contra ellos con un ejército
poderoso. Olvidando su propio peligro, y temiendo cayese don Alonso
en manos del enemigo, despachó el marqués con toda diligencia un
mensagero bien montado, para que le advirtiese del riesgo que corria,
y le impidiese pasar adelante.
En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su
marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ejército moro
antes que pudiese entrar en la plaza, trató de tomar una posicion
fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habiéndosele
representado ser una temeridad el oponerse con un puñado de hombres
á un ejército numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por
eso prevaleció la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada
al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron
unos espías anunciando á don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso
de sus movimientos, venia rápidamente en su busca. No quedando, pues,
en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo á la seguridad
de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y
pesaroso emprendió la retirada sobre Antequera. Siguió Muley en su
alcance alguna distancia, pero cansándose de perseguirle, revolvió
con su ejército contra Alhama.
Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo
cubierto de cadáveres, que habian sido arrojados alli sin enterrar,
y que servian de pasto á una manada de perros que los estaban
devorando.[9] Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compañeros
que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por
tamaño ultrage, y echándose sobre aquellos inmundos animales, los
despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al
asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin órden
ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas
escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de
proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino
acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.
[9] Pulgar, Crónica.
El marqués de Cádiz y sus capitanes, se apercibieron para la
defensa, y distribuidos por la muralla, animaban á sus gentes que
descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos
y cuanto pudieron haber á las manos, hicieron en ellos un estrago
enorme. Ciegos de cólera los moros, intentaban á veces subir á la
muralla por los parages mas dificultosos; pero á proporcion que
subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves,
ó trastornándoles las escalas, los precipitaban contra las peñas.
Á la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley,
enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero
sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que
los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.
La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer á
Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los
correspondientes ingenios de batir. Trató pues, de minar la muralla,
y dió sus órdenes al efecto. Avanzaron los moros á la empresa con
grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que
apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron
varias veces á la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran
pérdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo
desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho daño del
enemigo. Veíanse al pié de la muralla montones de moros muertos, y
entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Duró la
contienda todo aquel dia, y á la noche llegó á dos mil hombres el
número de moros muertos ó heridos.
Perdida ya toda esperanza de tomar á Alhama por asalto, determinó
Muley obligarla á la rendicion por la falta de agua. Á este intento
dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por
aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes
ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama “la seca.”
Fue sangriento y porfiado el debate que se siguió á las orillas
del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para
apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los
capitanes españoles animaban á los suyos con el ejemplo, haciéndoles
volver á la pelea cada vez que el enemigo les forzaba á recogerse al
pueblo. Al marqués de Cádiz se le veia hasta las rodillas en el agua,
peleando mano á mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y
embarazado con los cadáveres de los muertos. Por último consiguieron
los moros rechazar á los cristianos y torcieron la corriente. Pero
quedando todavia un hilo de agua, y forzados á aprovechar aun esta
corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de
tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros
tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego
del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia
esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba
otra de sangre.
Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron á
verse reducidos al último extremo. Los hombres y los caballos caian
muertos de sed: muchos se negaban á hacer el servicio, y desesperados
ó faltos de fuerzas, arrojaban las armas. Á esto se añadia que los
moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra
ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto,
se apresuraron los caudillos á enviar mensageros á Córdoba y á
Sevilla, suplicando á los caballeros de Andalucía que les acudiesen
al socorro. Enviaron asimismo á implorar el favor del Rey y de la
Reina, que á la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion
tan crítica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua,
que sirvió provisionalmente de remedio á sus trabajos.
[Ilustración]