CAPÍTULO V.

_De la sensacion que causó en el pueblo de Granada la toma de

Alhama, y de la salida que hizo el Rey moro para recobrarla._

No tardó en llegar á Granada la infausta noticia de la toma de

Alhama. Trájola un ginete moro, que habia venido corriendo la vega á

rienda suelta, sin aflojar en su carrera hasta llegar á las puertas

de la Alhambra y á la presencia del Monarca. “Los cristianos, dijo,

están en la tierra: vinieron sobre nosotros de improviso, y de noche

escalaron los muros del castillo. Mucho se ha peleado, grande ha sido

la mortandad, pero á mi salida de Alhama, ya la ciudadela quedaba en

poder de los infieles.”

Confuso quedó Aben Hazen con la nueva de este suceso, pareciéndole

que ya el cielo le castigaba por los males que habia causado en

Zahara. No obstante, llegó á persuadirse que esto seria una incursion

pasagera de algunos forrageadores, á quienes seria fácil echar del

castillo y de la tierra, enviando prontamente á Alhama algun socorro.

Con esta confianza, mandó que salieran al punto para socorrer á

aquella plaza mil ginetes, lo mejor de su caballería, los cuales

llegaron á la vista de Alhama la mañana despues del dia de su

rendicion, y cuando ya el pendon cristiano tremolaba sobre sus muros

y baluartes.

Viendo esto los moros, y que salia de la plaza á recibirlos un cuerpo

numeroso de caballería, volvieron las riendas á sus caballos y

tomaron á mas andar el camino de Granada, donde entraron de tropel,

difundiendo con la noticia que traian el dolor y la consternacion.

“Alhama cayó, decian, Alhama cayó: el cristiano se apoderó de sus

fuertes torres: la llave de Granada está en manos del enemigo.”

Al oir estas palabras y acordándose de los males pronosticados por el

Santon, se alarmaron los granadinos, pareciéndoles que habia llegado

ya el cumplimiento de su fatal vaticinio, y en toda la ciudad no

se oia sino quejas y lamentos. “¡Ay de mí, Alhama!” decian; y esta

exclamacion, tantas veces repetida, sirvió de asunto á un romance

que se compuso con este motivo, y se ha conservado hasta nuestros

dias. Conmovido asi el pueblo, se dirigió á la Alhambra, y llegando

algunos á la presencia del Monarca, manifestaron su sentimiento

plañendo y mesándose los cabellos. “Mal haya el dia, le dijeron, en

que encendiste las llamas de la guerra en nuestra tierra. El santo

profeta nos sea testigo ante Alá que nosotros y nuestros hijos somos

inocentes de este hecho. Sobre tu cabeza y sobre la cabeza de tus

descendientes, hasta la fin del mundo, sea el pecado de la desolacion

de Zahara”[8].

[8] Garibay, lib. XL. c. 29.

En vista de la tempestad que le amenazaba, se apresuró Muley Aben

Hazen á poner en tan inesperado mal el remedio que estuviese á

su alcance. Sabia que los captores de Alhama eran pocos, y que

escaseaban de municiones de guerra, de mantenimientos, y de otros

requisitos para resistir un sitio. Haciendo un movimiento rápido, se

lisongeaba de envolverlos con un ejército poderoso, y cortándoles

toda comunicacion, cogerlos prisioneros en la misma fortaleza que

le habian arrebatado. Pensar y obrar, todo era uno con Muley Aben

Hazen. Salió, pues, en persona con tres mil caballos y cincuenta

mil infantes, pero sin llevar consigo artillería ni ninguno de los

demas ingenios que entonces se usaban en los asedios: tanta era la

confianza que tenia en la muchedumbre de sus fuerzas.

Entre tanto caminaba tambien con direccion á Alhama, don Alonso de

Córdoba, señor de la casa de Aguilar, el amigo fiel y compañero de

armas del marqués de Cádiz. Era don Alonso de los primeros entre los

nobles de Castilla, y hermano de don Gonzalo de Córdoba, el mismo que

despues vino á ser tan célebre, y que ganó en la guerra el renombre

de gran capitan; pero entonces constituia don Alonso la gloria y

honor de su linage, pues su hermano era todavia jóven en las armas.

Su valor natural y un espíritu caballeresco que le animaba, le hacian

arrostrar gustoso los peligros de toda empresa honrosa y arriesgada.

Teniendo pues noticia en ocasion que se hallaba ausente, de la

incursion que habia hecho el marqués de Cádiz en el territorio de los

moros, se apresuró á reunirse con él para participar, si por ventura

aun fuese tiempo, en las glorias de esta expedicion; y juntando sus

soldados y vasallos, se puso en marcha para Alhama. Llegado al rio

Yeguas, halló en sus orillas el bagage del ejército del marqués, y

cargando con él, prosiguió su marcha. Hallábase don Alonso á muy

corta distancia de Alhama, cuando al marqués de Cádiz le llegó la

noticia de su venida, y casi al mismo tiempo el aviso que le trageron

sus espías, de que el Rey moro venia contra ellos con un ejército

poderoso. Olvidando su propio peligro, y temiendo cayese don Alonso

en manos del enemigo, despachó el marqués con toda diligencia un

mensagero bien montado, para que le advirtiese del riesgo que corria,

y le impidiese pasar adelante.

En estas circunstancias, y conociendo don Alonso que si continuaba su

marcha para Alhama, le interceptaria infaliblemente el ejército moro

antes que pudiese entrar en la plaza, trató de tomar una posicion

fuerte en aquellos montes, y esperar al enemigo. Pero habiéndosele

representado ser una temeridad el oponerse con un puñado de hombres

á un ejército numeroso, hubo de abandonar esta idea; bien que no por

eso prevaleció la opinion de los que aconsejaban una pronta retirada

al territorio de los cristianos. En medio de estos debates, llegaron

unos espías anunciando á don Alonso que Muley Aben Hazen, noticioso

de sus movimientos, venia rápidamente en su busca. No quedando, pues,

en tales circunstancias otra alternativa, y atendiendo á la seguridad

de sus gentes, se puso don Alonso en movimiento, y mal de su grado y

pesaroso emprendió la retirada sobre Antequera. Siguió Muley en su

alcance alguna distancia, pero cansándose de perseguirle, revolvió

con su ejército contra Alhama.

Habiendo llegado los moros cerca de esta plaza, vieron el campo

cubierto de cadáveres, que habian sido arrojados alli sin enterrar,

y que servian de pasto á una manada de perros que los estaban

devorando.[9] Conociendo que estos cuerpos eran los de sus compañeros

que habian muerto defendiendo aquella fortaleza, se indignaron por

tamaño ultrage, y echándose sobre aquellos inmundos animales, los

despedazaron con los alfanges. En seguida corrieron enfurecidos al

asalto de la plaza, para vengarse de los cristianos, y sin órden

ni concierto la embistieron por diversas partes, poniendo muchas

escalas, pero sin querer valerse de manteletes ni otros medios de

proteccion; pues con la muchedumbre de sus fuerzas y tan repentino

acometimiento, esperaban distraer y aterrar al enemigo.

[9] Pulgar, Crónica.

El marqués de Cádiz y sus capitanes, se apercibieron para la

defensa, y distribuidos por la muralla, animaban á sus gentes que

descargando sobre las cabezas indefensas de los moros piedras, dardos

y cuanto pudieron haber á las manos, hicieron en ellos un estrago

enorme. Ciegos de cólera los moros, intentaban á veces subir á la

muralla por los parages mas dificultosos; pero á proporcion que

subian los mataban los cristianos, y arrojaban desde los adarves,

ó trastornándoles las escalas, los precipitaban contra las peñas.

Á la vista de esta mortandad, bramaba de corage el soberbio Muley,

enviando un destacamento tras otro para que escalasen el muro, pero

sin ningun efecto; pues no fueron de mas provecho sus esfuerzos que

los embates del mar contra las rocas en que se estrellan.

La vigorosa y eficaz defensa de los cristianos, hizo conocer á

Aben Hazen el error que habia cometido saliendo de Granada sin los

correspondientes ingenios de batir. Trató pues, de minar la muralla,

y dió sus órdenes al efecto. Avanzaron los moros á la empresa con

grandes gritos; pero fueron recibidos con tan cruel descarga, que

apenas empezada la obra, la hubieron de abandonar. Empero volvieron

varias veces á la demanda, y otras tantas fueron rechazados con gran

pérdida; pues los cristianos no solo mantenian un fuego continuo

desde los adarves, sino que hacian salidas con mucho daño del

enemigo. Veíanse al pié de la muralla montones de moros muertos, y

entre ellos algunos de los mejores caballeros de Granada. Duró la

contienda todo aquel dia, y á la noche llegó á dos mil hombres el

número de moros muertos ó heridos.

Perdida ya toda esperanza de tomar á Alhama por asalto, determinó

Muley obligarla á la rendicion por la falta de agua. Á este intento

dispuso sacar de madre y dar nueva direccion al rio que pasaba por

aquella plaza y que la surtia de agua, pues no habia en ella fuentes

ni cisternas, y por esto se llamaba Alhama “la seca.”

Fue sangriento y porfiado el debate que se siguió á las orillas

del rio, pretendiendo los moros plantar estacas en su cauce para

apartar la corriente, y trabajando los cristianos por impedirlo. Los

capitanes españoles animaban á los suyos con el ejemplo, haciéndoles

volver á la pelea cada vez que el enemigo les forzaba á recogerse al

pueblo. Al marqués de Cádiz se le veia hasta las rodillas en el agua,

peleando mano á mano con los moros. Corria el rio tinto en sangre, y

embarazado con los cadáveres de los muertos. Por último consiguieron

los moros rechazar á los cristianos y torcieron la corriente. Pero

quedando todavia un hilo de agua, y forzados á aprovechar aun esta

corta cantidad, salian los sitiados por una mina para proveerse de

tan precioso elemento, y mientras unos llenaban las vasijas, otros

tenian que protegerlos, sosteniendo las repetidas cargas y el fuego

del enemigo. De dia y de noche, y con trabajo y sangre, se mantenia

esta lucha cruel, pudiendo decirse que cada gota de agua les costaba

otra de sangre.

Entre tanto fue creciendo la necesidad en la guarnicion, y llegaron á

verse reducidos al último extremo. Los hombres y los caballos caian

muertos de sed: muchos se negaban á hacer el servicio, y desesperados

ó faltos de fuerzas, arrojaban las armas. Á esto se añadia que los

moros, situados en una altura que dominaba la villa, mantenian contra

ella un fuego continuo de arcabuces y ballestas. En tal conflicto,

se apresuraron los caudillos á enviar mensageros á Córdoba y á

Sevilla, suplicando á los caballeros de Andalucía que les acudiesen

al socorro. Enviaron asimismo á implorar el favor del Rey y de la

Reina, que á la sazon se hallaban en Medina del Campo. En situacion

tan crítica, tuvieron la dicha de descubrir una cisterna con agua,

que sirvió provisionalmente de remedio á sus trabajos.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 6 / 50 题