--Te casarás; no hay otro remedio. Harás lo que debes, o uno de nosotros

está de sobra en el mundo.

La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que

el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato

corredor.

¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera

impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver

invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo

toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle

nuevos bríos.

--¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un

caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además,

¿por qué he de ser yo el culpable?

El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía

sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las

palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.

--¿Y tu hermana?--prosiguió.--¿No tiene ella la culpa? Tú eres un

infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy

un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...

Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.

Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló

la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano

la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el

aperador en aquel mismo colmado.

El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin

que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.

Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un

estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su

cuello, como un caño roto.

Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y

copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse

con la sangre.

X

Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña

de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al

sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un

arrabal de Jerez.

--¡Pobre señó Fermín!--decían las gentes al verle.--No es ni su sombra.

Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas

enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los

recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la

casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar,

darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con

una mirada severa.

--¡Mala mujer!--murmuraba.--¡Jembra mardita!

Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la

familia.

Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su

orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un

ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos

daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba

desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas

del llanto.

Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba

con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y

preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los

ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla

cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.

El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de

la invasión de los huelguistas.

Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía

estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora

antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se

levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su

hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un

rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.

Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se

había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño

insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse

en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba

en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían

por la cuesta de la viña.

Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.

¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo

las ropas. Buscaba sus ahorros.

--Toma, hijo mío: tómalo todo.

Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata

enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.

Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún

era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El

viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo

aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,

y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta

Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es

grande.

Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,

sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino

cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.

¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le

había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo,

con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un

asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el

caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres

matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le

explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le

temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse

tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había

provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta

del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma

de hombre rudo.

--Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la

venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido

guardar a una moza.

La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.

Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!

Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser

visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se

negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca

valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida

a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.

El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,

encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su

hijo.

Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un

ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para

refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él

no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la

del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.

Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para

sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo

lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo

rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero

moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.

Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado

Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a

decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se

embarcaría para la América del Sur.

--También a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita

bicha, que nos emponzoña a toos.

El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la

puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si

temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín

se lo había contado todo... todo.

--¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y

no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le

metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!...

¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin

saber lo que ocurría!...

En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo

ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su

mano no había sido la ejecutora de la venganza.

Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la

vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a

golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la

guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que

infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres

fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez

andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del

suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo

todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba

él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar

uno de ellos sus ilusiones.

Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando

recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los

cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la

cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el _Maestrico_ y los

otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.

Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una

partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el

_Tempranillo_. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los

ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse

dándole dinero para los pobres.

Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse

bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes

rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido

sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.

--Me matarán--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted,

padrino, que habré acabao con medio Jerez.

Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,

aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un

compañero más en la partida.

Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María

de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un

chiquillo.

De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano

viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo

cargamento de tabaco.

--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.

Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba

silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde

aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el _Chivo_ y otros acólitos

del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en

las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel

_gachó_ venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua

amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran

valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se

pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.

El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a

cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.

Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su

anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de

Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para

que las personas de bien se tranquilizasen.

La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el

tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer.

Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento

alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en

silencio el inaudito castigo.

Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio

con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por

homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con

exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los

revolucionarios.

Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas

con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía

preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De

los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del

escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por

hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el

mundo a una parte de felicidad.

Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el _Madrileño_, el

iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos

años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el

último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las

amargas decepciones de la noche famosa. El _Maestrico_ abría con asombro

sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad

de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque

soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de

la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y

poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura,

esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos

momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás _empujando_, como

él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza

de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les

mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes,

cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea

sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.

El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la

ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la

sumisión cobarde con que hablaban de los señores.

A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus

manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le

escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos

eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,

era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía

adelante.

Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo

en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus

cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...

Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su

casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y

dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero

envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,

como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la

ciudad.

Le _habían soltado_, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,

que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus

palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.

Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo

comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado

destierro fuese responsable de todos los sucesos.

Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se

incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se

ahogan sin poder llorar.

--¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...

Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la

corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta.

Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es

grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla

él.

Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De

pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en

Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los

recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser

cuyo amor había endulzado su existencia.

No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como

si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.

Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta

de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,

le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en

ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa...

Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella

intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.

--¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...

Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin

saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente,

fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.

También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta

elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.

--María de la Lú--murmuró.--Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te

quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos

infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran

dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha

convencío con su sabiduría. Esto se acabó.

Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se

acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y

al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de

la que no tenía culpa alguna.

Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no

quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y

ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia

borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,

olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.

Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los

últimos contrabandos habían sido _gordos_; una locura, que asombraba por

su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los

caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y

su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que

cambiaría su existencia.

Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.

Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de

caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;

extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano

del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué

Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en

cuerpo y alma de los que no trabajan!...

Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el

salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los

crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era

de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era

pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio,

ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás

que perezcan de hambre.»

Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la

virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos,

como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus

ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber

volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también,

cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre

sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y

sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del

mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles,

como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.

María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la

espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la

ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella

no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero

ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar,

aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba

todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...

El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de

convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América.

Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes

de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de

aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y

la felicidad!...

--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--serás mi mujer. Repetiremos

nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no

creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando

tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es

lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito

es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma!

Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza

nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame,

compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza,

mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...

Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus

bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo

rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si

con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a

abandonar.

* * * * *

Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su

camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y

María de la Luz.

¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los

pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la

necesidad.

Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los

recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la

desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado

libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como

un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían

sus palabras.

A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de

Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los

buenos tiempos.

El señor _Matacardillos_, el dueño del ventorro del Grajo, se moría

definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,

viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora

va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a

Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había

seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.

Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas

antes.

Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la

choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra

compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.

Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia

luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos

sentados en las inmediaciones del ventorrillo.

Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,

de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un

hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.

La bodega · 第 23 / 24 段