está de sobra en el mundo.
La manía de la guapeza reapareció en Luis. Se sentía fuerte pensando que
el _Chivo_ estaba cerca, que tal vez oía sus palabras en el inmediato
corredor.
¿Amenazas a él? No había en todo Jerez quien se las dirigiera
impunemente. Y se llevaba la mano al bolsillo, acariciando el revólver
invicto que había estado próximo a salvar la ciudad, repeliendo él solo
toda la invasión. El contacto del cilindro del arma pareció comunicarle
nuevos bríos.
--¡Ea! se acabó. Haré lo que buenamente pueda para quedar bien, como un
caballero que soy. Pero no me caso, ¿lo entiendes? No me caso... Además,
¿por qué he de ser yo el culpable?
El cinismo brillaba en sus ojos. Fermín apretaba los dientes y hundía
sus manos en los bolsillos, haciéndose atrás, como si temiese las
palabras crueles que iban a salir de la boca del señorito.
--¿Y tu hermana?--prosiguió.--¿No tiene ella la culpa? Tú eres un
infeliz, un chiquillo. Créeme; a la que no quiere, no la fuerzan. Yo soy
un perdido, conforme; pero tu hermana... tu hermana es algo...
Dijo la palabra insultante, pero apenas si se oyó.
Fermín abalanzose a él con tal ímpetu, que rodaron las sillas y tembló
la mesa, deslizándose con el empujón hasta la pared. Llevaba en una mano
la navaja de Rafael, el arma que había olvidado dos días antes el
aperador en aquel mismo colmado.
El revólver del señorito quedó asomando a la abertura del bolsillo, sin
que la mano tuviese fuerzas para tirar de él.
Vaciló Dupont sobre sus pies, sonó un ronquido de bestia degollada; un
estertor que aceleró los borbotones del chorro negro que salía de su
cuello, como un caño roto.
Y acabó por desplomarse de bruces, con gran estrépito de botellas y
copas que le siguieron en su caída, como si el vino quisiera mezclarse
con la sangre.
X
Tres meses iban transcurridos desde que el señor Fermín abandonó la viña
de Marchamalo, y sus amigos apenas si le reconocían, viéndole sentado al
sol, en la puerta de la miserable casucha que habitaba con su hija en un
arrabal de Jerez.
--¡Pobre señó Fermín!--decían las gentes al verle.--No es ni su sombra.
Había caído en un mutismo cercano a la imbecilidad. Permanecía horas
enteras inmóvil, con la cabeza abatida, como si le abrumasen los
recuerdos. Cuando su hija se aproximaba a él para hacerle entrar en la
casa o anunciarle que la comida estaba en la mesa, parecía despertar,
darse cuenta de lo que le rodeaba, y sus ojos seguían a la muchacha con
una mirada severa.
--¡Mala mujer!--murmuraba.--¡Jembra mardita!
Ella, sólo ella, era la culpable de la desgracia que pesaba sobre la
familia.
Su cólera de padre a uso antiguo, incapaz de ternura y de perdón, su
orgullo viril que le había hecho considerar siempre a la hembra como un
ser inferior, incapaz de otra cosa que de causar al hombre inmensos
daños, perseguían a la pobre María de la Luz. También ella estaba
desmejorada, pálida, flacucha, con los ojos agrandados por las huellas
del llanto.
Tenía que hacer prodigios de economía en la nueva existencia que llevaba
con su padre en aquella casucha. Y encima de las estrecheces y
preocupaciones de la miseria, había de sufrir el reproche mudo de los
ojos de su padre, el rezo de maldiciones sordas con que parecía azotarla
cada vez que se aproximaba, arrancándolo de sus reflexiones.
El señor Fermín vivía con el pensamiento puesto en la lúgubre noche de
la invasión de los huelguistas.
Para él nada había ocurrido después, que fuese importante. Le parecía
estar oyendo aún el retemblar de las puertas de Marchamalo, una hora
antes de amanecer, bajo los golpes furiosos de un desconocido. Se
levantaba con la escopeta preparada y abría una reja... Pero era su
hijo, su Fermín, sin sombrero, con las manos manchadas de sangre y un
rasguño en la cara, como si hubiese luchado con mucha gente.
Las palabras fueron pocas. Había matado al señorito Luis, y después se
había abierto paso hiriendo al matón que le acompañaba. Aquel rasguño
insignificante era un testimonio de la pelea. Tenía que huir, ponerse
en salvo inmediatamente. Los enemigos pensarían seguramente que estaba
en Marchamalo, y al amanecer, los caballos de la guardia civil trotarían
por la cuesta de la viña.
Fue un momento de loca agitación que el pobre viejo creyó interminable.
¿Adónde ir?... Sus manos abrían los cajones de la cómoda, revolviendo
las ropas. Buscaba sus ahorros.
--Toma, hijo mío: tómalo todo.
Y le llenaba los bolsillos de duros, de pesetas, de toda la plata
enmohecida por el encierro, reunida lentamente en el curso de los años.
Cuando creyó haberle dado bastante, le sacó de la viña. ¡A correr! Aún
era de noche y podían pasar por fuera de Jerez sin que les viesen. El
viejo tenía su plan. Había que buscar a Rafael en Matanzuela. El mozo
aún conservaba sus amistades con los antiguos camaradas de contrabando,
y él le llevaría por los senderos extraviados de la sierra hasta
Gibraltar. Allí podía embarcarse para cualquier punto: el mundo es
grande.
Y durante dos horas, el padre y el hijo habían marchado casi corriendo,
sin sentir cansancio, aguijoneados por el miedo, saliéndose del camino
cada vez que sonaba a lo lejos un rumor de voces, un galope de caballo.
¡Ay, el viaje cruel con sus dolorosas sorpresas! Esto era lo que le
había matado. Al hacerse de día, en mitad de la marcha, vio a su hijo,
con cara de moribundo, manchado de sangre, con todo el aspecto de un
asesino que huye. Le dolía contemplar a su Fermín en tal estado, pero el
caso no era para desesperarse. Al fin, era un hombre, y los hombres
matan muchas veces sin dejar de ser honrados. Pero cuando su hijo le
explicó en pocas palabras por qué había matado, creyó perder la vida; le
temblaron las piernas y hubo de hacer un esfuerzo para no quedarse
tendido en medio de la carretera. ¡Era Mariquita, su hija, la que había
provocado todo aquello! ¡Ah, perra maldita! Y al pensar en la conducta
del muchacho, le admiraba, agradeciendo su sacrificio con toda su alma
de hombre rudo.
--Fermín, hijo mío... has hecho bien. No había otro remedio que la
venganza. Tú eres el mejor de la familia. Mejor que yo, que no he sabido
guardar a una moza.
La entrada en Matanzuela fue trágica: Rafael quedó absorto de sorpresa.
Habían matado a su señorito, ¡y era él, Fermín, quien lo había hecho!
Montenegro se impacientaba. Quería que lo condujese a Gibraltar, sin ser
visto de nadie. Menos palabras. ¿Estaba dispuesto a salvarle, o se
negaba a ello? El aperador, por toda respuesta, ensilló su jaca
valiente, y otro de los caballos del cortijo. Iba a llevarle en seguida
a la sierra, y una vez allí, se encargarían otros de él.
El viejo los vio alejarse a todo galope, y emprendió su regreso,
encorvado por repentina vejez, como si toda su vida se fuera con su
hijo.
Luego su existencia había transcurrido como entre las nieblas de un
ensueño. Recordaba que abandonó espontáneamente Marchamalo, para
refugiarse en el arrabal, en la casucha de una parienta de su mujer. Él
no podía seguir en la viña después de lo ocurrido. Entre su familia y la
del amo había sangre, y antes que se lo echasen en cara debía huir.
Don Pablo Dupont hizo llegar hasta él ofrecimientos de limosna para
sostener su vejez, aunque le consideraba el principal culpable de todo
lo ocurrido, por no haber enseñado a sus hijos religión. Pero el viejo
rehusó todo socorro. Muchas gracias, señor: admiraba su caridad, pero
moriría de hambre, antes que aceptar una moneda de los Dupont.
Algunos días después de lo fuga de Fermín, vio llegar a su ahijado
Rafael. Se hallaba sin colocación: había abandonado el cortijo. Venía a
decirle que Fermín estaba en Gibraltar, y que un día de aquellos se
embarcaría para la América del Sur.
--También a ti--dijo el viejo con tristeza--te ha picado la mardita
bicha, que nos emponzoña a toos.
El mocetón estaba triste, desalentado. Hablando con el viejo en la
puerta de la casucha, miraba adentro con cierta inquietud, como si
temiese la aparición de María de la Luz. En la huida a la sierra, Fermín
se lo había contado todo... todo.
--¡Ay, padrino! ¡y qué gorpe me han dao! Yo creo que voy a morir... ¡Y
no poer vengarme! ¡Irse del mundo aquel sinvergüensa, sin que yo le
metiese una puñalá! ¡No poer resucitarlo pa volverle a matar!...
¡Cuántas veces se habrá burlao el ladrón, viéndome hecho un bobo, sin
saber lo que ocurría!...
En su tristeza de macho fuerte, lo que más le desesperaba era lo
ridículo de su situación, al servir a aquel hombre. Lloraba porque su
mano no había sido la ejecutora de la venganza.
Ya no quería trabajar. ¿De qué servía el ser bueno? Iba a volver a la
vida del contrabando. ¿Mujeres?... para un rato, y después tratarlas a
golpes como bestias impúdicas y sin corazón... Quería declararle la
guerra a medio mundo, a los ricos, a los que gobernaban, a los que
infundían miedo con sus fusiles, y eran la causa de que los pobres
fuesen pisoteados por los poderosos. Ahora que la gente pobre de Jerez
andaba loca de terror, y trabajaba en el campo sin levantar la vista del
suelo, y la cárcel estaba llena, y muchos que antes querían tragárselo
todo iban a misa para evitar sospechas y persecuciones, ahora empezaba
él. Iban a ver los ricos qué fiera habían echado al mundo, por destrozar
uno de ellos sus ilusiones.
Lo del contrabando era para entretenerse. Más adelante, cuando
recogiesen las cosechas, prendería fuego a los pajares, incendiaría los
cortijos, envenenaría los ganados de las dehesas. Los que estaban en la
cárcel, esperando el momento del suplicio, Juanón, el _Maestrico_ y los
otros desgraciados que morirían en garrote, iban a tener un vengador.
Si encontraba hombres con bastante corazón para seguirle, formaría una
partida de a caballo, dejando como un niño de teta a José María el
_Tempranillo_. Por algo conocía la sierra. Ya podían prepararse los
ricos. Abriría en canal a los malos, y los buenos sólo podrían salvarse
dándole dinero para los pobres.
Exaltábase al desahogar su cólera con estas amenazas. Hablaba de hacerse
bandolero, con el entusiasmo que desde la niñez sienten los jinetes
rústicos por los aventureros de carretera. Para él, todo hombre ofendido
sólo podía buscar su venganza haciéndose ladrón.
--Me matarán--continuaba--pero antes de que me maten, diga usted,
padrino, que habré acabao con medio Jerez.
Y el viejo, que participaba de las mismas preocupaciones que el mozo,
aprobaba con la cabeza. Hacía bien. De ser él joven y fuerte, tendría un
compañero más en la partida.
Rafael ya no volvió. Huía de que el demonio le pusiera enfrente de María
de la Luz. Al verla, podía matarla o podía echarse a llorar como un
chiquillo.
De vez en cuando, llegaba en busca del señor Fermín alguna gitano
viejo, algún mochilero de los que vendían, en cafés y casinos, su exiguo
cargamento de tabaco.
--Abuelo, esto es para usted... De parte de Rafaé.
Era dinero que le enviaba el contrabandista y que el viejo entregaba
silencioso a su hija. El muchacho jamás se presentaba. De tarde en tarde
aparecía en Jerez, y esto bastaba para que el _Chivo_ y otros acólitos
del difunto Dupont, se ocultaran en sus casas, evitando el mostrarse en
las tabernas y cafetines frecuentados por el contrabandista. ¡Aquel
_gachó_ venía con las de Caín, y les guardaba ojeriza, por su antigua
amistad con el señorito! Y no es que le tuviesen miedo. Ellos eran
valientes... pero de ciudad, y no iban a medirse con un bruto, que se
pasaba la semana durmiendo en la sierra con los lobos.
El señor Fermín dejaba transcurrir el tiempo mostrándose insensible a
cuanto le rodeaba, a cuanto se decía cerca de él.
Un día, el triste silencio de la ciudad le sacó por unas horas de su
anonadamiento. Iban a dar garrote a cinco hombres por la invasión de
Jerez. El proceso había marchado de prisa: el castigo era urgente para
que las personas de bien se tranquilizasen.
La entrada de los trabajadores rebeldes se abultaba al transcurrir el
tiempo, como una revolución llena de horrores. El miedo hacía enmudecer.
Los mismos que habían visto desfilar a los huelguistas sin intento
alguno de hostilidad por delante de las casas de los ricos, aceptaban en
silencio el inaudito castigo.
Se hablaba de dos muertos en aquella noche, uniendo el señorito ebrio
con el infeliz escribiente. Fermín Montenegro era perseguido por
homicidio; su proceso seguíase aparte, pero nada perdía la sociedad con
exagerar los sucesos, poniendo un muerto más en la cuenta de los
revolucionarios.
Habían sido condenados muchos a presidio. La sentencia derramaba cadenas
con una prodigalidad aterradora sobre el mísero rebaño, que parecía
preguntarse con asombro qué era lo que había hecho en aquella noche. De
los condenados a muerte, dos eran los asesinos del jovenzuelo del
escritorio: los otros tres iban al suplicio en clase de peligrosos, por
hablar, por amenazar, por creer fieramente que tenían derecho en el
mundo a una parte de felicidad.
Mucha gente guiñaba los ojos con malicia al saber que el _Madrileño_, el
iniciador de la entrada en la ciudad, sólo iba a presidio por algunos
años. Juanón y su camarada el de Trebujena esperaban resignados el
último suplicio. No querían vivir, les daba asco la vida después de las
amargas decepciones de la noche famosa. El _Maestrico_ abría con asombro
sus ojos cándidos de doncella, como resistiéndose a creer en la maldad
de los hombres. ¡Necesitaban su vida porque era un ser peligroso, porque
soñaba con la utopia de que la sabiduría de los menos pasase a ser de
la inmensa masa de los infelices, como un instrumento de redención! Y
poeta sin conocerlo, su espíritu, encerrado en ruda envoltura,
esparcíase con el fuego de la fe, consolando la angustia de sus últimos
momentos con la esperanza de que otros llegaban detrás _empujando_, como
él decía, y que esos otros acabarían por arrollarlo todo con la fuerza
de la cantidad, como las gotas de agua que forman la inundación. Les
mataban porque eran pocos. Algún día serían tantos, que los fuertes,
cansados de asesinar, aterrados por la inmensidad de su tarea
sangrienta, acabarían por desalentarse, entregándose vencidos.
El señor Fermín no percibió de este suplicio más que el silencio de la
ciudad, que parecía avergonzada; el gesto de miedo de los pobres; la
sumisión cobarde con que hablaban de los señores.
A los pocos días olvidó por completo este suceso. Llegó una carta a sus
manos: era de su hijo, de su Fermín. Estaba en Buenos Aires y le
escribía mostrando cierta confianza en su porvenir. Los primeros tiempos
eran duros, pero en aquellas tierras, con el trabajo y la constancia,
era casi seguro el triunfo, y él abrigaba la certeza de que marcharía
adelante.
Desde entonces, el señor Fermín tuvo una ocupación y sacudió el marasmo
en que le había sumido el dolor. Escribía a su hijo y esperaba sus
cartas. ¡Cuán lejos estaba! ¡Si él pudiese ir allá!...
Otro día le agitó una nueva sorpresa. Sentado al sol, a la puerta de su
casa, vio la sombra de un hombre inmóvil junto a él. Levantó la cabeza y
dio un grito. ¡Don Fernando!... Era su ídolo, el buen Salvatierra, pero
envejecido, más triste, con la mirada apagada tras las gafas azules,
como si pesasen sobre él todas las desgracias y las iniquidades de la
ciudad.
Le _habían soltado_, le dejaban vivir libremente, sabiendo, sin duda,
que en ninguna parte encontraría un rincón para hacer su nido; que sus
palabras iban a perderse sin eco en el silencio del terror.
Al presentarse en Jerez, los amigos antiguos huían de él, no queriendo
comprometerse. Otros le miraban con odio, como si desde su forzado
destierro fuese responsable de todos los sucesos.
Pero el señor Fermín, el antiguo camarada, no era de éstos. Al verle se
incorporó, cayendo en sus brazos, con ese estertor de los fuertes que se
ahogan sin poder llorar.
--¡Ay, don Fernando!... ¡Don Fernando!...
Salvatierra le consoló. Lo sabía todo. ¡Valor! Era un víctima de la
corrupción social, contra la que tronaba él con sus ardores de asceta.
Aún podía comenzar de nuevo la vida, seguido de los suyos. El mundo es
grande. Donde su hijo encontrase la existencia, también podría buscarla
él.
Y Salvatierra volvió algunas mañanas a visitar a su viejo compañero. De
pronto, se ausentó. Decían unas veces que estaba en Cádiz, otras que en
Sevilla, vagando por aquella tierra andaluza, que guardaba con los
recuerdos de sus heroísmos y sus generosidades, los restos del único ser
cuyo amor había endulzado su existencia.
No podía vivir en Jerez. Los poderosos le miraban con ojos de reto, como
si fuesen a arrojarse sobre él; los pobres le huían, evitando su trato.
Transcurrió otro mes. Una tarde, al asomar María de la Luz a la puerta
de su casa, creyó caer al suelo desvanecida. Le temblaron las piernas,
le zumbaron los oídos; toda su sangre pareció afluir a su rostro en
ardiente oleada y retirarse después, dejándolo de una palidez verdosa...
Rafael estaba allí, envuelto en su manta, como si la esperase. Ella
intentó huir, refugiarse en lo más apartado de la casucha.
--¡María de la Lú!... ¡Mariquilla!...
Era el mismo acento dulce y suplicante que al verse en la reja, y sin
saber cómo, volvió ella sobre sus pasos, acercándose tímidamente,
fijando su mirada lacrimosa en los ojos de su antiguo novio.
También él estaba triste. Una gravedad melancólica parecía darle cierta
elegancia, afinando su áspero exterior de hombre de lucha.
--María de la Lú--murmuró.--Dos palabritas na más. Tú me quieres y yo te
quiero. ¿Pa qué pasarnos el resto de la vida rabiando, como unos
infelices?... Hasta hace poco, era tan bruto que al verte me hubieran
dao tentaciones de matarte. Pero he hablado con don Fernando y me ha
convencío con su sabiduría. Esto se acabó.
Y lo afirmaba con un gesto de energía. Se acababa la separación, se
acababan los celos estúpidos a un miserable que no había de resucitar y
al que ella no había querido; se acababa el rencor por una desgracia de
la que no tenía culpa alguna.
Huirían de allí. Despreciaba a aquella tierra tan profundamente, que no
quería ni hacerla daño. Abandonarla era lo mejor; poner entre ella y
ellos muchas leguas de tierra, muchas leguas de agua. La distancia
borraría los malos recuerdos. No viendo la ciudad, no viendo sus campos,
olvidarían por completo las tristezas que allí habían sufrido.
Irían en busca de Fermín. Él tenía dinero para el viaje de todos. Los
últimos contrabandos habían sido _gordos_; una locura, que asombraba por
su audacia a los del oficio: recuas interminables pasando por los
caminos de la sierra, al amparo de su escopeta. No le habían matado, y
su buena suerte le daba nuevos ánimos para emprender el largo viaje que
cambiaría su existencia.
Conocía aquel mundo joven, y a él irían, su compañera, su padrino y él.
Don Fernando le había descrito aquel paraíso. Bandas infinitas de
caballos salvajes, que esperaban las piernas educadoras del jinete;
extensiones inmensas de tierra sin dueño, sin tirano, aguardando la mano
del hombre para expeler la vida que germinaba en sus entrañas. ¡Qué
Edén mejor para un campesino animoso y fuerte, esclavo hasta entonces en
cuerpo y alma de los que no trabajan!...
Irían a ser libres y felices en plena Naturaleza, allí donde el
salvajismo y la soledad habían guardado un pedazo de mundo limpio de los
crímenes de la civilización, del egoísmo de los hombres; donde todo era
de todos, sin otro privilegio que el del trabajo; donde la tierra era
pura como el aire y el sol y no había sido deshonrada por el monopolio,
ni despedazada y envilecida por el grito de «Esto es mío... y los demás
que perezcan de hambre.»
Y esta vida salvaje, pero libre y dichosa, reharía con el olvido la
virginidad de sus almas. Serían seres nuevos, inocentes y laboriosos,
como si acabasen de nacer del limo de la tierra. El abuelo cerraría sus
ojos mirando al sol, con la tranquilidad del que cumple su deber
volviendo a la tierra de donde surgió; ellos los cerrarían también,
cuando les llegase su hora, amándose hasta el último momento, y sobre
sus sepulturas continuarían la obra de trabajo y libertad sus hijos y
sus nietos, más felices que ellos, desconocedores de las crueldades del
mundo antiguo, pensando en los ricos ociosos y en los señores crueles,
como piensan los niños en los monstruos y los ogros de los cuentos.
María de la Luz le escuchaba conmovida. ¡Huir de allí! ¡Dejar a la
espalda tantos recuerdos!... De vivir el miserable que había causado la
ruina de su familia, persistiría en su testarudez de mujer simple. Ella
no podía ser de otro que de aquel que había robado su virginidad. Pero
ya que el ladrón había muerto, y Rafael, a quien no quería engañar,
aceptaba generosamente la situación, perdonándola a ella, lo aceptaba
todo... Sí; huirían de allí, ¡cuanto antes!...
El mocetón siguió exponiendo sus planes. Don Fernando se encargaba de
convencer al viejo; además, le daría cartas para sus amigos de América.
Antes de quince días se embarcarían en Cádiz. ¡Huir, huir cuanto antes
de una tierra de patíbulos, donde los fusiles tenían la misión de
aplacar el hambre, y los ricos le tomaban al pobre la vida, la honra y
la felicidad!...
--Cuando lleguemos--continuaba Rafael--serás mi mujer. Repetiremos
nuestras pláticas de la reja. Mejor aún. Extremaré mi cariño pa que no
creas que queda en mí ningún recuerdo amargo. Todo pasó. Don Fernando
tié razón. Las vergüenzas del cuerpo representan muy poco... El amor es
lo que importa; lo demás son preocupaciones de animales. ¿Tu corazoncito
es mío? pues ya lo tengo todo... ¡María de la Lú! ¡Compañerita del arma!
Vamos a marchar de cara al sol: ahora nacemos de veras; hoy empieza
nuestro amor. Deja que te bese por primera vez en mi vida. Abrázame,
compañera: que vea yo que eres mía, que serás el sostén de mi fuerza,
mi apoyo cuando empiece la lucha allá abajo...
Y los dos jóvenes se abrazaron en la entrada de la casucha, juntando sus
bocas sin ningún estremecimiento de pasión carnal, manteniéndose largo
rato unidos, como si despreciasen el escándalo de las gentes, como si
con su amor desafiaran los aspavientos de un mundo viejo que iban a
abandonar.
* * * * *
Salvatierra acompañó en Cádiz hasta la escala del trasatlántico a su
camarada, el señor Fermín, que partía para el nuevo mundo, con Rafael y
María de la Luz.
¡Salud! Ya no volverían a verse. El mundo es demasiado grande para los
pobres, siempre inmovilizados en el mismo sitio por las raíces de la
necesidad.
Salvatierra sintió saltársele las lágrimas. Todas sus amistades, los
recuerdos de su pasado, desvanecíanse esparcidos por la muerte o la
desgracia. Se quedaba solo en medio de un pueblo, al que había intentado
libertar y que ya no le conocía. Las nuevas generaciones le miraban como
un loco que inspiraba cierto interés por su ascetismo; pero no entendían
sus palabras.
A los pocos días de la partida de estos amigos, abandonó su retiro de
Cádiz para ir a Jerez. Le llamaba un moribundo, un camarada de los
buenos tiempos.
El señor _Matacardillos_, el dueño del ventorro del Grajo, se moría
definitivamente. Su familia imploraba la visita del revolucionario,
viendo en su presencia un último rayo de alegría para el enfermo. «Ahora
va de veras, don Fernando», escribíanle los hijos. Y don Fernando fue a
Jerez, y emprendió a pie el camino de Matanzuela, aquel camino que había
seguido de noche, en diversa dirección, tras el cadáver de una gitana.
Cuando llegó al ventorro supo que su amigo había muerto algunas horas
antes.
Era un domingo por la tarde. Adentro, en la única habitación de la
choza, estaba tendido sobre un pobre lecho el cadáver hinchado, sin otra
compañía que las moscas, que revoloteaban sobre su rostro violáceo.
Afuera, la viuda y los hijos, con la resignación de una desgracia
luengamente esperada, medían copas y atendían a los parroquianos
sentados en las inmediaciones del ventorrillo.
Los gañanes de Matanzuela bebían, formando un gran corro. Don Fernando,
de pie en la puerta de la choza, contemplaba la vasta llanura, sin un
hombre, sin una bestia, con la monótona soledad del domingo.