camaradas de su juventud revolucionaria. De todos los que habían
disparado en la sierra y afrontado la muerte o el presidio por el
romanticismo de la revolución, no quedaba ninguno a su lado. Unos huían
en desesperada carrera al otro lado del mar, espoleados por la miseria;
otros se pudrían en el seno de la tierra sin el consuelo de haber visto
la Justicia y la Igualdad imperando sobre los hombres.
¡Qué de esfuerzos inútiles! ¡Cuántos sacrificios estériles!... ¡Y la
herencia de tanto trabajo parecía perderse para siempre! Las nuevas
generaciones desconocían a los viejos, se negaban a recibir de sus
brazos, fatigados y débiles, el fardo de odios y esperanzas.
Salvatierra miraba con tristeza al grupo de los trabajadores. No le
conocían o fingían no conocerle. Ni una sola mirada se había fijado en
él.
Hablaban de la gran tragedia, que aún parecía tener bajo su lúgubre peso
a la gente de Jerez: de la ejecución de los cinco jornaleros por la
entrada nocturna en la ciudad. Pero hablaban apaciblemente, sin pasión,
sin odio, como si estas ejecuciones fuesen las de unos bandidos famosos
rodeados del aura populachera.
Sólo mostraban alguna vehemencia al apreciar el valor con que habían
muerto, el gesto que les acompañó al patíbulo. Juanón y el de Trebujena
habían marchado al palo como lo que eran: como hombres incapaces de
miedo ni de fanfarronadas. Los otros dos asesinos habían muerto como
unos brutos. Y el recuerdo del pobre _Maestrico_ casi les dos reales;
sino dos reales y medio, y atribuían este aumento a su sumisión y
disciplina. «Siendo buenos, sacaréis más que a las malas», les habían
dicho. Y ellos lo repetían, pensando con desprecio en los malvados
alborotadores que intentaban arrastrarlos a la rebeldía. Siendo
obedientes y humildes, tal vez llegasen, con el tiempo, a cobrar tres
reales. ¡Una verdadera felicidad!...
El cortijo Matanzuela lo miraban como un paraíso. El caritativo Dupont
era de una generosidad inaudita. Cuidaba de que los braceros oyesen misa
los domingos; y de mes en mes, organizaba comuniones para los gañanes.
Los que en días de holganza no iban a sus casas, quedándose en el
cortijo para seguir las pláticas religiosas de un sacerdote enviado de
Jerez, tenían por la tarde, en el ventorro, unas cuantas copas pagadas
por el amo.
Dupont era un creyente _moderno_, como él decía. Todos los caminos
resultaban buenos para llegar a la conquista de las almas.
Y los gañanes, según confesión de _Zarandilla_, «se dejaban querer»,
rezaban y bebían, fisgándose un tanto del amo con burlona gravedad, y
llamándole «primo».
La larga permanencia de _Zarandilla_ al lado de Salvatierra, y la
curiosidad que éste inspiraba, acabaron por vencer el apartamiento de
los gañanes. Algunos se aproximaron, y poco a poco fue formándose un
corro en torno del rebelde.
Uno de los más viejos le habló con tono socarrón. Si don Fernando corría
el campo para soltar soflamas como en otra época, perdía el tiempo. La
gente estaba escamada: era como el gato escaldado del refrán. Y no es
que los gañanes estuvieran bien. Se iba viviendo, pero peor estaban los
pobres a los que habían ajusticiado en Jerez.
--Los viejos--continuó aquel filósofo rústico--aún le tenemos cierto
aquel a su mercé y a los de su época. Sabemos que no se han hecho ricos
con sus sermones como muchos otros: sabemos que han padecío y se las han
tragao de muy duras... Pero mire su mercé a los chavales.
Y señalaba a los que se habían quedado sentados sin aproximarse a
Salvatierra; todos jóvenes. De vez en cuando miraban al revolucionario
con ojos insolentes. «¡Un tío embustero, como todos los que se
presentaban en busca de los trabajadores! Los que habían seguido sus
doctrinas pudrían tierra en el cementerio, y él estaba allí... Menos
sermones y más trigo...» Ellos eran listos, habían visto lo suficiente
para enterarse y estaban con el que daba. El verdadero amigo de los
pobres era el amo con su jornal; y si encima daba vino, mejor que mejor.
Además, ¿qué podía importarle la suerte de los trabajadores a aquel tío
que vestía de señor, aunque raído como un pordiosero, y no tenía callos
en las manos? Lo que deseaba era vivir a costa de ellos; un falsario
como tantos otros.
Salvatierra adivinaba estos pensamientos en los ojos hostiles.
La voz del viejo rústico seguía acosándole con su socarrona filosofía.
--¿Por qué ha de tomarse su mercé esos fríos y calores por lo que les
pasa a los pobres, don Fernando? Déjelos: si ellos están contentos, su
mercé también. Además, todos estamos escarmentaos. Con los de arriba no
se puede. Su mercé, que sabe tanto, vea de conquistar a la guardia
civil, tráigasela a su idea, y cuando se presente al frente de los
tricornios, pierda cuidao, que todos le seguiremos.
El viejo llenó un vaso de vino y se lo presentó a Salvatierra.
--Beba su mercé, y no se haga mala sangre queriendo arreglar lo que no
tiene arreglo. En el mundo no hay de verdá más que eso. Los amigos, unos
falsos; la familia... buena pa comérsela con patatas. Todas esas cosas
de rivoluciones y repartos, mentiras, palabras pa engañar a los pimplis.
Esto es la única verdá, ¡el vino!: de trago en trago nos lleva
entretenidos y alegres hasta la muerte. Beba, don Fernando; se lo
ofrezco porque es nuestro, porque nos lo hemos ganado. Es barato: sólo
cuesta una misa.
Salvatierra, el impasible, se estremeció con un arrebato de cólera.
Sintió impulsos de repeler el vaso, de estrellarlo contra el suelo.
Maldijo la pócima de oro, el demonio alcohólico que extendía sus alas
de ámbar sobre aquel rebaño embrutecido, esclavizando su voluntad,
infundiéndole la servidumbre del crimen, de la locura, de la cobardía.
Ellos, arañando la tierra, sudando en sus surcos, dejando en sus
entrañas lo mejor de su existencia, producían este líquido de oro; y los
poderosos se valían de él para embriagarlos, para mantenerles como
encantados en una falsa alegría.
Eran los esclavos más infelices de la historia; ellos mismos trenzaban
el látigo que les tenía sometidos, ellos forjaban la cadena que les
mantenía amarrados; hambrientos, con el hambre prolongada de una
alimentación engañosa, falsamente alegres con la alegría enfermiza de la
embriaguez.
¡Y reían! ¡Y le aconsejaban la sumisión, burlándose de sus esfuerzos
generosos, alabando a sus opresores!... ¿Pero es que la esclavitud había
de ser eterna? ¿Las aspiraciones humanas iban a detenerse para siempre
en esta momentánea alegría de bruto satisfecho?
Salvatierra sintió que se desvanecía su cólera; que la esperanza y la fe
volvían a él.
Comenzaba a caer la tarde; llegaba la noche, como precursora de un nuevo
día. También el crepúsculo de las aspiraciones humanas era momentáneo.
La Justicia y la Libertad dormitaban en la conciencia de todo hombre.
Ellas despertarían.
Más allá de los campos estaban las ciudades, las grandes aglomeraciones
de la civilización moderna, y en ellas otros rebaños de desesperados,
de tristes, pero que repelían el falso consuelo del vino, que bañaban
sus almas nacientes en la aurora de un nuevo día, que sentían sobre sus
cabezas los primeros rayos del sol, mientras el resto del mundo
permanecía en la sombra. Ellos serían los elegidos; y mientras el
rústico permanecía en el campo, con la resignada gravedad del buey, el
desheredado de la ciudad despertábase, poníase en pie, para seguir al
único amigo de los miserables y los hambrientos, al que atraviesa la
historia de todas las religiones, insultado con el nombre de Demonio, y
ahora, despojándose de los grotescos adornos que le da la tradición,
deslumbra a unos y asombra a otros con la más soberbia de las
hermosuras, la hermosura de Luzbel, ángel de luz, y se llama Rebeldía...
Rebeldía Social.
FIN
Madrid, Diciembre 1904-Febrero 1905.
* * * * *
OBRAS DEL MISMO AUTOR
NOVELAS
Arroz y tartana.
Flor de Mayo.
La Barraca.
Sónnica la cortesana.
Entre naranjos.
Cañas y barro.
La Catedral.
El Intruso.
CUENTOS
Cuentos valencianos.
La Condenada.
VIAJES
En el país del Arte (_Tres meses en Italia_).