jefes, guiando cada uno a los camaradas en distinta dirección. La ciudad
era suya: ¡ahora comenzaba lo bueno! Aparecía el instinto atómico de la
raza, incapaz de acometer nada en conjunto, privada del valor colectivo,
y que únicamente se siente fuerte y emprendedora cuando cada individuo
puede obrar por inspiración propia.
La calle Larga se había oscurecido: los casinos estaban cerrados.
Después de la ruda prueba sufrida por los ricos, viendo pasar el desfile
amenazante, temían éstos un reculón de la fiera, arrepentida de su
magnanimidad, y todas las puertas se cerraban.
Un grupo numeroso se dirigió al teatro. Allí estaban los ricos, los
burgueses. Había que matarlos a todos: un drama de verdad. Pero al
llegar los jornaleros ante la puerta iluminada, detuviéronse con un
temor que tenía algo de religioso. Nunca habían entrado allí. El aire,
caliente, cargado de emanaciones de gas, y el rumor de innumerables
conversaciones que se escapaban por las rendijas de la cancela,
intimidábanles como la respiración de un monstruo oculto tras las
cortinas rojas del vestíbulo.
¡Que salieran! ¡que salieran y sabrían lo que era bueno!... ¿Pero,
entrar allí?...
Asomaron a la puerta varios espectadores, atraídos por la noticia de la
invasión que llenaba las calles. Uno de ellos, con capa y sombrero de
señorito, osó avanzar hasta aquellos hombres envueltos en mantas, que
formaban un grupo frente al teatro.
Cayeron sobre él, rodeándolo, con las podaderas y las hoces en alto,
mientras los otros espectadores huían, refugiándose en el teatro. ¡Ya
tenían, por fin, lo que buscaban! Era el burgués, el burgués ahíto, al
que había que sangrar, para que devolviese al pueblo toda la substancia
que había sorbido...
Pero el _burgués_, un joven robusto, de mirada tranquila y franca, les
contuvo con un gesto.
--¡Eh, compañeros! ¡Que soy un trabajador como vosotros!
--Las manos: a ver las manos--rugieron algunos braceros, sin abatir sus
armas amenazantes.
Y por entre los embozos de la capa, aparecieron unas manos fuertes,
cuadradas, con las uñas roídas por el trabajo. Uno tras otro, iban
aquellos hombres acariciando las palmas, apreciando sus duricias. Tenía
callos: era de los suyos. Y las armas amenazadoras volvían a ocultarse
bajo las mantas.
--Sí, soy de los vuestros--siguió diciendo el joven.--Soy carpintero,
pero me gusta vestir como los señoritos, y en vez de pasar la noche en
la taberna, la paso en el teatro. Cada cual tiene sus aficiones...
Esta decepción causó tal desaliento en los huelguistas, que muchos de
ellos se retiraron. ¡Cristo! ¿dónde se ocultaban los ricos?...
Marchaban por las calles anchas y por las callejuelas apartadas, en
pequeños grupos, deseando encontrar a alguien, para que les enseñase las
manos. Era el mejor medio de reconocer a los enemigos del pobre. Pero ni
con callos ni sin ellos, encontraban a nadie ante su paso.
La ciudad parecía desierta. La gente, viendo que la fuerza armada seguía
oculta en los cuarteles, corría a encerrarse en sus casas, exagerando la
importancia de la invasión, creyendo que eran millones de hombres los
que ocupaban las calles y los alrededores de la ciudad.
Un grupo de cinco braceros tropezó en una calleja con un señorito. Eran
de los más feroces de la banda; hombres que sentían una impaciencia
homicida, al ver que transcurrían las horas sin que corriese la sangre.
--Las manos; enséñanos las manos--rugieron rodeándole, elevando sobre su
cabeza las cuchillas cuadradas y relucientes.
--¡Las manos!--contestó de mal humor el joven, desembozándose.--¿Y por
qué he de enseñarlas? No me da la gana.
Pero uno de ellos le agarró los brazos con sus zarpas, y de un violento
tirón, le hizo enseñar las manos.
--¡No tié callos!--exclamaron con lúgubre alegría.
Y se hicieron un paso atrás, como para caer sobre él con mayor ímpetu.
Pero les detuvo la serenidad del joven.
--No tengo callos, ¿y qué? Pero soy un trabajador como vosotros. Tampoco
los tiene Salvatierra, ¡y para que seáis más revolucionarios que él!...
El nombre de Salvatierra pareció detener en lo alto las pesadas
cuchillas.
--Dejad al muchacho--dijo a espaldas de ellos la voz de Juanón.--Yo le
conozco y respondo de él. Es el amigo del compañero Fernando; es de la
_idea_.
Aquellos bárbaros abandonaron a Fermín Montenegro con cierta pena,
viendo malogrado su placer. La presencia de Juanón les imponía respeto.
Además, por el fondo de la calleja avanzaba otro joven. Aquel no sería
de la _idea_; algún retoño de burgués, que se retiraba a su casa.
Mientras Montenegro agradecía a Juanón su oportuna presencia, que le
salvaba de la muerte, verificábase un poco más allá el encuentro de los
braceros con el transeúnte.
--Las manos, burgués; enséñanos las manos.
El burgués era un adolescente pálido y desmedrado, un muchacho de
dieciséis años, con el traje raído, pero con gran cuello y vistosa
corbata; el lujo de los pobres. Temblaba de miedo al enseñar sus pobres
manos finas y anémicas, manos de escribiente encerrado a las horas de
sol en la jaula de una oficina. Lloraba, al excusarse con palabras
entrecortadas, mirando las podaderas con ojos de terror, como si le
hipnotizase el frío del acero. Venía del escritorio... había velado...
estaban en el trabajo del balance...
--Gano dos pesetas, señores... dos pesetas. No me peguen... me iré a
casa; mi madre me espera... ¡aaay!...
Fue un alarido de dolor, de miedo, de desesperación, que conmovió toda
la calle. Un aullido espeluznante, al mismo tiempo que estallaba algo
como una olla rota, y el joven caía de espaldas en el suelo.
Juanón y Fermín, estremecidos de horror, corrieron hacia el grupo,
viendo en el centro de él al muchacho, con la cabeza en un charco negro
que crecía y crecía, y las piernas estirándose y contrayéndose con el
estertor agónico. Una podadera le había abierto el cráneo, rompiendo los
huesos.
Los brutos parecían satisfechos de su obra.
--Mialo--decía uno de ellos.--¡El aprendiz de burgués! Se muere como un
pollo... Ya vendrán luego los maestros.
Juanón prorrumpió en blasfemias. ¿Esto era todo lo que sabían hacer?
¡Cobardes! Habían pasado ante los casinos, donde estaban los ricos, los
verdaderos enemigos, sin ocurrírseles más que dar voces, temiendo romper
los cristales que eran su única defensa. Sólo servían para asesinar a un
niño, a un trabajador como ellos, a un pobre _zagal_ de escritorio, que
ganaba dos pesetas y tal vez mantenía a su madre.
Fermín llegó a temer que el atleta cayese navaja en mano sobre sus
compañeros.
--¡Aonde ir con estos brutos!--rugía Juanón.--Premita Dios u el demonio
que nos cojan a todos y nos ajorquen... Y a mí el primero, por bestia;
por haber creído que servíais pa algo.
El desdichado hombretón se alejó, queriendo evitar un choque con sus
feroces camaradas. Estos escaparon también, como si las palabras del
jayán les hubiesen devuelto la razón.
Montenegro, al verse solo frente al cadáver, tuvo miedo. Comenzaban a
crujir algunas ventanas después de la fuga precipitada de los matadores
y huyó, temiendo que le sorprendiesen los vecinos junto al muerto.
No se detuvo en su fuga hasta llegar a las calles grandes. Allí creía
estar mejor guardado de las fieras sueltas, que iban exigiendo que las
enseñasen las manos.
Al poco rato pareciole que la ciudad despertaba. Sonó a lo lejos un
estruendo que hacía temblar el suelo, y poco después pasó al trote un
escuadrón de lanceros por la calle Larga. Luego, al extremo de ésta,
brillaron las hileras de bayonetas y avanzó la infantería con rítmico
paso. Las fachadas de las grandes casas parecían alegrarse abriendo de
golpe sus puertas y balcones.
La fuerza armada extendíase por toda la ciudad. La luz de los faroles
hacía brillar los cascos de los jinetes, las bayonetas de los infantes,
los tricornios charolados de la guardia civil. En la penumbra se
destacaban las manchas rojas de los pantalones de la tropa y los
correajes amarillos de los guardias.
Los que habían contenido en el encierro a estas fuerzas, creían llegado
el momento de esparcirlas. Durante algunas horas, la ciudad se había
entregado, sin resistencia, fatigándose en una monótona espera por la
parsimonia de los rebeldes. Pero ya había corrido la sangre. Bastaba un
solo cadáver, el cadáver que justificaría las crueles represalias, para
que despertase la autoridad de su sueño voluntario.
Fermín pensaba, con honda tristeza, en el infeliz escribiente, tendido
allá en la callejuela, víctima explotada hasta en su muerte, que
facilitaba el pretexto buscado por los poderosos.
Comenzó por todo Jerez la cacería de hombres. Pelotones de guardia civil
y de infantería de línea, guardaban inmóviles la entrada de las calles,
mientras la caballería y fuertes patrullas de a pie ojeaban la ciudad,
deteniendo a los sospechosos.
Fermín iba de un lado a otro sin encontrar obstáculos. Su exterior era
de señorito, y la fuerza armada sólo daba caza a las mantas, a los
sombreros de campo, a los chaquetones rudos; a todos los que tenían
aspecto de trabajadores. Montenegro los veía pasar en fila, camino de la
cárcel, entre las bayonetas y las grupas de los caballos, unos abatidos,
como si les sorprendiese la aparición hostil de la fuerza armada «que
había de unirse a ellos»: otros, asombrados, no comprendiendo cómo las
cuerdas de presos despertaban tal alegría en la calle Larga, cuando
habían desfilado por ella horas antes como triunfadores, sin permitirse
el menor atropello.
Era un continuo transitar de gentes prisioneras, cogidas en el momento
en que intentaban salir de la población. Otros habían sido detenidos en
el refugio de las tabernas o tropezados al azar en aquel ojeo que
envolvía las calles.
Algunos eran de la ciudad. Habían salido de sus casas poco antes, al
ver terminada la invasión, pero su aspecto de pobres bastaba para que
los detuviesen como si fueran rebeldes. Y los grupos de prisioneros
pasaban y pasaban. La cárcel resultaba pequeña para tanta gente. Muchos
eran conducidos a los acuartelamientos de la tropa.
Fermín sentíase fatigado. Desde el anochecer que vagaba por Jerez en
busca de un hombre. La entrada de los huelguistas, la incertidumbre de
lo que podría resultar de esta aventura, le habían distraído durante
algunas horas, haciéndole olvidar sus asuntos. Pero ahora, finalizado el
suceso, sentía desvanecerse su excitación nerviosa y que el cansancio se
apoderaba de él.
Pensó por un momento en retirarse a su hospedaje. Pero sus asuntos no
eran de los que podían dejarse para el día siguiente. Era preciso
aquella misma noche, en seguida, terminar la cuestión que le hizo salir
como un loco del hotel de don Pablo, separándose de éste para siempre.
Volvió a vagar por las calles en busca de su hombre, sin fijarse ya en
las ristras de prisioneros que pasaban junto a él.
Cerca de la plaza Nueva ocurrió el deseado encuentro:
--¡Viva la guardia civil! ¡Vivan las personas decentes!...
Era Luis Dupont el que gritaba, en medio del silencio que imponían a la
ciudad tantos fusiles en sus calles. Iba borracho: bien a las claras lo
daban a entender sus ojos brillantes y su aliento fétido. Detrás de él
marchaban el _Chivo_, y un camarero de colmado, con vasos en las manos y
botellas en los bolsillos.
Luis, al reconocer a Fermín, se arrojó en sus brazos queriendo besarle.
¡Qué jornada! ¿eh?... ¡qué victoria! Y hablaba, como si fuese él solo
quien había puesto en dispersión a los huelguistas.
Al saber que la gentuza entraba en la ciudad, se había metido con su
valiente acólito en el colmado del _Montañés_, cerrando bien las puertas
para que nadie les estorbase. Había que hacer genio, beber un poco antes
de emprender la faena. Tiempo les quedaba para salir y hacer correr a
tiros a la canalla. Él y el _Chivo_ se bastaban para ello. Convenía que
el enemigo se entretuviese y tomase confianza, hasta el momento oportuno
en que surgiesen ellos dos como ministros de la muerte. Y por fin,
habían salido con el revólver en una mano y el cuchillo en la otra: ¡_la
fin_ del mundo!; pero con tan mala sombra, que encontraron ya las tropas
en las calles. Aun así, algo habían hecho.
--Yo--decía el borracho con orgullo--he ayudado a detener a más de una
docena. Además, he repartido no sé cuántas bofetadas entre esa gentuza,
que, luego de acorralada, aún hablaba mal de las personas decentes...
¡Buena tunda van a llevar!... ¡Viva la guardia civil! ¡Vivan los ricos!
Y como si estas aclamaciones le secasen el gaznate, hizo una seña al
_Chivo_, que acudió, presentando dos cañas de vino.
--Bebe--ordenó Luis a su amigo.
Fermín vaciló.
--No tengo ganas de beber--dijo con voz sorda.--Lo que deseo, es hablar
contigo, y en seguida. Hablar de algo muy interesante...
--Está bien: ya hablaremos--contestó el señorito sin dar importancia a
la petición.--Hablaremos tres días seguidos: pero primero hay que
cumplir el deber. Quiero obsequiar con una copa a todos los valientes
que conmigo han salvado a Jerez. Porque, créeme, Ferminillo, que soy yo,
sólo yo, quien ha resistido a esos pillos. Mientras las tropas estaban
en los cuarteles, yo estaba en mi sitio. ¡Me parece que la ciudad me lo
debe agradecer, haciéndome algo!...
Pasó un pelotón de jinetes, con los caballos al trote. Luis avanzó hacia
el oficial, llevando en alto una copa de vino; pero el militar pasó
adelante sin hacer caso del ofrecimiento, seguido de sus soldados, que
casi atropellaron al señorito.
Su entusiasmo no se enfrió por esta falta de atención.
--¡Olé, los jinetes garbosos!--dijo arrojando su sombrero a las patas
traseras de los caballos.
Y al recogerlo, cuadrose, y con gesto grave, llevándose una mano al
pecho, gritó:
--¡Viva el ejército!
Fermín no quería soltarlo, y armándose de paciencia le acompañó en su
excursión por las calles. Se detenía el señorito ante los grupos de
soldados, haciendo avanzar a sus dos acompañantes con toda la provisión
de botellas y copas.
--¡Olé los hombres valientes! ¡Viva la caballería... y la infantería...
y la artillería aunque no esté! Una copa, mi teniente.
Los oficiales, malhumorados por esta jornada estúpida, sin gloria y sin
peligro, repelían con un gesto severo al borracho. ¡Adelante! Allí nadie
bebía.
--Pues ya que no pueden ustedes beber--insistía el señorito con la
pesadez del ebrio--yo la beberé por ustedes. ¡A la salud de los hombres
guapos!... ¡Muera la pillería!
Un grupo de guardia civil atrajo su atención en una bocacalle. El
sargento que lo mandaba, un viejo de bigote duro y entrecano, tampoco
admitió el obsequio de Dupont.
--¡Olé los hombres con riñones! ¡Bendita sea la mamá de todos ustedes!
¡Viva la guardia civil! Van ustedes a tomarse una copa conmigo. _Chivo_,
sirve a estos caballeros.
El veterano volvió a excusarse. La ordenanza... el reglamento del
cuerpo... Pero su firme negativa la acompañaba con una sonrisa
bondadosa. Tenía enfrente a un Dupont; a uno de los más ricos de la
ciudad. El sargento le conocía, y a pesar de que momentos antes había
dado de culatazos a todos los que pasaban por la calle con trazas de
jornalero, toleraba resignado los brindis del señorito.
--¡Adelante, don Luis!--decía con tono de ruego.--Váyase usted a casa:
esta noche no es de alegrías.
--Bueno... me voy, respetable veterano. Pero antes me bebo otra copa...
y otra, tantas como son ustedes. Yo beberé, ya que no pueden ustedes
hacerlo por la pijotera ordenanza; y que les sirva de provecho... ¡A la
salud de todos ustedes! Choca, Fermín: choca tú, _Chivo_. Decid todos
conmigo: ¡Viva el tricornio!...
Se cansó por fin de ir de grupo en grupo sin que aceptasen sus
ofrecimientos y dio por terminada la expedición. Tenía tranquila la
conciencia: había obsequiado a todos los héroes que, secundando su
valor, salvaban la ciudad. Ahora a casa del _Montañés_ a acabar la
noche.
Cuando Fermín se vio en un camarote del colmado ante nuevas botellas,
creyó llegado el momento de abordar su asunto.
--Yo tenía que hablarte de algo importante, Luis. Creo que te lo dije.
--Me acuerdo... tenías que hablarme... Habla cuanto quieras.
Estaba tan borracho, que se le cerraban los ojos y su voz gangueaba como
la de un viejo.
Fermín miró al _Chivo_ que, como de costumbre, se había sentado al lado
de su protector.
--Tengo que hablarte, Luis, pero es de algo muy delicado... Sin
testigos.
--¿Lo dices por el _Chivo_?--exclamó Dupont abriendo los ojos.--El
_Chivo_ soy yo: todo lo mío lo sabe él. Si viniese aquí mi primo Pablo a
hablarme de sus negocios, el _Chivo_ se quedaría oyéndolo todo. ¡Habla
sin miedo, hombre! Este es un pozo para todo lo mío.
Montenegro se resignó a sufrir la presencia de aquel tagarote, no
queriendo demorar por sus escrúpulos la explicación deseada.
Habló a Luis con cierta timidez, velando su pensamiento, pesando bien
las palabras para que sólo pudieran entenderlas ellos dos, dejando al
matón en la ignorancia.
Si él le buscaba, ya podía figurarse para qué era... _Lo sabía todo._ El
recuerdo de lo ocurrido en la última noche de la vendimia en Marchamalo
no habría desaparecido seguramente de su memoria. Pues bien: él se
presentaba para que remediase el mal causado. Siempre le había tenido
por amigo y esperaba que como tal se portase... porque de no ser así...
El cansancio, la turbación nerviosa de una noche de emociones, no
permitieron a Fermín un largo disimulo, y la amenaza asomó a sus labios
al mismo tiempo que brillaba en sus ojos.
Las copas que llevaba bebidas le abrasaban el estómago, como si el vino
se transformase en veneno, por la repugnancia con que lo había tomado de
aquellas manos.
Dupont, oyendo a Montenegro, fingíase más ebrio de lo que realmente
estaba, para ocultar de este modo su turbación.
La amenaza de Fermín hizo abandonar al _Chivo_ su mutismo. El
perdonavidas creyó oportuno el momento para una intervención aduladora.
--Aquí nadie amenaza, ¿sabe usté, pollo?... Donde esté el _Chivo_ no hay
quien le diga ná a su señorito.
El joven saltó con arrogancia, fijando en la bestia siniestra una mirada
de reto.
--Usted se calla--dijo con imperio.--Usted se guarda la lengua en... el
bolsillo o donde le quepa. Usted no es nadie aquí; y para hablarme me
pide licencia.
Quedó indeciso el matón, como aplastado por la arrogancia del joven, y
antes de que pudiera reponerse de la acometida, añadió Fermín
dirigiéndose a Luis:
--¿Y eres tú ese que se cree tan valiente?... ¡Valiente, y vas a todas
partes con un acompañante, como los niños de la escuela! ¡Valiente, y ni
para hablar a solas con un hombre te separas de él! Merecías llevar
calzones cortos.
Dupont olvidó su embriaguez, la echó a un lado para erguirse ante el
amigo con toda la grandeza de su valor. ¡Hombre, justamente le hería en
su parte más sensible!...
--Ya sabes, Ferminillo, que soy más valiente que tú; y que todo Jerez me
tiene miedo. Vas a ver si necesito acompañantes. Tú, _Chivo_, ahueca.
El valentón se resistió, refunfuñando.
--¡Ahueca!--repitió el señorito, como si fuese a darle de patadas, con
la arrogancia de la impunidad.
El _Chivo_ salió y los dos amigos volvieron a sentarse. Luis ya no
parecía ebrio: antes bien, hacía esfuerzos por mostrarse sereno,
abriendo los ojos desmesuradamente, como si intentase anonadar con la
mirada a Montenegro.
--Cuando te parezca--dijo con voz sorda, para inspirar mayor
pavor,--saldremos a matarnos. Aquí no, porque el _Montañés_ es amigo y
no quiero comprometerlo.
Fermín levantó los hombros, como si despreciase esta comedia
terrorífica. Ya hablarían de matarse, pero después; según lo que
resultara de su conversación.
--Ahora al grano, Luis. Tú sabes el mal que has hecho. ¿Qué es lo que
piensas para remediarlo?
El señorito perdió de nuevo su serenidad al ver que Fermín abordaba
directamente el temido asunto. Hombre, a él no le correspondía toda la
culpa. Era el vino, la maldita juerga, la casualidad... el ser bueno en
demasía; pues de no haber estado en Marchamalo, cuidando los intereses
de su primo (que maldito si se lo agradecía), nada habría ocurrido.
Pero, en fin, el mal estaba hecho. Él era un caballero, se trataba de
una familia amiga y no huía la cara. ¿Qué deseaba Fermín?... Su fortuna,
su persona, todo estaba a su disposición. Creía lo más acertado que los
dos señalasen una cantidad, de común acuerdo: él la reuniría, fuese como
fuese, para darla a la chica como dote, y raro sería que con esto no
encontrase un buen marido.
¿Por qué ponía Fermín aquel gesto? ¿Había dicho él algún disparate?...
Pues si no le gustaba esta solución, tenía otra. María de la Luz podía
irse a vivir con él. Le pondría una gran casa en la ciudad, viviría como
una reina. A él le gustaba la muchacha: bastante sentía los desprecios
con que le había afligido después de aquella noche. Haría cuanto supiera
para que fuese feliz. Muchos ricos de Jerez vivían de este modo con sus
hembras, a las que todos respetaban como esposas legítimas; y si no
llegaban al matrimonio, era únicamente por ser de baja condición...
¿Tampoco le bastaba este arreglo? A ver: que propusiera algo Fermín, y
acabarían de una vez.
--Sí, hay que acabar de una vez--repitió Montenegro.--Menos palabras,
pues me duele hablar de esto. Lo que tú vas a hacer, es ir mañana a
avistarte con tu primo y decirle que, avergonzado de tu falta, te casas
con mi hermana, como debe hacerlo un caballero. Si él da su permiso,
mejor: si no lo da, es igual. Tú te casas, y procuras, corrigiéndote, no
hacer infeliz a tu mujer.
El señorito había echado atrás su silla, como escandalizado por lo
enorme de la pretensión.
--Hombre... ¡casarse nada menos! ¡Pues tú pides poco!...
Habló de su primo, augurando resueltamente su negativa. Él no podía
casarse. ¿Y su carrera? ¿Y su porvenir? Justamente, la familia, de
acuerdo con los Padres de la Compañía, andaba en tratos para su
matrimonio con una muchacha rica de Sevilla; antigua hija espiritual del
Padre Urizábal. Y bien lo necesitaba él, pues su fortuna estaba muy
resentida después de tantos despilfarros, y para su carrera política le
convenía ser rico.
--Casarme con tu hermana, no--terminó Dupont.--Eso es una locura,
Fermín; piénsalo bien: un disparate.
Fermín se exaltó al contestar. ¡Un disparate! conforme; pero lo era para
la pobre Mariquilla. ¡Vaya una fortuna! ¡Cargar con un hombre como él,
que era un saco de vicios, y no podía vivir ni con las mujerzuelas más
soeces de aquella tierra! Para María de la Luz, este casamiento
significaba un nuevo sacrificio: pero no había otro remedio que pasar
por él.
--¿Tú crees que yo tengo verdadero deseo de emparentar contigo y que
esto me da alegría?... Pues te equivocas. ¡Ojalá no hubieses tenido
nunca el mal pensamiento que ha hecho infeliz a mi hermana! A no existir
eso de por medio, no te aceptaría por cuñado, aunque llegases a
pedírmelo de rodillas, cargado de millones... Pero el mal está hecho y
hay que remediarlo del único modo que puede remediarse, aunque
reventemos todos de pena... Ya sabes que yo me río del matrimonio: es
una de las muchas pamplinas que existen en el mundo. Lo necesario para
ser felices, es el amor... y nada más. Yo puedo expresarme así porque
soy hombre; porque me cisco en la sociedad y en lo que diga la gente.
Pero mi hermana es mujer y necesita, para que la respeten, para vivir
tranquila, hacer lo que las demás mujeres. Tiene que casarse con el
hombre que ha abusado de ella, aunque no sienta ni una migaja de cariño.
Jamás volverá a hablar con su antiguo novio; sería una villanía el
engañarle. Podrás decir tú que siga soltera, ya que nadie conoce lo
ocurrido; pero todo lo que se hace se sabe. Tú mismo, si yo te dejara,
acabarías por revelar en una noche de borrachera, tu buena suerte, el
magnífico bocado que te tragaste en la viña de tu primo. ¡Cristo! eso,
no. Aquí no hay más arreglo que el casamiento.
Y con palabras cada vez más fuertes estrechaba a Luis, pretendiendo
obligarle a que aceptase su solución.
El señorito se defendía con la angustia del que se ve acorralado.
--Te ofuscas, Fermín--decía.--Yo veo más claro que tú...
Y para salir del paso, pretendía dejar la conversación para el día
siguiente. Examinarían con más claridad el asunto... El temor de verse
obligado a aceptar las proposiciones de Montenegro le hacía insistir en
su negativa. Todo menos casarse... No le era posible; le repudiaría su
familia, se reiría de él la gente; perdería su porvenir político.
Pero el hermano insistió con una firmeza que aterraba a Luis: