relato de la vida del gran africano, sin fijarse en el gesto de
indiferencia de Fermín.
Durante algunos minutos permaneció don Pablo con el oído en el aparato,
prorrumpiendo en alegres exclamaciones, como si le satisfaciese lo que
le decían.
Cuando volvió hacia Montenegro, ya no parecía acordarse de lo que
motivaba la visita de éste.
--¡Van a entrar, Fermín!--exclamó frotándose los manos.--Me dicen de
parte del alcalde, que los de Caulina comienzan a dirigirse hacia la
ciudad. Un poco de susto en el primer momento, y después _¡pum, pum,
pum!_ el escarmiento que les hace falta, el presidio, y hasta su poquito
de garrote, para que vuelvan a ser prudentes y nos dejen quietos una
temporada.
Don Pablo iba a mandar que cerrasen las puertas y las ventanas bajas de
su hotel. Si Fermín no quería quedarse, debía salir cuanto antes.
El amo hablaba precipitadamente, con el pensamiento puesto en la
próxima invasión de desesperados, y empujaba a Fermín, acompañándolo
hasta la puerta, como si olvidase su asunto.
--¿En qué quedamos, don Pablo?
--¡Ah, sí! Tu asunto... lo de la muchacha. Veremos: pasa otro rato; yo
hablaré con mi madre. Lo del convento es lo mejor: créeme.
Y como sorprendiese en el rostro de Fermín una mueca de protesta, volvió
a su tono de humanidad.
--Hombre: no pienses en eso del casamiento. Ten lástima de mi y de mi
familia. ¿No tenemos aún bastantes penas? Las niñas del marqués, que nos
avergüenzan viviendo con la canalla: Luis, que parecía en el buen
camino, y ahora sale con esa aventura... ¿Y aun quieres afligirnos a mi
madre y a mí, pidiendo que un Dupont se case con una muchacha de una
viña? Yo creía que nos considerabas más. Ten compasión de mí, hombre:
tenme compasión.
--Sí, don Pablo, le compadezco--dijo Fermín irónicamente, deteniéndose
en la puerta.--Es usted digno de lástima por el estado de su alma. Su
religión es distinta de la mía.
Dupont se hizo atrás, olvidando de pronto todas sus preocupaciones. Le
habían tocado el punto vulnerable de su verbosidad. ¡Y un empleado suyo
se atrevía a decirle tales cosas!...
--Mi religión... mi religión--exclamó colérico, no sabiendo por dónde
comenzar.--¿Qué tienes tú que decir de ella? Mañana discutiremos en el
escritorio... y si no, ahora mismo...
Pero Fermín no le dejó continuar.
--Mañana no será fácil--dijo con calma.--No nos veremos mañana, y tal
vez nunca. Ahora tampoco puede ser: tengo prisa... ¡Salud, don Pablo! No
volveré a molestarle: no tendrá usted que pedirme más compasión. Lo que
me toque hacer, lo haré por mí mismo.
Y, precipitadamente, salió del hotel. Cuando llegó a la calle comenzaba
a anochecer.
IX
A media tarde llegaron los primeros grupos de trabajadores al inmenso
llano de Caulina. Presentábanse como negras bandadas, saliendo de todos
los puntos del horizonte.
Unos bajaban de la serranía, otros venían de los cortijos del llano, o
de las tierras situadas al otro lado de Jerez, llegando a Caulina
después de rodear la ciudad. Los había de los confines de Málaga y de la
vecindad de Sanlúcar de Barrameda. El aviso misterioso había volado de
los ventorros a los ranchos, por toda la extensa campiña, y cuantos
trabajaban en ella acudían presurosos, creyendo llegado el momento de la
venganza.
Miraban con ojos feroces a Jerez. El desquite de los pobres estaba
próximo, y la ciudad blanca y risueña, la ciudad de los ricos, con sus
bodegas y sus millones, iba a arder, iluminando la noche con el
esplendor de su ruina.
Se agrupaban los recién llegados a un lado del comino, en la llanura
cubierta de matorrales. Los toros que pastaban en ella retirábanse hacia
el fondo, como asustados por esta mancha negruzca, que crecía y crecía,
alimentada incesantemente con nuevos grupos.
Toda la horda de la miseria acudía a la cita. Eran hombres tostados,
enjutos, sin la más leve ondulación de grasa bajo la lustrosa epidermis.
Fuertes esqueletos acusando tras la piel de tirante rigidez, sus aristas
salientes y sus oquedades oscuras. Cuerpos, en los que era mayor el
desgaste que la nutrición, y la ausencia de músculos estaba suplida por
los manojos de tendones engruesados por el esfuerzo.
Se cubrían con mantas deshilachadas, llenas de remiendos, que esparcían
un olor de miseria, o tiritaban, sin más abrigo que un chaquetón
haraposo. Los que habían salido de Jerez para unirse a ellos, se
distinguían por sus capas, por su aspecto de obreros de ciudad, más
próximos en sus costumbres a los señores que a la gente del campo.
Los sombreros, nuevos y flamantes unos, deformados e incoloros otros,
con alas caídas y bordes de sierra, cubrían unos rostros en los que se
mostraba toda la gradación del gesto humano, desde la indiferencia
abobada y bestial, a la acometividad del que nace bien preparado para la
lucha por la vida.
Aquellos hombres recordaban lejanos parentescos animales. Unos tenían la
faz prolongada y ósea, con grandes ojos bovinos y el gesto dulce y
resignado: eran los hombres-bueyes deseosos de tenderse en el surco,
para rumiar sin la más leve idea de protesta, con inmovilidad solemne.
Otros mostraban el hocico elástico y bigotudo, los ojos de reflejo
metálico de los felinos: eran los hombres-fieras, que se estremecían,
dilatando sus narices, como si percibiesen ya el olor de la sangre. Y
los más, de cuerpo negro y miembros retorcidos y angulosos como
sarmientos, eran los hombres-plantas unidos para siempre a la tierra de
donde habían surgido, incapaces de movimiento y de ideas, resignados a
morir en el mismo sitio, nutriendo su vida buenamente con lo que
desechasen los fuertes.
La agitación de la rebeldía, el apasionamiento de la venganza, el
egoísmo de mejorar su suerte, parecían igualarlos a todos, con una
semejanza de familia. Muchos, al abandonar su vivienda habían tenido que
arrancarse de los brazos de sus mujeres, que lloraban presintiendo el
peligro, pero al verse entre los _compañeros_, erguíanse arrogantes,
mirando a Jerez con ojos bravucones, como si fueran a comérsela.
--¡Vamos!--exclamaban.--¡Que da ánimo ver tantos probes juntos,
dispuestos a hacer una hombrada!...
Eran más de cuatro mil. Al llegar una nueva banda, sus individuos,
embozándose en las mantas haraposas para dar mayor misterio a la
pregunta, se dirigían a los que aguardaban en el llano.
--¿Qué hay?...
Y los que oían la pregunta parecían devolverla con la mirada. «Sí; ¿qué
hay?» Todos estaban allí, sin saber por qué, ni para qué; sin conocer
con certeza quién era el que los convocaba.
Había circulado por el campo la noticia de que aquella tarde, al
anochecer, sería la gran revolución, y ellos acudían exasperados por las
miserias y persecuciones de la huelga, llevando en la faja una pistola
vieja, las hoces, las navajas o las terribles podaderas, que de un solo
revés podían hacer saltar una cabeza.
Llevaban algo más: la fe que acompaña a toda muchedumbre en los primeros
momentos de rebeldía, la credulidad, que la hace entusiasmarse con las
más absurdas noticias, exagerándolas cada cual por su cuenta para
engañarse a sí mismo, creyendo que fuerza a la realidad con el peso de
sus disparatadas invenciones.
La iniciativa de la reunión, la primera noticia, la creían obra del
_Madrileño_, un joven forastero que había aparecido en el campo de Jerez
en plena huelga, enardeciendo a los simples con sus predicaciones
sanguinarias. Nadie le conocía, pero era muchacho de gran verbosidad y
pájaro de cuenta, a juzgar por las amistades de que hacía gala. Le había
enviado Salvatierra, según él decía, para suplirle en su ausencia.
El gran movimiento social que iba a cambiar la faz del mundo, debía
iniciarse en Jerez. Salvatierra y otros hombres no menos famosos
estaban ya ocultos en lo ciudad, para presentarse en el momento
oportuno. Las tropas se unirían a los revolucionarios apenas entrasen
éstos en la población.
Y los crédulos, con la viveza imaginativa de su raza, aderezaban la
noticia, adornándola con toda clase de detalles. Una confianza ciega se
esparcía por los grupos. No iba a correr más sangre que la de la gente
rica. Los soldados estaban con ellos; los oficiales también estaban al
lado de la revolución. Hasta la guardia civil, tan odiada por los
braceros, merecía su simpatía momentáneamente. Los tricornios también se
ponían de parte del pueblo. Salvatierra andaba en ello y su nombre
bastaba para que todos aceptasen el prodigio sobrenatural.
Los más viejos, los que habían presenciado el levantamiento de
Septiembre contra los Borbones, eran los más crédulos y confiados. Ellos
_habían visto_ y no necesitaban que nadie les probase las cosas. Los
generales sublevados, los jefes de la escuadra, no habían sido más que
autómatas, sometidos al poder del grande hombre de aquella tierra. Don
Fernando lo había hecho todo: él había sublevado los barcos, él había
arrojado los batallones a Alcolea contra las tropas que venían de
Madrid. ¿Y lo que hizo por destronar a una reina y preparar el aborto de
una República sietemesina, no había de repetirlo cuando se trataba nada
menos que de conquistar el pan para los pobres?...
La historia de aquel país, la tradición de la tierra gaditana, provincia
de revoluciones, influía en la credulidad de las gentes. Habían visto
con tanto facilidad, de la noche a la mañana, derribar tronos y
ministerios, y hasta llevar presos a reyes, que nadie dudaba de la
posibilidad de una revolución de mayor importancia que las anteriores,
pues aseguraría el bienestar de los infelices.
Transcurrieron las horas y comenzaba a ocultarse el sol, sin que la
muchedumbre supiese con certeza qué aguardaba y hasta cuándo iba a
permanecer allí.
El tío _Zarandilla_ iba de un grupo a otro para satisfacer su
curiosidad. Se había escapado de Matanzuela, riñendo con la vieja que
quería impedirle el paso, desoyendo los consejos del aperador, que le
recordaba que a sus años no estaba para aventuras. Quería ver de cerca
lo que era una _rigolución_ de pobres; presenciar el bendito momento (si
es que llegaba) en que los trabajadores de la tierra se quedasen con
ella por riñones, partiéndola en pequeñas parcelas, poblando las
inmensas y deshabitadas propiedades, realizando su ensueño.
Intentaba reconocer a la gente con sus débiles ojos, extrañándose de la
inmovilidad de los grupos, de la incertidumbre, de la falta de plan.
--Yo he servío, muchachos--decía;--yo he hecho la guerra, y esto que
preparáis ahora es lo mismo que una batalla. ¿Dónde tenéis la bandera?
¿Dónde está el general?...
Por más que giraba en torno de él su mirada turbia, sólo veía grupos de
gentes que parecían abobadas por una espera sin término. ¡Ni general, ni
bandera!
--Malo, malo--musitaba _Zarandilla_.--Me paece que me güelvo al cortijo.
La vieja tenía razón; esto güele a palos.
Otro curioso iba también de grupo en grupo, oyendo las conversaciones.
Era _Alcaparrón_, con el doble sombrero hundido basta las orejas,
moviendo su cuerpo, con femenil contoneo, dentro del traje haraposo. Los
gañanes acogíanlo con risas. ¿Él también allí?... Le darían un fusil
cuando entrasen en la ciudad; a ver si se batía con los burgueses como
un valiente.
Pero el gitano contestaba a la proposición con exagerados ademanes de
miedo. La gente de su raza no gustaba de guerras. ¡Coger él un fusil!
¿Acaso habían visto muchos gitanos que fuesen soldados?...
--Pero robar sí que robarás--le decían otros.--Cuando toque el momento
del reparto ¡cómo te vas a poner el cuerpo, gachó!
Y _Alcaparrón_ reía como un mono, frotándose las manos al hablar del
saqueo, halagado en sus atávicos instintos de raza.
Un antiguo gañán de Matanzuela le recordó a su prima Mari-Cruz.
--Si eres hombre, _Alcaparrón_, esta noche podrás vengarte. Toma esta
hoz y se la metes en el vientre al granuja de don Luis.
El gitano rehusó la mortífera herramienta, huyendo del grupo para
ocultar sus lágrimas.
Comenzaba a anochecer. Los jornaleros, cansados de la espera, se movían,
prorrumpiendo en protestas. ¡A ver! ¿quién mandaba allí? ¿Iban a
permanecer toda la noche en Caulina? ¿Dónde estaba Salvatierra? ¡Que se
presentase!... Sin él no iban a ninguna parte.
La impaciencia y el descontento hicieron surgir un jefe. Se oyó la voz
de trueno de Juanón sobre los gritos de la gente. Sus brazos de atleta
se elevaron por encima de las cabezas.
--¿Pero quién dio la orden para reunirnos?... ¿El _Madrileño?_ A ver:
que venga: que lo busquen.
Los obreros de la ciudad, el núcleo de compañeros de la _idea_ que había
salido de Jerez y tenía empeño en volver a entrar con la gente del
campo, se agrupó en torno de Juanón, adivinando en él al jefe que iba a
unir todas las voluntades.
Encontraron, por fin, al _Madrileño_, y Juanón lo abordó para saber qué
hacían allí. El forastero se expresaba con gran verbosidad, pero sin
decir nada.
--Nos hemos reunido para la revolución, eso es: para la revolución
social.
Juanón daba patadas de impaciencia. ¿Pero y Salvatierra? ¿Dónde estaba
don Fernando?... El _Madrileño_ no le había visto, pero sabía, le
habían dicho, que estaba en Jerez aguardando la entrada de la gente.
También sabía, o más bien, le habían dicho, que la tropa estaría con
ellos. La guardia de la cárcel andaba en el _ajo_. No había más que
presentarse, y los mismos soldados abrirían las puertas, poniendo en
libertad a todos los compañeros presos.
El gigantón quedó un momento pensativo, rascándose la frente, como si
quisiera ayudar con estos restregones la marcha de su pensamiento
embrollado.
--Está bien--exclamó después de larga pausa.--Esto es cuestión de ser
hombres, o de no serlo: de meterse en la ciudad, y salga lo que saliere,
o de marcharse a dormir.
Brillaba en sus ojos la fría resolución, el fatalismo de los que se
resignan a ser conductores de hombres. Echaba sobre él la
responsabilidad de una rebelión que no había preparado. Sabía tanto del
movimiento sedicioso, como aquella gente que parecía absorta en la
penumbra del crepúsculo, sin acertar a explicarse qué hacía allí.
--¡Compañeros!--gritó imperiosamente.--¡A Jerez los que tengan riñones!
Vamos a sacar de la cárcel a nuestros pobres hermanos... y a lo que se
tercie. Salvatierra está allí.
El primero en aproximarse al improvisado caudillo, fue Paco el de
Trebujena, el bracero rebelde, despedido de todos los cortijos, que
andaba por el campo con su borriquillo vendiendo aguardiente y papeles
revolucionarios.
--Yo voy contigo, Juanón, ya que el compañero Fernando nos espera.
--¡El que sea hombre, y tenga vergüenza, que me siga!--continuó Juanón a
grandes gritos, sin saber ciertamente adonde conducir a los compañeros.
Pero a pesar de sus llamamientos a la virilidad y la vergüenza, la mayor
parte de los reunidos se hacía atrás instintivamente. Un rumor de
desconfianza, de inmensa decepción, elevábase de la muchedumbre. Los
más, pasaban de golpe del entusiasmo ruidoso al recelo y al miedo. Su
fantasía de meridionales, siempre dispuesta a lo inesperado y
maravilloso, les había hecho creer en la aparición de Salvatierra y
otros revolucionarios célebres, todos montados en briosos corceles, como
caudillos arrogantes e invencibles, seguidos de un gran ejército que
surgía milagrosamente de la tierra. ¡Asunto de acompañar a estos
auxiliares poderosos en su entrada en Jerez, reservándose la fácil tarea
de matar a los vencidos y adjudicarse sus riquezas! Y en vez de esto,
les hablaban de entrar solos en aquella ciudad, que se dibujaba en el
horizonte, sobre el último resplandor de la puesta del sol y parecía
guiñarles satánicamente los ojos rojizos de su alumbrado, como
atrayéndolos a una emboscada. Ellos no eran tontos. La vida resultaba
dura con su exceso de trabajo y su hambre perpetua; pero peor era
morir. ¡A casa! ¡a casa!...
Y los grupos comenzaron a desfilar en dirección opuesto a la ciudad; a
perderse en la penumbra, sin querer oír los insultos de Juanón y los más
exaltados.
Estos, temiendo que la inmovilidad facilitase las deserciones, dieron la
orden de marcha.
--¡A Jerez! ¡A Jerez!...
Emprendieron el camino. Eran unos mil; los obreros de la ciudad, y los
hombres-fieras, que habían ido a la reunión oliendo sangre y no podían
retirarse, como si les empujase un instinto superior a su voluntad.
Al lado de Juanón, entre los más animosos, marchaba el _Maestrico_,
aquel muchacho que pasaba las noches en la gañanía, enseñándose a leer y
escribir.
--Creo que vamos mal--decía a su vigoroso compañero.--Marchamos a
ciegas. He visto hombres que corrían hacia Jerez, para avisar nuestra
llegada. Nos esperan; pero no para nada bueno.
--Tú te cayas, _Maestrico_--repuso imperiosamente el caudillo, que,
orgulloso de su cargo, acogía como una irreverencia la menor
objeción.--Te cayas; eso es. Y si tienes miedo, te najas como los otros.
Aquí no queremos cobardes.
--¡Yo cobarde!--exclamó con sencillez el muchacho.--Adelante, Juanón.
¡Pa lo que vale la vida!...
Marchaban silenciosos, con la cabeza baja, como si fuesen a embestir a
la ciudad. Trotaban cual si deseasen salir lo antes posible de la
incertidumbre que les acompañaba en su carrera.
El _Madrileño_ explicaba su plan. A la cárcel seguidamente: a sacar a
los compañeros presos. Allí se les uniría la tropa. Y Juanón, como si no
se pudiera ordenar nada que no fuese por su voz, repetía a gritos:
--¡A la cárcel, muchachos! ¡A salvar a nuestros hermanos!
Dieron un largo rodeo para entrar en la ciudad por una callejuela, como
si les avergonzase pisar las vías anchas y bien iluminadas. Muchos de
aquellos hombres habían estado en Jerez muy contadas veces, desconocían
las calles y seguían a sus conductores con la docilidad de un rebaño,
pensando con inquietud en el modo de salir de allí si les obligaban a
escapar.
La avalancha negra y muda avanzaba con sordo tropel de pasos que
conmovía el piso. Cerrábanse las puertas de las casas, apagábanse las
luces en las ventanas. Desde un balcón los insultó una mujer.
--¡Canallas! ¡Gentuza ordinaria! ¡Ojalá os ahorquen, que es lo que
merecéis!...
Y en los guijarros del pavimento, resonó el choque de una vasija de
barro rompiéndose, sin que los fragmentos alcanzasen a nadie. Era la
_Marquesita_, que desde el balcón del ganadero de cerdos, indignábase
contra aquella gentuza, antipática por su ordinariez, que osaba amenazar
a las personas decentes.
Sólo unos pocos levantaron la cabeza: Los demás siguieron adelante,
insensibles a la ridícula agresión, deseando llegar cuanto antes al
encuentro de los amigos. Los que eran de la ciudad reconocieron a la
_Marquesita_, y al alejarse contestaron sus insultos con palabras tan
clásicas como impúdicas. ¡Pero qué _punta_ aquella! De no ir de prisa,
la hubieran dado una zurra por debajo de las enaguas...
La columna sufrió cierto reflujo al subir la cuesta que conducía a la
plaza de la Cárcel: el sitio de peor sombra de la ciudad. Muchos de los
rebeldes se acordaban de los camaradas de _La Mano Negra_: allí les
habían dado garrote.
La plaza estaba solitaria: el antiguo convento convertido en cárcel
tenía cerradas todas sus aberturas, sin una luz en las rejas. Hasta el
centinela se había ocultado detrás del gran portón.
Detúvose la cabeza de la columna al entrar en la plaza, resistiendo el
empujón de los que venían detrás. ¡Nadie! ¿Quién iba a ayudarles? ¿Dónde
estaban los soldados que debían unirse a ellos?...
No tardaron en saberlo. De una reja baja partió una llama fugaz, una
línea roja disolviéndose en humo. Un trallazo enorme y seco conmovió la
plaza. Después, otro y otro, hasta nueve, que a la gente, inmóvil por
la sorpresa, le parecieron infinitos en número. Era la guardia, que
hacía fuego antes de que ellos se pusieran delante de los fusiles.
La sorpresa y el terror dieron a algunos un cándido heroísmo. Avanzaban
gritando, con los brazos abiertos.
--¡No tiréis, hermanos, que nos han vendío!... ¡Hermanos: que no venimos
por la mala!...
Pero los hermanos eran duros de oreja, y seguían tirando. De pronto se
inició en la turba el pavor de la fuga. Corrieron todos cuesta abajo,
cobardes y valientes, empujándose unos a otros, atropellándose, como si
les azotasen las espaldas aquellos disparos que seguían conmoviendo la
plaza desierta.
Juanón y los más enérgicos, contuvieron al doblar una esquina el
torrente de hombres. Los grupos se rehicieron: pero más pequeños, menos
compactos. Ya no eran más que unos seiscientos hombres. El crédulo
caudillo blasfemaba con voz sorda.
--A ver: que venga el _Madrileño_: que nos explique esto.
Pero fue inútil buscarle. El _Madrileño_ había desaparecido en la
dispersión, se había ocultado en las callejuelas al sonar los disparos,
como todos los que conocían la ciudad. Sólo quedaban al lado de Juanón
los que eran de la sierra y marchaban a tientas por las calles,
asombrados de ir de un lado a otro, sin ver a nadie, como si la ciudad
estuviese deshabitada.
--Ni Salvatierra está en Jerez, ni sabe nada de esto--dijo el
_Maestrico_ a Juanón.--Me paece que nos la han dao.
--Lo mismo creo--contestó el atleta.--¿Y qué vamos a jacer? Ya que
estamos aquí, vámonos al centro de Jerez, a la calle Larga.
Emprendieron una marcha en desorden por el interior de la ciudad. Lo que
les tranquilizaba, infundiéndoles cierto valor, era no encontrar
obstáculos ni enemigos. ¿Dónde estaba la guardia civil? ¿Por qué se
ocultaba la tropa? El hecho de permanecer encerrada en sus
acuartelamientos, dejando la ciudad en poder de ellos, les infundía la
absurda esperanza de que aún era posible la aparición de Salvatierra, al
frente de las tropas sublevadas.
Llegaron sin ningún obstáculo a la calle Larga. Ninguna precaución a su
llegada. La vía estaba limpia de transeúntes; pero en los casinos los
balcones mostrábanse iluminados; los pisos bajos no tenían otro cierre
que las cancelas de cristales.
Los rebeldes pasaban ante las sociedades de los ricos lanzándolas
miradas de odio, pero sin detenerse apenas. Juanón esperaba un arrebato
de cólera del rebaño miserable: hasta se preparaba a intervenir con su
autoridad de jefe para aminorar la catástrofe.
--¡Esos son los ricos!--decían en los grupos.
--Los que nos engordan con gazpachos de perro.
--Los que nos roban. ¡Míalos cómo se beben nuestra sangre!...
Y después de una breve detención, seguían su desfile apresuradamente,
como si fuesen a alguna parte y temieran llegar con retraso.
Empuñaban las terribles podaderas, las hoces, las navajas... ¡Que
saliesen los ricos y verían cómo rodaban sus cabezas sobre el
adoquinado! Pero había de ser en la calle, pues todos ellos sentían
cierta repugnancia a empujar las cancelas, como si los cristales fuesen
un muro infranqueable.
Los largos años de sumisión y cobardía pesaban sobre la gente ruda al
verse frente a sus opresores. Además, les intimidaba la luz de la gran
calle, sus anchas aceras con filas de faroles, el resplandor rojo de los
balcones. Todos formulaban mentalmente la misma excusa para disculpar su
debilidad. ¡Si pillasen en campo raso a aquella gente!...
Al pasar frente al _Círculo Caballista_, aparecieron tras los cristales
varias cabezas de jóvenes. Eran señoritos que seguían con inquietud mal
disimulada el desfile de los huelguistas. Pero al verles pasar de largo,
mostraron cierta ironía en sus ojos, recobrando la confianza en la
superioridad de su casta.
--¡Viva la Revolución Social!--gritó el _Maestrico_, como si le doliese
pasar silencioso ante el nido de los ricos.
Los curiosos desaparecieron, pero al ocultarse reían, causándoles la
aclamación gran regocijo. ¡Mientras se contentasen con gritar!...
Llegaron en su marcha sin objeto a la plaza Nueva, y al ver que el jefe
se detenía, agrupáronse en torno de él, con la mirada interrogante.
--¿Y ahora qué hacemos?--preguntaron con inocencia.--¿Adónde vamos?
Juanón ponía un gesto feroz.
--Podéis diros donde queráis; ¡pa lo que hacemos!... Yo a tomar el
fresco.
Y arrebujándose en la manta, apoyó la espalda en la columna de un farol,
quedando inmóvil, en una actitud que revelaba desaliento.