No habían conocido a su madre, y Fermín ocupó para la pequeña el vacío

que dejó al morir aquella mujer, cuyo rostro, bondadoso y triste, apenas

si recordaban. ¿Cuántas veces, a la edad en que otros muchachos se

duermen en un regazo tibio, había hecho de madre para ella, meciéndola

muerto de sueño, sufriendo sus llantos y sus manotones? ¿Cuántas veces,

en la época de miseria, cuando el padre no tenía trabajo, había sofocado

su hambre para darla el mendrugo que le regalaban otros chicos,

compañeros de sus juegos?... Cuando ella sufrió las enfermedades de la

infancia, su hermano, que apenas pasaba la cabeza del borde de la cama,

la había velado, había dormido con ella sin miedo a la infección. Eran

más que hermanos: la mitad de su vida la habían pasado juntos, en

contacto desde los pies a la frente, mezclando sus alientos,

confundiendo sus sudores. Cada uno de ellos no sabía lo que en su

cuerpo era suyo o asimilado del otro.

Después, al ser mayores, este amor fraternal soldado por las penas de

una infancia triste, se había agrandado. Él no pensaba en casarse, como

si su misión en el mundo fuese vivir al lado de su hermana, viéndola

feliz con un hombre bueno y noble como Rafael, dedicando toda su vida a

los hijos que ella tuviese... Para Fermín no guardaba secretos

Mariquita. Corría a él, en los momentos de duda, antes que al padre...

¡Y ahora, la ingrata, como si de repente se endureciese su alma, dejaba

impasible que él sufriese, sin revelar aquel misterio de su vida!

--¡Ah, mal corazón! ¡Mala hermana!... ¡Y cuán poco te conocía!

Estos reproches de Fermín, dichos con voz entrecortada, como si fuese a

llorar, causaron más efecto en María que las amenazas y violencias de

antes.

--Fermín... quería ser muda para que no sufrieses; porque sé que la

verdad te hará daño. ¡Ay, Jesús mío! ¡Destrozarles el alma a los dos

hombres que más quiero!...

Pero ya que el hermano lo exigía, a él se confiaba, y fuese lo que Dios

quisiera... Se había erguido otra vez y hablaba, sin un gesto, sin mover

apenas los labios, con la mirada perdida en el horizonte, cual si

estuviera soñando y relatase la historia de otra persona.

Comenzaba a anochecer y a Fermín le pareció que toda la sombra del

crepúsculo se le metía dentro del cráneo, nublando su pensamiento,

entorpeciéndolo con dolorosa somnolencia. Un frío intenso y paralizador,

un frío de sepultura, arañaba su espalda. Era la brisa ligera de la

noche, pero a Fermín le pareció un viento de hielo, una tromba glacial

que venía desde el Polo para él, sólo para él.

María de la Luz seguía hablando impasible, como si relatase la desgracia

de otra mujer. Sus palabras evocaban rápidas imágenes en el pensamiento

del hermano. Todo lo veía Fermín: la embriaguez general de la última

noche de la vendimia, la borrachera de la moza, su desplome como un

cuerpo inerte en el rincón de los lagares, y después la llegada del

señorito para aprovecharse de la caída.

--¡El vino! ¡El mardito vino!--decía María de la Luz con expresión de

cólera, haciendo al líquido de oro responsable de su desgracia.

--Sí, el vino--repetía Fermín.

Y con el pensamiento evocaba a Salvatierra, recordando sus anatemas a la

maléfica divinidad que regulaba todas las acciones y los afectos de un

pueblo esclavizado por ella.

Después, las palabras de su hermana le hacían ver el horroroso despertar

al desvanecerse el triste engaño de la embriaguez, la indignación con

que repelía a un hombre, al que no amaba, y que aún le parecía más

antipático luego de su fácil victoria.

Todo había acabado para María de la Luz. Harto lo demostraba la firmeza

de sus palabras. Ya no podía ser del hombre amado. Debía mostrarse

cruel, fingir despego, hacerle sufrir como una moza casquivana, antes

que decirle la verdad.

Imperaba en ella esa preocupación de la hembra vulgar que confunde el

amor con la virginidad física. Una mujer sólo podía ser esposa del

hombre al que llevase como tributo de sumisión, la integridad de su

cuerpo. Ella debía ser como su madre, como todas las buenas mujeres que

conocía. La virginidad de la carne era tan importante como el amor; y

cuando se perdía, aunque fuese por un azar, sin voluntad alguna, había

que resignarse, doblar la cabeza, decir adiós a la dicha y seguir el

camino de la vida, sola y triste, mientras el amante infeliz se alejaba

por otro lado buscando una nueva urna de amor cerrada e intacta.

Para María de la Luz el mal era irremediable. Amaba a Rafael; la

desesperación del muchacho aumentaba su apasionamiento; pero jamás

volvería a hablarle. Se resignaba a que la tuviesen por cruel antes que

engañar al hombre amado. ¿Qué decía Fermín a esto? ¿No debía ella

repeler a su novio, aunque esto la destrozase el alma?...

Fermín permanecía silencioso, la barba en el pecho y los ojos cerrados,

con la inmovilidad de la muerte. Parecía un cadáver en pie. De pronto,

despertó la fiera humana que se encabrita y ruge ante la desgracia.

--¡Ah, perra descastada!--bramó.--¡Mala piel! ¡....!

Y el supremo insulto a la virtud femenil salió de sus labios disparado

contra María de la Luz. Avanzó un paso, con la mirada extraviada y el

puño en alto. La muchacha, como si la penosa revelación la hubiese

sumido en la insensibilidad de los imbéciles, no cerró los ojos, no

movió la cabeza para evitar el golpe.

La mano de Fermín volvió a caer sin rozarla. Fue un relámpago de

ferocidad; nada más. Montenegro se reconocía sin derecho para castigar a

su hermana. En las nieblas de color de sangre que pasaban ante sus ojos,

creyó ver el brillo de las gafas azules de Salvatierra, su sonrisa fría

de inmensa bondad. ¿Qué haría el maestro de estar allí?... Perdonar,

indudablemente: envolver a la víctima en la conmiseración sin límites

que le inspiraban los pecados de los débiles. Además, estaba el vino

como principal culpable: el veneno de oro, el diablo de color de ámbar,

esparciendo con su perfume la locura y el crimen.

Fermín permaneció silencioso largo rato.

--De todo esto--dijo al fin--ni una palabra al padre. El pobre viejo

moriría.

Mariquita hizo un gesto de asentimiento.

--Si te encontraras con Rafael--continuó,--ni una palabra tampoco. Le

conozco: el pobre mozo iría a presidio por tu culpa.

La advertencia era inútil. Para evitar la venganza de Rafael, había

mentido ella, fingiendo sus crueles desvíos.

Fermín continuó hablando con tono sombrío, pero imperiosamente, sin

admitir réplica. Ella se casaría con Luis Dupont... ¿Que le aborrecía?

¿Que había huido de él después de aquella noche horrible?... Pues esta

era la única solución. Con la honra de su familia ningún señorito jugaba

impunemente. Si no le quería por amor, le toleraría por deber. El mismo

Luis iría a buscarla, a pedirla la mano.

--¡Le odio! ¡Le aborrezco!--decía Mariquita.--¡Que no venga! ¡No quiero

verle!...

Pero sus protestas se estrellaron ante la firmeza del hermano. Ella

podía mandar en sus afectos, pero por encima estaba el honor de su casa.

Quedar soltera, ocultando su deshonra, con el triste consuelo de no

haber engañado a Rafael, podía satisfacerla. ¿Pero y él, que era su

hermano? ¿Cómo podría vivir, viendo a todas horas a Luis Dupont, sin

exigirle una reparación por su ultraje, pensando que el señorito se reía

interiormente de su hazaña, al encararse con él?...

--A callar, Mariquita--dijo con dureza.--A callar, y ser obediente. Ya

que como mujer no has sabido guardarte, deja que tu hermano defienda la

honra de la familia.

Había cerrado la noche y los dos hermanos emprendieron cuesta arriba el

regreso a su casa. Fue una ascensión lenta, penosa, temblándoles las

piernas, zumbándoles los oídos, jadeando sus pechos, como si les

aplastase un peso enorme. Parecíales que llevaban en hombros un muerto

gigantesco, algo que había de pesar sobre el resto de su existencia.

Los hermanos pasaron mal la noche. Durante la velada sufrieron el

tormento de tener que sonreír al pobre padre, de seguir su conversación

sobre los sucesos que se preparaban para el día siguiente, de manifestar

Fermín sus opiniones acerca de la asamblea de los rebeldes en los llanos

de Caulina.

El joven no pudo dormir. Adivinaba, al otro lado del tabique, el

insomnio de Mariquita; oía el continuo revólver de su cuerpo en la cama,

prorrumpiendo en suspiros dolorosos.

Poco después del alba, Fermín salió de Marchamalo, dirigiéndose a Jerez

sin despedirse de su familia. Al bajar a la carretera, lo primero que

vio junto al ventorro fue a Rafael, sobre su jaca, plantado en medio del

camino, como un centauro.

--Cuando tan pronto vienes, algo güeno ties que dicirme--exclamó el

mocetón con una confianza cándida que a Fermín casi le arrancó

lágrimas.--Suelta por esa boca, Ferminillo mío, ¿qué resultao traes de

tu embajada?...

Montenegro tuvo que hacer un esfuerzo violento para mentir, ocultando

con vagas palabras su turbación.

El asunto marchaba así, así; no del todo mal. Podía estar tranquilo:

caprichitos de mujer sin fundamento alguno. El insistiría para que todo

se arreglase. Lo importante era que Mariquita le quería lo mismo que

antes. Podía estar seguro de esto.

¡Qué cara de angelote, radiante y gozoso, la del mocetón!...

--Anda, Ferminillo: súbete en las ancas, ¡salao! ¡gracioso! que te voy a

llevar a Jerez en un decir Jesú. Tienes más talento y más labia, y más

aquel en la mollera, que toos los abogaos juntos de Cáiz, de Sevilla y

hasta de Madrí... ¡Si sabría yo a qué aldabilla me agarraba cuando

busqué a mi niño!...

La jaca iba al galope, espoleada por el aperador. Éste necesitaba

correr, aspirar el aire con violencia, cantar para dar salida a la

alegría, mientras Fermín, a sus espaldas, casi lloraba, viendo la

alegría del inocente, escuchando las coplas que dedicaba a la _gachí_,

como si la tuviera otra vez por suya, gracias al hermano. Para

sostenerse en las ancas del corcel, tuvo Fermín que agarrarse a la

cintura del aperador; pero lo hizo con cierto remordimiento, como

avergonzado del contacto con aquel ser bueno y sencillo cuya confianza

forzosamente había de engañar.

Se separaron en las afueras de Jerez. Rafael se marchaba al cortijo.

Quería estar allí, ya que tenía noticia de lo que se preparaba para la

tarde en los llanos de Caulina.

--Va a haber bronca, y gorda. Dicen que hoy se lo reparten too y lo

queman too, y que se van a cortar más cabezas que en una batalla de

moros... Yo a Matanzuela, y al primero que se presente con mala

intención lo recibo a tiros. Al fin, el amo es el amo y pa eso me tiene

allí don Luis: pa que guarde sus intereses.

Fue un nuevo tormento para Fermín ver la arrogancia con que se alejaba

el mocetón, la firme tranquilidad con que hablaba de hacerse matar por

los que osasen el más leve atentado contra la propiedad de su señor.

¡Ay! ¡si el jayán inocente, en el cumplimiento de su deber, supiera lo

que él!...

Fermín pasó todo el día en el escritorio trabajando, con el pensamiento

lejos, muy lejos; traduciendo cartas mecánicamente, sin fijarse en el

sentido de las palabras, uniendo números como un autómata.

Algunas veces levantaba la cabeza y permanecía inmóvil, mirando

fijamente a don Pablo Dupont al través de la puerta abierta de su

despacho. El principal discutía con don Ramón y otros señores, ricos

cosecheros que llegaban con cierto aire despavorido y se serenaban,

acabando por reír, luego de escuchar las vehementes palabras del

millonario.

Montenegro no prestaba atención, a pesar de que la voz de don Pablo,

aflautada por la cólera, se esparcía algunas veces por el escritorio.

Debían hablar de la reunión en Caulina: la noticia había llegado desde

el campo a la ciudad.

Varias veces, al quedar solo Dupont en su despacho, el empleado sintió

tentaciones de entrar... pero se contuvo. No: allí no. Necesitaba

hablarle a solas. Conocía su carácter arrebatado. La sorpresa le haría

prorrumpir en gritos, oyéndole todas las gentes del escritorio.

A la caída de la tarde, Fermín, después de vagar un buen rato por las

calles, para dejar algún espacio entre la salida de la oficina y su

visita al amo, se dirigió al ostentoso hotel de la viuda de Dupont.

Pasó la verja y el portal con la facilidad de un antiguo servidor de la

casa. Se detuvo un instante en el patio, de blancas arcadas, entre los

macizos de plátanos y palmeras. En el centro de uno de los claustros

cantaba un chorro de agua, cayendo en profundo tazón. Era una fuente con

pretensiones de monumento; una montaña de estalactitas con una cueva a

guisa de hornacina, y en ella la Virgen de Lourdes, de mármol blanco;

una estatua mediocre, con el relamido exterior de la imaginería

francesa, que el dueño del hotel apreciaba como un prodigio artístico.

Le bastó a Fermín anunciarse, para que le hiciesen pasar al despacho del

señor. Un criado descorrió las cortinas de las ventanas para que

entrase toda la luz de la tarde. Don Pablo, apoyado en la pared,

inclinábase ante la bocina de un aparato telefónico, manteniendo el

receptor en el oído. Con un gesto indicó a su empleado que se sentase, y

Fermín, hundido en un sillón, dejó vagar su mirada por esta pieza, en la

que no había entrado nunca.

Un gran cuadro de talla dorada, adornado con la cabeza de San Pedro, y

los escudos pontificales, contenía el diploma más glorioso de la casa,

el Breve concediendo la bendición papal en la hora de la muerte a todos

los Dupont, hasta la cuarta generación. Luego, en otros cuadros no menos

deslumbrantes, mostrábanse todas las distinciones concedidas a don

Pablo, tan honoríficas como santas; pergaminos con grandes sellos e

inscripciones rojas, azules o negras; títulos de comendador de la orden

de San Gregorio, de la de _Pro ecclesiæ et Pontifice_, y de la Piana;

diplomas de caballero Hospitalario de San Juan y del Santo Sepulcro. Las

cartas que acreditaban las cruces de Carlos III y de Isabel la Católica,

concedidas por las regias personas después de sus visitas a la bodega de

los Dupont, ocupaban las paredes más oscuras, encuadradas en marcos

menos vistosos, con la modestia que el poder civil debe mostrar ante la

representación de Dios; cediendo el sitio, como avergonzadas, a todos

los títulos honoríficos inventados por la Iglesia, que habían llovido

sobre don Pablo, sin que faltase uno.

Dupont únicamente rechazaba de Roma el título de nobleza. Sus amigos de

allá ponían a disposición de él toda la heráldica: conde, marqués,

duque, lo que quisiera. Hasta príncipe lo haría el Santo Padre por la

gracia de Dios; y en cuanto al título, si no le gustaba su apellido no

tenía más que echar mano a cualquiera de los innumerables santos del

calendario.

Pero el hijo de doña Elvira rehusaba obstinadamente esta distinción. ¡La

Iglesia por encima de todo!... pero la nobleza histórica también era

obra de Dios. Y, orgulloso de la estirpe materna, sonreía irónicamente

al hablar de la nobleza papal, despreciando a los industriales y los

ricos improvisados que se pavoneaban con sus títulos de Roma. Se

proponía solicitar para él, más adelante, aquel marquesado rancio y

glorioso de San Dionisio que estaba sin sucesión desde la muerte de su

famoso tío Torreroel.

Don Pablo, al dejar el teléfono, saludó a Fermín, impidiéndole con un

ademán que abandonase su asiento.

--¿Qué hay, muchacho? ¿Traes noticias nuevas? ¿Sabes algo de la reunión

en Caulina?... Me acaban de decir que llegan grupos de todos lados. Ya

son unos tres mil.

Montenegro hizo un gesto de indiferencia. Nada le importaba la tal

reunión: él venía por otra cosa.

--Me alegro que pienses así--dijo don Pablo, sentándose junto a su mesa,

al pie del diploma de la bendición.--Tú has sido siempre algo _verde_;

ya sabes que te conozco, y me gusta que no te mezcles en estos líos.

Esto te lo digo porque te quiero y porque esa gente va a llevar palo...

mucho palo.

Y se frotaba las manos, como si le regocijase la esperanza del castigo

que iban a sufrir los rebeldes.

--Tú, que tanto admiras a Salvatierra, el amigote de tu padre, puedes

felicitarte de que no se encuentre en Jerez. Porque si estuviera, esta

sería su última hazaña... Pero vamos a ver, Ferminillo, ¿qué te trae por

aquí?...

Dupont quedose con la vista fija en su empleado y éste comenzó a

explicarse con cierta timidez. Él conocía el antiguo afecto que don

Pablo y toda su familia sentían por la del pobre capataz de Marchamalo.

Un cariño de grandes señores, que ellos, pobres y humildes, no sabían

cómo agradecer. Además, Fermín apreciaba el carácter de su principal: su

religiosidad, incapaz de transigir con el vicio y la injusticia. Por

esto, en un momento difícil para su familia, acudía a él, en busca de

consejo, de apoyo moral.

Dupont miraba con los ojos entornados a Montenegro, pensando que éste

sólo podía aproximarse a él impulsado por algo muy importante.

--Está bien--dijo con impaciencia.--Vamos al caso y no perdamos tiempo.

Mira que hoy es un día extraordinario. De un momento a otro volverán a

llamarme por teléfono.

Fermín permanecía con la cabeza baja, vacilando, con expresión dolorosa,

como si las palabras le quemasen la lengua. Por fin comenzó el relato de

lo ocurrido en Marchamalo la última noche de la vendimia.

El carácter irascible, impetuoso y atronador de Dupont, pareció

hincharse colérico durante el relato, hasta estallar al final

ruidosamente.

Su egoísmo le hacía pensar ante todo en él, en lo que suponía este

atentado para el honor de su casa. Además, considerábase herido por la

falta de respeto del pariente, afirmando que en este delito de impudor

había algo de profanación para su propia persona.

--¡En Marchamalo tales abominaciones!--exclamó, saltando de su

asiento.--¡La torre de los Dupont, mi casa, a la que llevo mi familia

muchas veces, convertida en un antro del vicio! ¡El demonio de la

impureza haciendo de las suyas a dos pasos de la capilla, de la casa de

Dios, donde sacerdotes sabios han dicho las cosas más hermosas del

mundo!...

Y la indignación le ahogaba. Tosía, agarrándose a la mesa, como si la

cólera le amagase con una congestión, y pudiera caer redondo en el

suelo.

Luego vinieron las lamentaciones del industrial. ¡Para esto había

servido el saqueo que durante su ausencia había hecho en sus mejores

vinos el empecatado pariente! Aquel robo de loco no podía dar otros

resultados. ¡Embriagar con el vino de los ricos a todo un tropel de

gentes rudas y ordinarias! Bastante había reñido a su primo al volver él

a Jerez; y ahora, cuando tenía olvidada la barrabasada, le enteraban de

su última consecuencia, una deshonra que le impediría poner los pies en

Marchamalo. ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Qué de vergüenzas sobre la familia!...

--Compadéceme, Fermín--gritaba don Pablo.--Ten lástima de la cruz que

llevo a cuestas. El Señor ha derramado todos sus dones sobre su indigno

servidor, que soy yo. Tengo riquezas, una madre que es una santa, esposa

cristiana e hijos obedientes; pero en este valle de lágrimas, la

felicidad no puede ser completa. El Altísimo necesita ponernos a prueba,

y mi castigo son las niñas del marqués y ese Luis, que es presa del

demonio. Somos la mejor de las familias, pero esos locos se encargan de

hacernos llorar, de afligirnos con el tormento de la vergüenza. Ten

compasión de mí, Fermín; apiádate del cristiano más infeliz de la

tierra, que no por esto se queja, sino que alaba al Señor.

Reaparecía el exaltado, próximo al delirio al hablar de Dios y de la

suerte de sus criaturas. Y pidiendo a Fermín que le compadeciese, lo

hacía con tales gestos, que el joven temía que se arrodillara, con las

manos juntas, como implorando su perdón.

En ciertos momentos, Montenegro, a pesar de su tristeza, sentía deseos

de reír por lo extraño de la situación. Aquel hombre poderoso pedía que

le compadeciese. ¿Qué pediría él, que llegaba impulsado por una

vergüenza de familia?...

Dupont cayó desalentado en su asiento, la cabeza entre las manos, con la

facilidad con que pasaba su carácter de la acción desordenada e

impetuosa al anonadamiento cobarde.

Suspiraba, con tristeza:

--¡La familia!... ¡la familia!...

Pero al levantar los ojos, se encontró con los de Fermín, que le

contemplaban asombrados, como preguntándole cuándo llegaría el momento

en que cesara de pedir compasión para él y empezase a compadecer a su

dependiente.

--¿Y tú--preguntó--qué crees que puedo hacer en esto?...

Montenegro desechó toda timidez para contestar a su jefe. Si él supiera

qué hacer no habría venido a molestar a don Pablo. Estaba allí para que

él le aconsejase; más aún, para que pusiera remedio al mal, como

cristiano y como caballero, ya que estos dos títulos estaban siempre en

sus labios.

--Usted es el jefe de los suyos y por esto vengo a buscarle. Usted tiene

medios de realizar el bien y devolver su honor a una familia.

--¡El jefe!... ¡el jefe!--murmuró irónicamente don Pablo. Y quedó en

silencio, como si buscase la solución del asunto.

Luego habló de María de la Luz. Había pecado gravemente y tenía mucho de

qué arrepentirse. Podía servirle de excusa ante Dios su estado

extraordinario, su falta de voluntad; pero la embriaguez no era una

virtud, y el pecado carnal, pecado era... Había que salvar el alma de la

infeliz, facilitarla los medios pura que ocultase su vergüenza.

--Yo creo--añadió después de una larga reflexión--que lo mejor será que

tu hermana entre en un convento... No tuerzas el gesto; no creas que

quiero enviarla a un convento cualquiera. Hablaré con mi madre: nosotros

sabemos hacer las cosas. Irá a un convento de señoras, de religiosas

distinguidas, y la dote será cosa nuestra. Ya sabes que por dinero no

discuto. Cuatro mil, cinco mil duros... lo que sea. ¡Eh! ¡Me parece que

la solución no es mala! Allí, en el recogimiento, limpiará su alma de

culpas. Yo podré llevar entonces mi familia a la viña, sin miedo a que

los míos se rocen con una desdichada que ha cometido el más torpe de los

pecados, y ella vivirá como una gran señora, como una esposa distinguida

de Dios, rodeada de toda clase de comodidades, ¡hasta con criadas,

Fermín!, y ya ves que esto vale algo más que quedarse en Marchamalo

guisando la comida de los viñadores.

Fermín se había puesto de pie, pálido, con las cejas fruncidas.

--¿Eso es todo lo que usted tiene que decir?--preguntó con voz sorda.

El millonario asombrose de lo actitud del joven. Qué, ¿no le parecía

bastante? ¿Tenía él una solución mejor? Y con inmensa extrañeza, como si

hablase de algo disparatado e inaudito, añadió:

--¡A no ser que hayas soñado con que mi primo se case con tu hermana!...

--No haría con ello nada de más. Esto es lo lógico, lo natural, lo que

aconseja el honor, lo único que puede hacer un cristiano como usted.

Dupont volvió de nuevo a exaltarse.

--¡Ta, ta! ¡Ya salió el cristianismo a gusto vuestro! Los que sois

_verdes_ y no conocéis la religión más que por fuera, os fijáis en

ciertas exterioridades para echárnoslas en cara cuando os conviene.

Claro es que todos somos hijos de Dios, y que los buenos gozarán

igualmente de su gloria: pero mientras vivimos en la tierra, el orden

social que viene de lo alto, exige que existan jerarquías y que éstas se

respeten sin confundirse. Consulta el caso con un sabio, pero un sabio

de verdad; con mi amigo, el Padre Urizábal o algún fraile eminente, y

verás qué te contesta: lo mismo que yo. Debemos ser buenos cristianos,

perdonar las ofensas, auxiliarnos con la limosna y facilitar al prójimo

los medios para que salve el alma: pero cada uno en el círculo social

que le ha marcado Dios, en la familia que le destinó al nacer, sin

asaltar las barreras divisorias con intentos de falsa libertad, cuyo

verdadero nombre es libertinaje.

Montenegro hacía esfuerzos por contener la cólera.

--Mi hermana es buena y es honrada, a pesar de todo--dijo mirando

audazmente a don Pablo;--mi padre es el trabajador más bondadoso y más

pacífico del campo de Jerez: yo soy joven, pero no he hecho mal a nadie,

y tengo la conciencia tranquila. Los Montenegros somos pobres: pero

nadie tiene derecho a despreciarlos ni a deshonrarles por el egoísmo del

placer. Nadie, ¿lo entiende usted, don Pablo? nadie: y el que lo intenta

no sale del mal paso impunemente. Somos tan buenos como los que más, y

mi hermana, aunque pobre, puede entrar por la puerta grande en una

familia que, aunque posea millones, tiene en su seno hombres como Luis y

hembras como las _Marquesitas_.

En otro momento hubiera tenido que ver el arranque de cólera de Dupont

ante las amenazas y las insolencias de su dependiente. Pero ahora

parecía intimidado por la mirada del joven, por el acento de su voz, que

temblaba con expresión amenazadora.

--¡Hombre!, ¡hombre!--exclamó, queriendo indignarse sin conseguirlo, y

adoptando una dulzura bonachona.--Piensa lo que dices. Ya sé que mi

primo y esas otras dos, son gente mala. ¡Bastantes disgustos me dan!

Pero llevan mis apellidos, y tú debes hablar de ellos con mayores

miramientos por ser de mi casa. Además, ¿qué sabes tú de lo que les

tiene reservada la gracia del Altísimo?... La Magdalena era peor que

esas dos desgraciadas, mucho peor, y murió como una santa. Luis es malo,

pero mayores escándalos dieron en su juventud algunos santos varones.

Ahí tienes a San Agustín, padre de la Iglesia, columna de la

cristiandad. San Agustín, siendo joven...

La bodega · 第 20 / 24 段