Montenegro encargó su comida, y el criado puso la mesa en aquel

cuartucho, que olía a vino, y, por lo menguado, parecía un camarote.

Poco después volvió con una gran batea llena de cañas. Era un obsequio

de don Luis.

--El señorito--dijo el camarero--se ha enterado de que están aquí, y les

envía esto. Además, pueden ustedes tomar lo que gusten; todo está

pagado.

Fermín le encargó anunciase a don Luis que pasaría a verle así que

terminase su comida, y cerrando la puerta del camarote se quedó solo con

Rafael.

--Vamos, hombre--dijo señalándole los platos:--ponte de eso.

--Yo no como--contestó Rafael.

--¿Que no comes? Vaya... pasarás del aire como todos los enamorados...

¿Pero beber sí que beberás?

Rafael hizo un gesto, como extrañando lo superfluo de la pregunta. Y sin

levantar la vista de la mesa, comenzó a apurar rabiosamente las cañas

que tenía delante.

--Fermín--dijo de pronto mirando a su amigo con los ojos

enrojecidos.--Yo estoy loco... loco perdío.

--Ya lo veo--contestó Montenegro flemáticamente, sin dejar de comer.

--Fermín; paece que un demonio me sopla a la oreja las mayores

barbaridades. Si tu padre no fuese mi padrino, y si tú, no fueses tú,

hace días que habría matao a tu hermana, a María de la Lú. Te lo juro

por esta, por mi mejor compañera, por la única herencia de mi padre.

Y abriendo con gran estrépito de muelles una navaja de cachas viejas,

besaba ferozmente la tersa hoja, con dibujos coloreados por el óxido

rojizo.

--Hombre, ya será algo menos--dijo Montenegro mirando fijamente a su

amigo.

Había dejado caer el tenedor, y una nubecilla roja pasó por su frente.

Pero este gesto hostil sólo duró un instante.

--¡Bah!--añadió--sí que estás loco, y más lo está el que te haga caso.

Rafael rompió a llorar. Por fin, sus ojos podían dar paso a las lágrimas

que se agolpaban a ellos, y deslizándose por sus mejillas caían en el

vino.

--Es verdá, Fermín, estoy loco. Suelto bravatas y... na: soy un mandria.

Mira cómo estaré, que un zagal me pegaría. ¿Qué he de matar yo a

Mariquita? Ojalá tuviera entrañas negras para eso. Después me matarías

tú, y toos descansaríamos.

El rasgueo lejano de la guitarra y las voces que cortaban su ritmo,

jaleando el taconeo de una bailaora, parecían acompañar la caída de las

lágrimas del mocetón.

--Pero, vamos a ver--exclamó Fermín con impaciencia.--¿Qué es todo eso?

Habla, y cesa de llorar, que pareces una beata en la procesión del Santo

Entierro. ¿Qué te pasa con Mariquita?...

--¡Que no me quiere!--gritó el aperador con acento desesperado.--¡Que ya

no me hace caso! ¡Que hemos roto y no quié verme!...

Montenegro sonrió. ¿Y eso era todo? ¡Riñas de novios; caprichitos de

muchacha, que se enfada para animar la monotonía de un largo noviazgo!

Ya pasaría el mal viento. Él conocía aquello de oídas. Se expresaba con

su escepticismo de joven práctico, a la _inglesa_, como él decía,

enemigo de los amoríos ideales que duraban años y eran una de las

tradiciones de la tierra. A él no se le había conocido noviazgo alguno

en Jerez. Se contentaba con tomar lo que podía, buenamente, de vez en

cuando, para satisfacción de sus deseos.

--Eso lo agradece siempre el cuerpo--continuó.--Pero relaciones por lo

fino, con suspiros, penas y celillos, ¡eso nunca! Necesito el tiempo

para otras cosas.

Y Fermín, con tono zumbón, intentaba consolar a su amigo. Aquella mala

racha pasaría. ¡Caprichos de mujeres, que se ponen de morros y fingen

enfado para que las quieran más! El día en que menos lo pensase, vería

a María de la Luz ir hacia él, diciendo que todo había sido una broma,

para poner a prueba su cariño, y que lo quería más que antes.

Pero el mocetón movía la cabeza negativamente.

--No; no me quiere. Esto se acabó y yo voy a morir.

Relataba a Montenegro cómo habían terminado sus amores. Ella le llamó

una noche para hablar en la reja, y con una voz y un gesto, cuyo

recuerdo aún estremecía al pobre mozo, le anunció que todo había acabado

entre los dos. ¡Cristo; qué noticia para recibirla así, de sopetón!

Rafael se agarró a los hierros para no caer. Después hubo de todo:

súplicas, amenazas, lloros; pero ella se mantenía inflexible, con una

sonrisa que daba miedo, negándose a continuar los amoríos. ¡Ah, las

mujeres!...

--Sí, hijo mío--decía Fermín.--Unas arrastrás. Aunque se trate de mi

hermana, no hago excepción. Por eso tomo yo de ellas lo que necesito y

rehuyo el trato... ¿Pero qué excusa te daba Mariquita?...

--Que ya no me quiere; que se ha apagao de repente el aquel que me

tenía. Que no siente por mi ni una miaja de afecto y no quiere mentir

fingiendo cariño... ¡Como si un querer pudiera apagarse de pronto, lo

mismo que una luz!...

Rafael recordaba el final de su última entrevista. Cansado de suplicar,

de llorar agarrado a la reja, de arrodillarse como un chiquillo, la

desesperación le había hecho prorrumpir en amenazas. ¡Que le perdonase

Fermín! pero en aquel momento se sintió capaz del crimen. La muchacha,

cansada de sus ruegos, asustada de sus maldiciones, acabó por cerrar de

golpe la ventana. ¡Y hasta ahora!

Dos veces había ido de día a Marchamalo con la excusa de ver al señor

Fermín; pero María de la Luz escondíase, apenas adivinaba su caballo

galopando por la carretera.

Montenegro le oía pensativo.

--¿Tendrá otro novio?--dijo.--¿Se habrá enamorado de alguien?

--No; eso no--se apresuró a responder Rafael, como si esta convicción le

sirviese de consuelo.--Lo mismo pensé en el primer momento y me vi ya

metío en la cárcel de Jerez y luego en presidio. Al que me quite a mi

Mariquilla de la Lú, lo mato. Pero ¡ay! que no me la quita nadie: que es

ella la que se va... He pasao los días vigilando de lejos la torre de

Marchamalo. ¡Las copas que llevo bebías en el ventorro de la carretera y

que se me golvían veneno al ver bajar o subir a alguien la cuesta de la

viña!... He pasao las noches tendido entre las cepas, con la escopeta al

lado, dispuesto a meterle un puñao de postas en el vientre al primero

que se acercase a la reja... Pero no he visto más que a los mastines. La

reja cerrá. Y entretanto, el cortijo de Matanzuela anda desgobernao,

aunque mardita la falta que hago yo con esto de la huelga. Nunca estoy

allí: el pobre _Zarandilla_ se lo carga too; si lo supiera el amo, me

despedía. Sólo tengo ojos y oídos para celar a tu hermana y sé que no

hay noviazgo, que no quiere a nadie. Casi estoy por decirte que aun me

tiene algo de ley, ¡mira tú si soy tonto!... Pero la mardita huye de

verme, y dice que no me quiere.

--¿Pero tú la has hecho algo, Rafael? ¿No estará enfadada por alguna

ligereza tuya?

--No: eso tampoco. Soy más inocente que el niño Jesú y el cordero que

lleva al lao. Desde que tengo relaciones con tu hermana, que no miro a

una moza. Toas me parecen feas, y Mariquilla lo sabe. La última noche

que hablé con ella, cuando yo le pedía que me perdonase, sin saber por

qué, y le preguntaba si la había ofendío en algo, la pobrecita lloraba

como la Malaena. Bien sabe tu hermana que yo no la he fartao en tanto

como esta uña. Ella misma lo decía: «¡Pobre Rafaé! ¡Tú eres bueno!

Olvídame: serías infeliz conmigo». Y me cerró la ventana...

El mocetón gemía al decir esto, mientras su amigo, que había acabado de

comer, apoyaba pensativo su frente en una mano.

--Pues, hijo--murmuró Fermín.--No entiendo este jeroglífico. Mariquilla

te deja y no tiene otro novio: te compadece, te dice que eres bueno,

mostrando que aun te tiene algún querer, y te cierra la ventana. ¡El

demonio que entienda a las mujeres! ¡Y qué mala alma tienen a veces las

condenadas!...

Aumentó el estrépito en el cuarto de la juerga, y una voz de mujer,

aguda, de un temblor metálico, llegó hasta los dos amigos.

Me dejó... ¡mala gitana!

Cuando yo más la quería...

Rafael no pudo oír más. La poesía popular le arañaba el alma con su

ingenua tristeza. Rompió a llorar con gemidos de niño, como si la copla

fuese su historia: como si la hubiesen compuesto luego de ser despedido

él de aquella reja, donde estaba la felicidad de su vida.

--¿Oyes, Fermín?--dijo entre suspiros.--Ese, soy yo. Me ocurre lo que al

pobresito de la copla. Se le tiene compasión a un perrito de cría, se le

quiere, no se le deja, sus chillidos inspiran lástima, y yo, que soy un

hombre, una criatura de Dios, ¡a la calle! ¡si te quise, ya no te

quiero! ¡a reventar de pena!... ¡Cristo! ¡Paece mentira que aún no me

haya muerto!...

Quedaron en silencio largo rato. Abstraídos en sus pensamientos, ya no

oían el estrépito de la juerga, la voz femenil que seguía entonando

coplas.

--Fermín--dijo de pronto el aperador.--Tú eres el único que lo puee

arreglar todo.

Por esto le había esperado a la salida del escritorio. Conocía su gran

influencia sobre la familia. María de la Luz le respetaba más que a su

padre, y se hacía lenguas de su sabiduría.

La educación en Inglaterra, y los elogios del capataz, que veía en su

hijo una inteligencia casi tan grande como la de su maestro, influían en

la muchacha, ingiriendo en su afecto fraternal una gran dosis de

admiración. Rafael no se atrevía a hablar al padrino: le tenía miedo.

Pero de Fermín lo esperaba todo, y se confiaba a él.

--Lo que tú le digas que haga, eso hará... Ferminillo, no me abandones,

protégeme. Tú eres mi patrón; quisiera ponerte en un altar y encenderte

velas y rezarte una letanía. Fermín; santito mío: no me dejes,

defiéndeme. Ablanda aquel peñasco, de corazón; agárrame, porque si no,

me caigo y voy a presidio o a la casa de los locos.

Montenegro se burló de las exageraciones lloriqueantes de su amigo.

--Está bien, hombre: se hará lo que se pueda, pero no llores más, ni

sueltes esas oraciones, que pareces don Pablo, mi principal, cuando le

hablan de Dios. Veré a Mariquita: le hablaré de ti: le diré a la muy

indina lo que merece. ¿Qué; estás ya contento?...

Rafael limpiábase los lagrimones, y sonreía con sencillez infantil,

mostrando sus dientes cuadrados, de nítida blancura. Pero su gozo era

impaciente. ¿Cuándo pensaba Fermín ver a Mariquita?

--Hombre, iré mañana. En el escritorio estamos muy atareados en la

liquidación de fin de año. Las cuentas de los ingleses me dan mucho

quehacer.

El mocetón hizo un gesto de contrariedad. ¡Mañana!... Una noche más de

no dormir, de llorar su desgracia, de incertidumbre cruel no sabiendo si

debía esperar algo.

Montenegro rió ante la tristeza del aperador. ¡Pero cómo ponía el amor a

los hombres! Daba ganas de propinar unos cuantos azotes a aquel mozo,

como si fuera un niño grandullón y enfurruñado.

--No, Fermín; por tu salú te lo pido. Haz algo por mí; ve en seguida y

sacarás un alma de pena. Nada te dirán en el escritorio: esos señores te

quieren; eres su niño mimao.

Y le asediaba con ruegos ardorosos, con palabras acariciadoras, para que

fuese en seguida a avistarse con su hermana. Montenegro cedió, vencido

por la ansiedad del mocetón. Iría aquella misma tarde a Marchamalo;

mentiría al jefe del escritorio diciéndole que su padre estaba enfermo.

Don Ramón era bueno y haría la vista gorda.

El impaciente Rafael habló entonces de lo cortas que eran las tardes de

Enero y de la necesidad de aprovechar el tiempo.

Fermín llamó al criado, que se extrañaba de la parquedad de los dos

amigos, invitándoles a pedir más _cosas_. ¡Todo estaba pagado! ¡Don Luis

tenía cuenta abierta!...

Al salir Rafael, marchó directamente a la calle, temiendo que el amo le

viese con los ojos enrojecidos. Fermín asomó la cabeza al cuarto de la

juerga, y después de aceptar una copa de Dupont huyó de éste, que

intentaba cogerle por las solapas, para que se quedase.

Antes de media tarde llegó Fermín a Marchamalo. Rafael le llevó en las

ancas de su jaca. Su impaciencia le hacía mover nerviosamente los

talones, espoleando al animal.

--¡Que vas a reventarlo, bárbaro!--gritaba Montenegro, pegando su pecho

a la espalda del jinete.--¡Que pesamos mucho los dos!...

Pero Rafael sólo pensaba en la entrevista próxima.

--En el mismísimo carro de San Elías quisiera yo llevarte, Ferminillo,

para que vieses antes a la gachí.

Hicieron alto en el ventorro de la carretera, cerca de la viña.

--¿Quieres que te espere?--dijo el aperador.--Yo te aguardo aquí con

gusto hasta el día del Juicio.

Sentía impaciencia por conocer la resolución de la muchacha. Pero Fermín

no quiso que le aguardase. Pensaba pasar la noche en la viña. Y siguió

la marcha a pie, mientras Rafael le anunciaba a voces que vendría a

buscarle al día siguiente.

Cuando el señor Fermín vio llegar a su hijo, le preguntó con cierta

ansiedad si ocurría algo en Jerez. «Nada, padre.» Él venía a pasar la

noche con la familia, ya que en el escritorio le habían dado permiso por

falta de trabajo. El viejo agradeció la visita, pero sin desechar la

inquietud que había manifestado a la llegada de su hijo.

--Creí, al verte, que algo malo pasaba en Jerez: pero si nada ocurre

aún, ocurrirá pronto. Yo, desde aquí, lo sé todo; nunca falta un amigo

de las otras viñas que me trae el soplo de lo que piensan los

huelguistas. Además, en el ventorro repiten los arrieros lo que oyen en

los ranchos.

Y el capataz habló a su hijo de la gran reunión que los trabajadores

iban a celebrar el día siguiente en los llanos de Caulina. Nadie sabía

quién daba las órdenes, pero el llamamiento había circulado de boca en

boca por el campo y la sierra, y se juntarían miles y miles de hombres,

viniendo hasta de los límites de la provincia de Málaga, todos los que

ganaban el jornal en la campiña jerezana.

--Una verdadera revolución, hijo. Anda en todo esto un forastero, un

muchacho al que llaman el _Madrileño_, que habla de matar a los ricos y

repartirse los tesoros de la ciudad. La gente parece loca: todos creen

que mañana van a triunfar y que se acaba la miseria. El _Madrileño_

emplea el nombre de Salvatierra, como si obrase por orden suya, y muchos

afirman, como si le hubieran visto, que don Fernando está escondido en

Jerez y se presentará en el momento de la revolución. ¿Qué sabes tú de

esto?...

Fermín movió la cabeza con aire incrédulo. Salvatierra le había escrito

algunos días antes, sin manifestar propósitos de volver a Jerez. Dudaba

de que fuese cierto su viaje. Además, le parecía inverosímil este

intento de sublevación. Sería una alarma más de las muchas inventadas

por la desesperación de los hambrientos. Equivalía a una locura intentar

la invasión de la ciudad estando en ella las tropas.

--Ya verá usted, padre, cómo si se reúnen en Caulina, quedará todo

reducido a gritos y amenazas, como en las reuniones en los ranchos. Y de

don Fernando, no pase usted pena. Tengo la convicción de que está en

Madrid. No es tan insensato que vaya a comprometerse en una locura como

esta.

--Lo mismo creo, hijo; pero por lo que pueda ocurrir, procura tú mañana

no mezclarte con esos locos, si es que entran en la ciudad.

Fermín miraba a todos lados, buscando con los ojos a su hermana. Por fin

salió de la casa María de la Luz, sonriendo a su Fermín, acogiendo su

visita con exclamaciones de alegre sorpresa. El muchacho la miró con

atención. ¡Nada! De no hablarle Rafael, no hubiera podido adivinar

aquellas tristezas que habían cortado sus amores.

Transcurrió más de una hora sin que pudiese hablar a solas con su

hermana. En las miradas fijas de Fermín parecía adivinar la moza algo de

sus pensamientos. Procuraba mostrarse impasible, pero su rostro, tan

pronto palidecía con la transparencia de la cera, como se arrebolaba con

una oleada de sangre.

El señor Fermín bajó la cuesta de la viña, yendo al encuentro de unos

arrieros que pasaban por la carretera. Su aguda vista de campesino les

reconocía desde lo alto. Eran amigos, y quería saber por ellos lo que

hablaban en los ranchos de la reunión del día siguiente.

Al quedar solos los dos hermanos, cruzaron sus miradas en medio de un

silencio embarazoso.

--Tengo que hablarte, Mariquita--dijo al fin el muchacho con resolución.

--Pues empieza cuando quieras, Fermín--contestó ella con acento

tranquilo.--Ya adiviné al verte que por algo venías.

--No: aquí no. Podría volver padre, y lo que nosotros hemos de hablar

requiere tiempo y calma. Vamos a dar un paseo.

Y los dos emprendieron la marcha colina abajo, por la pendiente opuesta

a la carretera. Bajaban por entre las cepas, a espaldas de la torre,

dirigiéndose a una línea de chumberas que limitaba la gran viña por este

lado.

María de la Luz intentó detenerse varias veces no queriendo ir tan

lejos. Deseaba hablar cuanto antes para salir de su angustiosa

incertidumbre. Pero el hermano se resistía a iniciar la conversación

mientras pisasen aquella tierra sometida a la vigilancia de su padre.

Se detuvieron en la cerca de chumberas, junto a una gran brecha que

dejaba ver un copudo olivar, tras cuyo ramaje descendía el sol.

Fermín hizo que su hermana se sentara en el ribazo, y plantándose ante

ella, dijo con dulce sonrisa para animarla a la confianza:

--Vamos a ver, loquilla: vas a decirme por qué has roto con Rafael; por

qué le has despedido como si fuese un perro, causándole tal pena que el

pobre parece que va a morir.

María de la Luz pareció echar a broma el asunto, pero estaba pálida y su

risa tenía la crispación de una mueca triste.

--Porque no le quiero: porque me he cansao de él, ¡ea! Es un soso que me

aburre. ¿No soy yo dueña de querer al hombre que me guste?...

Fermín la habló como a una niña revoltosa. Estaba mintiendo: se lo

conocía en la cara. No podía ocultar que seguía amando a Rafael. Algo

había en todo aquello, que era preciso que él conociera para bien de los

dos novios, para juntarlos de nuevo. ¡Mentira aquel aburrimiento!

¡Mentira aquella energía de moza bravucona con que se expresaba

Mariquita al justificar su rompimiento con Rafael! Ella no era mala; no

podía tratar con tanta crueldad a su antiguo novio. ¡Qué! ¿así se rompen

unos amores comenzados casi en la infancia? ¿Así se despide a un hombre

después de haberlo tenido durante años y años, como quien dice, cosido a

las faldas? Algo había en su conducta que no podía explicarse, y era

preciso que ella se lo dijese. ¿No era su hermano único y el mejor de

sus amigos? ¿No le contaba todas las cosas que no se atrevía a decir al

padre, por el respeto que éste le inspiraba?...

Pero la muchacha se mostró insensible al tono acariciador y persuasivo

de su hermano.

--No hay nada de eso--repuso enérgicamente, irguiendo su busto como si

fuese a levantarse.--Todo son invenciones tuyas. No hay más, que estoy

cansada de noviazgos, que no quiero hombre, que pienso pasarme la vida

al lado de padre y de ti. ¿Con quién mejor que con vosotros? ¡Se

acabaron los novios!

El hermano acogía estas palabras con un gesto de incredulidad. ¡Mentira

otra vez! ¿Por qué se cansaba de pronto del hombre al que tanto había

querido? ¿Qué causa poderosa había deshecho con tanta rapidez su

amor?... ¡Ah Mariquita! Él no era tan bobo que se tragase unas excusas

faltas de sentido.

Y como la muchacha, para ocultar su turbación levantase la voz,

repitiendo enérgicamente que era dueña de su voluntad y podía hacer lo

que fuese de su gusto, Fermín comenzó a irritarse.

--¡Ah, mocita falsa! ¡Alma dura! ¡Corazón de canto! ¿Crees tú que a un

hombre se le deja cuando a una le parece, después de haberle entretenido

años enteros junto a la reja, enloqueciéndolo con palabritas de miel,

afirmando que se le quiere más que a la vida? Por mucho menos les han

partido a algunas el corazón de una puñalada... Grita: repite que harás

lo que te dé la gana: yo pienso en aquel infeliz que, mientras tú hablas

como una arrastrá, el pobrecito anda por ahí hecho una lástima, llorando

como un chiquillo, a pesar de que es el hombre más hombre de todo el

campo de Jerez. Y eso por ti... ¡por ti, que te portas peor que una

gitana! ¡por ti, veleta!...

Exaltándose a impulsos de su ira, hablaba de la tristeza de Rafael, del

gesto lloroso con que había implorado su auxilio, de la angustia con que

aguardaba el resultado de su mediación. Pero no pudo hablar más. María

de la Luz, pasando repentinamente de la resistencia al desaliento,

rompió a llorar, aumentándose sus gemidos y sus lágrimas conforme

avanzaba Fermín en el relato de la desesperación amorosa del novio.

--¡Ay, pobrecito!--gemía la muchacha, olvidando todo disimulo.--¡Ay, mi

Rafael de mi arma!...

Se dulcificó la voz del hermano.

--Le quieres, ¿no lo ves? le quieres. Tú misma te delatas. ¿Por qué

hacerle sufrir? ¿Por qué esa testarudez, que a él le desespera y a ti te

hace llorar?

Y el muchacho, inclinándose sobre su hermana, la envolvía en sus ruegos

o la empujaba los hombros con violencia, presintiendo la gravedad del

secreto que ocultaba Mariquita y que él a todo trance quería conocer.

Callaba la muchacha. Gemía oyendo a su hermano, como si cada una de sus

palabras penetrase en su alma, crispándola con el dolor de las heridas

desgarradas; pero no abría su boca: temía decir demasiado y únicamente

lloraba, poblando de lamentos el silencio de la tarde.

--Habla--gritaba imperiosamente Fermín.--Di algo. Tú quieres a Rafael;

le quieres tal vez más que antes. ¿Por qué te separas de él? ¿Por qué le

despides? Esto es lo que me interesa; tu silencio me da miedo. ¿Por qué?

¿por qué? Habla, mujer; habla, o creo que te mato.

Y empujaba rudamente a María de la Luz, la cual, como si no pudiera

sostenerse bajo el peso de la emoción, se había tendido en el ribazo,

con la cara entre las manos.

Comenzaba a ocultarse el sol. Se veía el disco de color de cereza,

detrás de las ramas del olivar, como al través de una celosía negra. Sus

últimos rayos, a ras de tierra, coloreaban con un resplandor anaranjado

la columnata de troncos de los olivos, las marañas de plantas de la

tierra, las curvas del cuerpo de la moza tendido en el suelo. La

punzante película de las chumberas erizábase como una epidermis

luminosa.

--Habla, Mariquita--rugía la voz de Fermín.--Di por qué haces eso. ¡Dilo

por tu vida! ¡Mira que me vuelves loco! ¡Díselo a tu hermano, a tu

Fermín!

La voz de la muchacha salió tenue, vergonzosa, lejana, de aquel bulto

tendido.

--No le quiero... porque le quiero mucho. No puedo quererle, porque le

amo demasiado para hacerle infeliz.

Y cual si tras estas palabras confusas cobrase ánimos, Mariquita se

irguió, mirando fijamente a Fermín con sus ojos llenos de lágrimas.

Podía pegarla, podía matarla; pero ella no volvería a hablar con Rafael.

Había jurado que si se consideraba indigna de él, le abandonaría, aunque

con esto destrozase su alma. Era un crimen premiar aquel amor tan

intenso introduciendo en su futura existencia algo que pudiese afrentar

a Rafael, tan bueno, tan noble, tan amoroso.

Se hizo un largo silencio.

El sol había desaparecido. Ahora el negro ramaje del olivar se destacaba

sobre un cielo de color de violeta, con una leve franja de oro a ras del

horizonte.

Fermín callaba, como si le aterrase el contacto de la verdad misterioso,

cuyo roce creía ya sentir.

--Según eso--dijo con una calma solemne,--tú te consideras indigna de

Rafael. Huyes porque hay algo en tu vida que puede avergonzarle, hacerle

infeliz.

--Sí--contestó ella sin bajar los ojos.

--¿Y qué es ello? Habla: creo que un hermano debe saberlo.

María de la Luz volvió a ocultar su cabeza entre los manos. Nunca: no

hablaría: bastante llevaba dicho. Era un tormento superior a sus

fuerzas. Si Fermín la quería un poco; debía respetar su silencio,

dejarla en paz, que harto lo necesitaba. Y el estertor de sus lloros,

rasgó de nuevo la calma del crepúsculo.

Montenegro mostrábase tan desalentado como su hermana. Después de sus

arrebatos de indignación, sentíase débil, reblandecido, anonadado por

aquel misterio, que sólo había podido columbrar. Hablaba con dulzura,

con humildad, recordando a la joven el estrecho cariño que unía sus

vidas.

La bodega · 第 19 / 24 段