--Mal, muy mal, señorito. La paz con sangre, es mala paz. Mejor es
arreglarse a las buenas. Crea su mercé a un viejo que ha pasado las de
Caín, metido en eso de prenunciamientos y revoluciones.
Otras mañanas, cuando Luis Dupont no sentía deseos de conversar con el
capataz, entrábase en la casa buscando a María de la Luz, que trabajaba
en la cocina.
La alegría de la muchacha, la frescura de su piel de morena fuerte,
producían en el señorito cierta emoción. La castidad voluntaria que
observaba en su retiro, le hacían ver considerablemente agrandados los
encantos de la campesina. Siempre había sentido cierta predilección por
la muchacha, encontrando en ella un encanto modesto, pero picante y
fuerte, como el perfume de las hierbas del campo. Pero ahora, en la
soledad, María de la Luz le parecía superior a la _Marquesita_ y a todas
las cantaoras y mozas de arranque de Jerez.
Pero Luis contenía sus impulsos, y los ocultaba bajo una alegre
confianza, recuerdo de la fraternidad infantil. Cuando instintivamente
se permitía algún atrevimiento que molestaba a la moza, hacía memoria de
los tiempos de la niñez. ¿No eran como hermanos? ¿No se habían criado
juntos?... En él no debía ver al señorito, al amo de su novio. Era lo
mismo que su hermano Fermín: debía considerarle como de la familia.
Temía comprometerse con alguna audacia en aquella casa, que era la de su
severo primo. ¿Qué diría Pablo, que por respeto a su padre consideraba
al capataz y los suyos como una prolongación humilde de su propia
familia? Además, la famosa noche de Matanzuela le había causado gran
daño y no quería comprometer con otro escándalo su naciente fama de
hombre grave. Esto le hacía ser tímido con muchas vendimiadoras que le
gustaban, limitándose en sus placeres a una perversión intelectual, a
hacerlas beber por la noche para verlas alegres, sin las preocupaciones
del pudor, charlando entre ellas, pellizcándose y persiguiéndose, como
si estuviesen solas.
Con María de la Luz mostrábase igualmente circunspecto. No podía verla
sin lanzar un chorro de alabanzas a su hermosura y gallardía. Pero esto
no alarmaba a la moza, acostumbrada al estallido ruidoso de la
galantería de la tierra.
--Gracias, Luis--decía riendo.--¡Y qué requetegrasioso está el
señorito!... Si sigues así me voy a enamorá y acabaremos por escaparnos
juntos.
Algunas veces, Dupont, influenciado por la soledad, que incita a las
mayores audacias, y por el perfume de una carne virginal que parecía
humear vida a las horas de calor, dejábase arrastrar por su instinto y
ponía astutamente sus manos en aquel cuerpo.
La muchacha saltaba, frunciendo las cejas y la boca con gesto agresivo.
--Luis: las manos cortas. ¿Qué es eso, señorito? Como güervas con otra,
te atizo una gofetá que la van a oír hasta en Jerez.
Y mostraba en su gesto hostil y en su mano amenazante el firme propósito
de largar aquella bofetada fabulosa. Entonces era cuando recordaba él,
como una excusa, sus confianzas de la niñez.
--¡Pero, sosa, mala sombra! ¡Si ha sido sin intención; nada más que por
jugar, para ver ese hociquillo tan mono que pones cuando te enfadas!...
Ya sabes que soy tu hermano. Fermín y yo, la misma cosa.
La muchacha parecía serenarse, pero sin perder su gesto hostil.
--Güeno; pues que el hermano se meta las manos donde le quepan. Ande
suelta la lengua too lo que quieras; pero si sacas las garras, niño,
encárgate otra cara, porque esa te la eshago de un revés.
--¡Olé las mozas de arranque!--exclamaba el señorito.--¡Así me gusta mi
niña! ¡Con riñones y too!...
Cuando Rafael presentábase en Marchamalo, el señorito no se privaba de
este continuo requebrar a María de la Luz.
El aperador acogía con inocente satisfacción todos los elogios de su amo
a la novia. Al fin, era como un hermano suyo, y este parentesco
enorgullecía a Rafael.
--Bandido--le decía el señorito con cómica indignación, en presencia de
la muchacha.--Te vas a llevar lo mejor de esta tierra, la perla de Jerez
y su campo. ¿Ves toda la viña de Marchamalo, que vale una millonada?...
Pues ná: aquí lo bueno es esta mocita, este cachito de gracia. Y esto te
lo llevas tú, ladrón... sinvergüenza.
Y Rafael reía como un bendito, lo mismo que el señor Fermín. ¡Pero qué
don Luis tan gracioso y tan bueno! El señorito, continuando en el tono
de cómica gravedad, se encaraba con su aperador:
--Ríe, bigardo... ¡Mirad ustedes, qué satisfechote está de la envidia
que le tienen los demás! El mejor día te mato y me llevo a Mariquita de
la Luz, y la pongo en un trono en Jerez en medio de la plaza Nueva, y al
pie toos los gitanos de Andalucía para que toquen y bailen, y se
arranquen cantando a la reina de la hermosura y de la gracia, todo lo
que merece... Eso lo hago yo: Luis Dupont, aunque mi primo me
excomulgue.
Y por el mismo estilo iba ensartando su ristra de requiebros
hiperbólicos e incoherentes entre las risas de María de la Luz y los
suyos, que agradecían la confianza del señorito.
Al terminar la vendimia, Luis mostrose orgulloso, como si finalizase una
obra grande.
Se había hecho la recolección, valiéndose de mujeres, sin que se
atrevieran a presentarse aquellos guapos de la huelga que se deshacían
en amenazas. Esto era indudablemente porque él estaba allí guardando la
viña; porque bastaba que supiesen que don Luis defendía Marchamalo con
sus amigos, para que nadie se aproximase con la intención de perturbar
el trabajo.
--Eh, ¿qué tal señor Fermín?--decía con petulancia.--Han hecho bien en
no venir, porque hubiesen salido a tiros. ¿Me pagará nunca mi primo lo
que hago por él? ¡Qué ha de pagarme! Luego, tal vez diga que no sirvo
para nada... Pero esto hay que celebrarlo. Hoy mismo voy a Jerez, y me
traigo lo mejor de la bodega. Y si rabia Pablo cuando vuelva, que rabie.
Algo me ha de pagar por mis servicios. Y esta noche, juerga... la más
gorda de la temporada: hasta que salga el sol. Quiero que esas
muchachas, al irse a la sierra, vayan contentas y se acuerden del
señorito... Y traeré tocaores para que le descansen a usté, y cantaoras
para que Mariquita no haga todo el gasto... ¿Que no quiere usted mujeres
de esas en Marchamalo? ¡Si mi primo no se enterará!... Bueno: no
vendrán. Usté, señor Fermín, es un rancio; pero por darle gusto quedan
suprimidas las cantaoras. Bien mirado, maldita la falta que hacen más
jembras, aquí donde hay tantas que parece un colegio. ¡Pero música y
vino hasta por encima de la cabeza! Y baile de la tierra; y baile fino,
agarrados como los señoritos. Verá usted la que se arma esta noche,
señor Fermín.
Y Dupont se fue a la ciudad en su carruaje, que alborotaba la carretera
con el estrépito de sus cascabeles. Volvió ya entrada la noche, una
noche de verano, calurosa, sin que el más leve soplo de brisa hiciese
temblar la atmósfera.
La tierra exhalaba un vaho ardiente; el azul del cielo diluíase en un
tinte blanquecino, las estrellas parecían empañadas por la neblina
caliginosa. En el silencio de la noche sonaban los crujidos de las cepas
al dilatar su corteza resquebrajada por el calor. La cigarra chillaba
furiosa en los surcos, abrasada por la tierra; la rana roncaba a lo
lejos, cual si la desvelase la falta de frescura de la charca.
Los acompañantes de Dupont, en mangas de camisa, alineaban bajo las
arcadas las innumerables botellas traídas de Jerez.
Las mujeres, vestidas ligeramente, con sólo una falda de percal,
mostrando los brazos desnudos por debajo del pañuelo cruzado sobre el
pecho, se encargaban de las cestas de provisiones, admirándolas con
alabanzas para el rumboso señorito. El capataz elogiaba la calidad de
los fiambres y de las aceitunas, que servían para excitar la sed.
--¡Menúa jumera nos prepara el señorito!--decía riendo como un
patriarca.
De la gran cena en medio de la explanado, lo que más atrajo la
admiración de la gente, fue el vino. Comían de pie hombres y mujeres, y
al tener en la mano el vaso lleno, avanzaban hasta una mesita ocupada
por el señorito, el capataz y su hija, a la que daban luz dos candiles.
Las llamas rojizas, que subían su lengua humosa en la calma de la noche
sin el más leve temblor, iluminaban la transparencia dorada del vino.
¿Pero qué era aquello?... Y volvían todos a paladearlo después de
admirar su hermoso color, y abrían los ojos desmesuradamente con asombro
grotesco, rebuscando las palabras, como si no pudiesen expresar toda la
veneración que les infundía el líquido portentoso.
--Ezto e de las propios lagrimitas de Jezú--decían unos chasqueando
devotamente la lengua.
--No--contestaban otros,--es la mezmízima leche de la Mare e Dió...
Y el señorito reía, gozándose en su asombro. Era vino de la bodega
«Dupont Hermanos»: un vino venerable y carísimo, que sólo bebían los
_mislores_ allá en Londres. Cada gota valía una peseta. Don Pablo lo
apreciaba como un tesoro, y era probable que se indignase al conocer el
estrago que había hecho su aturdido pariente.
Pero Luis no se arrepentía de su generosidad. Le alegraba enloquecer al
rebaño miserable con el vino de los ricos. Era un placer de patricio
romano, embriagando a sus clientes y esclavos con bebida de emperadores.
--Bebed, hijos míos--decía con acento paternal.--Aprovechaos, que jamás
os veréis en otra. Muchos señoritos del _Caballista_ os envidiarían.
¿Sabéis lo que valen todos esas botellas? Un capital: eso es más caro
que el _champañ_; cada botella cuesta no recuerdo cuántos duros.
Y la miserable gente arrojábase sobre el vino, y bebía y bebía
avariciosamente, como si lo que les entraba por la boca fuese la
fortuna.
En la mesa del señorito, se servían las botellas después de una larga
permanencia en tanques llenos de hielo. El vino pasaba por la boca
dejándola insensible, con la grata parálisis de la frescura.
--Nos vamos a emborrachar--decía sentenciosamente el capataz.--Esto se
cuela sin sentir. Es refresco en la boca y fuego en la tripa.
Pero seguía llenándose el vaso entre bocado y bocado, paladeando el
néctar frío y envidiando a los ricos que podían permitirse diariamente
este placer de dioses.
María de la Luz bebía tanto como su padre. Apenas vaciaba su copa, se
apresuraba el señorito a llenarla.
--No eches más, Luis--suplicaba.--Mira que me voy a emborrachá. Esta
bebía es traidora.
--Tonta, ¡si es como agua! ¡Si aunque te ajumeres, esto se pasa en
seguida!...
Cuando terminó la cena, sonaron las guitarras y la gente formó corro,
sentándose en el suelo ante las sillas que ocupaban los músicos y el
señorito con su gente. Todos estaban ebrios, pero seguían bebiendo. ¡Qué
basca! La piel erizábase de gotas de sudor; los pechos se dilataban,
como si no encontrasen aire. ¡Vino y más vino! Para el calor no existía
remedio más acertado: era el verdadero refresco andaluz.
Batiendo palmas unos, y chocando otros las botellas vacías, como si
fuesen palillos, jalearon las famosas sevillanas de María de la Luz y el
señorito. Ella bailaba en medio del corro frente a Luis, con las
mejillas enrojecidas y un brillo extraordinario en los ojos.
Nunca la habían visto bailar tan arrebatadamente y con tanta gracia. Sus
brazos desnudos, de una palidez de perla, elevábanse en torno de la
cabeza, como asas de nácar de voluptuosa redondez. La falda de percal,
entre el _fru-fru_, que marcaba el adorable relieve de sus piernas,
dejaba ver por debajo de su orla unos pies pequeños, calzados
escrupulosamente, como los de una señorita.
--¡Ay! ¡Que no pueo más!--dijo de pronto, sofocada por el baile.
Y se dejó caer jadeante en una silla, sintiendo que, con la agitación de
la danza, comenzaba a rodar todo en torno de ella; la explanada, la
gente y hasta la gran torre de Marchamalo.
--Eso es er calor--decía el padre gravemente.
--Un poco de refresco y se te pasará--añadía Luis.
Le presentaba una copa llena de aquel líquido de oro, coronado de
burbujas, que empañaba el cristal con su frescura. Y Mariquita bebía
ansiosamente, con una sed rabiosa, deseando renovar la sensación de
frescura en su boca ardiente como si llevase fuego en el estómago. De
vez en cuando protestaba.
--Que me voy a emborrachá, Luis. Que creo que ya lo estoy.
--¡Y qué!--exclamaba el señorito.--Yo también estoy borracho, y tu
padre, y todos lo estamos. Para eso es la fiesta. Otra copa. ¡Olé, mi
niña, valiente! ¡Siga la juerga!
Bailaban en medio del corro algunas muchachas, con torpeza de
campesinas, haciendo frente a los viñadores no menos rústicos.
--Eso no vale ná--gritó el señorito.--¡Fuera, fuera! A ver, maestro
_Águila_--continuó dirigiéndose al tocador.--Un baile de señorío por
todo lo alto. Una polka, un wals, cualquier cosa. Vamos a bailar
agarrados como la gente fina.
Las muchachas, turbadas por el vino, se cogieron unas a otras o cayeron
en los brazos de los viñadores jóvenes. Todos comenzaron a dar vueltas,
al son de la guitarra. El capataz y los acólitos de don Luis,
acompañaban el ritmo chocando botellas vacías o golpeaban el suelo con
sus bastones, riendo como niños de esta habilidad musical.
María de la Luz se sintió arrastrada por el señorito, que la agarró una
mano, sujetándola al mismo tiempo por el talle. La moza se resistió a
bailar. ¡Dar vueltas, cuando su cabeza parecía balancearse y todo giraba
en torno de sus ojos!... Pero al fin, se abandonó, entregándose a su
pareja.
Luis sudaba, fatigado por la inercia de la muchacha. ¡Vaya una moza de
peso! Al oprimir aquel cuerpo sin fuerzas, sentía en su pecho el
contacto de elásticas prominencias. Mariquita dejaba caer la cabeza en
su hombro, como si no quisiera ver, abrumada por el mareo. Sólo una vez
se irguió para mirar a Luis, brillándole en los ojos una lejana chispa
de rebelión y protesta.
--Suéltame, Rafaé: esto no está bien.
Dupont rompió a reír.
--¡Conque Rafael!... ¡Ay qué gracia, y cómo está, la niña! ¡Si me llamo
Luis!...
La muchacha volvió a abatir su cabeza, como si no comprendiese las
palabras del señorito.
Sentíase cada vez más anonadada por el vino y el movimiento. Con los
ojos cerrados y el pensamiento dando vueltas, como una rueda loca,
creía estar suspendida en el vacío, en una sima lóbrega, sin otro apoyo
que aquellos brazos de hombre. Si la soltaban, caería y caería sin tocar
nunca el fondo: e instintivamente se agarraba a su sostén.
Luis no estaba menos turbado que su pareja. Respiraba sofocado por el
peso de la moza. Estremecíase con el contacto fresco y suave de sus
brazos, con el perfume de hermosura sana, que parecía surgir en chorro
voluptuoso del escote de su pecho. El soplo de sus labios le erizaba la
epidermis del cuello, esparciendo un estremecimiento por todo su
cuerpo... Cuando, abrumado por el cansancio, volvió a Mariquita a su
asiento, la muchacha quedó tambaleando, pálida, con los ojos cerrados.
Suspiraba, llevábase una mano a la frente, como si le doliese.
Mientras tanto, danzaban las parejas en el corro con una algazara loca,
chocando unas con otras, empujándose intencionadamente, con
encontronazos que casi derribaban a los espectadores, haciéndoles
retirar las sillas.
Dos mozos comenzaron a insultarse, tirando cada uno del brazo de la
misma muchacha. El vino hacía brillar sus ojos con fuego homicida, y
acabaron por dirigirse a la casa de los lagares en busca de las
podaderas, cortos y pesados machetes que mataban de un golpe.
El señorito les cerró el paso. ¿Qué era aquello de matarse por bailar
con una muchacha, cuando tantos estaban esperando pareja? A callar, y a
divertirse. Y les obligó a darse la mano, a beber juntos en la misma
copa.
La música cesó. Todos miraban con ansiedad hacia el lado de la explanada
donde estaban los de la riña.
--Siga la juerga--ordenó Dupont como un tirano bondadoso.--Aquí no ha
pasado nada.
Sonó otra vez la música, reanudaron la danza las parejas, y el señorito
volvió al corro. La silla de Mariquita estaba desocupada. Miró en torno
y no vio a la joven en toda la plazoleta.
El señor Fermín estaba absorto contemplando las manos de Pacorro _el
Águila_, con admiración de guitarrista. Nadie había visto en su retirada
a María de la Luz.
Dupont entró en la casa de los lagares, andando quedamente, empujando
las puertas con una suavidad felina sin saber por qué.
Registró las habitaciones del capataz: nadie. Creyó encontrar cerrada la
puerta del cuarto de Mariquita; pero cedió aquélla al primer impulso. La
cama estaba vacía y toda la habitación en orden, como si nadie hubiese
entrado. Igual soledad en la cocina. Atravesó a tientas la vasta pieza
que servía de dormitorio a los trabajadores. ¡Ni un alma! Asomó luego la
cabeza en el departamento de los lagares. La luz difusa del cielo,
penetrando por las ventanas, proyectaba en el suelo unas manchas de
tenue claridad. Dupont, en este silencio creyó oír el sonido de una
respiración, el tenue remover de alguien tendido en el suelo.
Avanzó. Sus pies tropezaron con unas arpilleras y sobre ellas un cuerpo.
Al arrodillarse para ver mejor, adivinó por el tacto, más bien que por
los ojos, a María de la Luz, que se había refugiado allí. Sin duda la
repugnaba ocultarse en su propia habitación, en tan vergonzoso estado.
Al contacto de las manos de Luis, pareció despertar aquella carne sumida
en el sopor de la embriaguez. Se revolvió el cuerpo adorable, brillaron
sus ojos un momento, pugnando por mantenerse abiertos, y algo murmuró la
boca ardorosa junto al oído del señorito. Éste creyó escuchar:
--Rafaé... Rafaé...
Pero no dijo más.
Los brazos desnudos se cruzaron sobre el cuello de Luis.
María de la Luz caía y caía en el agujero negro de la inconsciencia, y
al caer se agarraba con desesperación a este sostén, concentrando en
ello toda su voluntad, dejando el resto de su cuerpo en insensible
abandono.
VIII
A principios de Enero, la huelga de los trabajadores se había extendido
por todo el campo de Jerez. Los gañanes de los cortijos hacían causa
común con los viñadores. Los dueños de los campos, como en los meses de
invierno no eran importantes los trabajos agrícolas, sobrellevaban sin
impaciencia el conflicto.
--Ya se rendirán--decían.--El invierno es duro y el hambre mucha.
En las viñas, el cuidado de las cepas se hacía por los capataces y los
braceros más allegados al dueño, arrostrando la indignación de los
huelguistas, que les tachaban de traidores, amenazándolos con venganzas
colectivas.
La gente rica, a pesar de sus arrogancias, revelaba cierto miedo. Como
era costumbre en ella, había hecho hablar a los periódicos de Madrid de
la huelga de Jerez, ennegreciéndola con sombríos colores, hinchándola,
como si fuese una calamidad nacional.
Se censuraba a los gobernantes por su abandono, pero con tales arrebatos
de urgencia, que no parecía sino que cada rico estaba sitiado en su
casa, defendiéndose a tiros contra una muchedumbre famélica y feroz. El
gobierno, como de costumbre, había enviado fuerza armada para cortar los
lamentos de estos pordioseros de autoridad y llegaron a Jerez nuevas
fuerzas de guardia civil, dos compañías de infantería de línea y un
escuadrón que se unió a los jinetes del depósito de sementales.
Las _personas decentes_, como las llamaba Luis Dupont, sonreían con
beatitud al ver en las calles tantos pantalones rojos. En sus oídos
sonaba como la mejor de las músicas el arrastre de los sables por las
aceras, y al entrar en sus casinos se les ensanchaba el alma viendo en
torno de las mesas los uniformes de los oficiales.
Los que semanas antes aturdían al gobierno con sus lamentaciones, como
si fuesen a morir degollados por aquellas turbas que permanecían en la
campiña, con los brazos cruzados, sin atreverse a entrar en Jerez,
mostrábanse ahora arrogantes y jactanciosos hasta la crueldad. Se reían
del gesto fosco de los huelguistas, de sus ojos, que tenían el
estrabismo malsano del hambre y la desesperación.
Además, las autoridades creían llegado el momento de imponerse por el
miedo, y la guardia civil prendía a los que figuraban al frente de las
asociaciones obreras. Todos los días ingresaba gente en la cárcel.
--Pasan ya de cuarenta los que están a la sombra--decían los mejor
informados en las tertulias.
--Cuando sean cien o doscientos, esto quedará como una balsa de aceite.
A media noche, los señores, al salir del casino, encontraban mujeres
arrebujadas en raídos mantones o con la falda a la cabeza, que les
tendían la mano.
--Señor, que no comemos.... Señor, que nos mata la jambre... Tengo tres
churumbeles, y mi marío, con esto de la juelga, no trae pan a casa.
Los señores reían, apresurando el paso. Que les diesen pon Salvatierra y
los otros predicadores. Y miraban con simpatía casi amorosa a los
soldados que pasaban por la calle.
--¡Mardito seáis ustedes, señoritos!--rugían las míseras hembras en su
desesperación.--Quiera Dios que algún día mandemos los probes...
Fermín Montenegro contemplaba tristemente el curso de esta lucha sorda,
que había de terminar forzosamente con algo ruidoso; pero de lejos,
rehuyendo el trato con los rebeldes, ya que no estaba en Jerez su
maestro Salvatierra. Callaba también en el escritorio, cuando en su
presencia manifestaban los amigos de don Pablo los crueles deseos de una
represión que atemorizase a los trabajadores.
Desde que había vuelto de Málaga, su padre no le veía una sola vez que
no le recomendase la prudencia. Debía callar; al fin, ellos comían el
pan de los Dupont, y no era noble el unirse con los desesperados, aunque
éstos se quejasen con harto motivo. Además, para el señor Fermín, todas
las aspiraciones humanas se resumían en don Fernando Salvatierra, y éste
se hallaba ausente. Lo retenían en Madrid sometido a una continua
vigilancia para que no volviese a Andalucía. Y el capataz de Marchamalo,
faltando su don Fernando, consideraba la huelga desprovista de interés,
y a los huelguistas como un ejército sin caudillo y sin bandera; una
horda que forzosamente había de ser diezmada y sacrificada por los
ricos.
Fermín obedeció a su padre, manteniéndose en una reserva prudente.
Dejaba sin respuesta las pullas de los compañeros de escritorio que,
conociendo su amistad con Salvatierra, para adular al amo se burlaban de
los rebeldes. Evitaba presentarse en la plaza Nueva, donde se reunían en
grupos los huelguistas de la ciudad, inmóviles, silenciosos, siguiendo
con miradas de odio a los señores que intencionadamente pasaban por allí
con la cabeza alta y una expresión de reto en los ojos.
Montenegro dejó de pensar en la huelga, atraído por otros asuntos de
mayor interés.
Un día, al salir de su escritorio para ir a comer en la casa donde
estaba de huésped, encontró al aperador de Matanzuela.
Rafael parecía esperarle apoyado en una esquina de la plazoleta, cuyo
frente ocupaban las bodegas de Dupont. Fermín no le había visto en mucho
tiempo. Lo encontraba algo desfigurado; con las facciones enjutas y los
ojos hundidos en un cerco oscuro. Su traje de campo estaba sucio de
polvo; lo llevaba con descuido, como si olvidase aquella arrogancia que
le hacía ser considerado como el más elegante y majo de los jinetes
rústicos.
--¿Pero estás enfermo, Rafael? ¿Qué te pasa?--exclamó Montenegro.
--Penas--dijo lacónicamente el aperador.
--El domingo pasado no te vi en Marchamalo; y el otro tampoco. ¿Es que
estás de morros con mi hermana?...
--Tengo que hablar contigo, pero mu largo, ¡mu largo!--dijo Rafael.
Allí en la plaza no podía ser; en la casa de huéspedes tampoco, pues lo
que el aperador quería decirle era para guardarse en secreto.
--Está bien--dijo Fermín bromeando, al adivinar que se trataba de penas
de enamorado.--Pero como yo he de comer, ¡criatura triste! nos iremos a
casa del _Montañés_ y allí desembucharás todas esas penillas que te
ahogan, mientras yo hago por la vida.
En el colmado del _Montañés_, al pasar frente al cuarto más grande del
establecimiento, oyeron rasgueos de guitarra, palmas y gritos de
mujeres.
--Es el señorito Dupont--les dijo el camarero--que está con unos amigos
y una jembra magnífica que se ha traído de Sevilla. Ahora empieza la
juerga... ¡hay tela cortada lo menos hasta mañana!
Los dos amigos buscaron el cuarto más lejano para que el estrépito de la
fiesta no interrumpiese su conversación.