se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había
expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores
mucho antes de que intentasen rebelarse.
Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido
a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra
al cebo de los jornales abundantes.
Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de
mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras
desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por
sus «ideas».
La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont
titulaba su período de seriedad.
El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al
poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La _Marquesita_ ya no se
acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el
tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».
El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas
francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven
toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él
llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de
la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta
conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo
tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la
tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del
país.
De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,
reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con
el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política.
¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada
compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en
los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su
respetabilidad. Una _jumera_ de vez en cuando no era motivo para que
nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba
cierta popularidad.
Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un
casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos
que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.
En el _Círculo Caballista_ rehuía las tertulias de la gente joven, que
sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole
otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los
grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con
cierta atención, reconociendo que aquel _perdis_ tenía una buena
cabecita.
Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores
del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que
frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con
un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan
ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros
salvajes.
Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después
religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se
acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de
aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían
hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas
agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran
caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin
echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...
Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a
pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los
amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y
pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían
soñar con la igualdad.
¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su
auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones
humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,
repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen
del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?...
Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a
su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el
otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la
consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro
tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?
Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.
¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel
muchacho!...
Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo
que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se
perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera
ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase
desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.
Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero
ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,
era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima
de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores
de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,
sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de
burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo
y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes,
pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de
tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos
sombríos.
Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase
de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que
exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a
Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!
--Además, señores--peroraba el señorito con entonación tribunicia--¿qué
va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa
gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me
presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.
Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el
trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en
vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su
jornal de pocos reales.
--Aquí--continuaba con solemnidad--no hay afición al trabajo ni espíritu
de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de
esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el
bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna
muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de
viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se
emborracha.
Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,
anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué
podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de
beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba
la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen
animales!...
El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno
tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la
huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y
cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de
arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar
a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una
felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes
bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.
Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de
la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que
era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba
una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título
de _Su Majestad_, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de
exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal;
pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que
tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese
posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace
con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.
Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se
dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.
--¿Sabéis ustedes--decía--por qué la Francia es más rica y más
adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la
_Commune_, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de
aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más
aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí--continuó
el señorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una
República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen
burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como
Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle
a la canalla.
Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el
otro.
El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen
la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo
de _La Mano Negra_, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó
ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era
bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia
rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de
todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.
Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se
rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los
rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que
saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de
rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos
caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las
contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así,
¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que
no había de sostener guerras?...
Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que
sublevaban el rebaño de la miseria.
--A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo
papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan
soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados
que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,
cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los
amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las
majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro
tiros...
Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor
instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde
infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,
permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al
revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que
imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de
la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón
demente que le maldice y le amenaza con su palo.
--No--siguió diciendo el señorito;--para Salvatierra una camisa de
fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que
le quede de vida.
El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las
ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las
horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad
para sonreír al joven.
--Er muchacho tié talento--decía uno.--Habla como un diputao.
Y los demás aprobaban.
--Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen
las elecciones.
Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los
casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos
compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la
gente humilde.
--Estoy harto de señoritos--decía con displicencia de hombre superior a
su fiel acólito el _Chivo_.--Vámonos al campo: un poco de juerga lo
agradece el cuerpo.
Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,
íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado
de la vendimia.
La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con
aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían
sus generosidades.
María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que
Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si
quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes,
acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los
ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.
El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en
don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a
la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.
Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los
tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de
Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a
todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la
juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador,
apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado,
y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el
escándalo del cortijo.
Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces
le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.
--Estoy allí como un patriarca--decía a sus amigos de Jerez.--Rodeado de
muchachas que me quieren como si fuese su papá.
Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus
inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de
quedarse en la viña por el fresco de la noche.
--Esto es vivir, señor Fermín--decía en la explanada de Marchamalo, a la
luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas
estarán asándose los señoritos en la acera del _Caballista_.
Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la
guitarra al capataz.
--¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!--gritaba.
Y el _Chivo_, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del
carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga
completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni
ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían
oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca
perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.
Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto
_Chivo_, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera,
entonando broncos recuerdos a la reja de la _carse_ y a las _puñalás_
caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.
--¡Olé, grasioso!--gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón
patibulario.
Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al
centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que
provocaba gritos de entusiasmo.
--¡La grasia e Dió!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva
furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!
Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en
semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor
que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron
locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un
señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a
las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de
bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de
sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente
sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.
Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para
aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y
salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando
marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas
la soledad de las gargantas de la sierra.
Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don
Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,
aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de
santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para
demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía
largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que
ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.
Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad
que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la
huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse
definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de
allí hasta que terminase la vendimia.
--Esto marcha--decía al capataz guiñando los ojos con malicia.--Se van a
roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos
trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la
noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y
rabien esos forajidos.
Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del
mejor, repartido generosamente.
Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por
su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,
entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.
Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,
pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las
gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la
abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era
digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.
--A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas
muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro
con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los
trabajadores que son buenos y sumisos.
Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:
--Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus
trabajadores. La verdad: sólo la verdad.
Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las
blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de
la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de
vez en cuando su cigarro al _Chivo_ para que lo encendiese.
Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía
de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su
sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la
lluvia de fuego del sol.
Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de
colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en
camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de
unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los
sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y
las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último
instante su generoso calor.
Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos
cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario
ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía
protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la
perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan
sabiamente organizado.
Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de
una colina a otra vigilando el trabajo.
El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,
de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su
pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.
--Es mucha la jambre, señorito--decía con la convicción de la gente
rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.
--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr
sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro
será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza
de la Cárcel.
El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una
tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos,
estaban lejos.
Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para
intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá
permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros
acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al
regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado
por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado
de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos
días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.
Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente
la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz.
El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia
soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa
como en tiempos de _La Mano Negra_. Los principales agitadores de las
asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado
que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,
equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la
represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen
una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al
autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones
de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo
_suprimiera_ de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros
más humildes.
Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.
Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las
autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía
pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a
Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de
la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una
pareja de fusiles.
El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen
entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a
Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría
mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una
represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su
vida.
--Esto acabará con sangre, señorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora
sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor
mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas
partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres
con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá
el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será
ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano
que les prende fuego.
Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran
cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia
y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los
trabajadores.