Y Dupont, agresivo en la defensa de lo que llamaba sus derechos, no sólo

se negaba a oír las pretensiones de los braceros, sino que había

expulsado de la viña a todos los que se significaban como agitadores

mucho antes de que intentasen rebelarse.

Quedaban en Marchamalo muy pocos viñadores, pero Dupont había sustituido

a los huelguistas con gitanas de Jerez y muchachas venidas de la sierra

al cebo de los jornales abundantes.

Como la vendimia no exigía grandes fatigas, Marchamalo estaba lleno de

mujeres que se agachaban en sus laderas cortando los racimos, mientras

desde el camino las insultaban los huelguistas privados de trabajo por

sus «ideas».

La rebeldía de los jornaleros había coincidido con lo que Luis Dupont

titulaba su período de seriedad.

El calavera había acabado por asombrar con su nueva conducta al

poderoso primo... ¡Ni mujeres ni escándalos! La _Marquesita_ ya no se

acordaba de él: ofendida por sus desvíos, había vuelto a unirse con el

tratante de cerdos, «el único hombre que sabía hacerla marchar».

El señorito parecía entristecerse cuando le hablaban de sus famosas

francachelas. Aquello había pasado para siempre: no se podía ser joven

toda la vida. Ahora era hombre; pero hombre serio y de provecho. Él

llevaba _algo_ dentro de la cabeza; sus antiguos maestros, los Padres de

la Compañía, lo reconocían. No pensaba detenerse en su marcha hasta

conquistar una posición tan alta en la política como la que su primo

tenía en la industria. Otros, peores que él, manejaban los asuntos de la

tierra, y eran oídos por el gobierno, allá en Madrid, como virreyes del

país.

De la vida pasada sólo conservaba las amistades con los valientes,

reforzando su cortejo con nuevos bravucones. Los mimaba y mantenía con

el propósito de que le sirviesen de auxiliares en su carrera política.

¡Quién le haría frente en su primera elección, viéndole en tan honrada

compañía!... Y para entretener a la honorable corte, seguía cenando en

los colmados y embriagándose con ellos. Esto no quebrantaba su

respetabilidad. Una _jumera_ de vez en cuando no era motivo para que

nadie se escandalizase. ¡Costumbres de la tierra! Además, esto daba

cierta popularidad.

Y Luis Dupont, convencido de la importancia de su persona, iba de un

casino a otro hablando de la «cuestión social» con vehementes manoteos

que ponían en peligro las botellas y copas alineadas en las mesas.

En el _Círculo Caballista_ rehuía las tertulias de la gente joven, que

sólo le recordaban sus pasadas locuras para aplaudirlas, proponiéndole

otras mayores. Buscaba la conversación de los «padres graves», de los

grandes cosecheros y ricos agricultores, que comenzaban a oírle con

cierta atención, reconociendo que aquel _perdis_ tenía una buena

cabecita.

Dupont hinchábase con vehemente oratoria al hablar de los trabajadores

del país. Repetía lo que había oído a su primo y a los religiosos que

frecuentaban la casa de los Dupont, pero exagerando las soluciones, con

un ardor autoritario y brutal muy del gusto de sus oyentes, gente tan

ruda como rica, que encontraba placer en derribar toros y domar potros

salvajes.

Para Luis, la cuestión era sencillísima. Un poco de caridad; y después

religión, mucha religión, y palo al que se desmandase. Con esto se

acababa el llamado conflicto social y quedaba todo como una balsa de

aceite. ¿Cómo podían quejarse los trabajadores, allí donde existían

hombres como su primo y muchos de los presentes (aquí sonrisas

agradecidas del auditorio y movimientos de aprobación), que eran

caritativos hasta el exceso y no podían presenciar una desgracia sin

echar mano al bolsillo y regalar un duro, y hasta dos?...

Contestaban a esto los rebeldes que la caridad no era bastante, y que, a

pesar de ello, mucha gente vivía en la miseria. ¿Y qué podían hacer los

amos para remediar lo que era irremediable? Siempre existirían ricos y

pobres, hambrientos y ahítos; sólo los locos o los criminales podían

soñar con la igualdad.

¡La igualdad!... Dupont valíase de un ironismo que entusiasmaba a su

auditorio. Todos los chistes que la más noble de las aspiraciones

humanas había inspirado a su primo Pablo y a su corte de sacerdotes,

repetíalos Luis con una convicción firmísima, como si fuesen el resumen

del pensamiento universal. ¿Qué era aquello de la igualdad?...

Cualquiera podría apoderarse de su casa, si es que le gustaba; y él, a

su vez, le robaría la chaqueta al vecino, porque le era necesaria; y el

otro echaría la zarpa sobre la mujer del de más allá, porque la

consideraría de su gusto. ¡La mar, caballeros!... ¿No merecían cuatro

tiros o la camisa de fuerza los que hablaban de la tal igualdad?

Y a las risas del orador, uníanse las carcajadas de todos los socios.

¡Aplastado el socialismo! ¡Qué gracia y qué palique tenía aquel

muchacho!...

Muchos señores viejos movían la cabeza con aire protector, reconociendo

que Luis hacía falta en otra parte, que era lástima que sus palabras se

perdiesen en aquella atmósfera de humo de tabaco, y que a la primera

ocasión habría que satisfacer su gusto, para que España entera escuchase

desde la tribuna aquella critica tan chispeante y justa.

Dupont, enardecido por el general asentimiento, seguía hablando, pero

ahora en tono grave. La gente baja, lo que necesitaba antes del jornal,

era el consuelo de la religión. Sin religión se vive rabiando, víctima

de toda clase de infelicidades, y este era el caso de los trabajadores

de Jerez. No creían en nada, no iban a misa, se burlaban de los curas,

sólo pensaban en la revolución social con degollinas y fusilamientos de

burgueses y jesuitas; no tenían la esperanza de la vida eterna, consuelo

y compensación de las miserias de aquí abajo, que son insignificantes,

pues sólo duran unas cuantas docenas de años, y como resultado lógico de

tanta impiedad, encontraban su pobreza más dura, con nuevos tonos

sombríos.

Aquel rebaño, triste y sin Dios, merecía su castigo. ¡Que no se quejase

de los amos, pues éstos se esforzaban en volverle a la buena senda! ¡Que

exigiese responsabilidad a los verdaderos autores de su desgracia, a

Salvatierra y otros como él, que le habían arrebatado la fe!

--Además, señores--peroraba el señorito con entonación tribunicia--¿qué

va a conseguirse aumentando el jornal? Fomentar el vicio y nada más. Esa

gente no ahorra: esa gente no ha ahorrado nunca. A ver: que me

presenten un jornalero que tengo guardados sus ahorros.

Callaban todos, moviendo la cabeza con asentimiento. Nadie presentaba el

trabajador exigido por Dupont, y éste sonreía triunfante, esperando en

vano al ser prodigioso que lograra ahorrar una fortunilla sobre su

jornal de pocos reales.

--Aquí--continuaba con solemnidad--no hay afición al trabajo ni espíritu

de ahorro. Vean ustedes el obrero de otros países: trabaja más que el de

esta tierra y guarda un capitalito para la vejez. ¡Pero aquí!... aquí el

bracero, de joven, no piensa más que en coger descuidada a alguna

muchacha detrás de un pajar o en la gañanía durante el sueño; y de

viejo, apenas tiene reunidos algunos céntimos, los emplea en vino y se

emborracha.

Y todos a la vez, como si repentinamente perdiesen la memoria,

anatematizaban con gran severidad los vicios de los trabajadores. ¿Qué

podía esperarse de una gentuza sin otra ilusión en su vida que la de

beber?... Decía bien Dupont. ¡Borrachos! ¡Gente abyecta que perpetuaba

la miseria de su condición, violando a las hembras como si fuesen

animales!...

El señorito conocía el medio de terminar esta anarquía. Al gobierno

tocaba gran parte de culpa. A aquellas horas, habiéndose iniciado la

huelga, debía tener en Jerez un batallón, un ejército, si era preciso, y

cañones, muchos cañones. Y se quejaba amargamente del descuido de los de

arriba, como si el ejército de España tuviese por única misión guardar

a los ricos de Jerez para que viviesen tranquilos, y equivaliese a una

felonía el no llenar calles y campos de pantalones rojos y brillantes

bayonetas, apenas los viñadores mostraban cierto descontento.

Luis era liberal, muy liberal. Disentía en este punto de sus maestros de

la Compañía, que hablaban de don Carlos con entusiasmo, afirmando que

era «la única bandera». Él estaba con los que mandaban, y no mencionaba

una sola vez a las personas reales, que no echase por delante el título

de _Su Majestad_, como si pudiesen oír de lejos estas muestras de

exagerado respeto y premiárselas con lo que él deseaba. Era liberal;

pero su libertad era la de las personas decentes. Libertad para los que

tuvieran algo que perder: y para la gente baja, todo el pan que fuese

posible, y palo, mucho palo, único medio de anonadar la maldad que nace

con el hombre y se desarrolla sin el freno de la religión.

Él conocía la historia; había leído más que los que le escuchaban y se

dignaba hacerles partícipes de sus conocimientos, con protectora bondad.

--¿Sabéis ustedes--decía--por qué la Francia es más rica y más

adelantada que nosotros?... Porque metió mano a los bandidos de la

_Commune_, y en unos cuantos días se cargó más de cuarenta mil de

aquellos puntos. Empleó el cañón y la ametrallodora para acabar más

aprisa con la gentuza, y todo quedó limpio y tranquilo... A mí--continuó

el señorito con aire doctoral--no me gusta Francia, porque es una

República y porque allí las gentes decentes se olvidan de Dios y hacen

burla de sus ministros. Pero quisiera para este país un hombre como

Thiers. Esto es lo que aquí hace falta, un hombre que sonría y ametralle

a la canalla.

Y sonreía para demostrar que él era capaz de ser tan Thiers como el

otro.

El conflicto de Jerez lo arreglaba en venticuatro horas. Que le diesen

la autoridad y se vería lo que ero bueno. Los ejecuciones a raíz de lo

de _La Mano Negra_, habían dado algún resultado. La gentuza se acobardó

ante los cadalsos erigidos en la plaza de la Cárcel. Pero esto no era

bastante. Convenía una sangría suelta para quitar fuerzas a la bestia

rebelde. De mandar él, ya estarían en presidio los mangoneadores de

todas las sociedades obreras del campo que traían revuelta a la ciudad.

Pero esto también le parecía anodino e insuficiente, y acto seguido se

rectificaba con proposiciones más feroces. Ero mejor acosar a los

rebeldes, abortar los planes que venían preparando, «pincharles para que

saltasen antes de tiempo», y una vez se colocaran en actitud de

rebeldía, ¡a ellos y que no quedase uno! Mucho guardia civil, muchos

caballos, mucha artillería. Para eso sostenían los ricos el peso de las

contribuciones, cuya mejor parte se llevaba el ejército. De no ser así,

¿para qué servían los soldados, que tan caros costaban, en un país que

no había de sostener guerras?...

Como medida preventiva, debían suprimir a los pastores perversos que

sublevaban el rebaño de la miseria.

--A todos los que andan por el campo, de gañanía en gañanía, repartiendo

papeluchos malos y libros venenosos, cuatro tiros. A los que echan

soflamas y ahullan barbaridades en esas reuniones a cencerros tapados

que tienen de noche en un rancho o en los alrededores de un ventorro,

cuatro tiros. Y lo mismo a los que en las viñas, desobedeciendo a los

amos y con el orgullo de saber leer, enteran a sus compañeros de las

majaderías que traen los periódicos... A Fernando Salvatierra, cuatro

tiros...

Pero el señorito, apenas dijo esto, pareció arrepentirse. Un rubor

instintivo turbó su facundia. La bondad y las virtudes de aquel rebelde

infundíanle cierto respeto. Los mismos que aprobaban sus planes,

permanecieron silenciosos, como si les repugnase incluir al

revolucionario en la pródiga distribución de tiros. Era un loco que

imponía admiración, un santo que no creía en Dios; y aquellos señores de

la tierra sentían por él un respeto igual al del moro ante el santón

demente que le maldice y le amenaza con su palo.

--No--siguió diciendo el señorito;--para Salvatierra una camisa de

fuerza, y que vaya a propagar sus doctrinas en una casa de locos lo que

le quede de vida.

El público de Dupont aprobaba estas soluciones. Los dueños de las

ganaderías de caballos, viejos de patillas entrecanas que se pasaban las

horas mirando la botella con un silencio sacerdotal, rompían su gravedad

para sonreír al joven.

--Er muchacho tié talento--decía uno.--Habla como un diputao.

Y los demás aprobaban.

--Ya se encargará Pablito, su primo, de que lo saquemos cuando yeguen

las elecciones.

Luis sentíase fatigado a veces de los triunfos que cosechaba en los

casinos, del asombro que inspiraba su repentina seriedad a los antiguos

compañeros de vida alegre. Renacían sus aficiones a divertirse con la

gente humilde.

--Estoy harto de señoritos--decía con displicencia de hombre superior a

su fiel acólito el _Chivo_.--Vámonos al campo: un poco de juerga lo

agradece el cuerpo.

Y con el deseo de mantenerse bajo la protección de su poderoso primo,

íbase a pasar el día en Marchamalo, fingiendo interés por el resultado

de la vendimia.

La viña estaba llena de mujeres, y a Luis le agradaba el trato con

aquellas mozas serranas que reían las gracias del señorito, y agradecían

sus generosidades.

María de la Luz y su padre acogían como un honor la asiduidad con que

Luis visitaba la viña. De la ruidosa aventura de Matanzuela, apenas si

quedaba un lejano recuerdo. ¡Cosas del señorito! Aquellas gentes,

acostumbradas por tradición al respeto de los placeres ruidosos de los

ricos, disculpábanlos como si fuesen un deber de la juventud.

El señor Fermín estaba enterado de la gran mudanza que se realizaba en

don Luis, de sus alardes de hombre serio, y veía con gusto que viniese a

la viña huyendo de las tentaciones de la ciudad.

Su hija también acogía con afecto al señorito, tuteándolo como en los

tiempos de su infancia, y riendo todas sus gracias. Era el amo de

Rafael, y algún día sería ella su sirvienta en aquel cortijo, que veía a

todas horas con la imaginación, como el nido de su felicidad. De la

juerga escandalosa que tanto la había indignado contra el aperador,

apenas si se acordaba. El señorito mostrábase arrepentido de su pasado,

y la gente, al transcurrir algunos meses, había olvidado por completo el

escándalo del cortijo.

Luis mostraba gran predilección por la vida en Marchamalo. Algunas veces

le sorprendía la noche y se quedaba a dormir en la torre de los Dupont.

--Estoy allí como un patriarca--decía a sus amigos de Jerez.--Rodeado de

muchachas que me quieren como si fuese su papá.

Reían los amigos del tono bondadoso con que hablaba el calavera de sus

inocentes diversiones con el rebaño de vendimiadoras. Además, gustaba de

quedarse en la viña por el fresco de la noche.

--Esto es vivir, señor Fermín--decía en la explanada de Marchamalo, a la

luz de las estrellas, aspirando la brisa nocturna.--A estas horas

estarán asándose los señoritos en la acera del _Caballista_.

Las veladas transcurrían en una paz patriarcal. El señorito ofrecía la

guitarra al capataz.

--¡Venga de ahí! ¡A ver esas manitas de oro!--gritaba.

Y el _Chivo_, obedeciendo sus órdenes, iba a buscar en los cajones del

carruaje unas cuantas botellas del mejor vino de la casa Dupont. ¡Juerga

completa! Pero pacífica, honesta, reposada, sin palabras libres, ni

ademanes audaces, que asustasen a las espectadoras, muchachas que habían

oído hablar en sus pueblos del terrible don Luis, y al verle de cerca

perdían sus prevenciones, reconociendo que no era tan malo como su fama.

Cantaba María de la Luz, cantaba el señorito, y hasta el cejijunto

_Chivo_, obedeciendo a su patrón, soltaba el chorro de su voz fiera,

entonando broncos recuerdos a la reja de la _carse_ y a las _puñalás_

caballerescas por defender a la madre o a la mujer amada.

--¡Olé, grasioso!--gritaba el capataz, irónicamente, a aquel figurón

patibulario.

Después, el señorito cogió de una mano a María de la Luz, y sacándola al

centro del corro, rompían a bailar las sevillanas, con una gallardía que

provocaba gritos de entusiasmo.

--¡La grasia e Dió!--exclamaba el padre rasgueando la guitarra con nueva

furia. ¡Vaya una parejita de palomos!... ¡Eso es bailá!

Y Rafael el aperador, que sólo aparecía en Marchamalo de semana en

semana, al ver por dos veces este baile, se mostró orgulloso del honor

que el señorito hacía a su novia. Su amo no era malo; lo de antes fueron

locuras de la juventud; pero ahora, al sentar la cabeza, resultaba un

señorito de chipén, ¡la mar de simpático!, con gran afición a tratar a

las gentes bajas, como si fuesen sus iguales. Jaleaba a la pareja de

bailadores, sin el menor asomo de celos; él, que se sentía capaz de

sacar su navaja apenas se fijaba alguien en María de la Luz. Únicamente

sentía un poco de envidia, por no poder bailar con el garbo de su amo.

Ocupada su vida en la conquista del pan, no había tenido tiempo para

aprender tales finuras. Sólo sabía cantar, pero de un modo áspero y

salvaje, como le habían enseñado los compañeros de contrabando, cuando

marchaban en sus jacas, tumbados sobre los fardos, atronando con coplas

la soledad de las gargantas de la sierra.

Don Luis reinaba sobre la viña como si fuese el dueño. El poderoso don

Pablo estaba ausente. Veraneaba con su familia en las costas del Norte,

aprovechando el viaje para visitar Loyola y Deusto, los centros de

santidad y sabiduría de sus buenos consejeros. El calavera, para

demostrarle una vez más que era hombre serio y de provecho, le escribía

largas cartas, mencionando sus visitas a Marchamalo, la vigilancia que

ejercía sobre la vendimia y el buen resultado de ésta.

Realmente se interesaba por el curso de la recolección. La acometividad

que sentía contra los trabajadores, su deseo de vencer a los de la

huelga, le hacían ser laborioso y tenaz. Acabó por establecerse

definitivamente en la torre de Marchamalo, jurando que no se movería de

allí hasta que terminase la vendimia.

--Esto marcha--decía al capataz guiñando los ojos con malicia.--Se van a

roer esos bandidos viendo que con las mujeres y unos cuantos

trabajadores honrados, acabamos el trabajo sin necesitar de ellos. A la

noche, baile y juerga decente, señor Fermín. Para que se enteren y

rabien esos forajidos.

Y así llevaba adelante la vendimia, entre músicas, algazara y vino del

mejor, repartido generosamente.

Por las noches, la casa de los lagares, que tenía algo de conventual por

su silencio y su disciplina cuando estaba presente don Pablo Dupont,

entraba en plena fiesta hasta una hora avanzada de la noche.

Los jornaleros olvidaban su sueño para beber el vino señorial,

pródigamente repartido. Las muchachas, habituadas a la miseria de las

gañanías, abrían los ojos con asombro, como si viesen realizada la

abundancia de los cuentos maravillosos oídos en las veladas. La cena era

digna de señores. Don Luis pagaba espléndidamente.

--A ver, señor Fermín: que traigan carne de Jerez; que coman todas esas

muchachas hasta que revienten; que beban, que se emborrachen: yo corro

con el gasto. Quiero que vean esos canallas cómo tratamos a los

trabajadores que son buenos y sumisos.

Y encarándose con el rebaño agradecido, decía modestamente:

--Cuando veáis a los de la huelga, decidles cómo tratan los Dupont a sus

trabajadores. La verdad: sólo la verdad.

Durante el día, cuando el sol caldeaba la tierra inflamando las

blancuzcas pendientes de Marchamalo, Luis dormitaba bajo las arcadas de

la casa, con una botella junto a él, destilando frescura, y tendiendo de

vez en cuando su cigarro al _Chivo_ para que lo encendiese.

Encontraba un placer nuevo ejerciendo de amo de la inmensa finca; creía

de buena fe desempeñar una gran función social contemplando desde su

sombreado retiro el trabajo de tanta gente, encorvada y jadeante bajo la

lluvia de fuego del sol.

Las muchachas extendíanse por las pendientes, con sus faldas de

colores, como un rebaño de ovejas azules y sonrosadas. Los hombres, en

camisa y calzoncillos, avanzaban a gatas como corderos blancos. Iban de

unas cepas a otras, arrastrando el vientre sobre la tierra caldeada. Los

sarmientos esparcían sus pámpanos rojizos y verdes a ras del suelo, y

las uvas descansaban en la caliza, que las comunicaba hasta el último

instante su generoso calor.

Otras muchachas subían cuesta arriba las grandes cestas de racimos

cortados para depositarlos en los lagares, y pasaban en continuo rosario

ante el señorito, que, tumbado en el sofá de enea, sonreía

protectoramente pensando en la hermosura del trabajo, y en la

perversidad de la canalla, que pretendía trastornar un mundo tan

sabiamente organizado.

Algunas veces, aburrido de su silencio, llamaba al capataz que iba de

una colina a otra vigilando el trabajo.

El señor Fermín poníase en cuclillas ante él, y hablaban de la huelga,

de las noticias que llegaban de Jerez. El capataz no ocultaba su

pesimismo. La resistencia de los trabajadores era cada vez mayor.

--Es mucha la jambre, señorito--decía con la convicción de la gente

rústica, que aprecia el estómago como el impulsor de todas las acciones.

--Y quien dice jambre, dice desorden, palos y bronca. Va a correr

sangre, y en el presidio le preparan el puesto a más de uno... Milagro

será que no acabe esto levantando catafalcos el carpintero, en la plaza

de la Cárcel.

El viejo parecía oler la catástrofe; pero la veía llegar con una

tranquilidad egoísta, ya que los dos hombres que poseían sus afectos,

estaban lejos.

Su hijo había ido a Málaga, por encargo de su principal, para

intervenir, como hombre de confianza, en cierta quiebra, y allá

permanecía ocupado en repasar cuentas y discutir con los otros

acreedores. ¡Ojalá no volviese en un año! El señor Fermín temía que al

regresar a Jerez se comprometiese en favor de los huelguistas, impulsado

por las enseñanzas de su maestro Salvatierra, que le arrastraban al lado

de los humildes y los rebeldes. En cuanto a don Fernando, hacía muchos

días que había salido de Jerez custodiado por la guardia civil.

Al iniciarse la huelga, los ricos le habían hecho saber indirectamente

la conveniencia de que saliese cuanto antes de la provincia de Cádiz.

El, sólo él, era el responsable de lo que ocurría. Su presencia

soliviantaba a la gente trabajadora, haciéndola tan audaz y revoltosa

como en tiempos de _La Mano Negra_. Los principales agitadores de las

asociaciones obreras, que veneraban al revolucionario, le habían rogado

que huyese, temiendo por su vida. Las indicaciones de los poderosos,

equivalían a una amenaza de muerte. Acostumbrados los trabajadores a la

represión y la violencia, temblaban por Salvatierra. Tal vez le matasen

una noche en cualquier calle, sin que la justicia encontrase jamás al

autor. Era posible que la autoridad, aprovechando las largas excursiones

de Salvatierra por el campo, lo sometiese a mortales tormentos o lo

_suprimiera_ de una paliza en despoblado, como lo había hecho con otros

más humildes.

Pero don Fernando contestaba a estos consejos con tenaces negativas.

Allí estaba por su voluntad y allí se quedaba... Por fin, las

autoridades habían exhumado uno de los muchos procesos que tenía

pendientes por sus propagandas de rebelde social, y un juez le llamó a

Madrid, emprendiendo don Fernando el viaje a viva fuerza, acompañado de

la guardia civil, como si su destino fuese viajar siempre entre una

pareja de fusiles.

El señor Fermín se alegraba de esta solución. ¡Que le tuviesen

entretenido mucho tiempo! ¡Que no volviese en un año! Conocía a

Salvatierra, y estaba seguro de que, permaneciendo en Jerez, no tardaría

mucho en estallar la insurrección de los hambrientos, seguida de una

represión cruel y del presidio para don Fernando, tal vez por toda su

vida.

--Esto acabará con sangre, señorito--continuaba el capataz.--Hasta ahora

sólo chillan los de las viñas, pero piense su mercé que este es el peor

mes del año para la gente de los cortijos. La trilla ha acabao en todas

partes, y hasta que empiece la sementera, hay miles y miles de hombres

con los brazos cruzaos, dispuestos a bailar al son que les toquen. Verá

el señorito lo que tardan en juntarse unos y otros, y entonces será

ella. Ya se incendian en el campo muchos pajares, sin que se vea la mano

que les prende fuego.

Dupont se exaltaba. Mejor: que se uniesen todos, que se sublevaran

cuanto antes, para acuchillarlos, y obligarles a volver a la obediencia

y la tranquilidad. Él deseaba la rebelión y el choque, más aún que los

trabajadores.

La bodega · 第 17 / 24 段