Y sus alaridos, en los que vibraba la exuberancia aparatosa del dolor

oriental, acompañábalos de arañazos que ensangrentaban las arrugas de

su rostro. Un choque sordo conmovía al mismo tiempo el suelo de tierra

apisonada. Era _Alcaparrón_, que, caído de bruces, golpeaba con su

cabeza el piso.

--¡Aaay! ¡Que se ha ido Mari-Crú!--rugía como una bestia herida.--¡La

mejó de la casa! ¡La más honrá de la familia!...

Y los _Alcaparrones_ pequeños, como si de repente obedeciesen a un rito

de su raza, pusiéronse de pie y comenzaron a correr por el cortijo y sus

alrededores, dando alaridos y arañándose la cara.

--¡Juy! ¡juy! ¡Que ha muerto la pobresita prima!... ¡Juy! ¡Que se nos ha

ido Mari-Crú!...

Era una carrera loca de duendes al través de todas las dependencias del

cortijo, como si quisieran que los más humildes animales se enterasen de

su desgracia. Penetraban en las cuadras, se escurrían entre las patas de

las bestias, repitiendo su quejido por la muerte de Mari-Cruz; corrían,

ciegos por las lágrimas, tropezando con las esquinas, con los marcos de

las puertas, volcando en su carrera aquí un arado, más allá una silla y

seguidos por los perros libres de cadena que les acosaban por todo el

cortijo, uniendo sus ladridos a los desesperados lamentos.

Algunos gañanes cazaron al paso a los pequeños energúmenos,

levantándolos en alto; pero, aun así, aprisionados, seguían moviendo los

remos en el aire con interminable lloro:

--¡Juy! que se ha muerto la prima! ¡La pobresita Mari-Crú!

Cansados de gemir, de arañarse, de golpear el suelo con la cabeza,

anonadados por su dolor ruidoso, todos los de la familia volvieron a

formar círculo en torno del cadáver.

Juanón hablaba de velar con algunos compañeros a la muerta hasta la

mañana siguiente. La familia podía dormir mientras tanto fuera de la

gañanía, que bien necesitada estaba de ello. Pero la vieja gitana

protestó. No quería que el cadáver estuviese más tiempo en Matanzuela. A

Jerez en seguida. Lo llevarían en un carro, en un borrico, a hombros, si

era preciso, entre ella y sus hijos.

Tenían su casa en la ciudad. ¿Acaso los _Alcaparrones_ eran unos

vagabundos? Su familia era numerosa, infinita; desde Córdoba hasta

Cádiz, no había feria de ganados donde no se encontrase a uno de los

suyos. Ellos eran pobres, pero tenían parientes que les podían tapar con

onzas de los pies a la cabeza; gitanos ricos que trotaban por los

caminos seguidos de regimientos de mulas y caballos. Todos los

_Alcaparrones_ querían a Mari-Cruz, la virgen enferma, de ojos dulces:

su entierro sería de reina, ya que su vida había sido de animal de

carga.

--Ámonos--decía la vieja con gran exaltación en la voz y los

ademanes.--Ámonos a Jerez en seguía. Quiero que antes de que amenesca la

vean todos los nuestros, tan bonita y tan arreglá como la misma Mare de

Dios. Quiero que la vea el abuelo, mi padre, cabayeros; el gitano más

viejo de toa Andalusía, y que la bendiga el pobresito con sus manos de

Pae Santo, que tiemblan y paese que tienen lus.

La gente de la gañanía aprobaba los propósitos de la vieja, con el

egoísmo del cansancio. Ellos no podían resucitar a la muerta, y era

mejor, para su tranquilidad, que se ausentase cuanto antes aquella

familia ruidosa, que turbaría su sueño.

Rafael intervino, ofreciendo un carro del cortijo. El tío _Zarandilla_

iba a aparejar, y antes de media hora podrían llevarse el cadáver a

Jerez.

La vieja _Alcaparrona_, al ver al aperador, se reanimó, brillando en sus

ojuelos el fuego del odio. Encontraba, al fin, alguien a quien hacer

responsable de su desgracia.

--¿Eres tú, ladrón? ¡Ya estarás contento, aperaor farso! ¡Mira ahí a la

pobresita que has matao!

Rafael contestó de mal talante.

--Menos palabras e insultos, tía bruja. En lo de aquella noche, tuvo

usté más curpa que yo.

La vieja quiso arrojarse sobre él, con la alegría infernal de haber

encontrado alguien en quien saciar su dolor.

--¡Arcagüetón!... Tú juiste el que lo hiso too. Mardita sea tu arma y la

del ladrón de tu señorito.

Aquí vaciló un momento, como arrepentida de nombrar al señor, siempre

respetado por la gente de su raza.

--No; el amo, no. Al fin, es joven, es rico y los señoritos no tienen

otro obligación que divertirse. Mardito seas tú, tú solo, que estrujas a

los pobres y los arreas como si juesen negros y arreglas las mositas a

los amos, pa ocultar mejó tus latrocinios. Na quiero tuyo: toma los

sinco duros que me diste; tómalos, ladrón: ahí van, arcagüete.

Y debatiéndose entre los hombres que la sujetaban para que no acometiese

a Rafael, hundía las manos en sus harapos buscando el dinero, con una

falsa precipitación, con el firme propósito de no encontrarlo. Mas no

por esto era menos dramática su actitud.

--¡Tómalo, perro roío!... ¡Ahí va, y así cada peseta se te güerva un

mengue que te muerda el corazón!

Y abría sus manos crispadas como si arrojase algo en el suelo, sin

arrojar nada: acompañando sus manotones de aire con muecas altivas, cual

si realmente rodase el dinero por tierra.

Don Fernando intervino, colocándose entre el aperador y la bruja. Ya

había dicho bastante: debía callar.

Pero la vieja se mostró más insolente al verse protegida por el cuerpo

de Salvatierra, y asomando por uno de sus hombros la boca de arpía,

siguió insultando a Rafael.

--Premita Dios que se te muera lo que más estimes... Que veas argún día

estirá y fría, como mi pobrecita Mari-Crú, a la gachí de tus quereres.

El aperador la había escuchado hasta entonces con desdeñosa frialdad,

pero al sonar estas palabras fue a él a quien tuvieron que contener los

hombres de la gañanía.

--¡Bruja!--rugió--¡a mí lo que quieras, pero a esa persona no te la

pongas en la boca, porque te mato!

Y parecía dispuesto a matarla, teniendo que hacer grandes esfuerzos los

gañanes para llevárselo afuera. ¿Quién hacía caso de mujeres?... Había

que dejar a la vieja, que estaba loca por el dolor. Y, cuando vencido

por las reflexiones de Salvatierra y los empellones de tantos brazos,

traspuso la puerta de la gañanía, aún oyó la voz agria de la bruja, que

parecía perseguirle.

--¡Juye, persona farsa, y que Dios te castigue quitándote la gachí de la

viña! Que se te la yeve un señorito... que don Luis la disfrute, y tú lo

sepas.

¡Ay! ¡Qué esfuerzo hubo de hacer Rafael para no volver sobre sus pasos y

estrangular a la vieja!...

Media hora después _Zarandilla_ paró su carro a la puerta. Juanón y

otros compañeros envolvieron el cadáver en una sábano, levantándolo de

su lecho de harapos. Aún pesaba menos que en el momento de la muerte.

Era, según decían aquellos hombres, una pluma, una arista de paja.

Parecía que con la vida se hubiese evaporado toda la materia, no dejando

más que lo envoltura, que apenas si marcaba un ligerísimo bulto en el

lienzo arrollado.

Púsose en marcha el vehículo, balanceándose con agudos chirridos de su

eje sobre los baches del camino.

A la zaga del carro, cogidos a él, marchaban la vieja y su prole menuda.

Detrás, caminaba _Alcaparrón_, al lado de Salvatierra, que deseaba

acompañar hasta la ciudad a aquella gente humilde.

En la puerta de la gañanía aglomerábanse los trabajadores, brillando en

su negra masa la lucecilla del candil. Todos seguían con silenciosa

atención el chirrido del carro, invisible en la oscuridad; los lamentos

de la gitanería, que rasgaban la calma del campo azulado y muerto bajo

la fría luz de las estrellas.

_Alcaparrón_ sentía cierto orgullo al marchar con aquel personaje del

que tanto hablaba la gente. Habían salido a la carretera. Sobre su faja

blanca destacábase la silueta del carro, que iba esparciendo en el

silencio de la noche el cascabeleo lento de la caballería y los gemidos

de los que marchaban a la zaga.

El gitano daba suspiros, como un eco del dolor que rugía delante de él,

y hablaba al mismo tiempo a Salvatierra de su amada muerta.

--Era lo mejorsito de la familia, señó... y por eso se ha ido. Los

buenos se van pronto. Ahí tiene usté a mis primas las _Alcaparronas_,

unas pindongas, que son la eshonra de la familia, y las grandísimas

arrastrás tienen las onzas a puñaos, y coches, y los papeles jablan de

ellas: y la pobresita Mari-Crú, que era mejó que el trigo, se muere,

endimpués de una vida de trabajo.

El gitano gemía, mirando al cielo, como si protestase de esta

injusticia.

--Yo la quería mucho, señó; si deseaba argo bueno era pa partirlo con

ella. Mejor aún: pa dárselo too. Y ella, la palomita sin jiel, la rosita

de Abril, ¡tan buena siempre conmigo! ¡protegiéndome, como si fuese mi

virgensita!... Cuando mi mare se enfadaba porque jasía yo una de las

mías, ya estaba Mari-Crú defendiendo a su pobresito José María... ¡Ay,

mi prima! ¡Mi santita dulce! ¡Mi sol moreno, con aquellos ojasos que

paesían hogueras! ¿Qué no hubiese hecho por ella este pobresito

gitano?... Oiga su mersé, señó. Yo he tenío una novia; es desir, yo he

tenío muchas, pero ésta era una gachí que no era de nuestra casta; una

calé sin familia y con casita propia en Jerez. Una gran proporción,

señó, y a más, chalaíta por mí, según ella desía, por el aquel con que

yo la cantaba cositas durses. Y cuando ya andábamos en el papeleo pa

casarnos, yo le dije: «Gachí, la casa será para la pobresita de mi mare

y mi prima Mari-Crú. Ya que tanto han trabajao, hasiendo vida de perras

en las gañanías, que vivan bien y a su gusto una temporadilla. Tú y yo

somos chavales, somos juertes y podemos dormí en el corral». Y la gachí

no quiso y me echó a la caye; y yo no lo sentí, porque me quedaba con mi

mare y mi primo, y valen más ellos ¡ay! que toas las jembras del

mundo... He tenío las novias a osenas, he estao a punto de casame, me

gustan las mositas... pero quiero a Mari-Crú como no quedré en jamás a

denguna mujer... ¿Cómo explicar esto a su mersé, que sabe tanto? Yo

quiero a la pobresita que va ahí alante, de una manera que no sé cómo

decir... ¡vamos! como quiere el cura a la Mae de Dios cuando le ice la

misa. Me gustaba mirar sus ojosos y oír su vosesita de oro; pero,

¿tocarle un pelo de la ropa? enjamás se me ocurrió. Era mi virgensita, y

como las que están en las iglesias, sólo tenía pa mí la cabesa; la

cabesa bonita jecha por los mismos ángeles...

Y al suspirar de nuevo, pensando en la muerta, le respondió el coro de

lamentos que escoltaba el carro.

--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi sol relusiente! ¡Mi cachito

durse!...

Y la gente menuda contestaba al alarido de la madre con una explosión de

ahullidos dolorosos, para que la tierra oscura, el espacio azulado y las

estrellas de agudo fulgor se enterasen bien de que había muerto su

prima, la dulce Mari-Cruz.

Salvatierra sentíase dominado por este dolor trágico y estruendoso, que

se deslizaba al través de la noche, rasgando el silencio de los campos.

_Alcaparrón_ cesó de gemir.

--Diga usté, señó, ya que tanto sabe. ¿Cree su mersé que golveré alguna

vez a ver a mi prima?...

Necesitaba saberlo, le dolía la angustia de la duda, y deteniendo su

paso, miraba suplicante a Salvatierra con sus ojos orientales, que

brillaban en la penumbra con reflejos de nácar.

El rebelde se conmovió viendo la angustia de esta alma simple, que

imploraba en su congoja un sorbo de consuelo.

Sí, volvería a verla; él lo afirmaba con solemne gravedad. Es más;

estaría en contacto a todas horas con algo que habría formado parte de

su ser. Todo lo que existía quedábase en el mundo; sólo cambiaba de

forma; ni un átomo llegaba a perderse. Vivíamos rodeados de lo que había

sido el pasado y de lo que sería el porvenir. Los restos de los que

amábamos y los componentes de los que a su vez nos habían de amar,

flotaban en torno nuestro, manteniendo nuestra vida.

Salvatierra, bajo la presión de sus pensamientos, sintió la necesidad de

confesarse con alguien, de hablar a aquel ser sencillo de su debilidad y

sus vacilaciones ante el misterio de la muerte. Era un deseo, de volcar

su pensamiento con la certeza de no ser comprendido, de sacar a luz su

alma, semejante al que había visto en los grandes personajes

shakesperianos, reyes en desgracia, caudillos perseguidos por el

destino, que confían fraternalmente sus ideas a bufones y a locos.

Aquel gitano del que todos se burlaban, mostrábase súbitamente agrandado

por el dolor, y Salvatierra sentía la necesidad de entregarle su

pensamiento, como si fuese un hermano.

El rebelde también había sufrido. El dolor le hacía cobarde; pero no se

arrepentía, ya que en la debilidad encontraba la dulzura del consuelo.

Los hombres admiraban la energía de su carácter, el estoicismo con que

hacía frente a las persecuciones y las miserias físicas. Pero esto era

sólo en las luchas con los hombres: ante el misterio de la Muerte

invencible, cruel, inevitable, toda su energía se derrumbaba.

Y Salvatierra, como si olvidase la presencia del gitano y hablara para

él mismo, recordó su arrogante salida del presidio, desafiando de nuevo

las persecuciones, y su reciente viaje a Cádiz para ver un rincón de

tierra, junto a una tapia, entre cruces y lápidas de mármol. ¿Y era

aquello todo lo que quedaba del ser que había llenado su pensamiento?

¿Sólo restaba de mamá, de la viejecita bondadosa y dulce como las santas

mujeres de las religiones, aquel cuadro de tierra fresca y removida y

las margaritas silvestres que nacían en sus bordes? ¿Se había perdido

para siempre la llama dulce de sus ojos, el eco de su voz acariciadora,

rajada por la vejez, que llamaba con ceceos infantiles a Fernando, a su

«querido Fernando»?

--_Alcaparrón_, tú no puedes entenderme--continuó Salvatierra con voz

temblorosa.--Tal vez es una fortuna para ti esa alma simple que te

permite en los dolores y en las alegrías ser ligero y mudable como un

pájaro. Pero óyeme, aunque no me entiendas. Yo no reniego de lo que he

aprendido: yo no dudo de lo que sé. Mentira es la otra vida, ilusión

orgullosa del egoísmo humano; mentira también los cielos de las

religiones. Hablan éstas a las gentes en nombre de un espiritualismo

poético, y su vida eterna, su resurrección de los cuerpos, sus placeres

y castigos de ultra-tumba, son de un materialismo que da náuseas. No

existe para nosotros otra vida que la presente; pero ¡ay! ante la sábana

de tierra que cubre a mamá, sentí por primera vez flaquear mis

convicciones. Acabamos al morir; pero algo resta de nosotros junto a los

que nos suceden en la tierra; algo que no es sólo el átomo que nutre

nuevas vidas; algo impalpable e indefinido, sello personal de nuestra

existencia. Somos como los peces en el mar; ¿me entiendes, _Alcaparrón_?

Los peces viven en la misma agua en que se disolvieron sus abuelos y en

la que laten los gérmenes de sus sucesores. Nuestra agua es el ambiente

en que existimos: el espacio y la tierra: vivimos rodeados de los que

fueron y de los que serán. Y yo, _Alcaparrón_ amigo, cuando siento ganas

de llorar recordando la nada de aquél montón de tierra, la triste

insignificancia de las florecillas que lo rodean, pienso en que no está

allí mamá completamente, que algo se ha escapado, que circula al través

de la vida, que me tropieza atraído por una simpatía misteriosa, y me

acompaña envolviéndome en una caricia tan suave como un beso...

«Mentira», me grita una voz en el pensamiento. Pero yo la desoigo;

quiero soñar, quiero inventarme bellas mentiras para mi consuelo. Tal

vez en este vientecillo que nos roza la cara, hay algo de las manos

suaves y temblorosas que me acariciaron por última vez antes de ir al

presidio.

El gitano había cesado de gemir, mirando a Salvatierra con sus ojos

africanos, agrandados por el asombro. No entendía la mayor parte de sus

palabras, pero columbraba en ellas una esperanza.

--Según eso, ¿cree su mercé que Mari-Crú no ha muerto del too? ¿Que aún

podré verla, cuando me ajogue su recuerdo?...

Salvatierra sentíase influenciado por los lamentos de la familia, por la

agonía que había visto, por la miseria de aquel cadáver que se

balanceaba a pocos pasos dentro del carro. La poesía triste de la noche,

con su silencio rasgado a trechos por alaridos de dolor, inundaba su

alma.

Si; _Alcaparrón_ sentiría cerca de él a su amada muerta. Algo de ella

subiría hasta su rostro como un perfume, cuando arañase la tierra con el

azadón y el surco nuevo enviase a su olfato la frescura del suelo

removido. Algo habría también de su alma en las espigas del trigo, en

las amapolas que goteaban de rojo los flancos de oro de la mies, en los

pájaros que cantaban al amanecer cuando el rebaño humano iba hacia el

tajo, en los matorrales del monte, sobre los cuales revoloteaban los

insectos asustados por las carreras de las yeguas y los bufidos de los

toros.

--¿Quién sabe--continuó el rebelde--si en esas estrellas, que parecen

guiñar sus ojos en lo alto, hay algo a estas horas de la luz de esos

otros ojos que tanto amabas, _Alcaparrón_?...

Pero la mirada del gitano delató un asombro, que tenía algo de

compasivo, como si creyese loco a Salvatierra.

--Te asusta la grandeza del mundo, comparada con la pequeñez de tu pobre

muerta, y retrocedes. El vaso es demasiado grande para una lágrima: es

cierto. Pero también la gota se pierde en el mar... y sin embargo, allí

está.

Salvatierra siguió hablando, como si quisiera convencerse a sí mismo.

¿Qué significaba la grandeza o la pequeñez? En una gota de líquido

existían millones de millones de seres, todos con vida propia: tantos

como hombres poblaban el planeta. Y uno solo de estos organismos

infinitesimales, bastaba para matar una criatura humana, para diezmar

con la epidemia una nación. ¿Por qué no habían de influir los hombres,

microbios del infinito, en aquel universo, en cuyo seno quedaba la

fuerza de su personalidad?...

Después, el revolucionario parecía dudar de sus palabras, arrepentirse

de ellas.

--Tal vez esta creencia equivale a una cobardía: tú no puedes

comprenderme, _Alcaparrón_. Pero, ¡ay! ¡la Muerte! ¡la incógnita, que

nos espía y nos sigue, burlándose de nuestras soberbias y nuestras

satisfacciones!... Yo la desprecio, me río de ella, la espero sin miedo

para descansar de una vez: y como yo, muchísimos. Pero los hombres

amamos, y el amor nos hace temblar por los que nos rodean: troncha

nuestras energías, nos hace caer de bruces, cobardes y trémulos ante esa

bruja, inventando mil mentiras, para consolarnos de sus crímenes. ¡Ay,

si no amásemos!... ¡qué animal tan valeroso y temerario sería el hombre!

El carro, en su marcha traqueteante, había dejado atrás al gitano y a

Salvatierra, que se detenían para hablar. Ya no le veían. Les servía de

guía su lejano chirrido y el plañir de la familia, que marchaba a la

zaga, acometiendo de nuevo la canturía de su dolor.

--¡Adiós, Mari-Crú!--gritaban los pequeños, como acólitos de una

religión fúnebre.--¡Se ha muerto nuestra prima!...

Y cuando callaban un momento, volvía a sonar la voz de la vieja,

desesperada, estridente, como la de un sacerdote del dolor.

--¡Se va la paloma blanca; la gitana durse; el capullito de rosa antes

de abrir!... ¡Señó Dios! ¿en qué piensas, que sólo ajogas a los

buenos?...

VII

Al llegar las vendimias con el mes de Septiembre, los ricos de Jerez se

preocupaban más de la actitud de los jornaleros que del buen resultado

de la recolección.

En el _Círculo Caballista_, hasta los señoritos más alegres olvidaban

los méritos de sus jacas, los excelencias de sus perros y el garbo de

las mozas cuya propiedad se disputaban, para no hablar más que de

aquella gente tostada por el sol, curtida por los penalidades, sucia,

maloliente y de ojos rencorosos que prestaba los brazos a sus viñas.

En los numerosas sociedades de recreo que ocupaban casi todos los bajos

de la calle Larga, no se hablaba de otra cosa. ¿Qué más querían los

trabajadores de las viñas?... Ganaban un jornal de diez reales, comían

en lebrillos la menestra que ellos mismos se arreglaban sin que el amo

interviniese; tenían una hora de descanso en invierno y dos en verano,

para no caer asfixiados sobre la tierra caliza que echaba chispas; les

concedían ocho cigarros durante la jornada y por las noches dormían,

teniendo los más de ellos una sábana sobre las esterillas de enea. Unos

verdaderos sibaritas los tales viñadores; ¿y aún se quejaban y exigían

reformas amenazando con la huelga?...

En el _Caballista_, los que eran propietarios de las viñas mostrábanse

enternecidos por repentina piedad, y hablaban de los gañanes de los

cortijos. ¡Aquellos pobrecitos sí que eran merecedores de mejor suerte!

Dos reales de jornal, un rancho insípido por todo alimento y dormir en

el suelo vestidos, con menos abrigo que las bestias. Era lógico que

éstos se quejasen: no los trabajadores de las viñas que vivían como unos

señores si se les comparaba con los gañanes.

Pero los amos de los cortijos protestaban indignados, al ver que se

intentaba arrojar sobre ellos todo el peso del peligro. Si no retribuían

mejor al bracero, era porque el producto del cortijo no daba para más.

¿Podían compararse el trigo, la cebada y la ganadería con aquellas viñas

famosas en el mundo, que arrojaban el oro a borbotones por sus

sarmientos, y en ciertos años daban a sus amos una ganancia más fácil

que si saliesen a robar a las carreteras?... Cuando se gozaba de tal

fortuna había que ser generosos, dar una pequeña parle de bienestar a

los que les sostenían con sus esfuerzos. Los trabajadores se quejaban

con razón.

Y las tertulias de los ricos, transcurrían en una continua pelea entre

los propietarios de los dos bandos.

Su vida de holganza habíase paralizado. La ruleta permanecía inmóvil;

las barajas estaban sin abrir sobre la mesa verde; pasaban las buenas

mozas por la acera sin que asomasen a las ventanas de los casinos los

grupos de cabezas lanzando requiebros y maliciosos guiños.

El conserje del _Caballista_, andaba como loco buscando la llave de lo

que pomposamente se titulaba biblioteca en los estatutos de la sociedad:

un armario oculto en el rincón más oscuro de la casa, menguado como

alacena de pobre, mostrando al través de sus cristales empolvados y

telarañosos, unas cuantas docenas de libros, que nadie había abierto.

Los señores socios sentíanse aguijoneados de repente por el deseo de

instruirse, de _capacitarse_ de aquello que llamaban cuestión social, y

miraban todas las tardes el armario como un tabernáculo de la ciencia,

esperando que apareciese la llave para buscaren su interior la luz que

deseaban. Realmente no era grande su prisa por enterarse de aquellas

_cosas_ del socialismo que traían revueltos a los trabajadores.

Algunos se indignaban con los libros antes de leerlos. ¡Mentiras, todo

mentiras, para amargar la existencia! Ellos no leían y eran felices.

¿Por qué no habían de hacer lo mismo aquellos tontos del campo, que por

las noches quitaban horas a su sueño formando corro en torno del

camarada que les leía diarios y folletos? El hombre, cuanto más

ignorante, más dichoso... Y lanzaban miradas de abominación al armario

de los libros, como si fuese un depósito de maldades, mientras el mueble

infeliz seguía guardando en sus entrañas un tesoro de volúmenes

inofensivos, regalados en su mayor parte por el Ministerio a instancias

del diputado del distrito; versos a la Virgen María, y cancioneros

patrióticos; guías para la cría del canario y reglas para lo

reproducción del conejo doméstico.

Mientras disputaban los ricos entre ellos o se indignaban examinando las

pretensiones de los trabajadores, éstos seguían en su actitud de

protesta. La huelga había comenzado parcialmente, con una falta de

cohesión que demostraba la espontaneidad de la resistencia. En algunas

viñas, los dueños, impulsados por el miedo de perder la vendimia,

«pasaban por todo», pero acariciando en la rencorosa mente la esperanza

de la represalia así que sus racimos estuvieran en el lagar.

Otros, más ricos, «tenían vergüenza», según declaraban con caballeresca

arrogancia, negándose a todo arreglo con los rebeldes. Don Pablo Dupont

era el más fogoso de ellos. Antes perdía su bodega que _bajarse_ a

aquella gentuza. ¡Irle con imposiciones a él, que era el padre de sus

trabajadores, y cuidaba no sólo del sustento de su cuerpo, sino de la

salud de su almo, libertándola del «grosero materialismo!»

--Es una «cuestión de principios»--declaraba en su escritorio ante los

empleados, que movían afirmativamente la cabeza aun antes de que él

hablase.--Yo soy capaz de darles lo que desean, y más aún. ¡Pero que no

me lo pidan; que no me lo exijan! Eso es negar mis sagrados derechos de

amo... A mí el dinero me importa poco, y la prueba es que antes que

ceder, mejor quiero que se pierda la cosecha de Marchamalo.

La bodega · 第 16 / 24 段