familia, colocaba junto a los andrajos de la cama un jarro siempre
lleno.
Gran parte del día lo pasaba la muchacha sola en el rincón más oscuro
del dormitorio de los gañanes. Algún perro del cortijo, entrando de
tarde en tarde, daba vueltas en torno de ella con un gruñido sordo, que
expresaba su extrañeza, y después de intentar lamer su cara pálida,
alejábase repelido por las manos exangües, transparentes, infantiles.
A medio día, cuando un rayo de sol filtraba su faja de oro en la
penumbra de lo cuadra humana, las moscas de primavera llegaban hasta el
oscuro rincón, animando con su zumbido la soledad.
Algunas veces entraban _Zarandilla_ y su mujer a ver a Mari-Cruz.
--Ánimo, muchacha; hoy ties mejor cara. Lo que importa es que eches todo
lo malo que se te ha subío al pecho.
La enferma, sonriendo débilmente, tendía sus flacos brazos para coger el
jarro, y bebía y bebía, con lo esperanza de que el agua deshiciese la
bola ardorosa y sofocante que dificultaba su respiración, transmitiendo
a todo su cuerpo el fuego de la fiebre.
Cuando se retiraba el rayo de sol, extinguiéndose el zumbido de las
moscas, y el pedazo de cielo encuadrado por la puerta tomaba un suave
color de violeta, la enferma alegrábase. Era la mejor de las horas: iban
a llegar los suyos. Y sonreía a _Alcaparrón_ y sus hermanos, que se
sentaban en el suelo en semicírculo sin decirla nada, mirándola con ojos
interrogantes, como si quisieran atrapar a la fugitiva salud. Su tía,
todas las tardes al volver, lo primero que preguntaba era si había
arrojado _aquello_, aguardando que expeliera por la boca la pudredumbre,
la mala sangre que el susto había acumulado en su pecho.
La enferma animábase también con la presencia de los compañeros de
trabajo, aquellos gañanes que antes de comer su gazpacho de la noche
pasaban un momento ante ella, esforzándose por infundirla ánimo con
rudas palabras. El temible Juanón la hablaba todas las noches,
proponiendo curaciones enérgicas, propias de su carácter:
--Tú lo que necesitas es comer, chiquiya; trajelar. Too lo que tienes es
hambre.
Y a continuación ofrecíala cuantos alimentos extraordinarios poseían sus
compañeros: un pedazo de bacalao, una morcilla de la sierra que
milagrosamente se conservaba en la gañanía... Pero la gitana rechazábalo
todo con gesto agradecido.
--Tú te lo pierdes; te se da de too corazón. Así estás de enjuta y
esmirriá, y así te morirás: porque no comes.
Juanón se afirmaba en esta creencia, viendo el estado de consunción de
la muchacha. Ya no quedaba en ella el menor vestigio de carne: sus
débiles músculos de anémica se habían derretido. Sólo subsistía el
esqueleto, marcando sus angulosidades bajo la epidermis blancuzca, que
parecía adelgazarse también como una envoltura sutil.
Toda su vida parecía concentrada en los ojos hundidos, cada vez más
negros, con más luz, como dos gotas de légamo tembloroso en las
profundidades de las órbitas amoratadas.
Por la noche, _Alcaparrón_, en cuclillas detrás de ella, huyendo de su
mirada para llorar libremente, veía clarear a la luz del candil sus
orejas y las alillas de la nariz, con una transparencia de hostia.
El aperador, alarmado por el aspecto de la enferma, hablaba de traer un
médico de la ciudad.
--Esto no es cristiano, tía _Alcaparrona_. Esa criatura se muere como
una bestia.
Pero ella protestaba con indignación. ¿Un médico? Eso era para los
señores, para los ricos. ¿Y quién había de pagarlo?... Además, ella no
había necesitado de médico en toda su vida y era vieja. Las gentes de su
raza, aunque pobres, tenían su poquito de ciencia, que los _gachés_
buscaban muchos veces.
Y llamada por ella se presentó en el cortijo su _comare_, una gitana
viejísima, que gozaba gran fama de curandera en Jerez y su campo.
Después de oír a la _Alcaparrona_, palpó el mísero esqueleto de la
enferma, aprobando todas las palabras de su amiga. No se había engañado:
era el susto, la mala sangre que se le había subido al pecho y la
ahogaba.
Anduvieron toda una tarde las dos por las colinas vecinas buscando
hierbas, y solicitaron de la mujer de _Zarandilla_ los más disparatados
ingredientes para una famosa cataplasma que pensaban preparar. Por la
noche, los hombres de la gañanía contemplaron en silencio las
manipulaciones de las dos brujas en torno de un puchero puesto a la
lumbre, con ese respeto crédulo de las gentes del campo por todo lo
maravilloso.
La enferma bebió humildemente el cocimiento y recibió sobre el pecho el
emplasto, manejado misteriosamente por las dos viejas, como si
contuviese un poder sobrenatural. La _comare_, que había hecho milagros,
renegaba de su sabiduría si antes de dos días no lograba deshacer la
bola de fuego que ahogaba a la muchacha.
Y los dos días transcurrieron, y otros dos más, sin que la pobre
Mari-Cruz experimentase alivio.
_Alcaparrón_ seguía sollozando fuera de la gañanía, para que no le oyese
la enferma. ¡Cada vez peor! ¡No podía estar acostada! ¡se ahogaba! Su
madre ya no iba al campo; se quedaba en la gañanía para cuidarla. Hasta
para dormir tenían que mantenerla con el cuerpo erguido, mientras su
pecho se agitaba con un estertor de fuelle roto.
--¡Ay, Señó!--gemía el gitano, perdiendo la última esperanza.--Lo mezmo
que los pajarillos cuando los jieren.
Rafael no osaba aconsejar a la familia, ni entraba a ver a la enferma
más que a las horas de trabajo, cuando los gañanes estaban en el campo.
La enfermedad de Mari-Cruz y la juerga del señorito en el cortijo le
había colocado en una situación violenta con toda la gente de la
gañanía.
Algunas de las muchachas, al recobrar la razón después de la embriaguez
de aquella noche, se habían ido a la sierra, no queriendo permanecer en
el cortijo. Apostrofaban a los manijeros, guardianes de confianza de
sus familias, que habían sido los primeros en aconsejarlas que siguiesen
al señorito. Y después de propalar entre los trabajadores que volvieron
a Matanzuela el domingo, lo ocurrido en la noche anterior, emprendieron
solas el regreso a sus casas, contando a todos los escándalos del
cortijo.
Los gañanes, al volver a Matanzuela no vieron al amo. Éste y su
comitiva, una vez dormida la borrachera, habían regresado a Jerez
alegres como siempre, con un regocijo escandaloso. Los trabajadores, en
su indignación, hacían responsables al aperador y todo el _gobierno_ del
cortijo. El señorito estaba lejos; y además era quien les proporcionaba
el pan.
Algunos de los que estaban en la gañanía lo noche de la juerga, tuvieron
que pedir la cuenta y buscar trabajo en otros cortijos. Los compañeros
mostrábanse indignados. Iban a llover puñaladas. ¡Borrachos! ¡Por cuatro
botellas de vino habían vendido a unas muchachas que podían ser sus
hijas!...
Juanón llegó a encararse con el aperador.
--¿Conque tú--dijo escupiendo en el suelo con aire de desprecio--eres el
que proporcionas al señorito las mozas de la gañanía pa que se
divierta?... Harás carrera, Rafaé. Ya sabemos pa lo que sirves.
El aperador saltó como si recibiese un navajazo.
--Yo sirvo, pa lo que sirvo. Y pa matarme con un hombre cara a cara si
es que me farta.
Y herido en su arrogancia, miraba con aire de reto a Juanón y a los más
bravos, llevando preparada la navaja en un bolsillo de la chaqueta,
siempre a punto de caer sobre ellos, a la más leve provocación. Para
demostrar que no tenía miedo a una gente ansiosa por dar salida a los
antiguos rencores contra el vigilante de su trabajo, Rafael intentaba
justificar al amo.
--Fue una groma. Don Luis sortó el novillo por divertirse, sin hacer
daño a nadie. Lo demás jué una desgracia.
Y por altivez, no decía que era él quien había metido en la cuadra al
animal, librando a la pobre gitana de las astas que removían feroces sus
ropas. Y callaba igualmente su pelea con el amo, después de salvar a
Mari-Cruz; la franqueza con que le había censurado y el arrebato de don
Luis queriendo abofetearle, como si fuese un matón de su comitiva.
Rafael le había agarrado la mano con una de sus garras, zarandeándolo
como a un niño, al mismo tiempo que con la otra buscaba su navaja, con
ademán tan resuelto, que el _Chivo_ se detenía, a pesar de que el
señorito le llamaba a grandes voces para que matase a aquel hombre.
El mismo valentón, temiendo al aperador, había arreglado el asunto
declarando sentenciosamente que los tres eran igualmente valientes, y
que entre valientes no deben existir cuestiones. Y juntos habían bebido
la última copa, mientras la _Marquesita_ roncaba debajo de la mesa, y
las muchachas, aterradas por el susto, huían a la gañanía.
Cuando una semana después Rafael fue llamado por el señorito, emprendió
el camino de Jerez creyendo que ya no regresaría a Matanzuela. El
llamamiento sería para decirle que había buscado otro aperador... Pero
el loco Dupont le recibió con gesto alegre.
El día anterior había reñido definitivamente con su prima. Estaba harto
de sus caprichos y sus escándalos. Ahora sería hombre serio, para no dar
disgustos a Pablo, que era como su padre. Pensaba dedicarse a la
política; ser diputado. Otros de la tierra lo eran, sin otro mérito que
una fortuna y un nacimiento iguales a los suyos. Además, contaba con el
apoyo de los Padres de la Compañía, sus antiguos maestros, que no
dejarían de felicitarse al verle en el hotel de su primo hecho un hombre
serio, ocupándose en defender los sagrados intereses sociales.
Pero se cansó pronto de hablar en este tono y miró a su aperador con
cierta curiosidad.
--Rafael, ¿sabes que eres un valiente?...
Fue su única alusión a la escena de aquella noche. Después, como
arrepentido de dar tan en absoluto esto certificado de valor, añadió
modestamente:
--Yo, tú y el _Chivo_, somos los tres hombres más hombres de Jerez.
¡Cualquiera se nos pone delante!...
Rafael escuchábale impasible, con el gesto respetuoso de un buen
servidor. Lo único que le interesaba de todo aquello, era la seguridad
de continuar en Matanzuela.
El amo le pidió después noticias del cortijo. Su poderoso primo, que
todo lo sabía, al reñirle por aquella _juerga_, de la que se hablaba
mucho en Jerez (esto lo decía con cierto orgullo), le había mentado a
una gitana enferma del susto. ¿Qué era aquéllo? Y escuchó, con aire de
aburrimiento, las explicaciones de Rafael.
--Total, nada: ya sabemos cómo exageran los gitanos. Eso pasará. ¡Un
susto, por un novillo suelto!... ¡Si eso es una broma corriente!
Y enumeraba todas las comidas de campo, con gentes ricas, que habían
tenido como final esta broma ingeniosa. Luego, con gesto magnánimo, dio
órdenes a su aperador.
--Entrega a esa pobre gente lo que necesite. Págale a la muchacha el
jornal mientras esté enferma. Quiero que mi primo se convenza de que no
soy tan malo como cree y que también sé hacer la caridad cuando me toca.
Al salir Rafael de la casa del amo, espoleó su jaca, para hacer una
visita a Marchamalo antes de volver al cortijo, pero se vio detenido
frente al _Círculo Caballista_.
Los señoritos más ricos de Jerez abandonaban sus copas de vino para
salir a la calle, rodeando el caballo del aperador. Querían saber
detalladamente lo ocurrido en Matanzuela. ¡Aquel Luis era a veces tan
embustero relatando sus hazañas!... Y al contestar Rafael gravemente,
con pocas palabras, reían todos ellos, viendo confirmadas sus noticias.
El novillo suelto, persiguiendo a las jornaleras ebrias, hacía
prorrumpir en ruidosas carcajadas a una juventud que, bebiendo vino,
desbravando caballos y discutiendo mujeres, esperaba el momento de
heredar la riqueza y la tierra de todo Jerez... ¡Pero, qué buena sombra
tenía el tal Luis! ¡Y pensar que ellos no habían presenciado aquella
broma! Algunos recordaban con amargura que les había invitado a la
fiesta, y se lamentaban de la ausencia.
Uno de ellos preguntó si era cierto que una muchacha de la gañanía
estaba enferma del susto. Al decir Rafael que era una gitana, muchos
levantaron los hombros. ¡Una gitana! pronto se pondría buena. Otros, que
conocían a _Alcaparrón_ por sus truhanerías, rieron al saber que la
enferma era de su familia. Y todos, olvidando a la gitana, volvieron a
comentar la graciosa ocurrencia de Dupont el loco, acosando con nuevas
preguntas a Rafael, para saber qué hacía la _Marquesita_ mientras su
amante soltaba el novillo, y si ésta había corrido mucho.
Cuando Rafael no tuvo más que decir, todos se fueron adentro sin
saludarle. Satisfecha su curiosidad, despreciaban al gañán que les
había hecho abandonar sus mesas precipitadamente.
El aperador puso su jaca al galope, con el deseo de llegar cuanto antes
a Marchamalo. María de la Luz no le había visto en dos semanas y le
recibió con mal gesto. Hasta allí había llegado, agrandada por
comentarios, la noticia de lo ocurrido en Matanzuela.
El capataz movió su cabeza reprobando el suceso, y la hija,
aprovechándose de una ausencia del señor Fermín, increpó a su novio,
como si éste fuese el único responsable del escándalo del cortijo. ¡Ah,
_mardito_! ¡Por esto había estado tantos días sin presentarse en la
viña! El _señor_ tornaba a sus antiguas costumbres de mozo alegre;
convertía en una casa de vergüenzas aquel cortijo, con el que soñaba
ella como un nido de amores legítimos.
--Quita allá, sinvergüenzón. Por aquí no güervas: te conozco...
Y el pobre aperador casi rompió a llorar, herido por la injusticia de su
novia. ¡Tratarle así!... ¡después de la prueba a que le había sometido
el ebrio impudor de la _Marquesita_ y que él callaba por respeto a María
de la Luz!... Se excusaba hablando de su condición. Él no era más que un
criado, que había de cerrar los ojos ante muchas cosas, para conservar
su puesto. ¿Qué haría su padre, si el dueño de la viña fuese un señorito
como el suyo?...
Partió Rafael de Marchamalo, dejando a su novia menos iracunda, pero
llevaba en el pensamiento, como una aguda pesadumbre, la aspereza con
que le despidió María de la Luz. ¡Cristo, con el señorito! ¡Qué de
disgustos le proporcionaban sus diversiones!... Volvía lentamente hacia
Matanzuela, pensando en las caras hostiles de los gañanes, en aquella
muchacha que se moría rápidamente, mientras allá en la ciudad, los
desocupados hablaban de ella y de su susto con grandes risas.
Apenas echó pie a tierra, vio a _Alcaparrón_ que vagaba por los
alrededores del cortijo, con gestos de loco, como si la exuberancia de
su dolor no cupiera bajo los techos.
--Se muere, señó Rafaé. Lleva ya ocho días de paecer. La pobrecita no
puede tenderse, y está sentada día y noche con los brazos extendíos y
moviendo las manos así... así; como si buscase la salusita que se jué pa
siempre. ¡Ay, mi pobre Mari-Cruz! ¡Mi prima del arma!...
Y lanzaba estos gritos como si fuesen rugidos, con la expansión trágica
de la raza gitana que necesita espacio libre para sus dolores.
El aperador entró en la gañanía, y antes de llegar al montón de harapos
de la enferma, oyó el ruido de su respiración, un soplido doloroso de
fuelle descompuesto, que dilataba y contraía el mísero costillaje de su
pecho.
La asfixia le hacía abrir, con temblores de angustia, su andrajoso
corpiño, mostrando un pecho de muchacho tísico, de una blancura de papel
mascado, sin más señales del sexo que dos granos morenos hundidos entre
las costillas. Respiraba moviendo la cabeza a un lado y a otro, como si
pretendiese absorber todo el aire. En ciertos momentos sus ojos
agrandábanse con expresión de espanto, como si sintiera el contacto de
algo frió e invisible en las manos crispadas que tendía ante ella.
La tía _Alcaparrona_ mostraba menos confianza que al iniciarse la
enfermedad.
--¡Si echara la cosa maligna que lleva aentro!--exclamó mirando a
Rafael.
Y después de limpiar el sudor frío y viscoso de la cara de la enferma,
ofreciole la alcazarra de agua.
--¡Bebe, hija de mis entrañas! ¡Mi blanca paloma!...
Y la mísera paloma, herida de muerte, después de beber, asomaba su
lengua entre los labios violáceos, cual si quisiera prolongar la
sensación de frescura: una lengua seca, de rojo tostado, como una lonja
de carne asada.
A veces interrumpíase el estertor de su respiración con una tos seca,
lanzando espectoraciones estriadas de sangre. La vieja movía la cabeza.
Ella esperaba algo negro y monstruoso, una oleada putrefacta que, al
salir, se llevase todo el mal de la muchacha.
Una tarde la vieja prorrumpió en alaridos. La niña se moría; se ahogaba.
Ella, tan débil, que apenas podía mover las manos, retorcía su armazón
de huesos con la fuerza extraordinaria de la angustia, y tales eran sus
impulsos, que la tía apenas podía contenerla entre sus brazos.
Apoyándose en los talones se levantaba, doblándose como un arco, con el
pecho abombado y jadeante, el rostro crispado y azul.
--¡Jozé María!--gimió la vieja.--¡Que se muere!... ¡Que se me quea entre
las manos! ¡Hijo mío!
Y _Alcaparrón_, en vez de acudir al llamamiento de su madre, salió
corriendo como un loco. Había visto pasar a un hombre, una hora antes,
por el camino de Jerez con dirección al ventorro del Grajo.
Era él, el ser extraordinario del que todos los pobres hablaban con
respeto. De repente se sintió inflamado por esa fe que los pastores de
muchedumbres esparcen en torno de ellos, como una aureola de confianza.
Salvatierra, que estaba en el ventorro hablando con _Matacardillos_, su
doliente camarada, se hizo atrás, sorprendido por la impetuosa entrada
de _Alcaparrón_. El gitano miraba a todos lados con ojos de loco, y
acabó por arrojarse a sus pies, agarrándole las manos con suplicante
vehemencia.
--¡Don Fernando! ¡Su mercé lo puee too!... ¡Su mercé hase milagros, si
quiere! Mi prima... mi Mari-Crú... ¡que se muere, don Fernando, que se
muere!...
Y Salvatierra no se daba cuenta de cómo había salido del ventorro
remolcado por la mano febril de _Alcaparrón_ y cómo había llegado a
Matanzuela con una rapidez de ensueño, corriendo tras el gitano, que
tiraba de él, al mismo tiempo que le llamaba su Dios, convencido de que
haría el milagro.
El rebelde viose de pronto en la penumbra de la gañanía, y a la luz del
candil, sostenido por uno de los gitanillos, distinguió la boca dolorosa
y azulada de Mari-Cruz contraída por el supremo espasmo, sus ojos
agrandados por la negrura del dolor, con una expresión de angustia
infinita. Pegó su oído a la piel viscosa y húmeda de aquel pecho que
parecía próximo a romperse. El examen fue breve. Al incorporarse se
quitó el sombrero instintivamente, quedando de pie y descubierto ante la
pobre niña.
Nada había que hacer. Era la agonía, la lucha tenaz y horripilante, el
supremo dolor, que espera agazapado al final de toda existencia.
La vieja habló a Salvatierra de sus opiniones acerca de la enfermedad,
esperando que las aprobase. Era la sangre corrompida por el susto, que
no podía salir y la mataba.
Pero don Fernando movía la cabeza. Su afición a la medicina, sus
lecturas desordenadas pero extensas, durante los largos años de
reclusión, su continuo contacto con la desgracia, le bastaban para
reconocer la enfermedad a la primera ojeada. Era la tisis, rápida,
brutal, fulminante, esparciendo el tubérculo con la florescencia fecunda
de la plaga: la tisis en forma sofocante, la terrible granulia que
surgía a consecuencia de una fuerte emoción en este organismo pobre,
abierto a todas las enfermedades, ávido de incubarlas. Examinaba de
cabeza a pies aquel cuerpo descarnado, de una blancura enfermiza, en el
que los huesos parecían tener la fragilidad del papel.
Salvatierra preguntaba en voz baja por los padres. Adivinaba el remoto
arañazo del alcohol en esta agonía. La tía _Alcaparrona_ protestó.
--Su pobresito pare bebía como cualsiquiera, pero era un hombrón de
mucho aguante. Los amigos le llamaban de apodo _Damajuana_. ¿Pero verle
borracho?... nunca.
Salvatierra se sentó en un pedazo de tronco, siguiendo con mirada triste
el curso de la agonía. Lloraba la muerte de aquella criatura, que sólo
había visto una vez; mísero engendro del alcoholismo, que abandonaba el
mundo empujado por la bestialidad de una noche de borrachera.
El pobre ser debatíase entre los brazos de los suyos con los horrores de
la asfixia, tendiendo sus brazos hacia adelante.
Un velo parecía flotar ante sus ojos, empequeñeciendo las pupilas. Su
respiración tenía el burbujeo del hervor, como si en su garganta
tropezase el aire con el obstáculo de extrañas materias.
La vieja, no encontrando a mano otro remedio, la daba de beber y el agua
caía en el estómago ruidosamente, como en el fondo de una vasija:
chocaba en las paredes del esófago paralizado, haciéndolas sonar como si
fuesen de pergamino. El rostro perdía sus rasgos generales; se
ennegrecían las mejillas; aplastábanse las sienes; se adelgazaba la
nariz con frío afilamiento; la boca torcíase a un lado con una mueca
horrible.
Comenzaba a caer la noche y entraban en la gañanía los trabajadores y
las mujeres, agrupándose silenciosos a corta distancia de la moribunda,
con la cabeza baja, conteniendo sus sollozos.
Algunos salían al campo para ocultar su emoción, en la que había algo de
miedo. ¡Cristo! ¡Y así morían las personas! ¡Tanto costaba perder la
vida!... Y la certeza de que todos habían de pasar por el terrible
trance con sus contorsiones y estremecimientos, les hacía considerar
como tolerable y dichosa la vida de trabajo que venían arrastrando.
--¡Mari-Crú! ¡Palomica mía!--suspiraba la vieja.--¿Me ves? ¡Aquí estamos
toos!...
--¡Contesta, Mari-Crú!--suplicaba _Alcaparrón_, lloriqueando.--Soy tu
primo, tu José María...
Pero la gitana sólo contestaba con estertores roncos, sin abrir apenas
los ojos, mostrando por entre los párpados inmóviles las córneas de un
color de vidrio empañado. En uno de sus estremecimientos sacó de la
envoltura de harapos un pie descarnado y pequeño, completamente negro.
La falta de circulación aglomeraba la sangre en las extremidades. Las
orejas y las manos se ennegrecían igualmente.
La vieja prorrumpió en lamentos. ¡Lo que ella había dicho! ¡La _sangre
corrompía_; el maldito susto que no había querido salir y ahora, con la
muerte, se le esparcía por todo el cuerpo! Y se abalanzaba sobre la
agonizante, besándola con una avidez loca, como si la mordiese para
volverla a la vida.
--¡Se ha muerto, don Fernando! ¿No le ve su mersé? Se ha muerto...
Salvatierra hizo callar a la vieja. La moribunda ya no veía: su
respiración cavernosa era cada vez más pausada, pero el oído aún
conservaba su poder. Era la última resistencia de la sensibilidad ante
la muerte; prolongábase mientras el cuerpo iba cayendo en el abismo
negro de la inconsciencia. Sólo restaban en ella los últimos y
trabajosos estremecimientos de la vida vegetativa. Cesaron lentamente
las contorsiones, el hervor del mísero cuerpo: los párpados se abrieron
con el escalofrío final, mostrando las pupilas dilatadas con un reflejo
vidrioso y mate.
El rebelde cogió entre sus brazos aquel cuerpo ligero como el de un
niño, y apartando a los parientes, fue poco a poco acostándolo en el
montón de harapos.
Don Fernando temblaba: sus gafas azules empañábanse turbando la visión
de sus ojos. La fría impasibilidad que le había acompañado en los azares
de su vida, derretíase ante aquel pequeño cadáver, ligero como una
pluma, que acostaba en el lecho de su miseria. Tenía en su gesto y en
sus manos algo de sacerdotal, como si la muerte fuese la única
injusticia ante la que se prosternaba su cólera de rebelde.
Al ver los gitanos a Mari-Cruz, tendida e inmóvil, permanecieron largo
rato en silencioso estupor. En el fondo de la gañanía sonaban los
sollozos de las mujeres, el murmullo apresurado de un rezo.
Los _Alcaparrones_ contemplaban el cadáver a distancia, sin besarlo, ni
osar el más leve contacto con él, con el respeto supersticioso que la
muerte inspira a su raza. Pero la vieja, de pronto se llevó las
crispadas manos al rostro, arañándolo, hundiendo los dedos en su pelo
aceitoso, de una negrura que desafiaba a los años. Volaron en torno de
su cara los flácidos rabos de la cabellera y un aullido estridente hizo
temblar a todos.
--¡Aaay! ¡Que se ha muerto mi niña! ¡Mi palomica blanca! ¡Mi rosita de
Abril!...