estás más guapo. Si no fuese por darle un disgusto a María de la Luz,
cualquier día engañábamos a _éste_.
Pero _éste_, o sea Luis, reía de la desvergüenza de su prima, sin que le
molestase la muda comparación a que parecían entregados los ojos de
Lola, entre su cuerpo desmedrado de vividor alegre y la fuerte armazón
del aperador del cortijo.
El señorito pasó revista a su gente. Ninguno se había perdido en el
viaje; todos estaban: la _Moñotieso_, famosa cantaora, y su hermana; su
señor padre, un veterano del baile clásico que había hecho tronar bajo
sus tacones los tablados de todos los cafés cantantes de España; tres
protegidos de Luis, graves y cejijuntos, con la mano en la cadera y los
ojos entornados, como si no osaran mirarse por no infundirse espanto, y
un hombre carilleno, con sotobarba sacerdotal y unos tufos de pelo
pegados a las orejas, guardando bajo el brazo una guitarra.
--¡Ahí le tienes!--dijo el señorito a su aperador, señalándole al
guitarrista.--El señó Pacorro, alias el _Águila_, el primer tocador del
mundo. ¡El _Guerra_, matando toros, y mi amigo con la guitarra!... ¡el
disloque!
Y como el cortijero se quedase mirando a este ser extraordinario, cuyo
nombre no había oído jamás, el tocador se inclinó ceremoniosamente como
un hombre de mundo, experto en fórmulas sociales.
--Beso a uzté la mano...
Y sin añadir palabra se entró en el cortijo, siguiendo a la demás gente
que guiaba la _Marquesita_.
La mujer de _Zarandilla_ y Rafael, ayudados por aquella tropa,
arreglaron las habitaciones del amo. Dos quinqués humosos dieron luz a
la gran sala de enjalbegadas paredes, adornadas con algunos cromos de
santos. Los hombres de confianza de don Luis, doblando el espinazo con
cierta pereza, sacaron de espuertas y cajones todas las vituallas
traídas en el carruaje.
La mesa se llenó de botellas, que transparentaban la luz; unas de color
de avellana, otras de oro pálido. La vieja de _Zarandilla_ se entró en
la cocina, seguida de las demás mujeres, mientras el señorito preguntaba
al aperador por la gente de la gañanía.
Casi todos los hombres estaban fuera del cortijo. Como era sábado, los
jornaleros de la sierra se habían ido a sus pueblos. Sólo quedaban los
gitanos y las bandas de muchachas que bajaban a la escarda confiadas a
la vigilancia de sus manijeros.
El amo recibía con satisfacción estos informes. No le gustaba divertirse
teniendo a la vista a los jornaleros, gentes envidiosas, de corazón
duro, que rabiaban con la alegría ajena y andaban después propalando
los mayores embustes. Le placía estar a sus anchas en el cortijo. ¿No
era el amo?... Y saltando de un pensamiento a otro con su incoherente
ligereza, se encaró con los acompañantes. ¿Qué hacían sentados, sin
beber, sin hablar, como si estuviesen velando a un muerto?...
--Vamos a ver esas manitas de oro, maestro--dijo al tocador que, con la
guitarra sobre las rodillas y la mirada en alto, se entretenía haciendo
arpegios.
El maestro _Águila_, después de toser varias veces, comenzó un rasgueo,
interrumpido de vez en cuando por las escalas gimeantes de la cuerda
prima. Uno de los esbirros de don Luis destapó botellas y ordenó las
filas de cañas, ofreciendo estos tubos de cristal, llenos de líquido
dorado con una corona de burbujas. Las mujeres, atraídas por la
guitarra, llegaron corriendo de la cocina.
--¡Venga de ahí, _Moñotieso_!--gritó el señorito.
Y la cantaora rompió en una _soleá_, con una voz aguda y poderosa, que
después de hincharla el cuello como si éste fuera a reventarse, atronaba
la sala y ponía en conmoción a todo el cortijo.
El honorable padre de la _Moñotieso_, como hombre versado en sus
deberes, sin esperar invitaciones, sacó a su otra hija al centro de la
habitación y comenzó el baile con ella.
Rafael se alejó prudentemente, después de beber dos copas. No quería
estorbar la fiesta con su presencia. Además, deseaba revistar el
cortijo antes que adelantase la noche, temiendo que el amo quisiera
recorrerlo por un capricho de su embriaguez.
En el patio se tropezó con _Alcaparrón_, que atraído por el ruido de la
fiesta esperaba una coyuntura para introducirse en la sala con su
pegajosidad de parásito. El aperador le amenazó con varios palos si
seguía allí.
--Largo, granuja; esos señores no quieren ná con los gitanos.
_Alcaparrón_ se alejó con aire humilde, pero dispuesto a volver apenas
desapareciese el señor Rafael, el cual entrose en la cuadra para ver si
los caballos del amo estaban bien cuidados.
Cuando pasada una hora volvió el aperador al lugar de la fiesta, vio
sobre la mesa muchas botellas vacías.
La gente estaba lo mismo, como si el líquido se hubiera derramado en el
suelo: solamente el tocador rasgueaba con más fuerza y los demás batían
palmas con una agitación loca, gritando a un tiempo para jalear al viejo
bailarín. El respetable padre de las _Moñotieso_, abriendo la boca
desdentada y negra con femeniles gritos, movía sus caderas descarnadas,
hundiendo el vientre para hacer surgir con mayor relieve la parte
opuesta. Sus mismas hijas celebraban con grandes risotadas estos alardes
de una vejez envilecida.
--¡Olé, grasioso!...
El anciano seguía bailando como una caricatura femenil entre las
lúbricas excitaciones que le dirigía la _Marquesita_.
_¡San Patrisio!..._
_¡Que la puerta se sale del quisio!_
Y al cantar esto movíase de tal modo, que parecía próximo a hacer salir
de su quicio natural una parte de su dorso, mientras los hombres le
arrojaban los sombreros a los pies, entusiasmados por esta danza infame,
deshonra del sexo.
Cuando el bailador volvió a su silla, sudoroso y pidiendo una copa como
premio de su cansancio, se hizo un largo silencio.
--Aquí fartan mujeres...
Era el _Chivo_ el que hablaba, después de escupir por la comisura de los
labios, con la gravedad solemne de un valentón parco en palabras.
La _Marquesita_ protestó.
--¿Y nosotras qué somos, mamarracho?
--Sí; eso es: ¿qué somos nosotras?--añadieron como un eco las dos de
_Moñotieso_.
El _Chivo_ se dignó explicarse. Él no quería _fartar_ a las señoras
presentes; quería decir que la juerga, para que marchase bien,
necesitaba más mujerío.
El señorito se puso de pie con resolución. ¿Mujerío?... Él lo tenía; en
Matanzuela había de todo. Y empuñando una botella, dio orden a Rafael
para que le acompañase a la gañanía.
--Pero, señorito, ¿qué va a jacer su mercé?...
Luis obligó al aperador a que le guiase, a pesar de sus protestas, y
todos le siguieron.
Cuando la alegre banda entró en la gañanía, la vio casi desierta. La
noche era de primavera y los manijeros y el arreador estaban sentados en
el suelo, cerca de la puerta, viendo el campo que azuleaba silencioso
bajo la luz de la luna. Las mujeres dormitaban en los rincones, o
formando corrillos oían cuentos de brujas y milagros de santos con un
silencio religioso.
--¡El amo!--dijo el aperador al entrar.
--¡Arriba! ¡Arriba! ¿Quién quiere vino?--gritó alegremente el señorito.
Todos se pusieron de pie, sonriendo a la inesperada aparición.
Las muchachas contemplaban con asombro a la _Marquesita_ y sus dos
acompañantas, admirando sus pañolones floreados de la China, sus
relucientes peinados.
Los hombres se encogían modestamente ante el señorito, que les ofrecía
una copa, mientras sus ojos se iban tras la botella que tenía en las
manos. Después de hipócritas negativas, bebieron todos. Era vino de
ricos, del que ellos no conocían. ¡Oh! ¡aquel don Luis era todo un
hombre! Algo calavera; pero la juventud le servía de excusa y además
tenía un gran corazón. ¡Todos los amos que fuesen como él!...
--¿Pero, qué vino, compañero?--se decían unos a otros, enjugándose los
labios con el reverso de la mano.
La tía _Alcaparrona_ también bebió, y su hijo, que al fin había
conseguido agregarse al cortejo del amo, pasaba y repasaba ante éste,
enseñándole la dentadura caballar con la mejor de sus sonrisas.
Dupont peroraba tremolando en alto la botella. Venía para invitar a su
comilona a todas las muchachas de la gañanía, pero sólo a las guapas. Él
era así: llano y francote: ¡viva la democracia!...
Las muchachas, ruborosas en presencia del amo, a quien muchas de ellas
veían por primera vez, retrocedían mirando al suelo, con las manos
puestas ante la falda. Dupont las señalaba: ¡esta! ¡esta!... Y se fijó
también en Mari-Cruz, la prima de _Alcaparrón_.
--Tú, gitana, también. Eres feílla, pero tienes ángel y sabrás cantar.
--Como los serafines, señó--dijo el primo queriendo aprovechar el
parentesco para introducirse en la fiesta.
Las muchachas, repentinamente ariscas, como si les amagase algún
peligro, se hacían atrás, negándose a aceptar el convite. Ya habían
cenado, ¡muchas gracias! Pero poco después reían, cuchicheando
satisfechas, al ver el mal gesto que ponían ciertas compañeras al no ser
designadas por el amo o sus acompañantes. La tía _Alcaparrona_ las reñía
por su timidez:
--¿Por qué no queréis dir? Andad, payas, y si no tenéis gana de jartaros
de cosas buenas, tomad algo de lo que el señó os dé. ¡Pues, poquitas
veces que me orsequió a mí el señó marqués, el papá de este sol
resplandesiente que aquí está!
Y decía esto señalando a la _Marquesita_, que examinaba a algunas de
aquellas jóvenes, como si quisiera adivinar su hermosura debajo de las
ropas astrosas.
Los manijeros, conmovidos por el vino del amo, que no había hecho más
que despertar su sed, intervenían paternalmente con el pensamiento
puesto en otras botellas. Podían ir con don Luis sin miedo alguno: lo
decían ellos, que eran los encargados de cuidarlas y respondían de su
seguridad ante sus familias.
--Es un cabayero, muchachas, y además, vais a cenar con estas señoras.
Toos personas decentes.
La resistencia fue de corta duración, y, por fin, salió un grupo de
jóvenes escoltado por el amo y sus huéspedes.
Los que quedaron en la gañanía comenzaron a buscar por los rincones una
guitarra. ¡Buena se presentaba la noche! Al salir el amo, había dicho al
aperador que enviase a aquella gente todo el vino que pidiera. ¡Oh, qué
don Luis!...
La mujer de _Zarandilla_ puso la mesa, ayudada por las jóvenes serranas,
que habían adquirido cierto aplomo al verse en las habitaciones del
amo. Además, el señorito, con una franqueza que las enorgullecía,
haciéndolas subir a la cara oleadas de sangre, iba de una a otra con la
botella y la batea de cañas, obligándolas a que bebiesen. El padre de
las _Moñotieso_ las hacía enrojecer y prorrumpir en risotadas semejantes
a cocleos de gallinas, relatándolas al oído cuentos impúdicos.
Eran más de veinte para la cena, y apretados en torno de la mesa,
comenzaron a comer los platos que _Zarandilla_ y su mujer servían con
gran dificultad, pasándolos por encima de las cabezas.
Rafael se mantenía de pie junto a la puerta, no sabiendo si ausentarse o
hacerse visible, por respeto al amo.
--Siéntate, hombre--ordenó magnánimamente don Luis.--Te lo permito.
Y como la gente se estrechase aún más, para hacerle sitio, la
_Marquesita_ se levantó llamándole. ¡Allí, al lado de ella! El aperador,
al sentarse, creyó que se sumergía en las faldas y las susurrantes ropas
interiores de la hermosa, quedando como pegado a ella, en ardoroso
contacto con un lado de su cuerpo.
Los muchachas rechazaban con remilgos los primeros ofrecimientos del
señorito y sus compañeros. Gracias; ellas habían cenado. Además, no
estaban acostumbradas a las comidas fuertes de los señores, y podían
hacerlas daño.
Pero el olor de la carne, de la sagrada carne siempre vista de lejos y
de la que se hablaba en la gañanía como de un manjar de dioses, pareció
marearlas con una embriaguez más intensa que la del vino. Una tras otra,
fueron arrojándose sobre los platos, y perdido el primer escrúpulo,
comenzaron a devorar como si saliesen de larguísimos ayunos.
El señorito celebraba la voracidad con que se movían aquellas
mandíbulas, y sentía una satisfacción moral casi equivalente a la que
proporciona el bien. ¡Él era así! ¡le gustaba de vez en cuando alternar
con los pobres!
--¡Olé las mujeres de buen diente!... Ahora a beber para que no se os
atragante el bocado.
Las botellas se vaciaban, y las bocas de las muchachas, azuladas antes
por la anemia, mostrábanse rojas con el zumo de la carne, y brillantes
con las gotas de vino que se escurrían hasta las barbillas.
Mari-Cruz, la gitana, era la única que no comía. _Alcaparrón_ la hacía
señas rondando la mesa como un perro. ¡La pobre estaba siempre tan falta
de apetito!... Y con su habilidad de gitano, escamoteaba todo lo que con
disimulo le ofrecía Mari-Cruz. Después salía al patio unos instantes
para zampárselo de golpe, mientras la prima enfermiza bebía y bebía,
admirando el vino de los señores como lo más sorprendente de la fiesta.
Rafael apenas comió, trastornado por la vecindad de la _Marquesita_. Le
atormentaba el contacto de aquel cuerpo hermoso hecho para el amor; el
perfume incitante de la carne fresca purificada por una limpieza
desconocida en los campos. Ella, en cambio, parecía aspirar con
delectación por su naricilla sonrosada y palpitante, el vaho de macho
campesino, el olor de cuero, de sudor y de cuadra que se esparcía con
los movimientos del arrogante galán.
--Bebe, Rafael: anímate. ¡Mira a _mi hombre_ qué amartelado está con sus
serranas!
Y señalaba a Luis que, atraído por la novedad, se olvidaba de ella para
requebrar a sus vecinas; dos jornaleras que ofrecían el encanto de una
belleza rústica, mal lavada; dos beldades de cortijo en las que creía
aspirar el perfume acre de las dehesas, el vaho animal de los rebaños.
Era cerca de media noche cuando terminó la cena. El ambiente de la sala
se había caldeado y era sofocante.
El fuerte olor del vino derramado y de los platos sobrantes caídos en un
rincón, mezclábase con el hedor de petróleo de los quinqués.
Las muchachas, enrojecidas por la digestión, respiraban con dificultad y
se aflojaban los cuerpos de sus vestidos, desabrochándose el pecho.
Lejos de la vigilancia de los manijeros y trastornadas por el vino,
olvidaban sus remilgos de vírgenes silvestres. Se entregaban con
verdadera furia al goce de esta fiesta extraordinaria, que era como un
relámpago en su vida oscura y triste.
Una de ellas, por una copa derramada sobre su falda, irguiose amenazando
a otra con las uñas. Sentían en sus cuerpos la presión de brazos
varoniles y sonreían con cierta beatitud, como absolviéndose
anticipadamente de todos los contactos que pudieran sufrir en el dulce
abandono del bienestar. Las dos _Moñotieso_, ebrias y furiosas al ver
que los hombres sólo atendían a las _payas_, hablaban de desnudar a
_Alcaparrón_, para mantearle; y el muchacho, que había dormido vestido
toda su vida, escapaba, temblando por su gitana pudibundez.
La _Marquesita_ se arrimaba cada vez más a Rafael. Parecía que todo el
calor de su organismo se había concentrado en el lado que tocaba al
aperador, quedando el costado opuesto frío e insensible. El mocetón,
obligado a beber las copas que le ofrecía la señorita, sentíase ebrio,
pero con una embriaguez nerviosa que le hacía bajar la cabeza y fruncir
las cejas torvamente, deseando pelearse con cualquiera de los valientes
que acompañaban a don Luis.
El calor femenil de esta carne suave, que le acariciaba con su contacto
por debajo de la mesa, le irritaba como un peligro difícil de vencer.
Intentó levantarse varias veces, pretextando ocupaciones afuera, pero se
sintió agarrado por una manecita de nerviosa fuerza.
--Siéntate, ladrón; si te meneas, de un pellizco te arranco el alma.
Y tan borracha como los otros, apoyando su cabeza rubia en una mano, la
_Marquesita_ le contemplaba con los ojos entornados; unos ojos azules,
cándidos, que parecían no manchados jamás por la nube de un pensamiento
impuro.
Luis, entusiasmado por la admiración de las dos muchachas sentadas junto
a él, quiso mostrarse en toda su grandeza heroica, y repentinamente
arrojó una copa a la cara del _Chivo_, que estaba enfrente. La fiera del
presidio contrajo su carátula feroz e hizo un movimiento para
incorporarse, llevándose una mano al bolsillo interior de la chaqueta.
Hubo un silencio de angustia, pero el valentón, pasado el primer
movimiento, permaneció en su silla.
--Don Luis--dijo con una mueca de adulación.--Usté es el único hombre
que puede jaser eso. Usté es mi pare.
--¡Y porque soy más valiente que tú!--gritó con arrogancia el señorito.
--Eso--afirmó el matón con otra sonrisa aduladora.
El señorito paseó su mirada de triunfador sobre las aterradas jóvenes,
no acostumbradas a tales escenas. ¿Eh?... ¡Allí tenían a un hombre!
Las _Moñotieso_ y su padre, que por acompañar a todas partes a don Luis
como pupilos de su generosidod «se lo sabían de memoria», se
apresuraron a dar por terminada la escena, moviendo gran estrépito. ¡Olé
los hombres de _verdá_! ¡Más vino! ¡Más vino!
Y todos, hasta el terrible matón, bebieron a la salud del señorito,
mientras éste, como si le sofocase su propia grandeza, se despojaba de
la chaqueta y el chaleco y poniéndose de pie agarraba a sus dos
compañeras. ¿Qué hacían allí, apretados en torno de la mesa, mirándose
unos a otros? ¡Al patio! ¡A correr, a jugar, a seguir la juerga bajo la
luna, ya que la noche era de las buenas!...
Y todos salieron a la desbandada, empujándose, ansiando en la asfixia de
la embriaguez aspirar el aire libre del patio. Muchas, al abandonar la
silla andaban tambaleantes, apoyando la cabeza en el pecho de un hombre.
La guitarra del señor Pacorro sonó con triste quejido al chocar con el
quicio de la puerta, como si la salida fuese estrecha para el
instrumento y el _Águila_, que lo empuñaba.
Rafael fue a levantarse también, pero le contuvo otra vez la nerviosa
manecita.
--Tú aquí--ordenó la hija del marqués,--a hacerme compañía. Deja que se
divierta esa gentuza... ¡Pero no me huyas, mala sombra!: parece que te
doy miedo.
El aperador, al verse libre de la opresión de los vecinos, había hecho
retroceder su silla. Pero el cuerpo de la señorita le buscaba, se
apoyaba en él, sin que pudiera librarse de su dulce pesadumbre, por más
que echaba el pecho atrás.
Afuera, en el patio, sonaba la guitarra del señor Pacorro, y las
cantaoras, roncas por el vino, acompañábanla con gritos y palmas.
Pasaban corriendo las jornaleras por cerca de la puerta perseguidas por
los hombres, riendo con nerviosas carcajadas, como si las cosquillease
el aire de los que iban a sus alcances. Se adivinaban sus escondites en
la cuadra, en los graneros, en el horno, en todos los departamentos del
cortijo que comunicaban con el patio; y en estas piezas oscuras, los
encuentros, las risas sofocadas, los gritos de sorpresa.
Rafael, en su embriaguez, no tenía más que un pensamiento: librarse de
las audaces manos de la _Marquesita_, del peso de su cuerpo, de aquel
ambiente tentador, contra el cual se defendía torpemente, seguro de ser
vencido.
Callaba asombrado por lo extraordinario de la aventura, cohibido por su
respeto a las jerarquías sociales. ¡La hija del marqués de San Dionisio!
Esto es lo que le hacía permanecer en su asiento, defendiéndose con
debilidad de una hembra, a la que podía repeler con sólo el impulso de
una de sus manazas. Por fin, tuvo que hablar:
--¡Déjeme su mercé, señorita!... ¡Doña Lola... que no pué ser!
Viéndole ella encogerse con una pudibundez de doncella, prorrumpió en
insultos. ¡Ya no era el mozo arrogante de otros tiempos, cuando hacía el
contrabando y andaba por los colmados de Jerez con toda clase de
mujeres! La tal María de la Luz le tenía embrujado. ¡Una gran virtud,
que vivía en una viña, rodeada de hombres!...
Y continuó soltando infamias contra la novia de Rafael, sin que éste se
inmutase. El aperador deseaba verla así; sentíase de este modo más
fuerte para resistir a la tentación.
La _Marquesita_, completamente ebria, insistía en sus insultos con la
ferocidad de la mujer despreciada, pero sin separarse de él.
--¡Cobarde! ¿Es que no te gusto?...
_Zarandilla_ entró en la sala apresuradamente, como si quisiera hablar
al aperador, pero se detuvo. Afuera, junto a la puerta, sonaba la voz
del señorito con tono irritado. ¡Estando él allí no había más aperador,
ni más _gobierno_ del cortijo, que su persona!... ¡A obedecer,
cegato!...
Y el viejo volvió a salir con tanto apresuramiento como había entrado,
sin decir una palabra al aperador.
Rafael se irritó ante la terquedad de aquella mujer. ¡Si no fuese por su
miedo a que le indispusiera con el amo, haciéndole perder el puesto en
el cortijo, que era la esperanza de él y su novia!...
Ella seguía insultándolo, pero menos iracunda, como si la embriaguez la
privase de movimiento y su deseo no pudiera exteriorizarse más que con
palabras. Su cabeza resbalaba sobre el pecho de Rafael: inclinábase, con
los ojos entornados, aspirando aquel perfume hombruno, que parecía
adormecerla. Tenía su busto caído en las rodillas del campesino, y aun
le insultaba, como si encontrase en esto una extraña delectación.
--Me voy a quitar las enaguas pa que te las pongas... ¡bobalicón!...
Debían llamarte María, como a la sosa de tu novia...
En el patio resonó un alarido de terror, acompañado de brutales
carcajadas. Luego carreras ruidosas, choque de cuerpos contra las
paredes, todo el estrépito del peligro y el miedo.
Rafael se levantó de un salto, sin fijarse en la _Marquesita_, que rodó
por tierra. Tres muchachas entraron en el mismo instante, con tal
impulso, que derribaron varias sillas. Tenían la cara blanca, con una
palidez mortal; los ojos agrandados por el miedo; agachábanse como si
quisieran introducirse bajo la mesa.
El aperador salió al patio. En medio de él, una bestia daba resoplidos,
mirando a la luna, como si extrañase el verse en libertad.
Junto a sus patas, yacía extendido algo blanco, que apenas si marcaba un
pequeño bulto sobre el suelo.
De la sombra que proyectaban los tejados, a lo largo de las paredes,
salían carcajadas hombrunas y agudos chillidos de mujer. El señor
Pacorro, el _Águila_, continuaba inmóvil en un poyo, rasgueando su
guitarra con la serenidad de una borrachera grave, a prueba de toda
clase de sorpresas.
--¡La pobrecita Mari-Cruz--lloriqueó _Alcaparrón_.--¡La va a matá el
bicho! ¡La va a matá!...
El aperador lo comprendió todo... ¡Pero qué señorito tan gracioso! Para
dar una sorpresa a los amigos y reír con el susto de las mujeres, había
obligado a _Zarandilla_ a que soltase un novillo del establo. La gitana,
alcanzada por la bestia, habíase desmayado del susto... ¡Juerga
completa!
VI
--¡La pobrecita Mari-Cruz!--lloriqueó _Alicappón_--.
La gitana Mari-Cruz se moría. Lo anunciaba _Alcaparrón_ con sus
lloriqueos a todos los del cortijo, sin hacer caso de las protestas de
su madre.
--¡Qué sabes tú, bobo!... A otros, peor que ella, los sacó alante mi
comare...
Pero el gitano, despreciando la fe de la señora _Alcaparrona_ en la
sabiduría de su comadre, presentía la muerte de la prima con la
clarividencia del cariño. En el cortijo y en el campo, contaba a todos
el origen de la enfermedad.
--¡La mardita groma del señorito!... La pobresita siempre ha sido poca
cosa, siempre malucha, y el susto del novillo la ha acabao de matar.
¡Premita Dios!...
Y el respeto al rico, la sumisión tradicional al amo, cortaban en sus
labios la gitana maldición.
Aquel cuervo fatídico que, según él, llamaba a los buenos cuando faltaba
uno en el camposanto, debía estar ya despierto, alisándose con el pico
las negras alas y preparando el graznido para que compareciese su prima.
¡Ay, pobrecita Mari-Cruz! ¡La mejor de la familia!... Y para que la
muchacha no adivinase sus pensamientos, manteníase a distancia, viéndola
de lejos, sin osar aproximarse al rincón de la gañanía, donde estaba
tendida sobre un petate, cedido misericordiosamente por los jornaleros.
La seña _Alcaparrona_, viendo a su sobrina, dos días después de la
nocturna juerga, calenturienta y sin fuerzas para ir al campo, había
diagnosticado la enfermedad, con su práctica de decidora de buenaventura
y bruja curandera. Era el susto del novillo «que se le había quedao
_adrento_».
--La pobresita--decía la vieja--estaba en su... pues, en eso; y ya se
sabe que en tal caso los sustos son de cuidao. Es sangre corrompía que
se le ha subío al pecho y la ajoga. Por eso pide siempre de beber, como
si con un río no la bastase.