país. En los cortijos se veían máquinas agrícolas de los más recientes
modelos, y los periódicos, pagados por los ricos, deshacíanse en elogios
de las grandes iniciativas de sus protectores en pro del desarrollo
agrícola. Mentira, todo mentira. La tierra se cultivaba peor que en
tiempo de los moros. Los abonos no se conocían: se hablaba de ellos con
desprecio, como invenciones modernas, contrarias a las buenas
tradiciones. El cultivo intensivo de otros pueblos era considerado como
un ensueño. Se araba a estilo bíblico; dejábase a la tierra que
produjera a su capricho, compensando lo débil de la cosecha con la gran
extensión de las propiedades y lo irrisorio del jornal.
Únicamente se habían aceptado los adelantos del progreso mecánico, como
una arma de combate contra el enemigo, contra el trabajador. En los
cortijos no existía otro utensilio moderno que las trilladoras. Eran la
artillería gruesa de la gran propiedad. La trilla al sistema antiguo,
con sus manadas de yeguas rodando en la era, duraba meses enteros, y los
gañanes escogían esta época para pedir algún mejoramiento, amenazando
con la huelga, que dejaba las cosechos a la intemperie. La trilladora,
que realizaba en dos semanas el trabajo de dos meses, daba al amo la
seguridad de la recolección. Además, ahorraba brazos y equivalía a una
venganza contra la gente levantisca y descontenta, que acosaba a las
personas decentes con sus imposiciones. Y en el _Círculo Caballista_
hablaban los grandes propietarios de los adelantos del país y de sus
máquinas, que sólo servían para recoger y asegurar las cosechas, nunca
para sembrarlas y fomentarlas, presentando hipócritamente este ardid de
guerra como un progreso desinteresado.
La gran propiedad empobrecía el país, manteniéndolo anonadado bajo su
brutal pesadumbre. La ciudad era la urbe del tiempo romano, rodeada de
leguas y más leguas de terreno, sin un pueblo, sin una aldea; sin otras
aglomeraciones de vida que los cortijos, con sus siervos del jornal,
mercenarios de la miseria, que se veían reemplazados apenas los
debilitaba la vejez o la fatiga; más tristes que el antiguo esclavo, que
al menos veía seguros hasta su muerte el techo y el pan.
La vida se concentraba en la ciudad, como si la guerra asolase los
campos y sólo dentro de sus muros se considerase segura. El antiguo
latifundo enseñoreado del suelo, poblaba la campiña de hordas cuando lo
exigían las faenas. Al terminar éstas, un silencio de muerte caía sobre
las inmensas soledades, retirándose las bandos de jornaleros a los
pueblos de la sierra, para maldecir de lejos a la ciudad opresora. Otros
mendigan en ella, viendo de cerca la riqueza de los amos, sus
ostentaciones bárbaras que incubaban en las almas de los pobres un deseo
de exterminio.
Salvatierra detenía el paso para volver la vista atrás y contemplar la
ciudad, que destacaba su blanco caserío, la arboleda de sus jardines
sobre el cielo rosa y oro de la puesta del sol.
--¡Ah, Jerez! ¡Jerez!--dijo el rebelde.--¡Ciudad de millonarios, rodeada
de una horda inmensa de mendigos!... Lo extraño es cómo estás ahí, tan
blanca y tan bonita, riendo de todas las miserias, sin que te hayan
prendido fuego...
La campiña dependiente de la ciudad, que abarcaba casi una provincia,
era de ochenta propietarios. En el resto de Andalucía ocurría lo mismo.
Muchas familias de rancia nobleza habían guardado la propiedad feudal,
las grandes extensiones adquiridas por sus ascendientes, con sólo
galopar, lanza en ristre, matando moros. Otras grandes propiedades
habían sido formadas por los compradores de bienes nacionales, o los
agitadores políticos del campo, que se cobraban sus servicios en las
elecciones haciéndose regalar por el Estado los montes y los terrenos
públicos, sobre los cuales vivían pueblos enteros. En ciertos sitios de
la sierra encontrábanse poblaciones abandonadas, con las casas
desplomándose, como si por ellas hubiese pasado una epidemia. El
vecindario había huido lejos, en busca de la servidumbre del jornal,
viendo convertirse en dehesa de un rico influyente los terrenos públicos
que daban el pan a sus familias.
Y esta pesadumbre de la propiedad, desmesurada y bárbara, aun se hacía
tolerable en ciertos lugares de Andalucía, por estar lejos los amos, por
vivir en Madrid de las rentas que les enviaban aparceros y
administradores, contentándose con el producto de unos bienes que no
habían visto y que por su extensión rendían mucho de todas suertes.
Pero en Jerez, el rico estaba sobre el pobre a todas horas, para hacerle
sentir su influencia. Era un centauro rudo, orgulloso de su fuerza, que
buscaba el combate, se embriagaba en él y gozaba desafiando la cólera
del hambriento, para domeñarle como a los potros salvajes en el
herradero.
--El rico de aquí es más gañán que el trabajador--decía Salvatierra.--Su
animalidad gallarda e impulsiva hace aún más dolorosa la miseria.
La riqueza era más visible allí que en otras partes. Los cultivadores
del vino, los dueños de bodegas, los exportadores, con sus fortunas
extraordinarias y sus despilfarros ostentosos, amargaban la pobreza de
los desgraciados.
--Los que dan dos reales a un hombre por el trabajo de todo un
día--continuó el revolucionario--pagan hasta cincuenta mil reales por un
caballo de fama. Yo he visto las gañanías y he visto muchas cuadras de
Jerez, donde guardan esas bestias que no son de utilidad, y sólo sirven
para halagar el orgullo de sus amos. Créeme, Fermín: hay en esta tierra
miles de seres racionales, que al acostarse con los huesos doloridos en
la esterilla del cortijo, quisieran despertar transformados en caballos.
Él no aborrecía absolutamente las grandes propiedades. Eran una
facilidad para el comunismo de la tierra, ensueño generoso cuya
realización creía muchas veces próxima. Cuanto más reducido fuese el
número de los propietarios del suelo, más fácilmente se resolvería el
problema e interesarían menos los lamentos de los desposeídos.
Pero la solución estaba lejos, y mientras tanto, indignábanle la
creciente miseria, la abyección moral de los siervos de la tierra. Le
asombraba la ceguera de las gentes felices aferradas al pasado. Dando la
posesión del suelo en pequeñas partes a los trabajadores, como en otras
comarcas de España, retardarían por siglos la revolución en los campos.
El pequeño cultivador que ama su pedazo de suelo como una prolongación
de la familia, es áspero y hostil a toda innovación revolucionaria, más
aún que el verdadero rico. Toda idea nueva la considera un peligro para
su pobre bienestar y la repele ferozmente. Dando a aquellas gentes la
posesión del suelo, se retrasaría el momento de la suprema Justicia con
que soñaba Salvatierra; pero aunque así fuese, su alma de bienhechor
consolábase pensando en los alivios momentáneos de la miseria. Surgirían
pueblos en las soledades, desaparecerían aquellos cortijos aislados, con
su aspecto huraño de cuartel o de presidio, y las bestias volverían a
la sierra, dejando el llano para el sustento del hombre.
Pero Fermín, al escuchar a su maestro, movía la cabeza con signos
negativos.
--Todo seguirá lo mismo--dijo el joven.--A los ricos no les importa nada
el porvenir, ni creen necesaria ninguna precaución para retardarlo.
Tienen los ojos en el cogote, y si algo ven, es hacia atrás. Mientras
los gobernantes surjan de su clase y tengan a su servicio los fusiles
que pagamos todos, se ríen de las rebeldías de abajo. Además, conocen a
la gente.
--Eso que tú dices--repuso Salvatierra;--conocen a la gente y no la
temen.
El revolucionario pensaba en el _Maestrico_, en aquel muchacho que había
visto escribir trabajosamente a la luz del candil, en la gañanía de
Matanzuela. Tal vez aquella alma simple contemplaba mejor el porvenir al
través de su sencilla fe, que él con su indignación, que ansiaba
destruir inmediatamente todo lo malo. Lo primero era crear hombres
nuevos, antes de ir a la supresión del mundo caduco. Y pensando en la
muchedumbre miserable y sin voluntad, hablaba con cierta tristeza.
--En vano se han intentado revoluciones en esta tierra. El alma de
nuestras gentes es la misma que en tiempo de los señoríos. Guardan en lo
más hondo la resignación del siervo.
Aquella tierra era la del vino, y Salvatierra, con su frialdad de
sobrio, maldecía la influencia que ejercía sobre la gente el veneno
alcohólico, transmitiéndose de generación en generación. La bodega era
la moderna fortaleza feudal que mantenía a las masas en la servidumbre y
la abyección. Los entusiasmos, los crímenes, la alegría, los amores,
todo era producto del vino, como si aquel pueblo, que aprendía a beber
apenas soltaba el pecho de la madre y contaba las horas del día por el
número de copas, careciera de pasiones y de afectos, fuese incapaz de
moverse y sentir por propio impulso, necesitando para todos sus actos el
resorte de la bebida.
Salvatierra hablaba del vino como de un personaje invisible y
omnipotente, que intervenía en todas las acciones de aquellos autómatas,
soplando en su pensamiento, limitado y vivaracho como el de un pájaro;
empujándolos lo mismo al desaliento, que a la desordenada alegría.
Los hombres inteligentes que podían servir de pastores a los de abajo,
mostraban en su juventud aspiraciones generosas, pero apenas entraban en
edad eran víctimas de la epidemia de la tierra: se convertían en
_manzanilleros_ famosos, no logrando que funcionase su cerebro más que a
impulsos de la excitación alcohólica. En plena madurez mostrábanse
decrépitos, con las manos temblonas, casi paralíticos, los ojos
enrojecidos, la vista oscurecida y el pensamiento difuso, como si el
alcohol envolviese en nubes su cerebro. Y, víctimas alegres de esta
esclavitud, alababan aún el vino como el remedio más seguro para
fortalecer la vida.
El rebaño de la pobreza no podía gozar de este placer de los ricos; pero
lo envidiaba, soñando con la embriaguez como la mayor de las
felicidades. En sus momentos de cólera, de protesta, bastaba poner el
vino al alcance de sus manos para que todos sonriesen viendo dorada y
luminosa su miseria al través del vaso lleno de oro líquido.
--¡El vino!--exclamaba Salvatierra.--Ese es el mayor enemigo de este
país: mata las energías, crea engañosas esperanzas, acabo con la vida
prematuramente: todo lo destruye; hasta el amor.
Fermín sonreía escuchando a su maestro.
--¡No tanto, don Fernando!... Reconozco, sin embargo, que es uno de
nuestros males. Puede decirse que llevamos la afición en la sangre. Yo
mismo, confieso mi vicio: me gusta una copa ofrecida por los amigos...
Es la enfermedad de la tierra.
El revolucionario, arrastrado por el curso tumultuoso de sus
pensamientos, olvidaba el vino para arremeter contra otro enemigo: la
resignación ante la injusticia, la mansedumbre cristiana de los
desgraciados.
--Esa gente sufre y calla, Fermín, porque las enseñanzas que heredaron
de sus antecesores son más fuertes que sus cóleras. Pasan descalzos y
hambrientos ante la imagen de Cristo; les dicen que murió por ellos, y
el rebaño miserable no piensa en que han transcurrido siglos sin
cumplirse nada de lo que aquél prometió. Todavía las hembras, con el
femenil sentimentalismo que lo espera todo de lo sobrenatural, admiran
sus ojos que no ven, y aguardan una palabra de su boca, muda para
siempre por el más colosal de los fracasos. Hay que gritarles: «No
pidáis a los muertos: secad vuestras lágrimas para buscar en los vivos
el remedio de vuestros males».
Salvatierra se exaltaba, elevando su voz en el silencio del crepúsculo.
El sol se había ocultado, dejando sobre la ciudad una aureola de
incendio. Por la parte de la sierra destacábase en un cielo de color de
violeta la primera estrella anunciadora de la noche. El revolucionario
la miraba, como si fuese el astro que había de guiar hacia más amplios
horizontes la muchedumbre del llanto y del dolor; la estrella de la
Justicia, alumbrando pálida e indecisa la lenta partida de los rebeldes,
y agrandándose hasta convertirse en un sol, así como se aproximaban a
ella, escalando alturas, aplastando privilegios, derribando dioses.
Los grandes ensueños de la Poesía acudían a la memoria de Salvatierra y
hablaba de ellos a su acompañante con la voz trémula y sorda de un
profeta en plena visión.
Un estremecimiento de las entrañas de la tierra había conmovido un día
al mundo antiguo. Los árboles gimieron en los bosques, agitando sus
melenas de hojas, como plañideras desesperadas; un viento fúnebre rizó
los lagos y la superficie azul y luminosa del mar clásico que había
arrullado durante siglos en las playas griegas los diálogos de los
poetas y los filósofos. Un lamento de muerte rasgó el espacio, llegando
a los oídos de todos los hombres. «_¡El gran Pan ha muerto!..._» Las
sirenas se sumergieron para siempre en las glaucas profundidades, las
ninfas huyeron despavoridas a las entrañas de la tierra para no volver
jamás, y los templos, blancos, que cantaban como himnos de mármol la
alegría de la vida bajo el torrente de oro del sol, se entenebrecieron,
sumiéndose en el silencio augusto de las ruinas. «Cristo ha nacido»,
gritó la misma voz. Y el mundo fue ciego para todo lo exterior,
reconcentrando su vista en el alma; y aborreció la materia como pecado
vil, y oprimió los sentimientos más puros de la vida, haciendo de su
amputación una virtud.
El sol siguió brillando, pero pareció menos luminoso a la humanidad,
como si entre ella y el astro se interpusiera un velo fúnebre. La
naturaleza continuó su obra creadora, insensible a las locuras de los
hombres; pero éstos no amaron otras flores que las que transparentaban
la luz en las vidrieras de las ojivas, ni admiraron más árboles que las
palmeras de piedra que sostenían las bóvedas de las catedrales. Venus
ocultó sus desnudeces de mármol en las ruinas del incendio, esperando
renacer tras un sueño de siglos, bajo el arado del rústico. El tipo de
belleza fue la virgen infecunda y enferma, enflaquecida por el ayuno; la
religiosa, pálida y desmayada como el lirio que sostenían sus manos de
cera, con los ojos lacrimosos, agrandados por el éxtasis y el dolor de
ocultos cilicios.
El negro ensueño había durado siglos. Los hombres, renegando de la
naturaleza, habían buscado en la privación, en la vida torturada y
deforme, en la divinización del dolor, el remedio de sus males, la
fraternidad ansiada, creyendo que la esperanza del ciclo y la caridad en
la tierra bastarían para la felicidad de los cristianos.
Y he aquí que el mismo lamento que anunció la muerte del gran dios de la
Naturaleza, volvía a sonar como si reglamentase, con intervalos de
siglos, las grandes mutaciones de la vida humana. «¡Cristo ha muerto!...
¡Cristo ha muerto!»
--Sí; ha muerto hace tiempo--continuó el rebelde.--Todas las almas oyen
este grito misterioso en sus momentos de desesperación. En vano suenan
las campanas cada año anunciando que Cristo resucita... Resucita sólo
para los que viven de su herencia. Los que sienten hambre de justicia y
esperan miles de años la redención, saben que está bien muerto y que no
volverá, como no vuelven las frías y veleidosas divinidades griegas.
Los hombres, siguiéndole, no habían visto un horizonte nuevo: habían
caminado por senderos conocidos. Sólo cambiaban el exterior y el nombre
de las cosas. La humanidad contemplaba a la luz cenicienta de una
religión que maldice la vida, lo que antes había visto en la inocencia
de la infancia. El esclavo redimido por Cristo era ahora el asalariado
moderno, con su derecho a morir de hambre, sin el pan y el cántaro de
agua que su antecesor encontraba en el ergástula. Los mercaderes
arrojados del templo tenían asegurada la entrada en la gloria eterna y
eran los sostenes de toda virtud. Los privilegiados hablaban del reino
de los cielos como de un placer más que añadir a los que disfrutaban en
la tierra. Los pueblos cristianos se exterminaban, no por los caprichos
y los odios de sus pastores, sino por algo menos concreto, por el
prestigio de un trapo ondeante, cuyos colores les enloquecían. Se
mataban fríamente hombres que no se habían visto nunca, que dejaban a
sus espaldas un campo por cultivar y una familia abandonada; hermanos de
dolor en la cadena del trabajo, sin otras diferencias que la lengua y la
raza.
En las noches de invierno, la gran muchedumbre de la miseria pululaba en
las calles de las ciudades, sin pan y sin techo, como si estuviese en un
desierto. Los niños lloraban de frío, ocultando las manos bajo los
sobacos; las mujeres de voz aguardentosa se encogían como fieras en el
quicio de una puerta, para pasar la noche; los vagabundos sin pan,
miraban los balcones iluminados de los palacios o seguían el desfile de
las gentes felices que, envueltas en pieles, en el fondo de sus
carruajes, salían de las fiestas de la riqueza. Y una voz, tal vez la
misma, repetía en sus oídos, que zumbaban de debilidad: «No esperéis
nada. ¡Cristo ha muerto!»
El obrero sin trabajo, al volver a su frío tugurio, donde le aguardaban
los ojos interrogantes de la hembra enflaquecida, dejábase caer en el
suelo como una bestia fatigada, después de su carrera de todo un día
para aplacar el hambre de los suyos. «¡Pan, pan!» le decían los
pequeñuelos esperando encontrarlo bajo la blusa raída. Y el padre oía la
misma voz, como un lamento que borraba toda esperanza: «¡Cristo ha
muerto!»
Y el jornalero del campo que, mal alimentado con bazofia, sudaba bajo el
sol, sintiendo la proximidad de la asfixia, al detenerse un instante
para respirar en esta atmósfera de horno, se decía que era mentira la
fraternidad de los hombres predicada por Jesús, y falso aquel dios que
no había hecho ningún milagro, dejando los males del mundo lo mismo que
los encontró al llegar a él... Y el trabajador vestido con un uniforme,
obligado a matar en nombre de cosas que no conoce a otros hombres que
ningún daño le han hecho, al permanecer horas y horas en un foso,
rodeado de los horrores de la guerra moderna, peleando con un enemigo
invisible por la distancia, viendo caer destrozados miles de semejantes
bajo la granizada de acero y el estallido de las negras esferas, también
pensaba con estremecimientos de disimulado terror: «¡Cristo ha muerto,
Cristo ha muerto!»
Sí; bien muerto estaba. Su vida no había servido para aliviar uno solo
de los males que afligen a los humanos. En cambio, había causado a los
pobres un daño incalculable predicándoles la humildad, infiltrando en
sus espíritus la sumisión, la creencia del premio en un mundo mejor. El
envilecimiento de la limosna y la esperanza de justicia ultraterrena
habían conservado a los infelices en su miseria por miles de años. Los
que viven a la sombra de la injusticia, por mucho que adorasen al
Crucificado, no le agradecerían bastante sus oficios de guardián durante
diecinueve siglos.
Pero los infelices sacudían ya su atonía: el dios era un cadáver. No más
resignación. Ante el Cristo muerto había que aclamar el triunfo de la
Vida. El cadáver inmenso aun pesaba sobre la tierra, pero las
muchedumbres engañadas se agitaban ya, dispuestas a sepultarle. Por
todos lados se oían los vagidos del mundo nuevo que acababa de nacer. La
Poesía que profetizó vagamente la llegada de Cristo, anunciaba ahora la
aparición del gran Redentor, que no había de encerrarse en la debilidad
de un hombre, sino que encarnaría en la inmensa masa de los
desheredados, de los tristes, con el nombre de Rebelión.
Los hombres comenzaban de nuevo su marcha hacia la fraternidad, el ideal
de Cristo: pero abominando de la mansedumbre, despreciando la limosna
por envilecedora e inútil. A cada cual lo suyo, sin concesiones que
denigran, ni privilegios que despiertan el odio. La verdadera
fraternidad era la Justicia social.
Calló Salvatierra, y viendo que oscurecía, dio una vuelta, comenzando a
desandar el camino.
Jerez, como una gran mancha negra, recortaba las líneas de sus torres y
tejados sobre el último resplandor del crepúsculo, mientras abajo
perforaban su oscuridad las rojas estrellas del alumbrado.
Los dos hombres vieron marcarse sus sombras sobre la blanca superficie
del camino. La luna salía a sus espaldas, remontándose en el espacio.
Lejos aún de la ciudad, oyeron un ruidoso cascabeleo que hacía apartarse
a un lado a los carros que volvían de los cortijos, lentamente, con
sordo rechinar de ruedas.
Salvatierra y su discípulo, refugiándose en la cuneta, vieron pasar
cuatro briosos caballos con borlajes saltones y chillonas ristras de
cascabeles tirando de un coche lleno de gente. Cantaban, gritaban,
palmoteaban, llenando el camino con su alegría loca, esparciendo el
escándalo de la _juerga_ sobre las llanuras muertas que aun parecían
más tristes a la luz de la luna.
Pasó el carruaje como un rayo entre nubes de polvo, pero Fermín pudo
reconocer al que guiaba los caballos. Era Luis Dupont que, erguido en el
pescante, arreaba con la voz y el látigo a las cuatro bestias que
corrían desbocadas. Una mujer que iba junto a él, también gritaba
azuzando al ganado con una fiebre de velocidad loca. Era la
_Marquesita_. Montenegro creyó que le había reconocido, pues al
alejarse, agitó una mano entre la nube de polvo, gritándole algo que no
pudo oír.
--Esos van de juerga, don Fernando--dijo el joven cuando se restableció
el silencio en el camino.--Les parece estrecha la ciudad, y, como mañana
es domingo, querrán pasarlo en Matanzuela a sus anchas.
Salvatierra, al oír el nombre del cortijo, recordó a su camarada del
ventorro del Grajo, aquel enfermo que ansiaba su presencia como el mejor
remedio. No le había visto desde el día en que el temporal le obligó a
refugiarse en Matanzuela, pero le recordaba muchas veces, proponiéndose
repetir su visita en la próxima semana. Prolongaría uno de sus largos
paseos, llegando hasta aquella choza donde le esperaban como un
consuelo.
Fermín habló de los recientes amoríos de Luis con la _Marquesita_. Al
fin, la amistad les había conducido a un término, que los dos parecían
querer evitar. Ella ya no estaba con el tosco ganadero de cerdos. Volvía
a tirarle el señorío, según decía, y alardeaba impúdicamente de sus
nuevas relaciones, viviendo en casa de Dupont y entregándose los dos a
fiestas ruidosas. Les parecía su amor desabrido y monótono, si no lo
sazonaban con embriagueces y escándalos que alterasen la hipócrita calma
de la ciudad.
--Se han juntado dos locos--continuó Fermín.--Cualquier día se pelearán,
saliendo de una de sus juergas echando sangre; pero, mientras tanto, se
creen felices y exhiben su dicha con una desvergüenza admirable. Yo creo
que lo que más les divierte es la indignación de don Pablo y su familia.
Montenegro relató las últimas aventuras de estos enamorados, que
alarmaban a la ciudad. Jerez les parecía estrecho para su dicha y
corrían los cortijos y las poblaciones inmediatas, llegando hasta Cádiz,
seguidos del cortejo de cantadores y matones que acompañaba siempre a
Luis Dupont. Pocos días antes habían tenido en Sanlúcar de Barrameda una
fiesta estruendosa, al final de la cual, la _Marquesita_ y su amante,
embriagando a un camarero, le raparon la cabeza con unas tijeras. En el
_Círculo Caballista_, reían los señoritos al comentar las hazañas de
aquella pareja. ¡Pero qué buena sombra tenía Luis! ¡Qué gran mujer la
_Marquesita_!...
Y los dos amantes, en una continua borrachera, que apenas se desvanecía
era reforzada, como si temiesen perder la ilusión viéndose fríamente sin
la engañosa alegría del vino, iban de un lado a otro, cual un vendaval
de escándalo, entre los aplausos de la gente joven y la indignación de
las familias.
Salvatierra escuchaba a su discípulo con gesto irónico. Le interesaba
Luis Dupont. Era un buen ejemplar de aquella juventud ociosa, dueña de
todo el país.
Apenas habían llegado los dos paseantes a las primeras casas de Jerez,
cuando el carruaje de Dupont, rodando vertiginosamente a impulsos de las
briosas bestias, que corrían como locas, estaba ya en Matanzuela.
Los perros del cortijo ladraron furiosamente al oír el galope, cada vez
más cercano, acompañado de gritos, rasgueos de guitarra y canciones de
prolongado lamento.
--Ahí viene el amo--dijo _Zarandilla_.--Nadie pué ser más que él.
Y llamando al aperador, salieron los dos fuera del cortijo para ver
llegar, a la luz de la luna, el ruidoso carruaje.
Bajó del pescante de un salto la gentil _Marquesita_, y poco a poco
fueron disgregándose del amontonamiento de carne que llenaba el interior
todos los del séquito. El señorito abandonó las riendas a _Zarandilla_,
después de hacerle varias recomendaciones para que cuidase bien el
ganado.
Rafael avanzó quitándose el sombrero.