--Con franqueza, don Ramón, ¿en quién cree usted más? ¿en la vid
americana, o en las bendiciones que ese padre les echará a las cepas?...
Don Ramón miró fijamente al joven como si quisiera verse en sus pupilas.
--¡Muchachito! ¡muchachito!--dijo con tono severo.
Después giró la vista en torno con cierta alarma, y continuó en voz baja
como si las cepas pudiesen oírle:
--Tú ya me conoces: te trato con confianza porque eres incapaz de andar
con soplos y porque has visto mundo y te has desasnado en el extranjero.
¿A qué me vienes con preguntas? Ya sabes que callo y dejo rodar las
cosas. No tengo derecho a más. La casa Dupont es mi refugio: si saliese
de ella, tendría que volver con toda mi prole a la miseria desesperada
de Madrid. Estoy aquí como un vagabundo que encuentra posada y toma
buenamente lo que le dan, sin permitirse criticar a sus bienhechores.
El recuerdo del pasado, con sus ilusiones y sus alardes de
independencia, despertaba en él cierto rubor. Para tranquilizarse a sí
mismo quería explicar el cambio radical de su vida.
--Me retiré, Fermín, y no me arrepiento. Aún quedan muchos de los que
fueron mis compañeros de miserias y entusiasmos, que siguen fieles al
pasado con una consecuencia que es testarudez. Pero ellos han nacido
para héroes y yo no soy más que un hombre que considera el comer como la
primera función de la vida... Además, me cansé de escribir por la gloria
y las ideas, de sudar para los demás y vivir en perpetua pobreza. Un día
me dije que sólo se puede trabajar para ser grande hombre o para comer.
Y como estaba convencido de que el mundo no podía sentir la más leve
emoción por mi retirada, ni había llegado a enterarse de que existo,
recogí los bártulos que yo titulaba ideales, me decidí a comer, y
aprovechando ciertos bombos dados por mí en los periódicos a la casa
Dupont, me metí en ello para siempre, y no puedo quejarme.
Don Ramón creyó ver en los ojos de Fermín cierta repugnancia por el
cinismo con que se expresaba y se apresuró a añadir:
--Yo soy quien soy, muchacho. Si me rascan, aparecerá el de antes.
Créeme: el que muerde la fatal manzana de que hablan esos señores amigos
de nuestro principal, no se quita jamás el gusto de los labios. Se
cambia de envoltura para seguir viviendo, pero de alma ¡nunca! El que
duda una vez, y razona y critica, ese ya no cree jamás como los devotos
sinceros; cree porque se lo aconseja la razón, o porque se lo imponen
sus conveniencias. Por esto, cuando veas a uno, como yo, hablar de fe y
de creencias, di que miente porque le conviene, o que se engaña a sí
mismo para proporcionarse cierta tranquilidad... Fermín, hijo mío; el
pan no me lo gano dulcemente, sino a costa de bajezas de alma, que me
dan vergüenza. ¡Yo, que en _mis tiempos_ era de una altivez y una virtud
con púas de erizo!... Pero piensa que llevo a cuestas a mis hijas, que
quieren comer y vestir y todo lo demás que es necesario para atrapar a
un marido, y que mientras éste no se presente debo mantenerlas aunque
sea robando.
Don Ramón creyó ver de nuevo en su amigo un gesto de conmiseración.
--Despréciame cuanto quieras: los jóvenes no entendéis ciertas cosas;
podéis ser puros, sin que por esto sufran más que vuestras personas...
Además, muchacho; yo no estoy arrepentido de lo que llaman mi apostasía.
Soy un desengañado... ¿Sacrificarse por este pueblo? ¡Para lo que
vale!... He pasado media vida rabiando de hambre y esperando la _gorda_.
A ver, dime tú, ¿cuándo se ha levantado de veras este país? ¿Cuándo
hemos tenido una revolución?... La única de verdad fue el año 8, y si el
país se sublevó fue porque se le llevaban secuestrados unos cuantos
príncipes e infantes, que eran bobos de nacimiento y malvados por
instinto hereditario; y la bestia popular derramó su sangre para que
volviesen esos señores, que agradecieron tantos sacrificios enviando a
unos a presidio y a otros a la horca. ¡Famoso pueblo! Anda y sacrifícate
esperando algo de él... Después ya no se han visto revoluciones; todo
han sido pronunciamientos del ejército, motines por el medro o por
antagonismo personal, que si sirvieron de algo fue indirectamente, por
apoderarse de ellos las corrientes de opinión. Y como ahora los
generales ya no se sublevan, porque tienen todo lo que quieren, y cuidan
en lo alto de halagarles, aleccionados por la Historia, ¡se acabó la
revolución! Los que trabajan por ella sudan y se fatigan con tanto éxito
como si sacasen agua en espuertas... ¡Saludo a los héroes desde la
puerta de mi retiro!... pero no doy ni un paso para acompañarles. Yo no
pertenezco a su gloriosa clase; soy ave de corral tranquila y bien
cebada, y no me arrepiento de ello cuando veo a mi antiguo camarada
Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, vestido de invierno en el
verano, y de verano en invierno, comiendo pan y queso, con una celda
reservada en todos las cárceles de la Península y molestado a cada paso
por la vigilancia... Muy bonito; los periódicos publican el nombre del
héroe, tal vez la historia llegue a hablar de él, pero yo prefiero mi
mesa en el escritorio, mi sillón, que me hace pensar en los canónigos
reunidos en el coro, y la generosidad de don Pablo, que es espléndido
como un príncipe con los que saben llevarle el aire.
Fermín, molestado por el tono irónico con que aquel vencido, satisfecho
de su servidumbre, hablaba de Salvatierra, iba a contestarle, cuando en
lo alto de la explanada sonó la voz imperiosa de Dupont y las fuertes
palmadas del capataz llamando a su gente.
La campana lanzaba en el espacio el tercer toque. Iba a comenzar la
misa. Don Pablo, desde los peldaños de la capilla, abarcó en una mirada
a todo su rebaño y entró en ella con apresuramiento, pues quería
edificar a la gente ayudando la misa.
La muchedumbre de trabajadores llenó la capilla, permaneciendo todos de
pie, con un gesto hosco que hacía perder a Dupont, en ciertos momentos,
toda esperanza de que aquella gente agradeciese los cuidados que tenía
con sus almas.
Cerca del altar, sentadas en rojos sillones, estaban las señoras de la
familia, y detrás los parientes y los empleados. El ara estaba adornada
con hierbas del monte y flores del invernadero del hotel de los Dupont.
El acre perfume de los ramos silvestres, mezclábase con el olor de carne
fatigada y sudorosa que exhalaba el amontonamiento de los jornaleros.
De vez en cuando, María de la Luz abandonaba la cocina para correr a la
puerta de la iglesia y oír un _cachito de misa_. Empinándose sobre las
puntas de los pies, pasaba su vista por encima de todas las cabezas para
fijarse en Rafael, que estaba al lado del capataz, en las gradas que
conducían al altar, como una barrera entre el señorío y la pobre gente.
Luis Dupont, muy estirado, detrás del sillón de su tía, al ver a María
de la Luz la hizo varios gestos, llegando a amenazarla con la mano. ¡Ah,
maldito guasón! Siempre el mismo. Hasta el instante de la misa había
estado en la cocina importunándola con sus bromas, como si aún durasen
los juegos de la infancia. En algunos momentos había tenido que
amenazarle entre risueña y ofendida por tener las manos largas.
Pero María de la Luz no podía permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
La reclamaban las gentes de la cocina al no encontrar las cosas más
indispensables para sus guisos.
Avanzaba la misa. La señora viuda de Dupont enternecíase viendo la
humildad, la gracia cristiana con que su Pablo cambiaba de sitio el
misal o manejaba las vinajeras. ¡Un hombre que era el primer millonario
de su país, dando a los pobres este ejemplo de humildad para los
sacerdotes de Dios; sirviendo de acólito al padre Urizábal! Si todos los
ricos hiciesen lo mismo, de otro modo pensarían los trabajadores, que
sólo sienten odios y deseos de venganza. Y emocionada por la grandeza de
su hijo, bajaba los ojos suspirando, próxima a llorar.
Terminada la misa, llegó el momento de la gran ceremonia. Iban a ser
bendecidas las viñas para librarlas del peligro de la filoxera...
después de haberlas plantado de vid americana.
El señor Fermín salió apresuradamente de la capilla e hizo arrastrar
hasta la puerta varios serones que el día anterior habían traído de
Jerez. Estaban llenos de cirios, y el capataz fue distribuyéndolos entre
los viñadores.
Bajo la luz esplendorosa del sol comenzaron a brillar, como pinceladas
rojas y opacas, las llamas de la cera. Se formaron en dos filas los
jornaleros, y guiados por el señor Fermín, emprendieron una marcha
lenta, viña abajo.
Las señoras, agrupadas en la plazoleta, con todas sus criadas y María de
la Luz, contemplaban la salida de la procesión, el lento desfile de las
dos hileras de hombres, con la cabeza baja y el cirio en la mano, unos
con chaqueta de paño pardo, otros en cuerpo de camisa y un pañuelo rojo
al cuello, llevando todos su sombrero apoyado en el pecho.
El señor Fermín que iba a la cabeza de la procesión, estaba ya en mitad
de la cuesta, cuando apareció en la entrada de la capilla el grupo más
interesante; el padre Urizábal, con una capa de claveles rojos y dorados
deslumbrantes, y junto a él Dupont, empuñando su cirio como una espada,
mirando a todos lados imperiosamente, para que la ceremonia marchase
bien y no la desluciera el menor descuido.
Detrás, como un cortejo de honor, marchaban todos sus parientes y
empleados, con el gesto compungido. Luis era el que se mostraba más
grave. El se reía de todo, menos de las cosas de la religión, y esta
ceremonia le enternecía por su carácter extraordinario. Había recibido
una excelente enseñanza de los Padres de la Compañía. «Su fondo era
bueno», como decía don Pablo cuando le hablaban de las calaveradas de su
primo.
El padre Urizábal, abrió el libro que llevaba sobre el pecho, el _Ritual
Romano_, y comenzó a recitar la _Letanía de los Santos_, la Letanía
grande, como la titulan las gentes de la iglesia.
Dupont ordenó con el gesto a todos los que le rodeaban, que le siguiesen
fielmente en sus respuestas al sacerdote.
--_¡Sancte Michael!_...
--_Ora pro nobis_--contestó el amo con voz firme, mirando a sus
acompañantes.
Estos repitieron las mismas palabras, y el _Ora pro nobis_ se extendió
como un rugido, hasta la cabeza de la procesión, donde el señor Fermín,
parecía llevar el compás de tantas voces.
--_¡Sancte Raphael!_...
--_Ora pro nobis._
--_¡Omnes sancti Angeli et Archangeli!_...
Ahora, en vez de ser un santo el invocado, eran muchos, y Dupont erguía
su cabeza y gritaba más fuerte, para que todos se enterasen, no
cometiendo error en la respuesta.
--_Orate pro nobis._
Pero sólo los que rodeaban a don Pablo, podían seguir sus indicaciones.
El resto de la procesión avanzaba lentamente, saliendo de sus filas un
rugido cada vez más desgarrado con sonoridades burlescas y temblores
irónicos.
A las pocas frases de la letanía, los jornaleros, aburridos de la
ceremonia, con el cirio hacia abajo, contestaban automáticamente,
imitando unas veces el ruido del trueno y otras un chillido de vieja,
que hacía a muchos de ellos llevarse el sombrero a la cara.
--_¡Sancte Jacobe!_--cantaba el sacerdote.
--_¡Nooobis!_--rugían los viñadores, con burlescas inflexiones de voz,
sin perder la gravedad de sus caras atezadas.
--_¡Sancte Barnaba!_...
--_¡Obis! ¡obis!_--contestaban a lo lejos los jornaleros.
El señor Fermín, aburrido también de la ceremonia, fingía enfadarse.
--¡A ver! ¡que haya formaliá!--decía encarándose con los más
audaces.--Pero, condenaos, ¿no véis que el amo va a conosé que le tomáis
er pelo?...
Pero el amo no se daba cuenta de nada, cegado por la emoción. La vista
de las dos filas de hombres marchando entre las cepas y el canto
reposado del sacerdote, conmovían su alma. Las llamas de los cirios
temblaban sin color y sin luz como fuegos fatuos retrasados en su viaje
nocturno y sorprendidos por el día: la capa del jesuita brillaba bajo
el sol como el caparazón de un insecto enorme, blanco y dorado. La
sagrada ceremonia conmovía a Dupont hasta el punto de agolpar las
lágrimas a sus ojos.
--Muy hermoso, ¿verdad?--suspiró en una pausa de la letanía, sin ver a
los que le rodeaban, dejando caer al azar la expresión de su entusiasmo.
--¡Sublime!--se apresuró a murmurar el jefe del escritorio.
--¡Primo... de chipén!--añadió Luis.--Esto parece una cosa de teatro.
Dupont, a pesar de su emoción no se olvidaba de marcar las respuestas de
la letanía ni de atender al cuidado del sacerdote. Le tomaba del brazo
para guiarle en las desigualdades del terreno; evitaba que su capa
enganchase en los sarmientos sus bordados de realce.
--_¡Ab ira, et odio, et omni mala voluntate!..._--cantaba el sacerdote.
Había que variar la respuesta, y Dupont, con todos los suyos,
contestaba:
--_Libera nos, Domine._
Mientras tanto, el resto de la procesión seguía respondiendo, con
irónica tenacidad, su _Ora pro nobis_.
--_¡A spiritu fornicationis!_--dijo el padre Urizábal.
--_Libera nos, Domine_--contestaron compungidos Dupont y todos los que
entendieron esta súplica al Altísimo, mientras una mitad de la
procesión rugía desde lejos:
--_Nooobis... obis._
El capataz marchaba ahora cuesta arriba, guiando su gente hacia la
explanada.
Formáronse en grupos los viñadores, en torno del aljibe, que elevaba
sobre la replaza su gran aro de hierro, rematado por una cruz. Al llegar
arriba el sacerdote con su séquito, Dupont abandonó el cirio para
arrebatar al gañán encargado del cuidado de la capilla, el hisopo y el
caldero de agua bendita. Él serviría de sacristán a su sabio amigo. Le
temblaban las manos de emoción al apoderarse de los sagrados objetos.
El capataz, y muchos de los viñadores, adivinando que había llegado el
momento supremo de la ceremonia, abrían desmesuradamente los ojos
esperando ver algo extraordinario.
Mientras tanto, el sacerdote volvía las hojas de su libro, sin encontrar
la oración apropiada al caso. El Ritual era minucioso. La Iglesia se
parapetaba en todas las avenidas de la vida: oraciones para las mujeres
de parto, para el agua, para las luces, para las casas nuevas, para
barcos recién construidos, para la cama de los desposados, para los que
parten de viaje, para el pan, para los huevos, para toda clase de
comestibles. Por fin, encontró en el Ritual lo que buscaba: _Benedictio
super fruges et vineas._
Y Dupont sentía cierto orgullo al pensar que la Iglesia tenía su
oración en latín para las viñas, como si hubiese presentido a muchos
siglos de distancia que nacería en Jerez un siervo de Dios, gran
productor de vinos, que necesitaría de sus preces.
--_Adjutorium nostrum in nomine Domine_--dijo el sacerdote mirando a su
rico acólito con el rabillo del ojo, pronto a indicarle la respuesta.
--_Qui fecit coelum et terram_--contestó Dupont sin vacilar,
recordando las palabras cuidadosamente aprendidas.
Aún respondió a otras dos invocaciones del sacerdote, y éste fue leyendo
con lentitud el _Oremus_, pidiendo la protección de Dios para las viñas
y recomendándole que guardase sus uvas hasta la madurez.
--_Per Christum Dominum nostrum..._--terminó el jesuita.
--_Amen_--contestó Dupont con el rostro contraído, haciendo esfuerzos
para que no le saltasen las lágrimas.
El padre Urizábal empuñó el hisopo, humedeciéndolo en el calderillo y se
irguió como para dominar mejor la extensión de viñas que abarcaba su
vista desde la explanada.
--_Asperges..._--y musitando entre dientes el resto de la invocación,
echó delante de él una rociada en el espacio.
--_Asperges... Asperges..._--y dio hisopazos a derecha e izquierda.
Después, recogiéndose la capa y sonriendo a las señoras, con la
satisfacción del que da por terminado su trabajo, se dirigió a la
capilla seguido por el sacristán, portador otra vez del hisopo y el
caldero.
--¿Esto sa acabao?--preguntó flemáticamente al capataz, un viñador
viejo, de rostro grave.
--Sí: sa acabao.
--De modo, ¿que ya no tiene más que icir el pare cura?...
--Creo que no.
--Güeno... ¿Y podemos dirnos?
El señor Fermín, después de hablar con don Pablo, volvió hacia los
grupos de trabajadores, dando palmadas. ¡A volar! La fiesta había
terminado para ellos. Podían ir a la otra _misa_, a ver a sus mujeres;
pero a la noche todos en la viña para continuar el trabajo de buena
mañana.
--Llevaos las velas--añadió.--El señor os las regala para que vuestras
familias las guarden como recuerdo.
Los trabajadores comenzaron a desfilar ante Dupont, con sus cirios
apagados.
--Muchas gracias--decían algunos, llevándose la mano al sombrero.
Y el tono de su voz era tal, que no sabían los que rodeaban a Dupont si
éste llegaría a ofenderse.
Pero don Pablo aún estaba bajo la presión de sus emociones. Dentro de la
torre terminaban los preparativos del banquete, pero él no podría
comer. ¡Qué día, amigos! ¡Qué espectáculo sublime! Y mirando los
centenares de trabajadores que iban viña abajo, daba salida libre a sus
entusiasmos.
Allí acababa de verse una imagen de lo que debía ser la sociedad. Los
amos y los criados, los ricos y los pobres unidos todos en Dios,
amándose con fraternidad cristiana, conservando cada cual su jerarquía y
la parte de bienestar que el Señor hubiera querido concederles.
Los viñadores caminaban apresuradamente. Algunos corrían para
adelantarse a sus compañeros, llegando cuanto antes a la ciudad. Desde
la noche anterior que les esperaban en Jerez. Habían pasado la semana
pensando en el sábado, en la vuelta a casa, para sentir el calor de la
familia, después de seis días de amontonamiento.
Era el único consuelo del pobre, el triste descanso de una semana de
fatigas, y les habían robado una noche y una mañana. Sólo les quedaban
unas cuantas horas: así que anocheciese tenían que estar de vuelta en
Marchamalo.
Al salir de las tierras de Dupont y verse en la carretera, los hombres
rompieron a hablar. Detuviéronse un instante para fijar su vista en lo
alto de la colina, donde se destacaban las figuras de don Pablo y sus
empleados, empequeñecidas por la distancia.
Los viñadores más jóvenes miraban con desprecio el cirio regalado, y
apoyándolo cerca del vientre, lo movían con cinismo, apuntando a lo
alto.
--¡Pa ti!... ¡pa ti!...
Los viejos prorrumpían en amenazas sordas.
--¡Mala puñalá te den, beato roío! ¡Anda a que te... zurzan, ladrón!...
Y Dupont, desde lo alto, abarcaba en una mirada lacrimosa sus campos,
sus centenares de trabajadores que se detenían en el camino sin duda
para saludarle, y participaba su emoción a los allegados.
¡Un gran día, amigos míos! ¡Un espectáculo conmovedor! El mundo, para
marchar bien, debía organizarse con arreglo a las sanas tradiciones...
Lo mismo que su casa.
V
Un sábado por la tarde, Fermín Montenegro, al salir del escritorio
encontró a don Fernando Salvatierra.
El maestro dirigíase a las afueras de la ciudad para dar un largo paseo.
Trabajaba gran parte del día en traducciones del inglés o escribiendo
artículos para los periódicos de la _idea_; una faena que le producía lo
necesario para el pan y el queso, permitiéndole además auxiliar al
_compañero_ que le alojaba en su casucha y a otros _compañeros_ no menos
pobres que le asediaban con frecuencia, demandándole apoyo en nombre de
la solidaridad.
Su único placer, después del trabajo, era el paseo; pero un paseo de
horas, casi un viaje, hasta bien cerrada la noche, apareciendo
inesperadamente en cortijos situados a varias leguas de la ciudad.
Los amigos huían de acompañar en sus excursiones a aquel andarín ágil,
de piernas incansables, que proclamaba la marcha como el más eficaz de
los remedios, y hablaba de Kant, presentando como un ejemplo los paseos
de cuatro horas que daba el filósofo todos los días, llegando sano a una
extrema vejez gracias a este apacible ejercicio.
Salvatierra, al saber que Fermín no tenía ninguna ocupación inmediata,
le invitó a acompañarle. Iba hacia los llanos de Caulina. Le gustaba más
el camino de Marchamalo y estaba seguro de que su viejo camarada, el
capataz, le recibiría con los brazos abiertos; pero no ignoraba los
sentimientos de Dupont hacia él y quería evitarle un disgusto.
--Tú mismo, muchacho--continuó don Fernando,--te expones a un sermón, si
Dupont sabe que paseas conmigo.
Fermín hizo un movimiento de hombros. Estaba acostumbrado a los enfados
de su principal y a las pocas horas de escucharle ya no se acordaba de
sus palabras. Además, hacía tiempo que no había hablado con don Fernando
y le placía pasear con él en este suave atardecer de primavera.
Los dos salieron de la ciudad, y después de seguir las cercas de las
pequeñas viñas con sus casitas de recreo entre grupos de árboles, vieron
extenderse ante sus ojos las planicies de Caulina como una estepa verde.
Ni un árbol, ni un edificio. La llanura esparcíase hasta las montañas
que, esfumadas por la distancia, cerraban el horizonte; inculta,
salvaje, con la solemnidad monótona de la tierra abandonada.
Los hierbajos cubrían el suelo en apretadas marañas, matizando la
primavera su verde oscuro con el blanco y el rojo de las flores
silvestres. Las piteras y chumberas, plantas rudas y antipáticas de los
países abandonados, amontonaban en los bordes del camino una vegetación
puntiaguda y agresiva. Sus vástagos rectos y cimbreantes, con un pompón
de blancas cazoletas, sustituían a los árboles en aquella inmensidad
horizontal y monótona no cortada por ondulación alguna. Esparcidos a
largas distancias, apenas si se destacaban como negras verrugas los
chozones y ranchos de los pastores, hechos de ramaje y tan bajos de
techumbre que parecían viviendas de reptiles. Aleteaban las palomas
torcaces en el cielo alegre de la tarde. Las nubes se contorneaban con
un ribete de oro, reflejando el sol poniente.
Unos alambres interminables iban de poste en poste, casi a ras de
tierra, marcando los límites de la llanura, repartida en proporciones
gigantescas. Y en estos cercados de término indefinido, que no podían
abarcarse con los ojos, movíanse los toros con paso tardo, o permanecían
inmóviles en el suelo, empequeñecidos por la distancia, como caídos de
una caja de juguetes. El cencerro de los cabestros hacía palpitar con
lejana ondulación el silencio de la tarde, dando una nueva nota
melancólica al paisaje muerto.
--Mira, Fermín--dijo Salvatierra irónicamente.--_¡Andalucía la alegre!_
¡Andalucía la fértil!...
Millares de hombres sufrían el tormento del hambre, víctimas del jornal,
por no tener campos que cultivar; y la tierra reservábase para las
bestias, en los alrededores de una ciudad civilizada. Pero no era el
buey pacífico que fabrica carne para el sustento del hombre, el animal
dominador de aquella llanura, sino el toro bravo que había de lidiarse
en los circos y cuya fiereza cultivaba el ganadero, esforzándose por
acrecentarla.
En la inmensa planicie, cabían holgadamente cuatro pueblos y podían
alimentarse centenares de familias; pero la tierra era de los animales,
cuyo salvajismo mantenía el hombre para solaz de los desocupados, dando
a su industria un carácter patriótico.
--Hay gentes visionarias--continuó Salvatierra--que sueñan con traer a
estas llanuras el agua que se pierde en las montañas y establecer en
tierras propias a toda la horda de desesperados que engañan el hambre
con el gazpacho de la gañanía. ¡Y esperan hacer esto dentro de la
organización existente! ¡Y aun muchos de ellos me llaman iluso!... El
rico tiene sus cortijos y sus viñas y necesita del hambre, que es su
aliada, para que le proporcione los esclavos del jornal. El ganadero,
por su parte, necesita mucha tierra inculta para criar sus fieras, que
la pagan no por su carne, sino en razón de su salvajismo. Y los
poderosos que poseen el dinero, tienen interés en que todo continúe lo
mismo, y así seguirá.