poco me pone en revolución toda la gañanía. «Que si esto va mal; que si
los pobres necesitan vivir», y ecétera. No, esto no está muy bien
arreglao que digamos, pero lo que importa en el mundo es quererse y
tener ganas de trabajar. Cuando nos najemos al cortijo no tendremos más
que las tres pesetas, el pan y lo que caiga. El oficio de aperador no da
pa mucho. Pero ya verás qué ricamente lo pasamos a pesar de cuanto dice
en sus sermones y soflamas el señor de Salvatierra... Pero que no sepa
el padrino lo que yo digo de su camará, pues tocarle a don Fernando es
peor que si yo te fartase a ti, pongo por caso.
Rafael hablaba de su padrino con veneración y miedo al mismo tiempo. El
viejo conocía sus amores, pero no hablaba nunca de ellos al muchacho y a
su hija. Los toleraba silencioso, con su gesto grave de padre a uso
latino, seguro de su autoridad, convencido de que le bastaba un solo
ademán para desbaratar todas las esperanzas de los enamorados. Rafael no
osaba proponerle el casamiento, y María de la Luz, cuando el novio,
echándolas de valiente, quería hablar a su padrino, le disuadía con
cierto miedo.
Nada perdían esperando: sus padres también habían pelado la pava muchos
años. La gente honrada no se casa con precipitación. El silencio del
señor Fermín era de asentimiento: esperarían, pues. Y Rafael,
escondiéndose del padrino para galantear a su hija, aguardaba
pacientemente a que un día se plantase el viejo delante de él,
diciéndole con su campechana rudeza: «¿Pero qué esperas para llevártela,
bobalicón? Carga con ella y que de salú te sirva».
Comenzaba a amanecer. Rafael veía más claramente la cara de su novia al
través de la reja. La luz difusa del alba, daba un tono azulado a su tez
morena; hacía brillar con reflejos de nácar la blancura de sus córneas y
marcaba con huella profunda la sombra de sus ojeras. Por la parte de
Jerez abríase el cielo con un desgarrón de luz violácea, que iba
extendiéndose, y borrando en su seno las estrellas. De la bruma de la
noche surgía a lo lejos la ciudad, con la apiñada arboleda del Tempul y
las aglomeraciones de blanco caserío, en las que palpitaban los últimos
faroles de gas como estrellas agonizantes. Soplaba una brisa helada: la
tierra y las plantas parecían sudar al contacto de la luz. Un pájaro
salió aleteando de las chumberas, con agudo silbido, que hizo estremecer
a la joven.
--Anda, Rafaé--dijo ella con la precipitación del miedo;--márchate en
seguía. Amanece, y mi padre se levanta pronto. Además, no tardarán en
salir los viñadores. ¿Qué dirían si nos viesen a estas horas?...
Pero Rafael se resistía a irse. ¡Tan pronto! ¡Después de una noche tan
dulce!...
La muchacha se impacientaba. ¿Para qué hacerla sufrir, si se verían
pronto? No tenía más que bajar al ventorrillo y subir a caballo apenas
se abriesen las puertas de la casa.
--No me voy: no me voy--decía él con voz suplicante y un fulgor de
pasión en los ojos.--No me voy... ¿Y sí quieres que me vaya?...
Se pegó más a la reja, murmurando con timidez la condición que exigía
para irse. María de la Luz se hizo atrás con un gesto de protesta, como
si temiese el avance de aquella boca, que suplicaba entre los hierros.
--¡No me quieres!--exclamó.--¡Si me quisieras, no me pedirías esas
cosas!
Y ocultó su cabeza entre las manos, como si fuese a llorar. Rafael metió
un brazo por los hierros y de un suave tirón separó los dedos
entrecruzados que le ocultaban los ojos de su novia.
--¡Pero si ha sido una broma, niña!... Perdóname, soy muy bruto. Pégame:
dame una bofetada, que bien lo merezco.
María de la Luz, con el rostro ligeramente arrebolado por el restregón
de sus manos, sonreía vencida por la humildad con que el novio imploraba
su perdón.
--Te perdono, pero márchate en seguía. ¡Mira que van a salir!... Sí, ¡te
perdono! ¡te perdono! No seas pelma. ¡Vete!
--Pues pa que vea que me perdonas de veras, dame una bofetada. ¡O me la
das o no me voy!
--¡Una bofetada!... ¡Bueno estás tú! Ya sé lo que quieres, ladrón: toma
y vete en seguía.
Sacó por entre los hierros, echando atrás el cuerpo, una mano de suave
almohadillado y graciosos hoyuelos. Rafael la cogió para acariciarla con
arrobamiento. Después besó las uñas sonrosadas, chupó las yemas de sus
dedos finos con una delectación que hizo agitarse a María de la Luz con
nerviosas contorsiones detrás de la reja.
--¡Déjame, mala persona!... ¡Que chillo, asesino!...
Y librándose de un tirón de estas caricias que le estremecían con
intenso cosquilleo, cerró la ventana de golpe. Rafael permaneció inmóvil
largo rato, alejándose al fin, cuando dejó de percibir en sus labios la
impresión de la mano de María de la Luz.
Transcurrió aún mucho tiempo antes de que los habitantes de Marchamalo
diesen señales de vida. Los mastines ladraron dando saltos, cuando el
capataz abrió la puerta de la casa de los lagares. Después, con caras de
malhumor, fueron saliendo a la explanada los viñadores, obligados a
permanecer en Marchamalo para asistir a la fiesta.
El cielo se azuleaba sin la más leve mancha de nubes. En el límite del
horizonte una faja de escarlata anunciaba la salida del sol.
--¡Buen día nos dé Dios, cabayeros!--dijo el capataz a los jornaleros.
Pero estos torcían el gesto o levantaban los hombros, como presos a los
que nada importa la placidez del tiempo fuera de su encierro.
Rafael se presentó a caballo, subiendo a galope la cuesta de la viña,
como si llegase del cortijo.
--Mucho madrugas, chaval--dijo el padrino con sorna.--Se conoce que no
te dejan dormir las cosas de Marchamalo.
El aperador rondó por cerca de la puerta sin ver a María de la Luz.
Bien entrada la mañana, el señor Fermín, que vigilaba la carretera desde
lo alto de la viña, vio al final de la cinta blanca que cortaba el llano
una gran nube de polvo, marcándose en su seno las manchas negras de
varios carruajes.
--¡Ya están ahí, muchachos!--gritó a los viñadores.--El amo llega. A ver
si lo recibís como lo que sois; como personas decentes.
Y los braceros, siguiendo las indicaciones del capataz, se formaron en
dos filas a ambos lados del camino.
La gran cochera de Dupont se había vaciado en honor de la festividad.
Todos los troncos de caballos y mulas, así como los corceles de silla
del millonario, habían salido de las grandes cuadras que tenía adosadas
a la bodega; y con ellos, los brillantes arreos y los vehículos de todas
clases que compraba en España o encargaba a Inglaterra, con su
prodigalidad de rico, imposibilitado de poder demostrar de otro modo su
opulencia.
Descendió don Pablo, de un gran landó, dando su mano a un sacerdote
grueso, de cara sonrosada, con hábitos de seda que relucían al sol.
Luego que se convenció de que el acompañante había descendido sin
ningún contratiempo, atendió a su madre y a su esposa, que bajaron del
carruaje vestidas de negro, con la mantilla sobre los ojos.
Los viñadores, rígidos en su doble fila, se quitaron los sombreros
saludando al amo. Dupont sonrió satisfecho, y el sacerdote hizo lo
mismo, abarcando en una mirada de protectora conmiseración a los
jornaleros.
--Muy bien--dijo al oído de don Pablo con acento adulador.--Parecen
buena gente. Ya se conoce que sirven a un señor cristiano que les
edifica con buenos ejemplos.
Iban llegando los otros carruajes, con ruidoso cascabeleo y polvoriento
patear de las bestias en la cuesta de Marchamalo. La explanada se
llenaba de gente. Formaban la comitiva de Dupont todos sus parientes y
empleados. Hasta su primo Luis, que tenía cara de sueño, había
abandonado al amanecer la respetable compañía de sus amigotes, para
asistir a la fiesta y agradar con esto a don Pablo, cuya protección
necesitaba en aquellos días.
El dueño de Matanzuela, al ver a María de la Luz bajo las arcadas, fue a
su encuentro, confundiéndose con el cocinero de los Dupont y un grupo de
criados que acababan de llegar cargados de vituallas, y pedían a la hija
del capataz que los guiase a la cocina de los señores, para preparar el
banquete.
Fermín Montenegro descendió de otro coche con don Ramón, el jefe del
escritorio, y los dos se alejaron a un extremo de la explanada, como si
huyesen del autoritario Dupont, que en medio del gentío daba órdenes
para la fiesta y se enfurecía al notar ciertas omisiones en los
preparativos.
La campana de la capilla comenzó a voltear en su espadaña, dando el
primer toque para la misa. Nadie había de llegar de fuera de la viña,
pero don Pablo deseaba que sonasen los tres toques y que fueran largos,
hasta que no pudiese más el gañán que tiraba de la cuerda. Le alegraba
este estrépito metálico: creía que era la voz de Dios extendiéndose
sobre sus campos, protegiéndolos como tenía el deber de hacerlo, por ser
su amo un buen creyente.
Mientras tanto, el sacerdote, que había llegado con don Pablo, parecía
huir también de las voces y ademanes descompuestos con que éste
acompañaba sus órdenes, y agarraba suavemente al señor Fermín,
ponderando el hermoso espectáculo que ofrecían las viñas.
--¡Cuan grande es la providencia de Dios! ¡Y qué cosas tan hermosas
crea! ¿No es cierto, buen amigo?...
El capataz conocía al sacerdote. Era el apasionamiento más reciente de
don Pablo, su último entusiasmo; un padre jesuita del que se hacía
lenguas, por el acierto con que trataba en sus conferencias para hombres
solos la llamada cuestión social, un embrollo para los impíos, que no
atinaban con la solución y que el sacerdote resolvía en un periquete
valiéndose de la caridad cristiana.
Dupont era veleidoso y tornadizo como un amante en sus apasionamientos
por las gentes de la Iglesia. Una temporada adoraba a los Padres de la
Compañía y no encontraba misa buena ni sermón aceptable, si no era en su
iglesia: pero de pronto se cansaba de la sotana, le seducía el hábito
con capucha, según sus colores, y abría su caja y las puertas de su
hotel a los Carmelitas, a los Franciscanos o a los Dominicos
establecidos en Jerez. Siempre que iba a la viña se presentaba con un
sacerdote de distinta clase, adivinando por esto el capataz cuáles eran
sus favoritos del momento. Unas veces eran frailes con vestimenta blanca
y negra, otras pardos o de color de castaña: hasta los había llevado de
luengas barbas, que venían de lejanos países y apenas si chapurreaban el
español. Y el señor, con sus entusiasmos de enamorado, ganoso de
propalar los méritos de su pasión, le decía al capataz en amistosa
confidencia:
--Es un héroe de la fe: viene de convertir infieles y hasta creo que ha
obrado milagros. Si no fuera por herir su modestia, le diría que se
arremangase el hábito, para que te pasmases viendo las cicatrices de sus
martirios...
Sus disentimientos con doña Elvira estribaban siempre en que ella tenía
sus favoritos, que rara vez eran al mismo tiempo los del hijo. Cuando
él adoraba a los jesuitas, la noble hermana del marqués de San Dionisio
hacía el elogio de los franciscanos, alegando la antigüedad de su orden
sobre las fundaciones que habían venido después.
--¡No, mamá!--exclamaba él, conteniendo su carácter iracundo, con el
respeto que le inspiraba su madre.--¿Cómo comparar a unos mendicantes
con los Padres de la Compañía, que son los más sabios de la Iglesia?...
Y cuando la piadosa señora se iba con los sabios, su hijo hablaba casi
llorando de emoción, del santo solitario de Asís y de sus hijos los
franciscanos, que podían dar a los impíos lecciones de verdadera
democracia y eran los que iban a arreglar el día menos pensado la
cuestión social.
Ahora la veleta de su fervor apuntaba del lado de la Compañía, y no
sabía ir a parte alguna sin el Padre Urizábal, un vasco, compatriota del
glorioso San Ignacio, méritos que bastaban para que Dupont se hiciese
lenguas de él.
El jesuita contemplaba las viñas con el éxtasis de un hombre
acostumbrado a vivir dentro de vulgares edificios, sin ver más que de
tarde en tarde la grandiosidad de la naturaleza. Hacía preguntas al
capataz sobre el cultivo de las viñas, alabando el aspecto de las de
Dupont, y el señor Fermín, halagado en su orgullo de cultivador, se
decía que aquellos jesuitas no eran tan despreciables como los
consideraba su amigo don Fernando.
--Oiga su mercé, padre: Marchamalo no hay más que uno; esto es la flor
del campo de Jerez.
Y enumeraba las condiciones que debe tener una buena viña jerezana,
plantada en tierra caliza, que esté pendiente, para que las lluvias
corran y no refresquen en demasía la tierra, quitando fuerza al mosto.
Así se producía aquel racimo, gloria del país, con sus granos pequeños
como balines, transparentes y de una blancura de marfil.
Arrastrado por su entusiasmo enumeraba al sacerdote, como si éste fuese
un cultivador, todas las operaciones que durante el año había que
realizar con aquella tierra, sometida a un continuo trabajo para que
diese su dulce sangre. En los tres meses últimos del año se abrían las
_piletas_, los hoyos en torno de las cepas para que recibiesen la
lluvia: a esta labor la llamaban _Chata_. También hacían entonces la
poda, que provocaba conflictos entre los viñadores y hasta algunas veces
había ocasionado muertes, por si debía hacerse con tijeras, como
deseaban los amos, o con las antiguas podaderas, unos machetes cortos y
pesados, como lo querían los trabajadores. Luego venía la labor llamada
_Cava bien_, durante Enero y Febrero, que igualaba la tierra, dejándola
llana como si la hubiesen pasado un rasero. Después el _Golpe lleno_ en
Marzo, para destruir las hierbas crecidas con las lluvias, esponjando al
mismo tiempo el suelo; y en Junio y Julio la _Vina_, que apretaba la
tierra, formando una dura corteza, para que conservase todo su jugo,
trasmitiéndolo a la cepa. Aparte de esto, en Mayo azufraban las vides,
cuando empezaban a apuntar los racimos, para evitar el _cenizo_, una
enfermedad que endurecía los granos.
Y el señor Fermín, para demostrar el cuidado incesante que durante el
año exigía aquel suelo, que era como de oro, agachábase para coger un
puñado de caliza y mostraba la finura de sus pequeños terrones blancos y
desmenuzados, sin que se dejase apuntar en ellos el germen de una planta
parásita. Entre las hileras de cepas veíase la tierra, machacada,
alisada, peinada, con la misma tersura que si fuese el suelo de un
salón. ¡Y la viña de Marchamalo se perdía de vista, ocupaba varias
colinas, lo que exigía un trabajo enorme!
A pesar de la rudeza con que el capataz trataba a los viñadores durante
el trabajo, ahora que no estaban presentes, se apiadaba de sus fatigas.
Ganaban diez reales, un jornal exorbitante comparado con el de los
gañanes de los cortijos; pero sus familias vivían en la ciudad, y,
además, ellos se pagaban la comida, asociándose para adquirir el
_costo_, el pan y la menestra que todos los días traían de Jerez en dos
caballerías. La herramienta era suya: una azada de nueve libras de peso,
que habían de manejar con ligereza, como si fuese un junco, de sol a
sol, sin más descanso que una hora para el almuerzo; otra para la
comida, y los minutos que les concedía el capataz con su voz de mando
para que echasen cigarro.
--Nueve libras, padre--añadía el señor Fermín.--Eso se ice fácilmente y
resulta un juguete pa un rato; pero hay que ver cómo se pone un
cristiano después de estar too el día subiendo y bajando la herramienta.
Al final de la jorná, pesa arrobas... ¿qué digo arrobas? tonelás. Parece
que uno levanta en vilo a too Jerez cuando da un gorpe.
Y como hablaba con un amigo del amo, no quiso ocultarle las astucias de
que se valían en las viñas para acelerar el trabajo y sacarle al jornal
todo su jugo. Se buscaba a los braceros más fuertes y rápidos en la
faena y se les prometía un real de aumento poniéndolos a la cabeza de la
fila. Este era el que se llamaba _hombre de mano_. El jayán, para
agradecer el aumento de jornal, trabajaba como un desesperado,
acometiendo la tierra con su azadón, sin respirar apenas entre golpe y
golpe, y los otros infelices tenían que imitarle para no quedarse atrás,
manteniéndose, con esfuerzos sobrehumanos, al nivel del compañero que
servía de acicate.
Por las noches, rendidos de fatiga, entretenían la espera del último
rancho jugando a los naipes, o canturreando. Don Pablo les había
prohibido severamente que leyesen periódicos. Su única alegría era el
sábado, cuando al anochecer salían de la viña, camino de Jerez, para _ir
a misa_, como ellos decían. Hasta la noche del domingo estaban con sus
familias entregando los _ajorros_ a las mujeres; la parte de jornal que
les restaba después de pagar el _costo_.
El sacerdote mostraba su extrañeza al ver que los viñadores se habían
quedado en Marchamalo siendo domingo.
--Porque son muy buenos, padre--dijo el capataz con acento
hipócrita.--Porque quieren mucho al amo, y ha bastado que les dijese yo
de parte de don Pablo lo de la fiesta, pa que los pobrecitos se quedasen
voluntariamente sin ir a sus casas.
La voz de Dupont llamando a su ilustre amigo el padre Urizábal hizo que
éste abandonase al capataz, dirigiéndose a la iglesia, escoltado por don
Pablo y toda su familia.
El señor Fermín vio entonces que su hijo paseaba con don Ramón, el jefe
del escritorio, por un sendero. Hablaban de la belleza de las viñas.
Marchamalo volvía a ser lo que en sus tiempos más famosos, gracias a la
iniciativa de don Pablo. La filoxera había matado muchas de las cepas
que eran la gloria de la casa Dupont, pero el actual jefe había plantado
en las vertientes desoladas por el parásito la vid americana, una
innovación nunca vista en Jerez, y el famoso predio volvería a sus
tiempos gloriosos sin miedo a nuevas invasiones. Para esto era la
fiesta; para que la bendición del Señor cubriese con su eterna
protección las colinas de Marchamalo.
El jefe del escritorio se entusiasmaba contemplando el oleaje de viñedos
y prorrumpía en líricos elogios. Era el encargado de la publicidad de la
casa, y de su pluma de viejo periodista, de vencido intelectual, salían
los prospectos, los folletos, las memorias, las cartas en la cuarta
plana de los periódicos, que pregonaban la gloria de los vinos de Jerez,
y especialmente los de la casa Dupont, pero en un estilo pomposo,
solemne, entonado, que no llegaba a adivinarse si era sincero o una
broma que don Ramón se permitía con su jefe y con el público. Leyéndole,
no había más remedio que creer que el vino de Jerez era tan
indispensable como el pan, y que los que no lo bebían estaban condenados
a una muerte próxima.
--Mira, Fermín, hijo mío--decía con entonación oratoria.--¡Qué hermosura
de viñas! Me siento orgulloso de prestar mis servicios a una casa que es
dueña de Marchamalo. Esto no se encuentra en ninguna nación, y cuando yo
oigo hablar de los progresos de la Francia, del poder militar de los
alemanes o de la soberbia naval de los ingleses, contesto: «Está bien;
¿pero dónde tienen ellos vinos como los de Jerez?» Todo lo que se diga
es poco de este vino grato a los ojos, gustoso a la nariz, deleite del
paladar y reparo del estómago. ¿No lo crees tú así?...
Fermín hizo un gesto afirmativo y sonrió, como si adivinase lo que iba a
decirle don Ramón. Se sabía de memoria los períodos oratorios de los
prospectos de la casa, apreciados por don Pablo como las muestras más
gloriosas de la literatura profana.
Siempre que hallaba ocasión, el viejo empleado los repetía en tono
declamatorio, embriagándose con el paladeo de su propia obra.
--El vino, Fermín, es la bebida universal por excelencia, la más sana de
todas la que el hombre usa para su nutrición o su recreo. Es la bebida
que mereció los honores de la embriaguez de todo un dios del paganismo.
Es la bebida cantada por los poetas griegos y romanos, la celebrada por
los pintores, la ensalzada por los médicos. En el vino encuentra el
poeta inspiración, el soldado ardimiento, el trabajador fuerza, el
enfermo salud. En el vino halla el hombre goce y alegría y el anciano
fortaleza. El vino excita la inteligencia, aviva la imaginación,
fortifica la voluntad, mantiene la energía. No podemos explicarnos los
héroes griegos ni sus admirables poetas, sino bajo el estímulo de los
vinos de Chipre y de Samos; y la licencia de la sociedad romana nos es
incomprensible sin los vinos de Falerno y de Siracusa. Sólo podemos
imaginarnos la heroica resistencia del paisano aragonés en el sitio de
Zaragoza, sin descanso y sin comida, viendo que, además de la admirable
energía moral de su patriotismo, contaba para su sostén físico con el
porroncillo de vino tinto... Pero dentro de la producción vinícola que
abarca muchos países, ¡qué asombrosa variedad de clases y tipos, de
colores y aromas, y cómo se destaca el Jerez a la cabeza de la
aristocracia de los vinos! ¿No crees tú lo mismo, Fermín? ¿No encuentras
que es justo y está bien dicho todo lo que se me ocurre?...
El joven asintió. Todo aquello lo había leído muchas veces en la
introducción del gran catálogo de la casa; un cuaderno con vistas de las
bodegas de Dupont, y sus numerosas dependencias, acompañadas de la
historia de la casa y de elogios a sus elaboraciones; la obra maestra de
don Ramón, que el amo regalaba a los clientes y visitantes con una
encuadernación blanca y azul, los colores de las Purísimas pintadas por
Murillo.
--El vino de Jerez--continuó con acento solemne el jefe del
escritorio--no es un advenedizo, un artículo elevado por la veleidosa
moda; su reputación está de abolengo bien sentada, no sólo como bebida
gratísima, sino como insustituible agente terapéutico. Con la botella de
Jerez se recibe al amigo en Inglaterra, con la botella de Jerez se
obsequia al convaleciente en los países escandinavos, y restauran en la
India los soldados ingleses sus fuerzas agotadas por la fiebre. Los
marinos, con Jerez combaten el escorbuto, y los santos misioneros han
reducido con él en Australia los casos de anemia ocasionados por el
clima y los sufrimientos... ¿Cómo, señores, no ha de realizar tales
prodigios un vino de Jerez de buena y genuina procedencia? En él se
encuentran el alcohol legítimo y natural del vino con las sales que le
son propias; el tanino astringente y los éteres estimulantes, provocando
el apetito para la nutrición del cuerpo, y el sueño para su
restauración. Es, a la vez, un estimulante y un sedante, excelentes
condiciones que no se encuentran reunidas en ningún producto, que al
mismo tiempo sea, como el Jerez, grato al paladar y a la vista.
Calló un instante don Ramón para tomar aliento y recrearse en el eco de
su elocuencia, pero al instante prosiguió, mirando a Fermín fijamente,
como si éste fuese un enemigo difícil de convencer:
--Por desgracia, muchas gentes creen paladear el vino de Jerez cuando
beben inmundas sofisticaciones. En Londres, bajo el nombre de Jerez, se
venden líquidos heterogéneos. No podemos transigir con esta mentira,
señores. El vino de Jerez es como el oro. Podemos admitir que el oro sea
puro, de mediana o de baja ley, pero no podemos admitir que se llame oro
al _doublé_. Sólo es Jerez el vino que dan los viñedos jerezanos, que
recrían y añejan sus almacenistas y que exportan, bajo su honrada firma,
casas de intachable crédito, como por ejemplo la de Dupont Hermanos.
Ninguna casa puede compararse con ella: abarca todos los ramos; cultiva
la vid y elabora el mosto; almacena y añeja el vino; se dedica por si
misma a la exportación y a la venta, y además destila mostos, elaborando
su famoso cognac. Su historia abarca cerca de siglo y medio. Los Dupont
constituyen una dinastía; su fuerza no admite auxiliares ni asociados;
planta las vides en terrenos propios, y sus cepas han nacido antes en
viveros de Dupont. La uva se prensa en lagares de Dupont, y los toneles
en que fermenta el vino son fabricados por Dupont. En bodegas de Dupont
se añeja y envejece el vino bajo la vigilancia de un Dupont, y por
Dupont se encasca y se exporta sin la intervención de otro interesado.
Buscad, pues, los vinos legítimos de Dupont en la seguridad de que es la
casa que los conserva, puros y genuinos.
Fermín reía escuchando a su jefe, lanzado a escape por entre los
fragmentos de prospectos y reclamos, que conservaba en su memoria.
--¡Pero, don Ramón! ¡Si yo no he de comprar ni una botella!... ¡Si soy
de la casa!
El jefe del escritorio pareció despertar de su pesadilla oratoria, y rió
lo mismo que su subordinado.
--Tal vez habrás leído en las publicaciones de la casa mucho de esto,
pero convendrás conmigo en que no está mal del todo. Además--prosiguió
irónicamente,--los grandes hombres vivimos bajo el peso de nuestra
grandeza y como no podemos salir de ella, nos repetimos.
Miró las extensiones cubiertas de cepas, y continuó con un tono de
sincera alegría:
--Me satisface que se hayan replantado con vides americanas los grandes
claros que dejó la filoxera. Yo se lo aconsejé muchas veces a don
Pablo. Así aumentaremos dentro de poco la producción, y los negocios,
que marchan bien, aún irán mejor. Ya puede volver la plaga cuando
quiera: por aquí pasará de largo.