Los miserables no podían esperar nada de lo alto. Sobre sus cabezas sólo

existía un infinito insensible a la desesperación humana: otros mundos

que ignoraban la vida de millones de míseros gusanos sobre esta esfera

deshonrada por el egoísmo y la violencia. Los hambrientos, los que

tenían sed de justicia, sólo debían confiar en ellos mismos. ¡Arriba,

aunque fuese para morir! Otros vendrían detrás, que esparcirían la

simiente germinadora en los surcos fecundados por su sangre. ¡De pie y

en marcha la horda de la miseria, sin más Dios que la rebelión,

iluminando su camino la estrella roja, el eterno diablo de las

religiones, guía insustituible de todos los grandes movimientos de la

humanidad!...

El grupo de braceros escuchaba en silencio al revolucionario. Muchos

seguían sus palabras abriendo desmesuradamente los ojos, como si

quisieran absorberlas con la vista.

Juanón y el de Trebujena asentían con movimientos de cabeza. Habían

leído confusamente lo que decía Salvatierra, pero en boca de éste les

conmovía como una música vibrante de pasión.

El viejo _Zarandilla_ no temió romper este ambiente de entusiasmo,

interviniendo con su sentido práctico.

--Too eso está muy bien, don Fernando. Pero el pobre necesita tierra pa

vivir y la tierra es de los amos.

Salvatierra se irguió con arrogancia. La tierra no era de nadie. ¿Qué

hombres la habían creado para apropiársela como obra suya? La tierra era

de los que la trabajaban.

La injusta distribución del bienestar; el aumento de la miseria conforme

aumenta la civilización; el aprovecharse los poderosos de todos los

inventos de la mecánica, ideados para suprimir el trabajo corporal y que

sólo servían para hacerlo más pesado y embrutecedor; todos los males de

la humanidad, provenían de la apropiación de la tierra por unos cuantos

miles de hombres que no siembran y sin embargo recogen, mientras

millones de seres hacen abortar al suelo sus tesoros de vida sufriendo

un hambre de siglos y siglos.

La voz de Salvatierra resonó en el silencio de la gañanía como un grito

de combate.

--El mundo empieza a despertar de su sueño de miles de años; protesta de

haber sido robado en su infancia. La tierra es vuestra: nadie la ha

creado y pertenece a todos. Si en ella existe algún mejoramiento, obra

es de vuestras negras manos, que son vuestros títulos de propiedad. El

hombre nace con derecho al aire que respira, al sol que lo calienta, y

debe exigir la posesión de la tierra que le sostiene. El suelo que

cultiváis para que otro recoja la cosecha, os pertenece, aunque

vosotros, infelices, envilecidos por miles de años de servidumbre,

dudéis de vuestro derecho, temiendo avanzar la mano para que no os crean

ladrones. El que acapara un pedazo de tierra, excluyendo de él a los

demás, el que lo entrega a las bestias humanas para que lo hagan

producir mientras él permanece ocioso, ese es el que verdaderamente roba

a sus semejantes.

IV

Los dos mastines que guardaban durante la noche los alrededores de la

torre de Marchamalo, cesaron de dormitar bajo las arcadas de la casa de

los lagares, con el cuerpo en círculo, apoyando en el rabo las feroces

mandíbulas.

Irguiéronse los dos al mismo tiempo, husmearon el espacio, y después de

balancearse con cierto titubeo, rugieron, lanzándose viña abajo con un

impulso arrollador que hacía saltar la tierra entre sus patas.

Eran unos animales casi salvajes, de ojos de fuego y boca roja, erizada

de dientes que daban frío. Los dos se abalanzaron sobre un hombre que

marchaba encorvado por entre las cepas, fuera del camino que en recta

pendiente conducía de la carretera a la torre.

El encontronazo fue terrible: el hombre vaciló, tirando de su manta en

la que había hecho presa uno de los mastines. Pero, de repente, cesaron

éstos de rugir, de revolverse en torno de él buscando sitio para hincar

sus colmillos, y se colocaron a su lado escoltándolo y acogiendo con

ronquidos de satisfacción el roce de sus manos.

--¡Bárbaros!--decía Rafael en voz queda, sin dejar de

acariciarles.--¡Malas personas!... ¿Ya no me conocéis?

Le acompañaron hasta la meseta de Marchamalo, y de nuevo fueron a

enroscarse bajo las arcadas, reanudando su dormitar receloso que se

desvanecía al menor ruido.

Rafael se detuvo un momento en la plazoleta, para reponerse de este

encuentro. Se arregló la manta sobre los hombros y cerró la navaja que

había sacado para hacer frente a las hurañas bestias.

Sobre el espacio azulado por el brillo de las estrellas, dibujábase el

contorno de aquel Marchamalo nuevo que había hecho construir don Pablo.

En el centro, la torre señorial, que se veía desde Jerez, dominando las

colinas cubiertas de viñas que hacían de los Dupont los primeros

propietarios de la comarca: una construcción pretenciosa de ladrillo

rojo, con la base y los ángulos de piedra blanca; unidas las agudas

almenas de su remate por una barandilla de hierro que convertía en

terraza vulgar el coronamiento de una obra semifeudal. A un lado estaba

lo mejor de Matanzuela, lo que don Pablo había cuidado más de sus nuevas

construcciones, la capilla espaciosa, ornada de columnas y mármoles como

un gran templo. Al otro lado permanecía casi intacta la obra del

antiguo Marchamalo. Apenas si con una ligera reparación se había

fortalecido este cuerpo de edificio, bajo y con arcadas, en el que

estaban las habitaciones del capataz y el dormitorio de los viñadores,

espacioso y desabrigado, con un _fogaril_ que ennegrecía de humo las

paredes.

Dupont, que había traído artistas de Sevilla para decorar la iglesia, y

encargado a los santeros de Valencia varias imágenes deslumbrantes de

colorines y oro, sintió cierto remordimiento ante la antigua casa de los

viñadores, no atreviéndose a tocarla. Tenía _mucho carácter_; equivalía

a un atentado rejuvenecer con reformas este refugio de los braceros. Y

el capataz siguió en sus cuartuchos, cuya vejez disimulaba María de la

Luz con un cuidadoso enjalbegado, y los jornaleros durmieron vestidos

sobre las esterillas de enea que les proporcionaba la generosidad de don

Pablo, mientras las santas imágenes permanecían entre mármoles y

dorados, semanas enteras, sin ser vistas de nadie, pues las puertas de

la capilla sólo se abrían cuando el amo llegaba a Marchamalo.

Rafael contempló largo rato los edificios, temiendo que en su oscura

masa se iluminase una rendija, se abriera una ventana y asomase el

capataz alarmado por la carrera de los mastines. Transcurrieron algunos

minutos sin que en Marchamalo se notase el menor movimiento. Subía el

rumor soñoliento de los campos hundidos en la sombra: las estrellas

parpadeaban intensamente en el cielo invernal, como si el frío aguzase

su fulgor.

El mozo salió de la plazoleta, y volviendo la esquina del edificio

viejo, anduvo por el callejón que quedaba entre la casa y una fila de

compactas chumberas. Se detuvo junto a una reja, y al tocar ligeramente

con los nudillos en sus maderas, se abrieron éstas, destacándose sobre

el fondo oscuro de la habitación el arrogante busto de María de la Luz.

--¡Qué tarde, Rafaé!--dijo con voz queda.--¿Qué hora es?...

El aperador miró al cielo un instante, leyendo en los astros con su

experiencia de hombre de campo.

--Deben ser ansí como las dos y media.

--¿Y el cabayo? ¿dónde lo has dejao?

Rafael explicó su viaje. El caballo estaba en el ventorro de la Corneja,

a dos pasos de allí; una cabaña al borde de la carretera. Bien

necesitaba descansar, pues había venido al galope desde el cortijo.

Aquel sábado había sido de trabajo. Muchos hombres y muchachas de la

gañanía querían pasar el domino en sus pueblos de la sierra, y le habían

pedido los jornales para llevarlos a sus familias. Una tarea de volverse

loco, el ajustar las cuentas de aquella gente que siempre se creía

engañada. Además, había tenido que cuidar a un semental que andaba

malucho; darle friegas y otros remedios, ayudado por _Zarandilla_.

Luego, las gentes de la dehesa le traían escamado, pues al hacer carbón,

seguramente robaban al señorito... En fin, que en Matanzuela no se

paraba un momento, y sólo después de media noche, cuando en la gañanía

habían apagado la luz los que allí quedaban, se había decidido a

emprender el galope. Apenas amaneciese volvería al ventorrillo, y

montando en la jaca, se presentaría como si acabase de llegar de

Matanzuela, para que el padrino no recelase que habían estado _pelando

la pava_.

Luego de estas explicaciones quedaron los dos en silencio, agarrados a

la reja, sin que sus manos osaran encontrarse, mirándose de cerca a la

luz difusa de las estrellas, que daba a sus ojos un brillo

extraordinario. Era el momento de mutua contemplación y silenciosa

timidez de todos los amantes que se ven después de una larga ausencia.

Rafael fue el primero en romper el silencio.

--¿Y no ties na que icirme? ¿Endimpués que no nos vemos en toa una

semana, te quedas como una boba mirándome como si juese yo un mal bicho?

--¿Y qué te he de icir yo, arrastrao?... Que te quiero mucho: que toos

estos días los he pasao con una penita muy jonda, muy negra, pensando en

mi gitano...

Y los dos novios, puestos ya en la pendiente del apasionamiento,

arrullábanse con la música de sus palabras, con la exuberancia verbosa

propia de la tierra.

Rafael, agarrado a los hierros, temblaba emocionado al hablar a María de

la Luz, como si sus palabras no fuesen suyas y le turbasen con dulce

embriaguez. Los arrullos de las canciones populares, todos los

requiebros arrogantes que había oído, acompañados del puntear de la

guitarra, mezclábalos en la letanía amorosa con que envolvía a la novia

su voz susurrante.

--Que toos los pesares de tu vida vengan a mí, entrañas de mi arma, y

que tú sólo goces alegrías. Ties la cara de Dios, gitana; tus labios son

casquites de limón, y cuando me miras, creo que me mira el buen Jesú de

los milagritos con sus ojos dulces... Quisiera ser don Pablo Dupont con

toas sus bodegas, para soltar el vino de las botas viejas que tiene er

tío, y que vale miles de pesos: y tú meterías en el charco tus pies

bonitos y yo le diría a too Jerez: «Beban ustés, cabayeros, que esto es

la gloria». Y toos dirían: «Tiene razón Rafaé: ni que juesen los

pinreles de la mismísima mare de Dios»... ¡Ay, niña! ¡si no me

quisieras, güena suerte te esperaba! Tendrías que hacerte monja, pues no

habría guapo que te pidiera relaciones. Me abriría de patas en tu puerta

y ni a Dios dejaba pasar.

María de la Luz sentíase halagada por la expresión feroz que tomaba su

novio, sólo al pensar que otro hombre pudiera aproximarse a ella

requiriéndola de amores. La brutalidad de los celos amenazantes

gustábala aún más que los requiebros amorosos.

--¡Pero, tonto! ¡si yo sólo te quiero a ti! ¡Si estoy chalaíta por mi

cortijero y aguardo como quien espera a los ángeles el momento de ir a

Matanzuela pa cuidar a mi aperador salao!... Ya sabes que yo podría

casarme con cualquiera de esos señoritos del escritorio que son amigos

de mi hermano. La señora me lo dice muchas veces. Otras me camela pa que

sea monja; pero monja de señorío, de las de gran dote, y me promete

correr con todo el gasto. Pero yo digo que no: «Señora, no quiero ser

santa; me gustan mucho los hombres...» Pero ¡Jesú! ¡qué barbariaes digo!

Toos los hombres, no: uno, sólo uno: mi Rafaé, que cuando va en su jaca

paece, por lo bonito, un San Miguel a cabayo. ¡Pero no vayas a ponerte

tonto con estas alabanzas, que too es broma!... Quiero ser cortijera con

mi cortijero, que me quiere y me dise cosos bonitas. Más me gusta con él

un gazpacho pobre que todo el señorío de Jerez...

--¡Bendita sea tu boca! ¡Sigue niña, que me subes al cielo diciéndome

esas cosas! Nada has de perder queriéndome. Pa que estés bien soy capaz

de todo; y aunque el padrino se enfade, ansí que nos casemos güervo al

contrabando para llenarte el delantal de onzas.

María de la Luz protestó con un ademán de miedo. Eso nunca. Aún se

conmovía recordando aquella noche en que lo vio llegar pálido como un

muerto y chorreando sangre. Serían felices en su pobreza, sin tentar a

Dios con nuevas aventuras que podían costarle la vida. ¿Para qué el

dinero?...

--Lo que importa es quererse, Rafaé, y ya verás ¡cachito del arma!

cuando estemos en Matanzuela, qué vidita tan dulce voy a darte...

Ella era del campo como su padre, y en el campo quería permanecer. No le

asustaban las costumbres del cortijo. En Matanzuela debía sentirse la

falta de un ama que convirtiese la habitación del aperador en una

«tacita de plata». Ya se enteraría él de lo que era buena vida,

acostumbrado a la existencia desordenada del contrabandista y al cuidado

de aquella vieja del cortijo. ¡Pobrecito! Bien notaba ella en su ropa la

falta que le hacía una mujer... Se levantarían al romper el día: él a

vigilar la salida de los gañanes para el tajo, ella a preparar el

almuerzo, a limpiar la casa con las manitas que Dios la había dado, sin

ningún miedo al trabajo. Vestido con aquel traje de campo que tan bien

le sentaba, montaría a caballo, pero sin faltarle un botón en la

chaquetilla, sin el menor descosido en los calzones, con una camisa

siempre blanca como la nieve, bien cepillado, lo mismo que un señorito

de Jerez. Y cuando volviese, la vería esperándole en la puerta del

cortijo; pobre, pero limpia como los chorros de agua, bien peinada, con

flores en el moño, y unos delantales que quitarían la luz de los ojos.

La olla humearía en la mesa. ¡Poquito _aquel_ que tenía la niña para la

cocina! Su padre lo declaraba a todo el mundo... Después de comer en

dulce compaña, con la satisfacción de los que saben que su pan está bien

ganado, él, otra vez al campo y ella a coser, a cuidar del gallinero, a

vigilar el amasijo de las teleras. Y al cerrar la noche, a cenar y a

acostarse con los huesos cansados del trabajo, pero contentos de la

jornada; a dormir en la santa paz de los que emplean bien el día y no

sienten el remordimiento de haber hecho mal a nadie.

--¡Venga de ahí!--murmuraba Rafael con apasionamiento.--Y aún no dices

too lo bueno. Después, tendremos chiquiyos, unos churumbeles muy monos

que correrán por el patio del cortijo...

--¡Para, condenao!--exclamó María de la Luz.--No corras tanto, que te

despeñas...

Y los dos quedaron en silencio, Rafael sonriendo del rubor de su novia,

mientras ésta le amenazaba con una de sus manecitas por su atrevimiento.

Pero el mozo no podía callarse, y con la tenacidad de los enamorados

volvió a hablar a María de la Luz de sus primeras angustias, cuando se

dio cuenta de que estaba enamorado de ella. La primera vez que supo que

la amaba fue en Semana Santa, durante la procesión del Entierro. Y

Rafael reía, encontrando chusco el haberse enamorado, entre el aparato

terrorífico de los encapuchados de las cofradías, el llamear

inquisitorial de los blandones y el desgarrador estrépito de los

clarines y atabales.

La procesión iba a altas horas de la noche por las calles de Jerez, en

medio de un silencio lúgubre, como si el mundo fuese a morir; y él, con

el sombrero en la mano, muy compungido, veía desfilar esta ceremonia que

le llegaba al alma. De pronto, al hacer un descanso el «Santísimo Cristo

de la Coronación de Espinas» y «Nuestra Señora de la Mayor Aflicción»,

una voz rasgaba el silencio de la noche, una voz que hizo llorar al

fiero contrabandista.

--Y eras tú, chavala; tu voz de oro fino que gorvía loquita a la gente.

«Es la chica del capataz de Marchamalo», decían a mi lao. «Bendito sea

su pico: es un riuseñor». Y yo me ajogaba de pena sin saber por qué; y

te veía delante de tus amigas, tan bonita como una santa, cantando la

_saeta_, con las manos juntas, mirando al Cristo con esos ojasos que

paecen espejos, en los que se veían toos los cirios de la procesión. Y

yo, que había jugao contigo de pequeñuelo, creí que eras otra, que te

habían cambiao de pronto; y sentí algo en la espalda, como si me

arañasen con una navaja; y miré al buen Señor de las Espinas con

envidia, porque cantabas para él como un pájaro y para él eran tus ojos;

y me fartó poco pa dicile: «Señó, sea su mercé misericordioso con los

pobres y déjeme un rato su puesto en la cruz. Na me importa que me vean

desnúo, con enagüillas y los remos enclavaos, con tal que María de la

Luz me orsequie con su voz de ángel...»

--¡Loco!--decía la joven riendo.--¡Pamplinero! ¡Así me tienes chalaíta

con esas mentiras que te traes!

--Endimpués volví a oírte en la plaza de la Cárcel. Los pobrecitos

presos, agarraos a las rejas, como si fuesen malas bestias, le cantaban

al Señó unas cosas muy tristes, unas saetas hablando de sus jierros, de

sus penitas, de la madre que lloraba por ellos, de sus hijitos que no

podían besar. Y tú, entrañas mías, desde abajo contestabas con otras

saetas, que eran un jipío durce como el de los ángeles, pidiendo al Señó

que se apiadase de los infelices. Y yo entonses juré que te quería con

toa mi arma, que habías de ser mía, y tuve tentasiones de gritar a los

pobrecitos de las rejas: «Hasta la vista, compañeros; si esta mujer no

me quiere, yo jago una barbariá: mato a arguien y el año que viene

cantaré enjaulao con vosotros al Señó de las Espinas.»

--Rafaé, no seas bárbaro--dijo la muchacha con cierto temor.--No digas

esas cosas; eso es tentar la paciencia de Dios.

--No, tonta; esto no es más que un dicir. ¡Qué he de ir yo a aquel sitio

de penas! Donde iré es a la gloria, casándome con mi riuseñor moreno,

llevándomelo al nidito de Matanzuela... Pero ¡ay, niña! ¡Lo que yo

sufrí desde aquel día! ¡Las penitas que pasé para decirte «te quiero»!

Venía a Marchamalo por las tardes cuando había hecho buen alijo, con una

porción de indirectas bien preparás para que me comprendieses, y tú ¡ná!

como si fueses la Dolorosa, que mira lo mismo en Semana Santa que en el

resto del año.

--Pero, ¡bobito! ¡Si te calé desde el primer momento! ¡Si adivinaba el

querer que me tenías y estaba muy alegre! Pero mi obligasión era

disimulá. Una mocita no debe meterse por los ojos pa que le digan «te

quiero». Eso no es decente.

--¡Calla, mal corazón! ¡Poquito que me hiciste sufrir en aquella

temporá!... Yegaba en mi jaca, después de haber ido en la sierra a tiros

con los del resguardo, y lo mismo era verte que abrírseme las entrañas

con un miedo que me hacía temblar. «Le diré esto, le diré lo otro». Y

verte y no icirte na, too era lo mismo. Se me trababa la lengua, se me

hacía de noche dentro del caletre, como cuando iba a la escuela; tenía

miedo de que te ofendieras y que el padrino me diese encima unos cuantos

palos con una tranca, disiéndome: «¡Arre allá, so sinvergüensa!», lo

mismo que cuando se mete en la viña un perro vagabundo... Por fin, salió

la cosa. ¿Te acuerdas? Algo costó, pero nos entendimos. Fue dimpués der

balazo, cuando tú me cuidabas como una marecita y por las tardes

hacíamos nuestro poquito de cante ahí cerca, bajo los arcadas. El

padrino tañía la guitarra y yo, sin saber cómo, me arranqué por

_martinetes_, con los ojos fijos en los tuyos, como si fuese a

comérmelos:

Fragua, yunque y martillo

Rompen los metales,

Pero este cariño que yo te tengo

No lo rompe nadie.

Y mientras el padrino contestaba «_tra, tra; tra, tra_», como si con un

martillo golpease el jierro, tú te pusiste coloradilla y bajaste los

ojos leyendo al fin en los míos. Y yo me dije: «Güeno, esto va bien». Y

bien fue: pues, sin saber cómo, nos dijimos nuestro querer. Tal vez

fuiste tú, ¡indina! que cansada de hacerme sufrir, acortaste el camino

para que yo perdiese el miedo... Y dende entonses no hay en Jerez y en

too su campo hombre más feliz y más rico que Rafaé, el aperador de

Matanzuela... ¿Ves tú a don Pablo Dupont con toos sus millones? Pues a

mi lao, ¡ná!; ¡cerato simple! Y toos los demás cosecheros ¡ná! Y mi amo,

el señorito Luis, con toa su fachenda y el mujerío de pendones que se

trae en derredor... ¡ná tampoco! El más rico de Jerez soy yo, que se

llevará al cortijo una morenucha fea, que está cieguecita porque a la

pobre apenas se le ven los ojos, y que tiene el defecto de que al reírse

se le jasen en la cara unos joyitos muy monos, como si estuviera picá de

viruelas.

Y agarrado a la reja se expresaba con tal vehemencia, que parecía

querer meter su cara por entre los hierros buscando la de María de la

Luz.

--Quieto, ¿eh?--dijo la muchacha con risueña amenaza.--A ti sí que te

voy a picá yo, pero con una horquilla del moño, si no te estás quieto.

Ya sabes, Rafaé, que no me gustan ciertas bromas y que salgo a la reja

porque me prometes que serás formal.

El gesto de María de la Luz y la amenaza de cerrar la reja, hicieron que

Rafael se mostrase menos vehemente, separando su cuerpo de los hierros.

--Güeno, como tú quieras, mal corazón. Tú no sabes lo que es el querer y

por eso pareces tan fría, tan tranquila, como si estuvieses en misa.

--¿Que yo no te quiero?... ¡Chiquiyo!--exclamó la muchacha.

Y fue ella la que olvidando su enfado se expresó con más calor aún que

su novio. Le quería tanto como a su padre. Era otro modo de querer, pero

estaba segura de que puestos en una balanza los dos afectos, no se

diferenciarían en nada. Su hermano conocía mejor que ella la vehemencia

con que amaba a Rafael. ¡Así se burlaba Fermín, cuando venía a la viña y

le hacía preguntas sobre su noviazgo!...

--Te quiero, y creo que te quise siempre, desde que éramos pequeños y

venías tú a Marchamalo de la mano de tu padre, hecho un gañancito con tu

ordinariez de la sierra, que nos hacía reír a los señoritos y a

nosotros. Te quiero porque estás solo en el mundo, Rafaé, sin pare y sin

familia: porque necesitas un arma buena que esté contigo, y esa soy yo.

Te quiero porque has padecío mucho pa ganarte la vida, ¡pobrecito mío!,

porque te vi casi muerto en aquella noche, y entonces adiviné que te

llevaba dentro del corazón. Además, mereces que te quiera por bueno y

por honrao: porque viviendo como un perdío entre mujeres y matones,

siempre de juerga, expuesto a perder la piel con cada onza que ganabas,

pensaste en mí, y para no dar más pesares a tu nena quisiste ser pobre y

trabajar. Y yo te premiaré too lo que has hecho, queriéndote mucho,

¡pero mucho! Seré tu mare, y tu jembra, y too lo que haya que ser pa que

vivas contento y feliz.

--¡Olé! ¡Sigue soltando por ese pico, serrana!--dijo Rafael con nuevo

entusiasmo.

--Y te quiero también--continuó María de la Luz con cierta

gravedad--porque soy digna de ti: porque me creo buena y estoy segura de

que al ser tu mujer no he de darte la menor pesadumbre. Tú no me conoces

aún, Rafaé. Si un día creyese que podía causarte pena, que no me merecía

un hombre como tú, te gorvería la espalda y me ajogaría de tristeza al

verme sin ti: pero aunque te pusieras de rodillas fingiría haberme

olvidado de tu cariño. Ya ves, pues, si te quiero...

Y su acento, al decir estas palabras, era tan triste, que Rafael tuvo

que animarla. ¿Quién pensaba en tales cosas? ¿Qué podía ocurrir que

tuviese fuerza bastante para separarlos? Los dos se conocían y eran

dignos el uno del otro. Él, si acaso, por su vida pasada, no merecía ser

amado, pero ella era buena y misericordiosa y le concedía la regia

limosna de su cariño. ¡A vivir! ¡a quererse mucho!...

Y para huir de la tristeza que les habían infundido estas palabras,

torcieron el curso de la conversación, hablando de la fiesta que don

Pablo había organizado en Marchamalo para dentro de unas horas.

Los viñadores, que todos los sábados marchaban a Jerez al caer la tarde

para ver a sus familias, estaban durmiendo cerca de allí. Eran más de

trescientos: el amo les había ordenado que se quedasen para asistir a la

misa y la procesión. Con don Pablo vendrían todos sus parientes, los

señores del escritorio y mucha gente de la bodega. Una gran fiesta, a la

que forzosamente asistiría su hermano. Y ella reía pensando en la cara

de Fermín, en lo que diría después cuando viniese a la viña y se

encontrara con Salvatierra, que de tarde en tarde visitaba con cierto

recato a su antiguo amigo el capataz.

Rafael habló entonces de Salvatierra, de su inesperada visita al cortijo

y de la rareza de sus costumbres.

La bodega · 第 10 / 24 段