cierto orgullo al oír el nombre de su padrino, el cual, según afirmaba
_Zarandilla_, había sido algo más para él.
Salvatierra miró los ojos de la vieja, malignos y pitañosos, su hocico
de macho cabrio, que se contraía a cada palabra con una ductilidad
repugnante, los dos plumeros de cerdas grises que surgían de sus labios
como unos mostachos felinos. ¡Y este endriago había sido una mujer joven
y graciosa, de las que hacían cometer locuras al famoso marqués! ¡Y la
bruja había pasado muchas veces en los coches del de San Dionisio, al
son del bizarro campanilleo de las mulas, con el mantón de flores
cayéndosele de los hombros, una botella en la mano y una canción en los
labios, por frente a los campos que la veían ahora arrugada y
repugnante como una oruga, sudando de sol a sol sobre los surcos y
quejándose del dolor de sus «pobresitos riñones»! Era menos vieja de lo
que parecía, pero al desgaste del cansancio uníase el rápido desplome
que sufren las razas orientales pasando de la juventud a la vejez, como
los espléndidos días del trópico que saltan de la luz a la sombra sin
crepúsculo alguno.
Siguieron los gitanos devorando su potaje, y Salvatierra sacó de un
bolsillo el pobre envoltorio de su cena, después de rehusar dulcemente
los ofrecimientos que le hacían de todos lados.
El corro más inmediato a él, donde estaba el de Trebujena, componíase de
antiguos camaradas, trabajadores mal famados en los cortijos, algunos de
los cuales tuteaban a don Fernando siguiendo la práctica usual entre los
campañeros de _la idea_.
Mientras comía su mendrugo y el pedazo de queso, pensaba, con la
incertidumbre de siempre, si se estaría apropiando un alimento que podía
faltar a otros, y esto hizo que se fijase en el único que en toda la
gañanía no se preocupaba de la cena.
Era un jovenzuelo de cuerpo desmedrado, con un pañuelo rojo anudado al
cuello y una camisa por todo abrigo sobre el pecho. Desde el fondo de la
gañanía le llamaban los compañeros, anunciándole que apenas quedaba
gazpacho en el barreño, pero él seguía bajo la luz del candil, sentado
en un pedazo de tronco, encorvado el cuerpo sobre una mesilla baja, en
la que se empotraban sus rodillas como en un cepo. Escribía lenta y
trabajosamente, con una testarudez de campesino. Tenía ante sus ojos un
fragmento de periódico, y copiaba las líneas con la ayuda de un tintero
de bolsillo lleno de agua ligeramente ennegrecida, y de una pluma roma
que trazaba los renglones con la misma paciencia del buey al abrir el
surco.
_Zarandilla_, que estaba al lado de don Fernando, le habló del muchacho.
--Es el _Maestrico_. Ansí le llaman, por su afición a libros y papeles.
Apenas güerve del trabajo, ya está pluma en mano jaciendo palotes.
Salvatierra se aproximó al _Maestrico_, y éste volvió la cabeza para
mirarle, suspendiendo un instante su tarea. Expresábase con cierta
amargura al explicar su deseo de instruirse, quitando horas a su sueño y
su descanso. Le habían criado para bestia; a los siete años era ya zagal
en los cortijos o pastor en la sierra; hambre, golpes y fatiga.
--Y yo quiero saber, don Fernando; quiero ser hombre y no afrentarme
viendo trotar las yeguas en la era y pensando que somos tan irracionales
como ellas. Todo lo que nos pasa a los pobres es porque no sabemos.
Miraba amargamente a sus compañeros, a la gente de la gañanía,
satisfecha de su ignorancia, que se burlaba de él llamándole el
_Maestrico_, y hasta le tenía por loco viéndole a la vuelta del trabajo
deletrear pedazos de periódico o sacar de su faja la pluma y el
cuaderno, escribiendo torpemente ante el pábilo del candil. No había
tenido maestro: se enseñaba a sí mismo. Sufría al pensar que otros
vencían fácilmente con el auxilio ajeno los obstáculos que a él le
parecían insuperables. Pero tenía fe y seguía adelante, convencido de
que si todos le imitaban cambiaría la suerte de la tierra.
--El mundo es del que más sabe, ¿verdad, don Fernando? Si los ricos son
fuertes y nos pisan y hacen lo que quieren, no es porque tengan el
dinero, sino porque saben más que nosotros... Estos infelices se burlan
de mí cuando les digo que se instruyan, y me hablan de los ricos de
Jerez, que son más bárbaros que los gañanes. ¡Pero eso no es cuenta!
Estos ricos que vemos de cerca son unos peleles, y sobre ellos están los
otros, los verdaderos ricos, los que saben, los que hacen las leyes del
mundo, y sostienen ese intríngulis de que unos cuantos lo tengan todo y
la gran mayoría no tenga nada. Si el trabajador supiera lo que ellos, no
se dejaría engañar, les haría frente a todas horas, y cuando menos, los
obligaría a que se partiesen el poder con él.
Salvatierra admiraba la fe de este joven que se creía poseedor del
remedio para todos los males sufridos por la inmensa horda de la
miseria. ¡Instruirse! ¡Ser hombres!... Los explotadores eran unos
cuantos miles y los esclavos centenares de millones. Pero apenas
peligraban sus privilegios, la humanidad ignorante encadenada al
trabajo, era tan imbécil, que ella misma se dejaba extraer de su seno
los verdugos, los que vistiendo un traje de colorines y echándose el
fusil a la cara, volvían a restablecer a tiros el régimen de dolor y de
hambre, cuyas consecuencias sufrían después, al volver abajo. ¡Ay! ¿si
los hombres no viviesen ciegos y en la ignorancia, cómo podría
mantenerse este absurdo?
Las afirmaciones candorosas del muchacho, hambriento de saber, hacían
reflexionar a Salvatierra. Tal vez este inocente veía más claro que
ellos, los hombres endurecidos en la lucha, que pensaban en la
propaganda por la acción y en las rebeldías inmediatas. Era un espíritu
simple, como los creyentes del cristianismo primitivo, que sentían las
doctrinas de su religión con más intensidad que los Padres de la
Iglesia. Su procedimiento era de una lentitud que necesitaba siglos;
pero su éxito parecía seguro. Y el revolucionario, escuchando al gañán,
se imaginaba una época en la que no existiese la ignorancia y la actual
bestia de trabajo, mal nutrida, con el pensamiento petrificado y sin
otra esperanza que la insuficiente y envilecedora caridad, se
metamorfosease en hombre.
Al primer conflicto entre los felices y los desgraciados, se quebraría
el viejo mundo. Los grandes ejércitos organizados por una sociedad
basada en la fuerza, servirían para darla la muerte. Los trabajadores
uniformados levantarían las culatas de los fusiles que les entregan sus
explotadores para que les defiendan, o se valdrían de estas armas para
imponer la ley de la felicidad de los más, a los pastores perversos que
durante siglos mantenían al rebaño humano en la injusticia. Cambiaría de
repente la faz del mundo, sin sangre y sin catástrofes. Desaparecerían,
con los ejércitos y las leyes fabricadas por los poderosos, todo el
antagonismo entre los felices y los desgraciados, todas las imposiciones
y crueldades que convierten la tierra en un presidio. Sólo quedarían
hombres. ¡Y esto podía lograrse tan pronto como la inmensa mayoría de
los humanos, el innumerable ejército de la miseria, se diese cuenta de
su fuerza, negándose a sostener por más tiempo la obra de la
tradición!...
Salvatierra sentía halagado su sentimentalismo humanitario por este
generoso ensueño de la inocencia. ¡Cambiar el mundo sin sangre, con un
golpe teatral, valiéndose de la varilla mágica de la instrucción, sin
esas violencias que repugnaban a su alma tierna, y que finalizan siempre
con la derrota de los infelices y las crueles represalias del
poderoso!...
El _Maestrico_ seguía afirmando sus convicciones con una fe, que
iluminaba sus ojos cándidos. ¡Ay! ¡Si los pobres supieran lo que saben
los ricos!... Estos son fuertes y gobiernan, porque la sabiduría está a
su servicio. Todos los descubrimientos e invenciones de la ciencia caen
en sus manos, son para ellos, llegando apenas los residuos a los de
abajo. Si alguien salía de la masa miserable, elevándose por su
capacidad, en vez de permanecer fiel a su origen, prestando apoyo a los
hermanos, desertaba de su puesto, volviendo las espaldas a cien
generaciones de abuelos esclavos, aplastados por la injusticia, y vendía
su cuerpo y su inteligencia a los verdugos, mendigando un puesto entre
ellos. La ignorancia era la peor servidumbre, el más atroz martirio de
los pobres. Pero la instrucción aislada e individual resultaba inútil:
sólo servía para formar desertores, tránsfugas, que se apresuraban a
alinearse con el enemigo. Debían instruirse todos al mismo tiempo:
adquirir la gran masa el conocimiento de su fuerza, apropiarse de golpe
las grandes conquistas de la razón humana.
--¡Todos! ¿me entiende usted, don Fernando? Todos a la vez, gritando:
«No queremos más engaños; no os serviremos para que _esto_ continúe».
Y don Fernando aprobaba con movimientos de cabeza. Sí, todos al mismo
tiempo; así había de ser: todos, despojándose de la piel de la
bestialidad resignada, única vestidura que la tradición cuidaba de
mantener sobre sus hombros.
Pero al volver su vista por la gañanía, llena de sombra y de humo,
creyó abarcar con sus ojos toda la humanidad explotada e infeliz. Unos
acababan de devorar las sopas, con las que engañaban su hambre; otros,
tendidos, regoldaban satisfechos, creyendo en una digestión que no
añadía nada al quebrantado vigor de su vida; todos aparecían
embrutecidos, repugnantes, sin voluntad para salir de su estado;
creyendo confusamente en el milagro como única esperanza, o pensando en
una limosna cristiana que le permitiese un minuto de descanso en su
desesperado rodar por la cuesta de la miseria. ¡Cuánto tiempo no había
de transcurrir hasta que aquella pobre gente abriese los ojos y
aprendiera el camino! ¡Quién podría despertarla, infundiéndola la fe de
aquel pobre mozo que caminaba a tientas, con los ojos fijos en una
estrella lejana que él solo veía!...
El grupo de los de _la idea_, abandonando el cuenco limpio ya de
gazpacho, vino a sentarse en el suelo, en torno de Salvatierra.
Gravemente, enrollaban sus cigarros, como si esta operación absorbiese
por completo su pensamiento. El tabaco era su única voluptuosidad, y
tenían que calcular la duración de la pobre cajetilla durante toda la
semana. Manolo el de Trebujena había sacado del serón de su asno un
tonelillo de aguardiente y servía copas en el centro de un corro.
Acudían a él, con avidez de enfermos, los viejos gañanes de cara
apergaminada y barbas recias, brillando en sus ojos el consuelo del
alcohol. Los jóvenes sacaban de la faja las monedas de cobre, después
de largos titubeos, y bebían, justificando mentalmente este gasto
extraordinario con el absurdo pensamiento de que al día siguiente no
habían de trabajar. Algunas muchachas, de sueltos ademanes, avanzaban
cautelosas, con paso de gatas, hasta confundirse con los grupos de los
mozos, chillando cuando éstos las ofrecían una copa después de
innumerables pellizcos y restregones de brutal deseo.
Salvatierra escuchaba a Juanón, un antiguo camarada que trabajaba en el
cortijo y había hecho el viaje a Jerez, sólo por verle cuando llegó del
presidio.
Era un hombre enorme, membrudo, con los pómulos salientes, la mandíbula
cuadrada y fiera, el pelo recio e hirsuto invadiéndole la frente, y unos
ojos profundos que, en ciertos momentos, brillaban con el resplandor
verdoso de los felinos.
Había sido viñador, pero por su fama de revoltoso y pendenciero, tenía
que dedicarse al trabajo de los cortijos, encontrando ocupación sólo en
Matanzuela, gracias a Rafael, que le protegía por ser amigo de su
padrino. Juanón inspiraba respeto a toda la gañanía. Era un impulsivo,
sin recaídas de desaliento: una voluntad enérgica que se imponía a los
compañeros.
Lenta y sentenciosamente hablaba a Salvatierra, mirando al mismo tiempo
a la gente con un mohín de superioridad, acompañado de frecuentes
salivazos en el suelo.
--Esto ha cambiado mucho, Fernando. Vamos paatrás y los ricos son más
amos que nunca.
Tuteaba a Salvatierra a uso de _compañero_ y hablaba con desprecio de la
gente trabajadora. Los jóvenes ya los veía allí: creyéndose felices con
una copa y sin más pensamiento que hacer suyas a las compañeras de
trabajo. No había más que fijarse en la frialdad con que habían
presenciado la llegada de Salvatierra. Muchos ni sentían la curiosidad
de aproximarse a él: hasta habían sonreído irónicamente, como si
dijeran: «Un embustero más». Para ellos eran embusteros los periódicos
que leían los viejos en voz alta; embusteros los que hablaban de la
fuerza de la asociación y de una revuelta posible: sólo eran verdad los
tres gazpachos y los dos reales de jornal, y con esto, alguna borrachera
de vez en cuando y el asalto de una trabajadora, a la que afligían con
el engendramiento de un nuevo desgraciado, se consideraban felices
mientras duraba en ellos el optimismo de la juventud y la fuerza. Si
seguían el impulso de las huelgas, era por el ruido y el desorden que
éstas traían. De los antiguos, quedaban aún muchos fieles a _la idea_,
pero apocados de ánimo, miedosos, encorvados bajo el temor que habían
sabido infundirles los ricos.
--Hemos sufrido mucho, Fernando. Mientras tú estabas allá lejos
padeciendo, esto nos lo han transformado.
Y hablaba del régimen de terror que reducía al silencio toda la
campiña. La ciudad rica, odiada por los siervos del campo, velaba sobre
ellos con un gesto cruel e inexorable para ocultar el miedo que les
tenía. Los amos poníanse en guardia a la menor conmoción. Bastaba que se
reuniesen con cierto misterio unos cuantos jornaleros en un hato, en un
rancho de la campiña, para que al momento sonasen los ricos el toque de
alarma en los periódicos de toda España, y llegaran nuevos soldados a
Jerez, y la guardia civil corriera el campo amenazando a todo el que no
estaba conforme con lo exiguo del jornal y la miseria de la
alimentación. _¡La Mano Negra!_ ¡Siempre aquel fantasma, agrandado por
la exuberante imaginación andaluza, que los ricos cuidaban de conservar
vivo y en pie para moverlo así que los gañanes formulaban la más
insignificante petición!...
Para sostener sus injusticias y la servidumbre tradicional, necesitaban
del estado de guerra, fingir que vivían entre peligros, quejándose de
los gobiernos porque no les protegían bastante. Si los braceros pedían
que les diesen de comer como a seres humanos, que les dejasen fumar un
cigarro más en las horas veraniegas de sol abrasador, que les aumentasen
los dos reales en unos cuantos céntimos, todos gritaban desde arriba
recordando _La Mano Negra_, afirmando que iba a resucitar.
Juanón, impulsado por la cólera, poníase de pie. _¡La Mano Negra!_ ¿Qué
era aquello? Él había sufrido persecuciones por creerle afiliado a
ella, y aún no sabía ciertamente en qué consistía. Meses enteros había
estado en la cárcel con otros desgraciados. Le sacaban por la noche del
encierro, para golpearle, en la oscura soledad del campo. Las preguntas
de los hombres con uniforme iban acompañadas de culatazos que hacían
crujir sus huesos, de palizas locas que se exacerbaban ante sus
negativas. Aún guardaba en el cuerpo las cicatrices de estos obsequios
de los ricos de Jerez. Podían haberle muerto sin que él contestase a
gusto de sus atormentadores. Sabía de sociedades para defender la vida
de los jornaleros y resistirse a los abusos de los amos; él formaba
parte de ellas; pero de _La Mano Negra_, de la terrorífica asociación
con sus puñales y sus venganzas, no sabía una palabra.
Como prueba de su existencia novelesca, sólo había un muerto, un
asesinato vulgarísimo en un país de vino y de sangre: y por este
homicidio habían muerto unos cuantos trabajadores en garrote vil, y
centenares de infelices como él vivieron en la cárcel sufriendo
tormentos que a algunos les costaron la existencia. Pero desde entonces
tenían los amos un espantajo para levantarlo como bandera, _La Mano
Negra_, y no intentaban los pobres de la campiña el más leve movimiento
hacia su bienestar, que no surgiese el fantasma lúgubre goteando sangre.
Todo lo autorizaba el tétrico recuerdo. Por la más leve falta se
apaleaba a un hombre en el campo; el gañán era un ser sospechoso contra
el cual todo era lícito. Los excesos de celo de la autoridad se
agradecían y premiaban, y al que osaba protestar se le imponía silencio
con el recuerdo de _La Mano Negra_. La gente joven escarmentaba con este
ejemplo; los hombres tenían miedo, y los ricos, allá en la ciudad, con
la imaginación fortalecida por el vino de sus bodegas, seguían añadiendo
caperuzas a su fantasma, colgándole nuevos adornos de terror,
agrandándolo de tal modo, que los mismos que lo habían visto nacer
hablaban de él como de algo horriblemente legendario ocurrido en tiempos
remotos.
Juanón calló, y sus compañeros permanecieron como aterrados por aquel
espectro de la imaginación meridional, que parecía cubrir con sus
trapajos negros todo el campo de Jerez.
La gañanía, después de la cena, había recobrado la calma de la noche.
Muchos hombres dormían tendidos en sus esterillas con un ronquido
fatigoso, aspirando a ras de tierra las emanaciones asfixiantes del
rescoldo de boñiga. En el fondo, las mujeres, sentadas en el suelo con
las faldas abombadas como hongos, contábanse cuentos o relataban
curaciones maravillosas ocurridas en la sierra por milagro de las
vírgenes.
Una canturía a media voz elevábase sobre el murmullo de las
conversaciones. Eran los gitanos que continuaban su comida
extraordinaria. La tía _Alcaparrona_ había sacado de bajo de sus faldas
una botella de vino para celebrar su buena fortuna en la ciudad. La
prole salía a sorbo en el reparto, pero la vista del vino era suficiente
para esparcir la alegría. _Alcaparrón_, con la vista puesta en su madre,
que era la mayor de sus admiraciones, cantaba acompañado de las palmas
que batían en sordina todos los de la familia. El gitanillo gemía «sus
pesares y sus penas» con ese sentimentalismo falso de la canción
popular, añadiendo que «al escucharle un pájaro, se le habían caído de
sentimiento las plumas a millares»; y la vieja y su gente le jaleaban,
alabando su gracia con tanto entusiasmo como si se alabasen ellos
mismos.
_Alcaparrón_ cortó de repente el canto para hablar a su madre, con la
incoherencia del gitano que salta caprichoso de un pensamiento a otro.
--Mare, ¡y qué desgraciaos somos los pobresitos gitanos! Los _gachés_ lo
son todo: reyes, alcardes, jueses y generales, y los _cañís_ no somos
ná.
--¡Caya, malange! Tampoco dengún gitano es carselero ni verdugo... Anda,
bobo: echa otra.
Y reanudaron el canto y el palmoteo con nuevos bríos.
Un gañán ofreció una copa de aguardiente a Juanón, que la rechazó con su
manaza.
--Eso es lo que nos pierde--dijo sentenciosamente.--La bebía mardita.
Y apoyado por los gestos de aprobación del _Maestrico_, que había
guardado sus avíos de escribir para unirse al grupo, Juanón anatematizó
la embriaguez. Aquella gente miserable lo olvidaba todo cuando bebía. Si
llegaban a sentirse hombres alguna vez, no tendrían los ricos más que
abrir las puertas de sus bodegas para vencerlos.
Muchos en el grupo protestaron de las palabras de Juanón. ¿Qué podía
hacer un pobre sino beber, para olvidar su miseria? Y roto el silencio
respetuoso que imponía la presencia de Salvatierra, hablaron muchos a un
tiempo, para expresar sus dolores y sus cóleras. La comida era cada vez
peor: los ricos abusaban de su fuerza, de aquel miedo que habían
infundido y propalado.
Únicamente en la época de la trilla les daban un guiso de garbanzos: el
resto del año pan, sólo pan, y en muchos sitios, tasado. Explotaban
hasta sus necesidades más imperiosas. Antes, al arar la tierra, por cada
diez arados había un hombre suplente, que ocupaba el sitio del que se
retiraba un momento para librarse de los residuos del gazpacho. Ahora,
para economizarse este suplente, daban cinco céntimos al arador, con la
condición de no abandonar la yunta aunque el estómago le atormentase con
los más crueles llamamientos, y a esto le llamaban ellos con una sorna
triste, «vender el... sitio más innoble del cuerpo».
Cada año venían a los cortijos más mujeres de la sierra. Las hembras
eran sumisas; la debilidad femenil las hacía temer al arreador y se
esforzaban en su trabajo. Los _manijeros_, agentes reclutadores,
bajaban de la montaña al frente de sus bandas empujadas por el hambre.
Describían en los pueblos la campiña de Jerez como un lugar de
abundancia, y las familias confiaban al _manijero_ las hijas apenas
entradas en la pubertad, pensando, con una avidez sin entrañas, en los
reales que traerían recogidos después de la temporada de trabajo.
El arreador de Matanzuela y algunos del corro, que eran manijeros,
protestaron. Los hombres de la gañanía que aún no dormían habíanse
agrupado en torno de Salvatierra.
--Nosotros somos mandaos--dijo el arreador.--¿Qué hemos de jacer, pobres
de nosotros? Eso, a los amos, que son los que nos mandan.
El viejo _Zarandilla_ intervino también, por considerarse comprendido en
el llamado _gobierno_ del cortijo. ¡Los amos!... Ellos podían arreglarlo
todo, sólo con acordarse un poco del pobre; con tener caridad, mucha
caridad.
Salvatierra, que escuchaba impasible las palabras de los jornaleros, se
agitó, rompiendo su mutismo al oír al viejo. ¡La caridad! ¿Y para qué
servía? Para mantener al pobre en la esclavitud, esperando unas migajas
que acallaban su hambre por un momento y prolongaban su servidumbre.
La caridad era el egoísmo disfrazándose de virtud; el sacrificio de una
pequeñísima parte de lo superfluo repartida a capricho. Caridad, no:
¡justicia! ¡a cada cual lo suyo!
Y el revolucionario enardecíase al hablar: abandonaba su sonriente
frialdad; brillábanle los ojos tras las gafas azuladas, con el fuego de
la rebelión.
La caridad no había hecho nada por dignificar al hombre. Diecinueve
siglos llevaba de reinado; la cantaban los poetas como inspiración
divina; la ensalzaban los felices como la mayor de las virtudes, y el
mundo estaba igual que el día en que apareció ella por primera vez con
la doctrina del Cristo. La experiencia resultaba suficientemente larga
para apreciar su inutilidad.
Era la más impotente y anémica de las virtudes. Había tenido palabras
amorosas para el esclavo, pero no había roto sus cadenas; ofrecía un
mendrugo al siervo moderno, pero no osaba el menor reproche contra la
organización social que le condenaba a la miseria por el resto de su
vida. La caridad, sosteniendo al menesteroso un instante para que tomase
fuerzas, era tan virtuosa como la campesina que alimenta a las aves de
su corral y las mantiene bien cebadas, hasta el momento de devorarlas.
Nada había hecho esta virtud pálida para libertar a los hombres. Era la
rebeldía, la protesta desesperada, la que había roto las ligaduras del
antiguo siervo, la que emanciparía al asalariado moderno, adulado con
toda clase de derechos ideales, menos el derecho al pan.
Salvatierra, en la exaltación de su pensamiento, quería estrujar todos
los fantasmas con los que se había aterrado o entretenido durante siglos
a los menesterosos, para que no estorbasen la feliz placidez de los
privilegiados.
Sólo la Justicia social podía salvar a los hombres, y la Justicia no
estaba en el cielo, vivía en la tierra.
Más de mil años se habían resignado los parias, con el pensamiento
puesto en el cielo, confiando en una compensación eterna. Pero el cielo
estaba vacío. ¿Qué desgraciado podía ya creer en él? Dios se había ido
con los ricos; apreciaba como una virtud digna de la gloria eterna, el
que de tarde en tarde repartiesen éstos un fragmento de su fortuna,
conservándola íntegra y reputando como un crimen las reclamaciones de
bienestar de los de abajo.
Aunque el cielo existiese, el infeliz se negaría a entrar en él, como en
un lugar de injusticia y privilegio donde penetra lo mismo el que pasa
la vida sufriendo, que el que vive en la riqueza distrayendo su tedio
con la voluptuosidad de la limosna.
El cristianismo era una mentira más, desfigurada y explotada por los de
arriba para justificar y santificar sus usurpaciones. ¡Justicia, y no
Caridad! ¡Bienestar en la tierra para los infelices y que los ricos se
reservasen, si la deseaban, la posesión del cielo, abriendo la mano para
soltar sus rapiñas terrenales!