enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió
un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se
veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo.
Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los
libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía
su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez
patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.
Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo,
aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de
lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,
comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.
Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía
titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del
armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la
historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de
nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo,
color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el
papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el
adivinarlos.
Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado
por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la
idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y
había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una
media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado
de Matanzuela.
Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no
había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los
potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el
hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!,
se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel
señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta
conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas
que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba
éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas
las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de
jinete.
Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para
que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,
frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como
en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de
atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras
esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos,
habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a
la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles
dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con
las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi
salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...
Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias
fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose
verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el
espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus
piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la
que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían
sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.
Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la
sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz
violácea del crepúsculo.
--¡Ah! ¿eres tú?--dijo riendo.--Pasa, _Alcaparrón_, no tengas miedo.
Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio
lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía
implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos
brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al
aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo
de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de
tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso
de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del
frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda
aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del
otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una
blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba
era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.
Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo
presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.
--Este es _Alcaparrón_, del que usté habrá oído hablar seguramente. El
gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le
habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.
_Alcaparrón_ dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y
moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.
--¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice
este hombre!
El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:
--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un
ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por
qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así
que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.
--¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...
Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y
diciéndole con vehemencia infantil:
--No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la
sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...
Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba
calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos
colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo
desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo
en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de
burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo
para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.
El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que
se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.
--Oye, _Alcaparrón_, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando
Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...
El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.
--¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no
jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una
presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien:
tiene cara de gobernaor.
Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel
infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole
un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación
con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.
--Don Fernando--continuó el aperador.--Usté que tiene amigos en el
extranjero podía arreglarle el viaje a _Alcaparrón_. A ver si en
aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.
Y hablaba de las _Alcaparronas_, unas gitanas bailadoras que daban golpe
en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar
el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los
periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en
teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,
archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un
castillo, donde vivía como una reina.
--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como
su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas
en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas
vivarachas, sin más que el _aquel_ gitano y unas desvergüenzas que ponen
coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones?
¡Vamos, hombre, que hay para reír!...
Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas
aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto
merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.
_Alcaparrón_ hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando
de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con
su pobre _mare_, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,
siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que
les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas
eran unas _descastás_ que no escribían a la familia, que no la enviaban
ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de
caballo.)
--Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo
un _cañí_. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...
Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío _Alcaparrón_, un
hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en
peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,
se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao»,
como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y _Alcaparrón_ reía
irónicamente de la simpleza de los _gachés_, de toda la gente que domina
el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y
periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo
sus patillas de _boca de jacha_, y su cara de ladrón, bajo un sombrero
de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua
extraña, en las que se hablaba de _mademoiselles_ las _Alcaparronas_ y
se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones
_¡ollé! ¡ollé!_... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el
capitán _Alcaparrón_! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las
_mademoiselles_, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al
padre, _le terrible hidalgo_, que tantas veces había rasgueado
filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se
ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡_Josú_, qué
guasa!...
Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la
incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su _pare_,
que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta
fortuna!...
--¿Murió tu padre?--preguntó Salvatierra.
--Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er
cuervo que está allí.
Y _Alcaparrón_ continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el
pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando
tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como
insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la
fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la
habilidad en el _cante_, para el cual, la _pobresita_ de su _mare_, su
prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las _Alcaparronas_ que
andaban por el mundo.
El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su
fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias
de personaje, le tenía reservado un empleo.
_Alcaparrón_ abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de
cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con
palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no
sabiendo adonde iba a parar.
--Si, gachó--continuó Rafael.--Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo
de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.
El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un
desbordamiento de palabras.
--¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus
entrañas renegrísimas!...
Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de
regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:
--Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí
le resiba con cara de cuaresma.
Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,
hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a
despedirle.
--Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.
_Alcaparrón_ obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de
Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en
la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un _presonaje_
tan alto estaba en Matanzuela.
Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los _Alcaparrones_ y
otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en
la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil
manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos
no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y
un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con
la docilidad de una raza perseguida.
Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella
parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía
haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,
obligándoles a buscar la vida en los cortijos.
Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con
unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para
escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los
vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo
de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en
nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz
de alarma en aquel _caló_ que era su única fuerza de resistencia, lo
que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.
--_¡Cha: currela, que sinela er jambo!_
«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,
con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no
podía contener la risa.
Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los
guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar
atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en
dormir allí, un hombre de su mérito?...
--Ya sabes de dónde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho
años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.
El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a _Zarandilla_, que
estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba
allí.
--No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar
cierto _aquel_ de autoridad; si no, toman confianza con uno y está
perdido.
Y hablaba del _aquel_ de la autoridad, con firme convicción,
respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces
en las rudas aventuras de su primera juventud.
Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los
perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba
entrada a la gañanía.
Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión
de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor
asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un
agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las
sudorosas espaldas.
Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del
aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda,
aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.
Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso
de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el
que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un
candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este
ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía
en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una
muchedumbre bajo la mortaja de sombras.
Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.
En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de
rodillas, y bajo el candil estaba sentado el _arreador_, el segundo
funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y
vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión
con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el _gobierno_ del
cortijo.
El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,
hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en
cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus
cucharas en un _tornillo_ de gazpacho caliente. La niebla fue
disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera
asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres
sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,
cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida
de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y
reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día
siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer
en vela hasta bien entrada la noche.
El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la
memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes
enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo
del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los
cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo
el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas
multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables
remiendos con clavos agudos.
En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy
contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin
desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la
tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta
existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en
las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,
como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de
encorvamiento abrumador.
Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con
curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo
inmóviles las manos con la cuchara en alto.
Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras
de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de
los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la
raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del
hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir
adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,
arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;
revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores
fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo
aguarda la muerte como única libertad.
Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel
agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más
leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no
tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida
y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en
lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,
brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria
física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una
alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos
parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como
fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y
nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,
con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de
sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un
olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante
meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.
Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,
viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que
parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes
tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida
que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una
palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a
trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos
desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los
labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de
la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el
pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El
pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al
respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos
seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las
manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al
andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de
ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros
sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían
paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban
bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.
Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,
únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,
a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su
fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que
las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las
ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir
más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.
Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el _arreador_ se ponía de
pie ofreciéndole su asiento. El tío _Zarandilla_ se acomodó en el suelo
junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de
_Alcaparrón_ y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.
--Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.
Y le mostró a una gitana vieja, la tía _Alcaparrona_, que acababa de
retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres
chicuelos, hermanos de _Alcaparrón_ y una moza delgaducha, pálida y de
grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.
--¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la
vieja.--Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el
pare de los probes.
Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno
de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos
despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas
miradas de envidia en el grupo de los gitanos. _Zarandilla_ interpelaba
a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De
seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas
pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a
las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja
bruja! Parecía imposible que tuviese tanto _pesquis_ con una cara tan
fea...
La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los
garbanzos, pero al mentar _Zarandilla_ su fealdad cesó de comer.
--Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo
tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en
que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...
Y añadió melancólicamente:
--No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó
tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.