El aperador condujo a Salvatierra a una habitación grande, de paredes

enjalbegadas, que le servía de despacho. Empezaba a anochecer y encendió

un velón de los antiguos de Lucena, puesto sobre una mesa, en la que se

veía un tintero de loza enorme, con una pluma no más larga que un dedo.

Allí hacía él sus cuentas, y en un armario inmediato estaban «los

libros», de los que hablaba Rafael con cierto respeto. Cada gañán tenía

su cuenta. Antes se llevaba la administración con una sencillez

patriarcal, pero ahora los jornaleros eran quisquillosos y desconfiados.

Además, había que marcar bien los días que eran por entero de trabajo,

aquellos en que la faena sólo duraba medio día por la lluvia, y los de

lluvia completa, en los que la gente se quedaba en la gañanía,

comiéndose sus gazpachos sin hacer nada.

Después estaba el gran libro, el más precioso de la casa, lo que podía

titularse la carta de nobleza de Matanzuela. Y el aperador sacaba del

armario un amplio cuaderno, en el que se contenía la genealogía y la

historia de todo caballo o mula salido del cortijo, con el apodo de

nacimiento, padres y abuelos, descripción de la figura, talla, pelo,

color de los ojos y defectos que se confesaban generosamente sobre el

papel para quedar secretos, dejando a la penetración del comprador el

adivinarlos.

Luego, enseñó Rafael la otra joya del cortijo: un palo largo rematado

por un embudo de hierro, cuyos bordes entrantes y salientes daban la

idea vaga de un dibujo. Era la marca de la ganadería, ¡el hierro!, y

había que ver con qué respeto lo acariciaba Rafael. Una cruz sobre una

media luna formaban la señal que llevaba en sus flancos todo el ganado

de Matanzuela.

Hablaba con entusiasmo de la operación de herrar, que don Fernando no

había visto nunca. Los yegüerizos echaban sus lazos de cerda a los

potros indómitos, sujetándolos por las orejas, mientras se calentaba el

hierro en un fuego de boñiga seca; y al estar la marca al rojo, ¡zas!,

se la aplicaban al costado, quemándose los pelos y quedando la piel

señalada para siempre con la cruz y la media luna. Y con cierta

conmiseración por Salvatierra que, sabiendo tanto, ignoraba unas cosas

que eran para el aperador las más interesantes del mundo, continuaba

éste explicando el régimen a que se sometían los caballos jóvenes; todas

las operaciones que realizaba él voluntariamente en sus entusiasmos de

jinete.

Primeramente los _amarraban_, al venir de la libertad de la dehesa, para

que se acostumbrasen a comer en el pesebre; luego salían al campo,

frente al cortijo, con cabezón y una larga cuerda, para dar vueltas como

en un picadero, y que aprendiesen a _tranquear_, a poner la pata de

atrás donde habían puesto la delantera, o más allá, si era posible. Tras

esto llegaba la operación suprema: colocarles la silla sobre los lomos,

habituando su salvaje nerviosidad a esta servidumbre; acostumbrarles a

la baticola y los estribos. Y finalmente se les montaba, para hacerles

dar vueltas, al principio sin soltar la cuerda, luego manejándolos con

las riendas. ¡Los potros que él llevaba desbravados, animales casi

salvajes, que inspiraban miedo a muchos!...

Hablaba con orgullo de sus combates de energía y voluntad con bestias

fieras que relinchaban y mordían el aire, pataleando, levantándose

verticalmente o hundiendo su cabeza en tierra mientras coceaban en el

espacio, sin que pudieran por esto libertarse de la opresión de sus

piernas de acero; hasta que al fin, después de una carrera loca, en la

que parecían buscar los obstáculos para aplastar al jinete, volvían

sudorosas y vencidas, sometiéndose por completo a la mano del montador.

Rafael se detuvo en la narración de sus proezas hípicas, viendo la

sombra de una persona en el cuadro de la puerta, sobre el fondo de luz

violácea del crepúsculo.

--¡Ah! ¿eres tú?--dijo riendo.--Pasa, _Alcaparrón_, no tengas miedo.

Entró un mozo de escasa estatura, avanzando cautelosamente, de medio

lado, como si temiera rozar la pared. En su encogimiento parecía

implorar perdón anticipadamente por todo lo que hiciese. Sus ojos

brillaban en la sombra lo mismo que su fuerte y nítida dentadura. Al

aproximarse a la luz del velón, Salvatierra se fijó en el color cobrizo

de su cara, en las córneas de sus ojos, que parecían manchadas de

tabaco, en sus manos de dos colores, con la palma sonrosada y el dorso

de un negro que aún se hacía más intenso bajo las uñas. A pesar del

frío, vestía una blusa de verano, una guayabera con pliegues, húmeda

aún de la lluvia, y en la cabeza llevaba dos sombreros, uno dentro del

otro, de distinto color, como sus manos. El de abajo mostraba una

blancura gris y flamante en la parte inferior de sus alas; el de arriba

era viejo, de un negro rojizo, con los bordes deshilachados.

Rafael agarró al mozuelo por un hombro, haciéndolo balancearse, y lo

presentó a Salvatierra con una gravedad cómica.

--Este es _Alcaparrón_, del que usté habrá oído hablar seguramente. El

gitano más ladrón de too Jerez. Si hubiese justicia, hace tiempo que le

habrían dao garrote en la plaza de la Cárcel.

_Alcaparrón_ dio un respingo para librarse de la garra del aperador, y

moviendo las manos con ademanes femeniles, acabó por persiguarse.

--¡Uy!, zeñó Rafaé y qué malo que es uzté... ¡Jozú! ¡y qué cosas dice

este hombre!

El aperador continuó con el ceño fruncido y la voz grave:

--Trabaja en Matanzuela con su familia hace muchos años, pero es un

ladrón como toos los gitanos y debía estar en presidio. ¿Sabe usté por

qué se trae dos sombreros? Pa llenarlos de garbanzos o habichuelas así

que me descuido: y él no sabe que el mejor día le meto un escopetazo.

--¡Jozú! ¡señó Rafaé! ¿Pero qué dice usté, bendito?...

Y juntaba las manos con desesperación, mirando a Salvatierra y

diciéndole con vehemencia infantil:

--No le crea usté, zeñó; es muy malo y me dice eso por pudrirme la

sangre. Por la salusita de mi mare que too es mentira...

Y explicaba el misterio de los dos sombreros superpuestos que llevaba

calados hasta las orejas, rodeando su cara de pícaro de un nimbo de dos

colores. El de abajo era el nuevo, el de los días de fiesta y lo

desenfundaba cuando iba a Jerez. En los días de labor, no osaba dejarlo

en el cortijo por miedo a los compañeros, que se permitían toda clase de

burlas con él porque era «un pobrecito gitano», y lo cubría con el viejo

para que no perdiese el color gris y sedoso que era su orgullo.

El aperador continuaba exasperando al gitano con ese humor campesino que

se goza en enfurecer a los pobres de espíritu y a los vagabundos.

--Oye, _Alcaparrón_, ¿tú sabes quién es este señor? Pues es don Fernando

Salvatierra. ¿No has oído hablar nunca de él?...

El gitano hizo un gesto de asombro, abriendo los ojos desmesuradamente.

--¡Pues poco nombrao que es el señó! En la gañanía hace dos horas que no

jablan más que de él. ¡Por muchos años, señó! M' alegro de conosé una

presona tan fina y de tanto aquel. Bien se ve que su mersé es alguien:

tiene cara de gobernaor.

Salvatierra sonreía ante la obsequiosidad aduladora del gitano. Aquel

infeliz no conocía categorías; juzgaba por el renombre, y considerándole

un personaje poderoso, una autoridad, temblaba, ocultando su turbación

con la sonrisa aduladora de las razas eternamente perseguidas.

--Don Fernando--continuó el aperador.--Usté que tiene amigos en el

extranjero podía arreglarle el viaje a _Alcaparrón_. A ver si en

aquellas tierras hacía tanta suerte como sus primas.

Y hablaba de las _Alcaparronas_, unas gitanas bailadoras que daban golpe

en París y en muchas ciudades de Rusia, cuyos nombres no podía recordar

el aperador. Sus retratos figuraban hasta en las cajas de cerillas, los

periódicos hablaban de ellas; tenían diamantes a porrillo, bailaban en

teatros y en palacios y a una de ellas la había robado un gran duque,

archipámpano o no recordaba Rafael qué otro título, llevándosela a un

castillo, donde vivía como una reina.

--Y a too esto, don Fernando, unas monas sabias, tan feas y negras como

su primo aquí presente; unas desgalichás, a las que he visto de pequeñas

en los cortijos robando garbanzos y otras semillas; unas ratas

vivarachas, sin más que el _aquel_ gitano y unas desvergüenzas que ponen

coloraos a los hombres. ¿Y eso es lo que les gusta a aquellos señorones?

¡Vamos, hombre, que hay para reír!...

Y reía, efectivamente, al pensar que vivían como unas grandes damas

aquellas mozuelas cobrizas, de ojos de brasa, que él había visto

merodear sucias y costrosas por los campos de Jerez.

_Alcaparrón_ hablaba con cierto orgullo de sus primas, pero lamentando

de paso la diversa suerte de familia. ¡Ellas hechas unas reinas y él con

su pobre _mare_, sus hermanos pequeños, y Mari-Cruz, su pobrecita prima,

siempre enferma, ganando dos reales en el cortijo! ¡y muchas gracias que

les daban trabajo todos los años sabiendo que eran buenos!... Sus primas

eran unas _descastás_ que no escribían a la familia, que no la enviaban

ni esto. (Y hacía crujir la uña de un pulgar, entre sus dientes de

caballo.)

--Señó: paece mentira que mi tío se porte tan mal con los suyos, siendo

un _cañí_. ¡Con tanto que le quería el probé de mi pare!...

Pero lejos de indignarse, rompía en elogios del tío _Alcaparrón_, un

hombre de iniciativas que, cansado de pasar hambre en Jerez y verse en

peligro de ir a la cárcel siempre que se extraviaba un asno o una mula,

se había echado al hombro la guitarra, no parando con todo su «ganao»,

como él llamaba a las hijas, hasta el mismo París. Y _Alcaparrón_ reía

irónicamente de la simpleza de los _gachés_, de toda la gente que domina

el mundo y oprime a los pobres gitanos, recordando ciertos prospectos y

periódicos que había visto con el retrato de su respetable tío, luciendo

sus patillas de _boca de jacha_, y su cara de ladrón, bajo un sombrero

de catite como un campanario y rodeado de columnas impresas en lengua

extraña, en las que se hablaba de _mademoiselles_ las _Alcaparronas_ y

se celebraba su gracia y hermosura, repitiendo, cada seis renglones

_¡ollé! ¡ollé!_... ¡Y su tío, para mayor solemnidad, se titulaba el

capitán _Alcaparrón_! ¿Capitán de qué?... Y sus primas, las

_mademoiselles_, se hacían robar por señorones que le tenían miedo al

padre, _le terrible hidalgo_, que tantas veces había rasgueado

filosóficamente la guitarra en los colmados, mientras las niñas se

ocultaban con los señoritos en los cuartos más lejanos. ¡_Josú_, qué

guasa!...

Pero el gitano pasaba rápidamente de la risa a la melancolía, con la

incoherencia vivaracha de su alma de pájaro. ¡Ay, si viviese su _pare_,

que había sido un águila, comparado con este hermano que tenía tanta

fortuna!...

--¿Murió tu padre?--preguntó Salvatierra.

--Sí, señó: fartaba uno en el campo santo, y como era bueno, le yamó er

cuervo que está allí.

Y _Alcaparrón_ continuaba sus lamentaciones. ¡Si no hubiese muerto el

pobrecito! En lugar de sus primas estarían él y sus hermanos disfrutando

tantas riquezas. Y lo afirmaba de buena fe, despreciando como

insignificante la diferencia de sexos, no dando ningún valor a la

fealdad picante de sus primas, creyendo que su fortuna era debida a la

habilidad en el _cante_, para el cual, la _pobresita_ de su _mare_, su

prima Mari-Cruz y él, valían mucho más que todas las _Alcaparronas_ que

andaban por el mundo.

El aperador, viendo triste al gitano, ofrecíale su protección. Su

fortuna estaba hecha. Allí estaba don Fernando, que con sus influencias

de personaje, le tenía reservado un empleo.

_Alcaparrón_ abría los ojos, recelando la burla. Pero temeroso de

cometer una falta si no daba las gracias a aquel señor, abrumó con

palabras dulzonas a Salvatierra, mientras éste miraba al aperador, no

sabiendo adonde iba a parar.

--Si, gachó--continuó Rafael.--Ya tienes empleo. El señó te hará verdugo

de Seviya o de Jerez: lo que tú escojas.

El gitano dio un salto, mostrando su cómica indignación con un

desbordamiento de palabras.

--¡Mardito! ¡Arrastrao! ¡Mala escopetá le peguen, señó Rafaé, en sus

entrañas renegrísimas!...

Se detuvo un instante en sus maldiciones, viendo que éstas servían de

regocijo al aperador, y añadió con maligna intención:

--Premita Dió que cuando vaya su mersé a la viña de don Pablo, la gachí

le resiba con cara de cuaresma.

Rafael ya no reía. Temió que el gitano, en presencia de don Fernando,

hablase de sus amores con la hija del padrino, y se apresuró a

despedirle.

--Toma un pitillo y lárgate... mala sombra. Tu madre estará esperándote.

_Alcaparrón_ obedeció con la docilidad de un perro. Al despedirse de

Salvatierra le tendió su mano de mulato, repitiendo que le esperaban en

la gañanía y que la gente andaba revuelta al saber que un _presonaje_

tan alto estaba en Matanzuela.

Cuando se fue, el aperador habló a don Fernando de los _Alcaparrones_ y

otros gitanos del cortijo. Eran familias que trabajaban años y años en

la misma finca, como si formasen parte de ella. Resultaban de más fácil

manejo, hombres y mujeres, que la demás gente de la gañanía. Con ellos

no había que temer rebeliones, huelgas, ni amenazas. Eran pedigüeños y

un tanto ladrones, pero se achicaban ante los gestos amenazadores, con

la docilidad de una raza perseguida.

Rafael sólo había visto a los gitanos trabajar la tierra en aquella

parte de Andalucía. La afición de la gente a los caballos parecía

haberles expulsado de esta industria, que era la suya en todo el mundo,

obligándoles a buscar la vida en los cortijos.

Las mujeres valían más que los hombres: secas, negras, angulosas, con

unos pantalones varoniles bajo las faldas, doblábanse el día entero para

escardar el trigo o arrancar las semillas. A veces, cuando no los

vigilaban de cerca, apoderábase de ellos la indolencia de raza, el deseo

de permanecer inmóviles, mirando el horizonte, sin ver nada ni pensar en

nada. Pero así que presentían la proximidad del aperador, corría la voz

de alarma en aquel _caló_ que era su única fuerza de resistencia, lo

que les aislaba de la animadversión de los compañeros de trabajo.

--_¡Cha: currela, que sinela er jambo!_

«¡Oye: trabaja, que mira el amo!» Y cada uno se entregaba a su faena,

con tal ardor, con esfuerzos tan cómicos, que muchas veces Rafael no

podía contener la risa.

Había cerrado la noche. La lluvia caía como polvo de agua, sobre los

guijarros del patio. Salvatierra habló de ir a la gañanía, sin prestar

atención a las protestas del aperador. ¿Pero, realmente, tenía empeño en

dormir allí, un hombre de su mérito?...

--Ya sabes de dónde vengo, Rafael--dijo el revolucionario.--Llevo ocho

años de dormir en peores sitios y entre gentes más infelices.

El aperador hizo un gesto de resignación y llamó a _Zarandilla_, que

estaba en la cuadra. El viejo le serviría de acompañante; él se quedaba

allí.

--No me conviene entrar en la gañanía, don Fernando. Hay que conservar

cierto _aquel_ de autoridad; si no, toman confianza con uno y está

perdido.

Y hablaba del _aquel_ de la autoridad, con firme convicción,

respetándola como necesaria, después de haberla violentado muchas veces

en las rudas aventuras de su primera juventud.

Salvatierra y el viejo salieron del patio entre los ladridos de los

perros, y siguiendo el muro exterior, llegaron a un cobertizo que daba

entrada a la gañanía.

Bajo aquel se alineaban al aire libre varios cántaros con la provisión

de agua para los braceros. Los que sentían sed, pasaban del calor

asfixiante de la gañanía a la frialdad de la noche, y se atracaban de un

agua que parecía hielo líquido, mientras el viento les hería las

sudorosas espaldas.

Al trasponer la puerta, Salvatierra sintió en sus pulmones la rareza del

aire, al mismo tiempo que hería su olfato un hedor de lana húmeda,

aceite rancio, barro y carne aglomerada y viscosa.

Era una pieza estrecha y larga, que aún parecía más grande por lo denso

de la atmósfera y la escasez de luz. En el fondo estaba el hogar, en el

que ardía una lumbre de boñiga seca, despidiendo un olor infecto. Un

candil marcaba su llama como una lágrima roja y titilante en este

ambiente nebuloso. El resto de la pieza, completamente a oscuras, tenía

en sus tinieblas palpitaciones de vida. Adivinábase la presencia de una

muchedumbre bajo la mortaja de sombras.

Salvatierra, al llegar al centro de la mísera habitación pudo ver mejor.

En el hogar hervían varios pucheros vigilados por mujeres puestas de

rodillas, y bajo el candil estaba sentado el _arreador_, el segundo

funcionario de la casa, el que acompañaba a los braceros al tajo y

vigilaba sus faenas, excitándolos con duras palabras; el que en unión

con el aperador formaba lo que llamaban los gañanes el _gobierno_ del

cortijo.

El arreador era el único que tenía una silla en la gañanía: los demás,

hombres y mujeres, sentábanse en el suelo. Junto a él estaban en

cuclillas Manolo el de Trebujena con varios amigos, metiendo sus

cucharas en un _tornillo_ de gazpacho caliente. La niebla fue

disipándose ante los ojos de Salvatierra, habituados ya a esta atmósfera

asfixiante. Entonces vio en los rincones grupos de hombres y de mujeres

sentados en la tierra apisonada o sobre esterillas de enea. La lluvia,

cortando su trabajo a media tarde, les había hecho adelantar la comida

de la noche. En torno de los lebrillos de bazofia caliente, hablaban y

reían moviendo las cucharas con cierta calma. Presentían que el día

siguiente sería de encierro, de holganza forzosa, y deseaban permanecer

en vela hasta bien entrada la noche.

El aspecto de la gañanía, el amontonamiento de la gente, evocó en la

memoria de Salvatierra el recuerdo del presidio. Las mismas paredes

enjalbegadas, pero aquí menos blancas, ahumadas por el vaho nauseabundo

del combustible animal, rezumando grasa por el continuo roce de los

cuerpos sucios. Iguales escarpias en los muros, y colgando de ellas todo

el ajuar de la miseria, alforjas, mantas, jergones destripados, blusas

multicolores, sombreros mugrientos, zapatos pesados de innumerables

remiendos con clavos agudos.

En el presidio cada uno tenía su petate, y en la gañanía sólo muy

contados podían permitirse este lujo. Los más, dormían en esteras, sin

desnudarse, descansando sus huesos doloridos por el trabajo sobre la

tierra dura. El pan, la cruel divinidad que obligaba a aceptar esta

existencia miserable, rodaba en pedazos por el suelo, o se exhibía en

las escarpias, entre los harapos, en enormes teleras de seis libras,

como un ídolo al que sólo se podía llegar después de un día de

encorvamiento abrumador.

Salvatierra se fijó en las caras de aquellas gentes que le miraban con

curiosidad, suspendiendo por un instante su comida, manteniendo

inmóviles las manos con la cuchara en alto.

Bajo los sombreros deformes sólo se veían carátulas de miseria, máscaras

de sufrimiento y de hambre. Los jóvenes tenían la frescura vigorosa de

los pocos años. Reían reflejando en sus ojos el espíritu burlón de la

raza, la alegría de vivir, sin el peso de una familia; el regocijo del

hombre aislado, que por miserable que se considere, puede siempre seguir

adelante. Pero los hombres mostraban un envejecimiento prematuro,

arruinados en plena madurez, con el temblor de los valetudinarios;

revelando unos su acometividad en los ojos animados por resplandores

fosforescentes de fiera, encogidos otros con la resignación del que sólo

aguarda la muerte como única libertad.

Eran cuerpos enjutos, apergaminados, recocidos por el sol, con la piel

agrietada. La alimentación, pobre y escasa, no llegaba a formar el más

leve almohadillado entre el esqueleto y su envoltura. Hombres que aún no

tenían cuarenta años, mostraban sus cuellos descarnados, de piel flácida

y abullonada, con los tirantes tendones de la ancianidad. Los ojos, en

lo más hondo de sus cuencas, circundados de una aureola de arrugas,

brillaban como estrellas mortecinas en el fondo de un pozo. Su miseria

física era el resultado de una fatiga prolongada años y más años, de una

alimentación insípida de pan, sólo de pan. Los cuerpos rudos y angulosos

parecían labrados a hachazos: otros eran deformes y grotescos como

fabricados por un alfarero: muchos recordaban, por lo retorcidos y

nudosos, los troncos de los acebuches de las dehesas. Los brazos negros,

con las agudas protuberancias de una gimnasia forzada, parecían de

sarmientos trenzados. Y el amontonamiento de estos infelices exhalaba un

olor agrio, de sudor de hambriento, de ropa adherida al cuerpo durante

meses, de alientos fétidos: toda la respiración apestante de la miseria.

Las mujeres aun ofrecían un aspecto más doloroso. Unas eran gitanas,

viejas y horribles como brujas, con la piel tostada y cobriza que

parecía haber pasado por el fuego de todos los aquelarres. Las jóvenes

tenían la hermosura dolorosa y desmayada de la anemia; flores de vida

que se mustiaban antes de abrirse; adolescentes de piel blanca, de una

palidez de papel mascado, que el sol no lograba calentar, tiñéndola a

trechos con menudas manchas de color de salvado. Vírgenes de ojos

desmesuradamente abiertos, como asombradas de haber nacido, con los

labios azules y las encías de ese rosa pálido que revela la miseria de

la sangre. El pelo triste y sin brillo asomaba alborotado bajo el

pañuelo, guardando en sus marañas briznas de paja y granos de tierra. El

pecho de las más tenía la monótona uniformidad del desierto, sin que al

respirar se marcase bajo la tela el más leve rastro de los montículos

seductores que avanzan orgullosos como un blasón del sexo. Tenían las

manos grandes y los brazos enjutos y huesosos como los hombres. Al

andar, movíanse sus faldas con desmayada soltura, como si dentro de

ellas sólo existiese aire, y al sentarse, la tela marcaba ángulos duros

sin la más tenue redondez. El trabajo, la fatiga bestial, habían

paralizado el desarrollo de la gracia femenina. Sólo algunas delataban

bajo su envoltura los encantos del sexo; pero eran muy pocas.

Obligadas a sufrir las mismas durezas que el rebaño masculino,

únicamente recordaban que eran mujeres cuando a altas horas de la noche,

a oscuras ya la gañanía, apelotonadas en un rincón, veían turbado su

fatigoso sueño de hembras de carga, por las audacias de los mozos, que

las buscaban a tientas, mientras los gañanes viejos, curados de las

ilusiones de la vida, roncaban desaforadamente como si quisieran dormir

más aprisa para recuperar las fuerzas perdidas.

Salvatierra fuese hacia el hogar al ver que el _arreador_ se ponía de

pie ofreciéndole su asiento. El tío _Zarandilla_ se acomodó en el suelo

junto a don Fernando, y éste, al mirar en torno, encontró los ojos de

_Alcaparrón_ y su dentadura caballar que brillaban al sonreírle.

--Mire su mercé, señó: esta es mi mamá.

Y le mostró a una gitana vieja, la tía _Alcaparrona_, que acababa de

retirar del fuego un potaje de garbanzos husmeado vorazmente por tres

chicuelos, hermanos de _Alcaparrón_ y una moza delgaducha, pálida y de

grandes ojos, que era su prima Mari-Cruz.

--¿Conque su mercé es ese don Fernando tan nombrao?--dijo la

vieja.--Pues que Dios le dé mucha fortuna y mucha vida pa que sea el

pare de los probes.

Y depositando en tierra el puchero, sentose con toda su familia en torno

de él. Era una comida extraordinaria. El tufillo de los garbanzos

despertaba cierta emoción en la gañanía, haciendo converger muchas

miradas de envidia en el grupo de los gitanos. _Zarandilla_ interpelaba

a la vieja burlonamente. Había caído trabajo extraordinario ¿eh?... De

seguro que el día anterior, al ir a Jerez, había ganado algunas

pesetillas diciendo la buenaventura o proporcionando polvos mágicos a

las chavalas que se quejaban del desvío de sus amantes. ¡Ah, vieja

bruja! Parecía imposible que tuviese tanto _pesquis_ con una cara tan

fea...

La gitana escuchaba sonriendo, sin dejar de engullir ávidamente los

garbanzos, pero al mentar _Zarandilla_ su fealdad cesó de comer.

--Caya, cegato, mala sombra. Premita Dió que te veas toa la vida bajo

tierra, como tus hermanos los topos... Si ajora soy fea, tiempos hubo en

que me besaban los zapatos los marqueses. Bien lo sabes tú, arrastrao...

Y añadió melancólicamente:

--No estaría yo aquí si viviese el marqués de San Dionisio, aquel señó

tan resalao que jué el padrino de mi pobresito José María.

La bodega · 第 8 / 24 段