aplastante, del hambre engañada. A la edad en que otros niños más
felices iban a la escuela, ellos eran zagales de labranza por un real y
los tres gazpachos. En verano servían de _rempujeros_, marchando tras
las carretas, cargadas de mies, como los mastines que caminan a la zaga
de los carros, recogiendo las espigas que se derramaban en el camino y
esquivando los latigazos de los carreteros que los trataban como a las
bestias. Después eran gañanes, trabajaban la tierra, entregándose a la
faena con el entusiasmo de la juventud, con la necesidad de movimiento
y el alarde fanfarrón de fuerza, propios del exceso de vida. Derrochaban
su vigor con una generosidad que aprovechaban los amos. Estos preferían
siempre para sus labores la inexperiencia de los mozos y de las
muchachas. Y cuando aún no habían llegado a los treinta y cinco años se
sentían viejos, agrietados por dentro, como si se desplomase su vida, y
comenzaban a ver rechazados sus brazos en los cortijos.
_Zarandilla_, que había presenciado todo esto, indignábase de que
tachasen de holgazanes a los braceros. ¿Por qué habían de trabajar más?
¿Qué aliciente les ofrecía el trabajo?...
--Yo he visto mundo, Rafaé. Yo he sido sordao, no de los de ahora, que
van en ferrocarrí, como los señoritos, sino de los que llevaban morrión
alto e iban a pie por las carreteras. Yo he corrío toda la nación
matando hormigas, y he visto mucho en mis viajes.
Y evocaba el recuerdo de las campiñas de Levante, las vegas de Valencia
y de Murcia, siempre verdes, pobladas como ciudades, viéndose de cada
pueblo los campanarios de otros lugares vecinos; teniendo cada campo su
vivienda rústica, y en ella una familia tranquila, y bien alimentada,
sacando su alimentación de pedazos de terreno tan pequeños, que él, en
su hipérbole andaluza, los comparaba con pañuelos de bolsillo. Los
hombres trabajaban lo mismo de noche que de día, ayudados por sus
familias, en un noble aislamiento, sin la emulación de grupo ni el miedo
al aperador. El hombre no era un esclavo en cuadrilla: rara vez se
conocía allí el bracero a jornal. Cada uno cultivaba lo suyo, y los
vecinos se ayudaban en las faenas difíciles. El labrador trabajaba para
él, y si el campo tenía un amo, éste limitábase a cobrar el
arrendamiento, procurando por la fuerza de la costumbre y por miedo al
compañerismo de los pobres, no aumentar los antiguos precios.
El recuerdo de los campos, siempre verdes, alegraba después de tantos
años al viejo _Zarandilla_, pasando como una visión luminosa por sus
ojos oscuros.
Después hablaba con tristeza de la tierra en que vivía. Inmensos campos
cuyo término perdíase en el horizonte; surcos que se juntaban y
confundían a lo lejos como las varillas de un abanico, sin que ningún
límite los cortase. Cuanto se abarcaba con la vista, tierras llanas o
colinas, bancales labrados o manchones para el pasto, todo era de un
amo. Podía un hombre caminar horas enteras sin salir de la propiedad de
un solo dueño. Aquellos campos no eran para hombres: eran extensiones
que sólo podían cultivar gigantes como los que aparecían en los cuentos,
labrándolas con bestias que tuviesen pies y alas. Y la soledad por todas
partes: ni un pueblo, ni otras viviendas que el cortijo. Había que
caminar horas y más horas hasta el límite de otras propiedades.
Provincias enteras eran en Andalucía de un centenar de amos. Y la
tierra, una tierra negra que llevaba en sus entrañas la reserva vital
acumulada durante muchos siglos, por un cultivo débil y perezoso de
brazos mercenarios, daba escape a su exceso de fuerza con un oleaje de
plantas parásitas y nocivas que asomaban entre las cosechas. La escarda
apenas si podía combatir esta florescencia de fuerzas perdidas.
El amo de la tierra se resignaba a aceptar lo que esta quisiera darle.
La extensión suplía la debilidad de un cultivo rutinario. Si la cosecha
era mala, se hacían economías sobre el trabajo de los braceros y sobre
los gazpachos que los alimentaban. Nunca faltaban esclavos que
ofreciesen sus brazos. A bandadas bajaban de la sierra las mujeres y los
gañanes pidiendo trabajo.
El cielo era más azul y sereno que en aquellos países de eterno verdor e
incesantes cosechas que él recordaba; lucía el sol con más fuerza, pero
bajo su lluvia de oro, la tierra andaluza se mostraba triste, con la
soledad del cementerio, silenciosa como si pesase sobre ella la muerte,
con un revoloteo de negros pajarracos en lo alto, y abajo, en los campos
sin límites, centenares de hombres alineados como esclavos, moviendo sus
brazos con regularidad automática, vigilados por un capataz. ¡Ni un
campanario; ni una aglomeración de casas blancas como en los países
donde existían verdaderos labradores! ¡Aquí sólo se veían siervos
trabajando una tierra odiada que jamás podía ser suya; preparando unas
cosechas de las que no tocarían un solo grano!
--Y la tierra, Rafaé, es jembra, y a las jembras, pa que sean agradecías
y se porten bien, hay que quererlas. Y el hombre no puede queré a una
tierra que no es suya. Sólo deja el sudor y la sangre sobre los terrones
de que puede sacar el pan. ¿Digo mal, muchacho?...
Que aquella inmensidad de tierra se repartiese entre los que la
trabajaban, que los pobres supieran que del surco podían sacar algo más
que un puñado de céntimos y los tres gazpachos, ¡y ya se vería si los
del país eran holgazanes!
Resultaban malos trabajadores porque trabajaban para otros; porque
tenían la obligación de defender su vida miserable unos cuantos años
más, huyendo el cuerpo a la faena, prolongando los ratos de descanso
concedidos para fumar un cigarro, llegando al tajo lo más tarde posible
y retirándose cuanto antes. ¡Para lo que les daban!... Pero que tuviesen
su parte de tierra, y la cuidarían, peinándola y acicalándola a todas
horas como una hija, y antes de que clarease el día estarían ya en ella
con la herramienta en la mano. En medio de la noche se levantarían para
las faenas urgentes; aquellas llanuras serían un paraíso, y cada pobre
tendría su casita, y los lagartos no irían arrastrando su lomo rugoso y
polvoriento días y días sin tropezar con una vivienda humana.
Rafael oponía reparos a los ensueños del viejo. Muy hermosas eran las
tierras que había visto _Zarandilla_, con sus parcelas que bastaban a
alimentar una familia. Pero allí había agua en abundancia.
--Y aquí también--gritaba el viejo.--Ahí tienes la sierra, que asín que
caen cuatro gotas, llora por toos los costaos.
¡Agua!... Barcos iban por los ríos de Andalucía hasta muy tierra
adentro, mientras en sus orillas los campos se resquebrajaban de sed.
¿No era mejor que los hombres hicieran fructificar el suelo y comiesen
con la hartura de la abundancia, aunque los barcos descargasen en los
puertos de la costa? ¡Agua!... que les diesen los campos a los pobres y
ellos la traerían a buenas o a malas, impulsados por la necesidad. No
serían como los señores, que por mal que se presente la cosecha, siempre
sacan para vivir poseyendo tanta tierra, y conservan el cultivo lo mismo
que los abuelos de sus abuelos. Los campos que él había admirado en
otros países eran inferiores a los de Andalucía. No tenían en sus
entrañas esa condensación de fuerzas que crea el abandono: estaban
cansados y había que cuidarlos, dándoles continuamente el medicamento
del guano. Eran, según _Zarandilla_, como las señorones que admiraba él
en Jerez, hermosas y apuestas con el atractivo del cuidado y los
artificios del lujo.
--Y esta tierra nuestro, Rafaé, es como las muchachas que bajan de la
sierra con el _manijero_. Van plagadas de la miseria que recogen en la
gañanía; no se lavan la cara, comen mal; pero si las adecentasen, ya se
vería lo bonitas que son.
Una tarde de Febrero hablaban el aperador y _Zarandilla_ de los trabajos
del cortijo, mientras la _señá_ Eduvigis lavaba la loza en la cocina.
Habíase acabado la siembra de los garbanzos, los yeros y los arvejones.
Ahora, las cuadrillas de muchachas y de gañanes se dedicaban a escardar
los campos de cereales. Aún podían sostener el combate con el escardillo
contra las hierbas parásitas. Después, cuando el trigo creciese,
tendrían que arrancarlas a mano, encorvados durante el día, con los
riñones quebrantados por el dolor.
_Zarandilla_, que falto de vista parecía haber aguzado sus oídos,
interrumpió a Rafael, ladeando su cabeza como para escuchar mejor.
--Muchacho, paece que truena.
Palidecía la gran mancha de sol sobre los guijarros del patio; las
gallinas corrían en rueda, cocleando, como si quisieran huir de la
ráfaga de viento que erizaba sus plumas. Rafael prestó oído también. Sí
que tronaba: iban a tener tempestad.
Los dos hombres salieron al portal del cortijo. Por la parte de la
sierra, el cielo estaba negro y las nubes corríanse como una cortina
lúgubre entenebreciendo el campo. Aún no era media tarde y todos los
objetos envolvíanse en la vaguedad difusa del anochecer. El cielo
parecía haber descendido, tocando las crestas de las montañas,
devorándolas en su seno oscuro, como si las decapitase. Pasaban a
bandadas con el pavor de la fuga, graznando estridentemente, los pájaros
de presa.
--¡Camará!... ¡la que se nos viene encima!--exclamó _Zarandilla_, que ya
no veía nada, como si para él hubiese cerrado la noche.
Los altos vástagos de las piteras, únicas líneas verticales que rompían
la monotonía de los campos, se inclinaron unos tras otros, como si
fuesen a romperse, y a continuación una ráfaga fría e impetuosa chocó
contra el cortijo. Temblaron las puertas, oyose el estrépito de las
ventanas al cerrarse con violencia, y aullaron los mastines
lúgubremente, tirando de sus cadenas, como si con su mirada de bestias
viesen a la tempestad entrar por el portalón sacudiendo su capa de agua
y relampagueándola los ojos.
Una claridad lívida inflamó el espacio, y el trueno estalló sobre el
cortijo con un estrépito seco que conmovió los cimientos, despertando en
los establos un eco de mugidos, relinchos y patadas. Cayó la lluvia de
golpe, en grandes masas, como si se desfondase el cielo, y los dos
hombres tuvieron que refugiarse bajo el arco de entrada, no viendo más
que un pedazo de campo al través de la herradura del portalón.
Del suelo, golpeado por el latigazo del agua, desprendíase un vapor
tibio; el olor de tierra mojada perfume de los aguaceros violentos.
Lejos, muy lejos, por los surcos convertidos en arroyos que no podían
engullir todo el golpe de agua, corrían hacia el cortijo grupos de
gentes. Apenas si se les veía al través de la capa liquida de la
atmósfera.
--¡Jesú!--exclamó _Zarandilla_.--¡Y cómo van a ponerse los
pobrecitos!...
El vendaval parecía empujarles. La luz de cada relámpago les mostraba
más cerca; trotaban bajo la lluvia como un rebaño disperso. Al llegar
los primeros grupos pasaron corriendo ante el portalón para refugiarse
en la gañanía. Los hombres iban arrebujados en mantas, cayéndoles dos
chorros de agua por la canal del sombrero deformado y blanducho: las
mujeres pasaban chillando como ratas, cubiertas con las varias hojas de
su astrosa faldamenta, llenas de barro, y mostrando sus piernas
enfundadas en los pantalones masculinos que usaban para la escarda.
Habían ya llegado al cortijo casi todas las bandas de trabajadores y en
la puerta de la gañanía sacudíanse mantas y refajos, derramando a
chorros el agua sucia, cuando Rafael se fijó en un pequeño grupo
rezagado que se aproximaba lentamente bajo la cortina oblicua de la
lluvia. Eran dos hombres y un borriquillo cargado con un serón, bajo el
cual apenas si asomaban las orejas y la cola.
El aperador conoció a uno de los dos hombres que tiraba del ronzal de
la bestia para que acelerase la marcha. Le llamaban Manolo el de
Trebujena y era un antiguo gañán que, después de una sublevación de los
obreros del campo, estaba señalado por todos los amos como perturbador.
Falto de trabajo después de la huelga, se ganaba el sustento yendo de
cortijo en cortijo como buhonero, vendiendo a las mujeres cintas, hilos
y retazos de tela, y a los hombres vino, aguardiente y periódicos
libertarios cuidadosamente ocultos en aquel serón, almacén heterogéneo
que, a lomos del borriquillo, vagaba de un extremo a otro de la campiña
jerezana. Sólo en Matanzuela y en muy contados cortijos podía penetrar
Manolo sin infundir alarma y encontrar resistencia.
Rafael miraba al acompañante del buhonero creyendo reconocerle, pero sin
determinar en su memoria quién era. Caminaba con las manos en los
bolsillos, el cuello de la chaqueta levantado y el sombrero sobre las
cejas, chorreando agua por todos los extremos de su traje, encogiéndose
estremecido de frío, sin una manta como su camarada. Pero, a pesar de
esto, marchaba sin precipitación como si no le molestasen la lluvia y el
viento que combatían su débil persona.
--¡Salud, compañeros!--dijo el de Trebujena al pasar ante la puerta del
cortijo, arreando su borriquillo.--Qué tiempo para los probes, ¿eh,
_Zarandilla_?...
Entonces fue cuando Rafael reconoció al acompañante de Manolo, viendo
su rostro exangüe de asceta, su barba rala y los ojos dulces y
mortecinos tras unas gafas azuladas.
--¡Don Fernando!--exclamó con asombro.--¡Pero si es don Fernando!...
Y saliendo del portalón, en plena lluvia, agarró de un brazo a
Salvatierra, para que entrase en el cortijo. Don Fernando opuso
resistencia. Iba a refugiarse en la gañanía con su compañero; no debía
contrariarle, pues este era su gusto. Pero Rafael protestaba. ¡El gran
amigo de su padrino, el que había sido jefe de su padre!... ¿Cómo podía
pasar por la puerta de su casa sin entrar en ella?... Y casi a viva
fuerza lo metió en el cortijo, mientras Manolo seguía adelante.
--Anda, que hoy tendrás buen despacho--le dijo _Zarandilla_.--Los mozos
se pirran por tus papeles y tendrán en qué entretenerse mientras llueva.
Me paece que va pa largo.
Salvatierra entró en la cocina del cortijo, dejando, al sentarse, una
gran mancha del agua que chorreaban sus ropas. La _señá_ Eduvigis,
compadeciendo al «pobre señor», encendió apresuradamente en el hogar un
fuego de leña menuda.
--Que sea buena la candela, mujer; que eso y mucho más se merece el
forastero--decía _Zarandilla_, orgulloso de la visita.
Y luego añadió con cierta solemnidad:
--¿Tú sabes quién es este cabayero, Eduvigis?... ¡Qué has de saber tú!
Pues es don Fernando Salvatierra, ese señor tan nombrao en los papeles,
que defiende a los probes.
El gesto de la vieja, al abandonar un instante la lumbre para mirar al
recién llegado, fue más de curiosidad y asombro que de admiración.
Mientras tanto, el aperador iba de un lado a otro, buscando cierta
botella de vino selecto que meses antes le había regalado su padrino.
Por fin dio con ella, y escanciando un vaso, se lo ofreció a don
Fernando.
--Gracias, no bebo.
--¡Pero si es de primera, señor!...--intervino el viejo.--Beba su mercé;
esto le hará bien después de la mojadura.
Salvatierra hizo un gesto negativo.
--Gracias otra vez: yo nunca he probado el vino.
_Zarandilla_ le miró con asombro... ¡Qué tío! Con razón tenían a aquel
don Fernando por un hombre extraordinario.
Rafael quiso que comiera algo; y habló a la vieja de freír huevos, de
descolgar cierto jamón que había dejado el amo en una de sus visitas;
pero Salvatierra le atajó. Era inútil: él llevaba en un bolsillo las
provisiones para la noche. Y extrajo de su chaqueta un papel mojado, que
contenía un mendrugo y un pedazo de queso.
La sonrisa fría con que se negaba a aceptar los obsequios, cortaba toda
insistencia. _Zarandilla_ abría sus ojos turbios, como para ver mejor a
aquel hombre asombroso.
--¿Pero al menos fumará usted, don Fernando?--dijo Rafael ofreciéndole
un cigarro.
--Gracias; no he fumado nunca.
El viejo no pudo callar más tiempo. ¿Tampoco fumaba?... Ahora comprendía
el asombro de ciertas gentes. Un hombre de tan pocas necesidades metía
tanto miedo como un ánima del otro mundo.
Y mientras Salvatierra aproximábase a la lumbre, que comenzaba a
crepitar con alegre llama, el aperador salió de la cocina. Poco después
volvió, llevando al brazo su capote de monte.
--Cuando menos, déjese usted abrigar. Quítese esas ropas que chorrean.
Antes de que pudiera negarse, Rafael y la vieja le despojaron de la
chaqueta y el chaleco, envolviéndole en el capote, mientras _Zarandilla_
colocaba ante el fuego las ropas mojadas, que despedían un humo tenue.
Acariciado por el calor, Salvatierra se mostró más comunicativo. Le
dolía contrariar con su sobriedad a aquellas gentes sencillas que le
asediaban con sus obsequios.
El aperador se extrañaba de verle en el cortijo como traído por la
tempestad. Su padrino le había dicho algunos días antes que don Fernando
estaba en Cádiz.
--Sí, allí estuve hasta hace poco. Fui a ver la sepultura de mi madre.
Y como si quisiera pasar apresuradamente sobre este recuerdo, explicó
su llegada al cortijo. Había salido por la mañana de Jerez en la
_góndola_ de la sierra, uno de aquellos coches que pasaban cargados de
gente y de fardos por el inmediato camino. Deseaba ver al señor Antonio
Matacardillos, el dueño del ventorro del Grajo, situado en la carretera,
cerca del cortijo; un bravo que de joven le había seguido en todas sus
aventuras revolucionarias. Estaba enfermo del corazón, con las piernas
hinchadas, casi imposibilitado de moverse, no pudiendo llegar a la
puerta de su choza más que entre ayes y tropezones. Al saber que
Salvatierra vivía en Jerez, sus dolores parecían haberse aumentado con
la desesperación que le causaba el no verle.
El viejo ventorrillero, al presentarse su antiguo jefe en la choza del
Grajo, había llorado, abrazándole con tales extremos de emoción, que su
familia creyó que iba a morir. ¡Ocho años sin ver a su don Fernando!
¡Ocho años, durante los cuales había enviado todos los meses un papel
lleno de garabatos a aquel presidio del Norte, donde guardaban a su
héroe! El pobre Matacardillos sabía que iba a morir de un momento a
otro. Ya no dormía en la cama, se ahogaba, vivía casi artificialmente
clavado en su sillón de paja, sin poder servir una copa, acogiendo con
sonrisa triste a los arrieros y gañanes que le hablaban de su cara de
salud y de su gordura, asegurando que se quejaba de vicio. Don Fernando
debía volver alguna vez a verle. Le molestaría poco tiempo; iba a morir
muy pronto; pero su presencia alegraría la poca vida que le quedase. Y
Salvatierra había prometido volver, siempre que pudiese, a visitar al
_veterano_, en compañía de Manolo el de Trebujena (otro de los suyos),
al que había encontrado en el ventorro del Grajo. Con él emprendió el
regreso a Jerez, cuando los alcanzó la tempestad, obligándoles a
refugiarse en el cortijo.
Rafael habló a don Fernando de sus costumbres extraordinarias, que
muchas veces había oído relatar al padrino: sus baños de mar en Cádiz en
pleno invierno, ante la gente, que temblaba de frío; sus regresos a casa
en cuerpo de camisa después de dar la chaqueta a un compañero
menesteroso; su régimen alimenticio, que no podía pasar de los treinta
céntimos diarios. Salvatierra permanecía impasible, como si hablasen de
otro, y únicamente al extrañarse Rafael de su exiguo alimento, abrió los
labios para protestar dulcemente.
--No tengo derecho a más. ¿Acaso esos pobres que se amontonan en la
gañanía no comen peor que yo?...
Se hizo un largo silencio. El aperador y los dos viejos parecían
cohibidos en presencia de aquel hombre, del que tanto habían oído
hablar. Además, les intimidaba con un respeto casi religioso aquella
sonrisa que, según pensaba _Zarandilla_, «parecía venir de otro mundo»,
y la firmeza de sus negativas, que no daba lugar a nuevas insistencias.
Cuando Salvatierra vio sus ropas casi secas, abandonó el capote y se las
puso. Después se dirigió a la puerta, y a pesar de que seguía lloviendo
quiso ir a la gañanía, en busca de su compañero. Pensaba pasar en ella
la noche, ya que no era posible con aquel tiempo volver a Jerez.
El aperador protestó. ¡En la gañanía un hombre como don Fernando!... Su
cama estaba dispuesta para él y si no le gustaba, abriría la habitación
del señorito, que era tan buena como cualquiera de Jerez.... ¡La
gañanía! ¿Qué diría su padrino si él toleraba tal disparate?...
Pero la sonrisa de Salvatierra quitó al joven toda esperanza. Había
dicho que dormiría con los gañanes, y era capaz de pasar la noche al
raso, si no le dejaban cumplir su gusto.
--No podría dormir en tu cama, Rafael; no tengo derecho a estar sobre
colchones, mientras otros, bajo el mismo tejado, duermen en esteras.
E intentaba sortear el obstáculo que le oponía el aperador, cerrándole
el paso en la puerta. El viejo _Zarandilla_ intervino.
--Aún quedan horas para dormir, don Fernando. Luego irá su mercé a la
gañanía, si ese es su gusto. Pero ahora--añadió, dirigiéndose a
Rafael--enséñale al señó algo del cortijo, la cuadra de los caballos,
que es cosa de ver.
Salvatierra aceptó la invitación, ya que ésta no contrariaba su
sobriedad ascética, único lujo de su vida. «Vamos a ver los caballos».
No le interesaban gran cosa, pero agradecía el buen deseo de aquella
gente sencilla, ansiosa de mostrarle lo mejor de la casa.
Atravesaron el patio, bajo el azote de la lluvia, seguidos por algunos
perros que sacudían el agua de sus pelos lacios. Una bocanada de aire
caliente y espeso, oliendo a estiércol y a vapor animal, dio en la cara
a los visitantes al abrirse la puerta de la cuadra. Los caballos
cocearon y relincharon, moviendo las cabezas al sentir tras de sus
grupas la presencia de gente extraña.
_Zarandilla_ se metió entre ellos, adivinándolos por el tacto, marchando
a ciegas en la penumbra de la cuadra, acariciando a unos en los ijares,
rascando a otros en la frente, llamándolos con nombres cariñosos y
librándose por instinto de las patadas de impaciencia y de alegría que
daban con sus cascos herrados. «¡Quieto, _Brillante_!» «¡No seas malo,
_Lucero_!» Y pasaba, encorvándose, por debajo de los vientres para ir
hasta el otro extremo de la cuadra, mientras el aperador explicaba a
Salvatierra la valía de este tesoro.
Eran caballos jerezanos de pura sangre, verdaderos sementales de la
tierra, y elogiaba su cara alegre, sus ojos saltones, el corte elegante
y esbelto de su figura, su paso enérgico. Unos eran de color tordo;
otros de un gris plateado, sedoso y brillante, y todos ellos temblaban
desde las piernas a la grupa con fuertes estremecimientos, como si no
pudiesen contener su exceso de vida en este encierro.
Rafael hablaba con admiración del valor de aquellos animales. Una
verdadera fortuna: el señorito era hombre de gusto, un inteligente que
no reparaba en el dinero para disputar a los más ricos del _Círculo
Caballista_ la posesión de un buen ejemplar. Hasta a su primo don Pablo
le había arrebatado la posesión de un caballo famoso. Y señalando a cada
uno de los animales, hablaba de miles y miles de pesetas,
enorgulleciéndose de que tales tesoros estuviesen confiados a su
custodia.
El _hierro_ de Matanzuela, la marca con que se señalaba a las jacas
salidas del cortijo, valía tanto como los certificados de los ganaderías
más antiguas.
Mientras tanto, _Zarandilla_ acariciaba con ruidosas palmadas y motes
grotescos a dos asnos garañones, grandes como caballos, huesudos,
angulosos, como si fuesen esculpidos a hachazos; la cara roma, los ojos
casi ocultos bajo una maraña de pelos y las orejas caídas. Dos bestias
de fealdad monstruosa y fantástica, que parecían surgidas de una visión
apocalíptica. El viejo, apoyado en ellos, hablaba de la primavera,
cuando bajaban las yeguas de la dehesa y entraban en la cuadra con la
cola recogida sobre el lomo para evitar entorpecimientos, y el yegüerizo
mayor se arriesgaba bajo las patas amenazantes, encauzando la
fecundación.
--Aquí tiene su mercé--decía el viejo--a toos los buenos mozos que
fabrican los potrancos y las mulillas de Matanzuela.
Hablaba de los misterios reproductores de aquella cuadra, con la
naturalidad de la gente campesina, tímida y ruborosa en las relaciones
humanas y franca hasta el impudor al hablar de las aproximaciones de las
bestias. Y como si las palabras del viejo trajesen a las dilatadas
narices de los caballos un lejano perfume de la deseada primavera,
comenzaron a relinchar, a dar saltos, a morderse, a estremecer sus
vientres con agitaciones de péndulo, a resbalar las patas delanteras
sobre las grupas más cercanas, haciendo esfuerzos por libertar sus
cabezas amarradas a las anillas. Unos cuantos varazos repartidos a
ciegas por _Zarandilla_ hicieron cesar el estruendo de coces y
relinchos, y las bestias tornaron a alinearse ante los pesebres,
exhalando los últimos restos de su agitación con bufidos y temblores.