pensamientos a la familia de Montenegro, pero se dignaba hablarla con
cierta llaneza, lo que producía asombro en sus domésticos de la ciudad.
La noble señora sentía ablandarse su orgullo viviendo en el campo.
Hablaba con el señor Fermín queriendo averiguar a qué iglesia de Jerez
iba los domingos con María de la Luz, para oír misa... Al ver a la hija
del capataz abstraerse, poniendo su pensamiento lejos, muy lejos, en el
cortijo donde vivía Rafael, la buena señora interpretaba esta tristeza
como un anhelo de recogimiento, y la ofrecía su protección.
--No, señora--decía sonriendo la muchacha;--no quiero ser monja. A mí me
tira la vida.
Para Fermín Montenegro no eran un secreto los disgustos de carácter
espiritual, las grandes contrariedades que sufría la viuda de Dupont por
culpa de los negocios. Su hijo tenía que tratar gentes de todas clases,
herejes y hombres sin religión; extranjeros que consumían los vinos de
la casa, y al pasar por Jerez habían de ser recibidos con el agasajo que
merecen los buenos clientes. ¡Ser buenos servidores del Señor y tener
que tratar a sus enemigos como si fuesen iguales! En vano los Padres de
la iglesia de San Ignacio disipaban sus escrúpulos recordándola la
importancia de los negocios y la influencia que una casa tan poderosa
ejercía sobre la religiosidad de Jerez. Doña Elvira sólo se reconciliaba
con sus famosas bodegas cuando una vez por año salía con destino a Roma
una barrica de vino, dulce y espeso como jarabe, destinado a la misa del
Pontífice por recomendación de varios obispos, amigos de la casa. Este
honor la servía de lenitivo. Pero aun así, ¡qué angustias no la hacían
sufrir aquellos extranjeros rubios y antipáticos que tenían la audacia
de leer la Biblia a su modo y en su lengua, sin creer en Su Santidad, ni
ir a misa!...
Montenegro conocía uno de los últimos disgustos de la piadosa señora,
que le habían relatado los criados de la casa.
Los Dupont tenían un viajante sueco, el mejor agente de su negocio.
Colocaba miles y miles de botellas del vino de fuego que producía
Marchamalo, en aquellos países septentrionales de noches casi eternas y
días de pleno sol, que duran meses. El viajante, después de muchos años
de servicios a la casa, había venido a España, pasando por Jerez, para
conocer personalmente a los Dupont. Don Pablo había creído indispensable
el invitarlo a comer con su familia.
Horrible tormento el que sufrió su madre ante aquel desconocido, enorme
de cuerpo, rojo y hablador, con esa alegría infantil de los hombres del
Norte cuando se ponen en contacto con el sol y los vinos de los países
cálidos.
Doña Elvira acogía con una sonrisa traidora su charla incesante en un
español trabajoso; los gritos de asombro que le arrancaba el haber visto
tantas iglesias, tantos frailes y curas, tantos mendigos, los campos
cultivados como en los tiempos prehistóricos, las costumbres bárbaras y
pintorescas, las plazas de ciertas poblaciones llenas de hombres con los
brazos cruzados y el cigarrillo en la boca, esperando que fuesen a
alquilarles.
Dupont tosía fingiéndose distraído como si no oyese al huésped, mientras
su madre seguía con asombro los estragos que hacía el forastero en los
platos. ¡Qué manera de comer! Aquello no podía hacerlo un cristiano.
Además era rojo, como Luzbel y Judas, el color de todos los enemigos de
Dios, y su cara inflamada, de ogro en plena digestión, le hacía recordar
las de los malos espíritus que gesticulaban horrorosos en las láminas de
su devocionario. ¡Y tener que tratar herejes de esta clase, que se
burlaban de un país cristiano porque aún conserva puros e intactos los
recuerdos de tiempos más felices! ¡Verse obligada a sonreírle, porque
era el mejor cliente de la casa!...
Cuando Dupont se lo llevó, terminada la comida, la señora hizo que los
criados quitasen apresuradamente el cubierto, los vasos, todo lo que
había servido al forastero, sin que ella se atreviese a tocarlo. ¡Que
jamás volviese a ver _aquello_ en la mesa! El negocio era una cosa y
otra el alma, que debía conservarse limpia de todo contacto impuro.
Y al volver los criados al comedor vieron a doña Elvira, con la pililla
de agua bendita de su dormitorio, rociando apresuradamente la silla en
que se había sentado el ogro rojo e impío.
III
Cuando la docena de perros, bien contada, que tenía el cortijo de
Matanzuela, galgos, mastines y podencos, olfateaban a medio día el
regreso del aperador, saludaban con fieros aullidos y tirones de cadena
el trote de la jaca, y avisado por estas señales el tío Antonio,
conocido por el apodo de _Zarandilla_, asomábase al portalón para
recibir a Rafael.
El viejo había sido durante mucho tiempo aperador del cortijo. Le tomó a
su servicio el antiguo dueño, hermano del difunto don Pablo Dupont; pero
el amo actual, el alegre don Luis, quería rodearse de gente joven, y
teniendo en cuenta sus años y la debilidad de su vista, lo había
sustituido con Rafael. Y muchas gracias--como él decía con su
resignación de labriego--por no haberle enviado a mendigar en los
caminos, permitiéndole que viviese en el cortijo con su compañera, a
cambio de ocuparse la vieja del cuidado de las aves que llenaban el
corral y de ayudar él al encargado de las pocilgas que se alineaban a
espaldas del edificio. ¡Hermoso final de una vida de incesante trabajo,
con la espina quebrada por una curvatura de tantos años escardando los
campos o segando el trigo!...
Los dos inválidos de la lucha con la tierra no encontraban otra
satisfacción en su miseria que el excelente carácter de Rafael. Como dos
perros viejos, a los que se reserva por lástima un poco de pitanza,
esperaban la hora de la muerte en su tugurio junto al portalón del
cortijo. Sólo la bondad del nuevo aperador hacía llevadera su suerte. El
tío _Zarandilla_ pasaba las horas sentado en uno de los bancos al lado
de la puerta, mirando fijamente, con sus ojos opacos, los campos de
interminables surcos, sin que el aperador le regañase por su indolencia
senil. La vieja quería a Rafael como un hijo. Cuidaba de su ropa y su
comida, y él pagaba con largueza estos pequeños servicios. ¡Bendito sea
Dios! El muchacho se parecía por lo bueno y lo guapo al único hijo que
los viejos habían tenido; un pobrecito que había muerto siendo soldado,
en tiempos de paz, en un hospital de Cuba. Todo le parecía poco a la
seña Eduvigis para el aperador. Reñía al marido porque no se mostraba,
según ella, bastante amable y solícito con Rafael. Antes de que los
perros anunciasen su proximidad, oía ella el trotar del caballo.
--¡Pero, cegato!--gritaba a su marido.--¿No oyes que viene Rafaé? Anda a
sostenerle el cabayo, mardecío.
Y el viejo salía al encuentro del aperador, mirando de frente, con sus
ojos inmóviles, que sólo percibían la silueta de los objetos en una
niebla gris, moviendo las manos y la cabeza con un temblor de vejez
exhausta y agotada que le valía el apodo de _Zarandilla_.
Entraba Rafael en el cortijo sobre su briosa jaca, erguido y arrogante
como un centauro, y con gran retintín de espuelas y roce de los zajones
de cuero, se apeaba en el patio, mientras su cabalgadura golpeaba los
guijarros, como si aún desease emprender un nuevo galope.
_Zarandilla_ descolgaba la escopeta del arzón, arma que más de una vez
tenía que echarse a la cara el aperador para imponer respeto a los
arrieros que bajaban carbón de la sierra y al detenerse al borde del
camino, soltaban a pacer sus bestias en los _manchones_, tierras sin
cultivar reservadas para el ganado del cortijo cuando no estaba en la
dehesa. Después recogía la _chivata_ caída en el suelo, una larga
pértiga de acebuche, que el jinete llevaba atravesada en la silla, para
arrear a las reses que encontraba dentro de los sembrados.
Mientras el viejo llevaba el caballo a la cuadra, Rafael se despojaba de
los zajones, y entraba con la alegría de la juventud y del apetito
despierto en la cocina de los viejos.
--Mare Eduvigis, ¿qué tenemos hoy?
--Lo que a ti te gusta, condenao: ajito caliente.
Y los dos sonreían, aspirando el tufillo de la cazuela, donde acababan
de cocerse el pan y el ajo, bien majados. La anciana ponía la mesa,
sonriendo a los elogios con que celebraba Rafael sus manos de
guisandera. Ya no era más que una ruina: podía burlarse de ella el
muchacho, pero en otro tiempo le habían dicho cosas mejores los
caballeros que venían con el difunto amo a ver los potros del cortijo,
celebrando las comidas que ella les guisaba.
Al sentarse _Zarandilla_ a la mesa, de vuelta de la cuadra, la primera
mirada de sus ojos opacos era para la botella de vino, e instintivamente
avanzaba sus manos temblonas. Era un lujo que había introducido Rafael
en las comidas del cortijo. ¡Bien se reconocía en esto su juventud de
mozo rumboso, acostumbrado al trato con los caballeros de Jerez, y sus
visitas a Marchamalo, la famosa viña de los Dupont!... Años enteros
había pasado el viejo cuando era aperador sin otra alegría que la de
deslizarse, a espaldas de su mujer, hasta los ventorrillos de la
carretera, o la de ir a Jerez con pretexto de llevar a la familia del
amo alguna cesta de huevos o un par de capones, viajes de los que
regresaba cantando, con la mirada chispeante, las piernas inseguras y en
la cabeza un repuesto de alegría para toda una semana. Si alguna vez
había soñado con la fortuna, era sin otra ambición que la de beber como
el más rico caballero de la ciudad.
Adoraba el vino con el entusiasmo de la gente del campo que no conoce
otro alimento que el pan de las teleras, el pan de los gazpachos o el
ajo caliente, y obligada a rociar con agua esta comida insípida, sin
otra grasa que el hediondo aceite del condimento, sueña con el vino,
viendo en él la energía de su existencia, la alegría de su pensamiento.
Los pobres anhelaban con vehemencia de anémicos esta sangre de la
tierra. El vaso de vino mitigaba el hambre y alegraba la vida un momento
con su fuego: era un rayo de sol que pasaba por el estómago. Por esto,
_Zarandilla_, más que de los guisos de su mujer, se preocupaba de la
botella, manteniéndola al alcance de su mano, calculando previamente,
con avaricia infantil, lo que podría beber Rafael, y asignándose el
resto, sin consideración alguna, a la mujer que aprovechaba el menor
descuido para retirarla, guardándose su parte.
Rafael, no pudiendo por los hábitos de su primera juventud acostumbrarse
a la sobriedad del cortijo, encargaba al _sobajanero_ (un muchacho, que
iba diariamente a Jerez en un borriquillo) que renovase de vez en cuando
su provisión de vino; pero la guardaba bajo llave, temiendo la
intemperancia de los viejos.
La comida transcurría en medio del solemne silencio del campo, que
parecía colarse en el cortijo por el abierto portón. Los gorriones
piaban en los tejados; las gallinas cocleaban en el patio, picoteando,
con las plumas erizadas, los intersticios del pavimento de guijarros. De
la gran cuadra llegaban los relinchos de los caballos sementales y los
rebuznos de los garañones, acompañados de pataleos y bufidos de gula
satisfecha ante el pesebre lleno. De vez en cuando, un conejo asomaba a
la puerta del tugurio sus orejas desmayadas, huyendo con medroso trote a
la más leve voz, temblándole el rabillo sobre las posaderas sedosas, y
de las lejanas pocilgas llegaban ronquidos de fiera, revelando una lucha
de empellones de grasa y mordiscos traidores en torno de los barreños de
bazofia. Cuando cesaban estos rumores de vida, tornaba a extenderse con
religiosa majestad el silencio del campo, rasgado tenuemente por el
arrullo de las palomas o el lejano campanilleo de una recua,
deslizándose por la carretera que cortaba la inmensidad de tierras
amarillas, como un río de polvo.
En esta calma patriarcal, fumando sus cigarrillos (otra buena costumbre
que el viejo agradecía a Rafael), los dos hombres hablaban lentamente de
los trabajos del cortijo, con toda la gravedad que las gentes del campo
ponen en los asuntos de la tierra.
El aperador calculaba los viajes que había de hacer a una dehesa
propiedad de don Luis, donde invernaban la torada y la yeguada del
cortijo. La responsabilidad era del yegüero; pero don Luis, a quien
interesaba más su ganadería que todas las cosechas, quería estar al
corriente del estado de sus yeguas, y era por su salud por lo primero
que preguntaba a Rafael siempre que le veía.
Al volver de sus viajes, Rafael hablaba con cierta admiración del
yegüero y de los _veladores_ a sus órdenes que cuidaban el ganado
durante la noche. Eran hombres de una honradez primitiva, con el
espíritu petrificado por la soledad y la monotonía de su existencia.
Pasaban los días sin hablar, sin otra manifestación de pensamiento que
los gritos a los animales sometidos a su custodia: «¡Aquí, _Careto_!»...
«¡Anda a otro sitio, _Resalá_!» Y los bueyes y las yeguas obedecían sus
voces y sus gestos, como si la continua comunicación de las bestias y el
hombre acabase por elevar a unos y rebajar a otros, fundiendo las
especies.
El antiguo contrabandista creía traer una provisión de nueva vida cuando
bajaba al llano, al campo de interminables surcos que se perdían en el
horizonte y sobre los cuales sudaba encorvada una muchedumbre turbulenta
y miserable, roída por el odio y las necesidades.
La sierra era el escenario de su aventurera juventud, y al volver al
cortijo recordaba con entusiasmo las montañas cubiertas de acebuches,
alcornoques y encinas; las profundas cañadas con espesuras de
lentisclos; las altas adelfas orlando los riachuelos, en cuya corriente
servían de pasos grandes fragmentos de columnas con arabescos que el
agua iba borrando poco a poco; y en el fondo, sobre las cumbres, las
ruinas de alcázares moriscos, el castillo de _Fátima_, el castillo de la
_Mora Encantada_, una decoración que hacia recordar los cuentos de los
crepúsculos de invierno junto a la chimenea del cortijo.
Zumbaban los insectos sobre las inquietas crestas de la maleza;
arrastrábanse los lagartos entre las piedras; sonaban a lo lejos las
esquilas con acompañamiento de balidos, y de vez en cuando, al trotar el
caballo de Rafael por unos caminos que nunca habían conocido la rueda,
abríase en lo alto de un ribazo la cortina de matorrales, asomando los
cuernos y el hocico babeante de una vaca o el testuz curioso de un
ternero que parecía extrañar la presencia de un hombre que no fuese el
pastor.
Otras veces eran las yeguas de larga cola y sueltas crines que temblaban
un momento con salvaje sorpresa al ver al jinete y huían monte arriba
con violentas ondulaciones de ancas. Los potros las seguían, con las
patas grotescamente cubiertas de pelo, como si llevasen pantalones.
Rafael miraba asombrado a los zagales nacidos en la sierra. Eran tímidos
y huraños con la gente que llegaba de aquella llanura, a la que volvían
los ojos con cierto temor supersticioso, como si en ella residiese el
misterio de la vida. Eran pedazos de naturaleza, de una existencia
rudimentaria y monótana. Andaban y vivían como podrían hacerlo un árbol
o una piedra animados de movimiento. En su cerebro, insensible a todo lo
que no fuesen sensaciones animales, apenas si las exigencias de la vida
habían hecho florecer un ligero musgo de pensamiento. Miraban como
fetiches milagrosos las grandes verrugas de los alcornoques, con las que
podían fabricarse los _tornillos_, cazuelas naturales para confeccionar
el gazpacho. Buscaban las pieles viejas de culebra, abandonadas entre
los guijarros al cambiar de envoltura el reptil y festoneaban los caños
de las fuentes con estos pellejos oscuros, atribuyendo a su ofrenda
influencias misteriosas. Los largos días de inmovilidad en el monte,
vigilando el pastar de las bestias, extinguía lentamente todo lo que en
estos muchachos había de humano.
Cuando una vez por semana bajaba el mayor de los zagales a Matanzuela
para llevarse las provisiones de vaqueros y yegüerizos, el aperador
gustaba de hablar con este muchachón rudo y sombrío, que parecía un
superviviente de las razas primitivas. Siempre le hacía la misma
pregunta.
--Vamos a ver. ¿Qué es lo que te gusta más? ¿Qué es lo que deseas?...
El mocetón contestaba sin vacilar; como si de antemano tuviese bien
determinados todos sus deseos.
--Casáme, jartáme y moríme...
Y al decir esto, enseñaba sus dientes blancos y fuertes de salvaje, con
una expresión de hambre feroz: hambre de comida y de carne femenil,
deseos de atracarse de una vez de aquellas cosas maravillosas que, según
vagas noticias, devoraban los ricos; de gustar de un solo trago el amor
brutal que turbaba sus sueños de jayán casto; de conocer la hembra,
divinidad que admiraba de lejos al descender de la sierra y cuyos
tesoros ocultos creía adivinar contemplando las grupas lustrosas y
ágiles de las yeguas, las ubres sonrosadas y blancas de las vacas... ¡Y
después, morirse! como si conocidas y apuradas estas sensaciones
misteriosas, no restase nada de bueno en su vida de trabajo y
privaciones.
¡Y estos zagales, condenados al salvajismo desde su nacimiento, como las
criaturas a las que se deforma para explotar su fealdad, ganaban treinta
reales al mes, a más de una triste pitanza que no acallaba los
estremecimientos de su estómago excitado por el aire de la montaña y las
aguas puras de las fuentes! ¡Y sus jefes, los yegüeros y vaqueros,
tenían dos reales y medio cuando más, sin fiesta alguna durante el año;
todos los días lo mismo, viviendo aislados, con su mísera hembra que
procreaba pequeños salvajes, dentro de un chozón, negro y ahumado, un
verdadero ataúd sin más entrada que un agujero de madriguera, las
paredes de pedruscos sueltos y una cubierta de hojas de corcho!...
Rafael admiraba su probidad. Un hombre y dos zagales viviendo en esta
miseria, custodiaban rebaños que valían muchos miles de duros. En la
dehesa del cortijo de Matanzuela, los pastores no ganaban entre todos
más de dos pesetas, y tenían confiados a su cuidado ochocientas vacas y
cien bueyes, un verdadero tesoro de carne que podía extinguirse, morir,
al menor descuido. Esta carne, cuya crianza vigilaban, era para gentes
desconocidas: ellos sólo la comían cuando caía alguna res, víctima de
enfermedades hediondas que no permitían su conducción fraudulenta a las
ciudades.
El pan del cortijo que se endurecía días y días en el chozón, algún
puñado de garbanzos o habichuelas y el aceite rancio del país, eran todo
su alimento. La leche les repugnaba, ahítos de su abundancia. Los
pastores viejos sentían sublevarse su probidad cuando algún zagal
ayudaba a la muerte de una bestia con el deseo de comer carne. ¿Dónde
encontrar gente más buena y resignada?...
Al oír _Zarandilla_ estas reflexiones de Rafael, las apoyaba con
entusiasmo.
No había honradez como la de los pobres. ¿Y aún les tenían miedo
creyéndoles malos?... El se reía de la honradez de los señores de la
ciudad.
--Mia tú, Rafaé, qué mérito tendrá que don Pablo Dupont, pongo el
ejemplo, con toos sus millones sea bueno y no robe nada a naide. Los
buenos de veras, son esos pobrecitos que viven como indios caribes, sin
ver persona humana, muertecitos de jambre, guardándole al amo sus
tesoros. Los buenos somos nosotros.
Pero el aperador, al pensar en los cortijos del llano no se mostraba tan
optimista como el viejo. Los gañanes vivían también en la miseria y
sufrían hambre, pero no eran gente tan noble y resignada como la del
monte, que se conservaba pura en su aislamiento. Tenían los vicios de la
aglomeración, eran desconfiados, veían enemigos en todas partes. A él
mismo, que los trataba como hermanos de pobreza y muchas veces se
exponía a que el amo le regañase por favorecerles, le miraban con odio,
como si fuese un enemigo. Y sobre todo, eran holgazanes y había que
azuzarlos como si fuesen esclavos.
El viejo se indignaba oyendo al aperador. ¿Y cómo quería que fuesen los
gañanes? ¿Por qué habían de tener interés en trabajar?... Él, gracias a
su colocación en el cortijo, había podido llegar a viejo. Aún no tenía
sesenta años y estaba peor que muchos señores de más edad que parecían
hijos suyos. Pero se acordaba de los tiempos en que él y Eduvigis
trabajaban a jornal y se habían conocido en las noches de promiscuidad
de la gañanía, acabando por casarse. De sus compañeros de miseria,
hombres o mujeres, quedaban muy pocos: casi todos habían muerto, y los
que quedaban eran casi cadáveres, con el espinazo torcido y los miembros
secos, deformados y torpes. ¿Era aquélla vida de cristianos? ¡Trabajar
todo el día bajo el sol o sufriendo frío, sin más jornal que dos reales,
y cinco como retribución extraordinaria e inaudita en la época de la
siega! Era verdad que el amo daba la comida, ¡pero qué comida para
cuerpos que de sol a sol dejaban sobre la tierra toda su fuerza!...
--¿Tú crees, Rafaé, que eso es comé? Eso es engañá la jambre; prepará el
cuerpo pa que lo coja la muerte.
En verano, durante la recolección, les daban un potaje de garbanzos,
manjar extraordinario, del que se acordaban todo el año. En los meses
restantes, la comida se componía de pan, sólo de pan. Pan seco en la
mano y pan en la cazuela en forma de gazpacho fresco o caliente, como si
en el mundo no existiera para los pobres otra cosa que el trigo. Una
panilla escasa de aceite, lo que podía contener la punta de un cuerno,
servía para diez hombres. Había que añadir unos dientes de ajo y un
pellizco de sal, y con esto el amo daba por alimentados a unos hombres
que necesitaban renovar sus energías agotadas por el trabajo y el clima.
Unos cortijos eran de _pan por cuenta_, y en ellos se daban tres libras
por cabeza. Una telera de seis libras era el único alimento para dos
días. Otros eran de _pan largo_, no había tasa, el gañán podía comer
cuanto desease, pero el horno del cortijo sólo cocía cada diez días y
las teleras cargadas de salvado eran tan ásperas y de tal modo se
endurecían que el amo, echándola de generoso, salía ganando, pues nadie
osaba hincarlas el diente, más que en la suprema desesperación del
hambre.
Tres comidas tenían al día los braceros, todas de pan: una alimentación
de perros. A las ocho de la mañana, cuando llevaban más de dos horas
trabajando, llegaba el gazpacho caliente, servido en un lebrillo. Lo
guisaban en el cortijo, llevándolo a donde estaban los gañanes, muchas
veces a más de una hora de la casa, cayéndole la lluvia en las mañanas
de invierno. Los hombres tiraban de sus cucharas de cuerno, formando
amplio círculo en torno de él. Eran tantos, que para no estorbarse se
mantenían a gran distancia del lebrillo. Cada cucharada era un viaje.
Debían avanzar, encorvarse sobre el barreño, que estaba en el suelo,
coger la cucharada y retirarse a la fila para devorar las sopas, de una
tibieza repugnante. Al aproximarse, los gruesos zapatones hacían saltar
el polvo o las pellas de barro, y las últimas cucharadas tenían el mismo
sabor que si comiesen tierra.
A medio día era el gazpacho frío, preparado en el mismo campo. Pan
también, pero nadando en un caldo de vinagre, que casi siempre era vino
de la cosecha anterior, que se había torcido. Únicamente los zagales y
los gañanes en toda la pujanza de su juventud, le metían la cuchara en
las mañanas de invierno, engulléndose este refresco, mientras el
vientecillo frío les hería las espaldas. Los hombres maduros, los
veteranos del trabajo, con el estómago quebrantado por largos años de
esta alimentación, manteníanse a distancia, rumiando un mendrugo seco.
Y por la noche, cuando regresaban a la gañanía para dormir, otro
gazpacho caliente: pan guisado y pan seco, lo mismo que por la mañana.
Al morir en el cortijo alguna res cuyas carnes no podían aprovecharse,
se regalaba a los braceros, y los cólicos de la intoxicación alteraban
por la noche el amontonamiento de carne adormilada en la gañanía. Otras
veces, los que eran más brutales en su batalla con el hambre, si
conseguían matar a pedradas en el campo un cuervo o algún otro pajarraco
de rapiña, conducíanlo en triunfo al cortijo y lo guisaban, celebrando
con una risa de desesperados este banquete extraordinario.