A la caída de la tarde, el señor Fermín se sentaba en un banco, bajo las

arcadas de su caserón, con la guitarra en las rodillas.

--¡Venga de ahí, Mariquita de la Lú! Hay que alegrar un poquiyo al

enfermo.

Y la muchacha rompía a cantar, con la cara grave y los ojos entornados,

como si cumpliese una función sacerdotal. Únicamente sonreía cuando su

mirada se encontraba con la de Rafael, que la escuchaba en éxtasis,

acompañando con débil palmoteo el rasguear melancólico de la guitarra

del señor Fermín.

¡Oh, la voz de María de la Luz! Una voz grave, de entonaciones

melancólicas, como la de una mora habituada a eterna clausura que canta

para oídos invisibles tras las tupidas celosías: una voz que temblaba

con litúrgica solemnidad, como si meciese el sueño de una religión

misteriosa sólo de ella conocida. De repente, se adelgazaba, partiendo

como un relámpago hacia las alturas, hasta convertirse en un alarido

agudo, en un grito que serpenteaba, formando complicados arabescos de

salvaje bizarría.

Las vulgares coplas, oídas por Rafael tantas veces en sus juergas con

las gitanas, parecían nuevas en los labios de María de la Luz. Adquirían

un sentimentalismo conmovedor, una unción religiosa en el silencio del

campo, como si aquella poesía ingenua y gallarda, cansada de rodar sobre

las mesas, manchadas de vino y de sangre, se rejuveneciera al tenderse

soñolienta en los surcos de la tierra bajo los pabellones de pámpanos.

La voz de María de la Luz era famosa en la ciudad. En Semana Santa, la

gente que presenciaba el paso de las procesiones de encapuchados a altas

horas de la noche, corría para oírla de más cerca.

--Es la niña del capataz de Marchamalo que va a echarle una _saeta_ al

Cristo.

Y empujada por las amigas, abría los labios y ladeaba la cabeza con un

gesto lacrimoso, igual al de la Dolorosa; y el silencio de la noche, que

parecía agrandado por la emoción de una religiosidad lúgubre, rasgábase

con el lento y melódico quejido de aquella voz de cristal que lloraba

las trágicas escenas de la Pasión. Más de una vez la muchedumbre,

olvidando la santidad de la noche, prorrumpía en elogios a la gracia de

la chiquilla y en bendiciones a la madre que la había parido, sin

respetar el aparato inquisitorial del sagrado Entierro con sus negros

encapuchados y sus fúnebres blandones.

En la viña no despertaba menores entusiasmos María de la Luz. Oyéndola

los dos hombres bajo las arcadas, sentíanse conmovidos, y sus almas

sencillas abríanse a la ráfaga de poesía del crepúsculo, mientras se

coloreaban las lejanas montañas con la puesta del sol, y Jerez teñía su

blancura con resplandores de incendio, destacándose sobre un cielo de

violeta en el que comenzaban a brillar las primeras estrellas.

El canto quejumbroso y melancólico de los pueblos tristes y moribundos,

despertaba inexplicables recuerdos, ecos de una existencia anterior. El

alma morisca se estremecía en ellos oyendo aquellas coplas de muerte, de

sangre, de amores desesperados y fanfarronas amenazas. El viejo capataz,

enardecido por la voz de María de la Luz, parecía olvidar que era su

hija, y soltaba la guitarra para echarla su sombrero a los pies.

--¡Olé mi niña! ¡Viva su pico de oro, la mare que la crió... y el pare

también!

Y recobrando su gravedad, le decía al ahijado con el tono de un profesor

que enseña verdades de universal trascendencia:

--Ese es er verdadero cante jondo... ¡Jerezano puro! Y si te icen que si

las seviyanas, que si las malagueñas, di que es pamplina. En Jerez está

la llave der cante. Eso lo declaran toos los sabios del mundo.

Cuando Rafael se sintió fuerte tuvo que dar por terminado este período

de dulce intimidad. Una tarde habló a solas con el señor Fermín. Él no

podía seguir allí; pronto llegarían los viñadores, y la casa de

Marchamalo recobraría su animación de pequeño pueblo. Además, don Pablo

anunciaba su propósito de echar abajo el caserón, para construir aquel

castillo con el que soñaba como una glorificación de su familia. ¿Cómo

explicar Rafael su presencia en la viña? Era una vergüenza que un hombre

de sus energías permaneciese allí, sin ocupación, viviendo al amparo de

su padrino.

El asunto de aquella noche parecía olvidado. No temía que le

persiguiesen, pero estaba resuelto a no volver a su antigua vida.

--Con una basta, padrino; tenía su mercé razón. Ni esta es manera de

ganarse honradamente el pan, ni hay jembra que apechugue con un mozo que

por más dinero que traiga a casa puede morir de mala muerte.

Él no sentía miedo, ¡eso nunca!, pero tenía sus planes para el porvenir.

Quería formarse una familia, como su padre, como su padrino, y no pasar

la vida echándolas de jaque en la montaña. Buscaría una ocupación más

honrada y tranquila, aunque conociese el hambre.

Y entonces fue cuando el señor Fermín, valiéndose de su influencia con

los Dupont, hizo a Rafael aperador del cortijo de Matanzuela, propiedad

del sobrino del difunto don Pablo.

El tal Luis había vuelto a Jerez hecho un hombre, después de una

continua peregrinación por todas las universidades de España, buscando

catedráticos de manga ancha que no tuviesen empeño en malograr futuros

abogados. Su tío le había impuesto la obligación de seguir una carrera,

y mientras aquél vivió, se había resignado a llevar la vida de

estudiante, ajustándose a los estrechos envíos de dinero y ampliándolos

con préstamos feroces, por los que firmaba a ojos cerrados cuantos

papeles querían presentarle los usureros. Pero al ver al frente de la

familia a su primo Pablo y próxima su mayor edad, se había negado a

continuar por más tiempo la comedia de sus estudios. Era rico, no quería

perder el tiempo en cosas que en nada le interesaban. Y tomando posesión

de sus bienes, comenzó la libre existencia de placeres con la que había

soñado en su estrecha vida de estudiante.

Viajaba por toda España, pero ya no era para aprobar una asignatura aquí

y otra más allá: aspiraba a ser una autoridad en el arte taurino, un

grande hombre de la afición, e iba de plaza en plaza al lado de su

matador favorito, presenciando todas sus corridas. En invierno, cuando

descansaban sus ídolos, vivía en Jerez al cuidado de sus haciendas, y

este cuidado consistía en pasarse las noches en el _Círculo Caballista_,

discutiendo acaloradamente los méritos de su matador y la inferioridad

de sus rivales, pero con tal vehemencia, que por si una estocada

recibida años antes por un toro, del que no quedaban ni los huesos,

había sido caída o en su sitio, tentábase por encima de la ropa el

revólver, la navaja, todo el arsenal que llevaba sobre su persona, como

garantía del valor y la arrogancia con que resolvía sus asuntos.

No salía caballo hermoso y de precio de las yeguadas jerezanas, que no

lo comprase, entablando pujas con su primo, que era más rico que él. Por

la noche, los montañeses de los colmados le veían entrar como un

presagio de borrasca, seguros de que acabaría rompiendo botellas y

platos y echando las sillas por el aire, para demostrar que era muy

hombre y podía después pagarlo todo a triple precio. Su ambición

estribaba en ser el continuador del glorioso marqués de San Dionisio,

pero en el _Círculo Caballista_ decían de él que no era más que su

caricatura.

--Le farta el señorío, el _aquel_ del bendito marqué--decía el señor

Fermín al enterarse de las hazañas de Luis, al que conocía desde niño.

Las mujeres y los valientes eran las dos pasiones del señorito. Con

ellas no se mostraba muy generoso; deseaba ser adorado por sus méritos

de jinete arrogante, creyendo de buena fe que todos los balcones de

Jerez se estremecían con la palpitación de corazones ocultos cuando

pasaba él montando el último caballo que acababa de adquirir. Con la

corte que le acompañaba de parásitos y matones era más espléndido. No

había en todo el término de Jerez un valentón de fama triste que no

acudiese a él atraído por su liberalidad. Los que salían de presidio no

tenían que preocuparse de su suerte; don Luis era un buen amigo y además

de darles dinero, les admiraba. Cuando a altas horas de la noche, al

final de las francachelas en los colmados, sentíase borracho,

despreciaba a sus queridas para fijar toda su admiración en los hombres

de bronce que le acompañaban. Hacía que le mostrasen las cicatrices de

sus heridas, que le relatasen sus heroicas peleas. Muchas veces, en el

_Círculo Caballista_ señalaba a los amigos algún hombre malcarado que le

aguardaba en la puerta.

--Ese es el _Chivo_--decía con el orgullo de un príncipe que habla de

sus grandes generales.--Un hombre a quien le arrastran las borlas por el

suelo. Entre tiros y cuchilladas tiene más de cincuenta cicatrices en el

pellejo.

Miraba a todos con insolente superioridad, como si las cicatrices del

amigote fuesen una declaración de su propio valor, y vivía feliz

creyendo que en todo Jerez no había quien le disputase su guapeza con

los hombres y su buena fortuna con las mujeres.

Cuando el capataz de Marchamalo le habló en favor de Rafael, el señorito

lo admitió inmediatamente. Había oído hablar del muchacho; era de los

suyos (y al decir esto tomaba el aire protector de un maestro),

recordaba ciertos tiros en la sierra y el miedo que le tenían los del

resguardo. Nada: que se quedaba con él; así le gustaban los hombres.

--Te colocaré en mi cortijo de Matanzuela--dijo acariciando con

amistosas palmadas a Rafael, como si fuese un nuevo discípulo.--El

aperador que tengo es un viejo medio cegato, del que se ríen los

gañanes. Y ya sabemos lo que son los trabajadores: ¡mala gente! Con

ellos, el pan en una mano, y el garrote en la otra. Necesito un hombre

como tú, que los meta en cintura y cuide mis intereses.

Y Rafael se fue al cortijo, no volviendo a la viña más que una vez por

semana, cuando iba a Jerez para hablar al amo de los asuntos de la

labranza. Muchas veces tenía que buscarlo en la casa de alguna de sus

protegidas. Le recibía en la cama, incorporándose sobre el almohadón, en

el que descansaba otra cabeza. El nuevo aperador reía a solas las

fanfarronadas de su amo, más atento a recomendarle la dureza y que

«metiese en cintura» a los holgazanes que trabajaban sus campos, que a

enterarse de las operaciones agrícolas, echando la culpa de las malas

cosechas a los gañanes, una canalla que no quería trabajar y deseaba que

los amos se convirtiesen en criados, como si el mundo pudiera volverse

del revés.

Don Luis llegaba a olvidarse de sus aficiones matonescas y sus hazañas

amorosas, cuando hablaba de la gente zafia de los campos que, movida por

falsos apóstoles, quería repartírselo todo. Él había estudiado (lo

declaraba pomposamente en el _Círculo Caballista_, sin reparar en las

sonrisas de los que le escuchaban), él sabía que lo que deseaban los

trabajadores eran _utopias_, eso es; _utopias_ (y repetía con

delectación la palabra), y que todo lo que ocurría era por culpa de los

gobiernos que no «meten en cintura» a los gañanes, y también por falta

de religión. Si señor; la religión: este era el freno del pobre, y como

cada vez había menos, los de abajo, con el pretexto del hambre, querían

comerse a los de arriba.

Estas palabras ya no hacían sonreír a los socios del _Caballista_, sino

que las aprobaban con fervorosos gestos, con toda su fe de ricos

labradores, que encogían los hombros cuando algún iluso proponía

pantanos y canales, y todos los años costeaban grandes fiestas a la

Virgen de la Merced, sacándola en rogativa apenas faltaba el agua a sus

campos.

A pesar de estas ideas que propalaba Luis en sus momentos de seriedad,

afirmando que mejor andarían las cosas si él gobernase, don Pablo

Dupont abominaba de su primo, considerándolo una vergüenza de la

familia.

Este pariente, que renovaba los escándalos del de San Dionisio,

agravados, según doña Elvira, por su origen plebeyo, era una calamidad

en una casa que siempre había infundido respeto por su nobleza y santas

costumbres. Para mayor desgracia estaban las niñas del marqués, Lola y

Mercedes. ¡Las veces que su tía se sofocó de indignación,

sorprendiéndolas por la noche en una reja baja de su hotel, hablando con

los novios, que se renovaban casi semanalmente! Tan pronto eran

tenientes de la remonta, como señoritos del _Caballista_, o ingleses

jóvenes, empleados en los escritorios, que se entusiasmaban _pelando la

pava_ al estilo del país y hacían reír a las niñas con su andaluz

chapurreado británicamente. No había muchacho en Jerez que no tuviese su

rato de conversación con las desenvueltas _marquesitas_. Ellas hacían

frente a todos: bastaba pararse ante sus rejas para entablar diálogo, y

los que pasaban sin detenerse eran perseguidos por las risas y los

siseos irónicos que sonaban a sus espaldas. La viuda de Dupont no podía

dominar a sus sobrinas, y éstas, por su parte, así como iban creciendo,

mostrábanse más insolentes con la devota señora. Era en vano que su

primo las prohibiese salir a las rejas. Burlábanse de él y su madre,

añadiendo que ellas no habían nacido para monjas. Escuchaban con gesto

hipócrita las pláticas del confesor de doña Elvira recomendándolas la

sumisión, y hacían uso de toda clase de astucias para comunicarse con

los galanes de a pie y de a caballo que rondaban la calle.

Un señorito del _Caballista_, hijo de un cosechero, gran amigo de la

casa Dupont, se enamoró de Lola, pidiéndola en matrimonio

apresuradamente, como si temiera que se le escapase.

Doña Elvira y su hijo aceptaron la demanda: en el _Círculo_ causó

asombro el valor de aquel muchacho casándose con una de las hijas del

marqués de San Dionisio.

Este matrimonio fue para las dos hermanas una liberación. La soltera se

marchó con la otra, gozosa de emanciparse por fin de la tía huraña y

devota, y a los pocos meses volvieron a reanudar en casa del marido las

costumbres que observaban cerca de los Dupont. Mercedes pasaba la noche

en la reja en apretada intimidad con los novios: su hermana acompañábala

con cierto aire de señora mayor, y hablaba con otros para no perder el

tiempo. El marido protestaba, intentando rebelarse. Pero las dos se

indignaban contra él porque osaba interpretar estas diversiones

inocentes de un modo ofensivo para su pudor.

¡Qué de disgustos proporcionaron las dos _Marquesitas_, como las

llamaban en la ciudad, a la austera doña Elvira!... Mercedes, la

soltera, se fugó con un inglés rico. De tarde en tarde llegaban vagas

noticias que hacían palidecer de rabia a la noble señora. Unas veces la

veían en París, otras en Madrid, llevando una vida de _cocotte_

elegante. Cambiaba con frecuencia de protectores, pues los atraía a

docenas con su gracia picaresca. Además, en ciertas vanidades producía

gran impresión el título de marquesa de San Dionisio, que había unido a

su nombre, y la corona nobiliaria con que adornaba sus camisas de noche

y las sábanas de una cama tan frecuentada como la acera de una gran

calle.

La viuda de Dupont creyó morir al saber tales cosas. ¡Señor, y para esto

habían nacido los preclaros varones de su familia, virreyes, arzobispos

y capitanes, dándoles los monarcas títulos y señoríos! ¡Para que tanta

gloria sirviese de prospecto a una mala mujer!... Y aun ésta resultaba

la mejor de las dos. Al fin había huido por no afrentar de cerca a su

familia, y si vivía en el pecado, era entre hombres de cierto linaje,

siempre con personas decentes, como si influyesen en ella los respetos

al rango de su familia.

Pero quedaba la otra, la mayor, la casada, y ésta quería acabar con

todos los parientes matándolos de vergüenza. Su vida conyugal, después

de la fuga de Mercedes, fue un infierno. El marido vivía en perpetuo

recelo, marchando a ciegas en sus sospechas, no sabiendo en quién

fijarse, pues su mujer miraba del mismo modo a todos los hombres, como

si se ofreciera con los ojos, hablándoles con una libertad que incitaba

a toda clase de audacias. Sintió celos de Fermín Montenegro, que acababa

de llegar de Londres, y reanudando su intimidad infantil con Lola, la

visitaba con frecuencia, atraído por su picaresco lenguaje.

Las escenas domésticas acababan a golpes. El marido, aconsejado por los

amigos, acudía a la bofetada y al palo, para domar a «la mala bestia»,

pero la tal bestiecilla justificaba el apodo, pues al revolverse con el

vigor y la acometividad de una infancia bravía digna de su ilustre

padre, devolvía los golpes de tal modo, que siempre era el cónyuge el

que resultaba peor librado.

Muchas veces se presentaba en el _Círculo Caballista_ con arañazos en la

cara o amoratadas señales.

--Con esa no puedes tú--le decían los amigos en un tono de compasión

cómica.--Es mucha mujer para ti.

Y celebraban la energía de Lola, la admiraban, con la secreta esperanza

de ser algún día de los favorecidos.

El escándalo fue tan grande, que el marido se retiró a la casa de sus

padres y la _Marquesita_ pudo por fin vivir a sus anchas.

--Márchate--la dijo un día su primo Dupont.--Tú y tu hermana sois

nuestra deshonra. Huye lejos, y donde estés yo te enviaré lo necesario

para que vivas.

Pero Lola contestó con un ademán impúdico, gozándose en escandalizar a

su devoto pariente. No le daba la gana de irse, y no se iba. Ella era

muy _flamenca_; le gustaba la tierra y su gente. Marcharse sería poco

menos que morir.

Anduvo algún tiempo por Madrid con su hermana, pero sus viajes fueron de

corta duración. Era una _cañí_, una hija legítima del marqués de San

Dionisio. ¡Que no le quitasen a ella sus _juerguecitas_ hasta el

amanecer, tocando palmas y taconeando sentada, con las faldas en las

rodillas! ¡Que no la privasen del vino de la tierra, que era su sangre y

su felicidad! Si rabiaba la familia, que rabiase. Ella quería ser gitana

como su padre. Aborrecía a los señoritos; le gustaban los hombres con

sombrero pavero, y si llevaban zajones, mejor; pero muy hombres, oliendo

a cuadra y a macho sudoroso. Y paseaba su belleza de rubia fina con

carnes de porcelana por los colmados y ventorrillos, tratando con una

fraternidad exagerada a los cantaoras y rameras que intervenían en las

_juergas_, exigiendo que la tuteasen, y riendo con nerviosa alegría de

borracha cuando los hombres, embrutecidos por el vino, sacaban las

navajas y las hembras se apelotonaban asustadas en un rincón.

Esta vida de embriaguez, estrépito, pelea y caricias alcohólicas que

había entrevisto de niña en lo casa paterna, atraíala con fuerza

ancestral, entregándose a ella sin remordimiento, como si continuase una

tradición de familia. En sus excursiones nocturnas, cogida del brazo

del galán rústico que disfrutaba de su momentáneo apasionamiento, se

encontraba con Luis Dupont y su cortejo de gente alegre. Llamábanse

primos por su lejano parentesco, se embriagaban juntos, y Luis afirmaba

su resolución de ir a tiros con todo el que no confesase que la

_Marquesita_ era «la mujer más barbiana de la tierra». Pero a pesar de

los abandonos de Lola, que permitían al calavera apreciar sus secretos

físicos, y de que más de una vez la acompañó hasta su casa por las

desiertas calles, haciendo esfuerzos por contener sus arrebatos de

histérica que la impulsaban al escándalo, nunca sus relaciones pasaron

de una intimidad amistosa. Luis sentía ciertos entorpecimientos en el

deseo y dejaba para más adelante la fácil empresa, como si le cohibiese

el recuerdo del período de la infancia que habían pasado juntos.

Toda la ciudad comentaba los escándalos de la _Marquesita_ a la que

regocijaba mucho el asombro de las gentes tranquilas.

Lo mismo la veían en las principales calles elegantemente vestida o en

el Campo de la Feria en un lujoso carruaje, como se presentaba

despeinada y envuelta en un mantón copiando el andar de las mozas bravas

y contestando a los requiebros de los hombres con palabras que

ruborizaban a muchos. Gustaba de sonreír con gestos de misteriosa

complicidad a los pacíficos señores que pasaban junto a ella con sus

familias. Después reía como una loca pensando en las querellas

conyugales que estallaban al volver a casa aquellos matrimonios honrados

y solemnes que ella había tratado cuando vivía con su esposo. En una

acera de la calle Larga, ante las mesas de los principales casinos,

había besado a un amigo con exagerados transportes de pasión, entre el

griterío de la gente que salía a las puertas.

Su último amor era un mozo tratante en cerdos, un atleta chato y cejudo

con el que vivía en el arrabal. Un secreto poder de este macho fuerte la

enloquecía. Hablaba de él con orgullo, gozándose en el contraste entre

su nacimiento y la profesión de su amante. De vez en cuando sufría

arrebatos de veleidad y se ausentaba de la casucha del arrabal por

algunos días. El zafio amante no la buscaba, dando su vuelta por segura;

y al regresar el pájaro caprichoso, todo el barrio poníase en alarma con

los golpes y los gritos, saliendo la _Marquesita_ al balcón con el pelo

suelto, pidiendo socorro, hasta que una zarpa la arrancaba de los

hierros y la metía dentro para continuar el vapuleo.

Si algún amigo le hablaba con tono de zumba de las amorosas palizas,

contestaba con orgullo:

--Me pega porque me aprecia, y yo le quiero porque es el único que me

entiende. Mi porquero es todo un hombre.

Los escándalos de la _Marquesita_ indignaban a muchos y regocijaban a

los más. La gente popular la miraba con cierta simpatía, como si con sus

envilecimientos halagase el instinto igualitario de los de abajo. Las

familias ricas y devotas que no podían negar su parentesco con los de

San Dionisio, buscado antes como un título de orgullo, decían con

resignación: «Debe de estar loca; Dios tocará su alma para que se

arrepienta».

Los que no se resignaban eran los Dupont: don Pablo y su madre, que

volvían a su hotel malhumorados y confusos cada vez que veían en las

calles el rubio moño y la sonrisa insolente de Lola. Les parecía que la

gente era menos respetuosa con ellos por culpa de la mala hembra,

deshonra de la familia. Hasta creían ver en los criados cierta sonrisa,

como si les alegrase la afrenta que aquella loca infería a sus

parientes. Los señores de Dupont comenzaron a frecuentar menos las

calles de la ciudad, pasando muchos días en su finca de Marchamalo, para

evitar todo encuentro con la _Marquesita_ y con las gentes que

comentaban sus excentricidades.

Este alejamiento de Jerez permitió a Dupont realizar sus ensueños sobre

Marchamalo. Echó abajo el antiguo caserón y construyó lagares nuevos,

una hermosa casa para su familia, una capilla espaciosa y rica como un

templo, y un torreón cuadrado, con puntiagudas almenas, dominando el

oleaje de colinas cubiertas de cepas, que formaban el gran dominio de

Marchamalo. Todo era nuevo y sólido, construido con gran derroche de

dinero. Únicamente dejó Dupont en pie la casa de los viñadores, para que

la finca no perdiese por completo su carácter tradicional, conservando

la cocina ennegrecida por el humo de muchos años, en la que dormían los

jornaleros en torno del _fogaril_, sobre una esterilla de enea, única

cama que les proporcionaba el señor.

Fermín Montenegro, al ir en los días de fiesta a visitar a su familia,

se encontraba siempre con los amos. Así fue aumentando insensiblemente

su trato con don Pablo. En medio de la campiña, bajo el cielo de intenso

azul, parecía dulcificarse el carácter imperioso de Dupont, haciéndole

tratar a su subordinado con más afecto que en el escritorio.

Contemplando el oleaje de cepas que cubría las pendientes blanquecinas,

el rico cosechero admiraba la fertilidad de su finca, atribuyéndola

modestamente a la protección de Dios. Algunas manchas yermas extendían

su trágica desolación entre el follaje de los pámpanos. Eran los rastros

de la filoxera que había arruinado a medio Jerez. Los cosecheros,

quebrantados por la baja de los vinos, no tenían medios para replantar

sus viñas. Era aquella una tierra aristocrática y cara, que sólo los

ricos podían cultivar. Poner de nuevo en explotación una aranzada

costaba tanto como el mantenimiento de una familia _decente_ durante un

año. Pero la casa Dupont era opulenta y podía hacer frente a la plaga.

--Mira, Ferminillo--decía don Pablo;--todos esos claros los voy a

plantar de vid americana. Con esto, y, sobre todo, con el auxilio de

Dios, ya verás como la cosa marcha bien. El Señor está con los que le

aman.

La bodega · 第 5 / 24 段