caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas
entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el
Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta
de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por
lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y
troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer
su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas
de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de
cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba
libertarse del peso de su domador.
La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de
los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,
resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a
extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al
conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia
que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su
fortuna gobernando las Indias.
El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de
fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con
lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de
admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido
sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,
espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos
de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo
Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que
había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el
gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas
lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates
de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En
el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo
le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó
muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes
menos rudas que los caballeros jerezanos.
El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El
señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las
ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las
que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un
pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos
ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas
esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y
pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se
insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna
y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus
palos.
Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una
peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia
por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad
y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las
manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,
rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando
con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado
previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los
rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los
fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por
las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez
pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual
generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el
dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que
a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.
El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del
marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse
nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que
gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su
cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole
en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor
cantidad de dinero.
Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su
belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que
tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de
San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La
presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos
domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa
no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,
el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas
que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas
trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.
--¿De qué te lamentas?--decía don Pablo aburrido.--¿No son tus sobrinas?
¿No son sangre tuya?...
Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.
Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una
persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus
_juergas_ rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer
vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de
chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los
consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se
decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo
con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos
y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o
una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le
guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las
innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el
alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,
su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las
medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel
vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la
gloria eterna.
Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado
su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus
sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta
insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una
graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la
atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que
mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y
gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la
casa paterna.
A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía
majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella
un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre
ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que
había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un
débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida
a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al
ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo
mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su
alma austera y orgullosa.
--Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los
Dupont.
Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía
librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el
matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste
repugnancia.
Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo
tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente
con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más
viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la
dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,
para entrar al servicio de otro francés que había establecido una
bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a
las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,
que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra
su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía
prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar
como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,
Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad
de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo
frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la
traición, desaparecía para siempre.
Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad
beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la
carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de
los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios
prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.
La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres
ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero
tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la
dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.
La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de
preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y
sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un
Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y
que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial
de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del
cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas
preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel
en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de
aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios
arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su
importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.
El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...
El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la
familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una
mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste
marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la
mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,
desalentado y triste como un perro sin dueño.
Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su
protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los
de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la
muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba
del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los
señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos
el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta
vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:
--¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.
Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino
andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y
examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su
pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para
fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre
propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la
pasaba en la cárcel.
No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien
le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo
Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,
donde había entrado como _zagal_ para los recados, quiso ayudarle con su
protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez
de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en
Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir
en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar
el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su
propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de
un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización
del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso
del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la
benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día
menos pensado!...
El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente
la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese
ocurrido.
--¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de
Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?
Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en
Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en
busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por
entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su
padre.
El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia
iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso
que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo
fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en
la sucursal que tenía en Collins-Street.
Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase
satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante
porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que
plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado
cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e
italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;
personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos
cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.
Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que
con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,
que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y
admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas
deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena
época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una
resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo
el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos
menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus
sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.
La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que
corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.
Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba
su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El
impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla
abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo
de los Dupont, príncipes de la industria.
¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el
mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,
muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.
También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la
buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de
rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su
hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por
ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el
hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez
prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.
Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el
trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.
--Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?--preguntó el capataz interesándose
por su ahijado.
El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada
de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las
escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del _Círculo
Caballista_. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el
ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el
que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba
aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y
al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo
alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su
cuerpo.
--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.
Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le
admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte
y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de
galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de
la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo
contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus
proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos
en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba
«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para
quitarle la carga!...
El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los
judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la
grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto
padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos
de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras
inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas
algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a
la hija del capataz.
Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse
experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,
como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en
tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.
El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.
--No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,
que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que
andes en esa vida!
Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de
frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya
hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que
sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en
el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su
energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero
desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los
bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;
de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el
peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los
ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en
todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con
largueza. En las tabernas de Jerez organizaba _juergas_ de estruendo,
abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes
mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía
pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de
gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de
lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la
Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se
presentaba en la viña.
--Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres
bueno! ¿verdá que cambiarás?...
Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le
mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de
una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las
cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.
Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca
del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una
ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al
cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,
como si fuese a desplomarse.
--Abra usté, padrino--dijo con débil voz.--Soy yo, Rafaé, que vengo
jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.
Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de
percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha
salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al
mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de
sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su
chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar
hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras
entrecortadas antes de desvanecerse.
Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había
herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la
espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de
cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al
oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la
sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla
para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo
esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con
el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,
viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y
la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele
la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:
y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no
era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino
era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus
ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,
entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.
--¡Rafaé! ¡Rafaé!--gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.
Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy
poco para que le besase en presencia de su padre.
El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.
Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la
muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de
Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase
de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la
pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los
ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre
él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción
vital que habla de salvarle.
La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se
cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su
ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un
balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo
de Jerez!...
Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus
vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los
dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,
ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,
sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los
ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo
su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no
osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba
vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho
espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los
ojos se buscaban, acariciándose con timidez.