El marqués era un atleta y el mejor jinete de Jerez. Había que verle a

caballo, en traje de monte, con el pavero sombreando sus patillas

entrecanas y gitanescas, y la garrocha terciada en la silla. Ni el

Santiago de las batallas legendarias podía comparársele, cuando a falta

de musulmanes derribaba los toros más bravos y hacía galopar su jaca por

lo más intrincado de las dehesas, pasando como un rayo entre ramas y

troncos sin hacerse añicos el cráneo. Hombre sobre el cual dejaba caer

su puño, caía redondo: potro cerril cuyos lomos abarcaba con sus piernas

de acero, ya podía encabritarse, morder el aire y echar espumarajos de

cólera, que antes se desplomaba vencido y jadeante que lograba

libertarse del peso de su domador.

La audacia de los primeros Torreroel de la Reconquista y la largueza de

los que vivieron después en la corte arruinándose cerca de los reyes,

resucitaban en él como la última llamarada de una raza próxima a

extinguirse. Podía dar los mismos golpes que dieron sus antecesores al

conquistar el pendón en las Navas y se arruinaba con igual indiferencia

que aquellos de sus abuelos que se habían embarcado para rehacer su

fortuna gobernando las Indias.

El marqués de San Dionisio mostrábase satisfecho de sus alardes de

fuerza, de la rudeza de sus bromas, que terminaban casi siempre con

lesiones de los compañeros. Cuando le llamaban bruto con acento de

admiración, sonreía orgulloso de su raza. Bruto, sí: como lo habían sido

sus mejores abuelos: como lo fueron siempre los caballeros de Jerez,

espejo de la nobleza andaluza, arrogantes jinetes formados en dos siglos

de batalla diaria y continua algarada en tierras de moros, pues por algo

Jerez se llamaba de la Frontera. Y recapitulando en su memoria lo que

había leído u oído sobre la historia de los suyos, reíase de Carlos V el

gran Emperador, que, al pasar por Jerez, había querido correr unas

lanzas con los jinetes famosos de la tierra que no gustaban de combates

de puro juego, tomándolos en serio como si aún luchasen con moros. En

el primer encuentro le rasgaron la ropilla al emperador; en el segundo

le hicieron sangre, y la emperatriz, que estaba en los tablados, llamó

muy asustada a su esposo, rogándole que reservase su lanza para gentes

menos rudas que los caballeros jerezanos.

El carácter bromista del marqués gozaba de tanta fama como su fuerza. El

señor Fermín reía en la viña, repitiendo a los trabajadores las

ocurrencias graciosas del de San Dionisio. Eran bromas de acción, en las

que siempre había una víctima; genialidades crueles, para regocijar a un

pueblo rudo. Un día, al pasar el marqués por el mercado, dos mendigos

ciegos le reconocían por la voz y le saludaban con frases pomposas

esperando que los socorriese como de costumbre. «Toma, para los dos». Y

pasaba adelante, sin dar nada, mientras los dos pordioseros se

insultaban, creyendo cada uno que su camarada había recibido la limosna

y le negaba la mitad, hasta que, cansados de injuriarse, enarbolaban sus

palos.

Otra vez, el marqués hacía pregonar que el día de su santo daría una

peseta a todo cojo que se presentase en su casa. Circulaba la noticia

por todas partes y el patio del caserón llenábase de cojos de la ciudad

y del campo; unos apoyados en muletas, otros arrastrándose sobre las

manos como larvas humanas. Y al aparecer el marqués en un balcón,

rodeado de sus amigotes, abríase la puerta de la cuadra y salía bufando

con espumarajos de rabia un novillo, al que habían aguijoneado

previamente los criados. Los que realmente eran cojos, corrían hacia los

rincones, amontonándose, manoteando con la locura del miedo; y los

fingidos soltaban las muletas, y con cómica agilidad se encaramaban por

las rejas. El marqués y sus camaradas rieron como chiquillos, y Jerez

pasó mucho tiempo comentando la gracia del de San Dionisio y su habitual

generosidad, pues una vez vuelto el toro a la cuadra, distribuyó el

dinero a manos llenas entre los lisiados, verdaderos y falsos, para que

a todos les pasase el susto bebiendo algunas cañas a su salud.

El señor Fermín extrañábase de la indignación con que la hermana del

marqués acogía sus originalidades. ¡Un hombre así, no debía morirse

nunca!... Pero, al fin, murió. Murió cuando no le quedaba nada que

gastar; cuando los salones de su casa no tenían un mueble; cuando su

cuñado Dupont se negó de veras a hacerle nuevos préstamos, ofreciéndole

en su casa todo lo que quisiera, cuanto vino desease, pero sin la menor

cantidad de dinero.

Sus hijas, que eran casi unas mujeres y llamaban la atención por su

belleza picaresca y su desenfado, abandonaron el caserón paterno que

tenía mil dueños, ya que se lo disputaban todos los acreedores del de

San Dionisio, y fueron a vivir con su santa tía doña Elvira. La

presencia de estos adorables diablillos produjo una serie de disgustos

domésticos que amargaron los últimos años de don Pablo Dupont. Su esposa

no podía tolerar el desenfado de las sobrinas, y Pablo, el hijo mayor,

el favorito de la madre, apoyaba sus protestas contra aquellas parientas

que venían a turbar la tranquilidad de la casa, como si con ellas

trajesen un olor, un eco, de las costumbres del marqués.

--¿De qué te lamentas?--decía don Pablo aburrido.--¿No son tus sobrinas?

¿No son sangre tuya?...

Doña Elvira no podía quejarse de los últimos momentos de su hermano.

Había muerto como quien era: como un caballero cristiano, como una

persona decente. La enfermedad mortal le había sorprendido en una de sus

_juergas_ rodeado de mujeres y mozos de valor. La sangre del primer

vómito se la habían limpiado las amigas con sus pañolones bordados de

chinos y rosas fantásticas. Pero al ver próxima la muerte y oír los

consejos de su hermana, que después de muchos años de ausencia se

decidía a entrar en su casa, quiso «dar buen ejemplo», irse del mundo

con la discreción que convenía a su rango. Y sacerdotes de todos hábitos

y reglas llegaron hasta su lecho, apartando al sentarse una guitarra o

una enagua olvidada; hablándole del cielo, en el que, seguramente, le

guardaban un sitio de preferencia por los méritos de sus mayores. Las

innumerables cofradías y hermandades de Jerez, en las cuales tenía el

alegre noble un cargo hereditario, acompañaron al Viático; y al morir,

su cadáver fue vestido de fraile, amontonándose sobre su pecho todas las

medallas que la señora de Dupont juzgó de más eficacia para que aquel

vividor no sufriese retraso ni entorpecimiento en su ascensión a la

gloria eterna.

Doña Elvira no podía quejarse de su hermano, que al fin había demostrado

su buena sangre en los últimos instantes; no podía quejarse de sus

sobrinas, pájaros inquietos que agitaban sus plumajes con cierta

insolencia, pero la acompañaban sin réplica a misas y novenas con una

graciosa gravedad, que daba ganas de comérselas a besos. Pero la

atormentaban el recuerdo del pasado del marqués y el atolondramiento que

mostraban sus hijas al hallarse en presencia de los jóvenes; sus voces y

gestos desgarrados, que eran como un eco de lo que habían oído en la

casa paterna.

A la noble señora le indignaba todo lo que pudiese alterar la armonía

majestuosa de su existencia y de su salón. Su mismo esposo era para ella

un motivo de disgusto por sus modales de hombre de trabajo, siempre

ansioso de descanso, y aquel desenfado grave y un tanto excéntrico que

había copiado de sus corresponsales de Inglaterra. Sólo sentía por él un

débil afecto semejante al que inspira un socio comercial. Estaba unida

a él por el interés común en favor de los hijos; por cierta gratitud al

ver que su trabajo aseguraba la riqueza de sus descendientes. En el hijo

mayor había concentrado toda la cantidad de amor de que era capaz su

alma austera y orgullosa.

--Es un Torreroel: es mi hijo; mío solamente. No tiene nada de los

Dupont.

Y con estas palabras reveladoras de una feroz alegría maternal, creía

librar a su hijo de un peligro; como si después de haber aceptado el

matrimonio con Dupont por su gran fortuna, le inspirase éste

repugnancia.

Pensaba con orgullo en los millones que tendrían sus hijos, y al mismo

tiempo despreciaba a los que los habían amasado. Recordaba mentalmente

con cierta vergüenza el origen de los Dupont, del que hablaban los más

viejos de Jerez al comentar su escandalosa fortuna. El primero de la

dinastía llegaba a la ciudad a principios del siglo, como un pordiosero,

para entrar al servicio de otro francés que había establecido una

bodega. Durante la guerra de la Independencia, el amo huía por miedo a

las cóleras populares, dejando toda su fortuna confiada al compatriota,

que era su servidor de confianza, y éste, en fuerza de dar gritos contra

su país y vitorear a Fernando VII, conseguía que le respetasen y hacía

prosperar los negocios de la bodega, que se acostumbraba a considerar

como suya. Cuando, terminada la guerra, volvía el verdadero dueño,

Dupont se negaba a reconocerle, alegándose a sí mismo, para tranquilidad

de la conciencia, que bien había ganado la propiedad de la casa haciendo

frente al peligro. Y el confiado francés, enfermo y agobiado por la

traición, desaparecía para siempre.

Los negocios de la bodega crecían y se desarrollaban con la fecundidad

beneficiosa que acompaña siempre a todo crimen hábil. Comenzaba la

carrera de honradez de los Dupont, gentes excelentes, con esa bondad de

los que no necesitan cometer una mala acción para que sus negocios

prosperen, ni ven puesta a prueba su virtud por la desgracia.

La noble doña Elvira, que hacía gala a cada momento de sus ilustres

ascendientes, sentía cierto escozor al recordar esta historia; pero

tranquilizábase pronto, pensando que una parte de la gran fortuna la

dedicaba a Dios con sus generosidades de devota.

La muerte de don Pablo fue para ella una solución. Sintiose más libre de

preocupaciones y remordimientos. Su hijo mayor acababa de casarse y

sería el dueño de la casa. Ya no era la fortuna de los Dupont, era de un

Torreroel, y con esto le parecía que se borraba su vergonzoso origen, y

que Dios protegería mejor los negocios de la casa. La aptitud comercial

de Pablo, sus iniciativas y, especialmente, la nueva destilación del

cognac, que hacía famoso el nombre de la bodega, parecían afirmar estas

preocupaciones de la buena señora. ¡Dupont, en el rótulo; pero Torreroel

en el alma! Su hijo le parecía un gran señor de otras épocas, de

aquellos que con toda su nobleza eran agricultores y servían a Dios

arado en mano. La industria serviría ahora para que afirmase su

importancia social aquel descendiente de virreyes y santos arzobispos.

El Señor bendeciría con su protección al cognac y las bodegas...

El capataz de Marchamalo sintió la muerte del amo más que toda la

familia. No lloró, pero su hija María de la Luz, que comenzaba a ser una

mocita, andaba tras él, animándolo para que saliese de su triste

marasmo, para que no pasase las horas sentado en la plazoleta con la

mandíbula entre las manos y la vista perdida en el horizonte,

desalentado y triste como un perro sin dueño.

Eran inútiles los consuelos de la niña. ¡Cualquier día olvidaba él a su

protector, al que le había sacado de la miseria! Aquel golpe era de los

de prueba: únicamente podía compararse al dolor que le produciría la

muerte de su héroe don Fernando. María de la Luz, para animarle, sacaba

del fondo de un armario alguna botella de las que se dejaban los

señoritos cuando iban a la viña, y el capataz miraba con ojos llorosos

el líquido dorado de la copa. Pero al llenar ésta por tercera o cuarta

vez, su tristeza tomaba un acento de dulce resignación:

--¡Lo que somos! Hoy tú... mañana yo.

Para continuar su fúnebre monólogo bebía con la calma del campesino

andaluz, que mira el vino como la mayor de las riquezas y lo huele y

examina, hasta que, a la media hora de este copeo solemne y refinado, su

pensamiento, saltando de un afecto a otro, abandonaba a Dupont para

fijarse en Salvatierra, comentando sus correrías y aventuras, siempre

propagando sus ideales de tal modo, que la mayor parte del tiempo la

pasaba en la cárcel.

No por esto olvidaba a su protector. ¡Ay, aquel don Pablo, cuánto bien

le había hecho! Por él, su hijo Fermín era un caballero. El viejo

Dupont, al ver la actividad que mostraba el muchacho en su escritorio,

donde había entrado como _zagal_ para los recados, quiso ayudarle con su

protección. Fermín se había instruido aprovechando la presencia en Jerez

de Salvatierra. El revolucionario, al volver de su emigración en

Londres, ansioso de sol y de tranquilidad campestre, había ido a vivir

en Marchamalo, al lado de su amigo el capataz. Algunas veces, al entrar

el millonario en la viña, se encontraba con el rebelde hospedado en su

propiedad sin permiso alguno. El señor Fermín creía que, tratándose de

un hombre de tantos méritos, era innecesario solicitar la autorización

del amo. Dupont, por su parte, respetaba el carácter probo y bondadoso

del agitador, y su egoísmo de hombre de negocios le aconsejaba la

benevolencia. ¡Quién sabe si aquellas gentes volverían a mandar el día

menos pensado!...

El millonario y el caudillo de los pobres se estrechaban tranquilamente

la mano después de tantos años de no verse, como si nada hubiese

ocurrido.

--¡Hola, Salvatierra!... Me han dicho que es usted el maestro de

Ferminillo. ¿Cómo va ese discípulo?

Ferminillo progresaba rápidamente. Muchas noches no quería quedarse en

Jerez, y emprendía una marcha de más de una hora para ir a la viña en

busca de las lecciones de don Fernando. Los domingos dedicábalos por

entero a su maestro, al que adoraba con una pasión igual a la de su

padre.

El señor Fermín no supo si fue por consejo de don Fernando o por propia

iniciativa del amo; pero lo cierto era que éste, con el acento imperioso

que empleaba para hacer el bien, manifestó su deseo de que Ferminillo

fuese a Londres a expensas de la casa, para pasar una larga temporada en

la sucursal que tenía en Collins-Street.

Ferminillo marchó a Londres, y al escribir, de vez en cuando, mostrábase

satisfecho de su vida. El capataz auguraba a su hijo un brillante

porvenir. Vendría de allá sabiendo más que todos los señores que

plumeaban en el escritorio de Dupont. Además, Salvatierra le había dado

cartas para los amigos que tenía en Londres, todos polacos, rusos e

italianos, refugiados allí porque en su tierra les querían mal;

personajes que eran considerados por el capataz como seres poderosos

cuya protección envolvería a su hijo mientras viviese.

Pero el señor Fermín se aburría en su retiro, sin poder hablar más que

con los viñadores, que le trataban con cierta reserva, o con su hija,

que prometía ser una buena moza, y sólo pensaba en el arreglo y

admiración de su persona. La muchacha se dormía por las noches apenas

deletreaba él a la luz del candil alguno de los folletos de la buena

época, los renglones cortos de Barcia, que le entusiasmaban como una

resurrección de su juventud. De tarde en tarde se presentaba don Pablo

el joven, que dirigía la gran casa Dupont, dejando que sus hermanos

menores se divirtiesen en la sucursal de Londres, o doña Elvira con sus

sobrinas, cuyos noviazgos llevaban revuelta a toda la juventud de Jerez.

La viña parecía otra, más silenciosa, más triste. Los chicuelos que

corrían por ella en pasados tiempos tenían ahora otras preocupaciones.

Hasta la casa de Marchamalo había envejecido tristemente; se agrietaba

su vetustez de ruda construcción, que contaba más de un siglo. El

impetuoso don Pablo, en su fiebre de innovaciones, hablaba de echarla

abajo y levantar algo grandioso y señorial, que fuese como el castillo

de los Dupont, príncipes de la industria.

¡Qué tristeza! Su protector había muerto, Salvatierra andaba por el

mundo y su compadre Paco el de Algar le abandonaba para siempre,

muriendo de un enfriamiento allá en un cortijo del riñón de la sierra.

También el compadre había mejorado de suerte, aunque sin llegar a la

buena fortuna del señor Fermín. En fuerza de trabajar como bracero y de

rodar por las gañanías errante como un gitano, siempre seguido de su

hijo Rafael, que se empleaba en las faenas de zagal, había acabado por

ser aperador de un cortijo pobre: asunto, como él decía, de matar el

hambre sin tener que doblarse ante el surco, debilitado por una vejez

prematura y por los rudos lances de la conquista del pan.

Rafael, que era ya un mocetón de dieciocho años, endurecido por el

trabajo, se presentó en la viña para dar la mala noticia a su padrino.

--Muchacho, ¿y ahora qué va a jacer?--preguntó el capataz interesándose

por su ahijado.

El mocetón sonrió al oír hablar de una colocación en otro cortijo. ¡Nada

de trabajar la tierra! La aborrecía. Gustábanle los caballos y las

escopetas con entusiasmo juvenil, como a cualquier señorito del _Círculo

Caballista_. En punto a domar un potro o a meter la bala donde ponía el

ojo, no admitía rival. Además, era todo un hombre; tan hombre como el

que más: le gustaban los valientes para ponerlos a prueba; ansiaba

aventuras para que se supiese quién era el hijo de Paco el de Algar. Y

al decir esto sacaba el pecho y tendía los brazos en cruz, haciendo

alarde de la energía vital, de la juvenil acometividad depositadas en su

cuerpo.

--En fin, padrino, que con lo que yo tengo naide se muere de jambre.

Y Rafael no murió de hambre. ¡Qué había de morir!... Su padrino le

admiraba cuando le veía llegar a Marchamalo, montado en un alazán fuerte

y de libras, vestido como un hacendado de la sierra, con fachenda de

galán campesino, asomándole ricos pañuelos de seda por los bolsillos de

la chaqueta y el escopetón siempre pendiente de la montura. Al viejo

contrabandista le temblaban las carnes de placer oyéndole relatar sus

proezas. El muchacho vengaba a su compadre y a él de los sustos sufridos

en la montaña, de los golpes que les habían dado los que él apellidaba

«los esbirros». ¡De seguro que a éste no se le ponían delante para

quitarle la carga!...

El mozo era de los de caballería y no se limitaba a entrar tabaco. Los

judíos de Gibraltar le hacían crédito, y su alazán trotaba llevando a la

grupa fardos de sedas y de vistosos pañolones de China. Ante el absorto

padrino y su hija María de la Luz, que le miraba fijamente con sus ojos

de brasa, el muchacho sacaba a puñados las monedas de oro, las libras

inglesas, como si fuesen ochavos, y acababa por extraer de las alforjas

algún pañuelo vistoso o puntilla complicada, para hacer regalo de ello a

la hija del capataz.

Los dos jóvenes se miraban con cierta vehemencia; pero al hablarse

experimentaban una gran timidez, como si no se conocieran desde niños,

como si no hubiesen jugado juntos cuando el señor Paco venía de tarde en

tarde a visitar a su viejo camarada en la viña.

El padrino sonreía socarronamente viendo la turbación de los muchachos.

--No parece sino que ustés no se han visto nunca. Hablarse sin miedo,

que ya sé yo que tú buscas ser algo más que mi ahijado... ¡Lástima que

andes en esa vida!

Y le aconsejaba que ahorrase, ya que la suerte se le presentaba de

frente. Debía guardar sus ganancias, y cuando tuviese un capitalito, ya

hablarían de lo otro, de aquello que no se nombraba nunca, pero que

sabían los tres. ¡Ahorrar!... Rafael sonreía ante este consejo. Tenía en

el porvenir la confianza de todos los hombres de acción seguros de su

energía; la generosidad derrochadora de los que conquistan el dinero

desafiando a las leyes y a los hombres; la largueza desenfadada de los

bandidos románticos, de los antiguos negreros, de los contrabandistas;

de todos los pródigos de su vida que, acostumbrados a afrontar el

peligro, consideran sin valor lo que ganan sorteando a la muerte. En los

ventorrillos de la campiña, en las chozas de carboneros de la sierra, en

todas partes donde se juntaban hombres para beber, él lo pagaba todo con

largueza. En las tabernas de Jerez organizaba _juergas_ de estruendo,

abrumando con su generosidad a los señoritos. Vivía como los lasquenetes

mercenarios condenados a la muerte, que, en unas cuantas noches de orgía

pantagruélica, devoraban el precio de su sangre. Tenía sed de vivir, de

gozar, y cuando en medio de su existencia azarosa le acometía la duda de

lo futuro, veía, cerrando los ojos, la graciosa sonrisa de María de la

Luz, escuchaba su voz, que siempre le decía lo mismo cuando él se

presentaba en la viña.

--Rafaé: me dicen muchas cosas de ti y toas son malas... ¡Pero tú eres

bueno! ¿verdá que cambiarás?...

Y Rafael se juraba a sí mismo que había de cambiar, para que no le

mirase con sus ojazos de pena aquel ángel que le aguardaba en lo alto de

una colina, cerca de Jerez, y corría cuesta abajo entre el ramaje de las

cepas, al verle de lejos galopar por la polvorienta carretera.

Una noche, los perros de Marchamalo ladraron desaforadamente. Era cerca

del amanecer, y el capataz, echando mano a su escopeta, abrió una

ventana. Un hombre en mitad de la plazoleta sosteníase agarrado al

cuello de su jaca, que respiraba jadeante, con las piernas temblonas,

como si fuese a desplomarse.

--Abra usté, padrino--dijo con débil voz.--Soy yo, Rafaé, que vengo

jerío. Pa mí, que me han pasao de parte a parte.

Entró en la casa, y María de la Luz, al asomarse tras la cortina de

percal de su cuarto, lanzó un alarido. Olvidando todo pudor, la muchacha

salió en camisa a ayudar a su padre, que apenas podía sostener al

mocetón, pálido con palidez de muerte, con las ropas salpicadas de

sangre negruzca y de otra fresca y roja que caía y caía por debajo de su

chaquetón, goteando en el suelo. Anonadado por su esfuerzo para llegar

hasta allí, Rafael se desplomó en la cama, contándolo todo con palabras

entrecortadas antes de desvanecerse.

Un encuentro en la sierra al anochecer con los del resguardo. Él había

herido para abrirse paso, y en la huida le alcanzó una bala en la

espalda, debajo del hombro. En un ventorrillo le habían curado de

cualquier modo, con la misma rudeza con que cuidaban a las bestias, y al

oír, en el silencio de la noche, con su fino oído de hombre de la

sierra, el trote de los caballos enemigos, había vuelto sobre la silla

para no dejarse coger. Un galope de leguas, desesperado, loco, haciendo

esfuerzos por mantenerse sobre los estribos, apretando sus piernas con

el estertor de una voluntad próxima a desvanecerse, rodándole la cabeza,

viendo nubes rojas en la oscuridad de la noche, mientras por el pecho y

la espalda se escurría algo viscoso y caliente, que parecía llevársele

la vida con punzante cosquilleo. Deseaba esconderse, que no le cogieran:

y para esto, ningún refugio como Marchamalo, en aquella época que no

era de trabajo y los viñadores estaban ausentes. Además, si su destino

era morir, deseaba que fuese entre los que más quería en el mundo. Y sus

ojos se dilataban al decir esto: se esforzaba por acariciar con ellos,

entre el lagrimeo del dolor, a la hija de su padrino.

--¡Rafaé! ¡Rafaé!--gemía María de la Luz inclinándose sobre el herido.

Y como si la desgracia le hiciese olvidar su habitual recato, faltó muy

poco para que le besase en presencia de su padre.

El caballo murió en la mañana siguiente, reventado por la loca carrera.

Su dueño se salvó después de una semana transcurrida entre la vida y la

muerte. El señor Fermín había traído de Jerez un médico, gran amigo de

Salvatierra, un compañero de la época heroica, acostumbrado a esta clase

de lances. Tuvo delirios que le hacían gritar con el terror de la

pesadilla, y cuando después de largos desvanecimientos desentornaba los

ojos, veía a María de la Luz sentada junto a la cama, inclinando sobre

él su cabeza, como si buscase en su aliento la llegada de la reacción

vital que habla de salvarle.

La convalecencia no fue larga. Una vez pasado el peligro, la herida se

cicatrizó rápidamente. El capataz afirmaba, con cierto orgullo, que su

ahijado tenía carne de perro. A otro lo hubiesen hecho polvo con un

balazo así: ¡pero, balitas a él, que era el mozo más valiente del campo

de Jerez!...

Cuando el herido abandonó la cama, acompañábale María de la Luz en sus

vacilantes paseos por la explanada y los senderos inmediatos. Entre los

dos había vuelto a reaparecer esa pudibundez de los amantes campesinos,

ese recato tradicional que hace que los novios se adoren sin decírselo,

sin declararse su pasión, bastándoles el expresarla mudamente con los

ojos. La muchacha, que había vendado su herida, que había visto desnudo

su pecho robusto, perforado por aquel rasguño de labios violáceos, no

osaba ahora, que le veía de pie, ofrecerle su brazo cuando paseaba

vacilante, apoyándose en un bastón. Entre los dos marcábase un ancho

espacio, como si sus cuerpos se repeliesen instintivamente; pero los

ojos se buscaban, acariciándose con timidez.

La bodega · 第 4 / 24 段