pensaban en cosas _altas_ que no acertaban a definir, pero cuya grandeza
presentían confusamente. Además, la nación entera estaba de revuelta. A
corta distancia de Jerez, en el mar invisible cuyas brisas llegaban
hasta las viñas, los barcos del gobierno habían disparado sus cañones
para anunciar a la reina que debía abandonar su trono. El tiroteo de
Alcolea, al otro extremo de Andalucía, despertaba a toda España; «la
raza espúrea» había huido: la vida era mejor y el vino parecía más bueno
al pensar (¡consoladora ilusión!) que cada uno poseía una pequeña parte
de aquél poder retenido antes por una sola persona. Además, ¡qué de
músicas arrulladoras para el pobre!, ¡qué de elogios y adulaciones al
pueblo que meses antes no era nada y ahora lo era todo!
El señor Fermín se conmovía recordando esta época feliz, que fue la de
su matrimonio con la _pobre mártir_, como él llamaba a su difunta mujer.
Se reunían los compañeros de trabajo en las tabernas todas las noches,
para leer los papeles públicos, y la caña de vino circulaba sin miedo,
con la largueza del jornal abundante y bien retribuido. Un ruiseñor
volaba infatigable de plaza en plaza, teniendo por bosques las ciudades,
y su música divina volvía locas a las gentes, haciéndolas pedir a gritos
la República... pero Federal, ¿eh?... Federal o nada. Los discursos de
Castelar leídos en las reuniones nocturnas, con sus maldiciones al
pasado y sus himnos a la madre, al hogar, a todas las ternuras que
emocionan el alma simple del pueblo, hacían caer más de una lágrima en
las copas de vino. Luego, cada cuatro días, llegaba impresa en hoja
suelta, con renglones cortos, alguna de las cartas que «el ciudadano
Roque Barcia dirigía a sus amigos», con frecuentes exclamaciones de
«óyeme bien, pueblo», «acércate, pobre, y compartiré tu frío y tu
hambre», que enternecían a los viñadores, haciéndoles tener gran
confianza en un señor que les trataba con esta fraternal simpleza. Y
para desengrasarse de tanto lirismo, de tanta Historia comprimida,
repetían las frases ingeniosas del patriarcal Orense, los chistes del
marqués de Albaida, ¡un marqués que estaba con ellos, con los viñadores
y los gañanes, acostumbrados a respetar con cierto temor supersticioso,
como seres nacidos en otro planeta, a los aristócratas poseedores del
suelo andaluz!...
El santo respeto a la jerarquía, heredado de los abuelos e ingerido
hasta lo más profundo de su alma por largos siglos de servidumbre,
influía en el entusiasmo de estos _ciudadanos_ que hablaban a todas
horas de la igualdad.
Lo que más halagaba al señor Fermín en sus entusiasmos juveniles, era la
categoría social de los jefes revolucionarios. Ninguno era jornalero, y
esto lo apreciaba él como un mérito de las nuevas doctrinas. Los más
ilustres defensores de «la idea» en Andalucía salían de las clases que
él respetaba con atávica adhesión. Eran señoritos de Cádiz,
acostumbrados a la vida fácil y placentera de un gran puerto; caballeros
de Jerez, dueños de cortijos, hombres de pelo en pecho, grandes jinetes,
expertos en las armas e incansables corredores de juergas: hasta curas
entraban en el movimiento, afirmando que Jesús fue el primer republicano
y que al morir en la cruz dijo algo así como «Libertad, Igualdad y
Fraternidad».
Y el señor Fermín no vaciló, cuando del mitin y de la declamación
periodística, leída en alta voz, hubo que pasar a la excursión por el
monte con la escopeta al hombro en defensa de aquella República que no
querían aceptar los mismos generales que habían expulsado a los reyes. Y
tuvo que correr por las montañas de la sierra unos cuantos días, e ir a
tiros con las mismas tropas que meses antes había él aclamado cuando
pasaban sublevadas por Jerez, camino de Alcolea.
En esta aventura conoció a Salvatierra, sintiendo por él una admiración
que nunca había de enfriarse. La fuga y una larga temporada pasada en
Tánger fueron el único resultado de sus entusiasmos y cuando al fin pudo
volver a la tierra, besó a Ferminillo, el primer hijo que la _pobre
mártir_ le había dado a los pocos meses de su marcha a la serranía.
Volvió a trabajar en las viñas, algo desilusionado por el mal éxito de
la rebelión. Además, la paternidad le hacía egoísta, pensando más en la
familia que en el pueblo soberano, que podía libertarse sin necesitar de
su apoyo. Al ver proclamada la República sintió renacer sus entusiasmos.
¡Por fin, ya la tenían! ¡Llegaba lo bueno!... Pero a los pocos meses le
buscó Salvatierra, como a otros muchos. Los de Madrid eran unos
traidores y la tal República resultaba un pastel. Había que hacerla
federal o matarla; era preciso proclamar los cantones. Y otra vez
Fermín, con el fusil al hombro, batiéndose en Sevilla, en Cádiz y en la
montaña por cosas que no entendía, pero que debían ser verdades tan
claras como el sol, ya que Salvatierra las proclamaba. De esta segunda
aventura salió peor librado. Le cogieron y pasó muchos meses en el Hacho
de Ceuta, confundido con prisioneros carlistas e insurrectos cubanos, en
un amontonamiento y una miseria de los que aún se acordaba con horror
después de tantos años.
Al recobrar la libertad, la vida le pareció en Jerez más triste y
desesperada que en el presidio. La _pobre mártir_ había muerto durante
su ausencia, dejando en poder de unos parientes sus dos hijos,
Ferminillo y María de la Luz. El trabajo escaseaba; había sobra de
brazos, era reciente la indignación contra los _petroleros_
perturbadores del país; los Borbones acababan de volver, y los ricos
temían dar entrada en sus fincas a los que habían visto antes con el
fusil en la mano, tratándoles de igual a igual, con gestos amenazadores.
El señor Fermín, para que no le viesen llegar con las manos vacías los
parientes pobres que cuidaban de sus pequeñuelos, se dedicó al
contrabando. Su compadre Paco el de Algar, que había ido con él en las
partidas, conocía el oficio. Entre los dos existía el parentesco de la
pila bautismal, el compadrazgo, más sagrado entre la gente del campo que
la comunidad de sangre. Fermín era el padrino de Rafaelillo, único hijo
del señor Paco, al cual también se le había muerto la mujer durante la
época de persecuciones y presidio.
Los dos compadres emprendieron juntos sus penosas expediciones de
contrabandistas pobres. Marchaban a pie, por las veredas más abruptas de
la sierra, aprovechando los conocimientos adquiridos en las complicadas
marchas de las partidas. Su pobreza no les permitía ser caballistas como
otros que cabalgaban en pelotón, llevando en la grupa de sus fuertes
jacas dos fardos enormes de tabaco y en la perilla de la montura la
escopeta repleta de postas para pasar a _la brava_ el contrabando. Eran
humildes mochileros que, al llegar a San Roque o Algeciras, echábanse a
cuestas tres arrobas de tabaco y emprendían el regreso a la tierra
huyendo de los caminos, buscando las sendas más peligrosas, marchando de
noche y ocultándose de día, a gatas por los riscos, imitando los hábitos
de las bestias feroces, lamentando ser hombres y no poder seguir el
borde de los abismos con la misma seguridad que las bestias.
¡Oh, la vida dura de continuos riesgos, la necesidad de ganarse el pan
luchando con la oscuridad, con las tempestades y con el hombre, que era
el peor de los enemigos! Un ruido a lo lejos, una voz, el aleteo de los
pajarracos nocturnos, el chillido de las alimañas invisibles, el ladrido
de un perro, les hacían ocultarse, tenderse en el suelo entre los
jarales punzantes, sofocados por el peso de la mochila. Al partir del
campo fronterizo de Gibraltar pagaban por trasponer la línea del
resguardo. Los venales encargados de la vigilancia les imponían
contribución según su clase: tantas pesetas a los mochileros, tantos
duros a la gente de a caballo. Partían todos al mismo tiempo, después de
depositar la ofrenda en ciertas manos que salían de unas mangas con
galones de oro, y peones y jinetes, todo el ejército del contrabando,
abríase como el varillaje de un abanico en la sombra de la noche,
tomando distintos caminos para esparcirse por Andalucía. Pero quedaba lo
difícil: el peligro de tropezar con las rondas volantes que no habían
participado del soborno y se esforzaban por cortar el paso a los
defraudadores y hacer buena presa de sus cargas. Los caballistas
infundían miedo porque contestaban a tiros al ¡quién vive!, y eran los
indefensos mochileros los que sufrían toda la persecución.
Dos noches enteras necesitaban los compadres para llegar a Jerez,
caminando encorvados, sudorosos en pleno invierno, zumbándoles los
oídos, con el pecho oprimido por la carga. Acercábanse trémulos de
inquietud a ciertos pasos de la sierra donde se apostaban los enemigos.
Temblaban de miedo al entrar en ciertas gargantas en cuya oscuridad
brillaba el fogonazo y silbaba la bala, al no obedecer ellos al ¡boca
abajo! de los guardias emboscados. Algunos compañeros habían muerto en
estos malos pasos. Además, los enemigos se vengaban de las largas
esperas al acecho y de la inquietud que les inspiraban los caballistas,
dando tremendas palizas a los de a pie. Más de una vez se rasgaba el
silencio nocturno de la sierra con los alaridos de dolor que arrancaban
los bárbaros culatazos dados al azar, en la oscuridad, lejos de toda
vivienda, lejos de toda ley, en una soledad salvaje...
Pero estos peligros eran los que menos intimidaban a los dos compadres.
El miedo a perder la carga les aterraba. ¡Perder la carga! ¡el único
medio de existencia, el capital de su industria! ¡Verse de golpe sin las
ganancias acumuladas en fuerza de exponer su vida noches y noches; tener
que pedir prestado otra vez y empezar de nuevo la pelea para pagar al
prestamista, cercenando su pan y el de los pequeños!...
Por no perder sus mochilas emprendían arriesgadas ascensiones en la
oscuridad. A la menor alarma huían de las gargantas, dando rodeos por
lugares casi inaccesibles, que infundían horror al ser vistos a la luz
del sol. Los cuervos graznaban asustados en sus alturas al percibir el
roce de unos animales desconocidos que gateaban en las tinieblas. Los
aguiluchos aleteaban al ver interrumpido su sueño por el arrastre de
extraños cuadrúpedos que, abrumados por su giba, avanzaban por el filo
de los precipicios, haciendo rodar los guijarros con sus manos
desolladas, en el vacío de lóbregas profundidades. El recuerdo de algún
compañero muerto en estos pasos difíciles, congelaba su sangre un
momento: «Allá abajo está Fulano». _Allá abajo_, en el fondo de la sima
negra que bordeaban a tientas, con el tacto de los ciegos; donde sólo
podían verle los cuervos, que poco a poco dejarían blancos sus huesos
bajo el peso de la mochila, mientras en su casa, la familia, hambriento,
movida por una remota esperanza, aguardaba que un día u otro se
presentase.
El recuerdo de los que esperaban al compañero muerto les daba nuevas
energías. También ellos tenían sus _churumbeles_ que podían aguardar el
pan eternamente si daban un mal paso: ¡adelante! ¡adelante! Y con el
valor audaz que da la lucha por los hijos, los dos mochileros avanzaban
al través del peligro y de la noche.
¡Ay! De los azares que el señor Fermín había corrido en su vida, de las
miserias en presidio, entre gentes de todos los países, que se mataban
con las cucharas afiladas para entretener el ocio del encierro; del
miedo que tuvo a ser fusilado cuando lo prendieron después de derrotada
la partida, nada recordaba con tanta tristeza como las tres veces que lo
sorprendieron los carabineros, casi a las puertas de la ciudad, cuando
ya se creía en salvo, quitándole lo que llevaba varias noches sobre sus
espaldas. ¡Y luego, cuando vendía su tabaco a las gentes desocupadas, a
los señores de los casinos y los cafés, aún le regateaban algunos
céntimos! ¡Ay; si supieran lo que costaban aquellos paquetes, duros como
ladrillos, en los que parecían haberse solidificado los sudores de una
fatiga de bestia y los escalofríos del miedo!...
La desgracia, como cansada del tesón con que los dos compadres sabían
eludirla, comenzó a cebarse en ellos. Era en vano que con riesgo de su
vida esquivasen durante la noche los pasos difíciles de la sierra. Por
tres veces les sorprendieron cerca de la ciudad, en los llanos de
Caulina, cuando se creían ya en salvo. Les dieron de golpes al
arrebatarles aquellas mochilas que representaban la vida para sus hijos;
y hasta les amenazaron con un tiro en vista de su reincidencia. Más que
las amenazas les intimidó la pérdida de sus cargas. ¡Adiós los ahorros!
Los tres fracasos les dejaban más pobres que antes de comenzar el
contrabando, con deudas que les parecían enormes. Ya nadie querría
prestarles para continuar el _negocio_.
El compadre, llevando de la mano a Rafaelillo, que era ya un rapaz,
marchó a Algar, a su pueblo de la serranía, para ser gañán en un
cortijo, si es que le aceptaban viéndole entrado en años y enfermo.
El señor Fermín no tuvo otro refugio que Jerez, y fue todas las
madrugadas a la plaza Nueva a formar grupo con los jornaleros que
esperaban trabajo, acogiendo con resignación el gesto desdeñoso de los
capataces que le repelían por su antigua fama de cantonal y por las
recientes aventuras del contrabando, que le habían hecho vivir algunos
días en la cárcel. ¡Ay, las mañanas tristes pasadas en la plaza,
estremeciéndose con el frío del amanecer, sin más alimento en el
desfallecido estómago que alguna copa de aguardiente de Cazalla,
ofrecida por los amigos! ¡Y después la vuelta desalentada a su tugurio,
la sonrisa inocente de los hijos y el grito de tristeza de la mísera
cuñada, al verle aparecer a la hora en que los demás trabajaban!
--¿Tampoco hoy?...
--Tampoco... pero ten carma mujer: arreglaos como podáis y no penséis en
mí.
Entonces conoció Fermín a su «ángel protector», como él le llamaba; al
hombre que, después de Salvatierra, era el dueño de su voluntad, a
Dupont el viejo que, viéndole un día, recordó vagamente ciertas muestras
de respeto, ciertos pequeños favores a su casa y a su persona, en la
época en que aquel infeliz iba por Jerez con aire de amo, orgulloso de
su gorro colorado y de las armas que hacía resonar a cada paso, con un
estrépito de ferretería vieja.
Fue una genialidad de gran señor, un capricho de millonario que se
admiraba a sí mismo proporcionando un mendrugo a un desesperado que
encontraba obstruidos todos los caminos de la vida. Fermín halló un
jornal en la viña de Marchamalo, la gran propiedad de los Dupont. Poco a
poco fue conquistando la confianza del amo, el cual se fijaba
atentamente en su trabajo.
Cuando el antiguo rebelde llegó a ser capataz de la viña, había ya
sufrido una gran transformación en sus ideas. Se consideraba como una
parte de la casa Dupont. Le enorgullecía la importancia de las bodegas
de don Pablo y comenzaba a reconocer que los señores no eran tan malos
como creían los pobres. Hasta dejó a un lado el respeto que profesaba a
Salvatierra, el cual andaba por entonces fugitivo fuera de España, y se
atrevió a confesar a los amigos que las cosas no iban del todo mal
después del desastre de sus ilusiones políticas. Él era el de siempre,
federal, sobre todo federal: hasta que no viniese la suya, España no
sería feliz, pero mientras tanto, a pesar de los malos gobiernos y de
que «el pobre pueblo estaba oprimido», él se creía mejor que en los
tiempos pasados. La niña y la cuñada vivían en la viña, en un caserón
antiguo, espacioso como un cuartel; el muchacho iba a la escuela en
Jerez, y don Pablo le había tomado ley y prometía hacerlo «todo un
hombre», en vista de su inteligencia despierta. Él, tenía tres pesetas
diarias, sin otra obligación que llevar la cuenta de los jornales,
reclutar la gente y vigilarla, para que los remolones no descansasen
antes de que él diese la voz para fumar un cigarro.
De sus tiempos de miseria le quedaba la conmiseración para los
jornaleros, fingiendo no ver sus descuidos y negligencias. Pero sus
actos valían más que sus palabras, pues queriendo demostrar gran interés
por el amo, hablaba duramente a los braceros, con ese exceso de
autoridad que revela el humilde apenas se ve elevado sobre sus
camaradas.
El señor Fermín y sus hijos penetraban sin darse cuenta en la familia
del amo, hasta llegar a confundirse con ella. La simpleza del capataz,
alegre e hidalga como la de todos los labriegos andaluces, le hacía
captarse la confianza de los de la casa señorial. Don Pablo el viejo
reía haciéndole relatar sus fugas por la montaña, unas veces de
guerrillero y otras de contrabandista, siempre perseguido por los
carabineros. Los hijos del amo jugaban con él, prefiriendo sus
marrullerías y chistes de hombre de campo, al gesto hosco de la aya
inglesa que cuidaba de ellos. Hasta la orgullosa doña Elvira, la hermana
del marqués de San Dionisio, siempre ceñuda y de noble malhumor, como si
se creyese postergada por haberse unido con un Dupont, concedía cierta
confianza al señor Fermín, escuchándole con gesto semejante a los que
había visto en el teatro, cuando una dama se digna conversar con el
viejo escudero, confidente de sus pensamientos.
El capataz creía vivir en el mejor de los mundos contemplando a sus
hijos corretear por los senderos de la viña con dos de los señoritos de
la casa, mientras el mayor, el futuro dueño, a pesar de ser todavía un
niño, se mantenía al lado de su madre, imitando sus gestos altivos.
Había días en que el carruaje de don Pablo llegaba entre una nube de
polvo, a todo correr de sus cuatro briosos caballos, para depositar en
Marchamalo un cargamento de chiquillos, casi una escuela. Con los hijos
de Dupont llegaba Luisito, huérfano de un hermano de don Pablo, cuya
cuantiosa fortuna cuidaba éste; y las hijas del marqués de San Dionisio,
dos niñas revoltosas de ojos cándidos y boca insolente, que se peleaban
con los muchachos y los hacían correr a pedradas, revelando en sus
audacias el carácter de su famoso padre. Y Ferminillo y María de la Luz
jugaban con estos niños que habían de poseer cuantiosas fortunas, de
igual a igual, con la simplicidad de la infancia que parece un recuerdo
de los tiempos en que los hombres vivían como hermanos, antes de
inventar las jerarquías sociales. El capataz los seguía en sus juegos
con miradas de ternura, sintiendo orgullo de que sus hijos se tutearan
con los hijos y parientes del amo. Era la Igualdad soñada, aquella
Igualdad por la que había expuesto su vida, y que al fin llegaba para
él, sólo para él.
Algunas veces se presentaba el marqués de San Dionisio, y a pesar de sus
cincuenta años lo ponía todo en revolución. La devota doña Elvira se
enorgullecía de los títulos nobiliarios del hermano, pero despreciaba al
hombre por sus calaveradas, que daban triste celebridad al noble
apellido de Torreroel.
El señor Fermín, influido por sus antiguos respetos a las jerarquías
históricas, admiraba a aquel noble y alegre vividor. Estaba devorando
los últimos restos de la gran fortuna de su familia, y había influido en
el casamiento de su hermana con Dupont, para tener así un refugio cuando
le llegase la hora de la total ruina. Su nobleza era de lo más antiguo
de Jerez. El pendón de las Navas de Tolosa que sacaban con gran pompa de
la casa municipal en determinadas fiestas, lo había ganado a golpes de
hacha uno de sus ascendientes. Su título de marqués llevaba el nombre
del santo patrón de la ciudad. En su estirpe figuraban toda clase de
glorias: amigos de monarcas; Adelantados que infundían miedo a la
morisma; virreyes de las Indias, santos arzobispos, almirantes de las
galeras reales; pero el alegre marqués daba de barato tantos honores y
tan preclaros ascendientes, pensando que hubiera sido mejor para él
poseer una fortuna como la de su cuñado Dupont, aunque sin las
obligaciones y trabajos de éste. Vivía en un caserón señorial, último
resto de una fortaleza sarracena, restaurada y transformada por sus
abuelos. En los salones, casi vacíos, sólo quedaban como recuerdos del
antiguo esplendor algunos tapices astrosos, cuadros negruzcos con santos
ensangrentados en posturas horripilantes, sillerías de estilo Imperio
con la seda deshilachada; todo lo que no habían querido los corredores
de antigüedades de Sevilla, a los que llamaba el marqués en sus momentos
de apuro. Lo demás, trípticos y tablas, espadas y armaduras de los
Torreroel de la Reconquista, las riquezas exóticas traídas de las Indias
por los virreyes, y los regalos que varios monarcas de Europa habían
hecho a sus abuelos, embajadores que dejaron en las cortes más famosas
el recuerdo de su fastuosidad principesca, todo había ido desapareciendo
después de noches terribles en que la fortuna le volvía la espalda en la
mesa de juego, consolándose de su desgracia con _juergas_ estruendosas,
de las que hablaba Jerez durante mucho tiempo.
Viudo desde muy joven, tenía sus dos hijas bajo la vigilancia de criadas
jóvenes, a las que más de una vez sorprendían las pequeñas señoritas
abrazadas a papá y tuteándole. La señora de Dupont indignábase al
conocer estos escándalos y se llevaba las sobrinas a su casa para que no
presenciasen malos ejemplos. Pero ellas, verdaderas hijas de su padre,
deseaban vivir en este ambiente de libertad, y protestaban con llantos
desesperados y convulsiones en el suelo, hasta que las volvían a la
absoluta independencia de aquel caserón por donde pasaban el dinero y el
placer como un huracán de locura.
La gitanería más famosa acampaba en la casa señorial. El marqués
sentíase atraído y dominado por las mujeres de piel aceitunada y ojos de
tizón, como si en su pasado existiesen ocultos cruzamientos de raza, que
tiraban de sus afectos con misteriosa fuerza. Se arruinaba cubriendo de
joyas y vistosos pañolones a gitanas que habían trabajado en los
cortijos, escardando los campos y durmiendo en la impúdica, promiscuidad
de las gañanías. La interminable tribu de cada una de sus favoritas, le
acosaba con el lloriqueo servil y la codicia insaciable propios de la
raza; y el marqués se dejaba saquear, riendo la gracia de estos
parientes de la mano izquierda, que le adulaban declarando que era un
_cañi_ puro, más gitano que todos ellos.
Los toreros famosos pasaban por Jerez para honrar con su presencia al de
San Dionisio que organizaba fiestas estruendosas en su honor. Muchas
noches despertaban las niñas en sus camas oyendo al otro extremo de la
casa el rasgueo de las guitarras, los lamentos del cante hondo, el
taconeo del baile; y veían pasar por las ventanas iluminadas, al otro
lado del patio, grande como una plaza de armas, los hombres en mangas de
camisa con la botella en una mano y la batea de cañas en la otra, y las
mujeres con el peinado alborotado y las flores desmayadas y temblonas
sobre una oreja, corriendo con incitante contoneo para evadir la
persecución de los señores o tremolando sus pañolones de Manila como si
quisieran torearles. Algunas mañanas, al levantarse las señoritas, aún
encontraban tendidos en los divanes hombres desconocidos que roncaban
boca abajo, con los tufos de pelo sudorosos cubriéndoles las orejas, el
pantalón desabrochado y más de uno con los residuos de una cena mal
digerida a corta distancia de su cara. Estas juergas eran admiradas por
algunos como un simpático alarde de los gustos populares del marqués.
El señor Fermín era de estos admiradores. ¡Un personaje de tantos
pergaminos, que podía, sin desdoro, hacer el amor a una princesa,
encaprichándose de muchachas del pueblo o de gitanas; escogiendo sus
amigos entre caballistas, toreros y ganaderos y bebiéndose una copa de
vino con el primer pobre que se aproximaba a pedirle algo! ¡Esto era
democracia pura!... Y al entusiasmo por los gustos plebeyos del prócer
que parecía querer resarcir a la gente de la altivez y el orgullo de sus
empingorotados abuelos, uníase la admiración casi religiosa que la
fuerza, el vigor físico, inspira siempre a la gente del campo.