una delectación de artista la ceremonia del día anterior en la iglesia
de los que él, por antonomasia, llamaba los Padres. Primer domingo del
mes: fiesta extraordinaria. El templo lleno: los oficinistas y
trabajadores de la casa Dupont hermanos estaban con sus familias; casi
todos (¿eh, Fermín?), casi todos: muy pocos faltaban. Había pronunciado
el sermón el padre Urizábal, un gran orador, un sabio que hizo llorar a
todos; (¿eh, Montenegro?) ¡a todos!... menos a los que no estaban. Y
después, había llegado el acto más conmovedor. Él, como un caudillo,
acercándose a la sagrada mesa rodeado de su madre, su esposa, sus dos
hermanos, que habían venido de Londres; el Estado Mayor de la casa: y
después todos los que comían el pan de los Dupont, con sus familias,
mientras arriba, en el coro, sonaba el armónium con melodías dulcísimas.
Don Pablo se exaltaba al recordar la hermosura de la fiesta; le
brillaban los ojos, humedecidos por la emoción, y aspiraba el aire como
si aún percibiera el olor de la cera y del incienso, el perfume de las
flores que su jardinero había puesto en el altar.
--¡Y qué bien se siente el alma después de una fiesta así!--añadió con
delectación.--Ayer fue uno de los días mejores de mi vida. ¿Puede haber
cosa más santa? La resurrección de los buenos tiempos, de las sencillas
costumbres: el señor comulgando con sus servidores. Ahora ya no hay
señores como en otros tiempos: pero el rico, el gran industrial, el
comerciante, debe imitar el antiguo ejemplo y presentarse ante Dios
seguido de todos aquellos a quienes da el pan.
Pero pasando de la ternura a la cólera, con su vehemencia de impulsivo,
se fijó en Fermín, como si hasta entonces, hablando de la fiesta, se
hubiese olvidado de él.
--¡Y tú no viniste!--exclamó rojo de indignación, mirándole
duramente.--¿Por qué?... Pero no hables: no mientas. Te advierto que lo
sé todo.
Y siguió hablando a Montenegro en tono amenazador. Tal vez era de él la
culpa, ya que toleraba desobediencias en su escritorio. Tenía dos
empleados herejes, un francés y un noruego encargados de la
correspondencia extranjera, los cuales, con el pretexto de no ser
católicos, daban el mal ejemplo no asistiendo a las fiestas del domingo.
Y Fermín, porque había viajado, porque había vivido en Londres y leído
unos libracos venenosos para su alma, se creía con derecho a imitarles.
¿Acaso era él extranjero? ¿No lo habían bautizado al nacer? ¿O es que
por haber ido a Inglaterra, a costa del bolsillo de su difunto padre, se
creía superior a los demás?...
--Esto se acabará--continuó Dupont, exaltándose con sus propias
palabras.--Si esos extranjeros no van a la iglesia como los demás, los
despediré: no quiero que den en mi casa malos ejemplos y que te sirvan
de pretexto para echarlas de hereje.
A Montenegro no le infundían temor estas amenazas. Las había oído muchas
veces: después de un domingo de gran fiesta, el amo hablaba siempre de
despedir a los _extranjeros_; pero luego sus conveniencias comerciales
le hacían aplazar la resolución, en vista de los buenos servicios que
prestaban en el escritorio.
Pero cuando Fermín se alarmó fue al ver que don Pablo, cambiando de
gesto y con una frialdad irónica, le preguntaba repetidas veces dónde
había pasado el día anterior.
--¿Tú crees que no lo sé?...--continuó.--Nada de excusas, Fermín: no
mientas. Yo lo sé todo. Un amo cristiano debe preocuparse no sólo de la
vida de sus dependientes, sino de su alma. No contento con huir de la
casa de Dios has pasado el día con ese Salvatierra, que acaba de
librarse del presidio, donde debía seguir por todo el resto de sus días.
Montenegro se indignó ante el tono despectivo con que hablaba Dupont de
su maestro. Palideció de cólera, estremeciéndose como si acabase de
recibir un latigazo, y miró de frente con cierta arrogancia a su jefe.
--Don Fernando Salvatierra--dijo con voz trémula, haciendo esfuerzos por
contener su indignación--fue mi maestro y le debo mucho. Además, es el
mejor amigo de mi padre, y yo sería un desagradecido sin entrañas si no
fuese a verle después de sus desgracias.
--¡Tu padre!--exclamó don Pablo.--¡Un bobalicón que nunca aprenderá a
vivir!... ¡Que nadie le toque a su antiguo cabecilla! Y yo le
preguntaría qué sacó de ir por los montes y por las calles de Cádiz
disparando tiros por su República Federal y su don Fernando. Si mi padre
no le hubiese apreciado por su sencillez y hombría de bien, seguramente
que habría muerto de hambre, y tú, en vez de ser un señorito, estarías
cavando en las viñas.
--Pues su padre de usted, don Pablo--dijo Fermín,--también fue amigo de
don Fernando Salvatierra y más de una vez acudió a él pidiéndole apoyo
en aquella época de pronunciamientos y cantones.
--¡Mi padre!--contestó Dupont con cierta indecisión.--También era como
era: hijo de una época de revueltas y un poco tibio en lo que más debe
importarle al hombre: la religión... Además, Fermín, los tiempos han
cambiado; aquellos republicanos de entonces eran muchos de ellos
personas extraviadas, pero de excelente corazón. Yo he conocido algunos
que no podían pasar sin su misa y eran unos santos varones que odiaban a
los reyes, pero respetaban a los sacerdotes de Dios. ¿Tú crees, Fermín,
que a mí me asusta la República? Yo soy más republicano que tú; yo soy
un hombre moderno.
Y con ademanes descompuestos, golpeándose el pecho, hablaba de sus
convicciones. Él no tenía simpatía alguna por los gobiernos actuales; al
fin, todos eran unos ladrones, y en punto a fe religiosa unos hipócritas
que fingían sostener el catolicismo porque lo consideraban una fuerza.
La monarquía era una bandera social, como decía su amigo el padre
Urizábal: conforme; pero él se fijaba poco en banderas y colores; lo
importante era que Dios estuviese sobre todo, que reinase Cristo con
monarquía o con república, y los gobernantes fuesen hijos sumisos del
Papa. A él no le infundía miedo la República. Miraba con gran simpatía
algunas de la América del Sur, pueblos ideales y felices donde la
Purísima Concepción era capitana generala de los ejércitos y el Corazón
de Jesús figuraba en las banderas y en los uniformes de los soldados,
formándose los gobiernos bajo la sabia inspiración de los Padres de la
Compañía. Una república de esta clase podía venir, por él, cuando
quisiera. Daría por su triunfo la mitad de su fortuna.
--Te digo, Fermín, que soy más republicano que tú y que de todo corazón
estaría con aquellos buenos señores que conocí de niño, a los que miraba
la gente como unos descamisados, siendo excelentes personas... ¡Pero el
Salvatierra de ahora! ¡Y todos vosotros, los jovenzuelos que le
escucháis, mequetrefes que os parece poco ser republicanos y habláis de
la igualdad, y de repartirlo todo, y decís que la religión es cosa de
viejas!...
Dupont abría sus ojos desmesuradamente para expresar el asombro y la
repugnancia que le inspiraban los nuevos rebeldes.
--Y no creas, Fermín, que yo soy de los que me asusto por lo que ese
Salvatierra y sus amigos llaman reivindicaciones sociales. Ya sabes que
no riño por cuestiones de dinero. ¿Que piden los trabajadores unos
céntimos más de jornal o un nuevo rato de descanso para echar otro
cigarro? Pues si puedo, lo doy, ya que gracias al Señor, que tanto me
protege, lo que menos me falta es dinero. Yo no soy como esos otros amos
que viviendo en perpetuo ahogo regatean el sudor del pobre. ¡Caridad,
mucha caridad! Que se vea que el cristianismo sirve de arreglo para
todo... Pero lo que me revuelve la sangre es que se pretenda que todos
seamos iguales, como si no existiesen jerarquías hasta en el cielo; que
se hable de Justicia al pedir algo, como si favoreciendo yo a un pobre
no hiciese más que lo que debo y mi sacrificio no significase una buena
acción. Y, sobre todo, esa infernal manía de ir contra Dios, de quitar
al pobre sus sentimientos religiosos, de hacer responsable a la Iglesia
de todo lo malo que ocurre, y que no es más que obra del maldito
liberalismo...
Don Pablo se indignaba al recordar la impiedad de la gente rebelde. En
esto no transigía. Salvatierra y cuantos fuesen contra la religión le
encontrarían enfrente. En su casa, todo menos eso. Aún temblaba de
cólera recordando cómo despidió, dos semanas antes, a un tonelero, un
mentecato adulterado por la lectura, al que había sorprendido haciendo
alarde de incredulidad ante sus compañeros.
--Figúrate que decía que las religiones son hijas del miedo y la
ignorancia: que el hombre, en sus primeros tiempos, no creyó en nada
sobrenatural, pero que ante el rayo y el trueno, ante el incendio y la
muerte, no pudiendo explicarse tales misterios, había inventado a Dios.
¡Vamos, no sé cómo me contuve y no le di de bofetadas! Aparte de estas
locuras, un buen muchacho que sabía su oficio: pero buena penitencia
lleva, pues en Jerez nadie le ha dado trabajo por no molestarme,
viéndolo expulsado de mi casa, y ahora tal vez vaya por el mundo
royéndose los codos de hambre. Ese acabará por echar bombas, que es el
final de todos los que niegan a Dios.
Don Pablo y su empleado iban lentamente hacia el escritorio.
--Ya sabes mi resolución, Fermín--dijo Dupont antes de entrar en la
oficina.--Te quiero por tu familia y porque casi hemos sido compañeros
de infancia. Además, eres como un hermano de mi primo Luis. Pero ya me
conoces; Dios sobre todo: por él soy capaz de abandonar a mi familia. Si
no estás contento en mi casa, habla; si te parece escaso el sueldo,
dilo. Contigo no regateo, porque me eres simpático a pesar de tus
necedades. Pero no me faltes el domingo a la misa de la casa: aléjate
del chiflado de Salvatierra y todos los perdidos que se juntan con él. Y
si no haces esto, nos veremos las caras, ¿sabes, Fermín? Tú y yo
acabaremos mal.
Dupont fue a instalarse en su despacho y acudió presuroso don Ramón, el
encargado de la publicidad, con un lío de papeles que presentó a su
jefe, acompañándolo con una sonrisa de cortesano viejo.
Montenegro, desde su mesa, veía al jefe discutiendo con el director del
escritorio, removiendo los papeles y haciéndole preguntas sobre los
negocios, con un acierto que revelaba que todas sus facultades útiles se
habían concentrado al servicio de la industria.
Había transcurrido más de una hora, cuando Fermín se vio llamado por el
jefe. La casa tenía que aclarar una cuenta con el escritorio de otra
bodega: era asunto largo que no podía discutirse por teléfono, y Dupont
enviaba a Montenegro como dependiente de confianza. Don Pablo, serenado
ya por el trabajo, parecía querer borrar con esta distinción la dureza
amenazadora con que había tratado al joven.
Fermín púsose el sombrero y la capa y salió sin prisa alguna,
disponiendo del día entero para desempeñar su comisión. El amo no era
exigente en el trabajo cuando se veía obedecido. En la calle, el sol de
Noviembre, tibio y dulce como un sol primaveral, hacía resaltar bajo su
lluvia de oro las casas blancas, de verdes balcones, recortando la línea
de sus azoteas africanas sobre un cielo de intenso azul.
Montenegro vio venir hacia él un airoso jinete en traje de campo. Era un
mocetón moreno, vestido como los contrabandistas o los bandidos
caballerescos que sólo existen ya en los relatos populares. Al trotar su
caballo, movíanse las alas de su chaqueta corta de cordoncillo de
Grazalema, con coderas de paño negro ribeteadas de seda y bolsillos de
media luna forrados de rojo. El sombrero, de alas grandes y rectas,
estaba sostenido por un barbuquejo. Calzaba botines de cuero amarillo
con grandes espuelas y las piernas las resguardaba del frío con unos
zajones de piel, amplio delantal sujeto con correas. Delante de la silla
iba plegada la manta oscura de grueso borlaje; en la grupa las alforjas,
y a un lado la escopeta con el doble cañón asomando por debajo de la
panza del animal. Cabalgaba elegantemente, con una gallardía árabe, como
si hubiese nacido sobre los lomos del corcel y éste y su jinete
formasen un solo cuerpo.
--¡Olé, los caballistas!--gritó Fermín al reconocerle.--Buenos días,
Rafaelillo.
Y el jinete paró su caballo de un tirón que le hizo tocar con las ancas
el suelo, al mismo tiempo que levantaba las patas delanteras.
--¡Buen animal!--dijo Montenegro dando palmadas en el cuello del corcel.
Y los dos jóvenes quedaron silenciosos examinando la inquieta
nerviosidad de la bestia, con el fervor de unas gentes que aman la
equitación como el estado perfecto del hombre y consideran al caballo
cual el mejor amigo.
Montenegro, a pesar de su vida sedentaria de oficinista, sentía
removerse en él atávicos entusiasmos a la vista de un corcel de precio;
sentía la admiración del nómada africano ante el animal, eterno
compañero de su vida. De la riqueza de su jefe don Pablo, sólo envidiaba
la docena de caballos, los más caros y famosos de las ganaderías de
Jerez, que tenía en sus cuadras. También aquel hombre obeso, que parecía
no sentir otros entusiasmos que los que le inspiraban su religión y su
bodega, olvidaba momentáneamente a Dios y al cognac al ver un caballo
hermoso que no fuese suyo, y sonreía agradecido cuando le elogiaban como
el primer jinete de la campiña jerezana.
Rafael era el aperador del cortijo de Matanzuela, la finca de más valía
que le quedaba a Luis Dupont, el primo escandaloso y pródigo de don
Pablo. Inclinado sobre el cuello de la jaca, explicaba a Fermín su viaje
a Jerez.
--He venío a encargá unas cosillas para allá y llevo prisa. Pero antes
de volver, echaré un galope para ir a la viña y ver a tu padre. Me farta
algo cuando no veo al padrino.
Fermín sonrió con malicia.
--¿Y a mi hermana, no la verás? ¿No te falta también algo, cuando pasan
días sin ver a María de la Luz?
--Naturalmente--dijo el mocetón ruborizándose.
Y como si sintiera repentina vergüenza, espoleó su caballo.
--Con Dios, Ferminillo, y a ver si un día vienes al cortijo.
Montenegro le vio alejarse rápidamente, calle abajo, con dirección a la
campiña.
--Es un angelote--pensaba.--¡Que le vaya a éste Salvatierra con que el
mundo está mal arreglado y hay que volverlo como quien dice del
revés!...
Montenegro pasó por la calle Larga, la principal de la ciudad; una vía
ancha con casas de deslumbrante blancura. Las portadas señoriales del
siglo XVII estaban enjalbegadas cuidadosamente lo mismo que los escudos
de armas de la clave. Los escarolados y nervios de la piedra labrada
ocultábanse bajo una capa de cal. En los balcones verdes mostrábanse a
aquellas horas de la mañana cabezas de mujeres morenas, de rasgados ojos
negros, con flores en el pelo.
Fermín siguió una de las amplias aceras limitadas por dos filas de
naranjos agrios. Los principales casinos de la ciudad, los mejores
cafés, abrían sus ventanales de vidrios sobre la calle. Montenegro lanzó
una mirada al interior del _Círculo Caballista_. Era la sociedad más
famosa de Jerez, el centro de reunión de la gente rica, el refugio de la
juventud que había nacido poseedora de cortijos y bodegas. Por las
tardes, la respetable asamblea discutía sus aficiones: caballos, mujeres
y perros de caza. La conversación no tenía otros temas. Escasos
periódicos en las mesas, y en lo más oscuro de la secretaría un armario
con libros de lomos dorados y chillones cuyas vidrieras no se abrían
nunca. Salvatierra llamaba a esta sociedad de ricos el «Ateneo
Marroquí».
A los pocos pasos, Montenegro vio venir hacia él una mujer que, con su
paso vivo, su gesto arrogante y el incitador meneo de su cuerpo, parecía
alborotar la calle. Los hombres detenían el paso para verla y la seguían
con los ojos; las mujeres volvían la cabeza con un desdén afectado, y
después que pasaba cuchicheaban señalándola con un dedo. En los
balcones, las jóvenes gritaban hacia el interior de la casa, y salían
otras apresuradamente, interesadas por el llamamiento.
Fermín sonrió al notar la curiosidad y el escándalo que esparcía al
andar aquella joven. Asomaban entre las blondas de su mantilla unos
rizos rubios, y bajo los ojos negros y ardientes una naricilla sonrosada
parecía desafiar a todos con sus graciosas contracciones. La audacia con
que se recogía la falda, marcando las curvas más opulentas de su cuerpo
y dejando al descubierto gran parte de las medias, irritaba a las
mujeres.
--¡Vaya usted con Dios, marquesita salerosa!--dijo Fermín cerrándola el
paso.
Se había terciado la capa, tomando un aire de majo galante, satisfecho
de detener en la calle más céntrica, a la vista de todos, a una mujer
que tal escándalo promovía.
--Marquesa, ya no, hijo--contestó ella con gracioso ceceo.--Ahora crío
cerdos... y muchas gracias.
Se tuteaban como dos buenos camaradas; sonreían con la franqueza de la
juventud, sin mirar en torno de ellos, pero alegrándose al pensar que
muchos ojos estaban fijos en sus personas. Ella hablaba manoteando,
amenazándolo con sus uñas sonrosadas cada vez que le decía algo
_fuerte_; acompañando sus risas con un taconeo infantil cuando elogiaba
su hermosura.
--Siempre lo mismo. ¡Pero qué rebuenísima sombra tienes, hijo!... Ven a
verme alguna vez: ya sabes que te quiero... siempre con buen fin; como
hermanitos. ¡Y eso que el bruto de mi marido te tenía celos!...
¿Vendrás?
--Lo pensaré. No quiero tener una cuestión con el tratante en cerdos.
La joven prorrumpió en una carcajada.
--Es todo un caballero, ¿sabes, Fermín? Vale más con su chaquetón de
monte que todos esos señoritos del _Caballista_. Yo estoy por lo
popular: yo soy muy gitana...
Y dando al joven un ligero bofetón con su manecita acariciadora, siguió
la marcha, volviendo varias veces la cabeza para sonreír a Fermín, que
la seguía con la vista.
--¡Lástima de muchacha!--se dijo.--Con su cabeza de chorlito, es la más
buena de la familia. ¡Y don Pablo que se muestra tan orgulloso de la
nobleza de su madre!... Esta y su hermana son de las que nos consuelan
haciendo acabar en punta los linajes orgullosos...
Continuó su marcha Montenegro, entre las miradas de asombro o las
sonrisas maliciosas de los que habían presenciado su conversación con la
_Marquesita_.
En la plaza Nueva, pasó entre los grupos que se estacionan allí
habitualmente: corredores de vinos y de ganado; vendedores de cereales,
obreros de bodega sin colocación, gañanes enjutos y tostados que esperan
a que alguien alquile sus brazos inactivos, cruzados sobre el pecho.
De un grupo salió un hombre, llamándole:
--¡Don Fermín! ¡don Fermín!...
Era un arrumbador de las bodegas de Dupont.
--Ya no estoy allá, ¿sabe usté? Me han despedío esta mañana. Al
presentarme en la bodega, el encargao me ha dicho, de parte de don
Pablo, que estaba de más. ¡Después de cuatro años de trabajo y buena
conducta! ¿Es esto justicia, don Fermín?...
Como éste preguntase con su mirada el motivo de la desgracia, el
arrumbador continuó con exaltación:
--De too tiene la culpa la beatería cochina. ¿Sabe usté mi delito?... No
ir a entregá la papeleta que me dieron el sábado con el jornal.
Y como si Montenegro no conociese las costumbres de la casa, el buen
hombre relataba detalladamente lo ocurrido. El sábado, al cobrar la
semana los trabajadores de la bodega, el encargado les entregaba _la
papeleta_ a todos: una invitación para que al día siguiente asistiesen a
la misa que costeaba la familia de Dupont en la iglesia de San Ignacio.
Si la fiesta era con comunión general, el convite aun resultaba más
ineludible. El domingo, los encargados de la bodega recogían a cada
obrero la papeleta en la misma puerta de la iglesia, y al recontarlas
sabían, por los nombres, quiénes eran los que habían faltado.
--Y yo no juí ayer, don Fermín; farté como he fartao otros días: porque
no me da la gana de levantarme temprano los domingos, porque en la noche
del sábado me gusta _tomarla_ con los compañeros. ¿Pa qué trabaja uno,
sino pa tené un rato de alegría?...
Además; él era dueño de sus domingos. El amo le pagaba por su trabajo;
él trabajaba y no había por qué cercenarle su día de descanso.
--¿Es eso justo, don Fermín? Porque no hago comedias, como toos esos...
soplones y lamecosas que van a la misa de don Pablo, con toa su familia
y toman la comunión después de pasar la noche de juerga, me echan a la
caye. Sea usté franco; diga la verdad; y aunque usté trabaje como un
perro, es usté un pillo: ¿No es eso, cabayeros?...
Y se volvía al grupo de amigos que a cierta distancia oían sus palabras,
comentándolas con maldiciones a Dupont.
Fermín siguió su camino con cierto apresuramiento. El instinto de
conservación le avisaba lo peligroso de permanecer allí entre una gente
que abominaba de su principal.
Y mientras iba hacia el escritorio donde le aguardaban para las cuentas,
pensaba en el vehemente Dupont, en su fervor religioso, que parecía
endurecerle las entrañas.
--Y, realmente, no es malo--murmuraba.
Malo, no. Fermín recordaba la largueza caprichosa y desordenada con que
algunas veces socorría a las gentes en desgracia. Pero su bondad era
estrechísima: dividía en castas la pobreza; y a cambio del dinero exigía
una supeditación absoluta a todo lo que él pensase y amase. Era capaz de
aborrecer a su propia familia, de sitiarla por hambre, si creía con ello
servir a su Dios; a aquel Dios a quien profesaba inmensa gratitud
porque hacía prosperar los negocios de la casa y era el sostén del orden
social.
II
Cuando don Pablo Dupont iba a pasar un día con su familia en la famosa
viña de Marchamalo, una de sus diversiones era mostrar el señor Fermín,
el antiguo capataz, a los Padres de la Compañía o a los frailes
dominicos, sin cuya presencia no creía posible una excursión feliz.
--A ver, señor Fermín--decía sacando el viejo a la gran explanada que se
extendía frente a las casas de Marchamalo, que casi formaban un
pueblo.--Eche usted una voz de mando; pero con arrogancia, como cuando
era usted de los rojos y marchaba de partida por la sierra.
El capataz sonreía viendo que el amo y sus acompañantes de sotana o
capucha mostraban gran placer en oírle; pero su sonrisa de campesino
socarrón, no llegaba a saberse si era de burla o de agrado por la
confianza del señor. Contento de proporcionar un rato de descanso a los
muchachos que se encorvaban entre las cepas, ladera abajo, levantando y
abatiendo sus azadas pesadísimas, avanzaba con cómica rigidez hasta el
parapeto de la explanada, prorrumpiendo en un grito prolongado y
atronador:
--¡Eeeechen tabacooo!...
Cesaba de brillar entre los sarmientos el acero de las azadas, y la
larga fila de viñadores despechugados frotábanse las manos, entumecidas
por el mango de la herramienta, y lentamente extraían de la faja los
avíos de fumar.
El viejo les imitaba, y acogiendo con sonrisa enigmática los elogios de
los señores a su voz de trueno y a la entonación de caudillo con que
mandaba a la gente, liaba el cigarro, fumándolo con calma para que los
pobres de abajo tuviesen algunos segundos más de reposo a costa del buen
humor del amo.
Cuando no le quedaba más que la colilla, nueva diversión para los
señores. Volvía a dar sus pasos con rigidez exagerada de intento, y su
voz hacía temblar el eco de las vecinas colinas:
--¡Vaaamos a otraaa!...
Y con este llamamiento tradicional para reanudar el trabajo, los hombres
volvían a encorvarse y relampagueaban las herramientas sobre sus
cabezas, todas a un tiempo, en acompasadas curvas.
El señor Fermín era una de las curiosidades de Marchamalo, que don Pablo
exhibía a sus acompañantes. Todos reían sus refranes, los términos
rebuscados y raros de su expresión, sus consejos dichos en tono
campanudo; y el viejo aceptaba el irónico elogio de los señores con la
simpleza del campesino andaluz, que aún parece vivir en la época feudal,
siervo del amo, aplastado por la gran propiedad, sin esa independencia
enfurruñada del pequeño labrador que tiene la tierra por suya.
Además, el señor Fermín se sentía ligado por todo el resto de su
existencia a la familia Dupont. Había visto a don Pablo en pañales, y
aunque le trataba con el respeto que imponía su carácter imperioso, era
siempre para él un niño, acogiendo con bondad paternal todas sus
rarezas.
El capataz había tenido en su vida un período de dura miseria. De joven
fue viñador, gozando de la buena época; aquella de la ida al trabajo en
calesín y de la cava con zapatos de charol, de la que hablaba
melancólicamente el viejo bodeguero de la casa Dupont.