Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al eng

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VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

LA BODEGA

--NOVELA--

19.000

F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES

Isabel la Católica, 5 || Salas, 4 (Sucursal)

||

VALENCIA || MADRID

Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.a--VALENCIA

LA BODEGA

I

Apresuradamente, como en los tiempos que llegaba tarde a la escuela,

entró Fermín Montenegro en el escritorio de la casa Dupont, la primera

bodega de Jerez, conocida en toda España; «Dupont Hermanos», dueños del

famoso vino de Marchamalo, y fabricantes del cognac cuyos méritos se

pregonan en la cuarta plana de los periódicos, en los rótulos

multicolores de las estaciones de ferrocarril, en los muros de las casas

viejas destinados a anuncios y hasta en el fondo de las garrafas de agua

de los cafés.

Era lunes, y el joven empleado llegaba al escritorio con una hora de

retraso. Sus compañeros apenas levantaron la vista de los papeles cuando

él entró, como si temieran hacerse cómplices con un gesto, con una

palabra, de esta falta inaudita de puntualidad. Fermín miró con

inquietud el vasto salón del escritorio y se fijó después en un

despacho contiguo, donde en medio de la soledad alzábase majestuoso un

_bureau_ de lustrosa madera americana. «El amo» no había llegado aún. Y

el joven, más tranquilo ya, sentose ante su mesa y comenzó a clasificar

los papeles, ordenando el trabajo del día.

Aquella mañana encontraba al escritorio algo de nuevo, de

extraordinario, como si entrase en él por vez primera, como si no

hubiesen transcurrido allí quince años de su vida, desde que le

aceptaron como _zagal_ para llevar cartas al correo y hacer recados, en

vida de don Pablo, el segundo Dupont de la dinastía, el fundador del

famoso cognac que abrió «un nuevo horizonte al negocio de las bodegas»,

según decían pomposamente los prospectos de la casa hablando de él como

de un conquistador; el padre de los «Dupont Hermanos» actuales, reyes de

un estado industrial formado por el esfuerzo y la buena suerte de tres

generaciones.

Fermín nada veía de nuevo en aquel salón blanco, de una blancura de

panteón, fría y cruda, con su pavimento de mármol, sus paredes estucadas

y brillantes, sus grandes ventanales de cristal mate, que rasgaban el

muro hasta el techo, dando a la luz exterior una láctea suavidad. Los

armarios, las mesas y las taquillas de madera oscura, eran el único tono

caliente de este decorado que daba frío. Junto a las mesas, los

calendarios de pared ostentaban grandes imágenes de santos y de vírgenes

al cromo. Algunos empleados, abandonando toda discreción, para halagar

al amo, habían clavado junto a sus mesas, al lado de almanaques ingleses

con figuras modernistas, estampas de imágenes milagrosas, con su oración

impresa al pie y la nota de indulgencias. El gran reloj, que desde el

fondo del salón alteraba el silencio con sus latidos, tenía la forma de

un templete gótico, erizado de místicas agujas y pináculos medioevales,

como una catedral dorada de bisutería.

Esta decoración semirreligiosa de una oficina de vinos y cognacs era lo

que despertaba cierta extrañeza en Fermín, después de haberla visto

durante muchos años. Persistían aún en él las impresiones del día

anterior. Había permanecido hasta hora muy avanzada de la noche con don

Fernando Salvatierra, que volvía a Jerez después de ocho años de

reclusión en un presidio del Norte de España. El famoso revolucionario

volvía a su tierra modestamente, sin alarde alguno, como si los años

transcurridos los hubiese pasado en un viaje de recreo.

Fermín le encontraba casi igual que la última vez que le vio, antes de

marchar él a Londres para perfeccionar sus estudios de inglés. Era el

don Fernando que había conocido en su adolescencia; igual voz paternal y

suave, la misma sonrisa bondadosa; los ojos claros y serenos, lacrimosos

por la debilidad, brillando tras unas gafas ligeramente azuladas. Las

privaciones del presidio habían encanecido sus cabellos rubios en las

sienes y blanqueado su barba rala, pero el gesto sereno de la juventud

seguía animando su rostro.

Era un «santo laico», según confesaban sus adversarios. Nacido dos

siglos antes, hubiese sido un religioso mendicante preocupado por el

dolor ajeno y tal vez habría llegado a figurar en los altares. Mezclado

en las agitaciones de un período de luchas, era un revolucionario. Se

conmovía con el lloro de un niño: desprovisto de todo egoísmo, no había

acción que considerase indigna para auxiliar a los desgraciados, y, sin

embargo, su nombre producía escándalo y temor en los ricos, y le

bastaba, en su existencia errante, mostrarse algunas semanas en

Andalucía, para que al momento se alarmasen las autoridades y se

concentrara la fuerza pública. Iba de un lado a otro como un Asheverus

de la rebeldía, incapaz de hacer daño por sí mismo, odiando la

violencia, pero predicándola a los de abajo como único medio de

salvación.

Fermín recordaba su última aventura. Estaba él en Londres cuando leyó la

prisión y la sentencia de Salvatierra. Había aparecido en la campiña de

Jerez, cuando los trabajadores del campo acababan de iniciar una de sus

huelgas.

Su presencia entre los rebeldes fue el único delito. Le prendieron, y al

interrogarle el juez militar, se negó a jurar por Dios. La sospecha de

complicidad en la huelga y su irreligiosidad inaudita bastaron para

enviarle a presidio. Fue una injusticia que el miedo social se permitió

con un ser peligroso. El juez le abofeteó durante un interrogatorio, y

Salvatierra, que de joven se había batido en las insurrecciones del

período revolucionario, limitose, con una serenidad evangélica, a pedir

que pusieran en observación al violento juez, pues debía sufrir una

enfermedad mental.

En el presidio, sus costumbres habían causado asombro. Dedicado por

afición al estudio de la Medicina, servía de enfermero a los presos,

dándoles su comida y sus ropas. Iba haraposo, casi desnudo; cuanto le

enviaban sus amigos de Andalucía pasaba inmediatamente a poder de los

más desgraciados. Los guardianes, viendo en él al antiguo diputado, al

agitador famoso que en el período de la República se había negado a ser

ministro, le llamaban don Fernando, con instintivo respeto.

--Llamadme Fernando a secas--decía con sencillez.--Habladme de tú, como

yo os hablo. No somos más que hombres.

Al llegar a Jerez, después de permanecer algunos días en Madrid entre

los periodistas y los antiguos compañeros de vida política, que le

habían conseguido el indulto sin hacer caso de su resistencia a

aceptarlo, Salvatierra se dirigió en busca de los amigos que aún le

restaban fieles. Había pasado el domingo en una pequeña viña que tenía

cerca de Jerez un corredor de vinos, antiguo compañero de armas del

período de la Revolución. Todos los admiradores habían acudido al

enterarse del regreso de don Fernando. Llegaban viejos arrumbadores de

las bodegas, que de muchachos habían marchado a las órdenes de

Salvatierra por las asperezas de la inmediata serranía, disparando su

escopeta por la República Federal: jóvenes braceros del campo que

adoraban al don Fermín de la segunda época, hablando del reparto de las

tierras y de los absurdos irritantes de la propiedad.

Fermín también había ido a ver al maestro. Recordaba sus años de la

infancia; el respeto con que oía a aquel hombre, admirado por su padre y

que durante largas temporadas vivió en su casa. Sentía agradecimiento al

recordar la paciencia con que le había enseñado a leer y escribir, cómo

le había dado las primeras lecciones de inglés y cómo le inculcó las más

nobles aspiraciones de su alma; aquel amor a la humanidad en que parecía

arder el maestro.

Al verle tras su largo cautiverio, don Fernando le estrechó la mano, sin

la más leve emoción, como si se hubiesen encontrado poco antes, y le

preguntó por su padre y su hermana con voz suave y gesto plácido. Era el

hombre de siempre, insensible para el dolor propio, conmovido ante el

sufrimiento de los demás.

Toda la tarde y gran parte de la noche permaneció en la casita de la

viña el grupo de amigos de Salvatierra. El dueño, rumboso y entusiasmado

por la vuelta del grande hombre, sabía obsequiar a la reunión. Las cañas

de color de oro circulaban a docenas sobre la mesa cubierta de platos de

aceitunas, lonchas de jamón y otros comestibles que servían de pretexto

para desear el vino. Todos lo saboreaban entre palabra y palabra, con la

prodigalidad en el beber propia de la tierra. Al cerrar la noche muchos

se mostraban perturbados: únicamente Salvatierra estaba sereno. Él sólo

bebía agua, y en cuanto a comer, se resistió a tomar otra cosa que un

pedazo de pan y otro de queso. Esta era su comida dos veces al día desde

que salió de presidio, y sus amigos debían respetarla. Con treinta

céntimos tenía lo necesario para su existencia. Había decidido que

mientras durase el desconcierto social y millones de semejantes

perecieran lentamente por la escasez de alimentación, él no tenía

derecho a más.

¡Oh, la desigualdad! Salvatierra se enardecía, abandonaba su flema

bondadosa al pensar en las injusticias sociales. Centenares de miles de

seres morían de hambre todos los años. La sociedad fingía no saberlo,

porque no caían de repente en medio de las calles como perros

abandonados; pero morían en los hospitales, en sus tugurios, víctimas en

apariencia de diversas enfermedades; pero en el fondo, ¡hambre! ¡todo

hambre!... ¡Y pensar que en el mundo había reservas de vida para todos!

¡Maldita organización que tales crímenes consentía!...

Y Salvatierra, ante el silencio respetuoso de sus amigos, hacía el

elogio del porvenir revolucionario, de la sociedad comunista, ensueño

generoso, en la cual los hombres encontrarían la felicidad material y la

paz del alma. Los males del presente eran una consecuencia de la

desigualdad. Las mismas enfermedades eran otra consecuencia. En lo

futuro, el hombre moriría por el desgaste de su máquina, sin conocer el

sufrimiento.

Montenegro, escuchando a su maestro, evocaba uno de los recuerdos de su

juventud, una de las paradojas más famosas de don Fernando, antes de que

éste fuera al presidio y él partiese para Londres.

Salvatierra hablaba en un mitin explicando a los obreros lo que sería la

sociedad del porvenir. ¡No más opresores y falsarios! Todas las

dignidades y profesiones del presente habían de desaparecer. Quedarían

suprimidos los sacerdotes, los guerreros, los políticos, los abogados...

--¿Y los médicos?--preguntó una voz desde el fondo de la sala.

--Los médicos también--afirmó Salvatierra con su fría tranquilidad.

Hubo un murmullo de asombro y extrañeza, como si el público que le

admiraba fuese a reírse de él.

--Los médicos también, porque el día que triunfe nuestra revolución se

acabarán las enfermedades.

Y como presintiese que iba a estallar una carcajada de incredulidad, se

apresuró a añadir:

--Se acabarán las enfermedades, porque las que ahora existen son por

haber hecho ostentación de la riqueza, comiendo más de lo que necesita

el organismo, o por comer menos la pobreza de lo que exige el

sostenimiento de su vida. La nueva sociedad, repartiendo equitativamente

los medios de subsistencia, equilibrará la vida suprimiendo las

enfermedades.

Y el revolucionario ponía tal convicción, tal fe en sus palabras, que

estas y otras paradojas imponían silencio, siendo acogidas por los

creyentes con el mismo respeto que las simples turbas medioevales

escuchaban al apóstol iluminado que les anunciaba el reinado de Dios.

Los compañeros de armas de don Fernando recordaban el período heroico de

su vida, las partidas en la Sierra, dando cada uno gran abultamiento a

sus hazañas y penalidades, con el espejismo del tiempo y de la

imaginación meridional, mientras el antiguo jefe sonreía como si

escuchase el relato de juegos infantiles. Aquella había sido la época

romántica de su existencia. ¡Luchar por formas de gobierno!... En el

mundo había algo más. Y Salvatierra recordaba su desilusión en la corta

República del 73, que nada pudo hacer, ni de nada sirvió. Sus

compañeros de la Asamblea, que cada semana tumbaban un gobierno y

creaban otro para entretenerse, habían querido hacerle ministro.

¿Ministro él? ¿Y para qué? Únicamente lo hubiese sido para evitar que en

Madrid hombres, niños y mujeres durmieran a la intemperie en las noches

de invierno, refugiándose en los quicios de las puertas y en los

respiraderos de las cuadras, mientras permanecían cerrados e inservibles

en el paseo de la Castellana los grandes hoteles de la gente rica,

hostil al gobierno, que se había trasladado a París cerca de los

Borbones para trabajar por su restauración. Pero este programa

ministerial no había gustado a nadie.

Después, los amigos, al remontarse en su memoria hasta las

conspiraciones en Cádiz, antes de la sublevación de la escuadra, habían

recordado a la madre de Salvatierra... ¡Mamá! Los ojos del

revolucionario se mostraron más lacrimosos y brillantes detrás de las

gafas azuladas. ¡Mamá!... Su gesto, sonriente y bondadoso, se borró bajo

una contracción de dolor. Era su única familia, y había muerto mientras

él permanecía en el presidio. Todos estaban acostumbrados a oírle hablar

con infantil sencillez de aquella buena anciana, que no tenía una

palabra de reproche para sus audacias y encontraba aceptables sus

prodigalidades de filántropo, que le hacían volver a casa medio desnudo

si encontraba un _compañero_ falto de ropa. Era como las madres de los

santos de la leyenda cristiana, cómplices sonrientes de todas las

generosas locuras y disparatados desprendimientos de sus hijos. «Esperad

que avise a mamá, y soy con vosotros», decía horas antes de una

intentona revolucionaria, como si esta fuese su única precaución

personal. Y mamá había visto sin protesta cómo en estas empresas se

gastaba la modesta fortuna de la familia, y le seguía a Ceuta cuando le

indultaban de la pena de muerte por la de reclusión perpetua; siempre

animosa y sin permitirse el más leve reproche, comprendiendo que la vida

de su hijo había de ser así forzosamente, no queriendo causarle

molestias con inoportunos consejos, orgullosa, tal vez, de que su

Fernando arrastrase a los hombres con la fuerza de los ideales y

asombrara a los enemigos con su virtud y su desinterés. ¡Mamá!... Todo

el cariño de célibe, de hombre que, subyugado por una pasión

humanitaria, no había tenido ocasión de fijarse en la mujer, lo

concentraba Salvatierra en su animosa vieja. ¡Y ya no vería más a mamá!

¡no encontraría aquella vejez que le rodeaba de mimos maternales como si

viese en él un eterno niño!...

Quería ir a Cádiz para contemplar su tumba: la capa de tierra que le

ocultaba a mamá para siempre. Y había en su voz y en su mirada algo de

desesperación; la tristeza de no poder aceptar el engaño consolador de

otra vida; la certidumbre de que más allá de la muerte se abría la

eterna noche de la nada.

La tristeza de su soledad le hacía agarrarse con nueva fuerza a sus

entusiasmos de rebelde. Dedicaría lo que le restaba de existencia a sus

ideales. Por segunda vez le sacaban de presidio y volvería a él siempre

que los hombres quisieran. Mientras se mantuviera de pie, pelearía

contra la injusticia social.

Y las últimas palabras de Salvatierra, de negación para lo existente, de

guerra a la propiedad y a Dios, tapujo de todas las iniquidades del

mundo, zumbaban aún en los oídos de Fermín Montenegro, cuando a la

mañana siguiente ocupó su puesto en la casa Dupont. La diferencia

radical entre el ambiente casi monástico del escritorio, con sus

empleados silenciosos, encorvados junto a las imágenes de los santos, y

aquel grupo que rodeaba a Salvatierra de veteranos de la revolución

romántica y jóvenes combatientes de la conquista del pan, turbaba al

joven Montenegro.

Conocía de antiguo a todos sus compañeros de oficina, su ductilidad ante

el carácter imperioso de don Pablo Dupont, el jefe de la casa. Él era el

único empleado que se permitía cierta independencia, sin duda por el

afecto que la familia del jefe profesaba a la suya. Dos empleados

extranjeros, uno francés y otro sueco, eran tolerados como necesarios

para la correspondencia extranjera; pero don Pablo les mostraba cierto

despego, al uno por su falta de religiosidad y al otro por ser luterano.

Los demás empleados, que eran españoles, vivían sujetos a la voluntad

del jefe, cuidándose, más que de los trabajos de la oficina, de asistir

a todas las ceremonias religiosas que organizaba don Pablo en la iglesia

de los Padres Jesuitas.

Montenegro temía que su jefe supiera a aquellas horas dónde había pasado

el domingo. Conocía las costumbres de la casa: el espionaje a que se

dedicaban los empleados para ganarse el afecto de don Pablo. Varias

veces notó que don Ramón, el jefe de la oficina y director de la

publicidad, le miraba con cierto asombro. Debía estar enterado de la

reunión; pero a éste no le tenía miedo. Conocía su pasado: su juventud,

transcurrida en los bajos fondos del periodismo de Madrid, batallando

contra todo lo existente, sin conquistar un mendrugo de pan para la

vejez, hasta que, cansado de la lucha, acosado por el hambre, y bajo el

pesimismo del fracaso y la miseria, se había refugiado en el escritorio

de Dupont para redactar los anuncios originales y los pomposos catálogos

que popularizaban los productos de la casa. Don Ramón, por sus anuncios

y sus alardes de religiosidad, era la persona de confianza de Dupont el

mayor; pero Montenegro no le temía, conociendo las creencias del pasado

que aún perduraban en él.

Más de media hora pasó el joven examinando sus papeles, sin dejar de

mirar, de vez en cuando, al vecino despacho, que seguía desierto. Como

si quisiera retardar el momento de ver a su jefe, buscó un pretexto para

salir del escritorio y cogió una carta de Inglaterra.

--¿Adónde vas?--preguntó don Ramón viéndole salir del escritorio,

después de haber llegado con tanto retraso.

--Al depósito de las _referencias_. Tengo que explicar el pedido.

Y salió del escritorio para internarse en las bodegas, que formaban casi

un pueblo, con su agitada población de arrumbadores, mozos de carga y

toneleros, trabajando en las explanadas, al aire libre o en las galerías

cubiertas, entre las filas de barricas.

Las bodegas de Dupont ocupaban todo un barrio de Jerez. Eran

aglomeraciones de techumbres que cubrían la pendiente de una colina,

asomando entre ellas la arboleda de un gran jardín. Todos los Duponts

habían ido añadiendo nuevas construcciones a la antigua bodega, conforme

se agrandaban sus negocios, convirtiéndose a las tres generaciones, el

primitivo y modesto cobertizo, en una ciudad industrial, sin humo, sin

ruido, plácida y sonriente bajo el cielo azul cargado de luz, con las

paredes de una blancura nítida y creciendo las flores entre los toneles

alineados en las grandes explanadas.

Fermín pasó frente a la puerta de lo que llamaban el _Tabernáculo_, un

pabellón ovalado, con montera de cristales, inmediato al cuerpo de

edificio donde estaban el escritorio y la oficina de expedición. El

_Tabernáculo_ contenía lo más selecto de la casa. Una fila de toneles

derechos ostentaba en sus panzas de roble los títulos de los famosos

vinos que sólo se dedicaban al embotellado; líquidos que brillaban con

todos los tonos del oro, desde el resplandor rojizo del rayo de sol al

reflejo pálido y aterciopelado de las joyas antiguas: caldos de suave

fuego que, aprisionados en cárceles de cristal, iban a derramarse en el

ambiente brumoso de Inglaterra o bajo el cielo noruego de boreales

esplendores. En el fondo del pabellón, frente a la puerta, estaban los

colosos de esta asamblea silenciosa e inmóvil; los _Doce Apóstoles_,

barricas enormes de roble tallado y lustroso como si fuesen muebles de

lujo; y, presidiéndolos, el _Cristo_, un tonel con tiras de roble

esculpidas en forma de racimos y pámpanos, como un bajo-relieve báquico

de un artista ateniense. En su panza dormía una oleada de vino; treinta

y tres botas, según constaba en los registros de la casa, y el gigante,

en su inmovilidad, parecía orgulloso de su sangre, que bastaba para

hacer perder la razón a todo un pueblo.

En el centro del _Tabernáculo_, sobre una mesa redonda, mostrábanse

formadas en círculo todas las botellas de la casa, desde el vino, casi

fabuloso, viejo de un siglo, que se vende a treinta francos para las

fiestas tormentosas de archiduques, grandes-duques y famosas _cocottes_,

hasta el Jerez popular que envejece tristemente en los escaparates de

las tiendas de comestibles y ayuda al pobre en sus enfermedades.

Fermín echó una mirada al interior del _Tabernáculo_. Nadie. Los toneles

inmóviles, hinchados por la sangre ardorosa de sus vientres, con el

pintarrajeo de sus marcas y escudos, parecían viejos ídolos rodeados de

una calma ultraterrena. La lluvia de oro del sol, filtrándose al través

de los cristales de la cubierta, formaba en torno de ellos un nimbo de

luz irisada. El roble tallado y oscuro parecía reír con los temblones

colores del rayo de sol.

Montenegro siguió adelante. Las bodegas de Dupont formaban un

escalonamiento de edificios. De unos a otros extendíanse las explanadas,

y en ellas alineaban los arrumbadores las filas de toneles para que los

caldease el sol. Era el vino barato, el Jerez ordinario, que para

envejecerse rápidamente era expuesto al calor solar. Fermín recordaba la

suma de tiempo y trabajo necesarios para producir un buen Jerez. Diez

años eran precisos para criar el famoso vino: diez fermentaciones

fuertes se necesitaban para que se formase, con el perfume selvático y

el ligero sabor de avellana que ningún otro vino podía copiar. Pero las

necesidades de la concurrencia mercantil, el deseo de producir barato,

aunque fuese malo, obligaba a apresurar el envejecimiento del vino,

poniéndolo al sol para acelerar su evaporación.

Montenegro, pasando por los tortuosos senderos que formaban las filas de

toneles, llegó a la bodega de los _Gigantes_, el gran depósito de la

casa; el almacén inmenso de los caldos antes de adquirir éstos forma y

nombre, el Limbo de los vinos, donde se agitaban sus espíritus en la

vaguedad de lo indeterminado. Hasta la alta techumbre llegaban los conos

pintados de rojo con aros negros; torreones de madera semejantes a las

antiguas torres de asedio; gigantes que daban su nombre al departamento

y contenían cada uno en sus entrañas más de setenta mil litros. Bombas

movidas a vapor trasegaban los líquidos, mezclándolos. Las mangas de

goma iban de uno a otro gigante como tentáculos absorbentes que chupaban

la esencia de su vida. El estallido de una de estas torres podía inundar

de pronto con mortal oleada todo el almacén, ahogando a los hombres que

conversaban al pie de los conos. Saludaron los trabajadores a

Montenegro, y éste, por una puerta lateral de la bodega de los

_Gigantes_, pasó a la llamada «de Embarque», donde estaban los vinos sin

marca para la imitación de todos los tipos.

Era una nave grandiosa con la bóveda sostenida por dos filas de

pilastras. Junto a éstas alineábanse los toneles en tres hileras

superpuestas, formando calles.

Don Ramón, el jefe del escritorio, recordando sus antiguas aficiones,

comparaba la bodega de embarque con la paleta de un pintor. Los vinos

eran colores sueltos: pero llegaba el _técnico_, el encargado de las

combinaciones, y cogiendo un poco de aquí y otro de allá, creaba el

Madera, el Oporto, el Marsala, todos los vinos del mundo, imitados con

arreglo a la petición del comprador.

Esta era la parte de la bodega de los Dupont dedicada al engaño

industrial. Las necesidades del comercio moderno obligaban a los

monopolizadores de uno de los primeros vinos del mundo, a intervenir en

estos amaños y combinaciones, que constituían con el cognac la mayor

exportación de la casa. En el fondo de la bodega de embarque estaba el

cuarto de las _referencias_, «la biblioteca de la casa», como decía

Montenegro. Una anaquelería con puertas de cristales guardaba alineados

en compactas filas miles y miles de pequeños frascos, cuidadosamente

tapados, cada uno con su etiqueta, en la que se consignaba una fecha.

Esta aglomeración de botellas era como la historia de los negocios de la

casa. Cada frasco guardaba la muestra de un envío; la _referencia_ de un

líquido fabricado con arreglo al deseo del consumidor. Para que se

repitiera la remesa no tenía el cliente más que recordar la fecha, y el

encargado de las _referencias_ buscaba la muestra, elaborando de nuevo

el líquido.

La bodega de embarque contenía cuatro mil botas de distintos vinos para

las combinaciones. En un cuarto lóbrego, sin otra luz que un ventanillo

cerrado por un vidrio rojo, estaba la _cámara oscura_. Allí el técnico

examinaba, al través del rayo luminoso, la copa de vino del barril

recién abierto.

Con arreglo a las _referencias_ o a la nota enviada del escritorio,

combinaba el nuevo vino con los diversos líquidos y después marcaba con

clarión en las caras de los toneles el número de jarras que había que

extraer de cada uno para formar la mixtura. Los arrumbadores, mocetones

fornidos, en cuerpo de camisa, arremangados y con la amplia faja negra

bien ceñida a los riñones, iban de un lado a otro con sus jarras de

metal, trasegando los vinos de la combinación al tonel nuevo del envío.

Montenegro conocía desde su niñez al técnico de la bodega de embarque.

Era el empleado más antiguo de la casa. Había alcanzado a ver en su

niñez al primer Dupont, fundador del establecimiento. El segundo le

había tratado como a compañero, y al actual jefe, a Dupont el joven, lo

había tenido en sus brazos, uniéndose al tuteo de la confianza paternal

el miedo que le inspiraba don Pablo con su carácter imperioso de dueño a

estilo antiguo.

Era un viejo que parecía hinchado por el ambiente de la bodega. Su piel,

surcada por las arrugas, tenía el brillo de una eterna humedad, como si

el vino volatilizado penetrase por todos sus poros y se escurriese por

el borde de su bigote en forma de lágrimas.

Aislado en su bodega, obligado al silencio por los largos encierros en

la cámara oscura, sentía la comezón de hablar cuando se presentaba

alguno del escritorio, especialmente Montenegro, que, lo mismo que él,

podía tenerse por hijo de la casa.

--¿Y tu padre?--preguntó a Fermín.--Siempre en la viña, ¿eh?... Allí se

está mejor que en esta cueva húmeda. De seguro que vivirá más años que

yo.

Y al fijarse en el papel que le ofrecía Montenegro, hizo un mohín de

disgusto.

--¡Otro encarguito!--exclamó irónicamente.--¡Vino combinado para el

embarque!... Bien van los negocios, señor Dios. Antes éramos la primera

casa del mundo, la única, por nuestros vinos y nuestras soleras del

país. Ahora fabricamos _mejunjes_, vinos de extranjería, el Madera, el

Oporto, el Marsala, o imitamos el Tintillo de Rota y el Málaga. ¡Y para

esto cría Dios los caldos de Jerez y da fuerza a nuestras viñas! ¡Para

que neguemos nuestro nombre!... ¡Vamos, que siento un deseo de que la

filoxera acabe con todo para no aguantar más falsificaciones y

mentiras!...

Montenegro conocía las manías del viejo. No le presentaba una nota de

embarque que no prorrumpiese en maldiciones contra la decadencia de los

vinos de Jerez.

--Tú no has alcanzado la buena época, Ferminillo--continuó;--por esto

tomas las cosas con tanta pachorra. Tú eres de los modernos, de los que

creen que las cosas marchan bien porque vendemos mucho cognac como

cualquier casa de esos países extranjeros, cuyas viñas sólo producen

porquería, sin que Dios les conceda la menor cosa que se parezca al

Jerez... Dime, tú que has corrido mundo, ¿dónde has visto nuestra uva de

_Palomino_, ni la de _Vidueño_, ni el _Mantuo de Pila_, ni el

_Cañocaso_, ni el _Perruno_, ni el _Pedro Ximénez_?... ¡Qué has de ver!

Eso sólo se cría en esta tierra: es un regalo de Dios...; y, con tanta

riqueza, fabricamos cognac o vinos de imitación porque el Jerez, el

verdadero Jerez ya no está de moda, según dicen esos señores del

extranjero! Aquí se acaban las bodegas. Esto son licorerías, boticas,

cualquier cosa, menos lo que fueron en otro tiempo y ¡vamos!, que me dan

ganas de echar a volar para no volver, cuando os presentáis con esos

papelillos, pidiéndome que haga otra falsificación.

El viejo se indignaba oyendo las respuestas de Fermín.

--Son exigencias del comercio moderno, señor Vicente; han cambiado los

negocios y el gusto del público.

--Pues que no beban, ¡porra!, que nos dejen tranquilos, sin exigirnos

que disfracemos nuestros vinos; los guardaremos almacenados para que

envejezcan tranquilamente, y estoy seguro de que algún día nos harán

justicia viniendo a buscarlos de rodillas... Esto ha cambiado mucho. La

Inglaterra debe de estar perdida. No necesito que me lo digas; demasiado

lo veo yo aquí recibiendo visitas. Antes venían menos ingleses a la

bodega; pero los viajeros eran gentes de distinción: _lores_ y

_loresas_, los que menos. Daba gloria ver con qué aire de señorío se

_apimplaban_. ¡Copa de aquí, para hacer un pedido! ¡copa de allá, para

comparar!, y así iban por la bodega, serios como sacerdotes, hasta que a

la salida tenían que tumbarlos en el calesín para llevarles a la fonda.

Sabían catar y hacer justicia a lo bueno... Ahora, cuando toca en Cádiz

barco de ingleses, llegan en manada, con un guía al frente; prueban de

todo porque se da gratis y, si compran algo, se contentan con botellas

de a tres pesetas. No saben emborracharse con señorío: gritan, arman

camorra y se van por la calle haciendo _eses_ para que rían los zagales.

Yo creía antes que todos los ingleses eran ricos, y resulta que estos

que viajan en cuadrilla son cualquier cosa; zapateros o tenderos de

Londres que salen a tomar el aire con los ahorros del año... Así marchan

los negocios.

Montenegro sonreía escuchando las incoherentes lamentaciones del viejo.

--Además--continuó el bodeguero--en Inglaterra, lo mismo que aquí, se

pierden las costumbres antiguas. Muchos ingleses no beben más que agua,

y, según me han dicho, ya no es elegante, después de comer, que las

señoras se vayan a charlar a un salón, mientras los hombres se quedan

bebiendo, hasta que los criados se toman el trabajo de sacarlos de bajo

de la mesa. Ya no necesitan por la noche, como gorro de dormir, un par

de botellas de Jerez que costaban un buen puñado de chelines. Los que

aún se emborrachan para demostrar que son unos señores, usan lo que

llaman _bebidas largas_--¿no es esto, tú que has estado

allá?--porquerías que cuestan poco y permiten beber y beber antes de

_apimplarse_; el _wischy_ con soda y otras mixturas asquerosas. La

ordinariez los domina. Ya no piden _Xerrrez_ como cuando vienen aquí y

lo encuentran gratis. El Jerez únicamente sabemos apreciarlo los de la

tierra; dentro de poco sólo lo compraremos nosotros. Ellos se

emborrachan con cosas baratas, y así marchan sus asuntos. En el

Transvaal casi los revientan. El mejor día les pegarán en el mar con

todas sus guapezas. Decaen: ya no son los mismos de aquellos tiempos en

que la casa Dupont era una bodega poco más grande que una barraca, pero

enviaba sus botellas y hasta sus barricas al señor Pitt, al señor

Nelson, al señor _Velintón_ y a otros caballeros cuyos nombres figuran

en las soleras más antiguas de la bodega grande.

Montenegro seguía riendo al oír estas lamentaciones.

--Ríe, muchacho, ríe. Todos sois lo mismo: no habéis conocido lo bueno y

os extraña que los viejos encontremos tan malo lo presente. ¿Sabes a

cómo se pagaba antes la bota de treinta y una arrobas? Pues llegó a

valer 230 pesos; y ahora se ha vendido en algunos años a 21 pesos.

Pregúntale a tu padre, que aunque menos viejo que yo, también ha

conocido los tiempos de oro. El dinero circulaba en Jerez lo mismo que

el aire. Había cosecheros que usaban calañés y vivían en un casucho de

las afueras como pobres, alumbrándose con un velón; pero al pagar una

cuenta tiraban de un saco que tenían debajo de la mesilla de pino como

si fuese un saco de patatas, y ¡eche usté onzas! Los trabajadores de las

viñas cobraban de treinta a cuarenta reales de jornal, y se permitían la

fantasía de ir al tajo en calesín y con zapatos de charol. Nada de

periódicos, ni de soflamas, ni de mítines. Allí donde se reunía la gente

sonaba la guitarra, soltándose cada seguidilla y cada martinete que a

Dios le temblaban la carne de gusto... Si entonces hubiese aparecido

Fernando Salvatierra, el amigote de tu padre, con todas esas cosas de

pobres y ricos, de repartos de tierras y rivoluciones, le habrían

ofrecido una caña y le hubieran dicho: «Siéntese su mercé en el corro,

camará; beba, cante, eche un baile con las mocitas si en ello tiene

gusto y no se haga mala sangre pensando en nuestra vida, que no es de

las peores»... Pero los ingleses apenas nos beben: el dinero entra con

menos frecuencia en Jerez, y se oculta de tal modo el condenado, que

nadie lo ve. Los trabajadores de las viñas ganan diez reales y tienen

cara de vinagre. Por si han de podar con cuchilla o con tijeras, se

matan entre ellos; hay _Mano Negra_ y en la plaza de la cárcel se da

garrote a los hombres, lo que no se había visto en Jerez en muchísimos

años. El jornalero pincha como un erizo apenas se le habla, y el amo es

peor que antes. Ya no se ve a los señores alternando con los pobres en

las vendimias, bailando con las muchachas y requebrándolas como un gañán

joven. La guardia civil corre el campo como en los tiempos que salían

bandidos a las carreteras... ¿Y todo por qué, señor? Por lo que yo digo:

porque los ingleses se han aficionado al maldito _whischy_ y no hacen

caso del buen _palo cortado_, ni de la _palma_, ni de ninguna otra de

las exelencias de esta bendita tierra... Lo que yo digo: dinero, venga

dinero: que vuelvan aquí, como en otros tiempos, las libras, las guineas

y los chelines ¡y se acabaron las huelgas, y los sermones de Salvatierra

y sus partidarios, y los malos gestos de los civiles, y todas las

miserias y vergüenzas que ahora vemos!...

Del fondo de la bodega salió un grito llamando al señor Vicente. Era un

arrumbador que dudaba ante los números blancos trazados al frente de una

bota y pedía una aclaración al bodeguero.

--¡Voy, hijo!--gritó el viejo.--¡Cuidado con equivocarse en la

medicina!...

Y añadió dirigiéndose a Montenegro:

--Déjame ese papelillo en la cámara oscura y ojalá se os caigan las

manos antes de traerme más recetas, como si fuese yo un boticario.

El viejo se alejó con paso tardo y balanceante hacia el fondo de la

bodega, y Montenegro salió de ella pasando por el taller de tonelería

antes de regresar al escritorio.

Era un amplio patio con cobertizos, debajo de los cuales trabajaban los

toneleros golpeando con sus mazos los aros que aprisionaban la madera.

Los toneles a medio construir, con sólo la parte superior sujeta por los

aros de hierro, abrían sus duelas sobre un fuego de virutas que las

caldeaba, encorvándolas para que facilitasen el cierre.

Los negocios de la casa obligaban a este taller a una incesante

producción. Centenares de toneles salían de él todas las semanas para

ser embarcados en Cádiz, esparciendo los vinos de Dupont por todo el

mundo.

En un lado del patio alzábase una torre formada con duelas. En lo más

alto del frágil edificio estaban dos aprendices recogiendo las que les

arrojaban desde abajo, entrecruzándolas, añadiendo nueva altura a la

frágil construcción que sobrepasaba los tejados y amenazaba derrumbarse,

cimbreándose al menor movimiento como una torre de naipes.

El encargado de la tonelería, un hombre robusto, de sonrisa bondadosa,

se aproximó a Montenegro.

--¿Cómo está don Fernando?...

Sentía por el agitador un gran respeto desde sus tiempos de jornalero.

La protección de los Dupont y la ductilidad con que se plegaba a todas

sus manías, le habían elevado. Pero, como compensación a este

servilismo que le había convertido en jefe del taller, guardaba un

secreto afecto al revolucionario y a todos sus compañeros de la época de

miseria. Se enteró minuciosamente de cómo había vuelto Salvatierra del

presidio y de sus futuros planes de vida.

--Yo iré a verle cuando pueda--dijo bajando la voz,--cuando el amo no se

entere... Ayer tuvimos gran fiesta en la iglesia de los jesuitas y por

la tarde fui con mis niñas a visitar a la señora... Ya sé que pasasteis

bien el día. Me lo han dicho aquí, en la bodega.

Con el miedo de un servidor bien cebado que teme perder el bienestar,

daba consejos al joven. ¡Ojo, Ferminillo! La casa estaba llena de

soplones. Cuando él estaba enterado, no sería de extrañar que don Pablo

tuviese ya noticia de que Montenegro había visitado a Salvatierra.

Y como si temiese hablar demasiado y que alguien le espiase, se despidió

apresuradamente de Fermín, volviendo al lado de los trabajadores que

golpeaban los toneles. Montenegro siguió adelante, entrando en la

principal bodega de la casa, donde se guardaban las soleras antiguas y

envejecían los vinos de crianza.

Era como una catedral; pero una catedral blanca, nítida, luminosa, con

sus cinco naves separadas por tres hileras de columnas de sencillo

capitel. Agrandábase el ruido de los pasos lo mismo que en un templo.

Las bóvedas tronaban con el sonido de los voces, repitiéndolas

ensanchadas por el eco. Las paredes estaban rasgadas por ventanales de

blancos vidrios y en los dos frontis se abrían dos grandes rosetones,

también blancos, por uno de los cuales penetraba el sol, moviéndose en

su faja de luz las inquietas e irisadas moléculas de polvo.

A lo largo de las columnatas alineábase en andanas la riqueza de la

casa, la triple fila de toneles acostados, que llevaban en sus caras la

cifra del año de la cosecha. Había barricas venerables cubiertas de

telarañas y polvo, con la madera tan húmeda, que parecía próxima a

deshacerse. Eran los patriarcas de la bodega: estaban bautizados con los

nombres de los héroes que gozaban de fama universal cuando ellos

nacieron. Un barril se llamaba _Napoleón_, otro _Nelson_; los había

adornados con la corona real de Inglaterra, porque de ellos habían

bebido monarcas de la Gran Bretaña. Una barrica antiquísima,

completamente aislada, como si el roce con las otras pudiera

despanzurrarla, exhibía el venerable nombre de _Noé_. Era la mayor

antigüedad de la casa: se remontaba a mediados del siglo XVIII y el

primero de los Dupont la había adquirido ya como una reliquia. Cerca de

ella se alineaban otros toneles que llevaban bajo el escudo real de

España los nombres de todos los monarcas e infantes que habían visitado

Jerez en el curso del siglo.

El resto de la bodega lo llenaban las muestras de todas las cosechas, a

partir de los primeros años del siglo. Un tonel aislado esparcía un

perfume acre, que, como decía Montenegro, «llenaba la boca de agua». Era

un vinagre famoso, de una vejez de ciento treinta años. Y a este olor

seco y punzante uníanse el perfume azucarado de los vinos dulces, y el

suave, de cuero, de los secos. El vaho alcohólico que transpiraba el

roble de los toneles y el olor de las gotas derramadas en el suelo por

el trasiego, impregnaban con un perfume de dulce locura el tranquilo

ambiente de aquella bodega, blanca, como un palacio de hielo, bajo la

caricia temblona de los vidrios inflamados por el sol.

Fermín la atravesó, e iba ya a salir de ella cuando oyó que le llamaban

desde el fondo. Experimentó cierto sobresalto al conocer la voz. Era «el

amo», que acompañaba a unos forasteros. Con él estaba su primo Luis, un

Dupont que siendo menor sólo en algunos años a don Pablo, le respetaba

como a jefe de la familia, sin privarse por esto de darle grandes

disgustos con su conducta desarreglada.

Los dos Dupont acompañaban a unos recién casados venidos de Madrid,

enseñándoles las bodegas. Él era un antiguo amigo de Luis, un camarada

de alegre vida madrileña que había sentado al fin la cabeza, casándose.

--Han de salir ustedes de aquí borrachos--decía el joven Dupont a los

recién casados.--Es de ritual: nos consideraríamos deshonrados si un

amigo saliera de esta casa lo mismo que entró.

Y Dupont el mayor acogía con sonrisa benévola las palabras de su primo,

mientras enumeraba las excelencias de cada vino famoso. El encargado de

la bodega, rígido como un soldado, se colocaba ante los toneles con dos

copas en una mano y en la otra la _avenencia_, una varilla de hierro

rematada por un estrecho cazo.

--¡Saca, Juanito!--ordenaba imperiosamente el amo.

La _avenencia_ iba hundiéndose en diversos toneles, y de un solo golpe,

sin que se derramase una gota, llenaba las copas. Salían al aire los

vinos dorados y luminosos, coronándose de brillantes al caer en el

cristal, esparciendo en torno un intenso perfume de ancianidad. Todas

las tonalidades del ámbar, desde el gris suave al amarillo pálido,

brillaban en aquellos líquidos densos a la vista como el aceite, pero de

una transparencia nítida. Un lejano perfume exótico, que hacía pensar en

flores fantásticas de un mundo sobrenatural donde fuese eterna la

existencia, emanaba de estos líquidos extraídos del misterio de los

toneles. La vida parecía acrecentarse al paladearlos; los sentidos

cobraban nueva intensidad; la sangre ardía atropellándose en su

circulación, y el olfato se excitaba sintiendo anhelos desconocidos,

como si husmease una electricidad nueva en la atmósfera. La pareja de

viajeros bebía de todo, después de resistir con débiles protestas las

invitaciones de Luis.

--¡Hola, barbián!--dijo Dupont el menor al ver a Montenegro.--¿Cómo está

tu familia? Un día de estos iré a la viña. Quiero probar un caballo que

compré ayer.

Y después de estrechar la mano de Montenegro y darle varias palmadas en

los hombros, satisfecho de poder demostrar la fuerza de sus manazas ante

aquellos amigos, le volvió la espalda.

Fermín tenía con este señorito gran confianza. Se tuteaban, se habían

criado juntos en la viña de Marchamalo, con aquella llaneza de trato que

los Dupont permitían a su familia.

Con don Pablo, era otra la situación. El amo no se diferenciaba de

Fermín en más de media docena de años; también lo había visto él correr

como un muchacho por la viña en tiempos del difunto don Pablo; pero

ahora era el jefe de la familia, el director de la casa, y él entendía

la autoridad a uso antiguo, ceñuda e indiscutible como la de Dios, con

gritos y arrebatos de cólera, apenas adivinaba la más ligera

desobediencia.

--Quédate--ordenó brevemente a Montenegro;--tengo que hablarte.

Y le volvió la espalda para seguir hablando a los forasteros de su

tesoro de vinos.

Fermín, obligado a seguirles silencioso y encogido como un doméstico en

su marcha lenta por entre los toneles, miraba a don Pablo.

Aún era joven, no había llegado a los cuarenta años, pero la obesidad

desfiguraba su cuerpo a pesar de la vida activa a que le impulsaban sus

entusiasmos de jinete. Los brazos parecían cortos al descansar algo

encorvados sobre el abultado contorno de su cuerpo. Su juventud

revelábase únicamente en la cara mofletuda, de labios carnosos y

salientes, sobre los cuales la virilidad sólo había trazado un ligero

bigote. El cabello se ensortijaba en la frente formando un rizo

apretado, un moñete al que llevaba con frecuencia su mano carnosa. Era,

por lo común, bondadoso y pacífico, pero bastaba que se creyese

desobedecido o contrariado para que se le enrojeciera la cara,

atiplándose su voz con el tono aflautado de la cólera. El concepto que

tenía de la autoridad, el hábito de mandar desde su primera juventud

viéndose al frente de las bodegas por la muerte de su padre, le hacían

ser despótico con los subordinados y su propia familia.

Fermín le temía sin odiarle. Veía en él un enfermo, «un degenerado»,

capaz de los mayores extravagancias por su exaltación religiosa. Para

Dupont, el amo lo era por derecho divino, como los antiguos reyes. Dios

quería que existiesen pobres y ricos, y los de abajo debían obedecer a

los de arriba, porque así lo ordenaba una jerarquía social de origen

celeste. No era tacaño en asuntos de dinero, antes bien, se mostraba

generoso en la remuneración de los servicios, aunque su largueza tenía

mucho de veleidosa e intermitente, fijándose más en el aspecto simpático

de las personas que en sus méritos. Algunas veces, al encontrar en la

calle a obreros despedidos de sus bodegas, indignábase porque no le

saludaban. «¡Tú!--decía imperiosamente;--aunque no estés en mi casa, tu

deber es saludarme siempre, porque fui tu amo».

Y este don Pablo, que con la fuerza industrial acumulada por sus

antecesores y con la impetuosidad de su carácter era la pesadilla de un

millar de hombres, hacía gala de humildad y llegaba hasta el servilismo

cuando algún sacerdote secular o los frailes de las diversas órdenes

establecidas en Jerez le visitaban en su escritorio. Intentaba

arrodillarse al besarles la mano, no haciéndolo porque ellos se lo

impedían con bondadosa sonrisa; celebraba con un gesto de satisfacción

el que los visitantes le tuteasen ante los empleados, llamándole

Pablito, como en los tiempos en que era su educando.

¡Jesús y su Santa Madre, por encima de todas las combinaciones

comerciales! Ellos velaban por los intereses de la casa y él, que no era

más que un simple pecador, limitábase a recibir sus inspiraciones. A

ellos se debía la buena suerte de los primeros Dupont, y don Pablo se

desvivía por remediar con su fervor la tibieza religiosa de sus

ascendientes. Los celestiales protectores eran los que le habían

sugerido la idea de establecer la destilería del cognac, dando nuevos

alientos a la casa; ellos también los que hacían que la marca Dupont,

con la ayuda de los anuncios, se esparciese por toda España sin miedo a

rivalidades, favor inmenso que todos los años agradecía dedicando una

parte de las ganancias al auxilio de las nuevas órdenes religiosas

establecidas en Jerez o ayudando a su madre, la noble doña Elvira, que

siempre tenía capillas por restaurar o un manto costoso en confección

para alguna Virgen.

Las extravagancias religiosas de don Pablo Dupont hacían reír a toda la

ciudad; pero eran muchos los que reían con cierto temor, pues

dependiendo más o menos directamente del poderío industrial de la casa,

necesitaban de su apoyo para los negocios y temían su cólera.

Montenegro recordaba la estupefacción de la gente un año antes, cuando

un perro de los que guardaban por la noche las bodegas mordió a varios

trabajadores. Dupont había acudido en su auxilio, temiendo que el

mordisco les produjera la hidrofobia y, para evitarla, les hizo tragar

en el primer momento, en forma de píldoras, una estampa de santo

milagroso que guardaba su madre. Era tan estupendo aquello, que Fermín,

después de haber presenciado el hecho, comenzaba a dudar, con el

transcurso del tiempo, de que fuese cierto. Bien es verdad que después,

el mismo don Pablo pagó con largueza el viaje a los enfermos para que

fuesen curados por un médico célebre. Dupont explicaba su conducta

cuando le hablaban de este suceso con una sencillez que daba espanto:

«Primero, la Fe; después, la Ciencia, que algunas veces hace grandes

cosas, pero es porque se lo permite Dios».

Fermín se asombraba ante la incoherencia de aquel hombre, experto en los

negocios, que hacía marchar la gran explotación industrial heredada de

sus antecesores, agrandándola con certeras iniciativas, que había

viajado y tenía alguna cultura, y, sin embargo, era capaz de las mayores

extravagancias milagreras, creyendo en intervenciones sobrenaturales,

con la misma simpleza de alma de un lego de convento.

Dupont, luego de acompañar a su primo y a los amigos de éste por toda la

bodega, decidió retirarse, como si su dignidad de amo sólo le permitiera

enseñar la parte más selecta de la casa. Luis les mostraría las otras

bodegas, la destilería del cognac, los talleres de embotellado: él tenía

que hacer en el escritorio. Y saludando a los forasteros con un gesto de

bondad altiva y señorial, que Montenegro había visto muchas veces en

doña Elvira, el temible Dupont hizo un ademán a su empleado para que le

siguiese.

Fuera de la bodega detúvose don Pablo, quedando los dos hombres al aire

libre, con la cabeza descubierta, en medio de una explanada.

--Ayer no te vi--dijo Dupont frunciendo el ceño y coloreándosele las

mejillas.

--No pude ir, don Pablo, Me retrasé... unos amigos...

--Ya hablaremos de eso. ¿Tú sabes qué fiesta fue la de ayer? Te hubieras

conmovido viéndola.

La bodega · 第 1 / 24 段