ganaron también. (_Nueva pausa._)
Me daba lástima del pobre Jorge. No quise molestarle con nuevas
observaciones _virtuosas_ tan fáciles de encontrar. ¡Es tan fácil
lidiar _los vicios_ desde la barrera cuando no se tienen!
--¡El juego!--continuó el jugador.--Los filósofos no saben lo que es.
Montaigne, que ha hablado de tantas cosas, de tantos vicios, no tiene
ningún capítulo dedicado al juego. Montaigne hablaba de lo que sabía,
de lo que había experimentado. Renán se queja de que los filósofos no
han tomado el amor en serio del todo, y su verdadera filosofía está
sin hacer. Y es verdad. Y la causa será que los filósofos no suelen
enamorarse de veras. Lo mismo les pasa con el juego. ¡La estética del
juego! existe; pero no es ésa de que hablan esos libros nuevos...
Como que el juego... no es juego..., no tiene nada de juego, en ese
otro sentido de _finalidad sin fin_ de que ya Kant hablaba. No debiera
usarse la misma palabra para cosas tan diferentes. Una opinión muy
generalizada entre los estéticos, es que el arte... es juego. Schiller,
en sus célebres cartas sobre la ciencia de lo bello, siguiendo á Kant,
desenvuelve admirablemente la teoría...
--Sí; y ahora la estética de tendencia positivista, ó mejor acaso la
que estudia lo bello y el arte en su aspecto psico-fisiológico, sigue
el mismo criterio. Spencer, como es sabido, también admite la teoría
del arte juego...
--Y se ha dicho que el juego es un exceso, una sombra de la vida... lo
mismo que se ha dicho del amor. Renán le preguntaba un día á Claudio
Bernard por el misterio del amor, y el gran fisiólogo le decía: “No, no
hay cosa más sencilla que el amor; es la vida que sobra...” De modo que
amor y juego son plétora, lo que rebosa...
--El juego, según este Groos de que hablábamos, es un ejercicio natural
de los aparatos sensoriales y de los motores, de las facultades del
espíritu (inteligencia se entiende) y de los sentimientos, en atención
al placer... La actividad por el placer mismo de la actividad, eso es
el juego...
--¡Qué cosa tan diferente del otro _juego_, de _mi_ juego! El jugador
no busca el placer... y en eso se engañan muchos que ven las cosas
desde fuera... Busca la ganancia; sólo que la busca en la forma
picante, misteriosa, inexplicable... de la suerte. ¡La suerte! Estoy
por decir que el jugador es un metafísico apasionado que interroga de
cerca y con interés el misterio metafísico en cada jugada... ¿Hay ley?
¿No hay ley? ¿Es casualidad? ¿Qué es casualidad? ¿La Providencia se
mezcla en estas cosas? ¿El calculo de las probabilidades hasta dónde
sirve?... Y después... ¡una cosa terrible! Lo que á mí, al fin, me
ata al juego hasta por la filosofía... quiero decir, por el sofisma,
es... que la _vida es juego_. Sólo el que aspira al _nirvana_, á la
_abulia_, á la _apatía_, puede decir que no es jugador. Los demás,
todos juegan. La vida y la muerte son un modo de _copar_ la banca. Cada
latido del corazón es un golpe de fortuna, una carta que se juega;
cada vez que respiro puedo perder ó ganar la vida... La riqueza ó la
miseria... juego...; el mérito... juego. ¿De dónde me viene el talento
ó la estupidez? ¿De dónde vienen las _judías y las cristianas_, los
_nueves_ ó las _figuras_?... Del misterio, del horrible _cincuenta por
ciento_..., del abismo que se llama pares ó nones, cara ó cruz...
“Esto... _ó_ lo otro”. En esa _ó_, en esa disyuntiva está el símbolo
del juego... y de la existencia... Voy ahora á casa...; mis hijos,
mis entrañas, ¿estarán durmiendo... ó muertos?... ¡Quién sabe!...
Están durmiendo; ¡bien! ¡qué hermosos! ¡qué inocentes! Pero ¿mañana?
El porvenir, la _carta_ que les tocará... la vida que les espera...
¿Qué puedo yo para conseguir su dicha futura? Todos mis cálculos,
mis previsiones, mis cuidados, mis ahorros, ¡inútil _martingala_!
Mis esperanzas... ilusión como las supersticiones del jugador... En
el fondo de la magna cuestión del libre albedrío, de la libertad
y la gracia, de la libertad y el determinismo, de la filosofía de
la contingencia, que hoy da nombre á una escuela, lo que se ve es
el _quid_ del juego... No; el juego, el _mío_, no es diversión, no
es broma, no es desinterés, no es finalidad sin fin... Es todo lo
contrario; el interés, la ganancia, el egoísmo en la lucha con la
suerte...: lo mismo que la vida _non sancta_, que es la vida de casi
todos. Los grandes hombres, los _héroes_, decía Carlyle, toman la
realidad, el mundo, en serio. No son _dilettanti_. Lo mismo el jugador.
El azar para mí ó contra mí... Ésta es su idea, siempre seria, siempre
con _fin_, siempre interesada...
--Sin embargo, en el juego, no el _tuyo_, el otro, el juego por el
placer de la actividad, se llega, según _nuestro_ autor, á lo que él
llama _el placer del mal_, á jugar con el propio dolor. Además, hay la
_catarsis_ de Aristóteles, el placer de la calma tras la borrasca.
--No, no importa. Ni por ahí existe afinidad entre los _juegos_ y el
juego. El jugador no busca el dolor del juego, que es grande, por el
dolor, por el placer de saber que es un dolor buscado, querido: no,
porque él sabe bien que la pasión le domina y que aquel dolor no es
voluntario; y además, tolera el dolor por la esperanza de ganar, no por
el gusto de poder triunfar de él. En cuanto á la catarsis, no tiene
aplicación... Porque la calma para el jugador nunca llega. Todo es
borrasca. Después de ganar... quiere, _necesita_ ganar más. Es un judío
errante, no para nunca su ambición.
--Groos habla también de juegos _guerreros_, los del placer de luchar,
de vencer á un contrario...
--Tampoco en eso hay afinidad entre los _juegos_ y el juego. En _La
Traviata_, el tenor juega por ganar á un rival... Eso es música. El
jugador _de veras_ no quiere el dinero de Fulano, quiere el dinero;
en el juego hay disputas, pero no hay rivalidades, ni personalismos,
ni rencores: no hay más enemigo que la _contraria_. Suerte, ganancia,
pérdida. Ésas son las _categorías_.
--Pues Groos dice textualmente que las _apuestas_ son juegos
_guerreros_, y los juegos de azar apuestas intelectuales. El juego de
azar tiene para él tres elementos: el placer de ganar, que crece con la
importancia de lo que se arriesga, _sin que la ganancia por sí sea el
objeto del juego_; el placer de una excitación fuerte, y el placer de
la lucha...
--Sí, pistolas de salón, de viento. Ese juego lo hay..., la lotería
de las viejas... ¡y aún! No; en el juego _verdad_ no se sienten esas
emociones pueriles; se quiere dinero, ganancia, y se quiere por el
_único_ camino del jugador, la suerte. Que salga cara, si jugamos
cara; que sean pares, si jugamos pares... y no por acertar, sino por
ganar. Suerte, interés, eso es todo. ¡La excitación fuerte! Ésa no
es incentivo aunque el jugador crea que sí. Es un castigo, es una
maldición del juego, como el _remordimiento_, la _vergüenza_ de perder,
después. Desengáñate; el juego... no es broma. Es como la vida, es
como la metafísica... La vida racional quiere penetrar en el misterio
para saber de su destino, porque teme y quiere esperar, ser feliz...
El jugador, igual. _Ser ó no ser_, ésa es la cuestión... _Venir ó
no venir_... ésa es la cuestión. _Estar á la que salta_; eso hace
el jugador. Y eso hace el que no renuncia á las contingencias de la
realidad. _Ó ser santo_... _ó jugar_...
SINFONÍA DE DOS NOVELAS[2]
(SU ÚNICO HIJO.--UNA MEDIANÍA).
I
Don Elías Cofiño, natural de Vigo, había hecho una regular fortuna en
América con el comercio de libros. Había empezado fundando periódicos
políticos y literarios, que escribía con otros aficionados á lo que
llamaban ellos el cultivo de las musas. Cofiño se creyó poeta y
escritor político hasta los veinticinco años; pero varios desencantos
y un poco de hambre, con otros muchos apuros, le hicieron aguzar el
sentido íntimo y llegar á conocerse mejor. Se convenció de que en
literatura nunca sería más que un lector discreto, un entusiasta
de lo bueno, ó que tal le parecía, y un imitador de cuanto le
entusiasmaba. Y además, comprendió que á Buenos Aires no se iba á
ejercer de Espronceda ni de Pablo Luis Courier (que eran sus ídolos),
y que sus chistes é ironías recónditas, casi copiados de Courier y
de _Fígaro_, no los entendían bien aquellos pueblos nuevos. En fin,
se dejó de escribir periódicos, y descubrió con gran satisfacción su
aptitud latente para el comercio. Importó libros franceses, ingleses
y españoles; estudió el gusto del público americano, lo halagó al
principio, “procuró rectificarlo y encauzarlo” después; se puso en
correspondencia con las mejores casas editoriales de Londres, París y
Madrid, y en pocos años ganó lo que jamás literato alguno español pudo
ganar; y decidido á ser rico, continuó con ahínco en su empeño, y no
paró hasta millonario.
La muerte de su esposa, una linda americana, hija de inglesa y español,
poetisa en español y en inglés, le quitó al buen Cofiño el ánimo de
seguir trabajando; traspasó el comercio, y con sus millones y su hija
única, de siete años, se volvió á Europa, donde repartió el tiempo y
el dinero entre París y Madrid. La educación de Rita (así se llamaba
la niña, por recordar el nombre de la difunta madre de don Elías) era
la preocupación principal de Cofiño, que quería para su hija todas
las gracias de la Naturaleza y todos los encantos que á ella puede
añadir el arte de criar ángeles que han de ser señoritas. Ensayó varios
sistemas de educación el padre amoroso; nunca estaba satisfecho, ni en
parte alguna encontraba, aunque las pagaba á peso de oro, suficientes
garantías para la salud material y moral del idolillo que había
engendrado. Si pasaba un año entero en Madrid, al cabo renegaba de
la educación madrileña, y decía que no había en la capital de España
maestros dignos de su hija. Levantaba la casa, trasladábase á París,
y allí parecía más contento de la enseñanza; pero después de algunos
meses comenzaba á protestar el patriotismo, y temía que Rita se hiciera
más francesa que española, lo cual sería como ser menos hija de Cofiño.
En estas idas y venidas pasaron los años, y se gastó mucho dinero; y
cuando ya creyó completa la educación de su ángel vestido de largo, se
fijó en la corte de España, donde pasaban los inviernos. El verano y
algo del otoño los repartía entre Vigo y una quinta deliciosa que había
comprado el rico librero cerca de Pontevedra á orillas del poético
Lerez.
Don Elías, si no todos, conservaba algunos de sus millones, y si algo
de su capital perdió en una empresa periodística en que se metió, por
una especie de palingenesia de la vanidad, aún sacó, amén de las manos
en la cabeza, incólumes unos doscientos mil duros y el propósito de
no meterse en malos negocios, por halagüeños que fuesen para su amor
propio.
Más poderosa que él su afición á las letras, que se irritaba de nuevo
con la proximidad de la vejez, le obligaba á procurar el trato de
los escritores, y no siempre de balde. Su primera vanidad era Rita;
esbelta, blanca, discreta hasta en el modo de andar, elegante, que se
movía con una aprensión de alas en los hombros, que miraba á todo como
al cielo azul, seria y dulce, sin más que un poco de acíbar de ironía
en la punta de la lengua para el mal cuando era ridículo, y para la
ignorancia cuando recaía en varón constante obligado á saber lo que
pregonaba tener al dedillo. Pero la segunda vanidad de Cofiño, poco
menos fuerte, era la amistad de los grandes literatos. Cuando era pobre
todavía y redactaba periódicos, tenía don Elías gusto más difícil; le
asustaba la idea de tragarlas como puños, de admirar lo malo por bueno:
pero ahora, el bienestar y los años le habían hecho más benévolo y
estragado en parte el paladar. Ya tenía por grandes escritores á los
que no pasaban de medianos, y aun á algunos que, apurada la cuenta,
serían malos probablemente. Él, que no necesitaba de nadie, por tal
de ser amigo de _notabilidades_, adulaba á los mismos á quienes solía
dar de comer; y á más de un parásito suyo le hizo la corte con una
humildad indigna de su carácter, altivo en los demás negocios. Á los
académicos les alababa el diccionario y el purismo, y la parsimonia
de su vida literaria, y con ellos hablaba de líneas griegas, de
_castidad clásica_, y de los modelos. Con los autores revolucionarios
se explicaba de otro modo, y decía pestes de los ratones de biblioteca
y de las “frías convenciones del pseudo clasicismo”. Á los jóvenes
les concedía que había que reemplazar á los ídolos caducos; á los
viejos, que con ellos se moriría el arte. Y esto lo hacía el pobre don
Elías por estar bien con todos, por ser amigo de todos, y porque la
experiencia le había enseñado que el manjar de esta clase de dioses es
la murmuración, y que en sus altares, más que el incienso, se estima la
sangre de literato degollado vivo sobre el ara.
Todo ello se le podía perdonar al antiguo librero, porque el fin
que se proponía no era bajo, ni siquiera interesado. Pero lo que no
tenía perdón era su empeño de casar á Rita con un literato ilustre,
ó por lo menos que estuviese en camino de serlo. Merecía Rita por
su hermosura de rubia esbelta, de rubia con un _matiz_ de andaluza,
suave, mezclado con otros de ángel y de mujer seria; por su educación
completa, discreta y oportuna, por su candor, por su talento un poco
avergonzado de sí mismo, y por los tesoros de virtud casera que todo
lo suyo anunciaba, desde el modo de besar á un niño hasta la manera de
doblar la mantilla, merecía por todo eso, y por su fortuna sana, aunque
no fabulosa, un novio á pedir de boca, una gran proporción, algo así
como un ministro, ó un banquero, ó un hombre honrado y guapo por lo
menos. Pero don Elías exigía á todo pretendiente posible la condición
de literato, y bastante conocido.
II
Augusto Rejoncillo, hijo legítimo de legítimo matrimonio de don Roque,
magistrado del Supremo, y de doña Olegaria Martín y Martín, difunta, se
hizo doctor en ambos derechos á los veinte años, doctor en ciencias
físicas y matemáticas á los veintidós, y doctor en filosofía y letras á
los veintitrés. Pero desde que tomó la primera borla empezó á figurar
y á ser secretario de todo, y á pedir la palabra en la Academia de
Jurisprudencia, y á decir: “Entiendo yo, señores”, y “tengo para mí”.
Y no era que tuviese para sí, sino que quería tener y retener y guardar
para la vejez, por lo cual él y su papá bebían los vientos; y apenas
se formaba un nuevo partido político, allí estaba Rejoncillo de los
primeros, muy limpio, muy guapo (porque era buen mozo, vistoso), de
levita ceñida, sombrero reluciente y guantes de pespuntes colorados
y gordos. No lo había como él para alborotar ni para manipulaciones
electorales. Había él hecho más mesas que el más acreditado ebanista,
y el que quisiera ser presidente de alguna cosa, no tenía más que
encargárselo.
Era colaborador de varios periódicos, pero confesaba que le cargaba
la prensa; él prefería la tribuna. Á las redacciones iba de parte del
jefe de semana (es decir, el jefe del partido ó de la partida en que
_militaba_ aquella semana Augusto); llevaba _bombos_ escritos por el
mismo jefe ó por Rejoncillo, pero inspirados en todo caso por el jefe.
Para esto y para pedir las butacas del Real ó los billetes de un baile,
solía presentarse en las oficinas de los periódicos, de las que salía
pronto, porque le cargaban los periodistas humildes, y sobre todo los
que presumían de literatos.
“Él también escribía”, pero no letras de molde, en papel de muchas
pesetas; escribía pedimentos y demás lucubraciones de litigio. Era
pasante en casa de un abogado famoso, que era también jefe de grupo en
el Congreso, y presidente de dos consejos administrativos de empresas
ferrocarrileras.
Tanto como despreciaba la literatura, respetaba y admiraba el foro
Rejoncillo; pero no como fin “último”, según decía él, sino como
preparación para la política y ayuda de gastos.
Él pensaba hacerse famoso como político, y de este modo ganar clientes
en cuanto abogado; y una vez abogado con pleitos, sacar partido de esto
para ganar en categoría política. Era lo corriente, y Rejoncillo nunca
hacía más que lo corriente, que era lo mejor. Sólo que lo hacía con
mucho empuje.
Eso sí: los empujones de Rejoncillo eran formidables; si para ocupar un
puesto que le convenía tenía que acometer á un pobre prójimo colocado
al borde del abismo, por ejemplo, al borde del viaducto de la calle de
Segovia, Rejoncillo no vacilaba un momento, y daba un codazo, ó aunque
fuera una patada, en el vientre del estorbo, y se quedaba tan fresco
como Segismundo en _La vida es sueño_, diciendo para su capote: “¡Vive
Dios, que pudo ser!” Para que la conciencia no le remordiera, se había
hecho á su tiempo debido escéptico de los disimulados, que son los que
tienen más gracia; escéptico que guardaba su opinión y profesaba la
corriente y defendía todo lo estable, todo lo viejo, todo lo que “podía
llegar á ser gobierno, en suma”.
En un té político-literario conoció Augusto á Cofiño y á su hija.
Rita había ido á semejante fiesta porque el ama de la casa era tan
política como su esposo, ó más, y había convidado á las amigas. Cofiño
había aceptado la invitación, porque el político era además literato.
Hubo brindis, y Rejoncillo, pulcro, estirado, serio, con unos puños
de camisa que daban gloria y despedían rayos de blancura, habló como
un sacamuelas ilustrado, imitando el estilo y criterio del amo de la
casa. _Hizo furor._ Fué el suyo el discurso de la noche. ¡Qué bien
había sabido tratar las áridas materias políticas y administrativas
con imágenes pintorescas y otros recursos retóricos, á fin de que no
se aburrieran las señoras! Habló del calor del hogar con motivo de
insultar al ministro de Hacienda; demostró que el impuesto equivalente
al de la sal conspiraba contra esa piedra angular del edificio social
que se llama la familia; y una vez dentro de la familia, hizo prodigios
de elocuencia. ¿Por qué se perdió Francia? Por la disolución de la
familia. ¿Por qué España se conservaba? Por la vida de familia. Hizo el
panegírico de la madre, el elogio de la abuela, la apoteosis del padre
y del hijo, y hasta tuvo arranques patéticos en pro de los criados
fieles y antiguos. Pues bien: todo aquello quería destruirlo en _un
hora_ (un hora dijo) el ministro de Hacienda. Síntesis: que el único
ministerio viable sería el que formase el amo de la casa. De cuya
esposa era amante Rejoncillo, según malas lenguas.
El triunfo de Augusto fué solemne. Al día siguiente hablaron de él los
periódicos. El amo de la casa del té le hizo secretario suyo. Y él,
enterado de que una joven, Rita, que le había aplaudido mucho aquella
noche, era rica, se propuso tomar aquella plaza y se hizo presentar en
casa de Cofiño.
III
Antonio Reyes era un joven rubio, de lentes, delgado y alto; tosía
mucho, pero con gracia; con una especie de modestia de enfermo crónico
cansado de molestar al mundo entero. Este modo de toser y la barba de
oro fina, aguda y recortada, había llamado la atención de Rita Cofiño
en la tertulia de cierto marqués literato, adonde la llevaba de tarde
en tarde don Elías.
“El de la tos” le llamaba ella para sus adentros. Mientras multitud de
poetas recitaban versos y el concurso aplaudía, y se hablaba alto, y se
reía y gritaba, entre el bullicio Rita percibía la tos de Reyes, y cada
vez sentía más simpatía por aquel muchacho, y más deseo de cuidarle
aquel catarro en que él parecía no pensar. No sabía por qué, la hija
de Cofiño encontraba en aquel ruido seco de la tos algo familiar, algo
digno de atención, una cosa mucho más interesante que todas aquellas
quejas rimadas con que los poetas se lamentaban entre dos candelabros,
como si la tertulia pudiera mejorar su suerte y arreglar el pícaro
mundo.
Agapito Milfuegos leía poemas caóticos, de los que resultaba que el
universo era una broma de mala ley inventada por Dios para mortificarle
á él, al mísero Agapito. Restituto Mata se quejaba en _sonetos
esculturales_ de una novia de Tierra de Campos, que le había dejado
por un cosechero; Roque Sarga lamentaba en romances heroicos (no tan
heroicos como los oyentes) la pérdida de la fe, y Pepe Tudela cantaba
la electricidad, el descubrimiento del microscopio y la materia
radiante. Antonio Reyes tosía.
Rita no habló nunca con Antonio en aquella tertulia. Pocos meses
después de haberse fijado ella en él, dejó de sonar allí la tos
interesante.
--¿Y Reyes?--dijo cualquiera una noche.
--Se ha ido á París--respondieron.
--¿Quién es ese Reyes?--preguntó Rita á su padre al volver á casa.
--¿Antonio Reyes?--Un excéntrico, un holgazán, un muchacho que vale
mucho, pero que no quiere trabajar. Es decir..., lee..., sabe...,
entiende...; pero nadie le conoce. Ahora se ha ido á París de
corresponsal de un periódico, de corresponsal político..., cualquier
cosa..., á ganar los garbanzos...; es decir, los garbanzos no, porque
allí no los comerá... Es lástima; vale, vale...; entiende, lee mucho,
conoce todo lo moderno...; pero no trabaja, no escribe. Es muy
orgulloso. Además, está malo; ¿no le oías toser? Un catarro crónico...,
y la solitaria; además de eso, una tenia... Creo que es gastrónomo... y
que come mucho... Es un escéptico, un estómago que piensa.
Rita no volvió á ver á Reyes, ni á oir hablar de él, en mucho tiempo.
IV
--De cuatro á cinco, no lo olvide usted; el viernes...--dijo una voz
de mujer, vibrante, dulcemente imperiosa; y una mano corta y fina,
cubierta de guante blanco, que subía brazo arriba, sacudió con fuerza
otra mano delgada y larga.
Regina Theil de Fajardo se despedía de Antonio Reyes, recordándole la
promesa de asistir á su tertulia vespertina del viernes. Montó ella en
su coche, que desapareció en la sombra; y Reyes, que había ratificado
su promesa inclinando la cabeza y sonriendo, quedóse á pie entre los
rails del tranvía sobre el lodo. La sonrisa continuaba en su rostro,
pero tenía otro _color_; ahora expresaba una complacencia entre
melancólica y maliciosa.
El silbido de un tranvía que se acercaba de frente con un ojo de
fuego rojo en medio de su mancha negra, obligó á Reyes á salir de su
abstracción. En dos saltos se puso en la acera, y subió por la calle de
Alcalá hacia el Suizo.
Era una noche de Mayo. Había llovido toda la tarde entre relámpagos y
truenos, y la tempestad se despedía murmurando á lo lejos, como perro
gruñón que de mal grado obedece á la voz que le impone silencio. El
Madrid que goza se echaba á la calle á pie ó en coche, con el afán de
saborear sus ordinarios placeres nocturnos. Después de una tarde larga,
aburrida, pasada entre paredes, se aspiraba con redoblada delicia
el aire libre, y se buscaba con prisa y afán pueril el espectáculo
esperado y querido, el rincón del café, que es casi una propiedad, la
tertulia, en fin, la costumbre deliciosa y cara.
Antonio Reyes entró en el Suizo Nuevo, y se acercó á una mesa de las
más próximas á la calle.
--Se han ido todos--dijo al verle don Elías Cofiño, que le esperaba
leyendo _La Correspondencia_.--¿Cómo ha tardado usted tanto? ¿Sabe
usted lo de Augusto?
--¿Qué Augusto?--preguntó Reyes, mientras se quitaba un guante,
distraído, y sonriendo todavía á sus ideas.
--¿Qué Augusto ha de ser? Rejoncillo.
--¿Qué le pasa?--dijo Antonio con gesto de mal humor, como quien elude
una conversación inoportuna.
--¡Que al fin le han hecho subsecretario!
--¡Bah!
--¡Es un escándalo!
--¿Por qué?
--¿Cómo que por qué? Porque no tiene méritos suficientes... Yo no le
niego talento... Es orador... Es valiente, audaz... Sabe vivir...
Dígalo si no su _Historia del Parlamentarismo_, en que resulta que el
mejor orador del mundo es el marqués de los Cenojiles, el marido de su
querida...
Antonio, que tenía cara de vinagre desde que oyera la noticia que
escandalizaba á Cofiño, se mordió los labios y sintió que la sangre se
le caía del rostro hacia el pecho.
--No diga usted... absurdos--(murmuró entre airado y displicente).--No
son dignas de que usted las repita esas calumnias de idiotas y
envidiosos. Regina es incapaz de...
--¿De faltar al marqués?
--No..., no digo eso. De querer á Rejoncillo. Es una mujer de talento.
Don Elías encogió los hombros. No quería disputar. No creía á Regina
incapaz de querer á cualquiera. ¡Le había conocido él cada amante!
Pero no se trataba de eso. Lo que don Elías quería demostrar era que
Rejoncillo no merecía ser subsecretario de Ultramar, al menos por ahora.